Entrevista con Enrique de Rivas y correspondencia de María Zambrano con Diego de Mesa y Enrique de Rivas. Por Mariana Bernárdez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entrevista con Enrique de Rivas y correspondencia

de María Zambrano con Diego de Mesa y Enrique de Rivas

 

Mariana Bernárdez

 

 

La siguiente entrevista se originó por una extraña coincidencia, visitaba en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de México una retrospectiva de Remedios Varo, y entre los asistentes me encontré con Arturo Souto quien me preguntó si continuaba realizando mi proyecto de investigación doctoral sobre Zambrano, dada la afirmación me señaló que Enrique de Rivas solía venir a México durante el verano, pero como no había fecha conocida de arribo había que estar llamando. Así lo hice durante algunos meses hasta que Enrique contestó y concertamos una cita en su casa ubicada en los alrededores del Castillo de Chapultepec: sábado 27 de agosto de 1994.

A pesar del tiempo transcurrido tengo presentes ciertos detalles, recuerdo mi nerviosismo al esperar que me abriera la puerta, luego al entrar la fotografía de Azaña  adornada en la parte superior con un listón que ostentaba los colores de la bandera Republicana, después la sala comedor con ventanales de piso a techo, y la luz, la luz que era demasiado luz, los muebles y las lámparas, las estanterías con ediciones estupendamente encuadernadas. Una vez roto el silencio procedió a prepararme un expreso capaz de resucitar a diez muertos, se sentó frente a mí y bajo este escenario comenzó una de las charlas más entrañables que he tenido en mi vida.

Enrique resultó ser un gran conversador, de memoria extraordinaria, con sentido del humor y sensibilidad única, ése fue uno de tres encuentros que me han acompañado a lo largo de mi vida, supe no sólo cosas de María sino de él como escritor y especialista en simbología medieval, fue generoso como el que más, me dio su tiempo, dos libros suyos, copia de algunas cartas que tenía de María y un extraño préstamo, un libro sobre vampiros escrito por Francisco Segovia, mismo que conservé durante 11 años para devolverlo, y tal devolución dio pie a la segunda entrevista con fecha del 3 de julio del 2005, que también se reproduce.

Notará el lector la falta de preguntas, no hacía falta preguntar, Enrique portaba consigo desde hacía mucho todas estas palabras que fueron dichas entre el café, el cerrar las puertas para que no entrara el ruido de la calle y en la emoción propia de quien esto vivió para contar a otros.

 

27 de agosto de 1994

 

 

 

 

 

María Zambrano había venido a Chile con su marido, no sé si era o no una misión oficial de la República, el único que podría decírtelo sería él, pero eso es difícil, se separaron malamente. Vuelve a España en el año ‘38, tengo idea de que es cuando se marchan Las Brigadas Internacionales. Me parece que en el mes de septiembre u octubre de ese año, María está en Barcelona, eso lo recuerdo porque ella me contó una escena un poco cómica; vivían en un piso que daba sobre la avenida, no sé si sería la Diagonal de Barcelona, su padre estaba muriéndose, por esos momentos iban a desfilar Los Internacionales, y una señora de otro departamento se asomó al balcón y se puso a cantar “La Internacional”. María, entre la emoción de que se moría el padre, y “La Internacional”, estaba hecha un desastre.

La familia Zambrano parte a París, María y su marido van para La Habana en el 39, ahora la fecha exacta no la sé, se podría deducir por la correspondencia, por algún testimonio que haya de su llegada. Araceli y su segundo marido, Manuel Muñoz, quien fue Director de Seguridad en el año ‘36, y su madre, se quedan y viven la ocupación nazi. Creo que es a fines del ‘40 cuando la policía de la Embajada de España en una de sus redadas arresta a Manolo en La Santé, luego lo llevan a España y lo fusilan.

La estancia de María en México es relativamente corta, vive más tiempo en La Habana. En relación con esto recuerdo otra anécdota. María era muy superior en la conversación a lo que es en la escritura, como pasa con muchos escritores. Cuando se calentaba —digamos— y se ponía a hablar, era especial. Ella decía que había sido terrible llegar a México y luego a Morelia y ver que era, pero no era, Morelia se parece muchísimo a Valladolid, antes de que lo destruyeran con los rascacielos. Yo tuve la impresión contraria, el día que fui a Valladolid me parecía que era y no era Morelia porque hay similitudes en la catedral, la universidad, el cabildo etcétera. Comprendí, entonces, lo terrible que debió ser para ella.

 María se ponía muy dramática con esta angustia de que era y no era, por eso no se quedó en Morelia. Creo que es en La Habana cuando viene la separación por una anécdota contada por otra persona con cierta malignidad que citando al marido de María decía: “¿Usted se imagina lo que es estar casado con una María Zambrano?, ahora imagínese estar casado con dos”. Araceli vivía con María.

Para el ‘49 viven en París y en el ‘51 están en Roma. Lo sé, porque mi tío Diego de Mesa, es contratado como traductor por la FAO, se reencuentra con ella estableciendo gran amistad, de hecho había sido discípulo suyo en el Instituto Escuela de Madrid. Cuando María vive en Roma, goza por primera vez de una pensión dada por una Fundación cubana a una mujer. María siempre tuvo alguien que la respaldó económicamente, o casi siempre, excepto en ciertos momentos. La pensión le duró hasta los años 60, porque con el castrismo la Fundación se arruinó. Eso sí me consta porque llegamos hasta el extremo de hacer una colecta para pagar la renta de su piso. Años después obtuvo otra a través de una Fundación venezolana.

El día que se escriba algo de la biografía de María Zambrano, alguien tiene que hablar de estos primos que tenían, Rafael y Mariano Tomero quienes la ayudaron cuando estaba en la situación que te he contado, que empezó en el año ‘62 para el ‘64. Es que estaban en la calle, hay que decirlo las dos eran muy pintorescas. En esos años fue cuando a María le notificaron en la Embajada de México que había unos papeles para ella, se presentó y eran los papeles del divorcio unilateral que había hecho su esposo en Cuernavaca. Como remedio, ¿qué hacen estas mujeres? Deciden, que Araceli venga a México a hablar con el marido que tenía una buena posición. Con dinero prestado a través de una colecta, — esto lo recuerdo muy bien porque me tocaba a mí llevar el dinero de las colectas, era espantoso y encima a mí se me ocurría comprarle una botellita de perfume en fin...— llega a México y Diego de Mesa, que estaba en Roma, le presta su departamento. Total se entrevista con este hombre y digamos que tiene éxito su misión porque algo le saca, pero cuando al final se hacen cuentas, todo lo que le sacó sirvió para pagar el viaje de ida y vuelta; fue un disparate aquello.

Las Zambrano siguen en condiciones económicas lamentables. Rafael Tomero, que se había improvisado, creo, traductor y se había conseguido un puesto en una de las agencias de las Naciones Unidas en Ginebra, viendo en el estado en que estaba María, le dijo: —Yo os ayudo, pero venid a Ginebra donde tengo una casita en el campo que me cuesta muy poco y aquí os podéis quedar. Además se resolvía el problema “metafísico” de los gatos. Los gatos es una cosa que yo nunca traté con María porque no sé nada del tema, pero eran una cantidad espantosa.

En Roma en 1958, fui por primera vez de turista, tenían 8 gatos en un departamentito estupendo en la Piazza del Popolo sobre el Cafe Rossati, pero era una sola habitación, hasta el punto de que Araceli tuvo una infección de la cual le vino una flebitis y estuvo ocho meses en cama. Ramón Gaya, el pintor, iba todos los días a estar con María, a sacarla al café, tal y cual; fue cuando las conocí, eran muy pintorescas, eran difíciles en el trato con las personas, exigían tanto de ellas, tanta devoción. María tuvo algunos amigos en Italia, y otros que ella no te hacía conocer, pero sí tuvimos amigos comunes como Cristina Campos y Elemire Zola; precisamente cuando le pasé en limpio aquel ensayo sobre la ciudad Segovia se estableció una cadena, Zambrano le escribió a Cela proponiéndole que me publicara una serie de poemas que había escrito sobre Roma Diario de Octubre, él a su vez, le preguntó si yo no le traduciría unos ensayos de Elemire Zola. No sé si María volvió a ver a Cela, le conoció antes de la guerra en su piso en Madrid donde iban jóvenes intelectuales, sé que se escribieron muchísimo.

En efecto en el año ‘64 se fueron en un viaje épico a Ginebra en coche con “San Rafael”. Vivieron en una casita en el lado francés en Le Jurá, hasta que murió Araceli. María para entonces recibe ayuda de una persona que nadie ha conocido, un pintor inglés llamado Timoteo, por el que regresa a Roma en 1972 y viaja a Grecia. De regreso en Roma le alquila un departamento amueblado, pero esto duró poco porque María se dio cuenta de que sola no podía vivir, estaba muy torpe. Nunca vio muy bien, tenía miopía, y con la edad no le mejoró. Jamás usó lentes, su coquetería se lo impedía, además tenía catarata en un ojo, el otro había sido operado. Si se ponía las gafas veía, pero jamás las usaba, incluso ante nosotros que no éramos visitas.

Rafael se la volvió a llevar, esta vez vivió sola en un departamentito en Ginebra, porque él se casó, que de momento la indispuso, no por mala, sino por esa posesividad característica de esa generación, es decir, no basta almorzar, tienes que tomar café, quedarte a merendar, a cenar y acostarte a las tres de las mañana y hablando doce horas seguidas sin parar. María no podía vivir sola, era incapaz de lavar un vaso, no lo veía, se le caía, porque era torpe. De las cosas de la casa se ocupaba Araceli que era muy buena cocinera, María hubiera podido vivir comiendo jamón y pastitas de té. Aracelí era la fermosa hembra, en efecto fue muy guapa y al conocerla en Roma que tendría cincuenta y... todavía conservaba algo, incluso tenía pretendiente, pero nunca se quiso volver a casar. No sé, eso les hubiera solucionado todo porque había condes, duques..., en Roma eran muy exóticas, todo lo español es muy exótico en Italia y en aquella época todavía lo era más.

Rafael era muy bueno, y nunca era suficiente lo que hacía por María. Mariano el hombre perdido, creo que de la provincia de Segovia, el tonto del pueblo, es el que resuelve el problema: cocina, va al mercado, se ocupa de todo. A mí me ha hecho mucha impresión saber que un año después de morir María él muere. María se convierte en la razón de su vida, era un personaje como muy adecuado a ella. En una ocasión supe que había tenido una operación de cáncer espantosa en Ginebra. Todos pensamos: ¿qué va a ser de María? La explicación me la dio él: —Pues sabe, pues nada, que se había muerto Araceli, y que me abrieron, y pues yo dije y yo ya que hago aquí, pues me voy pa’ Araceli y luego digo y qué hace María, y digo no, me quedo y me quedé. No sé si fue un diagnóstico equivocado o en efecto éste decidió que se quedaba y se quedó. Atendió a María hasta el final.

 

 

El regreso a Madrid

 

Después de años de exilio la trajeron a Madrid, avión, recepción oficial, piso pagado por el gobierno, el hecho es que a los tres meses no hay un céntimo. Unas personas, que no sé quienes son de Vélez, Málaga y otros, inventan esto de la Fundación que le permitió vivir bastante bien. María no disfrutó de su regreso a España, ella lo decía en una frase muy gráfica “ya no me sostiene el cuerpo”, estaba derrumbada por la artritis y problemas de circulación que no la dejaban moverse, pero de la testa intocable, fumando como carretero, creo que los últimos seis meses dejó de fumar porque tenía una bronquitis crónica. Incluso era difícil verla. Cuando iba a Madrid, la llamaba muchas veces y le decía: —Bueno pues voy esta tarde. —Pero llama antes. Llamaba y cancelaba porque se sentía mal, seguía siendo, a pesar de todo, una persona fina y discreta. Recuerdo una vez que estaba con ella y me dijo: —No puedo más. Lo tomé en sentido metafísico, porque al hablar con María cualquier frase le daba pauta para pasar a otro plano, y empecé a replicarle: —No María, porque... —No, no, si lo que te quiero decir es que por favor te salgas porque me siento mal. Como podrás imaginar estaba hecha polvo. Sí hubo gente que se ocupó de ella, pero me decía: —No Enrique, no vuelvas nunca, esto es el infierno. Claro, era otro mundo. No sé si ella se dio cuenta de esa posesividad española que hay y da el aprovechamiento para trepar, hubo dos ó tres personas que se apropiaron de María Zambrano, artículos en las revistas, entrevistas en los periódicos, libros sobre María Zambrano, prólogos de María Zambrano, ese tipo de cosas. Por el otro lado era la gente que le hacía caso, porque otras como los mismos hijos de Ortega, no se lo hicieron. Era difícil, y además a María todo le parecía poco. Sé que algo trató de ocuparse Soledad Ortega, pero no hubo entendimiento, José Ortega, el otro hijo, rechazó que María fuera discípula de Ortega... en fin.

Sé que al volver a Madrid, María se llevó todo lo que tenía en Ginebra, unos centenares de libros y algunos cajones de correspondencia y manuscritos. María hablaba mucho de algo que quería escribir, sospecho que había escrito algo, era una especie de autobiografía novelada que se iba a llamar La vida de Ana Carabantes, Ana no sé por qué, pero Carabantes por Cervantes, me parece haber comprendido que era ella misma, si escribió pedazos de esto o no, no lo sé.[1] La correspondencia de María pudiera ser de interés, te voy a ver las cartas que tenga en Roma, aquí sólo tengo más que una, te la voy a enseñar para que veas el estilo de cartas que son. Leyéndose muchas se aprenden cosas, por ejemplo no recordaba, una carta que es una réplica de una mía donde le comentaba que en ese momento leía la Ética de Espinoza con entusiasmo, ella me contestó que al salir de España llevaba tres libros: la Ética de Espinoza, la Guía de los desamparados de Maimónides y la obra de San Juan de la Cruz.

Ese tipo de emoción resultado de las grandes intuiciones que producen los textos de Zambrano es lo mejor de ella, eso es muy superior a la propuesta filosófica donde hay un sistema, María en ese sentido es una pensadora, nunca logra armar un sistema porque tiene esta veta poética e intuitiva que es más fuerte, y que la hace ser muy cierta. En fin aquí está la carta a Diego Mesa, si no entiendes la letra manuscrita luego yo te lo digo, anda léetela.[2]

 

 

 

3 de julio del 2005

 

Domingo en la tarde, hay una llovizna suave sobre la ciudad, hay un sosiego típico, no hay movimiento en la calle y todo invita a la quietud, no obstante siento una cierta nerviosidad, hace 11 años que no veo a Enrique, al abrirme la puerta de su casa veo que ya no está la fotografía de Azaña franqueando el cruce del dintel, Enrique rápidamente empieza a platicarme de mil y un cosas, entre ellas que Javier Ruiz está por publicarle un libro, para retomar el hilo de quién es Javier Ruiz me lee un fragmento de una carta en la que María Zambrano lo menciona:

Recibo cartas Enrique de desamparados, que vienen a mí a que los escuche, a abrir su secreto poético temblando. Y algunos sí, son poetas, lo serían. Cuánto dolor y cuánta por mi parte ofrenda de atención, tiempo y todo, temblando porque siento que no puedo suplir. Pero cuánta belleza escondida.

Y de belleza hablando, me he venido a recordar de alguien de quien quería hablarte. Javier Ruiz, el que heroicamente prosigue con la colección de “Visionarios, heterodoxos y marginados” en la Editora Nacional. Se ha casado con una muchacha muy joven, poetisa, Julia Castillo, que hace años recibió un Premio Adonais. Trabaja además en la editorial de García Sánchez de Badajoz. Culta, inocente, sabia. Las cartas que me escribieron comunicándome sus bodas son muy diferentes, cada una de grande belleza. Él es arabista, sabe y siente, se siente hasta por familia descender de su secreto. Me describe la Ceremonia en la Capilla cristiana de la Mezquita de Córdoba —él es de Córdoba secularmente— en las arras que él le ofreció había una moneda desconocida, ejemplar único. La carta de ella, es una de las más hermosas que haya yo recibido en mi vida, tan mimada por el destino que he sido y soy en esto. Hicieron bodas de verdad. Tardé muchísimo en contestarles y lo hice al atropellaplatos, para darle acuse de recibo de su último libro publicado en la Colección “El ente dilucidado” de un fraile capuchino del XVII [Fray Antonio Fuente La Peña]; que en España sólo Paco Baroja conoce. Es sumamente singular, etcétera, etcétera.

Y luego “Me preguntó si yo conozco al poeta que esté dispuesto a sin dejar de serlo, escribir algo de historia, si yo conozco a algún arabista que quisiera traducir algún tratado inédito, pequeño de Ibn Arabi. Yo le hablé de ti. Él se quedó esperando tu propuesta hará más de un año, —la propuesta de mi libro Figuras y estrellas de las cosas— cuando me dijiste que el libro para esa colección lo querías publicar. Le repetí ahora tus capacidades y que eres poeta, que has traducido no sé si todo el Diwan de Al Hallaj —esta es una fantasía de María— [...] Le di tu dirección y me dijo que te escribiría. No sé si habrás recibido la carta. Si a ti te interesa, la nueva dirección de la Editora Nacional es: Torregalindo 10, Madrid-16.

 

 

Así Enrique hila la charla entre una cosa y otra:

 

El libro que me edita ahora Javier obedece a que, después de esta carta, él dejó de trabajar en la Editora Nacional porque se acabó su contrato y no pudo publicar mi texto, entonces se le quedó como una espina, y ha estado apremiándome. Sabes, el riesgo de las cartas es darlas a conocer fuera de contexto….

 

Sí, en este caso las cartas se enmarcan en un trabajo previo que es la Cronobibliografía además de las entrevistas, la revisión incluso hemerográfica que permite dar un marco de entendimiento; lo que me gustaría es lograr realizar una serie de entrevistas de personas que hayan conocido a María Zambrano de forma directa.

 

El que ha muerto no hace mucho fue el exmarido de María, Alfonso Rodríguez Aldave, espera, ahora que recuerdo escribí un ensayo sobre mi encuentro con María, a lo mejor está en Internet, salió en la revista Archipiélago que se hace en Barcelona[3], lo leí en diciembre del 2003 y se publicó en los primeros seis meses del 2004, cuento que María era muy amiga de mi tío Diego de Mesa, que se habían conocido, como te conté, en el Instituto Escuela de Madrid, María era unos años mayor que Diego, María era de 1904 y Diego era de 1912.

Diego me dijo “Vete a ver a María,” vivía en un apartamentito que daba sobre Piazza del Popolo en Roma, tenía el obelisco enfrente, al entrar le dije “Ah que apartamento más agradable,” porque además era casi cuadrado, tú te has fijado que las habitaciones cuadradas te dan una sensación de gran apacibilidad, “¡Qué bonito!” “¡Sí, sí, pero tiene usted que verlos desde aquí!”, entonces María se puso de cuclillas y yo también para estar en ángulo con una ventana ovalada en alto, un tragaluz, a través del cual se veía el “Obelisco Egizio” de Heliopolis, y al fondo las terrazas del Pincio con sus cipreses y sus pinos, y era ese cielo azul del verano, ese cielo que yo llamo el “cielo de Keats” Estando en esa posición, me dice “¿Parece Italia, verdad?” El apartamento era una habitación, una cocina y un baño, no sé si un cuartito más.

Ese fue mi primer encuentro con María, no se me olvida nunca, hablamos de Pirandello, entre otras cosas, eso lo cuento en el artículo de Archipiélago, no recuerdo cómo hilé los temas, pero describía la conversación sostenida, con estas pausas que María hacía; estabas hablando con ella y de repente decía: “El Logos, ya sabes”, y te quedabas un poco así porque no sabías exactamente qué tenías que saber, a lo mejor era algo que no había expresado, pero te miraba, y tomaba un cigarrillo; recuerdo que hablamos de España, de los árabes: “Los árabes que nos descubrieron la noche, esa noche perfumada que sólo hay en España.” Habló cosas… muy de María Zambrano; como te había dicho, María cuando estaba inspirada era muy superior incluso a lo que escribía, la palabra hablada nace espontánea, no estas ante un público sino ante una persona o dos, no estás tratando de dar un efecto y claro al salir espontánea se le ocurrían miles de cosas, algunas de las cuales luego encontrabas en sus obras, la conversación con ella era siempre muy estimulante.

 

 

¿Mantuviste la relación con María a través de los años mientras ella estuvo en Italia?

 

Aquél primer año no la vi mucho, porque Araceli estaba con una flebitis, María no podía salir mucho. En realidad no fueron tantos años, porque aquel año fui de turista a Italia, y fue cuando me dije “tengo que venir a vivir aquí como sea.” Volví en los años sesenta y ellas todavía estaban allí, pero ya no en el apartamento de Piazza del Popolo, había pasado todo ese jaleo de los gatos, todavía María estuvo hasta el año 64 que es cuando me volví para México, y a partir de esa fecha nuestra relación continúo afortunadamente gracias a las cartas.

 

 

Los últimos recuerdos que tienes de ella…

 

Son ya de Madrid, estaba muy lúcida, pero muy mal, lo cuentas tú en la primera entrevista, un día que estaba hablando con ella, me dijo “No puedo más, no puedo más”, y pensé que lo decía en un sentido metafísico porque esa era la altura a la que solía estar, le contesté “No, no María…” “No, no me he explicado bien, es que no me siento bien.” Tenía un malestar y claro me marché; algunas otras veces cuando estaba en Madrid le llamaba, a veces me decía que fuera y otras que no porque estaba un poco pachucha. En los años que vivió en Ginebra disminuyeron las cartas por el teléfono, cuando estaba en La Piece al contrario, para llamarle había que pasar por una centralita en Suiza que pasaba a otra  del lado de la frontera de Francia y era dificilísimo, así que uno acababa escribiendo cartas.

La última vez que hablé con ella por teléfono fue cuando le dieron el premio Cervantes, el rey y la reina habían ido a su casa, ella me preguntó: “¿Qué le parecería a Diego?”, y le contesté “Le hubiera parecido magnífico.” Esto fue en el 90 y ella murió en febrero del 91. Todavía en el 90 la vi porque estuve dos meses en España con motivo de la conmemoración en noviembre del cincuentenario de la muerte de Azaña; no fui solo, iba acompañado de Manuel Borras editor de Pre-textos y alguien más, estuvimos solo un momento, no estaba nada bien, de la cabeza divinamente, pero se cansaba, dijo esta frase: “El cuerpo no me sostiene”; tenía una artritis muy severa y no podía moverse bien, estaba muy bien atendida y con sus gatos eternos. Estaba este personaje, Mariano, que fue muy importante en el cuidado de María y Rafael, al que conocí en Roma, cuando estaba tratando de conseguir un puesto en la FAO donde yo trabajaba, luego hay que recordar que se portó maravillosamente con María.

 

 

¿Alguna vez discutiste con María proyectos de libros?

 

No, María no solía discutir sus proyectos, hablaba temas como de lo de Ana Carabantes, o te contaba de los problemas que había tenido con tal libro que había enviado y que no le habían acusado de recibido, o que no había llegado o que algunas páginas habían llegado estropeadas, pero no otra cosa.

 

 

En Diario 16 Maria Zambrano tiene varios artículos sobre Roma, ¿te tocó a ti pasear con ella por Roma?

 

No, cuando conocí a María en el 58 estaba con el lío de Araceli, no salía con frecuencia, cuando más ha paseado María por Roma fue en el 51 cuando se encontró con Diego, que era de las pocas personas que tenían coche, hacían viajes juntos fuera de Roma, es la época de los paseos dorados, pero yo con ella nada; además el problema es que yo trabajaba siempre y María por la noche no salía, entonces tenía que ser algo que sucediera un sábado o un domingo. Recuerdo haber estado con María en las misas gregorianas que se daban en San Anselmo, a las cuales asistíamos con Cristina Campos, Elemire Zola, pero era cosa de ir primero a casa de Elemire y luego a la misa.

María tenía un lugar favorito en Roma al cual he llevado a mucha gente y al cual he dicho que no vuelvo más salvo que me paguen 2000 euros por paseo porque es en la Vía Appia y hay que caminar sobre las piedras sagradas que te destrozan los pies, porque ya no permiten ir en coche, es una cosa espantosa, sobre la Vía hay una estatua; según yo es un Hermes, un Mercurio, la cara está aplanada, pero tiene el sombrero, un resto del caduceo y la túnica alrededor de un brazo. María le llamaba “El Efebo”, pero desde la primera vez que lo vi, de efebo no tenía absolutamente nada, le faltaba ya una parte, pero le quedaban dos que eran obvias de un hombre mayor de 35, alguien dijo que mayor de 45, tan experto no soy… La última vez que he ido no quedaba absolutamente nada, de Efebo ha pasado a ser no castrado sino eliminado, a pesar de estar fijado al suelo con cemento es un milagro que esté todavía ahí y no se lo hayan robado, porque está abandonado en plena Vía.

En la época en que María paseaba iba mucho a este lugar, desde luego fue con Diego; con quien fui el día en que le conocí cuando vino a Roma, fue con Jesús Moreno Sanz, para poder llegar a la Via hay una parte que está asfaltada y es peligrosísima porque es muy estrecha y te tienes que pegar a la pared para que los coches no te arranquen.  El lugar además fue filmado, dos ó tres años después de morir María me llamó Adolfo Castañón, estaba haciendo una película sobre los lugares donde había vivido María, México, Ginebra… me pedía que le llevara a ver aquellos que María había frecuentado en Roma y sobre todo “El Efebo”, era diciembre, estaba nublado, el clima espantoso, pero ahí fuimos, vino con un equipo de televisión organizado a la española, es decir habían quedado de venir a mi casa a las diez de la mañana, a esa hora me llaman y me dicen que si puedo alcanzarles porque se les había olvidado traer el celuloide, el cual llegaría en el próximo vuelo de Iberia, no había tiempo que perder, así estaba organizado todo. No sé si habrá hecho un video, o si la Residencia de Estudiantes de Madrid estaba involucrada; lo que sí puedo decirte es que fuimos muy notoriamente a ver a “El Efebo”, yo estaba un poco preocupado porque detrás hay un alambrado que dice “Zona Militar, prohibido paso”, y en cualquier país al estar cerca de zonas militares se corre el riesgo de que alguien venga a hacer preguntas y a pedir documentos, pero no pasó nada…

 

 

Recuerdas la iglesia pitagórica de la que María hablaba

 

Ah, esto sí, esto ella me lo descubrió a mí, la Basílica Neopitagórica di Porta Maggiore de Roma, no fui con ella, sino con unos amigos, es un lugar que desde hace 25 años no se puede visitar, para entrar hay que tener un permiso especial que no hemos podido conseguir incluso a través de conocidos, pero es un lugar maravilloso y único es un hipogeo bajo tierra, hecho por los neopitagóricos. La historia es la siguiente, fue descubierta en 1917 cuando empezaron a mejorar la vía férrea del ferrocarril de Roma a Nápoles, en un momento dado se hundió la tierra y vieron que había un vacío, al bajar se encontraron con un templo, un poco más alto que el techo de aquí, ancho como esto y quizás no tan largo, como de 9 metro; son tres naves con arcos laterales, escenas en estucos de paisajes mitológicos o muy concretamente de La Odisea; en lo que sería el altar está Safo a punto de tirarse desde la Leucade, la roca blanca confín entre las tinieblas y la luz, al mar.

La basílica fue leída e interpretada por primera vez en un volumen muy grueso escrito por Jerome Carcopino, La basilique pythagoricienne de la Porte Majeure, publicado en pleno régimen de Vichy, me parece que en 1944, porque Carcopino había sido director de la escuela francesa de Roma durante los años treinta y cuarenta, luego fue Ministro de Educación con Petain, es un libro estupendo, pero es una interpretación como sólo la podían hacer los latinólogos y grecólogos clásicos.

No sé exactamente cómo María conoció la Basílica, tampoco quién se lo reveló; tuve la suerte de que en aquella época la abrieran y hubiera entrada al público; lo sorprendente es que estaba en muy buen estado, al tiempo se estropeó un poco el mural de Safo por humedades, pero el resto estaba como si lo hubieran acabado de construir el día anterior. Los jardines de esta zona, por donde ahora se encuentra la Stazione Termini, eran de un procónsul llamado Statilius y los ambicionó y los quiso comprar Agripina la madre de Nerón, pero él se negó. Agripina hizo lo que se hacía cuando se quería hacerle daño a alguien, lo acusó de neopitagórico o matemático, eso estaba prohibido, ya que se les consideraba unos subversivos; en parte tenían razón porque era una religión que iba hacia el cristianismo; y él antes de inaugurarla la hizo cerrar. Se quedó dormida durante siglos, rara vez sucede esto. No recuerdo todos los detalles porque son muchas escenas, pero los referidos a La Odisea se interpretaron considerando las aventuras de Ulises como aventuras del alma, busca el libro que es magnífico. Venga que yo ahora me voy a tomar un whiskito.

 

 

 

 

 

Roma 13 de abril de 1955

Piazza del Popolo 3

 

Diego, he sentido deseo de escribirte unas líneas, quizá para decirte esa palabra que tanta vergüenza me da decir de viva voz cuando es de tan de verdad: gracias.

Porque me has llevado sin hacerme sentir peso alguno y como sustrayéndote tú mismo de la belleza que es el único modo de entrar en ella. Me dijiste que iba pisando tu sombra en el Parque de Caserta y me sorprendió porque no la tenías; como los chinos —me imagino que los de Tao son así— hemos retirado los dos nuestra sombra, no nos hemos proyectado a nosotros mismos sobre lo que se nos ofrecía. Y así, creo que no sólo hemos visto, sino que hemos entrado a formar parte de esa guirnalda en que todo unido danzaba; de esa ronda que hace a las cosas terrestres parte de los cielos. ¿No recuerdas los tiempos en que el saber de las cosas de la Tierra formaba parte de la Astronomía? Yo me he acordado o más bien, he sido devuelta a ello, pues que en estas cosas —en estos saberes— se es pasivo. Nos hemos dejado llevar en esa corriente de luz blanca, lechosa, en ese fluido siempre virgen del que nos separa la corteza de lo humano, de la maldita historia, ¡tan hermética! Y así nuestra Guerra se me aparece como una granada que se abre, como quizá un poco todas las Guerras; una roja granada que se abre y esparce sus granos de sangre, de vida, pues que el hombre tiende a encerrarla torpemente y “... el que quiera salvar su alma, la perderá” que creo dice el Evangelio... Pero quererse hundir, como a veces se quiere, es igualmente malo porque es lo mismo al ser lo inverso. Ni lo uno, ni lo otro, sirven, sino esa docilidad que hemos tenido los dos y haberla alcanzado contigo me da alegría.

Y aunque me da algo de vergüenza, aún por escrito, te quiero decir que te he visto o mejor, sentido, formando parte del paisaje, de la realidad... así es como se ve a alguien —creo—. Dos imágenes me quedan nacidas sin intervención mías, como regalo o rastro: una de ti como de algo blanco, blanco y ya naciente; algo que nace a ser columna. Y otra imagen, de los dos encaramados, albergados en la cueva de Amalfi sobre el mar, casi como la cueva de Greccio de San Francisco; blancos y pequeños, en un nido de piedra, dos pequeños pájaros en silencio.

Y porque todo ello es raro, extraño y precioso doy las gracias al Ángel, pero también a ti.

            María. 14 de abril.[4]

 

 

 

 

 

Roma 27 de marzo de 1957

Piazza del Popolo 3

 

Querido Diego:

 

Muchas gracias por vuestra tarjeta que he recibido esta mañana. Veo que ahí también se viaja. Antes recibí tu carta y no he contestado porque tenía muchas preocupaciones con este viaje en perspectiva, que al fin se ha arreglado. Digo... aún debo acabar de arreglar los papeles, lo que se ha complicado enormemente porque todo, todo caducaba: Permesso, Pasaporte y bueno. Espero salir el domingo caminito de París con Ara que se volverá a la semana dejándome a mí allá por tres meses. Espero...

Quería haberte dado la sorpresa de escribirte desde allá, para que te imaginaras mil cosas al ver el sobre parisino. Pero, lo hago hoy y renuncio a la sorpresa. Pues vengo de tomar el té con la Duquesa Cayetana que ha estado sumamente amable. Yo la telefoneé diciéndole qué cosa hacía con los originales que tú me habías dejado. Y hoy he ido a llevárselos. Organicé tres sobres con originales no publicables, posiblemente publicables y “sceltos”. Pero claro, estos últimos —donde van los dos, retira dos en el número anterior— no dan y sobre todo hacen falta dos o tres nombres brillantes. “Y tanto más cuanto que el número XIX, donde no va nada nuestro porque al ser conmemorativo de los diez años de B.O.[5] va «riempito» de la lengua inglesa,... Bueno verás, el XX es también aniversario de los veinte números —me ha dicho— y es el más importante”, —me ha dicho— y entonces le he dicho, que su hermana puede pedir a J.R.J. nuestro novel Premio Nobel y tú, Diego, a Alfonso Reyes, que si no lo es, lo será.

Así que te suplico, en su nombre que pidas ese original lo más rápidamente posible y se lo envíes a ella misma, junto, ya sabes, con el “Curriculum”. Y por mi cuenta digo que quizá si Pellicer, pongo por caso, diera un poema, uno solo, iría bien. Ecco tutto. Ya sabes: manos a la obra.

Mi dirección en París por ahora: a.b.s. de Ignacio Iglesias. “Cuadernos”. 23 Rue de la Pepiniere. París. La correspondencia se la entregaré a Jorge, a quien mañana llamaré para que llame a la Duquesa Cayetana, ya está.

Con Carmen cené la otra noche, habíamos cenado ya otra vez, quiero decir juntas, fue a su regreso que ella me invitó. Está más delgada y más interesante. No está sola. Echa de menos a su tío queridísimo, que se me figura seas tú.

Estoy muy cansada. No me dieron el Premio “Diógenes” a pesar de que el Internacional Jurado lo encontró muy, pero que muy bien. O al contrario: a pesar de que el Jurado lo encontró muy bien, no me dieron el Premio. Lo publicarán en un “trés prochain número”, no sé si de aquí a cuatro o cinco años. Llegó al umbral, como era natural. Pero, ahí se quedó, de acuerdo con la situación o drama de su autora.

 

Estoy deseando de verme en París, entre otras cosas porque será el signo de que ya acabé de arreglar papeles y líos, también me he hecho dos trajes que están propios para el caso.

Y Ara se queda sola con los gatos y yo sin gatos.

Que os vaya bien —y viajéis por lugares maravillosos.

            Cariños

            María

 

 

 

 

Roma 15 de julio de 1957

 

Querido Diego:

 

Supongo que llegaría a tus manos la carta que te escribí antes de marchar a París en que te contaba mi entrevista con Madame Caetani y te rogaba pidieses y enviases la colaboración de Alfonso Reyes. No he recibido contestación ninguna. He sabido de ti, por Carmen y por Nieves, que el otro día vino a verme; está guapísima, como ella no te lo dirá, yo te lo digo.

Las nuevas de Botteghe más que Oscura, son agradables. Te relataré puntualmente con la pesadez propia de los espíritus honrados como el mío. Desde París, envié a Madame cuatro poemas de un poeta uruguayo que habita allí —está casado con una hija de Superville— llamado Ricardo Paseyro que colabora en todas las Nouvelles Revue a pesar de su tierna edad. Aunque le rogaba aviso de recibo, porque el muchacho ardía en deseos de saber de cierto si serían o no publicados, no me contestó.

Siguiendo el orden cronológico propio de la probidad intelectual aprendida en mis años mozos, te diré que en una de las cenas que he disfrutado en casa de Mr. y Madame Zervos[6], con quienes mis relaciones se han enfriado notablemente, Ivonne me preguntó, dándolo por seguro, que si yo recibía o percibía —que de ambas maneras puede decirse— algún estipendio por “ocuparme de la tal B.O.”, a lo que contesté con la susodicha probidad que NO, cosa que la dejó turulata, dándome a entender con la evidencia reiterativa propia de su “clarte” francesa que otros, pongamos Char, sí recibían y... en abundancia, ítem más de los originales. Yo no pude impedirme decir que estos originales que yo he dado en español han sido pagados mucho que peor que el primero —más corto— que envió el Poeta, a lo que Ivonne me respondió, lo corto o lo largo no viene al caso, que es la Personalidad lo que en estos caso se tiene en cuenta... Bien.

A mi regreso telefoneé a Madame quien “tout a coup” me dijo que la Revista estaba cayendo en el vacío en su parte española, que tú no habías hecho nada para o por o acerca o lo que tú quieras, difusión; que lo importante es distribuirla bien. Yo le dije que podía encargarme de resolver este asunto inmediatamente; quedó en que me llamaría un determinado día para almorzar con ella y hablar del asunto, yo le di seguridades acerca de su solución. Y... se fue de París sin llamarme.

Quien me llamó fue Walter —¿se llama así?— y vino a verme para decirme, de parte de la Señora, que la parte española no saldrá hasta que no se vea que realmente vale la pena, que es leída, comentada etc. ... Pues resulta que en al fin y por primera vez la Revista que ha suscitado interés grande en N.AZ. y que por tanto, lo que había de ir en español es mejor que vaya en inglés. Yo le dije que si esperase diez años a tener éxito en español, se tendría también y... antes, mucho antes.

Le pedí que escribiese a los autores a quienes yo he pedido original y dado seguridades acerca de su publicación —pues ella me dijo por teléfono que se publicaría en otoño— pues que yo quedaba muy mal. Y a Bergamín también, a quien ahora he visto, y he asegurado que saldría lo suyo en el próximo número. Prometió hacerlo, estuvo muy fino, lleno de proyectos para el porvenir y me dejó un trabajito encargado: una lista de personas, personalidades, revistas, editoriales, etc., etc. de todos los países de habla española, para enviar la revista y pedir que ayuden. Y señalarle en esa lista quiénes pueden difundirla, quiénes distribuirla, quiénes leerla ¡y bueno! Y naturalmente, escribir yo, una serie de cartas apoyando su petición. Hermoso trabajo de secretario que es el que yo necesito, es decir, el que necesito tener yo para mis cosas. Le dije, que sí, que lo haría. Y quedó en telefonearme el sábado pasado, lo que todavía no ha hecho. ¡Y ya escribí dos cartas!

¡Voila Monsieur les faits! Los comentarios corren a cargo de tu fina inteligencia. Yo te ahorro los míos, salvo uno: que siempre tuve la impresión de que esto se hacía gracias a tu personal “charmecillo” al que yo no puedo aspirar a sustituir, a lo menos en este caso.

Pues el resto: sobre la consideración y trato que a lo escrito en español se da en el mundo, al menos en este de París y sus aledaños, yo te podría escribir ahora páginas apretadas; traigo un bello muestrario. Un sólo botón: hace cinco años que un editor tiene ya traducido la Vida de Don Quijote y Sancho de Unamuno, sin la menor idea de darla a la imprenta. Bien, es verdad que Gallimard ha iniciado la publicación de unas cuantas novelas de jóvenes residentes en España, y el promotor ha hecho su presentación diciendo —publicado en “Cuadernos”— que eso nos va a dar un disgusto terrible a los refugiados y que es para “darnos rabia” y que nos fastidiemos. Estuve a punto de contestar con un artículo en la misma Revista, pero pensé que mi máquina tiene mejores usos.

Y ya está.

El Mundo está inmundo y si ahí estás contento, te felicito y me regocijo de todo corazón. Dichoso aquél que ha encontrado un lugar donde saltar y brincar y andar por los aires. Estoy leyendo tras de muchos años de no leerlo “El Zaratustra” de mi compadre Nietzsche y lo encuentro devorado por la Piedad, ¡Ay!, que no es posible salirse de su círculo.

Está al llegar el número de Diógenes con mi trabajo. Y como era muy largo me han suprimido la «Tesis de la Multiplicidad de los Tiempos en la Vida Humana». Quizá sea un bien. Así que te ruego no te refieras nunca a ella.

Me informaron en París con grandísimo secreto —¡Por Dios guárdalo!— que Char está escribiendo un libro sobre la luz de Zurbarán. Lo encontré admirable y prodigioso, pues que no ha tenido ocasión de verla, “etan donne” que los del Louvre no son ni mucho menos, paradigmáticos de esa luz.

Pues sí, ya ves, que te hablo como una de aquellas tardes, justo se ha hecho la hora en que tú mirabas el reloj de repente y decías: “Ah me esperan a cenar” o “Tengo que mudarme de chaleco”.

Me imagino a Juan como un molinillo de viento de papel rojo girando tan aprisa que parece un disco solar. Y a ti danzando todo el día, por los aires, no digo seas un vilano de la vid, no, sino eso: contento, felizote.

            Adiós Hijo.

            María

 

 

 

 

Roma, 11 de diciembre de 1959

Lungotevere Flamino 46

Palazzina 4. Scala B.

 

Querido Diego[7]:

 

Ya veo que el escribir en los papeles ha agudizado tu agrafía en lo que hace a los amigos y en especial a esta tu servidora. Mucho parangonearme con el arte clásico y después... na, el silencio más tremebundio —no es errata—.

Así que creo tener cosas que decirte, pero al ponerme a la máquina se me congelan mis naturales impulsos comunicativos. Pero te pido un favor, y es que hagas llegar a las manos de Don Alfonso Reyes la cartica adjunta. Pues, hace tiempo que por dos veces me devolvieron de correos una carta que le escribí a la dirección de Nápoles #5. Y te agradeceré que me mandes la que ahora tenga.

Verás, pues te ruego la leas, que estoy en actividades editorialicias con Elena[8], muy restringidas y por amor al arte meramente, pues ni siquiera los autores no serán pagados hasta... que haya beneficios. Los folletos son delgaditos e infrecuentes. Pero la idea parece buena y creo le vino a la cabeza queriendo hacer se publicara Los sueños y el tiempo, el esquema aparecido en Diógenes que alguien le dio a leer, pues yo no le había hablado de él ni de nada mío.

Ella tuvo también la idea de hacer que pidiese una beca y así lo hice a la Fundación Bollinghen de N.Y..  La contestación la sabré... a principios del próximo verano. Es para los susodichos sueños.

Y como V.E. “me pidió el currículum vitae”, te quería decir que si te hubieras hecho alguna “gestión” podría ofrecer “La Multiplicidad de los Tiempos en la Vida Humana”. Así que ya lo sabes. Pues esa beca sería para enero 61.

Y “en attendant” no sé, recibí unos dinerillos del Mártir[9] por medio de Conesa. Lo del viaje a Suiza ha sido tan catastrófico que aún no nos hemos levantado de este ahorro, pues al mudarnos de casa nos hemos encontrado sin mesa y sin sillas, y claro, algo hemos tenido que comprar. Tengo un escritorio muy bonito. Pero nos vamos a morir de frío y el desastre es épico. ¡Qué maravilla son ciertas “soluciones”!

Dime algo de mi libro, hombre de Dios. Pues alguien me ha dicho que el Fondo está en publicarlos. El Fondo —¿no era la Universidad?—[10]

Mandé a Juan unas letras azules con abrazos y auguris por su grandiosa Exposición de cuyo resultado nada me habéis hecho saber. ¡Vaya gente!

Ayer inauguró una Exposición Ema en la Scheieder, está muy guapa y pinta mejor. Me alegra verla bien y “avanti”. A Nieves la he visto varias veces. Te recuerda sin consuelo. ¡Cómo te quieren!

He mandado a Madrid, a “Taurus Ediciones” un ensayo largo que me puse a  hacer partiendo de una nota de Misericordia que copiaba para vuestro libro. Y he mandado los dos, pero he dicho que dejo a su facultad publicar también ése, el escrito hace veinte años. Si creen que no, quizás os lo envíe, si hay tiempo y se creéis conveniente que el libro engorde.

Te diré el índice del nuevo: La España de Galdós

Primera parte:

“Misericordia” en la obra de Galdós

Los Personajes: ansia de ser y hambre de realidad.

En el lugar de la vida.

Parte Segunda:

La revelación de Nina

La realidad de la vida.

En la verdad de la vida.

Finalmente.

            Y ahora finalmente, sí.

            Un abrazo. Y otro a Juan.

 

María

 

 

 

 

La Pièce, 22 de agosto de 1973.

 

Querido Enrique:

 

En vísperas de la Asunción recibí tu carta fechada el 12 de julio. Lo curioso es que por aquellos días de julio recibí varias cartas y hasta un libro enviado por Juan Soriano, con celeridad inclusive. Y después ya no he vuelto a recibir nada de Italia, excepto esta carta tuya. —Rafa[11] recibió con completa seguridad la que tú le escribiste casi al mismo tiempo—. Por mi parte envié a nombre de Diego y de Juan cuatro separatas como ésta que te envío, una de ellas para Pinilla. Y nada he sabido. Tampoco de Elena a la que escribí una carta un poco tardía, a últimos de junio o julio. [Tampoco de Maruja Pinilla, a partir de estos días, a quien escribí dos casi seguidas.][12]  Y de “70”[13] recibí dos ejemplares del número con mi freudismo, y nada más. El cheque me lo habían dado en Roma en vísperas de salir y se me había olvidado, pero ahí lo tengo aún. Lo cambiaré. Por todo ello, gracias.

Me alegra —es la expresión adecuada— lo que me dices de la Ética espinozina. Es uno de mis libros salvadores. Presidió toda mi juventud y es uno de los tres que saqué de España —los otros, Tratado de las Tribulaciones, Subida al Monte Carmelo. El más frustrado de mis escritos salió conmigo en papel de Hora de España  y fue acabado en Morelia y publicado enseguida en Sur: «San Juan de la Cruz, de la noche oscura a la más clara mística». Sigo un paralelo entre Espinoza y el método de San Juan. Sólo hubiera querido una servidora escribir un libro así: diamantino, diáfano, invulnerable y no pierdo la esperanza de que alguien lo escriba en esta estación del hombre aquí. Pues que es indispensable que eso ocurra. Elemire[14] un día ya lejano, me decía que Espinoza había rechazado la Cabala. Y es que no le hacía falta, que la filosofía en ciertos momentos puede pasarse de todo y de no ser así no estaría su existencia plenamente justificada. Y Espinoza es uno de los puros filósofos que muestran la entera validez del pensamiento filosófico. Y no digo que pudo pasarse de la poesía, pues que hizo un Poema, según he repetidamente dicho  y escrito... a lo largo de mis mil años de escribir. Acompañó a Nietzsche hasta el último momento. El “Amor Dei Intellis” fue más potente y luminoso que el sueño del Superhombre. Pues está más allá, y no más acá de la Tragedia. Y eso me indica que Nietzsche se fue muriendo cuerdo, embebido por la felicidad sin sombras. Y ya no me falta más que decir: “gracia que a todos de corazón nos deseo”.

Me alegro que sigas con tus poemas. Y te auguro que esas pocas palabras sean de la estirpe de las “pocas palabras verdaderas” — “La ola humilde a nuestros labios vino”. Así me lo auguro y espero. Es buen signo que sean así, de pocas palabras.

Y escribiendo estoy. Interrumpí, ha sido bueno, el final de mi libro, por haber aceptado al fin, la demanda de presentar el último número —al fin hallado— de Hora de España. Se me impuso el no dejar abandonada a esta Antígona. Sólo de aquello que entonces nos tuvimos que hacer cargo de ella, vive una servidora. —Alberti estaba en Madrid— Emilio Prados y José María Quiroga no pueden hacerlo. Y aún estoy segura de que estando vivos lo hubieran en mí delegado. Mas Emilio me hubiera dado algo maravilloso, suyo. Y claro que no se puede hacer la Introducción de este número que sale solo, como si sólo fuese el publicado. Me he de referir al nacimiento ¡Qué primer número espléndido! Y espléndido es también este último de cuyo sumario no me acordaba, y de lo que menos, de un ensayito mío sobre la poesía de Neruda “o el amor de la materia”. Es toda la Guerra de España y su sentido, la que vivo y revivo. Y tiemblo con un temblor que se añade al que desde hace ya año y medio no me abandona. He visto a muy pocas personas y no he salido casi nada. La torcedura del tobillo no se ha pasado. Vuelvo ahora, ayudadísima por Rafael y por Mariano[15] a arreglar la casa. Y hay que arreglarla, la casa y no solamente las cosas. Ellos trabajan, y yo he de atender. No me lamento. Es bueno. Rafa, recibió una llamada telefónica de una señora amiga tuya que volvía o iba a México y le entregó el reloj arreglado, creo que es el que corresponde a tu hermana.

Espero que hayas encontrado bien a todos los tuyos, a quien tu presencia tanto habrá alegrado.

            Un abrazo

            María

Valente con toda su familia partió para un lugar —no tengo la dirección— cerca de Amalfi. Estaba agobiadísimo, fatigadísimo. Nunca lo había visto así. No pudo tan siquiera venir a despedirse.[16]

 

 

 

 

La Pièce, 10 febrero de 1974

 

Querido Enrique:

 

Recibí hace pocos días tu segunda carta vía ONU cuando estaba ya en escribirte, al ver que me habían llegado tantas cartas de Roma, unas al cabo de 20 ó 25 días, otras de seis ó siete y la última, la de Elena de [ilegible]. Pues que tu anterior vía ONU, me desanimó de escribirte por algo que al final decías muy pesimista en cuanto a la posibilidad de recibir ahí cartas de afuera. Recibí, sí, el libro de Cioran y el de Alberti para Rafael, mas no la carta contemporánea. Me alegra la próxima, sucesiva aparición de tus poemas. Espero leerlos, me interesa especialmente dentro de lo que tú haces.

Sí, me acuerdo de tus estudios de árabe, hasta el punto que creí al venir aquí que en ello andabas, pero claro está que no te fue posible. Mas siempre sentí que el árabe es algo así obligatorio, digamos, para ti y que te faltará siempre si no te sumerges o más bien, circulas entre sus preciosísimos meandros y circunvoluciones. Por mi parte, me contento con contemplar las letras hebreas en un librito de Carlos Suárez donde vienen los espectogramas de sus sonidos. Qué poderosas son y cómo ya nunca podremos recobrar ese misterio.

Anoche, quiero decir durante toda la noche, estuve leyendo un librito de “Du Seuil” la Vida de Santa Teresa y también en otro análogo la de San Juan. Siempre se descubre algo al “repasar” las grandes lecciones. Qué contraste, Enrique, entre la sobreabundancia de Santa Teresa, qué visitada, cortejada por el Esposo, y el abandono, la noche oscura verdadera de la petite Santa Therèse de Lisieux, una de mis santas queridas. En una frase, simple y expresiva sin sombra de cursilería, ni de modernismo, expresa el abandono, la soledad tal como si Simone Weil hubiera estado en un convento y algo tiene de filósofa esta “santita al eaux de roses”. No, hace mil años que la reconocí. Me gustaría poder leer el libro de Gertrude Stein sobre San Juan de la Cruz —la filósofa que de ayudante de Husserl pasó a las Carmelitas y murió en un campo de concentración nazi.

He sabido de la novela “Azaña” y querría leerla, como es natural. Un compañero de Rafael, gallego que se llama Luis Fernández —¿sabes que ha muerto el pintor oscuramente en París?— ha estado en Navidades en España y me dijo que en una semana se vendieron cien mil ejemplares y que la gente lo pide como pan caliente. Y para él que contará menos de cuarenta años, ha sido una revelación y dice que lo es también para muchos: “ese hombre tan vilipendiado, admirable es, qué señorío, qué dignidad, qué superioridad” y que el libro está hecho “por el mismo Azaña” porque está extraído de sus Memorias y de otros lugares. Así que el efecto parece sea positivo. Pero qué innoble que no permitan circular la biografía de tu Padre y las Obras del mismo Don Manuel para dejar paso algo así, que no sé por qué no acababa de convencerme, pues que una piensa ¡Cuando lo dejan circular algún venenillo, alguna deformación contendrá! Y luego, lo económico...

Siento el forzado abandono de uno de tus apartamentos ¿caben tus preciosos muebles?

Envíe después de lo que pensaba, “Claros del bosque”. Mas por grande que sea el interés de la editorial, por cierto, como me parece en este caso, al entregar los libros se tiene la impresión de que han ido a parar a no se sabe qué lugar de dónde, si se tiene la suerte, algún día saldrán. Y los que tenía en el telar para seguirlos, han sido echados para atrás por uno recién nacido, que no sé, claro, si nacerá o crecerá.

Recibí vía área un ejemplar de El hombre y lo divino que ahora dicen es segunda edición porque a la que así llamaron la llaman ahora primera reimpresión. Y aunque no le he leído todo lo añadido ya encontré hermosísimas erratas, tal como “vacante” por “bacante”. Nada.

Nada me dice Elena en sus cariñosísimas líneas de la Revista de la que nada me extraña su caída. Y es lástima, claro está.

Me escribió Gil Albert diciéndome la pérdida de su hermana-hermana. Y ¿cómo voy a poderlo comentarlo y más todavía hoy, ahora anochecer de domingo? Me pedía algo para un homenaje que le hacen unos poetas jóvenes. Espero que le haya llegado a tiempo pues que estaba en unos días de grande agobio y no sólo por el final de mi libro. Me decía de haber recibido de ti palabras definitivas, “lapidarias” acerca de ésa su tremenda pérdida. Se siente muy amigo tuyo.

Gracias Enrique por el recuerdo de Araceli. Sí el día veinte y a esta hora “cuando estaba mejor”. Más el tiempo no corre para mí en esto. El dolor no se puede ir. No lo despido, lo abrazo. Lo abrazo porque el amor ha de llevarlo consigo hasta que... Más hasta Juan de la Cruz dice que la dolencia de amor no se cura sino con la presencia y la figura. ¡Ver de nuevo sin temor la faz de lo que se ama en lux perpetua!

Hasta pronto Enrique. Gracias por tu constancia. ¿Te acuerdas de Constante amigo? Si es que es necesario recordarlo. Qué presente lo tengo. Sí, las presencias existen y dan vida, pero somos  ansi Señor.

            Un abrazo

            María

¿Has vuelto a saber algo de Carmen Laforet? Juan me ha mandado fotocopias de un precioso artículo sobre Elena y los dibujos tan inspirados que están, con tanta pureza que da la pureza que a Elena sostiene, la inicial. Creo que a ella le habría hecho mucho bien. Y comprendo que el mío no le haya sido asimilable.

¿Sabes de algo de Don Ramón Gaya? Gil Albert me decía de haber recibido su visita.[17]

 

 

 

 

 

La Pièce 26 de junio de 1974

 

Querido Enrique:

 

Tu sabrosísima carta me llegó sin novedad, aunque no con la rapidez que sería pensable, mas en fin, no nos quejemos. El otro día recibí una carta de Reyna Rivas que tardó 20 días desde Caracas. ¿Entonces? No es sólo el correo de Italia. Otras veces las cartas parece que llegan antes de haber salido. No hay ritmo. Sólo la poesía y al pensamiento, y a las personas de acuerdo y calidad queda hoy encomendado el ritmo y la melodía, y a la música para mí tan inasequible ahora. La oigo por dentro. Me alegra mucho que te hayas decidido a sacar copias de tus poemas, y con el máximo interés espero la que me destinas, como no te extrañará el saber, pues que de tan antiguo lo sabes. Bueno, el caso es que Valente está en pasar el mes de agosto con su familia en Roma. Así que lo más hacedor sería que le des tú mismo la copia o las copias y que si te has ido antes de Roma, se las dejes a Pinilla o alguna persona que se quede. Leí con tristeza en la última Ínsula, que viene ahora más animada, un largo poema de Claudio Rodríguez. Hasta qué punto, me digo, ciertos climas, pueden dar al traste con un poeta de tan ricas dotes. Sí, qué fortuna la nuestra, fortuna que por lo demás no hemos dejado de pagar desde... De mí misma, diría, que nací ya exiliada “malgré tout”.

¿Os habéis enterado en Roma del escándalo de la muerte del cardenal ocurrida según un teólogo en “espectases” hacia Cristo, de quien ahora dicen “que frecuentaba o cultivaba el trato con las prostitutas? Pobre Magdalena perdonada porque había amado y no porque había vendido su cuerpo y de paso su alma. ¿Y Él visitó alguna vez en cachette de incógnito a alguna demoiselle? Y quieren presentarlo —el suceso imborrable— como una operación contra el mantenimiento del celibato eclesiástico. He estado haciendo un comentario a la aparición de la “Guía Espiritual”[19] en versión fiel junto con unos fragmentos de la “Defensa de la contemplación” inéditamente enteramente y de un ensayo que me gusta mucho de Valente sobre la Mística y sobre Molinos. Qué renovada lección, es decir, para mí nada renovada, pues que de Molinos y su Guía hay huellas en casi todos mis libros, llenos de constante referencias. Hasta pensé un momento en hacer mi tesis doctoral sobre la Guía y su autor. Aquello Enrique, aquel nudo de la enmarañada Europa y de la España que abandona a sus hijos también en Roma, no ha pasado. Estamos en el mismo punto. Hay sambenitos de recambio.

Me alegro de que os hayáis conocido personalmente al fin, Gil Albert y tú. La reunión de Salinas me sabe a “sarao” del XIX, quizá por el lugar, Calle de Don Pedro —¿Salinas?— a donde dan los balcones de la primera casa frente al Palacio del Duque de Rivas, que junto con mis Padres ocupé en Madrid. Y también me recuerda un tantico a aquellos mis tiempos de entonces, a algunas reuniones que se formaban en aquel mi saloncito— que nunca más volví a tener, ah, sí el de Piazza del Popolo. De Gil Albert la última noticia fue la de que había recibido las cuartillas mías que me pidió para su homenaje en “Murice”. Al pedírmelas me decía que junto con Ramón Dieste y Rosa Chacel soy una de las columnas de “su amistad histórica”. Me alegra la salida de esos libros de “Memorias de Cónicas” y creo que de poemas. Ha sabido esperar. ¿Cómo va la causa «Azaña»? Qué bien que se diera una lección a los salteadores de escritos y de historia. Nadal me ha dicho que ya en Londres ha comenzado el robo de escritos y de cartas, que se han dado cuenta de que no sólo los cuadros valen. Y en Ginebra a alguien le han sido sustraídas dos cartas de García Lorca. Pienso que algún “próximo” andará en ello. Experiencia la tienes y de Ginebra. La guerra sigue de otra manera.

            Un abrazo con cariño de María.

 

 

 

 

 

La Pièce 25 de agosto de (1973 ó 1974)

 

Querido Enrique:

 

La impresión que me hizo la belleza de tu carta está en inversa con la demora en contestarla. O es acaso que no tiene propiamente contestación. Es como un poema y como una historia árabe precisamente —y ya sabes lo que esa tradición despierta en mi más íntimo ser, cómo me conduce a “mi casa”. Me alegra inmensamente que tú hayas ido al fin, de persona, aunque no volvieras, y que hayas recogido algo muy tuyo dejado allá. La patria es ésa, es así ya para nosotros. Volver a recoger lo que se quedó porque de un modo o de otro nos lo arrancaron o se quedó para abrir paso a la patria sucesiva. Muchas patrias tenemos y una sola, el exilio que bien querría acabar de entender o empezar al menos. Mas quiero decirte que por tres veces en un año, más o menos, he retrocedido felizmente —segura estoy— ante la posibilidad de ir a España. Hacerte el relato sería inacabable y casi imposible.

Irá si es que no ha llegado ya a Roma, como traductora temporera a la FAO Joaquina Aguilar, una muchacha española con la que tengo amistad desde hace algún tiempo. Es estupenda persona, ha estudiado filosofía, está muy ávida de saber y de... servir —rara avis— la he definido como “mediadora”. Me he permitido darle una carta para ti y otra para Diego. A los Pinilla los conoció aquí en casa de Valente y por él la conocí. Está muy relacionada con un grupo de muchachos que forman y no forman grupo en torno a un proyecto estupendo: una colección “Visionarios, heterodoxos y marginados”. Y aunque esta última expresión no me plazca, la colección sí. Le había hablado yo de ti, pues que buscan personas que por esos predios anden. Han salido ya 4 volúmenes que tengo —en la Editora Nacional que ahora ha cambiado para grande bien—. Se documentan, van a los archivos y alguno a las... ciudades, Toledo. Y éste descubrió en la provincia de Segovia dos pilones a poca distancia, uno en forma de llave y el otro, creo, en forma de ojo de esa llave. Me acordé enseguida de mi ya lejano sueño “iniciático”: de mi mano que no llegaba a tocar siquiera una llave renacentista mas que servía para abrir puertas de ahora. De ahí partió mi pensamiento acerca de los sueños y el tiempo. Y me acordé de tu Alhambra: “Cuando la mano agarre la llave”... Y por Joaquina, aquí me tienes leyendo las fotocopias de unos legajos de un proceso de la S.I.[20] porque contienen algo extraordinario: los sueños de una doncella —como ella se llama a sí misma en ellos, que comienzan en 1587 y que se refieren según voy viendo al asunto de la Invencible. Ella —Joaquina— tendría que compartir conmigo el trabajo y firmar el libro las dos: es fascinante. Anímala para que se decida, pues que es una persona que no cree que pueda llevar a cabo algo. Y puede. Creo que muy pocos procesos de la S.I. tengan ese interés histórico. [Lo de Angela Selkin no es nada al lado de esto y echaron las campanas a vuelo. Ya sabes: el proceso contra Fray Francisco Ortíz por un amor con Francisca Hernández. Bella historia de la que ella no sacó gran qué][21] Cuando la veas, dile que Lucrecia de León fue presa y también su madre con ocasión de un segundo proceso contra Don Alonso Mendoza [Canónigo de la Catedral de Madrid],[22] que era quien tenía los papeles de sus sueños. Mi capacidad de lectura es poca y mis dolores de cabeza inmensos. Y tengo de urgencia otras cosas que hacer. Todo comenzó porque Joaquina me habló y me dio a conocer el original o copia a máquina de El Tratado o Discurso, creo del Cabo Herrera que va a salir, y allí viene un sueño de Lucrecia puesto por su descubridor, el autor de la edición de esta obra, yo lo interpreté facilísimamente —a Valente le ha gustado muchísimo [Ya sé que supiste, y sabrás sin duda que está en su cosa de (el resto es ilegible)][23]—. La identifiqué —no sé si hallaré comprobación o desmentido— como perteneciente a la tradición islámica. Es evidente para mí.[24]

He recibido hoy carta de Octavio Paz, muy cordial diciéndome que hace más de dos años Tomás Segovia y él me escribieron pidiéndome colaboración para “Plural”... ? ¿Te acuerdas de las inacabables huelgas de correos ahí? Aquí también las hubo. Atribuyo este “despertar” a que tú le hayas hablado y te lo agradezco. Las amistades sumergidas sin motivo son una pesadilla. Y no he visto ningún número de “Plural”, creo. Le enviaré lo que mejor me parezca, aunque la tentación de hacer algo siempre o casi siempre acaba por vencerme, algo inédito en cuanto a escrito, mas no en cuanto habitante de mi pobre testa —y tengo tanto inédito—.

El enigma de Laurette se aclaró. Escribí al marido y ¡es increíble!, me contestó por telegrama dándome el número de su nuevo apartado, cuando a él yo le envié la carta al antiguo y no me la devolvieron según habían hecho con la de ella. Y ella me había escrito a continuación.

De si Xirau recibió o no la colaboración pedida, niente. Y niente hasta hora de si han recibido en “Cuadernos para el diálogo” el capítulo que me pidieron para el libro sobre Machado. Y niente del estado editorialicio de “Claros del Bosque” —”magnífico, magnífico... y na’.” Esto de publicar resulta absurdo y tedioso.

A Elena le debo carta. Me anunciaba la tercera navegación de 70.[25] Hoy he recibido una preciosa carta escrita por Diego —Dios se lo premie— y firmada por ella y Tom y por Juan. Y Juan me dio la gratísima sorpresa de llamarme desde París donde está por mor de unas litografías, diciéndome que a su regreso de Roma de nuevo, se pasará a verme algún día y quizás con Diego “¡que ya se jubila!” Mas ¿quién puede creer que se jubile?

Ayer hizo ocho días que vinieron a visitarme Aquilino, Sally y los dos niños chiquitos. Fue un trago. Pero él me cató[26] pleitesía, nada me dijo de sus glorias y no me trajo su libro.

No sé si te dije que a Rafael Tomero le nació, bueno a Judita, una niña, muy preciosa, con inmensos ojos expresivos. Le pusieron, creo, Leonor Araceli Paloma. A mí me ha salido llamarle Chiquitica.

Y no te he dicho, mas sé que por Valente lo sabes, que me subí a la tarima. Y ya ves he recibido una proposición de Sanchis Banus, exégeta de Emilio Prados, profesor en la Sorbona, nacionalizado francés, para ir a la tal y también a Lécole Normal Superieure de Fontenay, a dar sendas. Diré que sí. Y antes otras para Basilea y Friburgo Suizo. Dije que sí. Claro que no repetiré lo de Hora de España que fue, como debía, sobre lo anterior —hasta el 14 de abril.

Y bueno Enrique, tardía pero segura. (Me envío S. Banus transcripción de las cartas de Emilio —más de 60 sobre las que ha hecho la tesis— en que se refiere a mí y en de algunas cosas que yo le decía. Me escalofríe al leerme: “el que ama se engendra a sí mismo”. Y quiere verme Paloma Araoz, la sobrina que tiene todos los papeles, entre ellos sólo dos cartas más. ¿Y las demás?

Bueno Enrique, gracias por tu carta preciosa y por todas tus atenciones. Un abrazo.

 

María.

 

 

 

 

La Pièce 17 de julio 1975 (como no eres italiano escribo el 17)

 

Querido Enrique:

 

Te escribo para decirte que no te escribo. Pero antes —lo primero se suele decir en segundo lugar— quiero darte las gracias por tu bellísima carta. Un verdadero regalo que he saboreado leyéndola más de una vez. Y aún la he de leer. ¿Qué si eres un Imán?, te preguntó la niña, que de no haber creído que lo eres, no te lo habría preguntado. Procedemos así, los de por allá. He estado un tantico agobiada entre sol y sombra o más bien sombras. Y tenía a mi vez que contarte de mi “Experiencia” de haber vuelto a encararme a la tarima. Y cosas que escribir a plazo fijo —entre ellas mi contribución al libro colectivo sobre Antonio Machado, que no he terminado ni terminaré, que enviaré, sin embargo. Y a este término, me refiero.

Había dicho a Valente una de las pocas veces que ha venido por aquí que te dijera, puesto que me dijo que hablaba contigo telefónicamente que había yo recibido tu bellísima carta y que esperaba poder escribirte [con—dignamente hablando en (ilegible)][27] Mas ahora, me acaba de decir por teléfono que no se había acordado de saber esto, al hablar ayer, creo contigo. ¿Cómo llevarle a mal esta des-memoria? Y a él te ha dicho, creo. Qué curioso que ciertas persecuciones extrañas vengan a darse como el fin y remate —así lo espero— de periodos de tormentos extraños.[28] Todo sucede como si un Director de orquesta de desconciertos actuara ciego y sordo,... Bien, o mal o mediocre, que es peor. Me dice que te vas enseguida a México y es a tu inolvidable dirección de allí donde te quiero escribir. Me ha hablado de una versión de algunos poemas de Montale con una prosa tuya y que se la vas a entregar directamente a Don Octavio Paz. —¿Qué mosca chismosa, envenenada, pienso, le habrá picado contra mí? Olvido... no puedo creerlo, estuvo demasiado cerca o próximo a decisivos, en fin... ninguna falta de amistad ni en el territorio de la literatura puedo descubrirme.

Si acaso vieras a Ramón Xirau, dile que querría saber si recibió la colaboración que tan conmovedoramente para mí, me pidió. Recibí vía Diego dos libros suyos con dedicatoria fechada el 24 de diciembre y en uno o una de ellas me pedía colaboración para “Diálogos”. La envié creo que en abril. Los libros me los trajo Pinilla en marzo. Y nada he sabido. [Le envié antes del envío una carta acerca de los libros.][29]

Y otro enigma mexicano: Laurette Sejourné me escribió una carta inestimable el 12 de septiembre que llegó aquí por correo aéreo, a primeros de diciembre del mismo año, eso sí. Le contesté y al no recibir respuesta acerca de algo sumamente interesante, le volví a escribir en febrero. Y bien, el correo me la ha devuelto desde allí. Como se trata de un apartado ¿qué pensar? He escrito a Orfila. Veremos.

Bien Enrique te repito las gracias y me con-gratulo contigo por tu árabe coránico, y de tu viaje esencial, y tu “situación”. Sí. No puedes dudar de mi alegría honda.

Un abrazo

             María

 

 

 

 

 

[ilegible]

He recibido una carta de Vittoria maravillosa a la que no he contestado[30] diciéndome de la muerte de Héctor Murena. Lo he sentido.

[Por no sé cuál imperativo hace unos tiempos que he de escribir con lápiz verde para mí y para los amigos, y el verde no fue nunca color mío (¿Islam?)]

 

 

 

 

 

Ferney-Voltaire 29 de noviembre, 79

 

Querido Enrique:

 

Pongo esta hoja a la máquina sabiendo que no puedo escribir sino esto como una especie de prenda o de no sé, como si el depositar el querer en una materia diera fuerza. Pienso que sea algo que tenga que ver con alguna operación alquímica que no conozco.

No es que quiera cumplir contigo, es que quiero escribirte, ya que es el único modo de comunicación. No basta, mientras andemos por aquí el pensamiento, aunque sea él el principio y el fin. Y ahora, hasta mañana. Te digo buenas noches, Enrique, como cuando con tanta naturalidad nos lo decíamos. Hasta mañana, pues.

 

 

 

 

 

17 de diciembre.

No imaginaba yo que me acechaba una caída aquí en mi casa, que al llover sobre mojado me sumergió en no sé qué ínferos. Todas las otras calamidades se avivaron tal como si las ideas y creencias de los siglos de “oscuridad” dijeran mayor razón de nuestros males, no sólo físicos, que los análisis de todo orden de ahora.

¿No crees que anda muy retrasada y en mantillas no lo de la ciencia del mal, sino su simple percepción? Y qué indefensos nos deja ante las arremetidas de los monstruos visibles e invisibles. Y cómo echo de menos el hablar contigo, pues sí creo que tú, sí, eres de los que saben. Ciertas sonrisas tuyas me hubieran bastado. Caigo en la cuenta de que eres una de las personas que más dicen con la sonrisa.

Tus dos cartas son espejo de realidad, cuánta precisión, hasta números abrigan. Recuerdo que hace ya luengos años comenzamos a entendernos partiendo de los pitagóricos, de los Templarios. Los números del alma, anhela uno conocerlos, oírlos, pues que los números pitagóricos se cantan, pero esos otros del destino, no, esos no se cantan ni apenas cuentan. Con tal de que no seamos nosotros su “cuento”, ¿no te parece? Lo de Carmen ha sido muy serio para mí. Este año el día de las Ánimas era especialmente terrible y el saber la muerte de Carmen ése día fue perfectamente adecuado. Pienso que Juan lo sintió y lo supo así. Y así ella, Carmen, entró de inmediato en la Comunión de nuestros muertos, esa que dentro de la Inmensa Comunidad, se forma. Y tu ida a Santiago de Compostela, nota perfecta de esa enigmática música. Era allí donde tenías que ir.

De otro modo entré en relación con Santiago de Compostela. Me escribieron unos, que imagino muy jóvenes, llenos de candor, incipientemente escritores, pidiéndome colaboración para una Revista cultural en español y en gallego, en forma conmovedora. “Bonaval”, se titula, pues que así se llamaba un Trovador de Santiago. Al cerrar la carta surgió en mi mente “Y es una flor que quiere echar su aroma al viento”. Y sentí el temblor. Y así estando agobiadísima de cosas urgentes, escribí —con tanto inédito que tengo— algo “El Temblor” en que cito a Rosalía y a continuación “El Misterio de la Flor”. Qué desamparados están. Me dicen que el segundo número es casi seguro que no puedan publicarlo y que ya el primero requiere sacrificio. Pero que con sólo publicar lo mío lo dan todo por bien empleado. Sí, cuánta aspereza en esa nuestra Patria, y cuánta mezquindad.

Recibo cartas Enrique de desamparados, que vienen a mí a que los escuche, a abrir su secreto poético temblando. Y algunos sí, son poetas, lo serían. Cuánto dolor y cuánta por mi parte ofrenda de atención, tiempo y todo, temblando porque siento que no puedo suplir. Pero Cuánta belleza escondida.

Y de belleza hablando, me he venido a recordar de alguien de quien quería hablarte. Javier Ruiz, el que heroicamente prosigue con la colección de “Visionarios, heterodoxos y marginados” en la Editora Nacional. Se ha casado con una muchacha muy joven, poetisa, Julia Castillo, que hace años recibió un Premio Adonais. Trabaja además en la editorial de García Sánchez de Badajoz. Culta, inocente, sabia. Las cartas que me escribieron comunicándome sus bodas son muy diferentes, cada una de grande belleza. Él es arabista, sabe y siente, se siente hasta por familia descender de su secreto. Me describe la Ceremonia en la Capilla cristiana de la Mezquita de Córdoba —él es de Córdoba secularmente— en las arras que él le ofreció había una moneda desconocida, ejemplar único. La carta de ella, es una de las más hermosas que haya yo recibido en mi vida, tan mimada por el destino que he sido y soy en esto. Hicieron bodas de verdad. Tardé muchísimo en contestarles y lo hice al atropellaplatos, para darle acuse de recibo de su último libro publicado en la Colección “El ente dilucidado” de un fraile capuchino del XVII [Fray Antonio Fuente La Peña];[31] que en España sólo Paco Baroja conoce. Es sumamente singular, diría yo único, pues que las extrañezas y prodigios vienen como teoremas para el desarrollo de una filosofía de la naturaleza sumamente racionalista en que la razón y la experiencia histórica  son cuenta de lo prodigioso y extraño. La presentación es interesante y cuidada. Es un libro que pasará desapercibido. Y me han contestado enseguida los dos, ella sobre todo maravillosa y delicada —poema. Y me envía unas briznas de un árbol único que vive en el Retiro, desconocido. Nada me piden, me pedirán que vaya allí cabe ellos, pero se quedarán en el límite, en la invocación conmovedora. Y como él me habló por teléfono a propósito de mi Ay, ay, ay, ay, Lucrecia de León. Me dijo que se quedaría hasta que se la envíe, y que ha presentado una lista de libros para la colección que ha sido aceptada. Me preguntó si yo conozco al poeta que esté dispuesto a sin dejar de serlo, escribir algo de historia, si yo conozco a algún arabista que quisiera traducir algún tratado inédito, pequeño de Ibn Arabi. Yo le hablé de ti. Él se quedó esperando tu propuesta hará más de un año, cuando me dijiste que el libro para esa colección lo querías publicar. Le repetí ahora tus capacidades y que eres poeta, que has traducido no sé si todo el Diwan de Al Hallaj que me parece a mí ser de mayor originalidad —en cuanto a conocimiento— que Iben Arabi, le dije de otras investigaciones tuyas... Le di tu dirección y me dijo que te escribiría. No sé si habrás recibido la carta. Si a ti te interesa, la nueva dirección de la Editora Nacional es: Torregalindo 10, Madrid-16.

Dime si han salido ya tus poemas en la “Era”. Encuentro admirable la edición, la salvación del “Retrato de un desconocido”. Y estupenda la idea del epistolario. Será libro imprescindible.

Tengo la impresión de no decirte apenas nada. Pero he de dar por acabada esta carta que “in mente” tantas veces te he escrito, es decir, esta no. Diego me llamó desde París a donde fue a ver la expo de Juan. Me dijo de su viaje que le envidio. Yo estoy aquí inmovilizada, inutilizada. Será así este ciclo o sobreciclo. Mi estrecho cubil tenía vistas a un lugar horrible, donde el horizonte dejaba ver la Aurora. Una nueva, hórrida “construcción” me la está tapando ya. Para el día de Navidad estará tapada.

Recibo cartas, mensajes, imágenes, y hasta hechos de belleza casi irresistible. La mayor parte de mis pocos amigos de aquí lo está pasando horriblemente hasta lo increíblemente mal. A algunos los conoces, a uno sobre todo, y a su mujer y a sus hijos que se sintieron felices en tu casa en Roma. Lo que sucede afecta a toda la familia— en cuanto tal.

Diego me llamó desde Roma al recibir mi telegrama del día de las Ánimas. Fue una verdadera comunicación, comunión con escasas palabras. Y ahora llegan las Fiestas. Creo que estaré aquí, mas no me sentiré sola. No, Enrique, no me puedo sentir sola. Y aún con la Aurora tapada, el “Caído se le ha un cláverl[32] hoy —a la Aurora del seno”. Recordaré a tu madre. Y no hay modo de que termine o dé por acabado ese “De la Aurora” dedicado a mi Madre, salido gota a gota, por sí mismo. Si has recibido “Altaforte” singular revista que ha salido en París —cuatro números al año, 64 páginas, edición bilingüe... es muy bella, pues ahí verás algo extraído de “De la Aurora”. El muchacho con quien nunca tuve relación a quien se lo dedico, era muy joven cuando hace un año en Río de Janeiro, se fue de este mundo voluntariamente. Conozco de él un Poema, especie de oración pidiéndole a la Virgen que le devuelva el cuerpo intacto. Es hermosísimo.

Y ya, si, termino. ¿Has recibido un ejemplar de la edición crítica de  “La Piedra Escrita” por Sanchiz Banus, Edición Castalia? Le di tu nombre y dirección a Palma Prados de Araoz.

[Enrique, que el Dios que nace te guarde. Un abrazo, con amistad de siempre. María.][33]

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Zambrano publicó un pequeño artículo titulado “Ana de Carabantes.” Diario 16. Culturas. Suplemento Semanal. Madrid, España. XI.60 (1 de junio de 1986): XI, seguido por “Otras huellas.” Diario 16. Culturas. Suplemento Semanal. Madrid, España. XI.62 (15 de junio de 1986): VII, donde se confirma la sospecha de Enrique de Rivas.

[2] Las siguientes cartas fueron proporcionadas por Enrique de Rivas, las primeras fueron dirigidas por María Zambrano a Diego de Mesa y comprenden su estancia en Roma del 13 de abril de 1955 al 11 de diciembre de 1959. Las dirigidas a Enrique de Rivas comienzan el 22 de agosto de 1973 al 23 de agosto de 1974.

[3] Se trata del artículo de su autoría “María Zambrano o la mayéutica de la aurora”, en “María Zambrano: La razón sumergida.” Archipiélago. Cuadernos de Crítica de la Cultura. Barcelona, España. No. 59. (1994).

[4] De su puño y letra.

[5] Revista Botteghe Oscure (1950-1959), de la que Zambrano se encarga de la sección cultural en español. La “Duquesa Cayetana” es la directora y fundadora Marguerite Caetani

[6] Matrimonio griego, Monsieur Zervos fue un banquero acaudalado, quien autentificaba los cuadros de Picasso y a quien conoció María en su regreso a París a raíz de la muerte de su madre, y de quien recibió protección y apoyo económico.

[7] Se lee al margen: “Además de esas [ilegible] ponencias de mi modestísima pluma—honor, la presentación estaba muy bonita. Pero dime, ¿qué escribes y el [ilegible]? Aquí esta tú pluma

[8] Se refiere a Elena Croce.

[9] Se refiere a su esposo.

[10] Se refiere a El hombre y lo divino.

[11] Se refiere a su primo Rafael Tomero.

[12] Oración escrita al margen del párrafo, que insertamos aquí por el sentido de la misma.

[13] Revista italiana Settanta se refiere a su artículo «El freudismo, testimonio del hombre actual»

[14] Se refiere a Elemire Zola.

[15] Rafael y Mariano Tomero, sus primos.

[16] Al final de la carta de puño y letra, se refiere a José Ángel Valente.

[17] Estos dos últimos párrafos se encuentran manuscritos.

[18] De puño y letra de la autora,  en el margen superior de la carta.

[19] Se refiere a la Guía espiritual de Miguel de Molinos.

[20] Se refiere a la Santa Inquisición.

[21] Esto se encuentra manuscrito al margen de la carta.

[22] Esto se encuentra manuscrito en el renglón superior.

[23] Oración manuscrita insertada al final del párrafo y continuada en el margen derecho.

[24] Al margen izquierdo de este párrafo se encuentra manuscrita la siguiente oración: —Nunca estudié y ni tan siquiera tengo un manual de paleografía.

[25] Se refiere a la revista Settanta.

[26] Literal, suponemos que le rindió pleitesía o que se recató de hacerlo

[27] Manuscrito en el margen superior del párrafo e insertado al final de esta oración.

[28]  Se marca con una “x” para introducir esta oración: Claro que si él no te dice o alude, tú no sabes nada, nada de que las entrañas han de dolerle, y ¡cómo!

[29] Oración manuscrita

[30] En este punto se inserta el siguiente comentario: “estoy contestando una carta de entonces, de los años 60, 61, 62  ¡con idéntica voz! ¿Todo vuelve o vida pasa?” El siguiente párrafo también está manuscrito.

[31] Insertado al margen izquierdo del párrafo y manuscrito.

[32] Textual.

[33] Manuscrito.

 

 

 

 

 

 

 

 

Mariana Bernárdez, poeta y ensayista; realizó estudios de posgrado en Letras Modernas y en Filosofía especializándose en el vínculo entre poesía y filosofía; aborda una tradición de autores para quienes la poesía sobrepasa la orilla del lenguaje eficiente y comunicativo. Sus diferentes oficios le han acercado a autores definitivos en la literatura mexicana como Dolores Castro, Ramón Xirau, Raúl Renán, Angelina Muñiz Huberman, entre otros. Su trayectoria enlaza la creación poética con el ámbito académico y el editorial. Es una de las voces más singulares de su generación por su concepción metafórico-simbólica; Ha sido traducida al inglés, italiano, portugués, catalán y rumano; cuenta con más de una veintena de libros publicados entre poesía y ensayo; algunos títulos Don del recuento, 2012. Nervadura del relámpago, 2013. Escríbeme en los ojos, 2013; traducido al portugués por Nuno Júdice, 2015. En el pozo de mis ojos, 2015;  Aliento, 2017, traducido al portugués por Nuno Júdice, 2018. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte (2018-2021) en el área de Poesía.

 

 

 

 

Enrique de Rivas Ibáñez (Madrid1931-2021) es un poeta español perteneciente a la llamada "generación hispanomexicana". Es hijo del famoso director de escena Cipriano Rivas Cherif y sobrino político de Manuel Azaña, presidente de la Segunda República española. Durante la Guerra civil, la familia se refugió en Francia; fueron detenidos en 1940 por la Gestapo y trasladados a Burdeos. Mientras su padre fue entregado a las autoridades franquistas (que lo condenarán a muerte), él se exilió en México.[2]

Allí se forma en el Colegio Madrid y el Instituto Luis Vives, centros educativos fundados por los refugiados españoles. En 1947, se reencuentra con su padre, cuya pena de muerte le había sido conmutada. Estudia más tarde en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en Puerto Rico y en Berkeley (Estados Unidos). A partir de 1956 trabaja como profesor en el Mexico City College, institución precursora de la actual Universidad de las Américas. En la década de 1960 se traslada a Roma (Italia), donde acaba estableciéndose, trabajando como funcionario de la FAO hasta su jubilación; en dicha ciudad conoció a la pensadora María Zambrano, también exiliada.[3]

Como poeta, se le ubica dentro del grupo "hispanomexicano", junto a otros exiliados que llegaron a México a una edad temprana y que por lo tanto recibieron allí su formación.[1]​ Además de sus poemarios, es autor de ensayos sobre literatura medieval, como Figuras y estrellas de las cosas y El simbolismo esotérico en la literatura medieval española. También publicó textos memorialísticos, como el libro de recuerdos de su infancia Cuando acabe la guerra y Endimión en España (Estampas de época 1962-1963), que recrea su primer regreso a su país natal. Tanto este último título como la totalidad de su obra poética antes publicada o inédita están recogidos en el volumen En el umbral del tiempo.

 

 

 

 

 

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