El español en la edad mexicana: cinco siglos de nuestra lengua en México. Por David Noria

 

 

 

El español en la edad mexicana: cinco siglos de nuestra lengua en México

 

 

 

David Noria

 

 

 

Yo vengo de todas partes

y hacia todas partes voy:

arte soy entre las artes,

y en los montes, montes soy.

José Martí

 

Hermanos, ¿qué nombre le daremos a lo que vendrá? Pensemos en un nombre hermoso y apropiado.

Relato cora de Nayarit

 

 

 

Para Felipe Garrido

 

 

¿Qué será de la Ciudad de México en 1 000 años? Tal vez los caprichos humanos y geológicos hagan de ella, a pesar de su altitud, una ciudad sumergida a la que los buzos vendrán a explorar los restos de nuestras casas, cuartos y cosas. Así lo ha imaginado ya un poeta pensando en el futuro de Río de Janeiro:

 

Los sabios en vano intentarán descifrar

el eco de antiguas palabras,

fragmentos de cartas, poemas,

mentiras, retratos,

vestigios de extraña civilización.

 

Chico Buarque, “Futuros amantes”

 

Aquellos exploradores no sólo se sorprenderían al enterarse de nuestras formas de vestir, comer, amar y jugar, sino incluso de cómo hablamos y escribimos, pues nuestras palabras —conservadas en libros, periódicos y grabaciones— les resultarían del todo ajenas. Acaso voces como camino, restaurante y hospital no representen más que ruido para ellos. Dejará de ser evidente, como lo es para nosotros, que por el camino se camina, que en el restaurante uno se restaura, y que en el hospital nos hospedamos para que nos curen.

Nosotros mismos, al preguntarnos por el sentido de las cosas pasadas, somos como esos buzos entre los vestigios de las sociedades que nos han precedido. Y de entre todo lo observable y digno de investigación, el lenguaje nos ha merecido siempre el mayor interés por iluminar los demás aspectos de la vida. Así, preguntas como “¿de dónde viene esta palabra?” y “¿qué significa?” han sido, sólo ellas, responsables en gran medida de la historia de la cultura. La primera nos lanza en busca de coordenadas temporales y geográficas; la segunda, de sentido.

La historia del español en América comienza in medias res, es decir, a la mitad de una larga epopeya. Continuando de cierta forma el avance del latín sobre Europa, los dialectos romances de la península ibérica —ya injertados con otras lenguas y culturas— le dieron a fines del siglo XV, y por causa de las navegaciones en ultramar del Sacro Imperio Romano Germánico, unas súbitas y definitivas lenguas al Nuevo Mundo: el portugués y el castellano. No sin verdad podríamos llamar a la mayor parte de este continente —última provincia anexada al trasunto del Imperio— la Romania americana.

Ha dicho con razón Alejo Carpentier que:

 

Este suelo americano fue teatro del más sensacional encuentro étnico que registran los anales de nuestro planeta: encuentro del indio, del negro y del europeo de tez más o menos clara, destinados en adelante a mezclarse, entremezclarse, establecer simbiosis de culturas, de creencias, de artes populares, en el más tremendo mestizaje que haya podido contemplarse nunca.[1]

La conquista de América fue, para empezar, un ejercicio de interpretación. “Los españoles preguntaban a los indios por el nombre de la tierra, y estos contestaban: yucatán, yucatán, que en maya quiere decir ‘no entiendo, no entiendo’”, relatan las fuentes.[2] A los intérpretes se los llamaba lenguas, y las dos lenguas más importantes para la conquista de México fueron Gerónimo de Aguilar, que aprendió el maya durante los ocho años de cautiverio que siguieron a un naufragio, y doña Marina (entonces de 12 años), en realidad llamada Malinali o Malintzin. “Así pudo establecerse —nos enseña José Luis Martínez— aquel doble puente inicial de traductores entre los españoles y los indígenas de habla náhuatl: Marina traducía del náhuatl al maya y Aguilar del maya al español. Pronto Marina aprendió el español y pudo traducirle directamente a Cortés”.[3]

La comprensión lingüística que permitió la formación de nuevas sociedades tuvo, pues, su germen en la labor de aprendizaje que frailes, conquistadores e indios llevaron a cabo de las lenguas de los otros. Al período de aprendizaje siguió otro de gramatización en el que los misioneros redujeron a sistemas ordenados los accidentes y características de las numerosas lenguas indígenas, que sólo en Mesoamérica se agrupan en 14 familias diferentes. El Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco fue paradigma del entendimiento entre el latín, el castellano y el náhuatl, del que no siempre la política supo estar a la altura.[4]

Algunas de las características más distintivas del español que se habla en América se prefiguran ya desde los tiempos de la Colonia, sea por desarrollo independiente de la Península, por influjo de las costumbres lingüísticas de Andalucía y Canarias —que aportaron gran parte de la migración— o por la confluencia de ambos fenómenos. Distinguen a grandes rasgos al español de América que pronunciamos la c y la z como s (seseo, frecuente en el sur de España); empleamos ustedes (que viene de ‘vuestras mercedes’) en vez de vosotros, con su respectiva conjugación verbal; sustituimos el futuro tendré, sabré, etc., por voy a tener, voy a saber; asimismo preferimos la forma del pasado vine, tuve, etc., a he venido, he tenido, a la que reservamos el matiz peculiar de “resultativo” del pretérito perfecto; distinguimos el dativo le del acusativo lo, que en Castilla se confunde. En fin, en el vocabulario americano conservamos sentidos propios de las palabras que se han olvidado en España, por ejemplo, botar por ‘echar’ y pararse por ‘ponerse de pie’.[5]

Ya con su Gramática castellana (1847) el venezolano Andrés Bello reivindicaba definitivamente el habla de América:

 

Mis lecciones se dirigen a mis hermanos, los habitantes de Hispano-América. No se crea que recomendando la conservación del castellano sea mi ánimo tachar de vicioso y espurio todo lo que es peculiar de los americanos. Hay locuciones castizas que pasan hoy por anticuadas en la Península, y que subsisten todavía en Hispano-América. Si según la práctica general de los americanos es más analógica la conjugación de algún verbo, ¿por qué hemos de preferir la que caprichosamente haya prevalecido en Castilla? Si de raíces castellanas hemos formado vocablos nuevos ¿qué motivos hay para que nos avergoncemos de usarlos? Chile y Venezuela tienen tanto derecho como Aragón y Andalucía porque se toleren sus accidentales divergencias.[6]

 

Por otra parte, la influencia de las lenguas indígenas, que son centenares en nuestro continente, ha tocado los acentos, modismos, expresiones y, por supuesto, ha aportado un caudal de palabras nuevas, como nuevas fueron las realidades americanas: huracán, sabana, cacique, maíz, ceiba, colibrí, guacamayo, nigua, naguas, enagua, caribe (emparentado con caníbal), yuca, tabaco, tiburón, carey, bohío, ají, iguana, de las lenguas arahuaco-taínas; hule, tomate, chocolate, aguacate, cacahuate, jícara, petaca, petate, nopal, tiza, guajolote, sinsonte, del náhuatl; cóndor, alpaca, vicuña, guano, mate, pampa, chacra: ‘granja’, cancha, papa, puna, carpa, china: ‘mujer’, choclo: ‘maíz tierno’, del quechua.[7]

Lope de Vega, atento a las nuevas voces que llegaban incrustadas como piedras preciosas en los relatos fantásticos de los conquistadores, ha podido escribir entre el asombro y la parodia:

 

Bejucos de guaquimos,

Camaironas de arroba los racimos.

Aguacates, magueyes, achiotes,

Quitayas, guamas, tunas y zapotes.[8]

 

Pero ya en un tono más grave, el propio Andrés Bello, príncipe de las letras de América y artista de la paz, hizo lo propio en su poesía, donde la descripción de la riqueza natural, como ha señalado Pedro Henríquez Ureña, adquiere un aire orgulloso y patriótico:

 

el maíz, jefe altanero

de la espigada tribu…

(“La agricultura de la zona tórrida”)

 

El ananás sazona su ambrosía…

 

O del cucuy las luminosas huellas

viese cortar el aire tenebroso,

y del lejano tambo a mis oídos

viniera el son del yaraví amoroso!

 

El zapotillo, su manteca ofrece

la verde palta, da el añil su tinta,

bajo su dulce carga desfallece

el banano, el café el aroma acendra

de sus albos jazmines, y el cacao

cuaja en urnas de púrpura su almendra.

(“Alocución a la Poesía”)

 

Sea hablando de nuestra fauna como el cucuy (luciérnaga), de cantos como el yaraví, que se entona acompañado de quenas, o de frutas como el zapotillo y la palta (aguacate), Bello pone el ejemplo de posar la mirada sobre el solar familiar para reconocer ahí el escenario de nuestras posibilidades. A su turno, Joaquín García Icazbalceta advertirá en México que la lengua española de América sólo podrá entenderse y estudiarse a cabalidad atendiendo las numerosas relaciones y divergencias de cada provincia:

En Veracruz, por ejemplo, es bastante común el acento cubano: en Jalisco y en Morelos abundan más que aquí en la Capital las palabras aztecas: en Oaxaca algo hay de zapoteco y también de arcaísmo: en Michoacán son corrientes voces del tarasco: en Yucatán es muy corriente entre las personas educadas el conocimiento de la lengua maya y el empleo de sus voces, porque aquellos naturales la retienen obstinadamente, y casi la han impuesto a sus dominadores. Los estados fronterizos del Norte se han contagiado de la vecindad del inglés, y en cambio han difundido por el otro lado regular número de voces castellanas, que nuestros vecinos desfiguran donosamente. En general, las provincias, mientras más distantes, más conservan del lenguaje antiguo y de las lenguas indígenas que en cada una se hablaron.[9]

 

 

Los pueblos indígenas nos han legado sus propias reflexiones en torno al misterio del lenguaje. Así, los coras de Nayarit cuentan sobre el nombre del sol:

Antes siempre era de noche. Los principales, reunidos en la oscuridad y temblando de frío, pensaban cómo podrían tener algo que los calentara y que los alumbrara, y sólo podían ayunar y clamar a los dioses. Después de mucho tiempo amaneció. Los principales dijeron:

—Hermanos, hemos triunfado. No en balde ayunamos y clamamos a los dioses.

Sin embargo el Sol no se mostraba y el frío seguía reinando. Entonces los principales tuvieron un sueño donde se les reveló que la luminaria no mostraría la cara si no le daban su nombre, un nombre que fuera del agrado de los dioses.

Al despertar los principales, dijeron:

—Hermanos, ¿qué nombre le daremos a lo que vendrá? Pensemos en un nombre hermoso y apropiado.

—Lo llamaremos Lumbre, lo llamaremos Fuego [Tai] —propuso un anciano y se vio la cara del Sol aparecer en el oriente.

—Le pondremos Luz [Tatzari] —propuso otro viejo y el Sol caminó un paso sobre las montañas.

—Lo nombraremos Fuego-que-viene-llegando [Ta metiva’atasin] —dijo un cuarto viejo, pero el Sol no aclaraba.

—Sería mejor llamarlo incendio [Tutitatatazin] —propuso un nuevo principal— y se vio que el Sol permanecía sin moverse.

—Se me ocurre un hermoso nombre: El-que-quema [Tutiutaishe] —exclamó otro principal.

—No, es necesario un nombre más poderoso; un nombre que haga pensar en su fuerza. Le pondremos Lo-que-quema-todo-el-cuerpo [Tutive Tataishe]

La palabra tampoco dio resultado. El Sol no ascendía en el cielo aunque ya se sentía un poco de calor.

—¿No pueden ustedes encontrar el nombre verdadero? —dijo la lagartija estirando su cuerpo.

Los severos principales, enojados, ordenaron que castigaran a la deslenguada por su falta de respeto. Los ayudantes, al tratar de cogerla, la arañaron —por eso tiene rayado el lomo— y le partieron la lengua, dejándola después en libertad.

Y volvieron los viejos a sentarse y a pensar en un nombre que fuera más apropiado. Pasó así un largo rato. Luego, el conejo, estirándose, habló sin dirigirse a nadie:

—Ya me calienta la espalda, Nuestro Padre el Sol [Puri Naitataishe Utayau Sika].

—¿Quién te faculta para nombrar a la Luz? Tú también serás castigado.

Lo golpearon, le hirieron la nariz —todavía muestra la hendidura—, pero Sika, vestido con su camisa amarilla y apoyado en su bastón de plumas brillantes, subió al centro del cielo, se sentó en su banco y los principales estuvieron conformes con que se llamara eternamente Nuestro Padre el Sol.[10]

Por lo que respecta a la influencia africana, vertida a través de la trata portuguesa y española de esclavos durante la Colonia, la sensible Sor Juana Inés de la Cruz compuso villancicos donde ya da carta de ciudadanía poética al habla de la negritud. El léxico africano incorporado al español ofrece palabras como banano, guarapo: ‘bebida alcohólica’, bongó, conga, samba, mambo, burundanga: ‘revoltijo’, bembe: ‘labio grueso’, matungo: ‘desmedrado’, ‘flaco’, ñangotarse: ‘ponerse en cuclillas’, mucamo.[11]

Pero acaso habrá que esperar al poeta cubano Nicolás Guillén con Sóngoro Cosongo (1931) para que la poesía hispanoamericana incorpore de lleno el despejo y la alegría contenidas en la tradición negra:

 

¡Yambambó, yambambé!

Repica el congo solongo,

repica el negro bien negro;

congo solongo del Songo

baila yambó sobre un pie.

 

Mamatomba,

serembe cuserembá.

 

Tamba, tamba, tamba, tamba.

tamba del negro que tumba;

tumba del negro, caramba,

caramba, que el negro tumba:

¡yamba, yambó, yambambé!

 

Si bien América ha podido propiciar el mayor mestizaje de la humanidad, la apertura de la cultura hispánica al reconocimiento de los otros ha sido gradual: en todo caso, se ha obrado desde este lado del mar. En la literatura ha sido fundamental el hecho de que el léxico nativo haya dejado de considerarse descastado. Lo escritores americanos, al usar y reconocer las nuevas palabras, estimulan ese conocimiento de lo propio que es condición de toda convivencia bien cimentada. En este sentido, Alejo Carpentier consideró como novelas pioneras en América Latina María (1867) de Jorge Isaacs, Amalia (1851) de José Mármol y Cecilia Valdés (1839) de Cirilo Villaverde, que por primera vez incorporaron abundantes glosarios con términos regionales. En adelante, el lector debía buscar y acostumbrarse a los americanismos, sin los cuales sería imposible seguir el hilo de las narraciones.

En términos generales, el español de nuestro continente ha terminado por conformarse en cinco zonas lingüísticas: 1) Estados Unidos, la meseta mexicana y parte de Centroamérica; 2) la costa mexicana del Golfo, parte de Centroamérica, las Antillas, Venezuela y una faja del litoral colombiano; 3) el resto de Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia; 4) la zona rioplatense, Paraguay por centro, y 5) Argentina y Chile.[12] Cada una de estas zonas presenta sus propias subdivisiones, objeto de estudio de los atlas lingüísticos nacionales.[13]

¿Le pasará al español lo que al latín? Hay quienes han pensado que la variedad dialectal o regional terminará por desmembrar la unidad de la lengua en favor de nuevos idiomas. Otros, en cambio, argumentan que las circunstancias del español son muy diferentes de las que privaban en la Edad Media y que si bien nuestros países no tienen unidad política, sí la tienen en asuntos de la cultura; que las imprentas, periódicos y medios digitales contribuyen a fijar y por lo tanto a robustecer el español frente a los embates del tiempo y de las influencias, por otra parte inexorables. Desde hace varias décadas la presencia del inglés es cada vez mayor en el español, de por sí ya muy habituado a las influencias. En otro tiempo llegaron de Italia, en el campo de la navegación, las palabras cabo, capitán, carga, levante, maestre, fortuna; de la vestimenta, velo, calza, cubierta y pantalón; de fauna, bacalao y sardina; de flora, vainilla, viola; de comida, composta, lasaña, macarrones, ensalada, sopa; de la música, violín, ópera, tenor, sonata, concierto, batuta, fuga, piano, clarinete. Desde Francia, entre tantas, se han importado blusa, corset, chaqueta, colonia, hablando de prendas y afeites; mansión y sanatorio, de arquitectura; aeroplano y radio, de tecnología; mayonesa, licor, paté, trufa, fondiú, de culinaria; vals, impresionismo, romántico, altruista e instituto, de cultura.[14] Ya se intuye que no sólo estamos hablando de palabras. Las cosas mismas y sus conceptos van de una sociedad a otra. En este sentido, también las grandes corrientes históricas emigran. Con el Renacimiento Italia refinó la vida europea, como la Revolución Francesa y la Enciclopedia bautizaron con fuego la modernidad. Y hoy el industrioso inglés, a pesar de tener menos hablantes nativos que el español, es la lengua franca del mundo. De todo ello queda constancia en la lengua.

 

 

¿Qué será de la Ciudad de México en 1 000 años? Hoy nuestra ciudad hace de sí la plaza mayor del español. Toledo y Madrid lo fueron durante las dos primeras épocas de la lengua respectivamente, del siglo XI al XV (español medieval) y del XVI al XVII (época clásica). Pero la época del español moderno, que comenzó en el siglo XVIII y llega a nuestros días, proclama gradualmente sus designios desde América. De los mil años de nuestra lengua, quinientos fueron exclusivamente españoles; quinientos han sido hispanoamericanos. Y así, la ciudad que ha llegado a albergar más hispanohablantes en el mundo se eleva sobre las ruinas de Tenochtitlan y de la capital de la Nueva España: estamos en la edad mexicana del español. La translatio imperii está completa. Si, en la época de Carlos V, Madrid tenía la mayor aglomeración de “vecinos”, las imprentas con mayor difusión y la literatura más refinada, en el siglo XX México conoció una explosión demográfica sin precedentes, fue sede de los emporios de la comunicación de masas más influyentes en Iberoamérica y vio nacer la literatura en español más relevante del siglo, no sólo de autores nacionales, sino de la variada diáspora hispanoamericana y aun española que se asentó en esta ciudad. El habla mexicana se hizo familiar, gracias a la radio y a la televisión, en todo el mundo hispánico, y no pocas veces representó, gracias a radionovelas, telenovelas y canciones, la educación sentimental y lingüística de generaciones; las editoriales y revistas mexicanas se ocuparon de esa otra educación de las clases medias y de las castas intelectuales al sentar las bases —junto a Barcelona y Buenos Aires— del canon literario que hoy es familiar a toda la comunidad de la lengua. Por demografía, influencia masiva y cultura literaria, México puso su sello de plata en el siglo XX de la lengua española, y aun en las dos décadas que han corrido del XXI.

Los estratos históricos sobre los que nos levantamos son doblemente milenarios: a la cultura mesoamericana —flor del encuentro entre el maíz mexica, la yuca amazónica y la papa andina— se superpuso la cultura europea —arado, trigo y letra, que es a la vez administración y literatura—. La ciudad letrada es sinécdoque de la civilización tal como la conocemos; es la parte que contiene al todo, y por la cual el todo cobra realidad: sea una fundación, y reviviremos la historia.

En este ejercicio de hacer íntima la historia, de merecerla, la siempre constante pregunta por la identidad, dice Alfonso Reyes, está signada desde el propio nombre: México se escribe con X, signo matemático de la incógnita (“se plantea la X, se abre el problema”), pero también seña cartográfica del punto de llegada: es la convergencia de los rumbos opuestos del Oriente y el Occidente, el lugar atravesado por la historia, el punto desde el que habla una voz:

 

Tal es el jeroglifo que esconde la figura,

que confirma la historia, que ostenta la escritura

en esa persistente equis de los destinos,

estrella de los rumbos, cruce de los caminos.

 

Alfonso Reyes, “Figura de México”

 

 

Y así como en Babilonia, Atenas o Roma se daban cita lidios, frigios, persas, griegos, etruscos, romanos, ligures, cartagineses, galos e hispanos, también en México Tenochtitlan convivían nahuas, otomíes, tlaxcaltecas, herederos de olmecas y toltecas, además de chichimecas y mayas. Cuando llegan Cortés y sus soldados españoles, belgas, franceses, alemanes, holandeses, italianos, catalanes y sefardíes, se encuentran como peces en el agua híbrida de una transculturación que, con ellos, se elevaría a una potencia insospechada. La fuerza cultural de México radica en que aquí, vertiginosa e insondablemente, conviven todas estas raíces. “Si Europa es gramática y Asia semántica, América es sintaxis, es decir, relación”.[15]

 

 

Se diría, pues, que la Romania —a la vez grecolatina, germánica, árabe y americana— nunca ha dejado de existir, y que el español es su corifeo. Actualmente cerca de 500 millones de personas hablan el español como lengua materna. Sólo el chino supera nuestra cantidad de hablantes. Es, por lo tanto, la lengua romance más hablada del mundo. Los países con más número de hispanohablantes son 1) México con 127 millones, 2) Colombia con 50 millones, 3) España con 47 millones y 4) Estados Unidos con 42 millones.

Cada país de habla española cuenta con una Academia de la Lengua. En conjunto, conforman la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), que tiene por objeto el sondeo constante de la lengua y la elaboración de obras científicas, de consulta y difusión en cada uno de sus 22 países, procurando así una unidad al español.

Con todo, el río de nuestra lengua permanece caudaloso, listo para desbordar constantemente los márgenes: rompe la piedra donde fue grabada, desfonda el pergamino y el papel donde fue escrita, rehúye los diccionarios e inunda las pantallas digitales que no descansarán. Pero sería deseable, en todo caso, imaginar un español y una actitud frente a él que lo tuvieran como medio y posibilidad de ejercer, con claridad y belleza, la imaginación, la civilidad, la libertad, el respeto, la poesía. Una lengua con tanta historia —queda demostrado— puede enunciar el porvenir.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Alejo Carpentier, Ensayos, Siglo XXI, México, 1990, p. 133.

[2] José Luis Martínez, Hernán Cortés (Versión abreviada), FCE, México, 1992, p. 53.

[3] José Luis Martínez, op. cit., pp. 58-59.

[4] Ascensión Hernández Triviño, Lenguas y gramáticas de Mesoamérica, Cuadernos de la Coordinación de Humanidades, UNAM, México, 2016, pp. 5-13.

[5] Rafael Lapesa, “América y la unidad de la lengua española” en El español moderno y contemporáneo, Crítica, 1996, pp. 243-244.

[6] Andrés Bello y Rufino José Cuervo, Gramática de la lengua castellana, R. Roger y F. Chernoviz, París, 1921, p. VII.

[7] Ramón Menéndez Pidal, Manual de gramática histórica española, Espasa-Calpe, Madrid, 1985, pp. 28-29.

[8] Citado por Germán Arciniegas, América Ladina, FCE, 1993, p. 26. Los versos están tomados del Laurel de Apolo de Lope de Vega, Madrid, 1630.

[9] Joaquín García Icazbalceta, Diccionario de mexicanismos, Academia Mexicana de la Lengua, Colección del Centenario, México, 1975.

[10] José Luis Martínez, América antigua, SEP, Colección El Mundo Antiguo, México, 1988, pp. 359-369.

[11] Rafael Lapesa, Historia de la lengua española, prólogo de Ramón Menéndez Pidal, Gredos, Madrid, 1981, pp. 559-563.

[12] Alfonso Reyes, Obras completas, tomo XXI, FCE, México, 1981, p. 413. La clasificación, que viene de Pedro Henríquez Ureña, varía parcialmente dependiendo de los estudiosos.

[13] Pionero en Hispanoamérica y en muchos sentidos modelo de posteriores esfuerzos fue el Atlas Lingüístico-Etnográfico de Colombia (ALEC), 6 tomos, Instituto Caro y Cuervo, Imprenta Patriótica, 1982-1983.

[14] Μανόλης Tριανταφυλλίδης, Νεοελληνική Γραμματική της Δημοτικής, Ίδρυμα Τριανταφυλλίδη, Θεσαλλονίκη, 2012. No existe traducción al español de esta “Gramática neogriega del demótico”.

[15] Adolfo Castañón, América sintaxis, Siglo XXI, México, 2009, p. 9.

 

 

 

 

 

 

David Noria (Ciudad de México, 1993), escritor y filólogo. Es autor de Nuestra lengua. Ensayo sobre la historia del español, de próxima aparición. Licenciado en Letras Clásicas por la UNAM. Profesor en la Universidad de Aix-Marsella, Francia, donde cursa un máster en Historia de la filosofía metafísica. Ha publicado en Letras Libres, Cuadernos Americanos, Zona Paz, Otros Diálogos, La Jornada Semanal, El Nacional y El Espectador, entre otros.

 

 

 

 

 

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