Hispanidades

Breve meditación sobre la historia de la Edad Media. Por David Noria

 

 

 

Breve meditación sobre la historia de la Edad Media

 

David Noria

 

 

De entre los llamados pueblos germánicos, la lingüística ha logrado distinguir un grupo occidental, integrado por los francos o merovingios, y un grupo oriental, compuesto por vándalos, burgondos, gépidos y godos, divididos estos últimos a su vez en ostrogodos (“godos del este”), asentados en el actual territorio de Ucrania, y visigodos (“godos del oeste”), diseminados a lo largo del Danubio, entre Moldavia y Rumania.[1] Compartían todos una cultura similar, basada en un panteón politeísta, valores aristocráticos guerreros y la costumbre de la inhumación de los bienes materiales con sus dueños. Pero –factor que será decisivo para el talante medieval– a partir del año 340 los godos serán cristianizados en la doctrina del arrianismo por el obispo de origen romano Ulfila, quien tradujo la Biblia a la lengua gótica utilizando un alfabeto concebido por él mismo tomando caracteres griegos, latinos y rúnicos. La futura simbiosis gótico-románica se prepara pues gracias a la traducción de un libro.

Ya desde el siglo III algunos de estos pueblos germánicos habían comenzado a asediar las fronteras del Imperio romano. No fue sino hasta el 375, acosados a su vez por la expansión de los hunos desde las estepas rusas, que los visigodos resolvieron entrar de lleno en los dominios del Imperio, al que sorpresiva y definitivamente derrotaron en la batalla de Anfípolis, en Tracia, en el 378, fecha que marca para muchos el principio de la caída de Roma, al cabo saqueada y tomada durante tres largos días del año 410.

También la Romania ibérica fue conquistada. Y “el despotismo romano, por insoportable que fuese, no era nada en comparación a la brutalidad de los bárbaros”.[2] Entre muchos de aquellos pueblos, fueron precisamente los visigodos quienes se asentaron en España desde el siglo VI, haciendo de Toledo su gran capital.

Así, bandas de esclavos que aprovecharon las circunstancias y de invasores germanos ávidos de rapiña hicieron de todas las provincias, como señala Reinhart Dozy, el teatro de sus estragos. El clero católico, sin embargo, no condenó del todo la invasión por cuanto representaba la derrota del paganismo romano. En efecto, los sacerdotes se hicieron consejeros de los visigodos y lograron su conversión al catolicismo en el año 587, señalando al arrianismo como herejía. Por otro lado, “había españoles que preferían ser pobres, pero libres, bajo el dominio de los bárbaros, a vivir oprimidos y abrumados de impuestos bajo los romanos”.[3]

El vocabulario germánico que penetró a través del latín a sus dialectos por causa de la derrota del Imperio romano es cuantioso y significativo del tipo de relación que mantuvieron la Germania y la Romania: guerra, orgullo, ufano, riqueza, talar, triscar ‘pisotear’, estampar ‘aplastar’, botín, ganar, rapar, robar, ropa ‘lo robado’, banda, bandido, guiar, espía, yelmo, esgrimir, blandir, dardo, tregua. Por otro lado, de su industria en tiempos de paz se introdujeron las palabras toldo, sala, banco; jabón, toalla; guante, fieltro, cofia, falda y atavío; sopa y agasajo; brote y parra; marta, tejón y ganso; blanco y gris. Por lo demás, son nombres propios visigodos Álvaro (Allwars), Fernando (Frithnanth), Rodrigo (Hrothriks), Rosendo (Hrothsinths), Ildefonso (Hildfuns) y Elvira (Gailwers).[4]

La diferencia de carácter entre la vieja vida romana y el nuevo modo de vida medieval –adaptación de las costumbres del norte sobre las mediterráneas– aparece también a nuestros ojos como un cambio urbanístico. Va, en suma, de las termas y el foro al feudo y el castillo.

Como representación en que la Edad Media se resume –escribe Méndez Pinto–, destácase el castillo formidable, que allá colgado en las altas rocas eleva sus torreones al cielo. Figurémonos la gran sala junta a la chimenea en que hubiera cabido holgadamente el asador de un olmo entero y un entero novillo para bodas. Dentro del área luminosa, la castellana, de semblante pálido y rubios cabellos, hila silenciosamente en su rueca: los servidores se entregan junto al fuego a silenciosas faenas; y junto a él se calienta, dormitando, algún fraile, algún peregrino, huéspedes que la tempestad o la noche acercó a la fosa demandando albergue…

Ya se ha oído, primero lejano, después más cerca, el cuerno que revela la llegada y presencia del señor. Ha rechinado el pesado rastrillo, ha caído el puente con estrépito; y el amo, jayán templado rudamente en la caza y en la guerra, ha entrado rodeado de sus monteros, seguido de sus perros, llevando en la enguantada mano el halcón favorito, al que rocía con vino junto a la lumbre. Poco a poco las conversaciones mantenidas junto a ésta se debilitan por la exclusiva atención con que se escucha algún curioso relato de caza, o de asombrosas aventuras en viajes a muy apartadas y casi fabulosas tierras, o alguna maravillosa conseja que empuja hacia la claridad a los más medrosos.[5]

 

A diferencia de lo que ocurrió con la invasión de los francos en Galia, que sustituyeron toda la administración romana por costumbres germánicas, los visigodos mantuvieron algunas instituciones que encontraron en Hispania, al punto que el latín siguió siendo la lengua oficial.[6] No restan testimonios escritos de la lengua romana de la época visigoda, de modo que sólo a partir de conjeturas se podría reconstruir ese estado de la lengua que se remonta al siglo VI.

En la corte visigoda –explica Menéndez Pidal– los más doctos hablaban un latín escolástico como el que escribían san Julián, san Ildefonso o san Isidoro. Los cultos que no tenían estudios especiales, hablaban, sin duda, un latín vulgar muy romanceado. Mas para nada se acordarían del latín los rústicos. Todos, en la monarquía visigoda usarían como lengua familiar un llano romance.[7]

Los miembros de la aristocracia romana aprendían la lengua gótica para cooperar con el nuevo poder, al paso que los nobles visigodos dominaban el latín, lengua del derecho, la escuela y la diplomacia. Fundidos definitivamente después del violento choque, los germanos aprenderán las artes y la cultura mediterráneas, descollando entre sus maestros y aún convirtiéndose en sus garantes. El nuevo elemento deja de ser extraño y se asimila al cuerpo de la civilización mediterránea hasta que un día Goethe pueda poner en boca de Fausto: “A ti, godo, te confío la Acaya”.

 

 

 

[1] Según otra etimología, ostrogodos serían los “godos brillantes” y visigodos, los “godos instruidos”.

[2] R. Dozy, Historia de los musulmanes en España., II, Madrid-Barcelona, Espasa, 1920, p. 13. Más severa y parcial, si no menos elocuente, es la opinión de Jean-Paul Lucas: « Mais ces jours de gloire et de paix s’écoulèrent avec rapidité. Le nord vomit des hordes sauvages, l’Empire fut détruit et le Goths, vainqueurs du Peuple Roi, établirent le siège de leur autorité dans cette ville [Toulouse]. Alors tout ce qui portait l’empreinte du bon goût, tout ce qui retraçait la domination romaine, fut brisé par la massue de l’ignorance », Catalogue du Musée de Toulouse, 1806. Es decir: “Pero estos días de gloria y de paz se derramaron con rapidez. El norte vomitó hordas salvajes, el Imperio fue destruido y los godos, vencedores del Pueblo Rey, establecieron la sede de su autoridad en esta ciudad [Toulouse]. Entonces todo lo que llevaba la impronta del buen gusto, todo lo que remitía a la dominación romana, fue roto por el mazo de la ignorancia”, Catálogo del Museo de Toulouse, 1806.

[3] R. Dozy, op. cit., II, p. 17.

[4] Antonio Alatorre, Los 1001 años de la lengua española, tercera edición, FCE, México, 2018, pp. 89-90.

[5] Gramática española, tercer grado por F.T.D. conforme a la Real Academia Española, décima tercera edición, libro del maestro, Barcelona, Editorial F.T.D., 1924, pp. 297-8.

[6] Ernst Robert Curtius, European literature and the Latin Middle Ages, Harper Torchbooks, New York, 1963, p. 541. Ver en particular el apéndice « Spain cultural “belatedness” ».

[7] Ramón Menéndez Pidal, El idioma español en sus primeros tiempos, Espasa-Calpe Argentina, Buenos Aires, 1943, pp. 108-109.

 

 

 

 

David Noria (Ciudad de México, 1993), escritor y filólogo. Es autor de Nuestra lengua. Ensayo sobre la historia del español, de próxima aparición. Licenciado en Letras Clásicas por la UNAM. Profesor en la Universidad de Aix-Marsella, Francia, donde cursa un máster en Historia de la filosofía metafísica. Ha publicado en Letras Libres, Cuadernos Americanos, Zona Paz, Otros Diálogos, La Jornada Semanal, El Nacional El Espectador, entre otros.

 

 

 

 

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