Romancero de guerra. Efraín Huerta

 

 

 

 

Este artículo periodístico fue publicado en el libro Palabra frente al cielo. Ensayos periodísticos (1936-1940), editado por Difusión Cultura-UNAM. Edición, compilación, selección, prólogo y notas a cargo de la poeta Raquel Huerta-Nava, pp. 437-440.

 

 

 

 

 

 

Romancero de guerra

Efraín Huerta

 

 

De todos los envíos que nos hacen los republicanos españoles, las cartas, los carteles, las fotografías, los periódicos, ninguno ha causado tanta impresión de fe como la hoja semanal que los intelectuales antifacistas editaban —o tal vez editan todavía— en la ciudad de Madrid. Nos referimos al Mono Azul, y  particularmente a la página llamada “Romancero de la Guerra Civil”. Es un Romancero ya inmortal, como los gestos heroicos de los trabajadores españoles que han sabido detener tantas semanas las acometidas de los invasores. De los cinco ejemplares del Mono Azul que tenemos a la vista, las páginas del Romancero están dedicadas: a José Colom, héroe del pueblo; a Saturnino Ruiz, caído en Somosierra; a Lina Odena; a las mujeres que trabajan en la retaguardia; y a la defensa de Madrid.

¿Y se nos preguntará, qué grandes poetas llenan con sus octosílabos las páginas de ese famoso Romancero? La respuesta es larga y asombrosa, porque en el Romancero están desde el más joven de los líricos hasta el más maduro. Allí, por una misma causa, por un idéntico deber y con un mismo objetivo escriben Antonia Aparicio, Rafael Alberti y Pablo Neruda. ¿Causa, deber, objetivo?, preguntan los agazapados, agregando que qué diablos importa a los poetas eso de la guerra con sus orígenes y consecuencias. Pues sí, señores, nada menos que la causa de la nobleza humana contra la “causa de los generales de Semana Santa”; el deber de todo artista contra el “deber” de los latifundistas andaluces, contra el “deber” de los militarzuelos de corridas de toros, contra el “deber” de los pederastas y camisas negras; y como objetivo, lanzar una eficaz metralla contra los señoritos juerguistas, contra los asnos-frailes que, en representación del agónico Santo Padre prometen.

 

quinientos días de indulgencia

por cada rojo en el suelo.

 

No pueden contrastar estos romances con los que Don Ramón Menéndez Pidal incluye en su Flor Nueva de Romances Viejos, porque son los mismos hombres: son los españoles auténticos, convertidos en milicianos; son las doncellas heroicas y generosas, no cautivas; son, otra vez, los moriscos; es Granada, es Córdoba, es Valencia; son los mercenarios; es el Generalife, es la Alhambra. Es el mismo paisaje: inmensas vegas, bellísimas cármenes, olorosos olivares, rojos claveles, perfumadas albahacas. Son las mismas ventanas y las mismas callejuelas. Lo único distinto es el siglo, clarificado con un movimiento revolucionario que nunca flaquea, y enturbiado por el fango que alimentan fascistas y extranjeros.

Ahora hay pueblos destrozados, pero no vencidos, por los obuses: Irún, Badajoz, Toledo, Sevilla la roja, Málaga la gallarda. Pero la reconquista, está cercana:

 

Ay, qué rosa amanecida

verá conquistar Granada!

 

Nosotros sabemos que rosas como puños en alto reconquistarán Granada, donde un grueso pelotón de verdugos secó la sangre de Federico;

 

…Que fue en Granada el crimen

Sabed -¡pobre Granada!-, ¡en su Granada!...

Murmura trágicamente Antonio Machado.

 

En el Romancero están nuestro conocido Raúl González Tuñón, Miguel Hernández, Manolo Altolaguirre, Rosa Chacel, Morales Casas y muchísimos más. De Aparicio, joven poeta que conocimos en Caballo verde para la poesía, viene en el número nuevo un romance burlesco titulado “Las cuentas del buen fascista”, que concluye con estos dos versos:

 

Por Dios y por el fascismo

cuanto soy y cuanto tengo

 

En el número 10, el último que nos ha llegado, y dedicado a la Defensa de Madrid, colaboran Manuel Bolín, Pedro Garfias, Pérez Infante, Alberti —con un poema popularizado rápidamente—, Altolaguirre y el estupendo Plá y Beltrán con el maravilloso romance “A Lina Odena, muerta entre Guadix y Granada”.

Y España, Madrid, ha levantado una bandera que no se acordaba ante la furia pagada de las legiones extranjeras.

 

Madrid, corazón de España,

late con pulsos de fiebre.

 

Y no cae. Y no caerá. Por algo lo ha dicho Lino Novás-Calvo en versos-martillazos:

 

¡Qué sabroso plato rojo

para Franco, Mola, Aranda,

Queipo, Doval, Cbanellas

y todos los de su casta!

Pero tate, los traidores,

cobardes de mala entraña,

que el suelo que allanarían

Ya les abrasa las plantas.

 

México, D. F., marzo de 1937

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EFRAÍN HUERTA (1914 - 1982). Nació en Guanajuato el 18 de junio de 1914; murió en 1982. Hizo sus primeros estudios en León y Querétaro. En la ciudad de México cursó la preparatoria y los primeros años de la carrera de leyes. Fue periodista profesional desde 1936 y trabajó en los principales periódicos y revistas de la capital y en algunos de provincia. Fue también crítico cinematográfico. Perteneció a la generación de Taller ¡1938-1941), revista literaria que agrupó entre otros, a Octavio Paz, Rafael Solana y Neftalí Beltrán. Viajó por los Estados Unidos y Europa. El gobierno de Francia le otorgó en 1945 las Palmas Académicas. En 1952 visitó Polonia y la Unión Soviética. Dentro del grupo que integró la generación de Taller, Efraín Huerta se distinguió por su sana conciencia lírica, por su apasionado interés por la redención del hombre y el destino de las naciones que buscan en su organización nuevas normas de vida y de justicia. Sus primeros libros: Absoluto amor y Línea del alba están incluidos en Los hombres del alba, además de su obra publicada en revistas hasta 1944. El amor y la soledad, la vida y la muerte, la rebeldía contra la injusticia, su lucha contra la discriminación racial, la música de los negros, la política y la ciudad de México, son los temas más frecuentes de su poesía. Recibió el Premio Nacional de Poesía en 1976.

"Efraín Huerta es uno de los poetas más importantes del siglo veinte en América Latina. Su exquisito manejo del arte poética aunado a su vitalidad expresiva lo convierten en uno de los epígonos de su generación. Es un poeta de ruptura; inmerso en su transcurrir histórico no duda en utilizar las técnicas neo-vanguardistas en forma magistral, creando espacios que no habían sido descubiertos en la expresión poética. Inmerso en una "estética de la impureza" , contrapuesta a la "poesía pura". Efraín Huerta se consideraba "el orgullosamente marginado, el proscrito", comprometido, como todo artista auténtico, con su propia conciencia. El poeta de la rebeldía, cuya obra recupera cada vez más la fuerza expresiva al paso del tiempo, es también el poeta del amor.

Su poesía tiene muchas vertientes y nos ofrece innumerables lecturas, bebamos aquí de la vertiente luminosa de su amor, de la patria de su corazón y de su juventud que lo llevó a trascender su generación cronológica como uno más de los poetas nacidos décadas después. Es el suyo un caso extraño por su constante ruptura con los moldes y por eso falta la distancia para comprenderlo en su justa medida y trascendencia dentro de la historia literaria del siglo veinte". (Raquel Huerta-Nava, Chapultepec, enero de 1998).

 

 

 

 

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