Memorias de un poeta. Diálogo con Gonzalo Rojas, por Esteban Ascencio

 

Esta entrevista en realidad es el fragmento de un trabajo más amplio realizado por el novelista y editor, Esteban Ascencio, que corresponde al primer capítulo del libro Memorias de un poeta. Diálogo con Gonzalo Rojas (Rino, 2002).

 

 

El hombre es su infancia

 

Esteban Ascencio

 

El hombre es su infancia, como se dice y se habrá dicho tantas veces. Hay algo en las infancias que es como una especie de estabilidad esencial y que perdura en el hombre y la mujer hasta el cierre final. En mi caso, la larga niñez, es el fundamento de mis visiones.

La infancia mía es la de un hombre de una clase social limitada por situaciones fortuitas —las económicas, las sociales, las de pensar y las de sentir—. Mi padre fue un minero del carbón que empezó a trabajar a los veinte años en las minas de una región de Chile llamada Lebu (Torrente hondo).

Lebu es la capital de la provincia histórica de Arauco (en Colombia hay una región que se llama Arauca) donde en el siglo XVI un joven de entonces veintiún años, Alonso de Ercilla y Zúñiga, quien gustaba cabalgar por la comarca en un caballo andaluz, escribió un célebre poema épico que Miguel de Cervantes Saavedra incluyó como documento en el primer capítulo de las Aventuras del ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha (1605) y salvo del filoso escrutinio del barbero. De Ercila y Zúñiga, el poeta y militar nacido en Madrid, es el autor del famoso libro La Araucana, poema que da cuenta de la guerra de los españoles con los naturales del país, con nuestros aborígenes, que eran los mapuches, los araucanos.

Este grupo étnico, que aún, existe, fue muy fuerte pero no alcanzó la evolución cultural de los aztecas. Como éstos, empero, fue un pueblo guerrero que tenía dos espacios próximos a la cordillera. De este lado Chile, y del otro Argentina. Esto hablando del centro sur de este país, llamado Chile, que tiene 4 mil 500 kilómetros —por lo menos— de litoral frente al Océano Pacífico.

Pues bien, yo no nací en ese pueblo de Lebu que tiene un abolengo histórico muy hermoso. Cerca de allí, un indio nuestro de nombre Lautaro (1535-1557) se convirtió a los veinte años en un estratega genial. Lautaro le doblo la mano al invasor europeo y, en una batalla noble y fuerte (15549, mató en Tucapel al conquistador Pedro de Valdivia, quien es el Hernán Cortés de los chilenos.

Todo esto ocurrió en los parajes donde yo nací. Parajes aguerridos donde hay un río que se junta con el océano. Mi pueblo es un puerto marítimo y fluvial acotado con rocas portentosas donde el océano azota la costa de una manera cruel; y las minas, especialmente las de carbón, se encuentran bajo el mar. Mi padre, Juan Antonio Rojas, trabajó en esas tierras húmedas, en esas minas y yo ahí me crie.

 

 

Lebu es como Cómala y como Macondo

 

Cuando mi padre muere, cerca de los cuarenta años, y deja una familia de ocho niños, el séptimo de los cuales soy yo, la madre queda desequilibrada; tenía que cuidarnos, y como era temerariamente despierta, lúcida y valiente, se cambió de Lebu —donde mi padre había hecho una casa humilde, pero casa— a Concepción de Chile, que está un poquito más al norte. Ahí continuaron mis infancias. Quedaron atrás el paisaje fluvial y los bosques.

Salí algunos años de mi paraje, y no es que ahora haya vuelto: estoy volviendo siempre. Todavía a mi temprana edad de ochenta y cinco años, sigo volviendo a Lebu, porque me parece que Lebu es como Comala (la de Rulfo) y como Macondo (el de García Márquez), lugares míticos donde uno tiene que volver. Yo vuelvo siempre a Lebu, puerto marítimo y fluvial con mucha madera, donde las naves llegan prácticamente hasta la casa y donde el viento, personaje central del lugar, alcanza ochenta kilómetros por hora. Yo me crie allí, entre las rocas y el océano. Tal vez por eso es muy fuerte en mí la presencia geológica más que la geográfica.

Soy, pues, un animal poético, más geológico que geográfico y más fisiológico que metafísico: muy amarrado a las cosas. Pero no un poeta lárico, ni telúrico. Eso me aburre profundamente, porque es como quien acepta la idea de villorrio, y yo, hijo de un humilde minero de carbón, no soy poeta de villorrio, soy poeta mundano.

Nací con mundo, los dioses me dieron mundo —eso es muy curioso—, y me lo dieron tal vez porque influyeron los buenos maestros que tuve en un internado más espartano que ateniense, donde había mucha gente adinerada —muchos ricos del riquerío—, y donde yo —muchacho pobre del pobrerío— me ganaba las becas para poder vivir ahí. A los nueve años ingresé a este internado, donde se nos exigía leer en voz alta, durante algunos minutos encima de una silla, novelas de Julio Verne o historias de hombres ilustres. Todo esto sucedía mientras los demás comían: Aquello era un suplicio, uno se exponía al escarnio y a las carcajadas de los compañeros. Sin embargo, fue en uno de esos días cuando se me dio el prodigio del gran juego verbal, ahí se me dio el neuma y la vivacidad de la palabra.

Tenía maestros alemanes, franceses, italianos, españoles y también chilenos. Así que me formé en un ámbito de mundo. Eso influyó mucho.

 

 

Cuando oí el “relámpago” descubrí el portento de la palabra

 

En los primeros ocho años prácticamente se da todo: las calves mayores en cuanto a sensibilidad, a imaginación, al portento expresivo. Y yo no era un muchachito con fijación materna, pese a que mi padre desapareció.

Uno podía tener una amarra mayor contra la mamá, pero yo era un animalito libre —libérrimo— y me crie casi a la intemperie del pensar, del sentir y de las comodidades, que eran muy escasas. Recuerdo, por ejemplo, haber salido a las cuatro de la mañana al océano abierto, junto a los pescadores, sin tenerle miedo al oleaje ni a nada, y maravillarme del mar y el cielo infinito acompañando a esos hombres —amigos míos— que me querían porque era un chico despierto, remerario y con coraje.

 

 

Vamos caminado por esas calles y pendientes tristes del Lebu de su niñez y de su vida toda. Nos paramos frente a la que fuera su casa, esa casa grande de madera que construyera su padre.

—Ya no es la misma. Me indica señalando el lugar donde se encontraba el cuarto de zinc, aquel en el que por primera vez escuchó la palabra relámpago y donde su madre los parió.

Seguimos calle abajo; es un día con mucho viento que agita con fuerza los recuerdos. El rugir del mar forma parte del escenario, es como si estuviéramos encima de su oleaje y miráramos desde ahí esos recuerdos.

—En aquellos días, jugando con mis hermanitos, en un descuido rodé de lo alto de ese cerro— me señala el barranco qué está próximo a la que fuera su casa—, rodé y casi me destrozo la cabeza con una roca.

Con la misma frescura recuerdo también el arribo de mi padre, a caballo, procedente de la distante mina de carbón donde trabajaba. Entraba por el portón, que era una puerta grande, muy grande, y yo lo veía venir. Eso lo tengo dibujado en un poema intitulado precisamente “Carbón”.

Una vez —tendría yo cuatro años— me quebré un brazo, mejor dicho un codo. Entonces llegó mi padre. La noche era la hora de su presencia, y preguntó:

—¿Qué le pasó a ese niño?

—Se quebró un codo —respondió mi madre.

Entonces mi padre pidió que le trajeran agua caliente con sal y una venda. Cuando él me compuso el brazo, sonó el huesito que insertó de nuevo en su lugar. Eso me gustó le encontré poderoso y capaz de resolverme un problema así. Luego seguí jugando.

Cuando muere el padre —tendría yo cinco o seis años—, estábamos jugando en esa casa larga de madera que él había construido, era una casa con una galería muy grande donde la lluvia caía furiosamente encima de las láminas de zinc —yo he sido, sin duda por evocación a mi infancia, más partidario del zinc que de las tejas que suavizan el ruido de la lluvia; me gusta el zinc que registra la lluvia como pegando a un tambor—. Estábamos jugando debajo de esa galería y sonaba maravillosamente la música aquella de la lluvia y el viento. De pronto, comenzaron a descargarse los rayos, los relámpagos, y a retumbar los truenos. Entonces oí de alguno de mis hermanitos esa palabra: “relámpago”.

Al decir mi hermanito “relámpago” —ese tetrasílabo esdrújulo—, paré la orejita de niño y me maravilló tanto como si esa palabra contuviera más significado para mí que el ruido, la fiereza, el zumbido y el destello mismo de relámpago. En ese momento descubrí el portento de la palabra. ¡Qué curioso!

Nadie me había enseñado nada, ni a silabear si quiera, pero descubrí que en esa palabra había un mundo: Esa fue la revelación. Ahí me dada la revelación de la palabra. Esto es muy serio. Por eso siempre he sido un animal fonético, más que visual. Mi poesía es rítmica y vuelta a la oreja. Es como si yo registrara el mundo no de una sino de muchas orejas. ¡Esto es muy curioso!

 

 

El día que muere mi padre, no sé porqué, no lloré

 

Bueno, eso me pasó y tantas otras cosas, como cuando vi la muerte por primera vez. Venía bajando por el cerro por donde estaba construida la casa. Vi policías conduciendo unos caballos que traían encima cuatro muertos: mineros que seguramente se habían matado por allí en alguna riña. Entonces había mucha convulsión social.

Tengo en la memoria primero los pies de los mineros colgando del lomo de los caballos y después los cuerpos puestos en el suelo de cara al cielo. Es una visión que ningún cine me podía dar, Una imagen cinematográfica sin cinematógrafo.

Luego, el día que muere mi padre, en Concepción de Chile, sus hijos esperaban en Lebu la llegada del ataúd, para ser sepultado en el panteón local. El duelo hizo a muchos llorar al paso del féretro y cortejo en torno a la plaza de armas, aún custodiada con gallardía por esos dos cañones, “el rayo y el relámpago”. Esa mañana de 1921, yo estaba en casa de unos parientes, en esa casa de madera de mi tío don José Ramón Pizarro, y miré desde una ventana aquel peripatético episodio. Lloraban sobre todo, mi madre, los parientes y mis hermanos. Yo no lloré. No sé porqué, pero no lloré. Tanta sería mi pena, que no me salieron lágrimas. Además, cuando uno es pequeño casi se divierte con la muerte.

Claro que lo sentí. Sabía que aquella era la desaparición de un hombre importante para mí, que era mi padre. Unos meses antes, él, por casualidad o por lo que fuera, nos regaló varias cosas a nosotros sus hijos. A mí me tocó un caballo que era un potro colorado muy airoso. Me encantaba mi potro al que acariciaba el lomo, la testuz, las ancas y las patas. Encantador animal, el caballito siguió viviendo pues no tenía nada qué ver con la muerte de mi padre. Me maravillaba verlo pasar en los potreros frente al mar.

El caballo para mí llegó a ser un compañero adorable, pero un día me lo robaron y fue como recién entendí la mutilación llamada muerte. La mutilación que implicó la muerte del padre. Desde entonces mi caballo encarnó en mí casi simbólicamente.

Si se lee mi poema “Carbón”, se ve que el padre viene a caballo. El caballo es un personaje dentro de ese pequeño cuento, que tiene cara de relato sin serlo.

En mi obra hay muchos textos por donde andan caballos, y hay uno especial que escribí en Estados Unidos, en una de esas reuniones aburridas que hacen los profesores para discutir el trabajo de los estudiantes.

Esa ocasión estábamos todos aburridos hablando esa porquería de inglés, sin reparar en un poquito de español. Así que me puse a escribir un poema. Escribí ese poema que se llama “Al fondo de todo esto duerme el caballo”; ¿por qué lo hice?, no por el caballo de mi infancia, no por el caballo de mi infancia aquella, no por ningún caballo, simplemente lo hice. Esto podría significar que enigma apreció. Es un poema fundamental dentro de mi obra.

Inmediatamente después le dije a un muchacho que estaba sentado a mi lado, “¿podrías pasar esta poesía, este director esta hablando porquerías?”; entonces el joven fue y le dijo que Gonzalo Rojas había escrito un poema y que deseaba que lo leyera en público. “Bueno, —dijo el otro, que tenía buen humor—, voy a interrumpir esta sesión de trabajo para leer ahora un poema que me está enviando Gonzalo Rojas, de allá, del fondo del salón”. Y comenzó a leer:

 

 

Al fondo de todo esto duerme un caballo

blanco, un viejo caballo

largo de oído, estrecho de

entendederas, preocupado

por la situación, el pulso

de la velocidad es la madre que lo habita: lo montan

los niños como a un fantasma, lo escarnecen, y él duerme

durmiendo parado ahí en la lluvia, lo

oye todo mientras pinto estas once

líneas. Fecha de loco, sabe

que es el rey.

 

 

Lo leyó y realmente era un texto fundamental.

En la poesía mía abundan caballos. Es el animal con el que guardo una relación; me gusta la figura de ese cuadrúpedo.

Porque yo no soy del trato con el león, o del tigre, como decía el señor Borges que le encantaba tanto, aunque no creo que haya tocado un tigre, porque era muy miedoso. No, mi diálogo es con el caballo.

Cuando mi padre está vivo todavía en el año de 1921, curiosamente me regaló ese caballo.

A la muerte de mi padre, mi madre alquiló una casa en Concepción y puso una pensión para estudiantes universitarios, y con el excedente que quedaba de lo que pagaban mensualmente los jóvenes que concurrían a la casa, nosotros podíamos comer. Estos hechos son recuerdos dolorosos de las primeras infancias, vividas a la intemperie y profundidad de la aspereza en la calle “Orompello”.

Creo que estos hechos los ha tenido presentes durante todo este tiempo don Gonzalo Rojas, y al oírlo tengo la sensación que no deja ni un instante de buscar esa ilusión que le permita hacer suyos sus fantasmas.

El silencio que ahora se ha adueñado de nuestras palabras y nos deja con la sola mirada de imaginarnos lo que cada uno de nosotros está pensando, apenas permite recordar el poema “Orompello”:

 

 

Que no se diga que amé las nubes de Concepción, que estuve aquí esta década

turbia en el Bío-Bío de los lagartos venenosos,

como en mi propia casa. Esto no era mi casa. Volví

a los peñascos sucios de Orompello en castigo, después de haberle dado

toda la vuelta al mundo.

Orompello es el año veintiséis de los tercos adoquines y el coche de caballos

cuando mi pobre madre qué nos dará mañana le desayuno,

y pasado mañana, cuando las doce bocas, porque no, no es posible

que estos niños sin padre.

Orompello. Orompello.

El viaje mismo es un absurdo. El colmo es alguien

que se pega a su musgo de Concepción al sur de las estrellas.

Costumbre de ser niño, o esto va a reventar con calle y todo,

con recuerdos y nubes que no amé.

Pesadilla de esperar

por si veo a mi infancia de repente.

 

 

No fui precoz, me demoré siempre, fui como un hereje, un disidente de la prisa

 

Yo fui muy perezoso, aprendí a leer muy tarde. Me demoré, este es un signo muy mío. Otros chicos son muy impacientes, quieren obtenerlo todo rápido. Yo no tenía que hacerlo. Me encantaban las cosas, me demoraba mirando, me divertía jugando, dormía bastante. Mi hermano Jacinto Rojas Pizarro, el más próximo a mí, mayor que yo, llegó a ser un gran médico con un talento enorme y una habilidad para todo. Fue siempre una figura preciosa. Más adelante, en la vida, no estuvimos de acuerdo en algunas ideas, pero de mi hermano digo que él tenía lo que yo no tengo. Gozaba de una felicidad para resolverlo todo: aprendió a leer a los cuatro o cinco años, era el mejor estudiante de todos, era como quien dice un espejo en qué admirar. Yo no lo admiraba, más bien me parecía divertido, y encontraba que aquello no era tan importante. No hubo, con todo, una rivalidad entre mi hermano y yo.

Digo esto porque yo aprendí a leer a los ocho años. Todos mis hermanos eran gratos. A todos los quería por igual. Pero él era como quien dice el modelo para mí y, sin embargo, no lo fue. Yo era un muchacho que se demoraba. Aprendí a leer tarde, pero cuando ocurrió lo hice en dos meses. Lo resolví y me di cuenta que nada era difícil.

No fui precoz; esto es importante señalarlo. Hay poetas precoces, hay figuras precoces, existe la precocidad. Rimbaud fue un poeta precoz y no pudo serlo más. Neruda mismo, a los quince años ya estaba haciendo poemas maravillosos. Yo no. yo fui lentiforme. Me demoré siempre, la impaciencia andaba afuera, no confié. Fui como un hereje, como un disidente de la prisa y en toda mi vida ha sido incómoda.

La prisa por la prisa es un aburrimiento. Es la prisa que los yanquis nos impusieron con el proyecto del éxito incesante e inmediato lo que me parece un asco. ¡Qué fastidio la búsqueda del renombre inmediato! El padre me dio nombre, ¿para qué quería el renombre? Eso no me interesaba y no me interesa.

 

 

El aislamiento me afecto porque era un animal libre entre las rocas y el océano

 

Mi reclusión a los nueve años en ese colegio tan duro y tan hermoso, en ese internado espartano, especie de instituto internacional dentro de la provincia, del que sólo podía salir una vez al mes, me afectó profundamente, porque en Lebu yo era un animal libre entre las rocas y el océano, y cuando jugaba entre los animales no me importaba más nada.

De modo que llegar a ese mundo de normas implacables, que era pétreo y cruel, supuso un aislamiento que atentó contra mi libertad silvestre, pero me dotó de la libertad de la cultura. Ese mundo de grandes patios rodeados de columnas y aulas hermosas me condujo a la gran biblioteca del colegio y a esa área que decía “Libros prohibidos”. Los leí todos, por supuesto. Empecé a leer como loco esos cincuenta volúmenes en formato mayor de la Colección Rivadeneira. Leí a los clásicos un poco influido por los jesuitas, aunque el colegio no era jesuita. Leí a los clásicos españoles de los siglos XVI y XVII al mismo tiempo que leía a los griegos ya los romanos —después vine a saber que Darío hizo lo mismo en su plazo—. Me encontré con Safo, Marcial, Catulo, Petronio, Bocaccio, Voltaire, Renán, Zola, lo mismo que con Baudelaire y Séneca. Así como mi Marco Aurelio y mi Agustín de Hipona.

Tuve algunos profesores de mucha gracia, de mucho dominio en su disciplina. Un profesor alemán —que además, era cura— de nombre Guillermo Jünemann me enseñó muchas cosas; era un hombre grande, muy crecido, así como Julio Cortázar, con más de dos metros. Ese profesor sabía griego, romano clásico, italiano, desde luego alemán. Eso influyo en mí. Aún cuando ese profesor no quería influir en nadie, tenía una comunicación distinta. Con él aprendí a leer por dentro a los clásicos. Leímos juntos en clases lo mismo a Garcilaso que a San Juan de la Cruz, a Fray Luis de león que a Miguel de Cervantes Saavedra. Una vez, antes de escribir en el pizarrón, nos pidió excusas, y nos dijo. “Niños, anoche hice algo que quiero contarles: “Niños, anoche hice algo que quiero contarles: traduje la primera parte del canto de la Ilíada de Homero. Ahora voy a poner en griego, en este pizarrón, los dos versos iniciales” —y  los puso— “y en este otro (que también había en el aula) voy a poner la traducción”. Era una versión maravillosa. Una traducción casi literal que a mí me admiró por el ritmo y cadencia. Tanto me gustó que me la aprendí de memoria. Y como soy memorioso, todavía conservo el recuerdo de estas líneas. —Gonzalo Rojas, hace una pausa y de un salto comienza a recitar—:

 

 

Las iras del pelida Aquiles

oh dea, iras fatales que arrojaron

al pueblo aquivo en

cuitas mil y al orco

mil almas de campeones poderosas,

sus cuerpos a los canes del despojo

y por festín a carniceras aves.

Tal se cumplió a Jove la sentencia.

 

 

Leí, pues, a los clásicos. Por eso, hoy en día me parece absurdo que los muchachos crean que ya no es necesario leer o que lean en el destello de la lámpara esa que llaman computadora. No saben, no tienen el olfato de la lectura, no intraleen, no se demoran, no reparan en lo que es una sílaba, en lo que es una vocal. No lo hacen porque no hay tiempo y todo va de prisa en esa máquina sigilosa y pretenciosa. Y no es que o tenga nostalgia, sólo sé que tengo otro ciclo en la vida de Occidente y el mundo. Y esa trampa de la globalización… Mi mundo es distinto, nada más.

Esteban Ascencio. Nació en el Distrito Federal, hoy Ciudad de México, el día 6 de diciembre de 1965. Estudió en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, la licenciatura en Sociología. Desde el año 2004, se desempeña como editor, año en que contribuye a la fundación de Laberinto Ediciones. Es colaborador de la revista, Casa del Tiempo, de la Universidad Autónoma Metropolitana. Y desde 2012 desarrolla actividades en favor de la lectura y la promoción cultural. Ha publicado novela, biografía novelada, además de ensayo literario. La Universidad Autónoma de Aguascalientes prepara la antología: Mis cuentos preferidos y otros relatos, narrativa de Rubén Darío. Selección, prólogo y notas de Esteban Ascencio. Guía básica de lectura para la CDMX (noviembre de 2017), en colaboración con Juan Domingo Argüelles.       

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