Vladimir Nabokov: Playboy, la entrevista por Alvin Toffler (Primera parte). Traducción: Juan Manuel Esquivel

 

 

 

 

 

 

Realizada por el futurólogo Alvin Toffler, esta entrevista, probablemente una de las mejores que le hayan hecho al escritor de origen ruso, fue publicada en enero de 1964 en Playboy y ahora es parte del libro The Playboy Interview: Men of letters el cual incluye conversaciones con otros escritores: Allen Ginsberg, Kurt Vonnegut, Tennesse Williams, etc. La famosa revista del conejo, a despecho de no pocos moralistas, también es un referente en la promoción de la cultura y las ideas.

 

 

 

La Revista Literaria Taller Igitur presenta la primera de dos partes de esta entrevista en traducción del poeta mexicano Juan Manuel Esquivel (Ciudad de México, 1980).

 

 

 

 

Plaboy-Nabokov, la entrevista

 

Por: Alvin Toffler

 

Traducción: Juan Manuel Esquivel

 

 

 

Playboy (PB): Tras la publicación de Lolita en 1958, su fama y fortuna se multiplicaron de la noche a la mañana, desde la alta reputación entre los cognoscenti —de la que usted ha gozado por más de treinta años— hasta la aclamación y el insulto como autor mundialmente reconocido de un sensacional best seller. En el recuento de esta ocasión célèbre, ¿alguna vez se ha arrepentido de Lolita?

 

Vladimir Nabokov (VN): Al contrario, me estremezco al recordar que hubo un momento, en 1950 y otro en 1951, cuando estuve a punto de quemar el pequeño diario negro de Humbert Humbert. No, jamás me arrepentiré de Lolita. Ella fue como componer un hermoso rompecabezas, su composición y su solución a la vez, dado que uno es el espejo del otro, dependiendo de la manera en cómo mires. Desde luego ella eclipsó otros trabajos, al menos aquellos que había escrito en inglés: La verdadera vida de Sebastian Knight, Barra siniestra, mis cuentos, mis memorias, pero no le puedo reprochar esto. Hay un encanto extraño y tierno alrededor de aquella mítica nínfula[1].

 

 

PB: Aunque varios lectores y críticos no estarían de acuerdo en llamarlo tierno, pocos negarían que es extraño, tanto así que cuando Stanley Kubrick propuso hacer la película, usted dijo: «desde luego ellos tendrán que cambiar la trama. Quizás ellos harán de Lolita una enana o ellos la harán de dieciséis y a Humbert de veintiséis». Y aunque finalmente usted escribió el guion, no pocos reprendieron el filme por haber echado por la borda la relación central. ¿Qué tan satisfecho quedó con la película?

 

VN: Pienso que la película es absolutamente de primera. Los cuatro actores principales merecen ser alabados. Sue Lyon sirviendo aquella charola de desayuno o poniéndose inocentemente el suéter en el auto, son momentos de inolvidable actuación y dirección. El asesinato de Quilty es una obra maestra, también la muerte de la Señora Haze. Sin embargo, debo señalar que nada tuve que ver con la producción[2]. Si la hubiese tenido, habría insistido en generar mayor tensión en ciertas cosas que no estaban tensas, por ejemplo, los distintos moteles en los que se hospedaban. Todo lo que hice fue escribir el guion, del cual una porción preponderante fue usada por Kubrick.

 

 

PB: ¿Cómo considera que el “doble” éxito de Lolita afectó su carrera, para bien o para mal?

 

VN: Dejé de dar clases, eso fue todo en el sentido de cambio. Pero dese cuenta, amaba dar clases, amaba Cornell, amaba preparar y entregar mis cátedras acerca de escritores rusos y grandes libros europeos. Pero alrededor de los sesenta, y especialmente en invierno uno empieza a encontrar difícil el proceso físico de la docencia; el despertar a una hora fija cada mañana, la lucha con la nieve, la marcha a través de largos pasillos, el esfuerzo de trazar en el pizarrón el mapa del Dublín de James Joyce o la disposición del vagón de la siesta del expreso San Petersburgo-Moscú a comienzos de 1870, sin un entendimiento de éstos ni Ulises ni Ana Karenina, respectivamente, tendrían sentido. Por alguna razón mis memorias más vívidas están relacionadas con los exámenes. El gran anfiteatro en Goldwin Smith. Examen de las 8:00 a las 10:30. Cerca de 150 estudiantes, los chicos sin bañar ni afeitar y las chicas razonablemente bien arregladas. Una sensación general de tedio y desastre. Las 8:30. Pequeños tosidos, la limpieza de gargantas nerviosas, llegan como sonidos en racimo. Susurros de páginas. Algunos mártires inmersos en meditación, sus brazos sujetos tras la cabeza. Me encuentro con una mirada aburrida, con esperanza y odio mira en mí la fuente del conocimiento perdido. Una chica con lentes se acerca a mi escritorio y pregunta: “Profesor Kafka, ¿usted quiere que digamos esto…? ¿O sólo quiere que contestemos la primera parte de la pregunta?”. La gran fraternidad C-minus, columna vertebral de la nación, está garabateando constantemente. Un barbecho surgiendo simultáneamente, la mayoría dando la vuelta a la página de sus manuales, buen trabajo en equipo. La sacudida de una muñeca apretada, la tinta fallida, el desodorante se extingue. Cuando atrapo ojos dirigidos hacia mí, ellos inmediatamente se elevan al techo en meditación piadosa. Las ventanas se empiezan a empañar. Los chicos se quitan los suéteres. Las chicas mascan goma con rápida cadencia. Diez minutos, cinco, tres, ha terminado el tiempo.

 

 

PB: Pensando en Lolita, por el mismo tipo de escenas ácidas como la que acaba de describir, muchos críticos han considerado al libro como un gran comentario social satírico acerca de los Estados Unidos. ¿Están en lo correcto?

 

VN: Bueno, yo sólo podría insistir en que no tuve la intención ni el temperamento de hacer una sátira moral o social. Sí los críticos piensan que en Lolita estoy ridiculizando la locura humana me deja completamente indiferente, pero me molesta cuando las buenas noticias esparcen la idea de que estoy ridiculizando a los Estados Unidos.

 

 

PB: Pero, ¿no escribió usted que no hay nada más estimulante que la vulgaridad filistea de los estadounidenses?

 

VN: No, yo no dije eso. Esa frase ha sido sacada de contexto y como un pez globo del mar profundo ha estallado en el proceso. Si lee mi pequeña pieza Acerca de un libro titulado «Lolita», la cual incorporé como apéndice a la novela, podrá observar que lo que realmente dije fue que en lo referente a la vulgaridad filistea —la cual siento más estimulante— no existe diferencia entre las maneras o modales de europeos y norteamericanos. Sigo pensando que un proletario de Chicago puede ser tan filisteo como un duque inglés.

 

 

PB: Muchos lectores han concluido que el filisteísmo que usted encuentra más estimulante es el relacionado con las costumbres sexuales estadounidenses.

 

VN: El sexo como institución, el sexo como noción general, el sexo como problema. Todo eso lo encuentro muy tedioso para las palabras. Mejor omitamos el sexo.

 

 

PB: Sin insistir en el tema, algunos críticos piensan que sus comentarios mordaces acerca de la facilidad con la que el freudismo se ha vuelto una moda, como ocurre con los psicoanalistas estadounidenses, sugiere un desprecio basado en una familiaridad.

 

VN: Familiaridad libresca únicamente. La ordalía en sí misma es muy tonta y asquerosa para ser contemplada incluso como un chiste. El freudismo y todo lo que ha tentado con sus implicaciones y métodos grotescos, me resultan uno de los engaños más viles practicados por las personas hacia ellas mismas y otros. Lo rechazo completamente, junto a unas cuantas prácticas medievales aún adoradas por los ignorantes, los tradicionalistas o los muy enfermos.

 

 

PB: Hablando de los muy enfermos, en Lolita se sugiere que el apetito de Humbert Humbert por las nínfulas es resultado de un amor no correspondido durante la infancia; en Invitado a una decapitación usted escribió acerca de una niña de doce años, Emmie, quien está interesada eróticamente en un hombre que le dobla la edad; y en Barra siniestra, el protagonista sueña que está «disfrutando subrepticiamente a Mariette —su criada— mientras ella está sentada en su regazo y hace algunas muecas durante el ensayo de una obra en la cual ella interpreta a su hija». Algunos críticos, han buscado pistas en su obra acerca de su personalidad y han apuntado hacia esta recurrencia como prueba de una preocupación insana de su parte hacia el tema de una atracción sexual entre chicas púberes y hombres de mediana edad. ¿Hay algo de verdad en esta acusación?

 

VN: Creo que sería más correcto decir que si yo no hubiera escrito Lolita los lectores no habrían empezado a encontrar nínfulas en mis otros trabajos y en sus propios hogares. Encuentro muy sorprendente cuando una persona con tono amistoso y cortés me dice, probablemente sólo por ser amigable y educada: «“Sr. Naborkov” o “Sr. Nabahkov” o “Sr. Nabohkov” —todo depende de sus habilidades lingüísticas—, tengo una hija pequeña que es la típica Lolita». La gente tiende a subestimar el poder de mi imaginación y mi capacidad para desarrollar distintos «yoes» en mis escritos. Y después, por supuesto, está esa clase especial de crítico, el huraño, el demonio del interés humano, el alegre vulgar. Alguien, por ejemplo, descubrió rastros afines entre el romance infantil de Humbert en la Riviera y mis propios recuerdos acerca de la pequeña Colette, con quien yo construí castillos de arena en Biarritz cuando tenía diez años. El sombrío Humbert tenía, desde luego, trece y padecía una fuerte excitación sexual bastante extravagante; mientras mi romance con Colette no tenía ninguna traza de deseo erótico y de hecho era perfectamente común y normal. Y claro, a los nueve y diez años de edad, en ese estado, en esos tiempos, no sabíamos nada acerca de lo que son los falsos hechos de la vida hoy impartidos a los niños por padres progresistas.

 

 

PB: ¿Por qué falsos?

 

VN: Porque la imaginación de un niño pequeño, especialmente uno de la ciudad, a la vez que distorsiona, estiliza; y por otra parte altera las cosas raras que le cuentan acerca de la abeja trabajadora, la cual, de cualquier manera, ni él ni sus padres pueden distinguir de un abejorro.

 

 

PB: Lo que un crítico ha llamado su «atención casi obsesiva al fraseo, ritmo, cadencia y connotación de palabras» es evidente incluso en la selección de los nombres de sus célebres abeja y abejorro: Lolita y Humbert Humbert. ¿Cómo se le ocurrieron?

 

VN: Para mi nínfula necesitaba un diminutivo con una tonadilla lírica en él. Una de las letras más límpidas y luminosas es la l. El sufijo -ita tiene mucho de ternura latina y la requería también. Por lo tanto: Lolita. De cualquier manera, no debería ser pronunciado como lo hace usted y la mayoría de los estadounidenses: Lou – li – ta, con una l pesada, pegajosa y una larga o. No, la primera sílaba debe ser como en lollipop, la l líquida y delicada, li no debe ser muy afilada[3]. Los españoles e italianos lo pronuncian, claro está, exactamente con la nota necesaria de malicia y dulzura. Otra consideración fue el acogedor murmullo del nombre de origen, el nombre fuente: las rosas y lágrimas en Dolores; el desgarrador destino de mi pequeña niña debía ser tomado en cuenta junto a la delicadeza y limpidez. Dolores la proveía también con otro diminutivo más simple y familiar: Dolly, el cual resultó muy adecuado para el apellido Haze, donde la niebla irlandesa se mezcla con un conejo alemán, quiero decir, una pequeña liebre alemana.

 

 

PB: Obviamente, está haciendo una referencia muy juguetona a la palabra alemana haze, que significa conejo. Sin embargo, ¿qué lo inspiró a duplicar el nombre del maduro innamorato de Lolita con esa redundancia tan atractiva?

 

VN: Eso también fue fácil. Creo que el doble estruendo es muy molesto, muy sugestivo. Es un nombre odioso para una persona odiosa. También es un nombre muy soberano y yo necesitaba una vibración regia para «Humbert el feroz» y «Humbert el humilde». Por sí sola se presta a un juego de palabras. Y el execrable diminutivo Hum está a la par, social y emocionalmente, con bokov.

 

 

PB: Otro crítico ha escrito que «la labor de tamizar y seleccionar la sucesión de palabras correctas de una memoria multilingüe y de ordenar sus tantas variantes en las yuxtaposiciones adecuadas debió ser un trabajo extenuante. En este sentido, ¿cuál de todos sus libros ha sido el más difícil?

 

VN: Naturalmente Lolita. Carecía de la información necesaria, esa fue la dificultad inicial. No conocía a las niñas estadounidenses de doce años y tampoco los Estados Unidos; tuve que inventar «América» y a Lolita. Me llevó cuarenta años inventar Rusia y Europa del Este y ahora estaba encarando una labor semejante, pero con una cantidad menor de tiempo. La obtención de tales «ingredientes» locales me permitió inyectar «realidad» promedio en el fermento de una fantasía individual probada; a los cincuenta, fue un proceso mucho más difícil que el vivido en la Europa de mi juventud.

 

 

PB: Aunque nació en Rusia, usted ha vivido y trabajado muchos años en los Estados Unidos, así como en Europa. ¿Tiene algún sentimiento fuerte de identidad nacional?

 

VN: Soy un escritor estadounidense nacido en Rusia y educado en Inglaterra donde estudié literatura francesa, antes estuve quince años en Alemania. Llegué a los Estados Unidos en 1940 y decidí naturalizarme, hice de los Estados Unidos mi hogar y sucedió que inmediatamente entré en contacto con lo mejor del país: su rica vida intelectual, su tranquilidad, su atmósfera afable; me sumergí en sus excelente bibliotecas y en su Gran Cañón; trabajé en los laboratorios de sus museos zoológicos[4]; he hecho más amigos de los que nunca tuve en Europa; mis libros —nuevos y viejos— hallaron admirables lectores. Me volví determinado como Cortez, principalmente porque dejé de fumar, en cambio, empecé a tomar mucha melaza con el resultado de que mi peso aumentó de mis usuales 60 kilos a unos alegres 90. En consecuencia, soy un tercio estadounidense, buena carne «americana» me mantiene caliente y sano.

 

 

PB: Usted pasó veinte años en Estados Unidos, sin embargo, nunca compró casa o tuvo residencia fija. Sus amigos cuentan que se alojaba intemporalmente en moteles, cabañas, departamentos amueblados y en casas que le rentaban profesores que se iban de permiso. ¿Se sentía tan inquieto o ajeno que la idea de establecerse en algún lugar lo perturbaba?

 

VN: La principal razón, la razón de fondo, supongo, es que nada menos que una réplica del entorno de mi infancia me habría satisfecho. Nunca hubiera podido empatar mis recuerdos correctamente, ¿entonces para qué complicarse con aproximaciones imposibles? Luego vienen otras consideraciones especiales, por ejemplo, la cuestión del ímpetu, el hábito del ímpetu. Me impulsé a salir de Rusia tan vigorosamente, tan indignado, que desde entonces he estado viajando y viajando. Cierto, he vivido para ser esa cosa apetitosa, un «maestro completo», pero en el fondo siempre he sido un simple «lector visitante». Las pocas veces que me dije: «Es ahora, este lugar es bonito para un hogar fijo», de inmediato escuchaba en mi mente el estruendo de una avalancha llevándose lejos los cientos de lugares lejanos que destruiría por el simple hecho de establecerme en un rincón particular de la tierra. Por último, me interesa muy poco el mobiliario mesas, sillas, lámparas, alfombras, cosas quizás porque en mi opulenta niñez me enseñaron a considerar con un gracioso desprecio cualquier apego a lo material, razón por la cual no sentí ni remordimiento ni amargura cuando la Revolución abolió la riqueza.

 

 

PB: Usted vivió en Rusia veinte años, en Europa del Este pasó otros veinte y en los Estados Unidos veinte más. Sin embargo, tras el éxito de Lolita se mudó a Francia y luego a Suiza. No ha regresado desde entonces. ¿Esto significa, a pesar de su autodenominación como escritor estadounidense, que su periodo «americano» ha terminado?

 

VN: Estoy viviendo en Suiza por razones estrictamente privadas, razones familiares y algunas profesionales, como una investigación especial para un libro especial. Espero regresar pronto a Estados Unidos, a sus pilas de libros y a sus pasos de montaña. Un plan ideal sería un departamento en Nueva York a prueba de ruido, sin pisadas en el techo, sin música fácil por doquier; y un búngalo en el suroeste. A veces pienso que sería divertido volver a adornar alguna universidad, residir y escribir ahí, no dar clases, al menos no regularmente.

 

 

PB: Mientras tanto usted permanece aislado —y algo sedentario, según los rumores— en la suite de su hotel. ¿A qué dedica su tiempo?

 

VN: Me levanto alrededor de las 7:00 en invierno; mi despertador es una lechuza de monte: grande, negra, con un enorme pico amarillo la cual visita el balcón y emite una risita muy melodiosa. Permanezco en la cama un rato revisando y planeando cosas mentalmente. Cerca de las 8:00 me rasuro, desayuno, medito y me baño. En ese orden. Luego trabajo en mi estudio hasta el almuerzo. Tomo tiempo para un pequeño paseo con mi esposa alrededor del lago. Prácticamente, todos los escritores rusos importantes del XIX han vagabundeado por aquí[5] alguna vez. Zhukovski, Gogol, Dostoyevski, Tolstoi —quien cortejaba a las recamareras del hotel en detrimento de su salud— y muchos poetas rusos, pero lo mismo podría decirse de Niza o Roma. Almorzamos alrededor de la 13:00 y nuevamente regreso a mi escritorio para trabajar hasta las 18:30. Luego otra caminata hasta un puesto de periódicos y ceno a las 19:00. No trabajo después de cenar. Me acuesto alrededor de las 21:00. Leo hasta las 23:30 y peleo con el insomnio hasta la 1:00. Unas dos veces a la semana tengo una pesadilla larga y «buena» con personajes desagradables importados de sueños recientes, aparecen en entornos más o menos iterativos, una distribución caleidoscópica de experiencias fragmentadas, piezas de los pensamientos del día, imágenes mecánicas e irresponsables, absolutamente sin ninguna explicación o implicación freudiana, pero singularmente semejantes a la procesión de figuras cambiantes que uno observa usualmente en la pantalla palpebral cuando los ojos cansados se entrecierran.

 

 

PB: ¿Es verdad que escribe de pie y a mano en lugar de la máquina de escribir?

 

VN: Sí. Nunca aprendí a teclear. Generalmente comienzo el día en un adorable atril antiguo que tengo en mi estudio. Más tarde, cuando empiezo a sentir la gravedad en las pantorrillas me siento en un cómodo sillón y uso un escritorio simple. Finalmente, cuando la gravedad empieza a escalarme la columna, me recuesto en el sofá de una esquina de mi pequeño estudio. Es una rutina solar placentera. Sin embargo, cuando era joven, en mis veintes o primeros treintas, podía estar todo el día en la cama leyendo y fumando. Ahora las cosas han cambiado. Prosa horizontal, verso vertical y los sedent scholia[6] siguen intercambiando los calificativos y arruinando la aliteración.

 

 

PB: ¿Nos podría contar algo más acerca del proceso creativo que actualmente realiza para la germinación de un libro, quizás leernos algunas notas al azar o fragmentos de algún trabajo en curso?

 

VN: Ciertamente no. Ningún feto podría someterse a una operación exploratoria, pero, podría hacer algo más. Esta caja contiene fichas con notas que hice en distintos momentos más o menos recientemente y que descarté cuando escribí Pálido Fuego. Es un pequeño lote de «rechazados», leeré algunos: «Selene, la luna. Selengisk, un antiguo pueblo en Siberia: pueblo luna-cohete»… «Baya: el negro ornamento en el pico del cisne mudo»… «Gusano de carnada: una pequeña oruga colgando en un hilo»… «En The New Bon Ton Magazine, volumen 5, 1820, página 312, las prostitutas son llamadas “chicas del pueblo”»… «Sueños de juventud: pantalones olvidados; sueños de vejez: dentaduras olvidadas»… «Un estudiante explica que cuando lee novelas prefiere brincarse páginas “para hacerse de una idea propia acerca del libro y no verse influido por el autor”»… «Naprapathy: la palabra más horrenda del mundo».«Y tras la lluvia, sobre alambres con cuentas, un pájaro, dos pájaros, tres pájaros, y ninguno. Llantas lodosas, sol»… «Tiempo sin conciencia: un animal inferior del mundo; tiempo con conciencia: el hombre; conciencia sin tiempo: un estado todavía más alto»… «Pensamos no con palabras sino con sombras de palabras. El error de James Joyce en aquellos maravillosos soliloquios mentales consiste en que otorga bastante cuerpo verbal a las palabras»… «Parodia de la cortesía: ese inimitable “por favor” (“por favor envíeme su hermoso…”) con el que las compañías idiotamente se dirigen a sí mismas formatos impresos destinados para la gente que compra sus productos».«Ingenuo, incesante, un trino pip pip en una jaula triste ya noche, muy noche, en un andén frío y desolado»… «El encabezado del tabloide “Asesino de torso puede vencer a la silla” podría traducirse como Celui qui tue un buste peut battre une chaise[7]» … «Vendedor de periódicos, me entrega una revista con mi historia: “Veo que supiste mover tus fichas[8]”»… «Nieve cayendo, padre joven con niño pequeño, nariz como una cereza rosa. ¿Por qué un padre le dice inmediatamente algo a su hijo si un extraño les ha sonreído? “Por supuesto”, dijo el padre ante el borboteo de preguntas del niño, el cual había estado ocurriendo por un tiempo y se habría dejado continuar en la silenciosa caída de nieve, si no les hubiera sonreído al pasar»… «Intercolumnio: cielo azul oscuro entre dos columnas blancas»…«“Yo”, dice la muerte, “aún estoy en Arcadia”, inscripción en la tumba de un pastor»… «Marat coleccionaba mariposas»… «Desde el punto de vista estético, la solitaria es un huésped incómodo. Los segmentos más pesados frecuentemente se arrastran fuera del ano del huésped, a veces encadenados, y han sido reportados como una fuente de vergüenza social».

 

 

PB: ¿Qué lo inspira a registrar y coleccionar impresiones y citas tan inconexas?

 

VN: Todo lo que sé es que desde muy temprano en el desarrollo de la novela tengo esta urgencia por recolectar pizcas de paja y pelusa, y de comer guijarros. Nadie descubrirá jamás que tan claro visualiza un pájaro o si este visualiza del todo el futuro nido y los huevos en él. Más tarde, cuando recuerdo la fuerza que me hizo anotar los nombres correctos de las cosas o las pulgadas y tonos de los objetos, aun antes de necesitar realmente esa información, me inclino a pensar que lo que yo llamo —a falta de un mejor término— inspiración, ya estaba trabajando, señalando en silencio hacia esto o aquello, permitiéndome acumular los materiales conocidos para una estructura desconocida. Después del primer choque de reconocimiento —el sentido súbito de «esto es lo que voy a escribir»— la novela comienza a respirar por sí misma; el proceso avanza sólo en la mente, no en el papel; y para estar al tanto de la etapa que ha alcanzado en un momento dado, no requiero estar consciente de cada frase exacta. Siento una suerte de desarrollo apacible, un despliegue dentro de mí, y sé que los detalles ya están ahí, que de hecho debería verlos si mirara más cerca, si detuviera la maquinaria y abriera sus compartimentos internos. Sin embargo, prefiero esperar hasta que la llamada vagamente inspiración ha completado la tarea por mí. Luego, hay un momento en el que advierto desde dentro de mí que toda la estructura está terminada. Todo lo que debo hacer es aterrizarla con lápiz o pluma. Ya que toda la estructura, iluminada tenuemente en mi mente, se puede comparar con una pintura y ya que no es necesario trabajar gradualmente de izquierda a derecha para su apropiada percepción, puedo dirigir mi lámpara hacia cualquier parte o partícula del cuadro cuando la coloco en la escritura. No comienzo mi novela por el principio, no alcanzo el capítulo tres antes del cuatro, no voy obedientemente de una página a la otra, en orden consecutivo. No, elijo un poco de aquí y otro poco de allá, hasta llenar todas las brechas del papel. Este es el porqué me gusta escribir mis historias y novelas en fichas, numerarlas después cuando todo el conjunto está completo. Cada ficha es reescrita varias veces. Tres fichas equivalen a una cuartilla mecanografiada. Cuando siento que finalmente el cuadro concebido ha sido copiado por mí tan fielmente como físicamente me ha sido posible —siempre quedan algunos lotes baldíos, lamentablemente— le dicto la novela a mi esposa, quien la escribe a máquina en triplicado.

 

 

PB: ¿En qué sentido copia «el cuadro concebido» de la novela?

 

VN: Un escritor creativo debe estudiar cuidadosamente el trabajo de sus rivales, incluyendo al Todopoderoso. Debe poseer la capacidad innata no sólo de recombinar sino de recrear el mundo dado. Para lograr adecuadamente esto, evitando la duplicación de trabajo, el artista debería conocer el mundo dado. La imaginación sin conocimiento no conduce más lejos que al patio trasero de un arte primario, al garabato de un niño en la barda, a los excéntricos letreros del mercado. El arte nunca es simple. Recordando mis días de docencia, una vez reprobé a un estudiante que utilizó la espantosa frase «simple y sincero» —«Flaubert escribe con un estilo que siempre es simple y sincero»— en la creencia de que es el mejor cumplido que puede hacerse a la prosa o a la poesía. Cuando taché la frase, cosa que hice con tanto coraje que el papel se rompió, el estudiante se quejó de que esto era lo que siempre le habían ensañado los profesores: «el arte es simple, el arte es sincero». Algún día rastrearé el origen de esta absurda vulgaridad. ¿Alguna maestra en Ohio? ¿Un culo progresista en Nueva York? Porque, desde luego, el arte en su esplendor es fantásticamente decepcionante y complejo.

 

 

 

 

[1] Nínfula, palabra de origen latino, diminutivo de nympha. Según el diccionario de la RAE se refiere a una muchacha joven y seductora. He escogido este término para traducir nymphet siguiendo a Teresa Ramírez Vadillo, quien la empleó en El síndrome Lolita, fascinante ensayo de Roberto Calasso. Todo indica que la voz nymphet ha sido una creación de Nabokov. El diccionario Merriam Webster afirma que su primer uso conocido fue en 1955, año de la primera edición de Lolita. Dicho diccionario es más específico: «muchacha atractiva y sexualmente precoz apenas adolescente». N. del T., así como todas las sucesivas.

[2] En 1959 Stanley Kubrick propuso llevar Lolita al cine. Aunque al principio Nabokov rechazó la oferta acepto hacer el guion, cuya extensión original era para nueve horas de película. El estreno fue en junio de 1962 en el Times Square de Nueva York.

[3] No estará de más recordar el primer párrafo de Lolita: «Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta». Esta traducción corresponde a la edición de Anagrama y es atribuida a Francesc Roca.

[4] Además de su carrera literaria Nabokov fue un destacado entomólogo. Amante de las mariposas, la especie Nabokovia fue llamada así en su honor.

[5] Se refiere al lago Leman en Montreaux, Suiza.

[6] Palabras latinas. Sedent, sentado. Scholia, escolios o comentarios que explican un texto. ¿Una metáfora con la que Nabokov nos aproxima a su método de trabajo?

[7] El que mata un busto bien puede golpear una silla.

[8] En el original: News paper vendor, handing me a magazine with my story: I saw you made the slicks. Oración de difícil traducción considerando las múltiples acepciones de slicks y lo vago del contexto en que se está empleando. Además del sentido por el que hemos optado (habilidades, artimañas), también podría tratarse de una referencia a las slick magazines, revistas impresas en papel de alta calidad.

 

 

 

 

Nuestro lector puede continuar leyendo la entrevista en el siguiente enlace...

 

 

 

 

Vladimir Nabokov: Plaboy, la entrevista por Alvin Toffler (segunda parte). Traducción Juan Manuel Esquivel

 

 

 

 

 

 

 

VLADIMIR NABOKOV (San Petersburgo, 1899- Montreux, Suiza, 1977). Era el hijo mayor de Elena Rukavishnikov y Vladimir Dmitrievich Nabokov, político liberal. En la ciudad alemana trabajó como traductor y comenzó a escribir con el seudónimo de Vladimir Sirin para el periódico Rul’, del que había sido editor su padre, asesinado ese mismo año en un intento de atentado para acabar con la vida del político Miliukov. Su primera novela apareció en el año 1926, “Mashenka” (1926), título continuado por “Rey, Dama, Criado” (1928), “La Defensa De Luzín” (1930) o “Habitación Oscura” (1933), libros que le convirtieron en uno de los principales narradores de su época. En el año 1925 Nabokov se casó con Véra Evsevna Slonim, de la que jamás se separó y con la que tuvo un hijo al que llamaron Dimitri. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, y después de habitar en Francia, Vladimir se trasladó a los Estados Unidos, en donde impartió clases de Literatura Rusa en la Universidad de Wellesley. Con posterioridad lo hizo en la de Cornell.
Entre los ensayos que escribió en esta época destaca uno sobre el escritor ruso Nikolai Gogol que fue publicado en el año 1944. En su estancia americana, que se prolongó hasta el año 1959, adquirió la nacionalidad estadounidense en 1945 y escribió algunos de sus libros más famosos, como “La Verdadera Vida De Sebastian Knight” (1941) o “Lolita” (1955), su obra más conocida. En la última etapa de su existencia residió en Suiza. Vladimir Nabokov, que al margen de un excelente escritor también era un experto lepidóptero, publicó “Pnin” (1957), “Pálido Fuego” (1962) o “Ada o El Ardor” (1969), libros en los que sobresalen sus características como literato: perfección formal, retratos sociales llenos de humor irónico y rica descripción psicológica de sus caracteres.

 

 

 

Alvin Toffler (Nueva York, 1928-Los Ángeles, 2016). Fue doctor en Sociología, pero antes estudió filosofía y letras. Trabajó como periodista, investigador y docente universitario. Sus temas giraron sobre los cambios sociales derivados de la incidencia de las nuevas tecnologías de información y comunicación, en la última década del siglo XX y los comienzos del siglo XXI. Escribió numerosas obras que incidieron en una generación de pensadores, entre los que se destacan Herbert Marshall McLuhan con ‘Aldea Global’, y Giovanni Sartori y su ‘El Homo Videns’. Alvin Toffler trabajó tres libros producto de sendas investigaciones: ‘El shock del futuro’, con su esposa Heidi, en 1970; ‘La tercera ola’, en 1980; y, ‘El cambio en el poder’, en 1990. ‘El shock del futuro’ se convirtió en un best-seller mundial, por su pensamiento premonitorio y lateral. Alvin Toffler pronosticó, por ejemplo, que el futuro de la humanidad iba a depender –no de la producción industrial y postindustrial, sino del conocimiento-. Y así fue. En tanto que en ‘La tercera ola’ identificó la gran ‘ola’ del desarrollo global –la sociedad del conocimiento-, luego de las revoluciones de la agricultura e industrial, primera y segunda ola, respectivamente. Y en ‘El cambio en el poder’ estudió las nuevas transformaciones de la riqueza, que imprimirían los dominios que controlan las tecnologías, los conocimientos y la violencia. Toffler fue un adelantado de su tiempo. Sus propuestas fueron polémicas, pero en última instancia aceptadas por la comunidad científica y sus millones de seguidores. Fue el primero en hablar de la ‘era de información’ y presentó ideas vanguardistas sobre las secuelas de la vida, la sociedad y sus comportamientos. Sus enfoques originales en relación con la riqueza, construidas con su esposa Heidi, cambiaron las visiones tradicionales centradas en el dinero o los bienes. Ellos hablaron de ‘la riqueza que vemos y la riqueza que no vemos –los conocimientos- que plantearon novedosos análisis sobre el mundo y las modificaciones globales inminentes.

 

 

 

Juan Manuel Esquivel (Ciudad de México, 1980) es licenciado en Ciencias de la Comunicación por el Tecnológico de Monterrey. Ha participado en talleres y cursos literarios en la Casa del Lago y otros centros culturales. También escribe ensayo y es parte del comité editorial de la revista literaria Murmullo de Paloma. Actualmente prepara su primer libro de poesía.

 

 

 

 

 

 

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