Entrevista de Marco Antonio Campos con Stefaan van den Bremt

 

 

La editorial El Tucán de Virginia, de la mano de Víctor Manuel Mendiola y Luis Soto, publicaron Van O en Wee. Antología personal (2018), de Stefaan van den Bremt (Bélgica). La presente entrevista está incluida al final de este volumen.

 

 

 

Entrevista con Stefaan van den Bremt

Marco Antonio Campos

 

 

MAC: Usted empezó escribiendo poesía política, social y testimonial. ¿Por qué? ¿Perteneció a algún partido de izquierda? Hay, me parece, en esta suerte de lírica una carga burlesca y ácida.

 

SVDB: Publiqué mi primer libro de poemas en 1968. La fecha explica algo, pero no explica todo. No explica todo, porque primero, en aquella fecha yo tenía 27 años, o sea que, a pesar de tener un año menos que Rudi Dutschke y cuatro años más que Daniel Coh-Bendit (héroes con quienes no quiero compararme), yo no era estudiante —y aún mucho menos líder estudiantil— sino profesor (de francés), lo que de cierta manera me convertía en uno de los pilares del orden establecido. Exagero un poco, ya que, como me definí más tarde, el “profesor de medias tintas” que yo era entonces se parecía más al personaje principal de La Nausée que a un venerable docente. Leía a Sartre y a André Gorz, otro colaborador de la revista Les Temps Modernes, y, cuando en julio y agosto de 1968 visité la Cuba de Fidel Castro, en compañía de estudiantes y jóvenes intelectuales europeos, entre los cuales había un gran grupo de franceses ingenuamente orgullosos de su “revolución de mayo” fracasada,  me chocaba que ellos tildaran a todos esos maîtres à penser de viejos cabrones y comemierdas, cuyas teorías calificaban de “conneries”. Por otra parte, el libro de poesía con que me estrené en la literatura flamenca se titulaba Sextante, llevaba más la impronta del existencialismo que de algún neo-marxismo: en la solapa del libro justifiqué la metáfora marítima del título, comentando que para mí la poesía era “un instrumento para orientarse, para medir los grados de latitud y de longitud”. Por otra parte, los epígrafes que utilizaba eran citas de Apollinaire y Reverdy, dando a entender que mis modelos poéticos se situaban entre mis abuelos más que en la generación inmediatamente anterior a la mía. En la literatura neerlandesa me sentía atraído, más que por el barroquismo de Hugo Claus (nacido en 1929), por la poética de otro abuelo, Martinus Nijhoff (1894-1953), un holandés quien, entre 1916 y 1934, evolucionó de un simbolismo tardío a una nueva objetividad que me fascinaba, y al cual Joseph Brodsky consideró más tarde como uno de los poetas mayores del siglo XX. Nijhoff es el poeta de la modernidad en toda su rigidez funcional; un soneto suyo sobre un milagro técnico de los tempranos años 30 empieza así: “Fui a Bommel a ver el nuevo puente./ Vi el nuevo puente.” Y en un poema largo titulado “Awater” oímos la voz que clama en la metrópoli moderna, actualizando la promesa bíblica que un día el desierto ha de convertirse en una huerta. Otro poeta holandés a quien leía con gusto era Gerrit Achterberg (1905-1962) que, como Nijhoff, sabía combinar un lenguaje coloquial y una forma poética rigurosa; con un vocabulario a veces tomado de la física y la química este nuevo Orfeo exorcizaba la muerte de la mujer amada para hacerla renacer (con cierto estupor me enteré de que, en su juventud, Achterberg había matado a tiros a la mujer que lo hospedaba). Éstos eran mis poetas favoritos, más que los experimentales de la generación de 50, a la que pertenecía Hugo Clauss, junto con los holandeses Lucebert y Gerrit Kouwenaar, o los así llamados poetas de 55 como el hermético Hugues Pernath y el maniacodepresivo Paul Snoek, ambos flamencos. Mi problema era que mis preferencias poéticas no concordaban con mis simpatías políticas. Sobre todo a partir de mayo de 1968, y aún más después de mi visita a Cuba en julio-agosto del mismo año. Yo iba en busca de otro tipo de poesía: una poesía más comprometida con mi época y las rebeldías de los jóvenes de entonces. Ya conocía un poco, muy fragmentariamente, la obra de Pablo Neruda, y comencé a leer la poesía de Bertolt Brecht, del que ya conocía el teatro; en Cuba descubrí a Nicolás Guillén (y también a José Lezama Lima, cuya potencia verbal y metafórica me impresionó, pero al que descarté momentáneamente por su barroquismo hermético). Al joven aprendiz que yo era, Brecht y Guillén —el primer poeta hispanoamericano al que traduciría— enseñaban a vía de seguir, más que Neruda quien me parecía demasiado retórico (ahora lo valoro mucho más, pero a nivel humano, tal como se retrata a sí mismo en sus memorias, su gran ego y su machismo todavía llegan a irritarme). Yo leía entonces Qu’est-ce que la littérature? de Sartre y me asombra que el gran gurú de la izquierda francesa eximía a la poesía del deber moral de comprometerse, al que sí intentaba compeler a los novelistas. Empecé a leer los escritos teóricos de Brecht, que me parecían más convincentes, y me puse a traducir la lírica comprometida que nos dejara el genial poeta alemán. Me consta que vine a la política por medio de la literatura, aunque también —claro—bajo la presión de una época en la cual —por desgracia, diría yo hoy— “todo era político”. Yo no pertenecía —y no me afiliaría nunca— a un partido político. Para mí el escritor debe conservar su plena libertad intelectual y su independencia creativa; no puede someterse a una instancia burocrática sin perder su credibilidad. Es lo que sucedió en Cuba con Guillén después de la revolución, cuando lo instalaron como presidente de la UNEAC y lo proclamaron “poeta nacional” y quien paulatinamente perdiera la fuerza creativa que lo sostuvo durante su largo exilio; casi lo mismo pasó con Brecht —en menor medida, porque él era mucho más inteligente, más astuto y mayor artista—, cuando aceptó regresar a Alemania y se estableció en la República Democrática Alemana (que era muy alemana y de ningún modo democrática). Aprendí de Brecht y del mejor Nicolás Guillén que la poesía política sólo existe si es sátira, ácida y burlesca, porque no hay nada más cínico que el ejercicio de poder político.

 

 

MAC: Su estancia en la cárcel por seis meses (enero-junio de 1974) “a causa de una supuesta complicidad con la resistencia palestina”—cosa que ha contado en poemas con rabia y tristeza amarga— ¿qué significó en su vida y en su posición política? ¿Qué hubo de negativo, y si lo hay, de positivo’ ¿Fueron meses perdidos? Después vinieron para usted, nuevas decepciones, entre ellas, significativamente, la revolución cubana y tal vez la caída del Muro de Berlín. ¿Cómo se ve políticamente hoy?

 

SVDB: A finales de diciembre del año 1969 viajé a Jordania. Era un viaje organizado por un Comité Palestina de París. La mayoría de los participantes eran estudiantes izquierdistas de la Sorbona con todos los matices de la izquierda de entonces —maoístas, trotskistas y revolucionarios autoproclamados de todo tipo— pero trotskistas y revolucionarios autoproclamados de todo tipo— pero había también una orientalista francesa cincuentona y dos jóvenes trotskistas flamencos. Toda esa compañía abigarrada se hospedó en una cueva del FPDLP (Frente Popular Democrático para la Liberación de Palestina), donde nos explicaron la visión de este movimiento marxista, liderado por Nayef Hawatmeh, un palestino de origen cristiano, que estuvo con nosotros durante una tarde completa, respondiendo a nuestras preguntas y comentándonos sus diferencias con Al Fatah y con el FPLP de Georges Habache, de que se escindieron él y sus seguidores, entre otras raones por no aceptar sus métodos terroristas en contra de los civiles. Visitamos un campo de refugiados bombardeando cada noche, donde los fedaynes tuvieron que protegernos de la ira de las mujeres que consideran a cada europeo como simpatizante de Israel, y la aviación israelí nos propinó un bombardeo de varias horas durante la Nochevieja (algunos compañeros que regresaban de una excursión tuvieron que soportarlo fuera, extendidos bocabajo). Era una gran experiencia, un verdadero bautismo de fuego. Uno de los participantes era un joven argelino que estudiaba en París, y nos hicimos amigos. Quedamos en contacto después del viaje. Meses más tarde, en septiembre de 1970, por orden del rey Husein, los movimientos de resistencia palestinos fueron expulsados de Jordania por el ejército jordano. Para nosotros que nos acordábamos cómo los fedayines mostraban sus armas a los soldados jordanos pidiéndoles sus documentos en un control, aquella guerra fratricida era una nueva tragedia. Los fedayines se refugiaron en el Líbano, donde un pequeño grupo de extremistas fundó una organización terrorista llamada Septiembre Negro. En 1971 el argelino con el que había trabado amistad viajó a Beirut y se incorporó a aquella organización. Cuando en el curso de 1972 me llamó desde París para pedirme un servicio, yo no tenía ni la menor idea de eso. El servicio pedio era que lo llevara en coche, junto con otro compañero, a un lugar no específico en Holanda. A pesar de mis insistencias para saber por qué, el argelino dejó entrever que el paseo planeado guardaba relación con la  causa palestina, pero se negó a darme más detalles. Mi gran error fue aceptar su propuesta, en nombre de la amistad. En el momento nadie habría podido sospechar e verdadero motivo del viaje: aunque en el Oriente Medio ya hubo secuestros de aviones, hasta aquella fecha, nada parecido había ocurrido en Europa. Así que los llevé a Holanda y hasta el día siguiente me enteré de que hubo un atentado contra la planta de compresores de gas natural en el este del país y una tentativa de atentada fallida contra otra fábrica del mismo tipo. Dos años más tarde, a comienzos de 1974, y después de otros actos de violencia con los que yo no tenía nada que ver, la policía francesa descubrió quiénes eran los autores de aquellos atentados. Nunca lograron a detener al argelino, quien probablemente huyera al Líbano, pero en una pesquisa en casa de la arqueóloga parisiense descubrieron mi dirección. Poco después y por orden de la Interpol, unos policías belgas allanaron mi casa, donde no encontraron nada sospechoso y tuve que seguirlos para un interrogatorio. Era el comienzo de una larga experiencia penosa cuyo desenlace fuera una pena de prisión de seis meses y dos años con prórroga. Me liberaron un mes antes de cumplir la pena para poder asistir al nacimiento de mi primera hija el  primero de julio de 1974. Al reanudar las clases en el otoño siguiente, por orden del ministerio de la Educación, me despidieron como profesor. Comenzaron entonces mis siete años de las vacas flacas. Oficialmente yo estaba desempleado: por fin pude concentrarme casi exclusivamente en la creación literaria, como redactor muy activo de una revista, como autor de letras para canciones, como dramaturgo (colaboré con dos compañías que practicaban un teatro próximo al de Dario Fo), como colaborador de una organización sociocultural de izquierda ligada con el partido comunista, como traductor de Nicolás Guillén y de Brecht, y como poeta en busca de una lírica capaz de impactar en la realidad política del momento. Se vivía el fin de la euforia de la posguerra y el comienzo de un largo periodo de recesión económica. Me puse a escribir poemas sobre temas como el desempleo y el cinismo de una burguesía que aprovechaba la crisis para enriquecer a costa de los asalariados y del Tercer Mundo. Me radicalicé políticamente y lentamente maduré y mejoré y salieron los que resultarían dos de mis mejores libros de poesía: Otros poemas (1980) que reunía mi mejor poesía política, y La pareja impar (1981), que sorprendió mucho a mis lectores por ser un conjunto de poemas brevísimos, muy musicales, sobre el tema amoroso. Antes, en 1978, visité por segunda vez la Cuba castrista que, en aquellos “años de plomo”, maltrataba tanto a algunos de sus mejores escritores por el supuesto crimen de ser homosexuales, y me decepcionó mucho este nuevo contacto con una sociedad uniforme y burocratizada, más autoritaria que nunca (“¡Comandante en jefe, ordene!”). Me acuerdo de una discusión estéril con un profesor de marxismo en la universidad de La Habana, que confundía el marxismo con la defensa del programa del partido en sus aspectos más criticables y de la “alianza indestructible” con una Unión Soviética anquilosada, incapaz de despertar en mí el más mínimo entusiasmo. Obviamente le habían cortado las alas a la revolución. Y lo peor era el clima de desconfianza, que yo iba a experimentar en persona cuando en una reunión festiva la presidenta de un CDR (Comité de Defensa de la Revolución) me tendió una trampa muy burda presentándome a mí como una disidente que solicitaba mi ayuda para huir a Bélgica… En la sede de la UNEAC le entregué a Nicolás Guillén mis traducciones de sus poemas, pero cuando le propuse entrevistarlo para la radio, su secretaria intervino para impedirlo. Esto sucedió 11 años antes de la caída del Muro de Berlín, en aquella ínsula extraña que se proclamaba “primer territorio libre de América”…

 

 

MAC: De los grandes poetas políticos de izquierda que admira (Maiakovski, Brecht, Ritsos, Neruda, Vallejo) parece atraerle en algún momento no sólo su condición de perseguidos sino también de desdichados.

 

SVDB: Sería inexacto afirmar que me “atrae” su condición de perseguidos. No soy masoquista. Prefiero decir que me escandaliza su condición de desdichados.

 

 

MAC: Critica a Bélgica acerbamente, sobre todo a los políticos poderosos o no tanto, pero al mismo tiempo la defiende, la siente como algo íntimo, en fin, es, como tituló un libro suyo, su “palmo de tierra”. ¿Cómo resuelve esta contradicción?

 

SVDB: Hay que distinguir entre los poderosos de un país y el país mismo. Mi país—al que llamé una vez mi “palo de tierra”— me parece muy querible, pero por eso no voy a defender lo indefendible. Uno puede ser italiano, amar profundamente a Italia y sin embargo avergonzarse de que el primer ministro de aquel país maravilloso sea un tipejo como Berlusconi. Respecto a los políticos belgas actuales, no quiero insinuar que sean del calibre de un Berlusconi. En los años setenta y ochenta tuvimos nuestro Andreotti, que se llamaba Vanden Boeynants, y aun en los noventa nos gobernó el incomparable Wilfried Martens, el más oportunista de todos los democristianos del universo, pero en este momento nos dirige sobre todo la mediocridad desdorada.

 

 

MAC: ¿Usted se siente belga o flamenco? A veces lo he oído lamentarse de la difícil coexistencia de flamencos y valones.

 

SVDB: Soy belga —es un hecho indiscutible— pero me siento flamenco. De la misma manera un quebequense es canadiense, pero se siente quebequense. Bélgica es el país donde vivo por casualidad,  por un capricho de la historia. Antes de 1830 Bélgica no existía, ni siquiera en el vocabulario: el sustantivo “Bélgica” es un invento de los padres (francófonos) de la patria tardía. Lo que sí existía, desde Julio César, era el vocablo “belga” para designar a la población gala que vivía en el norte de Francia (París incluido), la Bélgica actual y el sur de Holanda. En el medioevo tardío y hasta en el siglo XVI el término de “états belgiques” significaba los Países Bajos históricos (o sea: Holanda + la Bélgica actual + Luxemburgo + parte del norte de Francia). En los dos últimos años Bélgica ha atravesado una crisis que amenaza la existencia misma del país: Flandes exige un tal grado de autonomía que los francófonos temen  que estalle el estado creado en 1830 y federalizado a partir de 1970, lo que sería dramático para ellos, ya que desde hace medio siglo se colapsó la economía valona (basada en la industria pesada: hulla y metalurgia), mientras la de Flandes —que se modernizó: bruscamente se ha desplazado el centro de gravedad económico del sur (Valonia) al norte del país (Flandes). Este desequilibrio económico se acompaña de un conflicto lingüístico, no tanto entre valones y flamencos, sino sobre todo entre bruselenses francófonos que, por su concepto del francés como lengua del imperio, quisieran afrancesar toda la periferia flamenca de Bruselas y por otra parte la población autóctona que quiere conservar el carácter flamenco de la región. Personalmente tengo muy buenos amigos en el mundo literario francófono e intento aclararles los puntos de vista flamencos sobre cuestiones sensibles, porque a ambos lados de la frontera lingüística, hay una desinformación espantosa sobre lo que piensa la otra comunidad.

 

 

MAC: Por otra parte hay también en una parte de su obra el homo ludens que dibuja lo caricaturesco de los personajes. ¿Qué le atrae para llevar a la poesía a los personajes mínimos e irrisorios?

 

SVDB: Deber de ser la herencia de Bosco, de Bruegel y de un pintor moderno como Ensor. Los flamencos somos propensos a insistir en el lado grotesco de la humanidad, a retratar aquel pueblo de duendecillos y gnomos que ocultamos en nuestra propia piel.

 

 

MAC: ¿Qué ha significado el amor en su poesía? Recuerdo en especial un bellísimo poema “Nocturno de La Cambre”. Asimismo, en otros poemas exalta, entre lo malo que pueda haber, el amor de un hombre y una mujer. Como si el amor fuera el centro del centro de la tierra.

 

SVDB: ¡Ojalá el amor fuera el centro de la tierra! Nos cambiaría la existencia. La realidad es otra; por eso, necesitamos tanto el amor para hacer nuestro mundo un poco habitable. Desde los antiguos, desde antes del Simposio de Platón, el amor y el desamor son los temas por antonomasia de la literatura, del teatro y de la poesía. La poesía comprometida, si es auténtica, es de por sí una poesía de amor, y no hay mayor compromiso que el de la pasión amorosa.

 

 

MAC: De dónde le viene ese gusto, en buen número de sus poemas, sobre todo breves, por los juegos verbales, las aliteraciones, las repeticiones rítmicas, los golpes de sonidos…

 

SVDB: Desde la década de los veinte del siglo pasado, los formalistas, entre ellos Roman Jakobson, enfatizaron la distinción fundamental entre el lenguaje referencial o comunicativo y la “función poética” del lenguaje, dicho de otra manera: la fascinación que ya siéntenlos niños por las sonoridades, el ritmo, las rimas, los retruécanos, el aspecto musical y juguetón del lenguaje. El poeta es el “puer senex”, queda un niño empedernido hasta la muerte, y el lenguaje le sirve para exorcizar este mundo inquietante donde nos ha tocado vivir.

 

 

MAC: ¿Usted ha visto mucha de la mejor pintura y oído la mejor música’ ¿Qué le han dado?

 

SVDB: Me han dado, además de un ideal de belleza que trasciende lo puramente sensual (ya que la pintura y la música hablan, a través de nuestros sentidos, a lo más recóndito del alma), unas ganas de competir con ellas desde una posición de inferioridad, porque como poeta sólo dispongo de este material tan desgastado por el uso cotidiano que es el idioma. La ambición de crear belleza, de conmover a sus semejantes sin otros recursos que las palabras de todos, es un reto terrible.

 

 

MAC: Ha traducido buen número de grandes poetas latinoamericanos (Pablo Neruda, Octavio Paz, José Lezama Lima, Jaime Sabines, Ramón López Velarde y Juan Manuel Roca). ¿Ha aprendido de la poesía latinoamericana? ¿Lo ha influido formal o temáticamente? ¿Qué tan cerca o lejos se siente de los países de América Latina, en especial de México?

 

SVDB: He aprendido de todos, y de México era y continúa siendo la tierra privilegiada de aquel gran mestizaje poético. Uno no queda incólume tras traducir a los grandes poetas de otro continente y de otro idioma. Neruda me ha contagiado de su ego sin límites y de su aliento épico, Paz de su conciencia crítica hasta en el lirismo más ardiente y de su gran sabiduría en la composición del poema largo, Lezama de su voracidad lingüística y de su intrepidez metafórica, Sabines de su sinceridad apasionada, López Velarde de su nostalgia y de su afán de reconciliar lo irreconciliable y Juan Manuel Roca de su inquietud tranquila.

Marco Antonio Campos (ciudad de México, 1949). Cronista, ensayista, narrador, poeta y traductor. Ha sido profesor de Literatura en la uia (1976-1983); lector huésped de las universidades de Salzburgo y Viena (1988-1991); profesor invitado de Brigham Young University (1991) en las universidades de Buenos Aires y La Plata (1992) y la Universidad de Jerusalén (2003); jefe de redacción de Punto de Partida; director de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural; director en dos épocas de Periódico de Poesía, investigador del Centro de Estudios Literarios del iifl de la unam y coordinador del Programa Editorial de la Coordinación de Humanidades de la unam. Colaborador en distintas épocas de Confabulario (suplemento literario del diario El Universal), La Jornada Semanal (suplemento literario del diario La Jornada), La Semana de Bellas Artes, Periódico de Poesía, Proceso, Punto de Partida, Revista Universidad de México, Sábado (suplemento literario de Unomásuno) y Vuelta. Premio Diana Moreno Toscano 1972, a la promesa literaria. Premio Xavier Villaurrutia 1992 por Antología personal. Medalla Presidencial Pablo Neruda otorgada por el Gobierno de Chile en 2004. Premio Casa de América 2005 por Viernes de Jerusalén. Premio del Tren Antonio Machado 2008 por su poemario Aquellas cartas. XXXI Premio Internacional de Poesía Ciudad Melilla 2099, por su obra Díme dónde, en qué país. Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde 2010, por el conjunto de su obra poética. Ha traducido la obra de Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, André Guide, Roger Munier, entre otros.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *