Sobre el número áureo en la Divina Comedia. Dante: Número, de Marco Perilli

 

Este ensayo es un fragmento del capítulo “Número”, que forma parte del reciente libro Dante (Pre-textos, 2019) de Marco Perilli, pp. 31-39.

 

Autor: Marco Perilli
Edición: En coedición con Fundación Amado Alonso
Año: 2019
ISBN: 978-84-17830-23-6
Nº de edición: 
Encuadernación: Rústica
Formato: 21x14
Páginas: 168
Recorridos: Pre-Textos Mexicanos

https://www.pre-textos.com/escaparate/product_info.php?products_id=1954

 

 

 

Número

Marco Perilli

(Escritor y editor)

 

 

 

Cada vez que te veo eres otra –le dice la parte menor a la mayor. La cifra de su simpatía es 0.618.

El número áureo determina la relación constante entre el conjunto y las fracciones, entre los miembros y el organismo. Puede resumirse así: la parte menor es a la parte mayor, lo que ésta es a la totalidad. La proporción genera armonía, sentido estético que ahonda en la mecánica del ser, en la etimología de las ideas. La naturaleza dispensa ejemplos elocuentes de tal ecuación: la concha del nautilo, la filotaxis del girasol, los copos de nieve. El arte ha hecho suya esta ley del crecimiento de las formas, aplicándola en la planta de una catedral o su fachada, en la composición de un cuadro, de una sonata, del diseño de un objeto familiar.

Hasta aquí la obviedad. Arquitectos, músicos, pintores, no entenderían qué aporta este alegato. Pero, en la literatura, ¿qué pasa con la sección áurea? ¿Novelistas y poetas la cultivan?

La respuesta está en las obras. Los números de Dante establecen un vínculo entre símbolo y estructura, entre cuerpo y destino. El 3, el 7, el 9… Pero ¿la Comedia utiliza la sección áurea?

Busquemos el punto áureo del conjunto. La sección áurea se calcula multiplicando el parámetro por 0.618, o dividiendo entre 1.618 y el resultado no cambia. Tenemos 100 cantos: 100 por 0.618 da 61.8, numeración que no aparece en ninguna edición; hay que restar los 34 cantos del Infierno para llegar al 27 del Purgatorio (34 + 27 = 61), agregando ese 8 decimal que nos lleva hacia el final del canto. ¿Qué pasa ahí?

Virgilio y Dante han subido, grada tras grada, la inmensa montaña del purgatorio, y han llegado al paraíso terrenal. El maestro dirige al discípulo palabras perentorias, cuyo efecto él no aferra todavía, y el lector, a estas alturas del viaje, tampoco:

 

No esperes mis palabras ni mis gestos;

es libre, recto y sano tu albedrío

y error sería no seguir su senda:

ahora yo te mitro y te corono». [1]

 

La clave está en los cantos sucesivos: fue la despedida de Virgilio, la última sentencia que la razón expresa. El tema del libre albedrío es central en la Comedia; y es central en el sentido geométrico del plano. La razón humana, la filosofía, el juicio que se afina, son el proceso que lleva al alma a conocerse a sí misma y, por ende, a prepararse al viaje trascendente: Virgilio se va, llega Beatriz, la teología, el camino inmaterial al cielo. El punto áureo del poema coincide con esta transición: de la filosofía a la teología, de la razón humana a la razón divina, del cuerpo al espíritu, de la tierra y del agua al aire y al fuego. El salvoconducto es el ejercicio del libre albedrío: el peregrino ya no necesita palabras ni consejos de la razón, su albedrío, después de recorrer los círculos del infierno y las cornisas del purgatorio, después de la experiencia física del mal, de su castigo y de su purificación, ha comprendido el alcance de todo acto y voluntad, ha terminado su periplo educativo en materia de moral. Ahora, el paso sucesivo es un salto al compás espiritual del pensamiento, a su éxtasis perpetuo, al dogma contemplado, al resplandor sin ojos, al tiempo deshilado, al sumo Bien. El punto áureo marca la estafeta intelectual de la Comedia.

La pregunta es si este criterio matemático se aplica también a sus distintas partes, definidas a la vez como unidades.

El Infierno se extiende por 34 cantos: la sección áurea da 21. ¿Qué pasa en ese canto? Estamos en la quinta bolsa del círculo octavo, el pecado castigado es la baratería, la corrupción. Los reos están sumergidos en un estanque de pez hirviendo, los demonios los pinchan con arpones. Dante y Virgilio recorren ese “camino salvaje” hasta que un demonio detiene su marcha:

 

«No se puede avanzar por este escollo

porque se ha derrumbado el sexto arco;”[2]

 

Y explica:

 

A esta hora de ayer, si le añadimos

cinco más, se cumplieron mil doscientos

y sesenta y seis años del seísmo. [3]

 

El verso 113 determina la fecha del viaje. Dante consideraba que Cristo murió a los treinta y cuatro años,[4] “hacia la hora sexta”, es decir al mediodía, según narra San Lucas.[5] Y de acuerdo con la tradición evangélica, el cielo oscureció, la tierra tembló, los sepulcros se abrieron y los cuerpos de los justos dormidos resucitaron.[6] Si han pasado 1266 años y un día, menos cinco horas, desde que Cristo espiró, son las siete del sábado de gloria del año 1300. El arco despedazado es vestigio del temblor que sacudió la tierra a la muerte del Redentor, evento que generó literatura e iconografía sobre la bajada de Cristo al infierno, o al limbo, para derribar las puertas y rescatar a los probos del Antiguo Testamento. La idea que apuntala la escena es la propia convulsión de la tierra en respuesta al arcano de la salvación, el mundo es el teatro escatológico del drama. Temblor y redención.

Pasemos al Purgatorio. 33 cantos: la sección áurea da 20. Dante y Virgilio recorren la quinta cornisa del monte, donde expían su pecado los avaros, tumbados boca abajo. El poeta recuerda:

 

y oí temblar el monte cual si al punto

se fuese a derrumbar; me quedé helado,

como le ocurre al condenado a muerte. [7]

 

Un temblor sacude la montaña, ni Dante, ni Virgilio, llenos de angustia, pueden explicarse su porqué. Será otro poeta, Estacio, en el canto sucesivo, quien aclara ese prodigio:

 

Tal vez haya temblores más abajo,

pero un temblor causado por el viento

que la tierra aprisiona, no lo ha habido.

 

Tiembla aquí cuando un alma ya se siente

pura, y se yergue y sube hacia lo alto,

y se escucha el clamor que la secunda. [8]

 

La montaña, indemne a los fenómenos físicos, tiembla para acompañar la ascensión al cielo de un alma ya purgada. (En la Edad Media, la causa de los terremotos se atribuía a los vientos atrapados en las vísceras de la tierra.) Otro temblor asociado a la redención, otra efracción de las leyes naturales al servicio de la historia escatológica del mundo: en el infierno la redención del hombre, aquí la redención del individuo. Los puntos áureos de las cantigas abogadas al espacio terrenal –la bajada hacia el centro de la tierra, en el infierno; la subida al purgatorio, situado en el polo sur del globo– guardan la misma vocación.

En el Paraíso también tenemos la sección áurea en el canto 20. Podríamos esperarnos una análoga ecuación, excluyendo el terremoto. En el canto XVIII, los puntos luminosos que indican las almas bienaventuradas, dibujan un águila:

 

Igual que cuando chocan dos tizones

e innumerables chispas se disparan

(y ahí los necios creen ver augurios),

 

después más de mil luces se elevaron,

unas más y otras menos, según quiso

disponerlas el sol que las enciende;

 

y una vez quietas todas en su puesto,

vi muy claro que el cuello y la cabeza

de un águila formaban con su fuego. [9]

 

El águila habla, expone el tema de la justicia divina: Dante ha llegado a la sexta esfera, el cielo de Júpiter, el de los justos. La argumentación se despliega hasta el canto XX, donde ilustra el misterio de la salvación de los paganos. Aduce dos ejemplos: Rifeo, personaje del ciclo troyano, conocido a Dante por la Eneida,[10] y Trajano, el emperador romano. Ambos fueron misericordiosos, sin abrazar, por razones históricas uno, por omisión el otro, la fe cristiana. Sin embargo, sus méritos conquistaron la merced divina; Rifeo puso todo su amor en la justicia:

 

de gracia en gracia, Dios le abrió los ojos

y vio nuestra futura redención; [11]

 

Y Trajano, protagonista de una célebre leyenda medieval, por intercesión de Gregorio Magno volvió del infierno, se hizo cristiano y murió en el amor por Dios:

 

Del mismo infierno, del que nadie vuelve,

salió una de ellas y volvió a su cuerpo:

fue la merced que obtuvo su esperanza; [12]

 

El relato milagroso sella los cantos de las secciones áureas. En el Infierno se alude a Cristo que baja a liberar a los justos; en el Paraíso un alma condenada resucita; en el Purgatorio el portento celebra la asunción al cielo.

Luego hay prodigios conceptuales… Dante había dudado de la justicia que condena a los paganos:

 

… “Nace un hombre en la ribera

del Indo (donde no hay nadie que hable,

lea o escriba nada sobre Cristo),

 

y todos sus deseos y sus actos

son buenos a la luz de la razón:

no peca de palabra ni de obra.

 

Luego muere sin fe y sin bautizar:

¿con qué justicia puede condenársele?,

¿cuál es su culpa, si no era creyente?”. [13]

 

Cuestión capital en la doctrina cristiana, la predestinación, la inescrutabilidad de los designios divinos, rebasa la razón, todo juicio y pensamiento. Sólo un acto de fe la profesa.

 

¡Oh predestinación, qué inalcanzable

es tu raíz para los simples ojos

que no ven tota la razón primera! [14]

 

La salvación, una vez más, es la cuña que sujeta los nudos de la estructura narrativa e ideal de la Comedia. La redención del género humano; la salvación del alma individual; la salvación de los paganos y la predestinación: el tema, en sus variantes, cae en las secciones áureas de las tres cantigas. No es casual: en la carta Al Can Grande de la Scala, un documento de primaria importancia para un examen del poema, glosa de autor que proporciona claves y señales, el propio Dante afirma que “el asunto de toda la obra, en sentido literal, es simplemente el estado de las almas después de la muerte, pues todo el desarrollo de la obra gira alrededor de este tema. Pero, si consideramos la obra en su aspecto alegórico, el tema es el hombre sometido, por los méritos y deméritos de su libre albedrío, a la justicia del premio y del castigo”.[15] Y respecto al Salmo 113, que propone cual paradigma de una lectura polisémica de la Comedia, Dante insiste que “se significa nuestra redención realizada por Cristo”, “se alude a la conversión del alma”, “se quiere significar la salida del alma santa de la esclavitud de nuestra corrupción hacia la libertad de la eterna gloria”. Esto, dice Dante, significa la Comedia, y se sirve de los tres puntos áureos para articular la construcción.

Es lícito ahora preguntarnos si el principio aplica a cada canto; incluso, a determinadas unidades, temáticas, formales, de los cantos. Si la Comedia es un mundo, podríamos decir con Dante que “La gloria del que todo lo gobierna / penetra el universo y resplandece / en unas partes más y en otras menos.”[16] Limitémonos a un registro del Infierno y veamos cómo en varios cantos, consagrados en los colegios y en las antologías, el esquema funciona puntualmente.

El canto de Francesca (V): comprende 142 versos, el punto áureo cae en el verso 88, donde comienza el discurso de Francesca. Si quisiéramos aislar este discurso, el primero de los tres tercetos que comienzan con la palabra Amor –anáfora crucial en la definición del tema– marca la sección áurea de la secuencia.

El canto de Farinata (X): comprende 136 versos, el punto áureo cae en el verso 84, donde termina el discurso de Farinata en torno a la profecía del exilio de Dante.

El canto de Pier della Vigna (XIII): comprende 151 versos, el punto áureo cae en el verso 93, donde comienza el relato de la odisea del alma suicida.

El canto de las metamorfosis de los ladrones (XXV): comprende 151 versos, el punto áureo cae en el verso 93, cuando Dante suspende la terrorífica descripción para apelar, y retar, a Lucano y a Ovidio, maestros del género.

El canto de Ulises (XXVI): comprende 142 versos, el punto áureo cae en el verso 88, en el terceto donde comienza el relato de Ulises con un cuasi inexplicable encabalgamiento. La primera palabra de Ulises, “cuando”, en el original coincide con la última palabra del terceto: ¿por qué anticipar el arranque del relato fragmentando la dicción y estirando, por medio de un adverbio, el tiempo? Se ha explicado con razones psicológicas, con la necesidad de resaltar la afasia de la llama en que se ha convertido Ulises: tiene que recoger las fuerzas para liberar su voz; ese sonido, ahí, es un suspiro. Pero, ¿no podríamos suponer que Dante haya esperado hasta la última palabra del terceto para amarrar el relato de Ulises a la viga cardinal del canto?

Y si, como en el caso de Francesca, aislamos el relato de Ulises tomándolo como unidad narrativa, el punto áureo coincide con el verso 121, donde Ulises alcanza el vértice de su alocución y anuncia su triunfo:

 

Mis compañeros, al oír mi arenga,

desearon partir con tal vehemencia,

que no hubiera podido detenerlos; [17]

 

La persuasión lograda es el castigo que Ulises paga en el infierno, entre los malos consejeros.

El canto de Lucifer (XXXIV): comprende 139 versos, el punto áureo cae en 85.9, cuando Virgilio sale del infierno (85) y coloca a Dante fuera (86).

Todos los ejemplos apuntan al clímax narrativo o al nudo conceptual de cada canto. El principio es activo en el conjunto y en las partes, es norma de uso, herramienta inteligente para trazar la geometría del más allá, la estructura pensada como idea, como trama y contenido.

 

 

[1] Purgatorio, XXVII, 139-142. Las citas proceden de la siguiente edición: Dante Alighieri, Comedia, traducción, prólogo y notas de José María Micó, Acantilado, 2018.

[2] Infierno, XXI, 107-108.

[3] Ibid., 112-114.

[4] Convivio, IV,10.

[5] Lc., XXIII, 44.

[6] Mt., XXVII, 51-52.

[7] Purgatorio, XX, 127-129.

[8] Ib., XXI, 55-60.

[9] Paraíso, XVIII, 100-108.

[10] Virgilio, Eneida, II, 426 ss.

[11] Paraíso, XX, 121-123.

[12] Ib., 106-108.

[13] Ib., XIX, 70-78.

[14] Ib., XX, 130-132.

[15] “Al Can Grande de la Scala”, 8, 24, traducción de José Luis Gutiérrez García, en Obras completas de Dante Alighieri, Biblioteca de Autores Cristianos, 1965.

[16] Paraíso, I, 1-3.

[17] Ib., 121-123.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *