Un deporte, unos escritores. Por Efraín Huerta

 

 

El presente ensayo fue cedido por la poeta y ensayista Raquel Huerta-Nava (1963-2018) para ser publicado en la Revista Literaria Taller Igitur. Este material se suma a una serie bastante amplia y significativa de ensayos y artículos periodísticos de su padre, Efraín Huerta, para ser difundidos y publicados en este sitio. Únicamente nos resta agradecer el gesto y el encargo de tan valiosa obra, un legado para la literatura mexicana.

 

Fernando Salazar Torres

 

 

 

 

 

Considero interesante rescatar este olvidado texto de Efraín Huerta sobre futbol y literatura. Sin duda es un texto pionero en el tema en nuestras letras, un experimento literario futbolístico que sin duda es un valioso precedente y que en estos días cobra especial relevancia. Inicialmente publicado en la revista Espejo, en el número doble diciembre 1969-enero 1970; se publicó con el comentario de mi padre en 1978, en la antología Textos profanos, publicada por Difusión Cultural de la UNAM.

 

 

Raquel Huerta-Nava

 

 

 

UN DEPORTE, UNOS ESCRITORES

 

Efraín Huerta

 

 

 

En vísperas de la contienda por el IX Campeonato Mundial de Futbol (Copa Jules Rimet), publicamos este curioso ensayo de carácter político-deportivo, en el cual se revelan los afanes de una docena de escritores por hilvanar su obra a través de vicisitudes ligadas íntimamente al futbol o, en el caso de Sartre, con expresiones deportivas en general. Es interesante advertir que una crítica alérgica al deporte, elude mencionar estos textos tan vibrantes y eficaces en el desarrollo de una pieza literaria. ¿Supondrá, esa crítica, que un autor se rebaja cuando utiliza términos deportivos? No lo queremos ni siquiera imaginar, porque esos autores, sudamericanos en su mayoría, son esencialmente poetas. Sartre es filósofo. Un deporte, unos escritores… es un estudio armado, en fin, a pesar de la crítica literaria. Dicho sea más sinceramente: contra la crítica literaria.

[Efraín Huerta, 1978]

 

 

 

Sin ser absolutamente repudiable, el escritor de gabinete suele pecar de soberbia. Hecho a la reflexión, este escritor permanece, a pesar suyo, en la superficie de la vida real. O ignora la vida real, por demasiado límpida y helada. Absorto en su meditación, se marea en la turbiedad de su biblioteca, y cuando mira hacia los árboles del bosque, parece “más ciego que un murciélago al salir del infierno”.

En una despaciosa página de El astillero (Casa de las Américas, La Habana, 1968), al regresar Larsen (Juntacadáveres) a la casilla al lado de sus amigos y de aquella mujer, Juan Carlos Onetti bordea el hastío de esta manera: “Y luchaban contra el silencio, torpes, con la primera frase de sentido heroico que podían componer o recordar: Es problemática la inclusión de Labruna.”

Onetti sale de su gabinete y traslada –brinco mortal—la sordidez de su relato al aire abierto del estadio de futbol. Los hombres hallan la “frase de sentido heroico”, y se atormentan pensando si el formidable delantero Ángel Labruna será incluido en el juego que mañana habrá de celebrarse en el Estadio Centenario de la ciudad de Montevideo. Su inclusión es problemática…

 

 

ANTECEDENTES

 

Un día, Paco Ignacio Taibo me pasó un libro impreso en España (Editorial Rocas, Colección Leopoldo Alas, Madrid, 1960), cuyo autor, Manuel Pilares, me deleitó con relatos como Ese niño gordo a quien sus padres compraron un balón, Cada tipo que va en moto tiene sus razones y algunos otros. Título del libro: Cuentos de la buena y de la mala pipa. Pero el cuento que me apasionó, y del que más tarde haría una transposición al ambiente deportivo mexicano, es el que se titula Mi padre, el futbol y yo. Trata de los consejos del padre al hijo y de cómo debe maniobrar en términos de partidarismo en su oficina y justamente frente a su jefe, o él mismo como jefe. Al hijo el fútbol le “trae sin cuidado”; pero el padre insiste y le narra su cruel experiencia: partidario del Madrid, como su jefe, tuvo que fingir que lo era del Atlético. He aquí lo esencial:

 

—Suponte que había perdido el Madrid… Yo, con mi dolor oculto, a la menor orden de mi jefe, protestaba: “¿Me lo manda a mí porque soy del Atlético, eh? ¿Quiere vengarse por la goleada, eh?” Y mi jefe bajaba la cabeza y endosaba la orden a uno de los suyos, advirtiéndole: “Hay que aguantar como aguanto yo. Hay que demostrar a ese engreído partidario del Atlético, nuestro elevado espíritu deportivo. ¡Saber perder! No vaya a figurarse que se lo he mandado a él, por venganza…”

—Suponte que al domingo siguiente ganaba el Madrid… Yo, con mi alegría oculta, a la menor orden de mi jefe protestaba: “¿Me lo manda a mí porque soy del Atlético, eh? ¿Quiere ensañarse igual que el árbitro, eh?” Y mi jefe alzaba la cabeza y endosaba la orden a uno de los suyos, advirtiéndole: “Hay que superarse como me supero yo. Demostrar a un humillado partidario del Atlético, nuestro elevado espíritu deportivo. ¡Saber ganar! No vaya a figurarse que se lo he mandado a él, por ensañamiento…”

 

 

§§

 

El ensayo Los dueños del tiempo, por Emmanuel Carballo, editado por el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana, trata agudamente del ocio en nuestra sociedad. Luego de una breve introducción, Carballo se referirá “a uno de los entretenimientos de que se sirve el hombre para matar el tiempo: el deporte”:

 

Con atinadas citas y referencias, Carballo desarrolla un valioso texto de carácter sociológico, penetrando con precisión en los misterios litúrgicos del deporte mundial por excelencia: el futbol. (El doble vocablo inglés foot-ball es pronunciado en España y en casi todos los países sudamericanos de una forma que nos parece viciosa: Fútbol. Lo mismo suelen hacer del francés chauffer: chófer. Pero nadie diría jáibol al beberse un bien servido high-ball. Otras deformaciones sufrirá foot-ball, sobre todo en la hibridez del habla argentina. Los excesos los padece un diario deportivo de la ciudad de México, al escribir fútbol, béisbol, básquetbol, vólibol…)

 

Le reprocharía a Carballo el usar el argentinismo familiar hincha, en vez del religioso fanático. En la página 16 de su ensayo, Emmanuel Carballo nos concede cierta razón: “Un ejemplo de la religiosidad del hincha. Si el futbol es, dije, un deporte de provincianos, ahora puedo agregar: de provincianos religiosos. En forma proporcional al número de habitantes, los sitios donde más se practica y contempla el futbol son los estados de Jalisco y Guanajuato. El jalisciense y el guanajuatense, hombres rijosos y emocionales, viven de acuerdo con sus pasiones, y el futbol es campo adecuado para su ejercicio. Además, son hombres religiosos –recuérdese la relación cristera--, y el futbol es una diluida religión laica.”

Mas donde el ensayo de Carballo es tan realista como imaginativo –es así como se conjuga la pasión—es cuando habla del equipo campeón del país, el Guadalajara: “Sus partidarios, como los primeros cristianos, iban al campo –equivalente al circo—a que se los comieran los leones, simbolizados por los equipos que contendían contra el cuadro de sus preferencias. Con el tiempo mudaron los papeles. Así como el cristianismo pasó de religión de perseguidos a religión de perseguidores, de religión de víctimas a religión de verdugos, del circo a las hogueras de la Inquisición, así también los hinchas del Guadalajara mudaron de piel: se treparon de los últimos lugares de la tabla de posiciones a los sitios que acaparan honores y privilegios. Durante los últimos años su equipaje ha conquistado varios campeonatos consecutivos.”

Por último, para remachar el clavo sobre los pies del partidario, del fanático que, más que matar el tiempo, lo vive, Carballo anota:

 

“El hincha no conoce la Biblia, ignora que en el Antiguo Testamento existe el Libro de los Salmos, y que en él se dice, número 135, versículos 15 a18: Los ídolos de las gentes son plata y oro, obra de manos de hombres. / Tienen orejas, y no oyen; tampoco hay espíritus en sus bocas. / Como ellos son los que los hacen; todos los que en ellas confían.”

 

 

Y OCURRE TAMBIÉN…

 

“Que Siglo XXI ha cometido un pecado capital según nos informa nuestra sucursal argentina: en nuestra gran Enciclopedia de los Deportes –editada con evidentes esfuerzos y cuidados—el pie de una foto facilitada generosamente por la revista Confirmado, de Buenos Aires, cometimos no ya una errata –tan corriente entre editores y escritores—sino un error que puede haber resultado una blasfemia para la apasionada muchedumbre futbolista de Argentina: dijimos que el arquero Carrizo –ídolo nacional—era del Racing cuando todo el mundo sabe que es del River Plate. Presentamos nuestras excusas diplomáticas y deportivas y prometemos corregir la falla en la 2ª: edición.” (Cartel del Siglo, boletín informativo de la Editorial Siglo XXI, No. 3, México, abril de 1969).

Armando Carrizo, por cierto, juega ahora en el equipo Millonario, de Bogotá. Continúa siendo el portero más popular de América del Sur.

A un goal-keeper, guardavalla o portero, muy popular en Europa en la década de los 20, dedicó Rafael Alberti un dolorido, elegíaco poema. El poema “Platko”, está incluido en la parte séptima de Cal y Canto (1926-1927). Creo recordar que Alberti me contó la tragedia del húngaro Platko, muerto en plena acción en una cancha de Santander, España, el 20 de mayo de 1928. Recordaré algunas líneas:

 

“Nadie se olvida, Platko, / no, nadie, nadie, nadie, / oso rubio de Hungría. / Ni el mar, / que frente a ti saltaba sin poder defenderte. / Ni la lluvia. Ni el viento que era el que más regía.”

“Y en tu honor, por tu vuelta, / porque volviste el pulso perdido a la pelea, / en el arco contrario el viento abrió una brecha.”

“Ni el final: tu salida, / oso rubio de sangre, / desmayada bandera en hombros por el campo.”

 

(Veintidós osos rubios y un árbitro, nos conmovieron en una fulgurante escena de ballet futbolístico en la Sala Chaikovski de Moscú, una noche de mayo de 1952. Ángeles o centellas, los muchachos del Conjunto Moiseiev crearon en pocos minutos un paraíso deportivo deslumbrante.)

 

 

TODOS LOS AUTORES

 

En El complot mongol, del mexicano Rafael Bernal (Editorial Joaquín Mortiz, 1969), en las páginas 172-173, cuando el villano le propone a Filiberto García, pistolero profesional, trabajar en equipo para cometer el proyectado asesinato, García reflexiona:

 

“Trabajar en equipo. Para matar a un changuito se necesita un hombre, no un equipo. Un hombre con pantalones, que no le tenga miedo a la sangre. ¡Pinche equipo! Como si fuera un partido de futbol. Me pasa la pistola por la izquierda, tiro a la derecha y gol y uno que se fregó para siempre.”

 

 

§§

 

Hace cuarenta años, cuando los ídolos del futbol mexicano se apodaban Trompito, Marrana, Diente, Patadura, un escritor argentino que entonces gozaba de sus buenos treinta y dos años, muy buena vista y mejor salud, Jorge Luis Borges, publicó en el número cuatro de la revista Sur (Primavera de 1931), una nota titulada Nuestras imposibilidades. La irónica, suave ferocidad borgiana está vivísima en muy pocas líneas:

 

“Ahora, desde que los once compadritos buenos de Buenos Aires fueron maltratados por los once compadritos malos de Montevideo, el extranjero ansich es el uruguayo.”

 

El celebrado maestro de tan malos discípulos se refería sin duda al Primer Campeonato de Futbol del Mundo, celebrado en Montevideo del 13 de junio al 31 de julio de 1930, y en el que, en una final dramática, el equipo uruguayo derrotó al argentino por cuatro goles a dos.

 

 

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En su ensayo inconcluso Tintoretto, el secuestrado de Venecia (Instituto del Libro, La Habana, 1969, en traducción de Virgilio Piñera), Jean-Paul Sartre echa mano de giros deportivos usuales en el box, en las carreras de caballos, de automóviles, de bicicletas, etc. Sartre debe haber escrito su ensayo sobre todo la primera parte, bajo la presión de alguna competencia deportiva: Le Mans o la Vuelta Ciclista a Francia, porque veamos cómo escribe:

 

“surge un adolescente que inicia la arrancada en cuarta velocidad”:

Challenger (retador) cuando Tintoretto parece desafiar a Tiziano;

“Robusti lucha contra el reloj”;

“lo que le da ventaja es el sprint…”;

Performance

 

Sartre, sin embargo, es más luminoso y más deportivo cuando, al hablar de que los venecianos quieren la Belleza porque ésta tranquiliza, agrega:

 

“Los comprendo: he tomado el avión doscientas veces sin acostumbrarme, estoy demasiado hecho a  reptar para que volar me parezca normal. De vez en cuando el miedo despierta, sobre todo cuando mis vecinos de asiento son tan feos como yo. Pero hasta que una mujer joven y bella, o un bonito muchacho o una linda pareja de enamorados, me toquen como compañeros de viaje, entonces el miedo se desvanece. La fealdad es una profecía…”

 

En sus giros deportivos, Sartre se equivoca un tanto: lo que le da ventaja a un corredor es la arrancada; el sprint es el esfuerzo final y definitivo.

Performance se acostumbra en América del Sur. Recuerdo cierta cabeza del periódico Crítica: “Tras exitosa performance, el River Plate derrotó al Boca Juniors.”

Vuelvo sobre los motes en el futbol. Hoy son famosos un Perro, un Jamaicón, un Willy, un Gato, un Cura; pero existe una campaña tendiente a suprimir los apodos. Huera batalla. El más famoso crack de todos los tiempos deportivos, el hombre de los mil goles, Edson Arantes do Nascimento, es universalmente conocido solamente por su apodo: Pelé.

 

 

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En su librito Los cachorros (Colección La Honda, Casa de las Américas, Cuba, 1968), Mario Vargas Llosa ofrece una cabal muestra de paciencia juvenil.

 

“Pero Cuéllar, que era terco y se moría por jugar en el equipo se entrenó tanto en el verano que al año siguiente se ganó el puesto de interior izquierdo en la selección de la clase mens sana in corpore sano, decía el Hermano Agustín, ¿ya veíamos?, se puede ser buen deportista y aplicado en los estudios, que siguiéramos su ejemplo. ¿Cómo has hecho?, le decía Lalo, ¿de dónde esa cintura, esos pases, esa codicia de pelota, esos tiros al ángulo? Y él: lo había entrenado su primo el Chispas y su padre lo llevaba al estadio todos los domingos y ahí, viendo a los cracks, les aprendía los trucos ¿captábamos? Se había pasado los tres meses sin ir a las matinés ni a las playas, sólo viendo y jugando futbol mañana y tarde, toquen esas pantorrillas, ¿no se habían puesto duras? Sí, ha mejorado mucho, le decía Choto al Hermano Lucio, el entrenador, de veras, y Lalo es un delantero ágil y trabajador, y Chingolo qué bien organizaba el ataque y, sobre todo, no perdía la moral, y Mañuco ¿vio cómo baja hasta el arco a buscar pelota cuando el enemigo va dominando, Hermano Lucio?, hay que meterlo al equipo. Cuéllar se reía feliz, se soplaba las uñas y se las lustraba en la camiseta de ¢Cuarto A¢, mangas blancas y pechera azul: ya está, le decíamos, ya te metimos pero no te sobres.”

 

Pero los cachorros maduran, y siete palabras concentran la nostalgia por la adolescencia encenizada:

 

“Ya no jugábamos tanto futbolito como antes.”

A Cuéllar, ya su padre no lo llevaría todos los domingos al estadio. ¡Los domingos! Antonio Skármeta, chileno, cala hondo en su cuento Basketball: “La música que se oía entonces era la de unos negros calugas, los Platters que les llamaban, Giolito tenía un trío más desabrido que un domingo sin futbol…”

 

 

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Existe en América del Sur un libro muy importante. Es un libro argentino, publicado por primera vez en 1948. Su autor, Leopoldo Marechal, poeta católico del grupo de Martín Fierro. La insana crítica de su país ignoró el libro durante mucho tiempo, y es apenas ahora que Adán Buenosayres, tal es su nombre, comienza a ser descubierto. (Nótula: Es el Breviario número 156 del Fondo de Cultura Económica, Historia de la literatura hispanoamericana, en la página 202, no sólo se minimiza a Leopoldo Marechal sino el título de su gran libro aparece errado: Adiós Buenosayres…)

Apenas nace Adán a su día de locura y empieza a recorrer la ciudad de su nombre, cuando ya surge (página 5) la alusión a la luminosidad de las canchas:

 

“¡Númenes de Villa Crespo, duros y alegres conciudadanos; viejas arpías gesticulando como gárgolas, porque si o porque no; malevos gruñidores de tangos o silbadores de rancheras; demonios infantiles, embanderados con los colores de River Plate o de Boca Junior…”

 

Poco después (releo la edición de 1969), vibra el fanatismo y dos jóvenes hinchas recrean una efímera tragedia riega; trátase, conforme al lenguaje de Marechal, de una secuencia homérica:

 

“Sucedió que Juancho y Yuyo, tras una ya larga carrera de bandidaje, se habían detenido por fin y renunciado a la acción, platicaban amigablemente sobre diversos temas sagrados y profanos. Y como una idea trae a la otra, de pronto Juancho se me pone a elogiar el equipo de Rácing y su famosa línea delantera; visto lo cual Yuyito, con la frente nublada, exaltó a los once de San Lorenzo de Almagro en cuyo homenaje quemó sus mejores inciensos. Palabra va y palabra viene: cada uno abandona el elogio de sus campeones y entra en el resbaladizo terreno de las invectivas; hasta que a Juancho se le ocurre decir que los de San Lorenzo eran once pataduras, y recordar el vinillo que los de Rácing les habían dado recientemente. Al oír semejante blasfemia Yuyo siente que se le hace un nudo en la garganta; pero recobra la serenidad y saca entonces a relucir los tres pepinos de feliz memoria que San Lorenzo le hizo comer a Rácing en la cancha de Boca Juniors. ¡Dioses eternos! ¿Quién describirá la indignación que se apodera de Juancho al oír mencionar aquellos tres pepinos aborrecibles? Sin más ni más aplica su derecha en la mandíbula de Yuyo, y emprende luego una retirada tan vergonzosa como ágil. Desgraciadamente, Yuyo no es manco: su ojo infalible ha medido la ventaja que le lleva el agresor, y en la imposibilidad de alcanzarlo toma un cascote y se lo tira con tal violencia que, de acertarle, le hubiera precipitado seguramente al Hades tenebroso. Pero Juno, la de los ojos de buey, que desde hacía tiempo alimentaba un rencor divino contra los de Rácing, desvió el cascote hacia la vidriera de La Buena Fortuna, de suerte que el cristal se hizo trizas…”

 

Comienza, pues, la violencia. Ya correrá la sangre, como corrió en la infortunada, incomprensible Guerra del Futbol entre El Salvador y Honduras. Un jugador vasco radicado en México que jugó varios años en Argentina, me decía muy seriote: “En Argentina prohíben las corridas de toros, porque es un espectáculo sangriento; pero allá todos los domingos matan a un árbitro de futbol a puntapiés…”

La dulzonería cinematográfica de Pelota de trapo, biografías como la de Alfredo Di Stéfano, la tragedia de El center forward (centro delantero) murió al amanecer y la ternura del tango donde el pibe sueña que lo han llamado a la primera división, son situaciones ya superadas en dramatismo. Lo veremos. En México, recuerdo un drama dominical en una polvorienta cancha de los arrabales: el portero del Mónaco paraba todos los disparos. Lo paró todo. Por su arco no pasó ni el aire. Nada entró. Fue infructuosa y desesperada la labor de la delantera del equipo contrario, el Esparta. Al terminar el partido, un furioso delantero del Esparta se acercó al heroico portero rival y le escupió esta frase: “¡A ver si ésta no te entra, tal por cual!” Y la puñalada resonó como un latido diabólico.

No recuerdo quién tenía proyectado un libro sobre sus impresiones como espectador; el libro habría de titularse así: ¡Árbitro bandido!

 

 

§§

 

He visto numerosos comentarios a la novela de Ernesto Sábato Sobre héroes y tumbas (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1965, Quinta edición); la más reciente la leí en Actual (Revista de la Universidad de los Andes) y la firma Yolanda Osuna. “Sábato ha querido presentar el retrato sicológico del hombre contemporáneo”, dice la señora Osuna. De acuerdo, si bien no se descubre nada nuevo. De acuerdo en el peregrinaje de Alejandra y de Fernando, lanzados “al tráfico con el sexo, la violencia, el asalto a las normas sociales, el delirio persecutorio…”; de acuerdo también con que el Informe sobre ciegos (segunda parte del libro) es un “submundo catastrófico”. La nota, en fin, es una cabal valoración del notable escritor hispanoamericano.

En Sobre héroes y tumbas hay algo que yo llamaría Informe sobre el futbol, donde el protagonista tiene un nombre que ya no puede ser más celestial: Humberto J. D’Arcángelo. Pero aquí está Martín frente a la vidriera de la calle Pinzón, donde se leía Pizza Faina. Martín tiene hambre. D’Arcángelo lo invita, no a comer sino a beber vermouth servido por Chichín. Humberto J D’Arcángelo, más conocido por Tito y cuyo uniforme era el escarbadientes a manera de cigarrillo y el periódico Crítica arrollado en la mano derecha, tal una espada insobornable, monologa sobre la venta o transferencia del ugador Cincotta. El lenguaje, verdadero sublunfardo, debió merecer unas líneas de Yolanda Osuna; pero sospecho que Yolanda no concurre los domingos al estadio. Oigamos, sí, oigamos atentamente a D’Arcángelo:

 

¿sabe cuánto se pagó por este hombre?

vo, Chichin, decime, e un decir, cuánto pagaron por ese tullido de Cincotta

Y qué sé yo quiniento, aventura Chichín

Y Tito: je, ochociento mil, para luego agregar: y ahora vo decime si a este pai no estamo todo loco.

 

A ésta, que Sábato llamaría “Escena típica en un cafetín de Buenos Aires” (Cafetín de Buenos Aires, se llamó el último gran tango de Enrique Santos Discépolo), sigue la violencia, el lloriqueo nostálgico de Tito:

 

ahora ya no había fóbal. ¿Qué se podía esperar de jugadores que se compraban y vendían?

Hay que amarrocar, pibe. Haceme caso. Es la única ley de la vida: juntar mucha menega, rifar el corazón…

Te estoy hablando del año quince, pibe, cuando yo iba a la cancha con el tío Vicente…

Y aunque Racin otuvo el campionato, lo seneise, que ya perfilábamo el temple salimo cuarto. En el 18 ocupamo el tercer puesto y en el 19 triunfamo en un torneo en que el cisma restó numeroso participante. ¡Eh Chichín! Decí cómo formó el equipo que ganó la copa.

 

Chichín da una respuesta correcta, y es entonces que Tito inicia, desenvjuelve y culmina su genial parrafada, perla gigante del apasionado verbalismo porteño:

 

esato. ¡Qué equipo, pibe! El gran Tesorieri. Nunca hubo ni volverá a haber, oíme bien lo que te digo, ni volverá a haber, eh, un arquero como Américo Tesorieri. Te lo dice Humberto J. D’Arcángelo.

Y lo mismo te digo de Pedro Leo Journal, el famoso Calomino, el güin má veló que ha pisado la cancha nacionale, el inventor de la célebre bicicleta, que luego tanto y tanto han querido imitar. ¡Qué tiempo, pibe, qué tiempo!

Pero lo justo e lo justo, pibe, y hay cra en todo lo equipo y hay bagayo también en Boca, pa qué no vamo a engañar. Y ahí tené, sin ir ma lejo, el negro Seoane, la célebre Chancha Seoane, que fue el puntal de lo Diablo Rojo por varia temporada. Te voy a ser sincero, pibe: el negro Seoane personificaba la clásica picardía criolla puesta al servicio del nobre deporte. Era un cra inteligente y aguerrido, la pesadilla de lo arquero de su tiempo. ¿Sabé cómo lo caracterizó Américo Tesorieri? El rey del área enemiga. Y con eso se ha dicho todo. ¿Y Domingo Tarasconi? El gran Tarasca fue uno de lo grande escore del fóbal amateur. Dueño de un potente sho, ya lo probó desde la punta derecha, y cuando fue corrido al eje, marcó un periodo glorioso en el historial del deporte argentino. Pero… y siempre hay un pero en el fóbal, como decía el finado Zaneta, por el mismo tiempo de Tarasca brillaba en la acción el gran Seoane, como te decía. Y ahopra fíjate bien en lo que te voy a explicar: la línea tenía do ala de modalidade opuesta. La derecha era académica y jugadora, la izquierda se caracterizaba por un juego eficá y por un trámite si se quiere poco brillante pero efetista, que se traducía en resultado positivo. Y a la final, pibe, se diga lo que se diga, lo que se persigue en el fóbal es el escore. Y te advierto que yo soy de lo que piensan que un juego espetacular e algo que enllena el corazón y que la hinchada agradece, qué joder. Pero el mundo e así y a la final todo e cuestión de gole. Y pa demostrarte lo que eran esa do modalidade de juego te voy a contar una anécdota ilustrativa. Una tarde, al intervalo, la Chancha le decía a Lalín: cruzámela, viejo, que entro y hago gol. Empieza el segundo jastáin, Lalín se la cruza, en efeto, y el negro la agarra, entra y hace gol, tal como se lo había dicho. Volvió Seoane con lo brazo abierto, corriendohacia Lalín, gritándole: viste, Lalín, viste, y Lalín contestó sí pero yo no me divierto. Ahí tené, si se quiere, todo el problema del fóbal criollo.

 

En efeto, perdón, en efecto, de lo dicho por D’Arcángelo podría deshuesarse un magnífico Decálogo del buen futbolista. Pero en idioma español, naturalmente. Don Arturo Capdevilla, originario de Córdoba, Argentina, recuerda en alguna página de su espléndido libro Babel y el castellano:

 

“El cultísimo escritor, doctor Cantilo, ministro que era de la Argentina en Lisboa, decíanos un día en el Chiado: Hoy me he despedido de todos estos argentinismos: batuque, pichincha, calote, mujerengo, petizo, casal… No son más que lusitanismos corrientes de seguro en Galicia…”

El habla de D’Arcángelo le habría provocado un trauma al cultísimo doctor.

En cambio, el puntero izquierdo mexicano (equipo Universidad), Aarón Padilla, se sentirá orgulloso al saber que la bicicleta que él practica fue inventada nada menos que por un jugador argentino llamado Pedro Leo Journal, el famoso Calomino

 

 

§§

 

Tal un Chichín calquiera del bucareliano Café Márago, el eruditísimo Luis Noyola Vázquez (nunca vi su libro sobre Darío; pero su libro Fuentes de Fuensanta es inapreciable para el total conocimiento de López Velarde), el único escritor que se robó a su esposa “sobre un garañón y con matraca y entre los tiros de la policía”, recita de memoria las alineaciones de todos los equipos del futbol mexicano de hace treinta años. Una noche recordamos la impar elegancia de Gaspar Rubio, la acometividad de Juan Carreño y la bravura del Pirata Fuente. Nuestro ídolo era Luis (Pichojos) Pérez, agilísimo puntero izquierdo y padre de actuales magníficos futbolistas: Pichojos II, Pichojos III…

No estoy seguro, pero creo que Noyola Vázquez es fanático del América; yo sigo siendo fiel a mi atlantismo de cuarenta años.

 

 

EMPIEZA SADISMO

 

Robert Ryan fue el protagonista. La proyección duraba ochenta minutos, los mismos de la acción. En español, la película se llamó El luchador, y narra casi genialmente los minutos anteriores a una pelea de box, la pelea y lo que ocurre en un siniestro callejón: los gangsters apostadores le despedazan las manos al boxeador que no supo entrar en arreglos. Es una de las más sadistas secuencias que yo recuerde.

Una soleada mañana, en las arenas de la playa de Jibacoa (costas de Cuba) le metí dos goles al arquero uruguayo Mario Benedetti. Testigos: el poeta peruano Antonio Cisneros y el novelista argentino David Viñas. De Mario Benedetti tengo aquí enfrente su libro Montevideanos, del que la revista The Times de Londres dijo: “Benedetti es un sagaz observador de la frustración social y sexual. El tema predominante en su libro de cuentos Montevideanos es, sin embargo, la comedia urbana. Benedetti es un buen observador de las costumbres pequeñoburguesas y tiene buen oído para el lenguaje de los empleados y mecanógrafas en las oficinas aglomeradas.”

The Times reitera el encasillamiento: pequeña burguesía, empleaduchos, mecanógrafas… Porque allí mismo, en Montevideanos, tiene el gran Mario Benedetti un relato titulado Puntero izquierdo, que yo considero la joya de todo el volumen. En el prólogo, Jesús Díaz anota: “Puntero izquierdo, estilísticamente un admirable pastiche del lunfardo, descubre las interioridades del fútbol que en otro contexto Benedetti ha definido como ‘esa barata y productiva anestesia’. La decisión final del jugador –tendrá que bajar la cabeza al salir del hospital--, nos dice que la trampa está tendida por algo más que una red de decisiones indivivuales.”

Está insinuado: el puntero izquierdo se ha comprometido a no meter ni un gol; pero lo insultan, lo acicatean. Estas son sus palabras:

 

Allí el entrenador me ordenó que jugara atrasado para ayudar a la defensa y yo pensé que eso me venía al trome porque jugando atrás ya no era el hombre-gol y no se notaría tanto si tiraba como la mona. Así y todo me mandé dos boleos que pasaron arañando el palo y estaba quedando bien con todos. Pero cuando me corrí y se la pasé al ñato Silveira para que entrará él y ese tarado me lo pasó de nuevo, a mí que estaba solo, no tuve más remedio que pegar en la tierra porque si no iba a ser muy bravo no meter el gol. Entonces, mientras yo hacía que me arreglaba los zapatos, el entrenador me gritó a lo Tittaruffo: “¿Qué tenés en la cabeza? ¿Moco?” Esto, te juro, me tocó aquí dentro, porque yo no tengo moco y si no pregúntale a don Amilcar, él siempre dijo que soy un puntero inteligente porque juego con la cabeza levantada. Entonces ya no vi más, se me subió la calabresa y le quise demostrar al coso ése que cuando quiero sé mover la guinda y me saqué de encima a cuatro o cinco y cuando estuve solo frente al golero le mandé un zapatillazo que te lo bogliodire y el tipo quedó haciendo sapitos pero exclusivamente a cuatro patas.

 

Este gol le valdría al puntero izquierdo la paliza de su vida. Como a Robert Ryan, los pandilleros lo agarran a medio camino, lo cercan y el puntero izquierdo, que no pertenece a la pequeña burguesía ni es empleado de banco ni mecanógrafo; al puntero izquierdo…

 

…la primera torta me la dio el Piraña, aparecido de golpe y porrazo, como el ave fénix y atrás de él reconocí al Gallego y al Chicle, todos manyaorejas de Urrutia, el cual en ningún momento se ensució las manos y sólo mordía una boquilla muy pituca, de ésas de contrabando. La segunda piña me la obsequió el Canilla, pero a partir de la tercera perdí el orden cronológico y se siguieron dando hasta las calandrias griegas. Cuando quise hacerme una composición de lugar, ya estaba medio muerto. Ahí me dejaron hecho una pulpa y con un solo ojo los vi alejarse por la sombra. Dios nos libre y se los guarde, pensé con cierta amargura y flor de gusto a sangre. Miré a diestra y siniestra en busca de S.O.S. pero aquello era el desierto de Zárate. Tuve que arrastrarme más o menos hasta el bar de Seoane, donde el rengo me acomodó en el camión y me trajo como un solo hombre hasta el hospital. Y aquí me tenés. Te miro con este ojo, pero voy a ver si puedo abrir el otro. Difícil, dijo Cañete. La enfermera, que me trata como al rey Farú y que tiene, como ya lo habrás jalviado, su bruta plataforma electoral, dice que tengo para un semestre.

 

 

SADISMO A CABALLO

 

O bien: Sadismo a secas. Porque sí o porque no, porque es problemática la inclusión de Labruna, porque Argentina no participará en el torneo Copa Jules Rimet; porque lo demoniaco es primero y el bigote de David Viñas se cae de maduro. Sin duda porque David Viñas es un formidable novelista y en su libro Los hombres de a caballo, al contarnos el desarrollo del Operativo Ayacucho en Perú, maniobras militares en que participan Perú, Argentina, Venezuela, Bolivia, Colombia y Paraguay (Stroessner tiene que estar en todas: es como esas muchachas feas que van a todos los bailes; ahí ligan un tango, un valsecito en otro lado, y si no tienen demasiado orgullo, hasta son capaces de conseguirse un novio), nos atormenta con las más brutales páginas de la prosa político-deportiva. La pugna se ha establecido entre los soldaditos Cirulli y Durán. El ataque de Cirullo es frontal, hiriente, venenoso. Destila su odio a Boca Juniors con frases que marchan con un ominoso trotecillo. De repente afloja la rienda y la violencia se impone al sucio juego verbal. La finta inicial es crispante:

 

En realidad, todos los de Boca son unos gatos. Unos gatos con olor a pizza. Tan gatos que ni mandan a unos de sus jugadores a la selección. Tienen miedo de que los lastimen. Por eso se reservan. En todo tienen miedo los de Boca.

 

Cirulli habla de la selección argentina de futbol, que acompaña al contingente militar. La selección habrá de jugar contra los peruanos. Cirulli no es avaro en los lametazos, y Durán engancha la provocación y en la oscuridad del dormitorio se alza el drama. Cirullo sabe golpear y humillar:

 

…Cirulli ya se ha puesto de pie y le agarra la muñeca y se la va apretando primero y después se la dobla aunque Durán lo golpee con las rodillas. “¿Pegan rodillazos los de Boca, eh?”, se ríe Cirulli y sigue retorciéndole el brazo…

…y recién lo castiga en la cara sintiendo caliente al principio y resbaloso después mezclado con algo líquido y tibio…

 

En un ronco jadeo, Durán se rinde y repite cuanto Cirulli le ordena. Del prestigio de Boca y de los boquenses no queda nada. La secuencia termina cuando Durán-gatita maúlla:

 

--Miau-miau-miau-miau-miau…

 

Al general argentino le llaman El Viejo. Al concluir el Operativo Ayacucho le prensa bonaerense lo interroga, El Viejo se resiste a responder. Finalmente dice:

 

ꟷBien –dijo--; alzó un poco la barbilla y se asentó el bigote. El Operativo –dijo suavementeꟷ, ha demostrado la unidad continental. Es un hecho.

 

Pero la prensa quiere más. El micrófono tiene hambre. Acuciado, el gran hombre de a caballo alcanza el clímax: ꟷA los que como yo ꟷdijo pausadamente mientras contemplaba a esa multitud ahí amontonadaꟷ,  creen en la cultura occidental y cristiana, puedo asegurarles que estén tranquilos.

 

Durante el desfile en Lima; Cirulli no deja de zaherir mortalmente a Durán: No hay nada que hacerle: los de Boca salen adelante porque hacen todo con los dientes apretados rompiéndose el alma; pero clase, lo que se dice clase como campeones, en su perra vida…

Cuando se enfrentan los equipos peruano y argentino, David Viñas casi nos obliga a oír el crujido de los huesos. El juego está empatado a cero goles. Sin embargo, los argentinos tienen a Delacra. Escuchemos al locutor:

 

“Avanza Delacra. Parece que va a pasar el argentino. Lo retiene. Avanza nuevamente. Driblea Delacra. Un jugador peruano. Otro jugador peruano. Avanza… Delacra frente al arco local. Y shotea Delacra de manera maravillosa” ꟷy las palabras de ese tipo crecen y se estiran como nunca en las vocalesꟷ, “Y gol de Delacra. ¡Gol argentino!... ¡Maravilloso gol de Delacra desde la línea de peligro!... Y el partido ha terminado con ese gol…”

 

Con una jugada genial, digna de un Pelé en Maracaná, se termina el segundo tiempo del juego literario. Silbatazo final, Juan Carlos Onetti, Manuel Pilares, Emmanuel Carballo, Rafael Alberti, Rafael Bernal, Jorge Luis Borges, Jean-Paul Sartre, Mario Vargas Llosa, Leopoldo Marechal, Ernesto Sábato, Mario Benedetti y David Viñas se encaminan lentamente hacia las regaderas.

 

 

 

 

 

 

EFRAÍN HUERTA (1914 - 1982). Nació en Guanajuato el 18 de junio de 1914; murió en 1982. Hizo sus primeros estudios en León y Querétaro. En la ciudad de México cursó la preparatoria y los primeros años de la carrera de leyes. Fue periodista profesional desde 1936 y trabajó en los principales periódicos y revistas de la capital y en algunos de provincia. Fue también crítico cinematográfico. Perteneció a la generación de Taller ¡1938-1941), revista literaria que agrupó entre otros, a Octavio Paz, Rafael Solana y Neftalí Beltrán. Viajó por los Estados Unidos y Europa. El gobierno de Francia le otorgó en 1945 las Palmas Académicas. En 1952 visitó Polonia y la Unión Soviética. Dentro del grupo que integró la generación de Taller, Efraín Huerta se distinguió por su sana conciencia lírica, por su apasionado interés por la redención del hombre y el destino de las naciones que buscan en su organización nuevas normas de vida y de justicia. Sus primeros libros: Absoluto amor y Línea del alba están incluidos en Los hombres del alba, además de su obra publicada en revistas hasta 1944. El amor y la soledad, la vida y la muerte, la rebeldía contra la injusticia, su lucha contra la discriminación racial, la música de los negros, la política y la ciudad de México, son los temas más frecuentes de su poesía. Recibió el Premio Nacional de Poesía en 1976.

"Efraín Huerta es uno de los poetas más importantes del siglo veinte en América Latina. Su exquisito manejo del arte poética aunado a su vitalidad expresiva lo convierten en uno de los epígonos de su generación. Es un poeta de ruptura; inmerso en su transcurrir histórico no duda en utilizar las técnicas neo-vanguardistas en forma magistral, creando espacios que no habían sido descubiertos en la expresión poética. Inmerso en una "estética de la impureza" , contrapuesta a la "poesía pura". Efraín Huerta se consideraba "el orgullosamente marginado, el proscrito", comprometido, como todo artista auténtico, con su propia conciencia. El poeta de la rebeldía, cuya obra recupera cada vez más la fuerza expresiva al paso del tiempo, es también el poeta del amor.

Su poesía tiene muchas vertientes y nos ofrece innumerables lecturas, bebamos aquí de la vertiente luminosa de su amor, de la patria de su corazón y de su juventud que lo llevó a trascender su generación cronológica como uno más de los poetas nacidos décadas después. Es el suyo un caso extraño por su constante ruptura con los moldes y por eso falta la distancia para comprenderlo en su justa medida y trascendencia dentro de la historia literaria del siglo veinte". (Raquel Huerta-Nava, Chapultepec, enero de 1998).

 

 

 

 

 

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