Entrevista con Margarita León: “La cultura tiene pensamiento”. Por Luisa Manero Serna

 

Entrevista con Margarita León:

“La cultura tiene pensamiento”

 

Por Luisa Manero Serna

 

 

Margarita observa a su alrededor. Se sienta. Bebe chocolate mientras me dice que tiene prohibido el chocolate. Cuando habla, alza la vista a un punto indefinido a mi espalda. Evito el impulso de voltear porque sé que no voy a ver lo que ella mira.

 

 

¿Por qué o para qué escribes poesía?

 

¿Por qué? Mi pseudónimo, Margarita León, es el nombre de mi madre. Tuvimos la desgracia de perderla cuando tenía treinta y cinco años, era muy joven. Es un homenaje para ella. ¿Por qué comencé a escribir? Fue por eso. Una necesidad de darle voz. De darle una voz, todo lo que pudo haber dicho y todo lo que ella sabía. Porque ella era una señora muy callada, era demasiado prudente. No sé, se sentaba a bordar, te sentabas al lado de ella y ella no hablaba. Era un misterio. Siento que son esas ganas de saber qué pensaba, cuando estaba ahí bordando, cuando estaba haciendo cosas y era tan callada. Eso es un por qué.

 

 

Eres psicóloga de la educación, maestra en Psicología Cognitiva y Aprendizaje por la Universidad Autónoma de Madrid y FLACSO Argentina. Tienes una especialidad en Lectura y Escritura por la Universidad de Buenos Aires. ¿Le aporta algo la psicología a la escritura?

 

Mucho. Conviví con muchos escritores allá en Argentina, y eso me ayudó a no cerrarme a lo que yo creía que era la literatura indígena. Me ayudó estar fuera, en una especialidad en la que abordamos autores de la literatura universal. Porque tenemos una tradición muy rígida. Yo siempre tenía bronca, tenía conflicto. “Es que”, decía, “yo no quiero escribir así…” Me gusta la poesía de Irma Pineda, la de Natalia, y también de los precursores, pero sabía que yo debía entrar de otro modo, que esa poesía no me iba a expresar a mí. Yo necesitaba explorar más. Porque la literatura indígena da para muchísimo, pero estamos siguiendo cánones, formatos que nosotros mismos reprobamos. ¿Eso y sólo eso es la literatura indígena? Al final nos metemos todos al mismo molde. Lo de la psicología cognitiva, lo he sabido empatar con la creación literaria. Yo trabajo talleres de creación literaria, y combino estrategias para que las personas que no escriben originalmente en su lengua, comiencen siempre pensando en su idioma, aunque lo escriban luego en español. En eso ayuda la psicología. Ideo estrategias que me permitan sacar de las personas versos que los representen más en su esencia, como mazahuas, como nahuas, como otomíes. Que puedan tener una opción en la poesía para poder decir lo que generalmente no hablan. Pues veo una necesidad muy grande que tienen las personas de decir lo que sienten en su propia lengua. Puede ser terapéutica la poesía.

 

 

¿Qué le ha aportado ser parte de la cultura otomí a tu poesía?

 

Todo (ríe). Es todo. No existiría mi poesía si yo no fuera de la cultura otomí. No escribiría poesía, estaría dedicada a la psicología. Son esas ganas de decir lo que soy, pero no sólo lo que soy, sino lo que yo represento. Y no es que mi madre no fuera interesante si no fuera otomí, pero su pensamiento era como un espejo de la cultura. La cultura tiene un pensamiento. Yo vivo aquí en la ciudad, y por eso vivo una vida completamente ajena a mi cultura. Lo único que conservo de prácticas materiales, no de pensamiento, son las ofrendas que hacemos. Es lo único espiritual que yo tengo. Las ofrendas de agradecer o reprochar que me vaya mal (risas). Voy ahí al pueblo, hago mi ofrenda a los guardianes… Es lo único espiritual que yo tengo, pero es lo que me llena. Es lo que le quiero heredar a mi hijo. Estoy inmersa en la ciudad. Si no sabes que soy otomí, yo me fundo en la ciudad. Me pierdo. Es como aferrarme. Es lo que soy.

 

 

Perdón si me desvío. ¿Me contarías cómo son las ofrendas?

 

Allá en mi pueblo la creencia es que había un espíritu del monte que cuidaba la naturaleza, pero un señor que no conocía el idioma, pues era de una nueva generación y no aprendió a hablar otomí, lo mató. Lo confundió con otro animal y lo mató. No supo qué le hablaba, lo que le decía. Es como la metáfora de que no escuchas a la naturaleza, no escuchas lo que te dice. Te habla en un idioma que tú ya no aprendiste. Entonces lo mató, y el monte se volvió desierto. Antes no era desierto, era todo verde, había muchos árboles… Pero se volvió desierto. Y como murió, dejó a sus guardianes, que son unas piedras llamadas Sanjuanes. Y a estos guardianes que se quedaron a cargo en el lugar del espíritu del monte hay que ponerles ofrenda. Ellos son como niños. De hecho se les ofrendan dulces, porque son traviesos.

 

 

¿Qué pierden y qué ganan tus poemas en su paso del otomí al español?

 

Creo que muchas veces se pierde la emoción. Porque el otomí es un idioma de sonidos, de melodías, y concebido en un universo y un pensamiento muy diferente. De pronto cuando lo trabajo en español, para que las personas que lo leen en otro universo, otro pensamiento, lo puedan asimilar, se pierde eso: el sentimiento, la emoción, esa sonoridad se queda en el otomí. Tal vez me falta explorar la sonoridad del español. Por eso me interesa mucho comprender bien el español, cultivarlo, y el otomí también. De pronto he cometido el error de decir que hay que construir nuevas palabras, neologismos del español para el otomí. Pero no es verdad. El otomí alcanza. Cada que me acerco, digo: “No puede ser que se me haya olvidado de esa palabra. La puedo poner en este poema…”. Pero es eso: mi distancia con el idioma. Cuando estaba mi abuela, podía irme con ella, y hablar… pero ya no está mi abuela, ella murió.

 

 

¿Pero ganan algo al llegar al español?

 

Sí, sí, también. Creo que el reto de escribir en lengua indígena es el reto de la doble escritura. Son dos poemas. Hay un poema en otomí: qué padre para quien lo leyó y entendió, chido, y es otro poema en español. Son dos. Un reto doble. También veo mi pensamiento en español. Además, si lo piensas, todos nos leen en español. En nuestras culturas hay muy poca gente que te puede leer en tu lengua. Entonces ¿para quién se escribe? Ese es el reto, porque es todo un sistema que tendríamos que modificar para que nos lean. De mis libros, dos o tres personas me leen en otomí. No tenemos lectores. Tenemos que trabajar para tener lectores. Podemos seguir escribiendo, seguir escribiendo, pero ¿quién te va a leer? Te van a leer en español. Casi todos. Mi esposo, mi hermano, que habla mejor que yo otomí, me lee en español, porque no sabe leer y escribir en otomí.

 

 

Publicaste un nuevo libro: Ya b’ospi / Cenizas. ¿Cenizas? ¿De qué incendio son?

 

¿Cuál es el incendio? (Ríe) Toda la vida. La ceniza es un elemento y una palabra muy significativa, llena de simbolismos intrincados. Para empezar, la ceniza es algo que sostiene una casa. En las casas otomíes, yo creo que en muchas casas mexicanas, se hace el fogón y todo lo que sale de la leña, todo lo que fue fuego, se vuelve ceniza. Lo que se hacía en mi pueblo, de niña, yo me acuerdo un montón de eso, y es algo que me gusta mucho recordar, enterrábamos el carbón encendido, lo enterrábamos al fondo de la ceniza, para que no se apagara, se mantuviera encendido. Muchas veces era porque no había cerrillos, no había dónde comprar o no había para comprar. La ceniza se mantiene caliente cuando está el carbón encendido, en la pancita del fogón. Porque si no, había que ir a conseguir un carbón a la casa de la tía y llevarlo. Me acuerdo mucho de esa imagen de tener una palita de metal, y me llevaba un carbón de casa de mi tía a mi casa (ríe). Y era así de: “que no se apague, que no se caiga”, ir por el camino a’i cuidando el carbón. Es una imagen muy bonita. (Me recuerda a la sensación de escribir un poema. Ir por el camino cuidando que no se apague el carbón. ¿No se parece?) Entonces la ceniza representa eso: protección. Además, cuando nos dolía el estómago mi mamá nos untaba con ceniza. Nos untaba, así, nos daba masaje con la ceniza, y ese era el remedio. Pero simbólicamente, o metafóricamente, para mí representa un principio y un final. El cierre de una etapa de mi vida. Y ese libro son poemas que recuperé de tiempo atrás y ya quería que se publicaran. Dije: “Ya, se acabó”, como dices: “Este incendio se acabó, aquí están las cenizas. Vámonos. Lo que sigue.” Fue lo que trabajé con el Fonca. Y fueron esas ganas de escribir lo que veía en mis sueños. Muchos de los poemas son literalmente sueños. Me levantaba en la madrugada y los escribía, casi dormida. Poesía de sueños. Y por eso creo que se llama cenizas. Yo no había analizado el título hasta que lo publiqué. Lo vi y dije: “Es impresionante cómo el inconsciente te juega trampas”.

 

 

¿Qué te da la poesía?

 

La medicina para no olvidarme de quién soy. Es lo que me amarra a mi esencia. Si no escribiera poesía en otomí, mucho de lo que soy ya se me hubiera olvidado. He viajado, lo quiero seguir haciendo, pero como dice la canción: “Cuanto más lejos estoy, más cerca me siento”. Para mí la cultura no es la lengua, la vestimenta, sino lo que me enseñaron mis papás, las ideas que tenían de ellos mismos, sin asumirse como indígenas, sin decir “soy otomí”. La concepción que tenían del mundo, de sí mismos. Puedo leer a antropólogos, pero se siente completamente distante. Eso otro sólo me lo devuelve la poesía. Y es lo más importante que yo tengo para dar.

Margarita León. Pertenece a la cultura Otomí de Hidalgo, su lengua materna es el Hñähñu del Valle del Mezquital. Es psicóloga de la Educación, Mtra. en Psicología Cognitiva y Aprendizaje de la Universidad Autónoma de Madrid y FLACSO Argentina. Tiene una especialidad en Lectura y Escritura por la Universidad de Buenos Aires y ha participado en diferentes recitales en México y el extranjero. Ha publicado narrativa y artículos sobre la poética originaria. Diseñó e imparte el taller de creación poética originaria en lengua Hñähñu, Tepehua y Nahuatl en comunidades de su estado. Presentó en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería  2015, el libro: Palabra que Ilumina. Fue becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes 2014-2015.

Luisa Manero Serna (Santa Cruz del Monte, México, 1992). Poeta y dramaturga. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM y actualmente cursa la Carrera de Dramaturgia y Guión en CasAzul Artes Escénicas Argos. Colabora con la UNAM en un proyecto de poética ritual lacandona, razón por la que ha pasado temporadas largas con los lacandones del norte. Su tiempo en la selva ha marcado su vida y su obra.

Un comentario en “Entrevista con Margarita León: “La cultura tiene pensamiento”. Por Luisa Manero Serna

  • el marzo 30, 2020 a las 9:51 pm
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    Querida Luisa, es un maravilloso trabajo. Gracias!
    Recibe un fuerte abrazo, te perdí la pista. de dejo mi correo.

    Margarita León

    Respuesta

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