Sobre Emilio Uranga y ¿el filósofo por venir? Por Karla Osorio Lucas

 

 

 

Sobre Emilio Uranga y ¿el filósofo por venir?

 

Karla Osorio Lucas

 

 

Una vez que el sistema educativo mexicano logró consolidarse a la par que el proyecto de nación, –atisbado aun con mayor hondura–  el espíritu ilustrado de toda una generación se hallaba empapado de entusiasmo y con un apetito insaciable de saber.  Ímpetu descrito por Villoro como un “acontecer fugaz, de brillo inusitado, llamarada de inteligencia que no volverá a repetirse.” Tal hervor hizo que a mediados del siglo XX la entonces Facultad de Filosofía y Letras, ubicada en la escuela de Mascarones fuera uno de los centros más importantes de creación filosófica en lengua española.

En 1947 surge entre sus aulas el grupo filosófico hiperión, un grupo de jóvenes alumnos interesados en discutir las nuevas corrientes filosóficas del existencialismo y la fenomenología que hasta ese entonces contaban con poca difusión en el país. El apoyo ofrecido por el Estado mexicano a las instituciones académicas y culturales, al igual que la apertura de espacios para la producción y difusión del trabajo intelectual, benefició el desarrollo y la profesionalización del estudio filosófico en México. La academia, al consolidarse como el culmen de la reflexión, propició  prácticas muy específicas de ejercer la filosofía.

La creación de centros dedicados a la investigación filosófica, la fundación de revistas especializadas en temas de carácter académico, la traducción de obras de la filosofía europea contemporánea y la publicación de autores mexicanos, la realización de congresos nacionales e internacionales, aunado al otorgamiento de becas para estudiantes y la ampliación de una planta docente dedicada casi exclusivamente a la investigación y enseñanza de la filosofía redundaron en una mayor especialización temática y metodológica.[1]

Los miembros del hiperión fueron los primeros frutos de tal especialización universitaria. Entre ellos, destacaba un joven nervioso “de sonrisa desdeñosa y avasalladora inteligencia”: Emilio Uranga. Tal era su ingenio que el “transterrado” José Gaos, su maestro, reconoció que “inteligencias así, se dan en Europa cada siglo.” Su mayor desperfecto, según Octavio Paz: la falta de simpatía. Empeñado –al igual que los demás integrantes del grupo– en dar “sustancia concreta, limo terrenal, a las ideas eternas,”[2]es decir, en tender un puente entre el cielo de las ideas y una realidad específica, sus intereses filosóficos se centraron, al menos en la primera parte de su obra en el problema del mexicano.

 

 

De filósofos y profesores

 

Valdría la pena preguntar por el espacio académico donde se ejerció la filosofía y la manera en que Uranga entendió la figura del filósofo. ¿Cuál fue el sentido de sus prácticas dentro de toda esa reverberación reflexiva de mediados del siglo XX? Mientras que algunos vieron la institucionalización académica de la filosofía como uno de los mayores logros del siglo, Uranga ve en la cátedra un peligro. La experiencia del filósofo se ve restringida por las paredes agarrotadas de la enseñanza, “un profesor de filosofía es apenas una sombra de filósofo”[3], exclama el genio con mal genio. La propia condición fantasmal del profesor limita su horizonte reflexivo a ras de suelo. Lejos del salón de clase no está destinado a ser ni recuerdo.

El dominio técnico de la lengua del enseñante de la filosofía se agota en su papel de comentador. El resultado de la probidad y el nivel de exactitud que brinda la academia es la formación de comentadores. La experiencia y figura del profesor de filosofía se agota en el comentario, que una vez más, se ve opacado por la efigie del filósofo.

La explicación del texto del filósofo requiere una complicada trama de actos de exégesis. Entra desde luego el conocimiento de la lengua en que está escrito el texto, la costumbre de traducir la terminología o fórmulas más sencillas o más accesibles, pero ante todo, la constante preocupación de explicar las partes por el todo, de tener siempre presente la totalidad de la doctrina para resolver un caso particular, o con palabras escolásticas, tener el hábito de los primeros principios.[4]

A diferencia del profesor  que ejerce un uso imitativo del discurso, el filósofo ejecuta un acto creador: “mientras que el comentador reduce su ciencia a saber revelar la fotografía, el filósofo ha tomado ésta.”[5] La disparidad de ambas tareas se abisma en el grado de responsabilidad con que se afronta cada uno. Por un lado, el técnico y enseñante de la filosofía se resguarda en el salón de clase donde lo espera un público que habla su misma lengua y al que dirigirá su perorata, jóvenes practicantes dispuestos a dejarse guiar en opinión, permitiéndole al comentador prever el rumbo de la discusión. Aunque sea de manera espectral, el profesor se ve acogido por una institución en la que puede reproducir un discurso predeterminado a un auditorio bien definido.

El filósofo está destinado a andar y lanzar el grito a ciegas, como un relámpago que cae a mitad de la noche sin tener certeza ni control alguno del grado de resonancia que alcanzará su trueno. En contraposición al profesor, el filósofo no tiene un público determinado al cuál dirigir su obra. Sujeto a las ambigüedades pronunciadas en su contra, se encuentra expuesto a toda crítica y es juzgado con severidad. La academia no lo ampara ni protege, está fuera de ella, y como tal no tiene un espacio donde reproducir su discurso, “vive en zozobra, en un radical no saber a qué atenerse, volcado o echado, no sobre una clase sino sobre una situación entera, cotidiana y extraordinaria, académica y extraacadémica.”[6] Al no tener un espacio de injerencia claro y delimitado, actúa como un extranjero que no pertenece a ninguna parte pero que al mismo tiempo podría estar en todas.

 

 

De la escritura

 

Entre el filósofo y el profesor, la diferencia fundamental está en el uso técnico del lenguaje, que se relaciona, a su vez, con la trascendencia y resonancia que adquieren a nivel público. Ambos han logrado apropiarse de un pensamiento que se presenta “bajo la forma de una impresionante envoltura técnica cuyos secretos hay que penetrar antes de poder traducir en vivencias cotidianas las enseñanzas que implica.”[7] Si bien, ambos han alcanzado cierto nivel del uso del lenguaje, el del filósofo siempre estará por encima del enseñante.

El nivel de preparación técnica no es un nivel estacionario, sino que asciende o desciende dentro de amplios límites. Por convención hay una altitud que podría llamarse ‘‘normalidad’’, que si no se ha alcanzado impide hablar propiamente, no ya de un filósofo, si no inclusive de un profesor de filosofía.[8]

No obstante, la voz del enseñante, al estar restringida a un pequeño grupo de iniciados que aspiran a ser futuros profesores, corre el riesgo de caer en un exceso de rigurosidad, llevándolo a perder todo contacto con los intereses generales de los hombres, “¿quién puede olvidar que las enseñanzas de la filosofía no están destinadas sólo a los que se pueden sentar, previamente instruidos, en una catedra de filosofía?”[9] He ahí una de las fatalidades de la academización de tal ciencia. El filósofo, dueño de su propio rigor y técnica hace posible la divulgación de la filosofía al hombre de la calle.

Por necesidad el filósofo que busca hacerse oír tiene que romper con los causes académicos, desbordar los conductos que le traza de antemano una facultad, ponerse en contacto con amplios círculos de lectores por medio de dos instrumentos característicos del hombre contemporáneo: el periódico y la radio.[10]

¿A través de qué tratamiento en la escritura se logrará tal propósito? Reparar en la escritura filosófica, es ya todo un problema, por lo general, la historia de la filosofía está plagada de malos escritores. Sin embargo, la belleza de las palabras y del discurso no enaltece a la filosofía por sí. Para Uranga la retoricidad del lenguaje poco tiene que ver con la filosofía, su labor escriturística va más allá de las fieras salvajes que son las palabras, “la viciosa convicción de que el asunto de la retórica es el arte de ganar adeptos de una causa injusta coadyuva a que el filósofo, figura surgida como contra imagen del sofista, deteste la expresión bella.”[11]

Más que escribir bien, según las reglas dictadas por la gramática, todo pensador debe buscar un estilo propio. El genio del idioma, acompañado de la turba enardecida de las palabras tiene ya un camino muy bien trazado, impidiendo el trabajo creativo del filósofo que aspira a darle voz a la idea. Por encima de la palabra y su rigor lingüístico, la idea se erige con mayor estima, no hay que permitir que la palabra se adelante a la idea, exclama Uranga.

Es muy difícil remontar el río de las palabras, remar a contracorriente, y obligarlas a ser dóciles, no a sus maridajes tradicionales, al genio del idioma, sino a las ideas. El orden de las ideas no corresponde al orden de las palabras, es siempre, innovación, y el filósofo aparece bajo la desairada figura de corruptor, o pervertidor del lenguaje, en contraste hiriente y desfavorable con el poeta como creador del idioma.[12]

El filósofo ve en la palabra una herramienta con la que habrá que forcejear hasta esculpir con ella –de la manera más precisa que sea posible– el orden de su pensamiento. ¿Cuál será el género literario más próximo a la filosofía que logre tan alta expectativa? Retomando a José Ortega y Gasset, así como a Antonio Gómez Robledo y a Hegel, el genio mal logrado destaca que poco importa el género en que se escriba, ya sea ensayo, poesía, teatro, cuento o anécdota, siempre y cuando el discurso conserve la nuez, es decir, la proposición filosófica original encargada de resguardar la <<quinta esencia>>, o dicho en otras palabras, darle expresión a los estados del alma.

El filósofo, a través de la escritura salvaguarda la verdad, quehacer obstaculizado por el genio del idioma y su torrente de palabras que amenazan con acallar la voz e intercambiarla por su grito. No obstante, la veracidad no se encuentra en la palabra en sí, sino en lo que protege, ya sea la estructura dramática, propuesta por Gómez Robledo o la etimología sugerida por Ortega y Gasset. El arte literario del filósofo consiste en lograr transmitir la voz.

La filosofía en su base misma, en su fundamento tiene que resolver un problema, aunque mínimo, de expresión literaria. Y enunciar tal proposición en términos intraducibles por su misma perfección literaria, como sucede en los casos eximios con un poema, no habla en contra de su condición filosófica, sino precisamente en su favor.[13]

Lo anterior se ve ejemplificado en la cuarta parte del Análisis del ser del mexicano, donde Uranga pretende pensar el tema de la revolución mexicana a partir del “Minutero” de Ramón López Velarde quién –según su parecer– intuyó una nueva patria que sigue a la espera de ser perfilada. La tarea de la filosofía habrá de enunciar el acontecimiento develado en dicha revuelta que ha sido resguardado en la poesía de Velarde. No obstante, si la academia sólo forma profesores, técnicos de la enseñanza ¿dónde y cómo se forja un filósofo? ¿Será eso parte de vivir en la zozobra? Niebla oscura del no saber a qué atenerse. ¿Quién será el valiente que se atreva a tal hazaña?

 

 

Referencias

 

Santos, A. Los hijos de los dioses: El grupo filosófico hiperión y la filosofía de lo mexicano. México, Bonilla Artigas Editores, 2015.

 

Uranga, E. “Filósofos y profesores de filosofía” en Análisis del ser del mexicano y otros escritos sobre la filosofía de lo mexicano. México, Bonilla Artigas Editores, 2013, pp.170-173

 

“Rigor y divulgación en la filosofía” en Análisis del ser del mexicano y otros escritos sobre la filosofía de lo mexicano. México, Bonilla Artigas Editores, 2013, pp.189-192

 

La filosofía como expresión literaria (propuesta). Revista de la Universidad, Vol. 12, num 1. Septiembre 1957 pp. 21-23.

 

 

 

[1] Santos, R. Los hijos de los dioses. p. 5

[2] Santos, R. op. cit. p.17

[3] Uranga, E. Filósofos y profesores de filosofía. p.170

[4] Uranga, E. op.cit. p.171

[5] Uranga, E. op.cit. p.172

[6] Uranga, E, op.cit. p.173

[7] Uranga, E. Rigor y divulgación en la filosofía. p.190

[8]Uranga, E. op.cit. p. 170

[9] Uranga, E. op.cit. p.191

[10] Uranga, E. op.cit. p.192

[11] Uranga, E. La filosofía como expresión literaria (propuesta) p..22

[12] Uranga, E. op.cit. p.22

[13] Uranga, E. op.cit. p.23

 

 

 

 

 

 

 

Karla Osorio Lucas (1997) Ciudad de México. Estudió la licenciatura en filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha participado en talleres y cursos literarios en Casa del Lago UNAM y Casa del Poeta “Ramón López Velarde”. Miembro del Seminario de Tecnologías Filosóficas de la FFyL UNAM y miembro del comité editorial de la revista literaria Murmullo de Paloma desde 2020.

 

 

 

 

 

 

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