Alfonso X y el Imperio. Por Julio Valdeón Baruque

 

 

 

Alfonso X y el Imperio

 

Julio Valdeón Baruque

Universidad de Valladolid

 

 

 

El “fecho del Imperio”

 

Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León en la segunda mitad del siglo XIII, en concreto entre los años 1252 y 1284, fue, como ha señalado con indudable acierto el profesor Manuel González Jiménez, uno de los más destacados estudiosos de dicho monarca, “el más universal de nuestros reyes medivales”[1] . Hijo y sucesor de Fernando III, el rey que unificó definitivamente, en el año 1230, los reinos de Castilla y León, y de la princesa alemana Beatriz de Suabia, nieta del emperador Federico I Barbarroja, Alfonso X fue, en el transcurso de su reinado, uno de los candidatos al Imperio Germánico. Aquel acontecimiento, sin duda el proyecto más ambicioso de cuantos elaboró durante su reinado el monarca de que hablamos, se denominaba en las tierras de la corona de Castilla con la sugestiva expresión de “el fecho del Imperio”. Ahora bien, su pelea por lograr ser coronado emperador germánico tuvo en jaque al monarca castellano-leonés Alfonso X nada menos que alrededor de veinte años, en concreto desde 1256, fecha en la que le propusieron que presentara su candidatura al Imperio Germánico, hasta 1275, año en el que se puso punto final al proyecto que nos ocupa.

La Europa cristiana contaba con un emperador desde el año 800, fecha en la que fue solemnemente coronado en Roma, por el pontífice de la época, el destacado monarca franco Carlomagno. De esa forma renacía el viejo Imperio Romano, aunque en esta ocasión, justo es reconocerlo, el Imperio se hallaba estrechamente ligado al Pontificado y, por supuesto, a las tierras de la Europa cristiana. Ahora bien, una vez que desapareció del mundo franco la dinastía carolingia el título imperial renació en la Cristiandad europea en la décima centuria, en concreto con Otón I, aunque en esta ocasión ubicado en las tierras germánicas. Conviene recordar que al puesto de emperador se accedía por la vía de la elección, lo que contrastaba rotundamente con las monarquías europeas, en las que funcionaba la línea de sucesión hereditaria. Ahora bien, desde el año 1137 se hallaba al frente del Imperio Germánico la poderosa familia de los Staufen, a la que pertenecía, por parte de su madre, el monarca castellano-leonés Alfonso X. Por otra parte los emperadores germánicos habían mantenido, desde mediados del siglo XI, una dura pugna con los pontífices romanos. Estamos hablando de la denominada “querella de las investiduras”, cuyos principales protagonistas fueron, precisamente en la segunda mitad de la undécima centuria, el emperador Enrique IV y el pontífice Gregorio VII. Aquel enfrentamiento se proyectó, asimismo, en la gestación de dos grupos políticos rivales, los “güelfos”, nombre que se aplicaba a los defensores del Papado, y los “gibelinos”, que eran los partidarios de la causa imperial. La lucha entre “güelfos” y “gibelinos”, sin duda muy tensa, se desarrolló particularmente en las tierras italianas.

El último gran emperador de la Europa cristiana fue, como es sabido, Federico II,[2] el cual era, al mismo tiempo, rey de Sicilia, “evitando una excesiva actuación del poder imperial sobre Italia”, como ha manifestado el historiador Carlos Estepa.[3] El papado quería que el reino de Sicilia no estuviera adscrito al emperador germánico Por lo demás Federico II, que tenía lazos familiares directos con Alfonso X el Sabio, reivindicaba para el cargo que ostentaba el dominium mundi. El Imperio Germánico se definía, en la mente de Federico II, como “romano, universal y absoluto”. Es más, Federico II, que reclamaba la capitalidad romana, decía ser un sucesor del emperador romano Augusto. ¿No se ha dicho de él, por otra parte, que fue uno de los precursores del denominado “estado moderno”? Pero sin duda lo más llamativo de su actividad política fue la actitud de tolerancia que mostró hacia los musulmanes y los judíos. Algunos de sus propagandistas han señalado que Federico II poseía indudables “cualidades mesiánicas”. De todos modos, sus disputas con los pontífices romanos derivaron en el hecho de que Federico II llegara a ser excomulgado en dos ocasiones. Pese a todo muchos estudiosos del Imperio Germánico en la época de que estamos hablando han presentado a Federico II algo así como un modelo en el que buscó inspiración Alfonso X.

 

 

La petición de la embajada pisana

 

En el año 1250 falleció el emperador Federico II. Se abrió entonces en las tierras alemanas una fase de fuertes tensiones en la pugna por el Imperio Germánico, la cual duró simplemente hasta el año 1256. En esa etapa pugnaron por el Imperio Germánico Conrado IV, que era hijo del emperador Federico II y por lo tanto representante del bando de los Staufen, cuya muerte tuvo lugar en el año 1254, y Guillermo de Holanda, el cual contaba con el apoyo del bando papal y que abandonó este mundo dos años después, en 1256. Fue precisamente en este último año cuando la ciudad italiana de Pisa decidió enviar una embajada a las tierras de la corona de Castilla, con el objetivo de animar al monarca Alfonso X, que era hijo de una alemana de la familia de los Staufen, la antes mencionada princesa Beztriz de Suabia, a que no tuviera el menor reparo en presentar su candidatura al Sacro Imperio Romano-Germánico, el cual se hallaba vacante. Conviene recordar que la embajada citada se hallaba en el ámbito de los gibelinos, es decir de los partidarios de la causa imperial. Los pisanos del bando gibelino, no lo olvidemos, estaban seriamente preocupados por el auge que, día a día, iban alcanzando los güelfos, los cuales contaban con la ayuda de la familia francesa de los Anjou. Pero en ese mismo año de 1256 el rey Alfonso X había logrado dos importantes éxitos en las tierras hispánicas, consiguiendo que el reino de Navarra se situara bajo la influencia de la corona de Castilla y llegando a un acuerdo con el rey de Aragón Jaime I. En definitiva, como ha manifestado Manuel González Jiménez “Alfonso X había conseguido erigirse, de forma sutil y nada altanera, en la figura predominante dentro del panorama político peninsular, o lo que es lo mismo, en ´emperador de España´”.[4]

La embajada pisana, a cuyo frente se hallaba un personaje muy significativo, llamado Bandino di Guido Lancia, llegó a la ciudad de Soria el día 18 de marzo de 1256. Aquel día los pisanos se entrevistaron con el monarca Alfonso X el Sabio. El encuentro tuvo lugar en el alcázar real de aquella ciudad castellana. Sin duda parece oportuno que recojamos lo esencial de la propuesta que formularon los delegados pisanos: “Como la comunidad de Pisa, toda Italia y casi todo el mundo os consideran extraordinario, invencible y victorioso señor Alfonso, rey por la gracia de Dios de Castilla, Toledo, León, Galicia, Sevilla, Murcia y Jaén, como el más distinguido de todos los reyes que viven o que vale la pena recordar...y además saben que Vos amáis sobre todo la paz, la verdad, la piedad y la justicia, que vos sois el más cristiano y más fiel...sabiendo que descendéis de la sangre de los duque de Suabia, una casa a la que pertenece el Imperio con derecho y dignidad por decisión de los príncipes y por entrega de los Papas de la Iglesia...”. También se afirmó que en el monarca Alfonso X podían “reunirse por sucesión los Imperios divididos por abuso, pues descendéis de Manuel, que fue Emperador de los Romanos”.[5] ¿Cabían mayores elogios al monarca castellano-leonés Alfonso X el Sabio que los llevados a cabo por la embajada pisana? Por lo demás ¿no presentaron al monarca Alfonso X los emisarios de la ciudad italiana de Pisa como el más esclarecido rey de cuantos había en todo el orbe cristiano de aquel tiempo?

Lo cierto es que, como respuesta a la solicitud hecha por los pisanos, Alfonso X acordó prestar apoyo a los hombres de negocios de la mencionada ciudad italiana. Al mismo tiempo se decidió enviar a las tierras italianas un cuerpo de ejército, integrado, al parecer, por unos 500 caballeros, con el propósito de ayudar a los pisanos en la pugna militar que sostenían por esas fechas tanto con la ciudad de Florencia como con la de Génova. De todos modos poco tiempo después la ciudad de Marsella, que también envió una delegación a las tierras hispanas, en concreto a la ciudad castellana de Segovia, se sumó a la postura adoptada por los pisanos. Conviene señalar que en la ciudad de Marsella, vecina del mar Mediterráneo, ejercía el dominio político en aquellas fechas un grupo totalmente hostil al magnate nobiliario francés Carlos de Anjou. A raíz de aquel suceso Alfonso X el Sabio decidió firmar un pacto de ayuda mutua con los marselleses. De todos modos el apoyo de Marsella fue efímero, pues poco tiempo después el poder político de aquella ciudad pasó al bando contrario, en concreto al conde de Provenza.

La petición efectuada por la embajada pisana al monarca castellano-leonés Alfonso X ha motivado diversas interpretaciones por parte de los estudiosos de ese complejo tema. El historiador Cayetano J. Socarrás ha manifestado que Alfonso X el Sabio vio en l apetición llevada a cabo por la embajada pisana la posibilidad de resucitar la antigua idea imperial hispánica, es decir la posibilidad de actuar en el futuro como una especia de emperador-rey del conjunto de los territorios de la España cristiana.[6] Por su parte Carlos Estepa, otro insigne estudioso del reinado de Alfonso X, y en particular de su proyección hacia el ámbito del Imperio Germánico, ha señalado lo siguiente: “Es muy posible que la ideología imperial alfonsina significara el fortalecimiento de su papel como monarca y ello le viniera gracias a la dignidad imperial. Es una hipótesis sugerente que convierte el ‘fecho del Imperio’ en algo más real, no en una mera quimera basada en relaciones dinásticas”.[7] A este respecto es imprescindible indicar el serio declive que, desde el fallecimiento de Alfonso VII de Castilla y León, suceso que tuvo lugar en el año 1157, se produjo en la idea imperial hispánica. A partir de aquella fecha tuvo lugar una rígida separación de los reinos de Castilla y de León. Es más, los dos citados reinos mantuvieron enconadas disputas en la segunda mitad del siglo XII y los primeros años del siglo XIII. Recordemos, como ejemplo altamente significativo, que el monarca leonés Alfonso IX no intervino en la batalla de las Navas de Tolosa, que acaeció en el año 1212 y en la que fueron derrotados los almohades. Al frente de las tropas cristianas, que contaban con gentes de casi toda la España cristiana así como con la ayuda de nobles ultrapirenaicos, se hallaba el rey de Castilla Alfonso VIII. El antes mencionado profesor Carlos Estepa ha afirmado, en un trabajo suyo posterior, que “También cabe preguntarse si en sus aspiraciones imperiales se daba una idea clara de posible integración a su poder político efectivo de territorios externos y lejanos”.[8] Sin duda se trata de un planteamiento de muy difícil respuesta, por no decir imposible.

Si planteamos la problemática imperial desde otra perspectiva, ¿cabe pensar que Alfonso X el Sabio pensaba construir algo parecido a un imperio mediterráneo, desde donde sería posible reanudar, en su momento oportuno, nada menos que la cruzada para rescatar los Santos Lugares del poder de los infieles? El historiador norteamericano Joseph O. Callaghan, en una destacada y reciente obra sobre el rey que nos ocupa, ha escrito lo siguiente: Alfonso “pensaba que, dominando el Mediterráneo occidental, se facilitaría la consecución de su proyecto de recobrar el norte de África como parte del legado visigodo. De esta forma su aspiración a la hegemonía de España, su proyectada cruzada a África y la busca del título imperial estaban mutuamente unidos”[9] (9). Cambiando de tema no podemos olvidar que el destacado historiador italiano Robert S. López no sólo ha establecido un estrecho paralelismo entre el singular emperador germánico Federico II y el monarca castellano-leonés Alfonso X el Sabio, sino que afirma que este último fue, sin duda alguna, nada menos que un indudable precursor del humanismo, corriente intelectual que, como es sabido, triunfaría de forma plena en la Europa de finales de los tiempos medievales. En definitiva, Robert S. López ha llegado a manifestar que “Federico y Alfonso tuvieron en común la insaciable curiosidad del ´hombre universal´; pero Federico se comportó como un diletante...mientras que Alfonso se esforzó por ser un experto en todas las direcciones de sus inquietudes”. Al mismo tiempo el profesor Robert S. López ha indicado que “la verdadera gloria del Rey Sabio... [fue]...su patronato y su contribución universal a todas las ramas del saber y del arte”.[10]

 

 

La doble elección de emperador

 

Lo cierto es que, finalmente, se presentaron dos candidatos al título imperial germánico. Estamos aludiendo por una parte al inglés Ricardo de Cornualles, hermano del monarca de Inglaterra Enrique III, y por otra a nuestro personaje, el rey de Castilla y León Alfonso X el Sabio. Es preciso señalar, a este respecto, que Alfonso X contó con la ayuda del arcediano de Marruecos, García Pérez, el cual intervino de forma muy activa en las tierras alemanas en defensa de la candidatura imperial del monarca castellano-leonés[11] (11). El colegio de electores, es decir la mesa que escogía al emperador, estaba compuesto por siete miembros, cuatro de ellos laicos (el rey de Bohemia, el conde-palatino del Rhin, el duque de Sajonia y el margrave de Brandeburgo) y tres eclesiásticos (los arzobispos de Colonia, de Maguncia y de Treveris). Ahora bien, lo sorprendente es que, en un breve período de tiempo, en concreto entre los meses de enero y abril del año 1257, se produjeron, al margen de las opiniones que por supuesto se generaron, dos elecciones distintas para el cargo de emperador germánico. El día 13 de enero del año 1257 salió elegido emperador, en las afueras de la ciudad de Frankfurt, por un total de cuatro votos (los del conde-palatino del Rhin, el rey de Bohemia y los arzobispos de Colonia y de Maguncia), el inglés Ricardo de Cornualles. A su vez el día uno de abril de ese mismo año fue asimismo elegido emperador germánico, en esta ocasión en la ciudad alemana de Frankfurt, el rey de Castilla y León Alfonso X. El monarca castellano-leonés tuvo también cuatro votos, el del duque de Sajonia, el del margrave de Brandeburgo, el del rey de Bohemia y el del arzobispo de Treveris. De todos modos lo realmente sorprendente fue el hecho de que el rey de Bohemia, que había votado unos meses antes al inglés Ricardo de Cornualles, votara en esta segunda ocasión al candidato de la corona de Castilla, es decir al rey Alfonso X. ¿No resultaba aquello, sin duda alguna, una sorprendente y flagrante contradicción?

Centrando nuestra atención en el candidato castellano-leonés, es decir en Alfonso X, conviene poner de manifiesto que, en aquellos tiempos, dicho monarca se consideraba en cierto modo una especie de emperador de sus reinos. ¿No afirmó el rey Sabio aquello tan conocido de que “rex est imperator in regno suo”, lo que significaba poner al mismo nivel de actuación política tanto la función regia como la propiamente imperial? Por lo demás podemos leer en las “Partidas” algo tan significativo como lo siguiente: “Vicarios de Dios son los reyes cada uno en su reino, puestos sobre las gentes, para mantenerlas en justicia e en verdad, bien así como el Emperador en su imperio”. Ese punto de vista lo recogió, a comienzos del siglo XIV, el conocido escritor catalán Ramón Muntaner, al señalar que lo que buscaba Alfonso X el Sabio, al margen de su posible coronación como emperador del ámbito germánico, era “èsser rey d´Espanya”.[12]

 

 

La pugna por el Imperio Germánico

 

¿Qué panorama se le presentaba a Alfonso X el Sabio después de ser elegido en la ciudad de Frankfurt como emperador germánico? En principio eran muchos los elementos que parecían favorecerle. Por de pronto contaba en esas fechas con el firme y decidido apoyo del rey de la vecina monarquía francesa, a la sazón el destacado Luis IX. Otro hecho positivo es que unos meses después de su elección, en el mes de agosto del año 1256, llegó a la ciudad de Burgos una embajada alemana, con el propósito de felicitar efusivamente al monarca castellano-leonés por su reciente elección para el cargo de emperador de sus territorios. Por lo demás todo parece indicar que Alfonso X lo que pretendía no era tanto ganar nuevas tierras sino conservar en el Imperio Germánico una serie de principios básicos, tanto la paz, como la justicia y la libertad. En otro orden de cosas es necesario que señalemos el punto de vista defendido por algunos historiadores del Derecho, los cuales afirman que las “Partidas”, sin duda la obra jurídica de mayor relieve de cuantas se elaboraron en la corte del rey Sabio, no sólo iba dirigida a su futura aplicación a la corona de Castilla, sino también al Imperio Germánico.[13]

Ahora bien, la posible coronación dependía, sin duda alguna, de la decisión que finalmente tomara el pontífice romano. Por esas fechas, en concreto entre los años 1254 y 1261, el papa de la Cristiandad era Alejandro IV. No cabe duda de que, al menos a tenor de las fuentes conservadas, dicho pontífice mantenía buenas relaciones con el monarca castellano-leonés. Recordemos, como un dato que nos parece muy significativo, que dicho pontífice se había dirigido, en el mes de febrero del año 1255, a la nobleza de la región de Suabia, precisamente para que reconociera a Alfonso X el Sabio como duque de aquel territorio.[14] Ahora bien, al pontífice Alejandro IV no le satisfacía, ni mucho menos, que Alfonso X contara con el apoyo de los gibelinos italianos, los cuales, como es sabido, eran sus más directos enemigos. Conviene recordar, a este respecto, que uno de los principales apoyos con los que contaba en el ámbito italiano Alfonso X era un yerno del que fuera, poco tiempo atrás, emperador germánico Federico II. Nos estamos refiriendo a Ezzelino da Romano, el cual era por esas fechas señor de la Marca de Treviso. Ni que decir tiene que el papa Alejandro IV no veía nada bien a dicho personaje, al que consideraba un inequívoco enemigo suyo. De todos modos todo parece indicar que el pontifice Alejandro IV estaba más preocupado por el problema del vecino reino de Sicilia, de donde era rey, a partir del año 1260, Manfredo Staufen, que era, obviamente, un entusiasta defensor de los sectores gibelinos. ¿Puede hablarse, como ha sugerido en cierta ocasión el historiador Carlos de Ayala, que el citado pontífice Alejandro IV puso en marcha, contra las aspiraciones imperiales de Alfonso X el Sabio, algo parecido a una jugada maquiavélica? Dicho autor pone de relieve que Alejandro IV quería promocionar al monarca castellano-leonés, pues en él veía un “gibelinismo descafeinado”, claramente distinto del de Manfredo de Staufen, al que consideraba el dirigente del “gibelinismo radical”.[15] En verdad podemos llegar a la conclusión de que el pontificado de Alejandro IV supuso, para las aspiraciones imperiales de Alfonso X, una especie de interregno.

De todos modos Alfonso X convocó en la ciudad de Toledo, a finales del año 1259, unas Cortes de los reinos de Castilla y León, con el propósito de obtener un subsidio extraordinario para llevar adelante el denominado “fecho del Imperio”. La institución de las Cortes, que había nacido en el año1188 en la ciudad de León y que posteriormente se proyectó sobre el reino de Castilla, ya funcionaba en esas fechas al unísono en ambos núcleos políticos. Un documento del año 1260 señala, muy significativamente, lo siguiente: “toviemos por bien de fazer nuestras Cortes en la noble çibdad de Toledo sobre el fecho del Imperio”.[16] Ahora bien, la propuesta del rey Sabio no parece que encontró mucho apoyo en la mencionada reunión de las Cortes, quizá porque los procuradores de las ciudades y villas, o lo que es lo mismo los representantes del tercer estado, suponían que aquellos elevados gastos a los que iba a hacer frente el monarca castellanoleonés, para intentar lograr ser finalmente coronado emperador germánico, no iban a aportar ninguna ventaja económica para los reinos de Castilla y León. En verdad la aspiración del rey Sabio a ser coronado emperador de las tierras germánicas no parecía encajar debidamente en las perspectivas de los reinos de Castilla y León.

Por otra parte, en ese mismo año de 1259 ocurrieron otros sucesos de notable importancia. Los reinos de Francia y de Inglaterra, hasta entonces enfrentados entre sí, firmaron la paz, lo que perjudicaba notablemente la causa alfonsina de cara a sus aspiraciones al Imperio Germánico, pues eso suponía perder el apoyo francés, hasta entonces indiscutible. Asimismo en esa fecha murió Ezzelino da Romano, el cual era su principal soporte militar en el ámbito ita[1]liano. Paralelamente se iban esfumando los apoyos directos de determinados sectores de la nobleza alemana, y en primer lugar del ducado de Suabia, a la causa alfonsina. Para completar aquel panorama es preciso indicar que el rey de Aragón, Jaime I, que era su suegro, pues el monarca castellano-leonés se había casado con su hija Violante, estaba en total desacuerdo con el propósito alfonsino de ejercer la hegemonía sobre todos los territorios de la España cristiana. Alfonso X el Sabio, en respuesta al monarca aragonés Jaime I el Conquistador, afirmó, de forma un tanto agria, que “ningún omne del mundo tan grave tuerto recibió de otro como nos recibiemos de vos”.[17]

 

 

El final de las aspiraciones imperiales

 

Al papa Alejandro IV le sucedió, a raíz de su fallecimiento, Urbano IV, el cual estuvo al frente del pontificado entre los años 1261 y 1264. Urbano IV, en su breve pontificado, tenía, al parecer, como principal objetivo alcanzar un acuerdo, obviamente si ello era posible, entre los dos aspirantes al Imperio Germánico, es decir el inglés Ricardo de Cornualles y el castellano-leonés Alfonso X. El propósito del mencionado pontífice no era otro sino analizar, con la mayor minuciosidad posible, tanto la elección como los derechos de los dos candidatos que habían sido elegidos en 1257 para ocupar la sede del Imperio Germánico. La causa alfonsina contaba en aquellas fechas en la ciudad de Roma con unos comisionados, entre ellos el obispo de la diócesis de León, un tal Martín Fernández. Mas a la larga, en parte por los serios problemas acaecidos en el reino de Inglaterra en donde llegó a ser retenido en prisión nada menos que el aspirante al Imperio Ricardo de Cornualles, no se llegó a ninguna resolución positiva. Así las cosas, continuaba ciertamente una situación de interregno en el ámbito del Imperio Germánico.

Después de Urbano IV ocupó el puesto de pontífice el francés Clemente IV, el cual estuvo al frente del mismo entre los años 1265 y 1268. Dicho personaje, justo es señalarlo, era un decidido aliado de los Anjou franceses, al tiempo que un inequívoco enemigo del linaje alemán de los Staufen. Precisamente Carlos de Anjou fue investido por dicho pontífice como rey de Sicilia. Es más, en el año 1266 Manfredo Staufen fue derrotado y muerto en la batalla de Benevento. Dos años después, en 1268, Conradino Staufen sufrió una severa derrota en Tagliacozzo, siendo poco después ejecutado. En definitiva, aquello suponía ni más ni menos que el triunfo del pontificadco romano, de los Anjou y de los güelfos. Así las cosas la presencia de Clemente IV en el solio pontificeo no beneficiaba en modo alguno las aspiraciones de Alfonso X al título imperial.

El tiempo seguía transcurriendo, sin que se alcanzara una solución definitiva al engorroso problema del acceso al Sacro Imperio Romano-Germánico. Ahora bien, en los inicios de la década de los años setenta, pese a los serios problemas que tenía en sus reinos el monarca castellano-leonés, ante todo por la actitud hostil de un importante sector de la nobleza, fue, sin duda alguna, cuando mayor empuje pretendió dar Alfonso X el Sabio a sus aspiraciones imperiales. El monarca castellano-leonés, que estaba duramente enfrentado con el magnate nobiliario francés Carlos de Anjou, y que al mismo tiempo contaba con el indudable apoyo de las fuerzas gibelinas, decidió intitularse, aunque fuera con un carácter meramente simbólico, nada menos que Dei gratia Romanorum rex semper augustus.[18] Es más, en el año 1271 puso en marcha Alfonso X lo que en las tierras de Castilla y León se denominaba “la ida al Imperio”. Es preciso señalar que, en esas fechas, el representante de Alfonso X el Sabio en la región italiana de la Lombardía era el marqués Guillermo de Monferrato, sin duda un poderoso magnate nobiliario.

Por si fuera poco al año siguiente, 1272, falleció el inglés Ricardo de Cornualles, su más directo rival al título imperial. Aquel acontecimiento animó al monarca castellano-leonés a procurar, definitivamente, ser coronado emperador, pues él era el único candidato vivo de los dos que habían sido elegidos en el año 1257. En ese mismo año de 1272 Alfonso X convocó unas Cortes en la ciudad de Burgos “sobre fecho de embiar Caballeros al Imperio de Roma”.[19] Asimismo un documento del año 1273, originario de las tierras hispánicas, ponía claramente de relieve la excepcional importancia de lo que se denominaba en aquellas fechas “la ida al Imperio”, de la cual se afirmaba, muy sugestivamente, que “es lo más”, al tiempo que el rey Alfonso X acusaba a los nobles sublevados contra él de haber contribuido a desbaratarle sus planes imperiales. El texto en cuestión decía lo siguiente: “e assí commo los reyes los apoderaron é los honrraron ellos pugnaron en los desapoderar e los deshonrar en tantas maneras, que serían largas de contar e muy vergoñosas. Esto es el fuero é el pro de la tierra que ellos siempre quisieron; agora lo podedes entender en esto, ca todas las cosas porque yo me movía á fazer lo que ellos querían tirándolas ende, señaladamente la ida al Imperio, que es lo más”.[20] Así se expresa la Crónica del Rey Don Alfonso Décimo, en una carta dirigida por el monarca castellano-leonés a su primogénito Fernando, conocido como el infante de la Cerda: “Esto es el fuero é el pro de la tierra que ellos siempre quisieron; agora lo podedes entender en esto, ca todas las cosas porque yo me movía a facer lo que ellos querían, tiráronlos ende, señaladamente la ida al Imperio que es lo más”.[21] Eso quería dar a entender, sin duda alguna, que Alfonso X el Sabio tenía como objetivo esencial de su reinado llegar a ser coronado emperador, obviamente del ámbito germánico. Es más, en marzo del año 1274 hubo unas nuevas Cortes en Burgos, debatiendo de nuevo sobre la posibilidad de “enviar caballeros al Imperio”.[22] Dichas Cortes, por otra parte, sirvieron para que se llegara a una reconciliación del rey de Castilla y León con los nobles que se habían sublevado contra él unos años atrás. Al mismo tiempo se decidió en las mencionadas Cortes burgalesas “que era cosa que auiemos mucho mester por fecho del Imperio”, lo que pone de relieve el interés del rey Sabio por el mencionado título.[23]

Aquellos años setenta coincidieron con el pontificado de Gregorio X, el cual estuvo en el poder entre los años 1271 y 1276. Sin duda alguna aquel papa no estaba, ni mucho menos, a favor de la aspiración imperial del monarca castellano-leonés Alfonso X el Sabio. Recordemos, como ejemplo significativo, que en el mes de septiembre del año 1272 el papa Gregorio X respondió a una embajada de la corona de Castilla afirmando que el monarca Alfonso X no tenía ningún derecho al trono imperial, pues su elección no había sido válida, añadiendo, por otra parte, que la muerte reciente de su rival, Ricardo de Cornualles, no mejoraba en modo alguno su situación jurídica.[24] Para rematar el difícil panorama que se presentaba al monarca castellano-leonés el 23 de septiembre del año 1273 fue elegido, por sorprendente que pudiera parecer, otro candidato al Imperio Germánico. Estamos hablando de Rodolfo de Habsburgo, con el que se iniciaría la presencia de una nueva familia en la cúpula imperial germánica. Inmediatamente el pontífice Gregorio X decidió reconocer a dicho personaje como futuro emperador. Ante aquella crítica situación, Alfonso X solició mantener una entrevista con el pontífice.

En el mes de mayo del año 1275 se entrevistaron Gregorio X y Alfonso X en la ciudad de Beaucaire, localidad situada en la costa mediterránea de Francia. De dicho encuentro entre el pontífice romano y el rey de Castilla y León, a la vez que aspirante al imperio germánico, no salió nada positivo para el monarca castellano-leonés. Alfonso el Sabio, como ha escrito recientemente Manuel González Jiménez, “repetiría los argumentos tantas veces recordados que avalaban su candidatura: haber sido elegido por la mayor y la mejor parte de los electores alemanes; ser el único descendiente de la dinastía imperial alemana; haberse mantenido fiel al Papado durante la crisis que le enfrentó a los últimos Staufen; los servicios prestados a la Cristiandad en la lucha contra los musulmanes de España. A todo ello respondió el papa con un argumento contundente e irrebatible: que ya había aprobado la elección de Rodolfo de Austria como rey de Romanos y que ya le había solicitado que acudiese a Roma para ser coronado emperador”.[25] El panorama, por lo tanto, no resultó en modo alguno positivo para Alfonso X.

A la postre el monarca castellano-leonés no tuvo más remedio que renunciar, de manera definitiva, al título imperial germánico, cuestión que, como hemos visto en las páginas anteriores, tanto atractivo le había originado en el transcurso de su reinado, aunque también le causara, justo es reconocerlo, serios trastornos y dificultades. Ciertamente el Sacro Imperio Románico-Germánico de aquel tiempo, justo es reconocerlo, era un auténtico rompecabezas. Recordemos lo que afirmó en su día el historiador Carlos Estepa: “parece como si la aspiración imperial alfonsina, el ´fecho del Imperio´, no fuera sino la expresión de los anhelos de un monarca que no tenía ninguna posibilidad de realizarse, ya que nuestro rey no encajaba nada en ese complejo fenómeno que era el Imperio “.[26] En efecto, el llamado Imperio Germánico era un complejo mosaico de entidades políticas y eclesiásticas, todas ellas con una notable fuerza. Así las cosas el fracaso de la empresa alfonsina de aspirar al Imperio Germánico se entiende si tenemos en cuenta tanto la posición adoptada por el Papado como los complejos problemas existentes tanto en la península italiana como en la isla de Sicilia y en las propias tierras germánicas. Ahora bien, como indica acertadamente Carlos Estepa, “el ´fecho del Imperio´ responde a una determinada ideología en la que conseguir el trono imperial resultaba algo muy importante para el soberano hispano”.[27]

Es posible, no obstante, como señaló en su día el historiador Carlos de Ayala, que Alfonso X el Sabio, aunque, al parecer, estaba convencido de la respuesta negativa que le iba a dar el pontífice Gregorio X a sus aspiraciones imperiales, creyera qus sus posibilidades no estaban del todo agotadas.[28] En cualquier caso “el fecho del Imperio”, asunto en el que puso tanto empeño durante buena parte de su reinado el monarca Alfonso X el Sabio, concluyó de manera calamitosa para el rey castellano-leonés. Pese a todo, como ha señalado el profesor Armin Wolf, Alfonso X siguió utilizando, en diversas ocasiones, el título de “rex Romanorum”, así por ejemplo en el año 1280.[29]

 

 

 

[1] Manuel González Jiménez: Alfonso X. 1252-1284, Palencia 1993, 155. De todos modos no es posible dejar en el olvido algunas obras clásicas acerca del monarca Alfonso X, en particular la que escribió el eminente historiador Antonio Ballesteros Beretta, Alfonso X el Sabio, Madrid-Barcelona 1964. En el año 1984 apareció una reimpresión de dicha obra, acompañada de valiosos índices, elaborados por el profesor Miguel Rodríguez Llopis. Por otra parte el discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia del profesor Antonio Ballesteros Beretta versó precisamente sobre el tema Alfonso X, emperador (electo) de Alemania, Madrid 1918.

[2] Un trabajo clásico sobre el emperador germánico Federico II es la obra del eminente historiador alemán Ernst Kantorowick, Kaiser Friedrich der Zweite, Berlín 1936, 4ª edición

[3] Carlos Estepa: “Alfonso X y el «fecho del Imperio»”, Revista de Occidente, diciembre de 1984, 45.

[4] Manuel González Jiménez: Alfonso X el Sabio, Barcelona 2004, 111. Se trata de la última y más importante monografía publicada sobre el monarca del que estamos hablando.

[5] El discurso pronunciado por el dirigente de la embajada pisana, traducido en su día del latín al castellano por el marqués de Mondéjar, está incluido en la obra de Cayetano J.Socarrás Alfonso X of Castile: A Study of Imperialistic Frustration, Barcelona 1976, apéndices IX y X.

[6] Cayetano J. Socarrás: Alfonso X of Castile, 126

[7] Carlos Estepa: “El reino de Castilla y el Imperio en tiempos del ´Interregno´”, trabajo incluido en España y el ´Sacro Imperio´. Procesos de cambio, influencias y acciones recíprocas en la época de la europeización (siglos XI-XIII), Valladolid, 2002, 88

[8] Carlos Estepa: “Alfonso X y el ´fecho del Imperio”, Revista de Occidente, 53.

[9] Joseph F. O’Callaghan: El Rey Sabio. El reinado de Alfonso X de Castilla. Traduc. española, Sevilla, 1996, 243

[10] Estas ideas las expone Robert S. Lopez en un sugestivo libro titulado: Naissance de l´Europe, Paris 1962, 329-330. No obstante el trabajo más interesante del autor que acabamos de mencio[10]nar es el titulado “Entre el Medioevo y el Renacimiento. Alfonso X y Federico II“, Revista de Occidente, diciembre de 1984, 14

[11] Estas ideas las recoge Carlos Estepa, basándose en un trabajo de finales del siglo XIX del historiador alemán P. Scheffer-Boichorst, en “El reino de Castilla en tiempos del ‘Interregno’”, en España y el Sacro Imperio, 91-92.

[12] Ramón Muntaner: Les quatre grandes cróniques, Barcelona 1983, 688.

[13] Resulta muy interesante el trabajo de José Manuel Pérez-Prendes, titulado “La obra jurídica de Alfonso X el Sabio”, incluido en la obra colectiva Alfonso X, Toledo 1984, 49-62.

[14] Carlos Estepa: “Alfonso X en la Europa del siglo XIII”, incluido en el libro Alfonso X. Aportaciones de un rey castellano a la construcción de Europa, Murcia 1997, 20.

[15] Carlos de Ayala: Directrices fundamentales de la política peninsular de Alfonso X, Madrid 1986, 173-174.

[16] Este texto lo recoge Joseph F. O’.Callaghan en su libro El Rey Sabio. El reinado de Alfonso X de Castilla, 252-253.

[17] Id., ibíd., 253.

[18] Carlos Estepa: “Alfonso X y el ´fecho del Imperio´”, Revista de Occidente, 50.

[19] Joseph F. O’Callaghan: El Rey Sabio. El reinado de Alfonso X de Castilla, 262.

[20] Carlos Estepa: “Alfonso X en la Europa del siglo XIII”, en Alfonso X. Aportaciones de un rey castellano a la construcción de Europa., 26.

[21] Crónica del Rey Don Alfonso Décimo, ed. Cayetano Rosell, Madrid 1953, capítulo LII.

[22] Manuel González Jiménez: Alfonso X el Sabio, 273-275.

[23] Id., ibíd., 275.

[24] Carlos Estepa: “El ´fecho del Imperio´ y la política internacional en la época de Alfonso X, incluido en Estudios alfonsíes. Lexicografía, lítica, estética y política de Alfonso el Sabio, Granada 1985, 201.

[25] Manuel González Jiménez: Alfonso X el Sabio, 284.

[26] Carlos Estepa: “El ´fecho del Imperio´ y la política internacional en la época de Alfonso X”, Estudios alfonsíes, 204

[27] Id., ibíd.

[28] Carlos de Ayala: “Alfonso X: Beaucaire y el fin de la pretensión imperial”, Hispania, XLVII (1987), 5.

[29] Armin Wolf: “El proyecto imperial de Alfonso X”, incluido en la obra colectiva Alfonso X y su época. El siglo del rey Sabio, Barcelona 2001, 173.

 

 

 

 

Julio Valdeón Baruque (1936-2009). Historiador español, nacido en Olmedo (Valladolid), el año 1936. Cursó estudios en la Universidad de Valladolid, donde consiguió el Premio Extraordinario de Licenciatura en el año 1959. Se doctoró en Historia Medieval el año 1965, con la tesis “Enrique II de Castilla: la guerra civil y la consolidación del régimen”. Entre los años 1967-71 fue profesor agregado de Historia Medieval en la Universidad Complutense de Madrid. En 1971 consiguió la cátedra de Historia Medieval en la Universidad de Sevilla, puesto en el que permaneció hasta el año 1973, cuando se trasladó a la Universidad de Valladolid. El 16 de noviembre de 2001 fue elegido miembro de la Academia de Historia para ocupar la vacante de Pedro Laín Entralgo. El 12 de noviembre de 2004 recibió el Premio Nacional de Historia por su obra divulgativa Alfonso X: la forja de la España moderna. El jurado tuvo en cuenta el carácter profundamente innovador del estudio del medievalista vallisoletano, así como su brillante carrera investigadora y de divulgación.

De su dilatada producción bibliográfica, repartida en libros, congresos, ponencias y un sinfín de colaboraciones en revistas especializadas, destacan las siguientes obras: Los judíos de Castilla y la revolución Trastámara (Valladolid, 1968), El reino de Castilla en la Edad Media (Bilbao, 1968), Historia general de la Edad Media: siglos XI-XV (Madrid, 1971), Los conflictos sociales en el reino de Castilla en los siglos XIV-XV (Madrid, 1975), Feudalismo y consolidación de los pueblos hispánicos (Barcelona, 1980), El feudalismo (Madrid, 1992), Castilla se abre al Atlántico: de Alfonso X a los Reyes Católicos (Madrid, 1995), El chivo expiatorio (Madrid, 2000), Pedro I El cruel y Enrique de Trastámara (Madrid, 2002) y Alfonso X: la forja de la España moderna(Madrid, 2004).