Ritmo poético, negritud y dominicanidad. Por James J. Davis

 

 

 

 

 

 

 

RITMO POETICO, NEGRITUD Y DOMINICANIDAD

 

 

POR JAMES J. DAVIS

Howard University

 

 

 

Durante los años veinte resurgió un gran entusiasmo e interés por la cultura negra mundial. En las Antillas, este resurgimiento empezó un poco después del llamado “Renacimiento  negro” de los Estados Unidos y llegó a su más alto nivel durante el <Movimiento de la negritud>, comenzado oficialmente en París durante los años treinta. Las ideas propagadas por el movimiento impulsaron una revitalización y una revalorización de la cultura negra, tanto en América como en África. A este fenómeno socio-cultural se le puede llamar “la moda negra”. En el arte, especialmente en la poesía, los escritores empezaron a escribir al <estilo negro>, rompiendo con los moldes europeos. Tomaron conciencia de su africanidad o de su herencia cultural africana y emplearon en su obra poética nuevas imágenes, nuevo sentido de ritmo y nuevos elementos temáticos tomados de la vida negra.[1] En las Antillas hispanas se sabe que la población está formada por negros, entre otros grupos raciales. Por tanto, las aportaciones culturales africanas son una realidad insoslayable.

A raíz de los años treinta, emergieron en Cuba, República Dominicana y Puerto Rico poesías de lo folklórico y lo popular del negro en aquellas sociedades. Desde luego, se habían escrito poesías sobre el tema negro hispanoantillano anteriormente a la década de los treinta, pero fue durante esa época cuando salieron cuantiosas y profundas expresiones poéticas y manifestaciones estéticas del hombre negro, por el cubano Nico lis Guillén, el dominicano Manuel del Cabral y el puertorriqueño Luis Pales Matos. Se ha dicho que estos tres poetas son los verdaderos <creadores> de la poesía afrohispanoantillana.

Se espera que la breve introducción precedente sirva para colocar a las Antillas hispanas dentro del movimiento de la negritud y también para dar una entrada al asunto específico de esta sinopsis: la poesía de tema negro en la Republica Dominicana. A continuación se presentara, aunque someramente, la trayectoria de la poesía dominicana de tema negro, poniendo énfasis en la estética negra, la temática y el lenguaje poético. Por tanto, no cabe aquí presentar un estudio concienzudo de ningún poeta y su obra. Se mencionaron a varios poetas “negristas”, pero a unos se les debe prestar más atención por ser representantes -no necesariamente los más destacados- de su grupo o de su generación. Estos poetas representativos son: Manuel del Cabral (1912), Rubén Suro (1916), Francisco Domínguez Charro (1911-1943), Tomás Hernández Franco (1904- 1952), Juan Sánchez Lamouth (1929-1969), Norberto James Rawlings (1945) y Blas Jiménez. Debe mencionarse también que esta sinopsis se limitará a la producción poética a partir del año 1930. Por último, hay que señalar que de aquí en adelante se usará el término «poesía de tema negro>> para referirse a las poesías de los poetas mencionados. Se suele em[1]plear el termino > para referirse a la escrita por negros sobre temas africanos o afroamericanos y «poesía negrista>> para referirse a la poesía afrohispanoantillana escrita por autores no negros.

Ya que algunos de los poetas que se incluirán aquí han evitado cualquier mención de su propia identidad racial o nacional, es difícil y tal vez erróneo denominar su producción poética <negra> o <negrista>. En la Republica Dominicana no se suele identificar con una raza, especialmente la raza negra. Es importante destacar que <negro>, como gentilicio en el país en cuestión, se usa para denominar al haitiano o al cocolo, vocablo empleado para referirse al negro llegado a la isla de las Antillas de habla inglesa. Este hecho es importante, porque se verá luego que el negro haitiano o el cocolo aparecen frecuentemente en la poesía de tema negro. En la República Dominicana, como en otros países latinoamericanos donde hay una población bicultural y racial, es decir blanco/negro, ha sido acentuada la mulatez criolla y la blancura, o sea, lo europeo. Por consiguiente, la filiación africana ha sido menospreciada y evitada, tanto entre intelectuales como en otros sectores de la sociedad dominicana. El profesor dominicano Fradique Lizardo escribió que “durante años prevaleció en mentes rectoras del pensamiento dominicano el falso concepto de que éramos una sociedad hispana blanca en la cual, si se encontraba un elemento negro, se había colado a través de la frontera haitiana, pues nuestra hispanidad pura no podía haber aportado tales elementos.”[2]

Para burlarse de tal actitud <blanquizante>, el poeta popular dominicano del siglo pasado Juan Antonio Alix escribió el poema satírico <El negro tras de la oreja> (1883), en el que critica a los dominicanos que tratan de pasar por blancos. Alix escribió:

 

Todo aquel que es blanco fino

Jamás se fija en la blancura,

Y el que no es de sangre pura

Por ser blanco pierde el tino.

Si hay baile en algún casino

Alguno siempre se queja,

Pues a la blanca aconseja

Que no baile con negrillo

Teniendo, aunque es amarillo,

El negro tras de la oreja.[3]

 

El poema de Alix es entonces una de las primeras muestras poéticas dominicanas en que se observa una protesta abierta del tratamiento negativo del elemento negro en la sociedad dominicana.

La poesía afrohispanoantillana, en lo que va de este siglo, se puede clasificar en cuatro categorías generales: 1. Poesías burlescas o satíricas; 2. Poesías folklóricas; 3. Poesías de índole social, y 4. Poesías líricas puras. La poesía dominicana de tema negro sigue estas líneas generales, con predominio de la poesía de índole social y poesías líricas puras. Ciertamente, hay varias muestras de poesías burlescas y folklóricas, especialmente en la poesía popular dominicana. Hay que ejercer, sin embargo, cierta flexibilidad al agrupar los poemas, ya que se puede colocar algunos en más de una categoría.[4]

De los poetas que han tratado el tema negro en el presente siglo, Manuel del Cabral es el exponente mis destacado y es, sin duda, el más reconocido dentro y fuera de su país. Ningún poeta dominicano se ha dedicado tanto a escribir versos sobre los negros. Por lo general, del Cabral ha intentado retratar realísticamente a los personajes negros de su poesía. El poeta cultiva una poesía de tema negro, donde se presenta al negro en el plano descriptivo colorista y también en el plano social. Como afirma Héctor Incháustegui Cabral, <su poesía de tema negro, inicialmente sensual, que gira principalmente en torno a lo que se ve y se oye del negro, se tornará más adelante en poesía de denuncia, en poesía social, para ponerse al lado del hombre negro que sufre menosprecio, las vejaciones y la explotación de sus hermanos>[5]. Se puede apreciar su preocupación social e ironía en estas estrofas de “Negro sin nada en su casa”:

 

Tu sudor, tu sudor. Y todo para aquel

que tiene cien corbatas, cuatro carros de lujo,

y no pisa la tierra. S6lo cuando la tierra

no sea suya,

sera tuya la tierra.[6]

 

Manuel del Cabral admite que é1, no como el poeta cubano Nicolás Guillén y otros poetas de raza negra, ha escrito sobre la magia, la miseria y la opresi6n del negro desde una perspectiva externa. En una entrevista que se le hizo en 1980, del Cabral declaró que “el puertorriqueño [Luis Palés Matos] y yo, como no somos de raza negra, hemos cantado al negro, pero no como moda… en realidad yo he hecho esa poesía, ese tema, porque me conmueven los sentimientos del hombre, no racialmente hablando”.[7] Pero, como escribió el crítico dominicano Lebrón Saviñón, “hay en Manuel del Cabral ritmo y ligereza, carne de poesía que se estremece hasta el roce de la luz austral, donde la música vibra y la metáfora simple juega en ronda a la eterna belleza. Ningún poeta como del Cabral se ha asomado al espíritu de nuestra dominicanidad”.[8]

Del Cabral selecciona al negro no dominicano para hacer sus composiciones poéticas. Para él y para otros poetas dominicanos que tocan el tema negro, los negros antillanos de las islas de habla inglesa o francesa son más representativos del Caribe y son <son directos herederos de la cultura africana>. Es decir, que sus costumbres son pintorescas y tienen un valor folklórico más impresionante. En el poema <Aire negro>, del Cabral se compadece del cocolo:

 

Cantan los cocolos

bajo los cocales.

Ya la piel del toro muge en el tambor.

Los temibles lirios de sus carcajadas:

sus furiosas lunas contra el nubarrón.[9]

 

Siguiendo la tendencia de no emplear al negro dominicano en su obra, del Cabral se adentra en el mundo del haitiano oprimido en su poema “Trópico picapedrero”:

 

Contra la inocencia de las piedras blancas

los haitianos pica, bajo un sol de ron.

Los negros que erizan de chispas las piedras

son noches que rompen pedazos de sol.[10]

 

En este poema, el autor destaca dos relaciones: el explotador/el explotado y blanco/negro. La piedra se hace metáfora, por el hombre blanco, como se ve en estos versos del mismo poema: <Hombres negros pican sobre piedras blancas/ tienen en sus picos enredado e sol>.

Como se supondría, del Cabral no era el único poeta dominicano en preocuparse por el tema del haitiano negro. A continuación se mencionará a otros poetas representativos que han abordado el tema en su obra poética. Son: Juan Antonio Alix, <Las bailarinas del judú en la calle Santa Ana> (1904); Domingo Moreno Jimenes, “El haitiano” (1916); Ruben Suro, <La rabiaca (canción) del haitiano que espanta mosquitos> (1936); Chery Jimenes Rivera, <La haitiana divariosa> (1941), y Fausto del Rosal, <La culebra (1967) y <Canto vudú para negros> (1971).[11] A diferencia de la obra de Manuel del Cabral, los poemas antes mencionados, en su mayoría, son satíricos, y en ellos el negro haitiano es burlado y caricaturizado. Tomemos por buen ejemplo <La rabiaca del haitiano que espanta mosquitos>, de Rubén Suro. El poema es “simple poesía negrista, pintoresca y superficial” y “no hay una ingresión auténtica del espíritu de la negritud”,[12] escribe Bruno Rosario Candelier. En los versos del poema, Suro imita el habla fronteriza dominico-haitiana de los braceros haitianos que emigraron a la República Dominicana. Basta con reproducir una estrofa del poema para delinear el foco de esta poesía burlesca:

 

Tuamí no me asute!

Buca gente blanque

pa´ que te dé gute

pa´ que puá picá,

que si pica un negre

te pué embenená![13]

 

Esta estrofa resume el asunto del poema: los zumbidos de un mosquito le molestan a un negro haitiano. Para evitar el picar del mosquito, el haitiano le dice al mosquito que vaya a buscar gente blanca para picar, porque él, siendo negro, puede envenenar al insecto. Antes de seguir, se ofrece una cita de Chery Jimenes Rivera que nos dará mejor entendimiento de la actitud del dominicano frente al haitiano. Escribe Jimenes Rivera en el <preámbulo> a su poema <La haitiana divariosa> que

 

el poema está escrito en la jerga popular que les era común a nuestra gente de la costa cuando las barriadas de haitianos pescadores ponían todavía su horrible nota de miseria frente a la saciadora riqueza del mar... la dominicanización de la frontera borró aquella rémora, limpió el paisaje de esa herrumbre de incultura...[14]

 

No es posible determinar siempre si los negros, en la poesía dominicana de tema negro, son negros dominicanos o no. En algunos poemas de estas preocupaciones, se ve un mensaje universal al hombre negro. En el libro Tierra y ámbar (1940), de Francisco Domínguez Charro, aparecen dos poemas de tema negro: “Viejo negro del puerto” y “Azúcar blanca”. Los dos poemas se asemejan a la poesía social de Manuel del Cabral en que la temática de la explotación y la depreciación del hombre negro es omnipresente. Domínguez Charro le dice a un viejo negro:

 

Viejo negro olvidado

beodo de agonías nocturnales;

yo he visto: muchas veces, tu herida destilando

llamaradas intensas de fugas ilusorias,

y tus pupilas mansas

se han teñido de selva

en actitud fantástica.[15]

 

A lo largo del poema, el lector tiene presente el deseo del viejo negro de regresar a África y huir de la miseria y su estado degradante. El poeta escribe: «Viejo negro del puerto / retorna en el espíritu a tu selva sagrada / Inútilmente sueñas / con tu retorno a África>>. El poema se termina con la siguiente imaginería cabal y bella:

 

Si pudiera tejer con tus brazos

un pedazo de jungla flotante

y dejarte arrastrar por los mares...

o tejer con clarores de luna

un velamen muy blanco y extrafio

y dejarte impulsar por el aire:

-iQue aventura tan grande!-

iViejo negro del puerto!

iQuisiera consolarte!

 

En “Azúcar blanca”, Domínguez Charro profundiza más la explotación del hombre negro en los ingenios de azúcar, hecho común de la realidad histórica y actual dominicana. El poeta considera al azúcar como un poder esclavista, pero que tiene un sentido contradictorio. El poeta escribe: <Qué dulce es la azúcar blanca- perla y lucero-… Qué amarga!” Luego continua: “Ay! la azúcar blanca/ qué espléndida maravilla degradante!”.[16] El poeta llora por los negros que trabajan de sol a sol en condiciones lamentables: “Los cauces endulzados del recuerdo/ están llenos de negros de rostro manso”.

A Domínguez Charro se le conoce también como cultivador de la llamada “poesía trigueña”. Esta poesía trata el tema que refleja el proceso de mulatización del pueblo dominicano y debe incluírsela aquí con la poesía dominicana de tema negro. Tres poemas representativos de esta corriente poética son: “Canción de recuerdo trigueño”, por Domínguez Charro; “Poema del llanto tigreño, por Pedro Mir, y “Yelidá”, por Tomás Hernández Franco. Cada poeta, observando la dicotomía blanco/negro, desarrolla el tema del mestizaje racial.

 De los tres poemas citados, “Yelidá” (1942), de Hernández Franco, es el prototipo de la poesía trigueña. El poeta no fue un escritor fecundo, pero “Yelidá” le ganó mucho prestigio en las letras dominicanas. “Yélida” es un poema en forma narrativa, de 211 estrofas, que trata de la situación de Yelidá, hija de Erick, un noruego, y una negra haitiana llamada Madam Suqui. Relata el poeta cómo Madam Suqui conoció a Erick, un pescador enfermizo, en Fort Liberté, Haití. Suqui se enamora de Erick por su pelo rubio y piel blanca. Se casa y nace Yelidá. Poco después del nacimiento de Yellidá muere Erick, y su alma, de una manera mágica, se va volando a su país natal, Noruega. Escribe Hernández Franco que:

 

En la noche sudada de fiebres y marismas

Erick sin sueño marinero varado sobre la carne fría y nocturna de Suqui

fue dejando su estirpe sucia de hermatozoarios y nostalgias

en el vientre de humus fértil de su esposa de tierra

y Erick muri6 en buen dia entre Jesucristo y Damballi Ouedó

apagado el pulso de viento del velero perdido en el sargazo

su alma sin brújula voló para Noruega

donde todavía le quedaba el recuerdo...[17]

 

Cuando los blancos dioses noruegos se enteran de la muerte de Erick, viajan a Haití para rescatar y proteger la sangre blanca que corre por las venas de Yelidá. El intento de los dioses resulta inútil, porque Yelidá, ya adulta, ha <contaminado> su sangre por haber tenido relaciones sexuales con una persona no blanca. Los desilusionados dioses regresan a Noruega. Sin embargo, el poeta informa al lector, al final del poema, que la historia de Yelidá no ha terminado. <Será difícil escribir la historia de Yelidá un día cualquiera>, concluye el poema de Hernandez Franco.

En “Yelidá” crea Hernandez Franco una interesante epopeya, en que hábilmente reúne lo ético, lo mítico, lo social y lo mágico. Yelidá, producto de razas y culturas contrastantes, personifica los conflictos y las preocupaciones del mulato. Las constantes referencias a las diferencias raciales y culturales de sus padres sirven para mantener la cohesión estructural del poema. Y de Yelidá relata el poeta que es <negra un día sí y un día no/ blanca los otros/ nombre de vudú y apellido de kaes>. Es importante observar que los haitianos, en esta obra, se ven como inocentes e infantiles. Erick, por ejemplo, es virgen hasta los veinte años. Es la Madam Suqui quien seduce a Erick por medio de sus pociones mágicas. Siguiendo el ejemplo de su madre, Suqui, descrita como una “grumete hembra de burdel anclado”, Yelidá tiene relaciones sexuales fuera del matrimonio. Observa José Alcántara Almánzar que, por el tratamiento que reciben ambos grupos, se puede llegar a la conclusión de que en “Yelidá” hay un racismo sutil.[18] El racismo que se percibe en el poema se debe, sin duda, al racismo histórico dominicano para con el haitiano.

Aparte otras consideraciones, se puede concluir que <Yelidá> es la obra clásica y maestra dominicana de la mulatez criolla, e la cual se observa el tema de la identidad racial y los problemas del mulato. En la República Dominicana, donde se oye frecuentemente la frase “somos un país de mulatos”, algunos escritores han afirmado y han aceptado su descendencia africana. Asimismo, el poeta dominicano contemporáneo Víctor Villegas escribe, en su poema “Antielegía a la República Dominicana”, que <la República Domincana es un hombre mulato, blanco y negro que siempre se apellida Pérez, Martínez o Fernández>[19]

A continuación consideremos a tres poetas dominicanos negros: Norberto James Rawlings, Juan Sánchez Lamouth y Blas Jiménez, cuya poesía es primariamente autobiográfica. Un elemento constante en la obra poética de los tres es una sincera preocupación por la raza humana y por los hermanos de su propia raza. Incluye su trayectoria poética los temas del sufrimiento humano, la opresión, la injusticia, la desigualdad social y la enajenación.

Se analiza el tema de la enajenación en el poema ganador de premios de Norberto James, “Los inmigrantes” (1972). El poeta reclama un puesto para la negritud en la sociedad dominicana. En <Los inmigrantes>, James aboga por la dignidad del cocolo negro que se integró a la nacionalidad dominicana. El poeta afirma su identidad con los inmigrantes no-hispanos, sus antepasados, y sus problemas de asimilación y de ajuste social. Escribe:

 

Los de borrosa sonrisa.

Lengua perezosa

para hilvanar los sonidos de nuestro idioma

son

la segura raíz de mi estirpe.[20]

 

Con su desesperada demanda por la igualdad social, escribe James: <Ya no soy extranjero, soy uno de ustedes>. El poeta llama la atención a la aparición histórica del negro y su integración a través de los años. Utiliza esta realidad para recalcar sus motivos por declarar que ha llegado la hora para la absoluta igualdad social. En una entrevista, James dijo que su poesía es pura lírica dominicana, en el sentido de que trata de la realidad nacional dominicana. Al interrogarle sobre su meta de integrar una conciencia patente de la negritud en el país, el poeta señala que: <<Yo realmente no lo propuse como una meta definida. Yo nunca pensé, o sea, ni pienso en términos de mi color o de mi raza. Yo sólo pienso como un autor dominicano que escribe. No lo abordé como un problema racial>.[21] Más adelante, James menciona que el poema no es solamente un homenaje a sus antepasados, sino también un mensaje a los mismos <cocolos>, de tercera generación, que viven en la República Dominicana y que todavía no se sienten parte de la nacionalidad dominicana. Agrega que e1 siente cierto orgullo por haber revalorizado el término <cocolo>, usado negativamente para nombrar a una minoría nacional dominicana. James dice que, aunque no plantea conscientemente la problemática del negro dominicano en el poema, reconoce que hay elementos de la negritud que surgen porque él ha tomado conciencia de su existencia como negro dominicano. Y proclama, en la última estrofa de “Los  inmigrantes”: Aseguramos / la posibilidad del canto para todos.

Juan Sánchez Lamouth fue uno de los poetas sociales más profundos y elocuentes de la República Dominicana, aunque nunca se destacó como tal en su país. Nacido en la miseria en 1929, Sánchez Lamouth fue un poeta que vino de abajo y que sacrificó todo por perfeccionarse. Con el pasar de los años, se convirtió en autodidacta, y por su espíritu refinado, ha sido llamado “un Balzac negro lleno de paraíso y de infierno, de pasión por la poesía”.[22] Leía incansablemente la literatura clásica y moderna. Los poetas franceses del siglo XIX, Baudelaire y Rimbaud, fueron sus favoritos. El poeta bohemio, que se aficionó al alcohol, murió a destiempo, en 1969. Fue autor de más de cinco  libros de poesía y de muchos poemas vendidos sueltamente por las calles de Santo Domingo. Recientemente se descubrió que el poeta dejó inédito un manuscrito de poesías. Sánchez Lamouth, descrito por un crítico de su época como un “regordete negroide, mal vestido”, “luchó para que la sociedad le rinidera tributos de su pléyade, y lo logró, aunque en una lucha despiadada, titánica, pues sabía del desprecio a su color, a su raza, a su condición”, escribió el crítico Enrique Tarazona.[23]

Algunos críticos de la obra de Sánchez Lamouth han sugerido que el poeta esta desorganizado estilísticamente y que aparecen fallas culturales en su producción poética.[24] Pero todo lector serio de su obra reconocerá que hay en Sánchez Lamouth un poeta sensible, de gran valor. Es, de verdad, un precursor en la poesía de la realidad dominicana, tanto en el lenguaje como en lo geográfico. Los elementos básicos de la temática de Sánchez Lamouth son su dolor, la muerte, el llanto y Dios, la única esperanza de salvación y consuelo. <Buen Dios/ Todo en mí tiene un determinado contratiempo>, nos informa el poeta en una de sus obras. El crítico dominicano Lupo Hernández Rueda declara que <la poesía de Juan Sánchez Lamouth es la poesía sincera de un hombre que siente cómo la vida pasa y destruye algo en sí mismo cada día>.[25] Parece que el poeta prevé su propia muerte inminente cuando escribe: “No quiero estar más en esta habitación acongojada…/ No quiero jugar más con ese ajedrez negro de los tiempos”.[26] En <200 versos para una sola rosa>, Sánchez Lamouth emplea la rosa como símbolo perenne de la huida rápida de la existencia humana. Se notan elementos de los poetas románticos del siglo pasado:

 

Ya está casi cayendo en esta tarde de adormecidos pájaros

Rompamos este nudo de su agonía rumorosa

iOh!, qué muchedumbre de amor va por su sangre

Vengan ángeles blancos, vengan ángeles negros

Vengan mariposas, mariposas, mariposas...,

Vengan bajo la sombra del perfume

Para que acompañemos a esta pobre flor

Que va multiplicando su agonía.[27]

 

Como puede notarse, aparecen en esta estrofa “ángeles negros” al lado de los “ángeles blancos”. Esto se puede interpretar como un reclamo para el reconocimiento del elemento negro en la sociedad dominicana. Y hace recordar <Píntame angelitos negros>, del venezolano Andrés Eloy Blanco, quien, en ese poema, ataca a los artistas que no incluyen a los negros en sus obras. Sánchez Lamouth debe haber tenido la misma preocupación.[28]

Aunque la poesía de Sánchez Lamouth se puede categorizar como pura poesía lírica y no como poesía negra propiamente dicha, el poeta ha lamentado mucho el problema del racismo en su país. En su poema <Fábula de la tristeza y la alegría>, comenta:

 

Hay cuatro niños subidos sobre el gran árbol del misterio

los niños negros están más arriba,

los niños blancos están más abajo,

los niños blancos buscan nidos y frutas,

los ninos negros procuran a Dios.

los blancos tienen monedas de oro en los puños,

los niños negros tienen muchas flores en los labios.[29]

 

Aparecen en la poesía de Juan Sánchez Lamouth violentas metáforas para buscar sorprendentes modos de pensar. En <Poema al café>, el café se convierte en el hombre negro. Aqui el poeta encierra un tono de amargura contra un hecho social y político. Escribe Sanchez Lamouth:

 

Café, mi dulce amigo, negra agua de vida,

en ti hay lejanos rumores de tambores

y fábulas de verdes picotazos,

tertuliero señior de la elocuencia.[30]

 

Al fijarse en el verso <en ti hay lejanos rumores de tambores>, se ve que el poeta se refiere a África, continente donde se originó el café y de donde fueron traídos los esclavos negros. Para él, es irónico que el negro y el café sean esclavos en el continente americano y exclama al terminarse el poema: «Oh, negro del corazón de la montaña / tu esclavitud jamás será abolida.>>

En 1980, once años después de la muerte de Sánchez, se descubrió un manuscrito inédito de él. Entre los poemas sin acabar hay un título interesante para el tema de este trabajo: “La elegía en la muerte de Martin Luther King”. Sólo quedan los tres primeros versos que se reproducen a continuación:

 

Santo prieto canonizado por las balas

en esta fábula de los (s)acrificios

sollozan las paredes.[31]

 

Se puede suponer que Sánchez Lamouth, como negro dominicano, creía en las ideologías del movimiento de los derechos civiles del negro en los Estados Unidos y también en las actitudes de la negritud en general. Es interesante saber que el poeta dominicano nació en el mismo año en que nació Martin Luther King y que su muerte ocurrió unos meses después del líder negro norteamericano. Para resumir, Juan Sánchez Lamouth hizo, en su poesía de índole social, lo que hizo King en sus discursos y charlas, conocidos mundialmente.

El último poeta que se va a incluir en este estudio es Blas Jiménez. Desgraciadamente, no se sabe mucho de la vida de este poeta, pero al leer su obra se puede sentir su auténtica afiliación con la negritud. Jiménez es una de las voces más poderosas en cuanto a su mensaje de la situación socio-política del negro dominicano. En su colección de poesía, publicada en 1980, aparecen cuarenta y cuatro poemas, todos dedicados a sus experiencias y opiniones como negro dominicano. El poeta denuncia la situación desventajosa del negro en la sociedad dominicana, tanto como un malhechor social como un problema racial. En el primer poema de su libro Aquí... otro español, el poeta escribe:

 

Soy un negro del caribe que no tiene tierra, patria, ni

universo... perdido en el momento y viviendo como si todo

fuera pre-fabricado en la maquina del tiempo...[32]

 

Luego lamenta:

 

Soy negro

creo en la mañana

escribo porque perdí el habla

la perdí en el pasado

al cruzar las anchas aguas

dentro de barco negrero

con grilletes

fosas

cargas

 

Se puede rastrear en la obra de Blas Jiménez el mismo lenguaje y algunos procedimientos poéticos que se ven en otros poetas dominicanos que escriben sobre la negritud, pero en la obra de Jiménez hay ira y una fuerza conmovedora. De su propio país, el poeta dice que es:

 

Un pueblo hambriento que come tradiciones

un pueblo de ron

pueblo de mujeres

pueblo de cabrones

un pueblo de imágenes ficticias

un pueblo negro de indios

un pueblo de indios negros…[33]

 

Uno debe saber que en la República Dominicana se usa el vocablo <indio> para referirse al mulato dominicano y también a los negros de alto rango social. Según el poeta, este “indio” dominicano menosprecia al negro dominicano, como se revela en el poema <El criollo>, de Blas Jimenez:

 

No me mires así negro

que no te conozco

soy un indio

Yo soy un criollo

tengo cuartos en bancos

yo me siento hermoso.[34]

 

A diferencia de Sánchez Lamouth, quien vio a Dios como su único salvador, Jiménez lo ve como una fuerza destructora. En su poema “Ese Diós”, dice:

 

Dejando de pensar

sonidos de campanas

iglesias altas en medio de pequeñas casas

iglesias regias, casa frágiles

porque ese Diós es de los que tienen

porque ese Diós se merece el oro de los pobres

y los deseos de los ricos

porque ese Diós es estúpido

porque ese Diós es loco

porque ese Diós trajo la guerra

porque ese Diós es malvado.[35]

 

A través de la poesía de Jiménez se nota este disgusto hacia el Dios cristiano. El poeta busca su consuelo en los dioses africanos, como se observa en estos versos de “Solo”:

 

dios de mi lejano reino

dioses que no escucharon mis lamentos

dioses que no conozco

dioses de mis antepasados

ustedes me abandonaron.

¿Qué será de mi pueblo?

¿Qué será de mi alma?

Vacía como mi plato.[36]

 

El texto de Aquí... otro español es una inversión irónica del título. El poeta dice todo lo contrario de ser <otro español>, y en su denuncia de tal actitud dominicana critica fuertemente todos los sistemas coloniales opresivos del Nuevo Mundo. En su poema <Tengo>, Jimenez dice:

 

Tengo que sentirme negro

por las tantas veces que fui blanco

tengo que sentirme negro

por las tantas veces que fui indio

tengo que sentirme negro

porque soy negro

Soy la contradicci6n de mi historia

soy el llamado para re-escribirla

re-escribir la historia de esta tierra

si me llaman racista

les diré que no soy.[37]

 

Esta crítica se pone aún más grave en su poema <A Colón>, donde el poeta acepta como verdadera la hipótesis de Ivan Van Sertima de que unos aventureros africanos llegaron al Nuevo Mundo en el primer viaje de Colón:

 

Bien sabes sabes que nada descubriste

bien sabes que ellos llegaron primero

pescadores, plantadores

africanos que llegaron primero

bien sabes que llegaron primero

Christóforo

¿Quién eres?

No te recuerdo

No eres.[38]

 

En el mismo poema, nos dice:

 

Descubridor de indios

tu padre

padre que trató como objeto,

objeto de subasta pública

esclavo

tu padre

de cosas a las casas

objeto de veneración y odio

escondido mi pasado

objeto sub-humano

robo de mi personalidad

oro mi sudor

lágrimas naciones

naciones que veneran tu nombre

llevan tu nombre

nombre maldito

Christóforo

 

Al indagar la poesía dominicana de tema negro, se observa un paralelo obvio con la poesía afrohispana escrita por toda la América Latina. La poesía afrohispana es principalmente una poesía de protesta social, con los temas recurrentes del menosprecio de los negros por las clases dominantes, la explotación humana y la lucha continua por la igualdad social. También el tema del conflicto psicológico y racial del mulato aparece frecuentemente. Algunos poetas con estas preocupaciones, tanto en la República Dominicana como en otros países latinoamericanos, afirman su identidad con la raza negra, mientras que otros evitan tal identidad o se consideran blancos. Lo que es tal vez sorprendente o único en cuanto a la poesía dominicana de tema negro, es que muchos de los poetas se han concentrado en los negros no dominicanos al escribir su obra poética.

 

 

 

 

[1] Bruno Rosario Candelier, “Los valores negros en la poesía dominicana”, en Eme-Eme: Estudios Dominicanos, 3, nim. 15 (1974), pp. 29-66.

[2] Fradique Lizardo, Cultura negra en Santo Domingo (Santo Domingo: Sociedad Industrial Dominicana, 1978), p. 11.

[3] Abil Peralta Agilero, <>IX, en Letra Grande, num. 1 (1980), p. 73.

[4] Leslie N. Wilson, La poesia afroantillana (Miami: Editorial Universal, 1979), p. 89.

[5] Héctor Incháustegui Cabral, <La poesía de tema negro en Santo Domingo>, en Eme-Eme: Estudios Dominicanos, 1 (1972), pp. 2-23.

[6] Manuel del Cabral, Obra poética completa de Manuel del Cabral (Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1976). De aquí en adelante solamente la primera referencia a los versos citados del mismo poema será indicada en las notas.

[7] “Entrevista a Manuel del Cabral: Poesía negra y metafísica”, en Letra Grande, núm, 1 (1980), p. 45.

[8] Mariano Lebr6n Saviii6n, Luces del trdpico (Buenos Aires, 1949), p. 46.

[9] Del Cabral, Obra completa, p. 210.

[10] Ibid., p. 214.

[11] Para una interpretaci6n amplia de estos poemas, véase la obra citada de Incháustegui Cabral.

[12] Rosario Candelier, op. cit., p. 55.

[13] Ibíd.

[14] Incháustegui Cabral, op. cit., p. 16.

[15] Francisco Domínguez Charro, Poesía junta (San Pedro de Macoris, R. D.: Universidad Central del Este, 1979), p. 60.

[16] Ibid., pp. 51-52.

[17]Tomás Hernández Franco, “Yelidá”, en Yelidd: Revista de Arte y Literatura (1983), p. 12.

[18] José Alcántara Almánzar, Estudios de poesia dominicana (Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1976), p. 163. Gracias al traductor Terry Collier por su ayuda valiosa en la secci6n sobre “Yelidá”.

[19] Víctor Villegas, Juan Criollo y otras antielegías (Santo Domingo: Impresora Matos, 1982), p. 31.

[20] Norberto James Rawlings, Sobre la marcha (Santo Domingo: Editora Luna Cabeza Caliente, 1969), p. 58.

[21] James J. Davis, <Entrevista al poeta Norberto James>, grabada en la Universidad Rutgers (abril 1986).

[22] Enrique Tarazona, <Libro de Sánchez Lamouth: Cambio de temperatura>, en Letra Grande, num. 15 (1981), p. 29.

[23] Ibíd.

[24] Véase “Críticas”, en Juan Sánchez Lamouth, Memorial de los bosques (Santo Domingo: D. Hernández, 1958), p. 25.

[25] Ibíd.

[26] Ibíd.

[27] Juan Sánchez Lamouth, 200 versos para una sola rosa (Santo Domingo: D. Hernández, 1956), p. 5.

[28] James J. Davis, <On Black Poetry in the Dominican Republic>, en Afro Hispanic Review, vol. 1, num. 3 (1982), p. 29.

[29] Sánchez Lamouth, Memorial de los bosques, p. 16.

[30] Darío Bazil, Poetas y prosistas dominicanos (Santo Domingo: Editora Cosmos, 1978), pp. 101-103.

[31] Enrique Tarazona, op. cit., p. 64.

[32] Blas Jiménez, Aquí... otro español (Santo Domingo: Editorial Incoco, 1980), p. 1.

[33] Ibíd., p. 11

[34] Ibíd.,  p. 63.

[35] Ibíd., p. 93

[36] Ibíd., p. 57.

[37] Ibíd., p. 31.

[38] Ibíd., p. 5.

 

 

 

 

 

 

 

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