Virgilio, poeta y visionario, por Luciano Pérez

 

Virgilio, poeta y visionario

 

Luciano Pérez

 

En tiempos antiguos poeta era lo mismo que ser vidente, y vidente equivalía a ser visionario. Es decir, estaba calificado para ver más allá de lo que los mortales podían, y por eso era escuchado con fervor, porque a través de él hablaba la voz de los dioses. Así fueron oídos Homero, Hesíodo, Píndaro, Teognis, Esquilo, Sófocles, y tantos otros más. Ellos eran como los oráculos, porque se decía que llegaban a señalar lo que sucedería. De ahí que al poeta se le llamara también vate, el que vaticina.

Entre los grandes poetas del pasado, hubo uno en especial que tuvo larga fama de visionario, Publio Virgilio Marón, el más eminente lírico de la literatura latina. Ya en vida se decía que tenía el don de adivinar situaciones, de predecir sucesos. Pero fue en la Edad Media donde se consideró a Virgilio el más grande mago, así que sus libros eran útiles para la bibliomancia; es decir, señalar con el dedo y al azar algún verso de la Eneida para saber algo de determinada situación, cualquiera que fuese. Sin embargo, todo esto no fue nada más porque sí, sino que hay toda una historia de fondo. Cuando el emperador Constantino el Grande se hizo leer la Égloga IV, no le quedó la menor duda: Virgilio había adivinado la llegada de una nueva época, la del cristianismo. Es más, supo del nacimiento de Cristo unos años antes de que esto ocurriese. Y por eso mismo, Dante lo nombró su guía para recorrer el Inferno, pues sólo alguien como Virgilio estaba capacitado para hacerlo, y no sólo por la Égloga IV, sino por el viaje de Eneas al Hades descrito en la Eneida.

La verdad es que la Égloga IV es uno de los más grandes poemas que se han escrito. Y no sólo porque es célebre históricamente por lo ya mencionado, sino porque es un poema perfecto, melodioso, y una de las mejores muestras del estilo virgiliano, con el cual la poesía latina pudo por primera vez mostrar su propia valía, y desprenderse así de su dependencia de la poesía alejandrina. Fue por Virgilio que después llegaron Horacio, Catulo, Propercio, Tibulo y Ovidio. Todos ellos, por supuesto, estaban en deuda con Calímaco y Teócrito, pero no hubo poesía propiamente latina sino hasta que el genial mantuano llegó con sus Églogas. Escribió diez, todas ellas ejemplo de suma perfección en su género, que es el pastoril, que los poetas helenísticos habían creado.

Sin embargo, la Égloga IV no es pastoril, y su propio autor lo señala desde el inicio del poema, el cual está destinado a hablar de acontecimientos de mayor peso. Dedicado a su amigo el cónsul Polión, a propósito del nacimiento del hijo de éste, Virgilio evoca las maravillas que este suceso traería consigo para el mundo, ni más ni menos que el regreso de la Época o Edad de Oro, aquella que Hesíodo cantó como la más feliz de la humanidad, cuando gobernaba Saturno. Si lo vemos objetivamente, parece exagerado que  por causa de que nació el hijo de su amigo, Virgilio hable de grandes beneficios para el mundo. Pero muchos entendieron que él se refería a otro nacimiento, el de alguien que traería mejores tiempos.

Por ello la Égloga IV es el mejor ejemplo de poesía visionaria. Y además, aun si no aceptamos la interpretación medieval que se le dio, de que se refiere al nacimiento de Jesús, es posible gustar de la fuerza lírica de sus versos, lo mismo en su fino original que en traducción. Así que al margen de que esta égloga pudiese haber sido tan sólo la expresión de los buenos deseos de Virgilio para el mundo, dado que era evidente para griegos y romanos que la Edad de Oro no podía volver jamás, pareciera que realmente pudiera volver, cuando leemos las palabras del vate mantuano, mismas que pasamos a transcribir en mi traducción. Y si la poesía visionaria pudo continuar después, la respuesta está en los poetas de vanguardia, que también quisieron vislumbrar un mundo nuevo.

 

 

 

Los Mayores de la poesía: Égloga IV, de Publio Virgilio Marón (70 a. C.-19 a. C.). Traducción: Luciano Pérez García

Luciano Pérez. Es originario de la Ciudad de México, nacido en 1956. Egresó de los talleres literarios del INBA, donde fue discípulo de los escritores Agustín Monsreal y Sergio Mondragón. De 1986 a 2006 laboró en la Subdirección de Acción Cultural del ISSSTE, primero como promotor de talleres literarios, y de 1989 a 1998 en la revista cultural del instituto, memoranda, donde fue secretario y luego jefe de redacción.  De 2007 a 2012  estuvo en Ediciones Eón, como redactor y corrector, y después como editor en jefe. Desde 2013 se ha dedicado a traducir del alemán al español, tanto para la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, como para  Editorial San Pablo. Narrador, ensayista y poeta, ha publicado los siguientes libros: Cacería de hadas (1990), Cuentos fantásticos de la Ciudad de México (2002), y Antología de poetas de lengua alemana (2006).  Actualmente es editor de la revista cultural en línea Ave Lamia, y aquí publica sus ensayos literarios, históricos y de cultura popular, además de cuentos de corte fantástico, así como también traducciones de autores alemanes.

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