Una habitación rentada y los bolsillos vacíos: la actual literatura femenina del encierro, por María del Carmen Macedo Odilón

 

 

Fotografía: Edward Hopper, Verano en la ciudad, 1950 / Foto: Inchiostronero

 

 

 

 

Una habitación rentada y los bolsillos vacíos:

la actual literatura femenina del encierro

 

María del Carmen Macedo Odilón

 

 

 

El veinte de mayo del 2020 La Brigada para leer en libertad se propuso impartir un taller de escritura creativa en línea para el público en general. Dicho taller sería el resultado de un proyecto que se había estado gestando a lo largo de tres años, sin embargo, durante las diez sesiones que abarcarían los distintos los géneros literarios surgió una observación: todos los ponentes eran hombres. Esto desató la indignación vía redes sociales y la respuesta fue que las autoras contempladas (tres) no tenían la agenda disponible, o su situación de salud estaba comprometida. Pero con toda disposición alguno de los compañeros talleristas (los allegados a Paco Ignacio Taibo) podía ceder su lugar si con eso se resolvía el conflicto.

El curso fue cancelado.

Sin duda, lo que más llamó la atención fue que sin esos tres nombres: Mónica Lavín, Elena Poniatowska y Laura Esquivel, la escritura de las mujeres aparentemente es inexistente o al menos así lo percibió la brigada. Cualquier escritor “caballerosamente cedería su lugar” a una delicada escritora en desgracia, y todo esto para tapar bocas. Está claro que Fernanda Melchor, Ana Clavel, Beatriz Escalante, Rosa Nissan, Beatriz Espejo, Ethel Krauze, Bibiana Camacho, Cristina Rivera Garza, etc., etc., no existen (que alguien les avise, por favor) ni se han ganado por cuenta propia “su lugar”.

Esto me llevó a cuestionar cómo si hasta las escritoras de renombre siguen siendo invisibilizadas, ¿qué les espera a las escritoras emergentes de la generación de Fernanda Melchor e incluso más jóvenes? Las que publican en revistas literarias, las que aún son estudiantes, las que estaban a punto de florecer, pero la pandemia las obligó a quedarse en casa, y peor aún: las que en el confinamiento están encerradas con pocos o nulos ingresos económicos viviendo bajo el mismo techo que sus agresores potenciales. ¿Qué les/nos espera? Para entender las situaciones aquí planteadas, conviene realizar un recorrido histórico por la literatura escrita por mujeres, concretamente en cuanto a la novela.

 

 

El concepto del cuarto propio

 

En 1929 Virginia Woolf publica su ensayo A Room of One's Own, Un cuarto propio en español, del cual concluye que para que las mujeres puedan escribir novelas necesita contar con un cuarto propio y quinientas libras al mes. A través del monólogo interior de su discurso, discurre a lo largo de la historia de la literatura escrita por mujeres hasta la época en la que vive, en un país como Inglaterra, donde el sufragio femenino se concedió desde 1918.

No obstante, es importante considerar que el retrato de la decadente sociedad victoriana, el paradigma de la escritura de las mujeres y la novela, la posible especialización en la educación a través de las universidades para mujeres y la aristocracia en general de la que Woolf formó parte, dista mucho de lo que sucedía concretamente en México.

 

 

El Estado Nación mexicano

 

Es bien sabido que, a lo largo de la historia de la literatura universal, muchas escritoras acostumbraban a emplear un seudónimo masculino con el fin de ser tomadas en cuenta sin cargar el prejuicio de género. También Virginia Woolf menciona que gran parte de los textos identificados como anónimos, sin duda habrán sido escritos también por plumas femeninas.

Por otra parte, fue hasta 1931, época que el Estado mexicano denominó “de literatura viril” a la novela de la Revolución, que una mujer escribió y público por vez primera una novela[1] Nellie Campobello en Cartucho, da testimonio de la Revolución mexicana desde el punto de vista del testigo, quien presencia los actos más crueles de dominio hacia la clase de abajo, como diría Mariano Azuela, como parte de la cotidianidad de la época. En 1955, treinta y siete años después de Inglaterra, las mujeres mexicanas votaron por primera vez en una elección federal.

Entonces, si las sociedades son diferentes, si la cultura no es la misma, si la política avanza desfazada y dando traspiés, desde luego la afirmación de Woolf no pierde su carácter universal, pero no deja de ser asequible tan solo para unas cuantas, y no solo en 1929, sino en pleno 2020. De modo que, ¿cuál es la realidad de las mujeres mexicanas que desean escribir novelas y que no pertenecen a una clase privilegiada?, por lo que, volviendo al principio, si consideramos el momento actual de nuestra historia, pleno siglo XXI, en medio de una pandemia, ¿a qué se enfrentan las aspirantes a novelistas en la narrativa del encierro?

A una cruda realidad: vivir en un cuarto ajeno, con ingresos escasos y víctimas de un forzado y peligroso encierro.

En torno a ello, Woolf acertadamente cual visionaria que era, menciona en Un cuarto propio: “las mujeres y la novela son dos temas que no he resuelto” (1929, p.8) y a casi un siglo después de su sentencia el tema sigue sin responderse.

 

 

La postura de Rosario Castellanos

 

Hablar de la existencia de una cultura femenina mexicana es un tema que ha sido explorado a lo largo de la historia de la literatura en nuestro país. Rosario Castellanos, en el capítulo “Sobre cultura femenina” de sus tesis de maestría (1950) brinda un panorama de la concepción que escritores y filósofos tenían de la mujer como otredad, naturalmente inferior a ellos en cada ámbito. Castellanos concluye que la cultura, es un término que se refiere a lo que los hombres crean, donde la conducta humana (es decir, masculina) dicta el modo y ritmo de producción intelectual, que obedece a reglas y molde que ellos mismos han creado y donde las mujeres, aunque traten de imitarlos, son incapaces de encajar en ese canon, aunque no por ello figuras como Woolf, Austen, Dickinson, las Brönte, Garro, Arredondo, Allende, Mistral, etc., etc., dejaron de crearse un nombre por considerarse transgresoras.

Actualmente, la agenda de equidad de género ha permitido permear una cultura homogénea, construida por ambas partes, mientras que a la par ha redefinido la idea de la “escritura de las mujeres” que mencionaba Woolf como parte de una nueva cultura femenina, construida por y para ellas. En “Lección de cocina”, (1971) Castellanos maximiza el impacto del sometimiento de una mujer intelectual, quien, en su afán de complacer a su marido, deja las aulas y libros para enfrentarse al matrimonio, mientras preparar la cena y quema un filete, se cuestiona el porqué valdría la pena renunciar al móvil de su vida académica por sucumbir al Eterno femenino[2] en el rol de esposa y cuidadora.

La protagonista de “Lección de cocina” tenía la capacidad de cuestionar su posición, tanto en espacios diegéticos (la casa y la cocina), como subjetivos (la duda, el remordimiento y el intelecto) por lo que al final del relato deja la última frase con puntos suspensivos, lo cual abre la posibilidad de una resolución que queda a la interpretación del lector:

Nuestra convivencia no podrá ser más problemática. Y él no quiere conflictos de ninguna índole. Menos aún conflictos tan abstractos, tan absurdos, tan metafísicos como los que yo le plantearía. Su hogar es el remanso de paz en que se refugia de las tempestades de la vida. De acuerdo. Yo lo acepté al casarme y estaba dispuesta a llegar hasta el sacrificio en aras de la armonía conyugal. Pero yo contaba con que el sacrificio, el renunciamiento completo a lo que soy, no se me demandaría más que en la Ocasión Sublime, en la Hora de las Grandes Resoluciones, en el Momento de la Decisión Definitiva. No con lo que me he topado hoy que es algo muy insignificante, muy ridículo. Y sin embargo. . . (1971, p.8)

 

 

Las pedagogías de la violencia y el Estado materno

 

Pero no todas las mujeres están en la posición de elegir dónde y cómo vivir, en el libro Las violencias de género: las mentiras del patriarcado (Hendel, 2017) la autora menciona lo siguiente:

La historia de las civilizaciones no registra la misoginia como una discriminación sino como una natural construcción de sentidos comunes. Se consideraba perfectamente normal que las mujeres no votaran, no opinaran públicamente, no heredaran o manejaran dinero, cheques, empresas [justo como también denuncia Virginia Woolf], más aún, era perfectamente normal hasta hace muy poco tiempo (y lo es aún en algunos rincones del planeta) que las mujeres no supieran leer o escribir porque les estaba tácita o expresamente prohibido.

Esa perfecta “normalidad” coincide con lo que Rosario Castellanos llamaba “la cultura y conducta humana”, es decir “la cultura y conducta masculina”, cuya incorporación es ajena a las mujeres, puesto que escribir literatura no es una facultad que sea necesaria para consolidar al eterno femenino.

En la obra, Las mujeres que leen son peligrosas (2006) Stefan Bollman descubre el hilo negro del porqué la aflicción de los hombres al respecto de que las mujeres lean. Se centra en el momento en que la lectura fue considerada como ese factor de cambio que podía cambiar el paradigma del hogar: como lugar propio e inherente de la mujer, la estrechez del desplazamiento en el mundo doméstico, por el espacio inmensurable y subjetivo del pensamiento, la imaginación y del intelecto. Cuando las mujeres desabrocharon sus ataduras se volvieron peligrosas, tomaron la tinta como arma y con la lectura se apropiaron de conocimientos, saberes y experiencias que habían estado fuera de su alcance y solo eran reservadas a los hombres. Tendrían que forjar una nueva normalidad que daría a sus textos el carácter de denuncia contra la opresión y el adoctrinamiento del machismo (conservadurismo). Aspectos que por siglos no han causado más que daño.

Respecto al binomio mujer-casa Clarissa Pinkola, en su obra Mujeres que corren con lobos (2007) manifiesta lo siguiente: “He visto a muchas mujeres empeñarse en limpiar toda la casa antes de sentarse a escribir, pintar, leer… y tú ya sabes lo que ocurre con las tareas domésticas, que nunca terminan. Es un método infalible para obstaculizar la creatividad de una mujer”. Para cortar sus alas, para mantenerla encerrada en una jaula de oro llamada hogar.

Rita Segato define “pedagogías de la crueldad” como esos micro y macro machismos que de forma innata tendemos a reproducir al momento de crear relaciones sociales. Estos ataques sistemáticos, a veces imperceptibles por lo arraigados que están a la cultura y que se encargan de socavar la voluntad de las mujeres según el mandato de la masculinidad. Durante la pandemia que estamos viviendo el “quédate en casa” se convierte en un mecanismo de control de masas, justo como lo llama Foucault, el encierro invisibiliza, acalla los gritos y desvía la atención a través de micro penalidades como centrarse en juzgar o no a quien sale a la calle sin cubrebocas. El Estado desestima las llamadas a la línea telefónica de violencia de género, cuando las cifras muestran el crecimiento exponencial de violencia intrafamiliar, o violencia doméstica. Tan solo a partir del 24 de abril se incrementó por arriba de la media las consultas sobre violencia en casa. Y durante el mes de mayo, se llegó al pico máximo de búsquedas sobre violencia en el hogar por arriba de los 75 puntos (de una escala que llega a 100), el interés más alto y prolongado del año[3].

Y por irónico que parezca, también Rita Segato acuñó el término Estado materno, mismo que el presidente de Argentina empleó para exhortar a la ciudadanía a cuidarse unos con otros. Se le llamó “feminización de la política”, puesto que, dentro de los arquetipos de Carl Jung, el papel del cuidador ha recaído desde siempre en las mujeres. El llamado del mandatario argentino fue a reforzar los vínculos afectivos, a compartir labores domésticas, y a buscar la empatía entre semejantes con el fin de homologar esa igualdad abstracta en la que mujeres y hombres hemos subsistido desde hace siglos. La ironía radica es que el discurso de feminización debe venir de un hombre para que sus congéneres lo tomen como una invitación, mientras que, si lo dice una mujer es tomado por imposición. Es un ejemplo perfecto de mansplaining.

 

 

La habitación propia, espacio diegético utópico

 

No es de sorprenderse que las grandes escritoras del siglo XIX, al carecer de escuelas formativas y estudios privados para trabajar, hayan tenido que crear sus obras de forma interrumpida, Jane Austen, las hermanas Brönte, alternaban la escritura de sus obras con las labores domésticas, Austen cubría sus manuscritos con un papel secante y cuando se sabía sola, continuaba redactando en la mesa del comedor entre el ir y venir de los demás. Era lo que llamaba Woolf que “el libro se adaptara al cuerpo”. La literatura escrita por mujeres es por ello fragmentaria, porque mientras se escribe se hace otra cosa: la comida, cuidar a los hijos, las mascotas, la familia o la pareja. En el siglo XXI las escritoras amateurs escriben mientras viajan en el transporte público, en los recesos de trabajo o de la escuela, y en ocasiones mientras comen, reuniendo así testimonios de su realidad plasmadas de forma tan sutil como lo son esas pausas de ideas entrecortadas.

En México no todas las personas cuentan con una casa propia, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) señala que en 2019, del total del parque habitacional, 67.9% de las viviendas son propias, mientras que 15.9% se rentan y 14.1% son viviendas prestadas.[4] Las jóvenes aspirantes a escritoras comparten el hogar con sus familias, otras rentarán un cuarto en el cual, para pagar el costo del alquiler, pasarán en él poco tiempo para escribir, puesto que su estilo de vida les exige trabajar una jornada de nueve horas, o medio tiempo que alternarán con estudios, o bien un segundo empleo.

Cabe mencionar que en los tiempos de Covid-19 la economía se pausó, las micros y medianas empresas, además de los trabajadores no asalariados y comerciantes ambulantes vieron mermados sus recursos económicos, por lo que, además de estar recluidas en una habitación prestada, también las escritoras están expuestas a un cese de actividades laborales o a una reducción temporal de las mismas. Mientras que trabajos que se manejan por comisiones o donde existe la posibilidad de goce de propinas también han sucumbido a la emergencia.

 

 

Las autoras de la actualidad

 

En su ensayo “Siempre hay una primera vez: el nuevo tipo de autoras mexicanas” Ethel Krauze escribe acerca de su experiencia como tallerista y describe el perfil de las mujeres que se acercan a tomar clases con ella. Hasta ahora me había centrado en las escritoras potenciales jóvenes, sin embargo, también existe otro tipo de aspirantes, mujeres plenas, tanto física como mentalmente, en palabras de la autora “… en la época de la perimenopausia, del fin de la crianza de hijos, de la toma de conciencia de su ser como persona, de la necesidad de encontrar, afianzar o corregir el sentido fundamental de la vida en general y de su vida en particular.” (2003, p7.) La mayoría de sus estudiantes tenían al menos un grado superior de estudios, pero también recibía a entusiastas adolescentes. El común de las participantes tomaba el taller como un recurso terapéutico, en este sentido esa habitación para echar a volar su imaginación, donde podían debatir y aprender en sororidad y con una sana competencia era un espacio rentado y colectivo. La retroalimentación enriquecía la labor testimonial de la literatura escrita por mujeres y revolucionó las formas anteriores de comunicación tradicional que consistían en el intercambio de recetas, consejos y poemas. Dada la fragmentación del tiempo y el espacio y el constante desplazamiento de las mujeres, por siglos la poesía fue el género literario por excelencia. No en vano el siglo XVII en La Nueva España, fue la época de Sor Juana Inés de la Cruz.

De las asistentes al taller de Krauze, el 50% tendría la posibilidad de continuar con la escritura, y tan solo dos mujeres de esa mitad serían capaces de publicar un libro. Entre los aspectos a considerar para este resultado tan pobre se encuentra el compromiso, la dedicación, las oportunidades y la más importante, el factor económico, puesto que los gastos de edición y publicación son elevados. Por dar un ejemplo, un tiraje de veinte libros en una editorial de baja-mediana gama conlleva un gasto de poco menos de diez mil pesos, los cuales, en el contexto de las escritoras jóvenes encerradas en su casa, con la escuela y el trabajo detenido no pareciera ser un panorama del todo alentador. Las escritoras con mayor poder adquisitivo, o quienes compiten por una beca del FONCA, son la otra cara de la moneda.

Brianda Domecq tituló a un libro de ensayos sobre literatura femenina: Mujer que publica… mujer pública (1994). Y es que hay un fenómeno interesante en la literatura escrita por mujeres: el carácter confesional y testimonial, el plasmar las experiencias personales con un toque ficción, Al igual que Elena Garro quien se dibuja así misma en obras como Encuentro de personajes, Testimonios sobre Mariana o Andamos huyendo Lola. Y mucho se le ha criticado con la aseveración que solo sabe hablar de ella misma. Pero Elena Garro, pese al portento de escritora que siempre será, también fue una víctima del encierro tras exiliarse con su hija Hela Paz. Vivió en la pobreza y la neurosis, a merced de la violencia y el patriarcado en su propio matrimonio. Como tantas otras escritoras que hoy apenas están sacando su talento, que escriben del dolor y la violencia, que se revelan ante los feminicidios, y la derecha que se siente con la libertad de opinar y restringir su sexualidad, las mujeres se revelan de ese eterno femenino que han cargado desde el mito de la creación.

De todas nosotras, como decía Virginia Woolf, se va construyendo una nueva visión acerca de hacia dónde queremos llevar la novela escrita por mujeres, ya sea construida en talleres, cocinas, estudios y en las aulas de las universidades, y cómo con la inclusión de nuevos talentos en cursos, ponencias ferias del libro y cargos culturales (en una nueva concepción integral de cultura) podrán llenar esos espacios que se tienen merecidos y que nunca más, como en la relación de Octavio Paz con Elena Garro, ninguna mujer tenga que “aceptar” el asiento que se le cede por su cara bonita, invisibilizado el talento que por sí misma se ha ganado.

 

 

 

Obras consultadas

 

Bollman Stefan. (2006). Las mujeres que leen son peligrosas. Madrid: Maeva ediciones, 152 p.

Castellanos, Rosario. (1950). Sobre cultura femenina (tesis de maestría). UNAM, México.

Castellanos, Rosario. (1971). “Lección de cocina”. Álbum de familia. México: FCE, 155p.

Centro urbano. (2019). “¿Cuál es el estatus de la vivienda en México?” recuperado de: https://centrourbano.com/2019/02/07/estatus-la-vivienda-mexico/

El economista. (2020). “La violencia sí incrementó en la cuarentena: más llamadas de auxilio y más búsquedas en Google” recuperado de:

https://www.eleconomista.com.mx/politica/La-violencia-si-incremento-en-la-cuarentena-mas-llamadas-de-auxilio-y-mas-busquedas-en-Google-20200524-0002.html

Hendel, Liliana. (2017). Violencias de género: las mentiras del patriarcado. Argentina: Paidós, 570 p.

Krauze, Ethel. (2003). “Siempre hay una primera vez: el nuevo tipo de autoras mexicanas”. Confluencia. Vol. 19, No. 1 pp. 7-12 University of Northern, Colorado.

Pinkola, Clarissa. (2007). Mujeres que corren con lobos. México: Ediciones B, 784p.

Sabia, Saïd. (2011). “México novelado por sus mujeres” recuperado de: https://webs.ucm.es/info/especulo/numero47/mexnovel.html#:~:text=%C2%A1mujeres!,mexicana%20escrita%20por%20una%20mujer.

Woolf, Virginia. (1929). A Room of One's Own, London: Hogarth Press, 172 p.

 

 

 

 

[1]En 2003 María Guadalupe García Barragán rescataría para la historia literaria de México, a Refugio Barragán de Toscano, a quien considera la autora de la primera novela mexicana escrita por una mujer.  La hija del bandido o los subterráneos del nevado en 1887. Obra hasta entonces desconocida.

[2] Término acuñado por Simone de Beavoir en su obra El segundo sexo (1949) para definir a lo que hoy conocemos como sistema patriarcal, cuyo fin es reducir el papel de la mujer al hogar, donde puede brindar sexo y procreación.

[3] El economista (2020) “La violencia sí incrementó en la cuarentena: más llamadas de auxilio y más búsquedas en Google” https://www.eleconomista.com.mx/politica/La-violencia-si-incremento-en-la-cuarentena-mas-llamadas-de-auxilio-y-mas-busquedas-en-Google-20200524-0002.html

[4] ¿Cuál es el estatus de la vivienda en México? (2019) https://centrourbano.com/2019/02/07/estatus-la-vivienda-mexico/

 

 

 

 

 

María del Carmen Macedo Odilón. Estudiante de Lengua y literatura hispánicas de la UNAM. Estudiante de Creación literaria de la UACM. Huidiza, amante de los gatos, entusiasta de la lectura y la escritura creativa.

 

macedoodilon @hotmail.com

 

 

 

 

 

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