Un ensayo biográfico: Los dos jardines de la ciudad de México. Por Violeta Orozco

 

Al final de este ensayo se incluye el poema íntegro, "Cuento de dos jardines", de Octavio Paz, mismo que es indispensable para la escritura de este ensayo. Y para que el lector pueda leer tanto el ensayo como el poema por separado, "Cuento de dos jardines" aparece en nuestra sección de Poesía de esta revista.

 

 

LOS DOS JARDINES DE LA CIUDAD DE MÉXICO

 

A Pepe

 

Violeta Orozco

 

“Uno vuelve siempre

a los viejos sitios en que amó la vida

y entonces comprende

cómo están de ausentes las cosas queridas”

(Mercedes Sosa)

 

Volví al viejo sitio donde amé la vida. Y no encontré nada, ni el entusiasmo que me había hecho venir impromptu, como impelida por una culpa. Las cosas más simples estaban alteradas, como si hubiera cambiado su volumen, velocidad e ímpetu. Esa tarde de hace cinco años había llovido en la fuente de los coyotes, habíamos entrado a la iglesia de Coyoacán para refugiarnos, maravillados ante el retablo barroco que no se había deslucido en cuatro siglos. Como si creyéramos que seríamos tan duraderos y luminosos como esa catedral, años luz antes de ninguna pérdida, antes de conocer ese otro tipo de tristeza, la de la muerte lenta de la canción de Mercedes Sosa, "la muerte lenta de las simples cosas que quedan doliendo".

Trataba de evitar pensar en los parques de mi vieja ciudad de hierro: Jardín centenario, el Parque de Xicoténcatl, Viveros de Coyoacán, Fuentes Brotantes, Los dínamos, El pedregal de San Ángel, el Bosque de Tlalpan, el Parque Hundido, el Desierto de los leones, el parque México en donde de niña hacía carreras de barcos de plástico con mi hermano. Tres años de no pisar, pasar por los viejos sitios derruídos. ¿Y qué queda de lo que recuerdo? Un poema de hace cien años, y un alba ambigua, con la ominosa voz de un poeta citadino:

 

 

Desnúdate, si quieres

de todo lo que arrastras de ciudad y jardín

porque aquí no hacen falta los pájaros.

 

 

Efraín Huerta y sus hombres del alba, con los que ahora me identificaba. Yo era como un zombie o un vampiro que regresaba a hacerse una transfusión de sangre nueva refrescando su vista en los jardines más luminosos de la ciudad de México, olvidando que como en el poema de “Los dos jardines” de Octavio Paz:

 

 

Una casa, un jardín,

                                        No son lugares:

Giran, van y vienen.

                                        Sus apariciones

Abren en el espacio

                                        Otro espacio

Otro tiempo en el tiempo.

                                        Sus eclipses

No son abdicaciones:

                                        Nos quemaría

La vivacidad de uno de esos instantes

Si durase otro instante.

 

 

Paz, el poeta que había logrado entender al tiempo y su intercambiabilidad con el espacio. Yo entendí ya tarde que, si pasaba el tiempo, irremisiblemente cambiaba el espacio, siempre de manera devastadora e impredecible; como la casa de infancia de Paz en Mixcoac, en la plaza Irineo Paz, donde yo solía comprar buñuelos los domingos a las monjas, a un costado del Parque Hundido, nombrado tras otro poeta, Luis G. Urbina. Este era el legendario parque en donde José Revueltas había enardecido a los perros famélicos con su famoso y conmovedor discurso dado desde una banca, incitándolos a dignificarse, a no llevar la vida de perros que siempre habían llevado. Con la cola entre las patas me senté junto al reloj hecho de flores en donde me quedaba de ver con Diego los fines de semana, y recordaba todas las épocas de mi vida, que habían cambiado con los parques que frecuentaba, como si los parques fueran personas que se me fueran pareciendo.

Quería volver al manantial de mi memoria, al parque de Fuentes Brotantes cerca del centro de Tlalpan, esa delgada franja de verdor en medio de la ciudad hirviente, el ruido amenazante de los autos acompañando al transeúnte a lo largo del único río transparente de la Ciudad de México, y me preguntaba si seguiría tan limpia como la recordaba. Las coplas de una canción medieval recopilada por Joaquín Díaz surgían como de las burbujas de la superficie del agua:

 

 

Dime ramo verde
Donde vas a dar
Porque si te pierdes
Yo te iré a buscar
algún día dije yo
Que olvidarte era la muerte
Ahora ya me da lo mismo
Olvidarte que quererte.

 

 

Tal vez parezca una búsqueda un poco patética, la de ríos limpios en una de las ciudades más contaminadas del mundo. No obstante, todavía había una fuente que recordaba siempre limpia en un parque de Tlalpan, la del parque Masayohi Ohira en Churubusco, ese estanque de quietud en donde había leído por primera vez con Sebastián el "Cuento de dos jardines". Versos intempestivos del poema de Paz me salían al paso al recorrer ese vergel japonés:

 

 

                             Llegué a una claridad

Ancha,

                 Construída

Para los juegos pasionales de la luz y el agua.

Dispersiones, alianzas:

                            Del gorjeo del verde

al azúl más húmedo.

 

 

No sé desnudarme de mi ciudad aunque ya haya cambiado. Es como si la llevara dentro como el Sol de Monterrey de Alfonso Reyes "ese sol de niño que viaja conmigo." Cada día que no la veo es como si no me viera envejecer, como si evitara al levantarme mirarme al espejo.

 

 

Meses de espejos.

                                           El hormiguero,

Sus ritos subterráneos:

                                            Inmerso en la luz cruel

Expiaba mi cuerpo hormiguero,

                                                 Espiaba

la febril construcción de mi ruina.

 

 

A veces me llegan las noticias como desde otro universo en el que yo me encontrara padeciéndolas. No estar el día del terremoto del 19 de septiembre de 2017 fue como no haber nacido en la ciudad de México, o tal vez como haber dilatado mi muerte. De nuevo las palabras de Los hombres del alba, los más solos de la tierra, resonaban en las imágenes de mi gente levantando su ciudad desde el escombro:

 

 

Ciudad que llevas dentro

mi corazón, mi pena

devuélveme ahora

lo que tu misma me diste

y me retiraste ahora que estoy lejos

y no tengo nada.

 

 

No tengo ni los escombros porque no estuve en el epicentro. El ombligo de mi mundo se ha desplazado y no sé ahora dónde está mi centro. Mi ciudad ha cambiado. No la vi caer y no la vi reconstruirse. Las olas del lago de Xochimilco a raíz del temblor, los regimientos de jóvenes pasando de mano en mano los pedazos de concreto, las escenas de los edificios de mi colonia destripados son imágenes de una película que vislumbré como entre sueños. Nada me garantiza que fue real. Doblo una esquina en Philadelphia y veo el tiradero de autos entrando a la ciudad, como si esta ciudad también estuviera rodeada de despojos y cadáveres:

 

 

Un jardín no es un lugar:

                               Es un tránsito

una pasión:

                            No sabemos hacia dónde vamos,

Transcurrir es suficiente,

                                          transcurrir es quedarse.

 

 

Paso debajo de un puente en los suburbios industriales de Nueva Jersey, el estado más densamente poblado en Estados Unidos, sin encontrar ni un cactus ni una hierbilla contestataria que me salude débilmente. Aquí hasta la mirada de los pájaros y las ardillas es diferente, la luz se acaba a las cinco de la tarde. Mi noche, la noche transgresora de la ciudad de México, es aquí un hábito molesto, una pausa incómoda que apenas sirve para cambiar de escena.

 

 

Luz, luz:

              sustancia del tiempo y sus inventos.

Cactos minerales,

                                          Lagartijas de azogue

En las bardas de adobe,

                                        El pájaro

que perfora el espacio.

 

 

Tengo memorias de varios lugares superpuestos, como si todos los bosques fueran uno solo. Los Dínamos y el Ajusco, la Marquesa y el Desierto de los Leones. Una parte de mí los sigue viendo como si los tuviera enfrente, los tepozanes del bosque de Tlalpan, la vista desde la sierra de la nata de smog que cubría el valle de México desde la casa de Pepe en San Miguel Ajusco, los cacomixtles nocturnos de Topilejo, esa criatura mitad gato, mitad mapache; el depósito de ceniza volcánica cerca del volcán Xitle en donde me revolqué como si fuera arena, la cabaña de Carlos en Tlalpuente, el cráter del Xitle como una bandeja llena de luciérnagas. Tal vez mi ciudad sea cada vez menos sus jardines. Veo al Ajusco retroceder como un charco de agua secándose en el sol, las lagartijas metiéndose en sus escondrijos, la progresiva sequía de la ciudad lago, de la ciudad chinampa. Sin embargo, la historia de la Ciudad de México es la historia de los dos jardines de Octavio Paz, de lo que les pasó a esos dos jardines, la historia de progresivas desapariciones; el río Mixcoac convirtiéndose en avenida, el río Becerra en una arteria principal por donde circulan autos. Tengo el recuerdo imposible de una fuente llena de truchas negras, en el bosque de los Dínamos en la Magdalena Contreras. Un recuerdo hecho de sensaciones y no de palabras. El frío nocturno, mis manos congeladas jugando con el agua, tratando de atrapar a los pescados color de noche. No recuerdo el río ni las hojas de los cedros ni los encinos. Sólo la sensación del bosque de pinos rodeándome como la noche, una capa densa que me protegía, como las montañas altísimas que rodeaban a mi ciudad como una muralla, como la peña gigantesca que se levantaba en medio del bosque, en el corazón de la ciudad más poblada del mundo.

 

 

                          En la fraternidad de los árboles

Aprendí a reconciliarme,

                                        No conmigo:

Con lo que me levanta y me sostiene y me deja caer.

 

 

El cuarto dinamo, la cascada, el mar de árboles desde lo alto de la peña. Tan diferente al bosque seco en donde me perdí en el lado prohibido del bosque de Tlalpan, bajando con la bicicleta de montaña por lodazales y caminos pedregosos. No tengo fotos de ese periodo, sólo impresiones grabadas como con cincel sobre cera caliente. La velocidad y el peligro, la adrenalina de estar bajando por partes desconocidas del bosque protegido, troncos podridos albergando colonias de hongos, musgos y caracoles, sendas espinosas llenas de rocas y cactus, arbustos xerófitos, campánulas y árboles de troncos retorcidos saliéndonos al paso como presencias familiares, el olor del pasto y las yerbas al entrar en los caminos sin veredas, el corazón agitado y alerta, como si a cada paso fuéramos a encontrarnos a alguien. La ciudad dormida a nuestros pies, como si nunca hubiéramos estado allá abajo, como si no perteneciéramos sino a esta maraña verde y salvaje. Qué ridículo el sueño de la ciudad espira, que trataba de tragarse al bosque cuando el bosque era el que había dado origen a la ciudad. Aquí era donde habían sido expulsado los mexicas para que se murieran de hambre en esta tierra seca llena de serpientes de cascabel, y ellos se las habían comido, así como nosotros ahora nos comíamos al bosque para sobrevivir. La delegación boscosa de Tlalpan ahora abastecía al setenta por ciento de la ciudad, mientras los propios habitantes de los ocho pueblos originarios del Ajusco tenían que recurrir al agua de lluvia para sobrevivir la escasez del líquido.

 

 

En la frente del Ajusco

El galope negro del aguacero

                                                        Cubre

Todo el llano.

                           Lluvia sobre lavas,

                           Meses de espejos.

 

 

Tal vez no logre regresar a la ciudad que fue, a la que estaba alejada aún de ese bosque prehistórico denso de niebla y de libélulas, al húmedo desierto de los leones de Cuajimalpa cuando era un retiro espiritual en donde los carmelitas descalzos habían construido diez ermitas y un convento para retirarse del mundanal ruido de la ciudad en el siglo XVII. No sabré como fue aquella ciudad que salvador Novo festejó antes de que Coyoacán formara parte de las dieciséis alcaldías de la Ciudad de México, cuando todavía era un pueblito pintoresco en las afueras del antiguo Defe, antes de ser rebautizada como CDMX.

 

 

[…]El jardín se ha quedado atrás.

                                                       ¿Atrás o adelante?

No hay más jardines que los que llevamos dentro.

 

 

Escribo ahora como desde un lugar deshabitado. Hay gente y edificios, pero son como de adorno o de cartón. Frente a ellos me parecen más reales mis recuerdos, mis recuerdos de lugares que ya no puedo tocar. Supongo que existen, todavía, aunque envejecidos, el orden inmutable de mi memoria irremediablemente trastocado. A veces me sorprende un recuerdo como un brote en medio de la calle, como si hubiera estado viviendo paralelamente a mí todo ese tiempo. La enorme flor fálica del maguey del edificio de Martín en Avenida del Imán ha alcanzado ya, seguramente, el tamaño de su edificio. O tal vez se está pudriendo entre la flora volcánica. Qué sé yo. Todavía sueño con las plantas rebeldes de Perisur, con los magueyes creciendo indómitos entre las peñas de Ciudad Universitaria, con las cactáceas de colores psicodélicos que los lugareños llamaban lenguas de vaca y el musgo salvaje rodeando la lava derretida que sostenía a los salones de mi Universidad. La humedad y la aridez se van sucediendo vertiginosamente, como las lagartijas de cuello negro saltando entre las piedras del espacio escultórico, visto desde el espacio, un plantío de basalto en medio de un mar de verde:

 

 

                                      Sed, tedio, tolvaneras

Impalpables epifanías del viento.

Los pinos me enseñaron a hablar solo.

En aquél jardín aprendí a despedirme.

 

 

Ojalá que no. Ojalá que nada haya crecido en mi ausencia, que las flores que yo planté sepan a mi retorno que fui yo y no otro el que las trajo a ese prado, que la hiedra haya formado ya una selva. Ojalá los árboles de los Viveros de Coyoacán recuerden el peso exacto de mi cuerpo recargado sobre sus troncos, me reconozcan a mi retorno, recuerden aquella mañana dolorosa en donde nuestros cuerpos se juntaron para separarse. Ojalá sus ramas vuelvan a enlazarse con mis dedos, y las flores del vivero me reciban lentamente, sabiendo que vuelvo para reconstruir mi jardín planta a planta, raíz a racimo.

 

 

 

Cuento de dos jardines

Octavio Paz

 

 

Violeta Orozco (Ciudad de México, 1989). Poeta bilingue, traductora y ensayista. Egresada de Filosofía y Letras inglesas por la UNAM, Maestra en Lengua y Literatura Hispánicas por Ohio University. Ganadora del Premio Nacional Universitario de Poesía José Emilio Pacheco 2014. Actualmente realiza el doctorado en Letras Hispánicas en Rutgers University en New Jersey, donde investiga poesía y performance feministas de chicanas y mexicanas, además de traducir poetas norteamericanas. Ha publicado en revistas como Punto de Partida, La Palabra y el Hombre y en antologías de poesía de EU. Junto con la reconocida periodista peruana Claudia Cisneros, ha organizado múltiples lecturas de poesía multilingüe, feminista y activista en donde ha reunido a poetas de latitudes tan diversas como Estados Unidos, República Dominicana, Puerto Rico, Costa Rica, Arabia Saudita, Perú y Argentina. Junto con Claudia Cisneros también fundó en 2017 el colectivo feminista “Speak up Women” que tiene el objetivo de visibilizar la violencia de género a través del arte y la poesía.

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