El rosa, el amarillo y el negro. Prólogo a Giorgio Scerbanenco. Por Oreste del Buono

 

 

Publicamos el Prólogo de Oreste de Buono a la obra Milán, calibre 9 (1969), del escritior italiano Giorgio Scerbanenco (1911-1969). En 1968 ganó el prestigioso Grand Prix de Littérature Policière. Es considerado uno de los maestros del género policíaco en Italia y algunas de sus novelas han sido llevadas al cine. El prólogo es traducido por Fernando Gutiérrez del italiano al español.

 

 

EL ROSA, EL AMARILLO Y EL NEGRO

Oreste del Buono (Italia)

 

Traducción: Fernando Gutiérrez

 

Por la mañana, a la hora en que se levantan los obreros, Giorgio Scerbanenco se pone a trabajar. Tiene el turno de noche. Por la noche, golpeando las teclas de la máquina de escribir eléctrica, que no molesta a nadie en la casa dormida y marca limpiamente las letras, va acumulando cuartilla sobre cuartilla. Una nueva historia de tensión, aventura, crueldad.

Escribe desde hace más de treinta años y no recuerda el número exacto de sus novelas. «Debo de andar por las ochenta —dice—, y no son muchas dos novelas y media al año». No recuerda exactamente su número, pero se acuerda bien de la primera novela que publicó. Se titulaba El tercer amor. Fue la causa del primer incidente con su público. En un determinado momento, un personaje, de mal humor, dirigió una mirada sombría al charco del lago de Varese: textual. Un lector, que vivía en aquellos lugares y no era de su parecer, envió reproches y citas de ilustres autores que habían hecho muy grandes elogios de aquella misma charca.

En más de treinta años las novelas de Scerbanenco han constituido un montón, aun cuando él considere que un promedio de dos y media al año sea algo muy posible. Este incansable narrador nació en Rusia en el año 1911. Su padre era profesor de lenguas clásicas en Kiev; durante un viaje de estudios conoció a su madre en Roma, se casó con ella y se la llevó consigo. Sin embargo, la mujer no estuvo mucho tiempo en Kiev; regresó pronto a Roma con su hijo. Cuando estalló la revolución rusa, dejaron de llegar a Roma noticias del profesor de Kiev. El niño siguió a su madre en un intento de encontrarlo. Son hechos muy lejanos ya, pero Scerbanenco no ha olvidado la ansiedad, los sufrimientos, las dificultades de aquellos días transcurridos junto a su madre en Odesa mientras se encendía la guerra civil. Pocas habichuelas que comer, poca leña podrida que encontrar en los bosques, temores constantes y noticias crueles. Convencida de que el hombre había muerto, la madre decidió abandonar definitivamente Rusia.

Tampoco en Roma los días fueron fáciles para la madre y el hijo. Las dificultades económicas eran cada vez más angustiosas. Después de grandes penurias, la mujer se trasladó con el niño a Milán donde tenía unos parientes. El chico buscó trabajo. No había terminado estudios regulares, leía mucho, es cierto, pero sus lecturas no podían servirle como un diploma, un título de estudios para hallar una buena colocación. Se contentó con un trabajo cualquiera. Fue peón en la Borletti. Demostró celo y diligencia en los trabajos más humildes. Al cabo de un año era ya tornero. Cuando recuerda este ascenso sonríe satisfecho con un poco de orgullo.

Trabajaba desde las ocho de la mañana a las seis de la tarde, y desde las ocho y media de la noche a la una, las dos o más de la mañana leía. Era un cliente asiduo de cualquier biblioteca, sobre todo de la del Castillo Sforza. Devoraba los libros, incluso los libros más indigestos en apariencia. Le atraían particularmente la filosofía y la teología. Pero, al cabo de unos años de llevar semejante vida, entre la Borletti y el Castillo Sforza, Scerbanenco acabó en un sanatorio en Sondrio. Los médicos se dieron cuenta inmediatamente de que no se trataba tanto de una enfermedad auténtica como de las consecuencias de una terrible desnutrición. Los libros de filosofía y teología no bastan para llenar el estómago. Cuando Scerbanenco volvió a Milán, había decidido ya lo que haría: escribiría, contaría historias.

El deseo de ponerse a narrar nació en él de pronto, leyendo una novela de amor. En un determinado capítulo se describía la última cita entre dos maduros amantes: ella capaz de engañarse todavía con el amor de él, de fantasear sobre su luminoso porvenir en común; él decidido como nunca a dejarla, a olvidar de una vez para siempre su oscuro pasado en común. Esa alegría ilusoria y esa cruel contradicción emocionaron a Scerbanenco. Le pareció que precisamente en una relación como esa había buena parte de la entera esencia de la vida. «Desde entonces yo también he tratado de escribir algo semejante», afirma. Por tanto, comenzó a contar historias de amor, destinadas a un público lo más vasto posible; por tanto, sencillas en apariencia, lineales superficialmente, pero todas dotadas de algo más en la intención: de una reflexión sobre la vida. Su primer relato lo aceptó Cesare Zavattini que, entre otras cosas, hacía Piccola para Rizzoli. Pronto le llegó el tumo a El tercer amor, su primera novela. Luego, la máquina Scerbanenco para fabricar historias no se paró nunca. Si las novelas son, en efecto, unas ochenta, los relatos son, por lo menos, un millar.

Después de haber trabajado para Rizzoli durante tres o cuatro años, Scerbanenco trabajó uno o dos años para Mondadori. No había nadie que pudiera fabricar historias con su puntualidad, exactitud y eficacia: era lógico que se lo disputaran. Incluso en aquel tiempo se le ocurrió resucitar un personaje. Entonces Scerbanenco no sentía predilección por tal o cual personaje: los héroes de sus temas no tenían verdadera autonomía, estaban directamente condicionados a cuanto él deseaba narrar. Primero pensaba un argumento como reflexión sobre la vida, luego, poco a poco, en la mecánica narrativa, nacían los personajes, nunca enteramente dueños de sus actos, siempre sometidos a una lógica, a leyes férreas como las que regulan las ecuaciones.

Precisamente estaba escribiendo una novela, cuya protagonista se hallaba gravemente enferma, condenada a morir, ya difunta incluso en la cabeza del narrador. Pero se había hecho de tal manera simpática a todos que Scerbanenco se vio obligado a hacer que siguiera viviendo. Aunque esto estaba en contradicción con la lógica narrativa, aunque esto trastornase la novela, una curación prodigiosa dio nueva vida a la heroína demasiado simpática. Por otra parte, Scerbanenco tenía entonces preocupaciones más graves. Salvó al personaje imaginario más que por las presiones ajenas porque le alarmó la realidad. Después del armisticio, inquieto por algunos artículos escritos en el período de Badoglio, turbado por confusos y trágicos acontecimientos que se sucedían en torno suyo, un día Scerbanenco se marchó de su casa y fue a parar al otro lado de la frontera suiza. No tenía plan alguno, sencillamente se encontró al otro lado de la frontera con una cartera de cuero —que contenía las cuartillas de una nueva novela— bajo el brazo y trescientas liras en el bolsillo.

En la posguerra volvió a trabajar para Rizzoli y aumentó la intensidad de su trabajo. No escribía sólo novelas y cuentos. Incluso compilaba carta tras carta. Desde que había recibido aquella protesta sobre la charca del lago de Varese, tuvo una nutrida correspondencia con su público. Llenaba cuartillas y más cuartillas de respuestas. Firmaba Valentino y Adrian. Por lo general le escribían mujeres, todas con problemas urgentes, todas deseosas de soluciones inmediatas. En esta correspondencia abundaban los casos de infidelidad conyugal o, por ser más exactos, de incertidumbre con respecto a la continuidad de la fidelidad. Valentino y Adrian trataban de conjurar el mayor número posible de inconvenientes y desgracias.

Pero no siempre las cartas de sus corresponsales hablaban de adulterios cometidos o deseados. Existían problemas y dramas todavía más desgarradores. Por ejemplo, una joven viuda escribió a Valentino diciéndole que no lograba vivir sin el marido. El hijo le preguntaba demasiado a menudo por el padre. Ella no lo resistía y había decidido matarse. Valentino respondió en seguida, intentando disuadir a la mujer de su propósito. Pero mientras tanto la viuda intentó suprimirse a sí misma y a su hijo, y costó Dios y ayuda salvarlos. Valentino, el Scerbanenco que respondía como Bella a sus lectoras era bueno, incluso cariñoso a veces, pero pronto se endureció ante casos de la más patente hipocresía y desfachatez. Adrian, el Scerbanenco que respondía como Annabella a sus lectoras era, en cambio, imprevisible en sus melancolías, sus ironías y sus caprichos, pero igualmente intransigente en las soluciones de los casos escabrosos. Fuera como fuese, entre novelas, relatos y correspondencia con las lectoras, además de la dirección de dos revistas de variedades en huecograbado, Scerbanenco estaba atareadísimo cuando lo conocí hace muchos años.

Los dos trabajábamos en Rizzoli, en el mismo piso, a pocas puertas de distancia. Me dirigí a él con la curiosidad de descubrir el funcionamiento de una máquina para fabricar historias. Era una oportunidad que no me quería perder. Desde niño he venerado siempre las máquinas para fabricar historias, se llamasen Dumas o London, Ponson du Terrail o Allain Souvestre, Eugene Sue o Edgard Wallace, Maupassant o Simenon. La idea de que existían máquinas semejantes me cautivaba, pero nunca, sin embargo, como me fascinaba la posibilidad de examinar de cerca una de ellas y comprender su secreto. Scerbanenco tenía fama de ser huraño, susceptible y desconfiado. Fama inmerecida, al menos por lo que a mí se refiere. La suya representa una de mis más sólidas amistades. Más que huraño, susceptible y desconfiado, me pareció melancólico. Melancólico por estar encerrado y encerrarse aún más precisamente con su capacidad de trabajo, en una especie de segregación.

No es una novedad que la cultura italiana al detalle o al por mayor sea clasista y racista. Por esto casi nunca es realmente popular. La obra de un raro artesano que ha triunfado no es considerada nunca por las miríadas de artistas fracasados con la dosis de atención capaz de apreciar dotes y resultados. Lo cual, en cambio, sucede en otros países donde se sabe reconocer, sin prejuicios ni vicios académicos, lo que hay de arte en la artesanía. Scerbanenco escribía historias de amor para las revistas ilustradas destinadas a un público femenino, por tanto, estaba oficialmente matriculado en el ghetto de la literatura rosa. Definición, ni que decir tiene, despreciativa y, en su caso, además, ni aproximada siquiera. Las novelas de Scerbanenco estaban nutridas de una rabia, una violencia y a veces de una perversidad que las salvaba del peligro del embobamiento, la complacencia y el melindre. Es indudable que en ellas había amor, pero más aún que el amor, la tensión, una tensión continúa desde la primera a la última cuartilla. Scerbanenco estaba atareadísimo, pero su melancolía revelaba que hubiese deseado hacer algo distinto, algo más suyo, menos sujeto a limitaciones, a ámbitos cerrados, a limitaciones. En suma, aún no se había resignado al ghetto de la literatura rosa.

Luego dejamos de vernos. La industria cultural es un mito para sus incompetentes teóricos; para quien la práctica, para quien la hace, para quien la realiza es una continua odisea, un cambio de itinerario y refugio, por lo menos para levantarse la moral con un mínimo de novedad. Hace algunos años comencé a trabajar con Garzanti, al cuidado, entre otras cosas, de esta colección, y un día recibí una carta de Scerbanenco. Pido excusa por la referencia personal, pero con esto no reivindico mérito alguno: se trata de un simple testimonio del nacimiento de un amarillo italiano. La carta era humilde y orgullosa. Scerbanenco preguntaba si deseaba leer una novela policiaca suya. Una novela con un héroe italiano de hoy. «Un héroe italiano de hoy, no el habitual oficial de carabinieri que juega a la malilla o el habitual Maigret romanizado». Si la leía, él terminaría la novela, pero necesitaba saber si podía disponer al menos de un lector. La novela era Venus privada. En ella hacía su aparición el desesperado Duca Lamberti, con un peso terrible sobre los hombros y un gran deseo de justicia. Un personaje en el cual Scerbanenco ha creído más que en muchos otros personajes suyos. Ha creído hasta el punto de condenarle a una auténtica autonomía.

Un amarillo que tendía a negro, si queremos mantenernos en el campo de las definiciones cómodas que además no definen nada. Literatura rosa; Literatura amarilla. Literatura negra. Lo que importa es la capacidad de narrar. Tocando el amarillo y el negro, Scerbanenco aparecía finalmente libre de las viejas rémoras, libre de seguir la propia vocación. Así, en esta colección, han aparecido sucesivos volúmenes con las aventuras de Duca. En efecto, después de Venus privada, Traidores a todos, Asesinato en la escuela, Los milaneses matan en sábado. Han conquistado a los lectores y no solamente en Italia. Han llegado más lejos y sido traducidas. Por ejemplo, en las ediciones Pión, y lograron una recensión entusiasta en el Express por parte de Boileau y Narcejac, o sea de los dos especialistas franceses más importantes. Luego el parisiense Gran Premio de Literatura Policiaca 1968 reconoció en Scerbanenco al autor de la mejor novela amarilla extranjera publicada en edición francesa. La consagración definitiva porque la competencia era grande, y en ella figuraban los mejores especialistas anglosajones. Los elogios pasaron de la prensa francesa a la nuestra. Y también entre nosotros comienza Scerbanenco a ser apreciado por la crítica.

Conquistada a su modo la libertad con su amarillo que tiende al negro, Scerbanenco no parece tener la intención de detenerse. La máquina de fabricar historias sigue funcionando. Scerbanenco escribía las historias de amor principalmente de día; éstas las escribe de noche. Los años pasan, cambia el metabolismo, cambian las costumbres, cambian los estados de ánimo. La melancolía ha menguado un poco. Escribiendo sobre matados o matables, Scerbanenco se encuentra algo más, se da cuenta de que puede expresarse mejor. «El amarillo, el negro, lo policiaco, en suma, cuanto implica una trama de aventura, es realmente narrativa —dice—. La narrativa policiaca trata una materia absoluta». De noche más que de día la máquina de fabricar historias continúa funcionando. Un ritmo extraordinario, esto no ha cambiado. Un cuento a la semana para Stampa sera, un cuento a la semana para Novella, al menos una entrega a la semana de una novela para la Domenica del Corriere y un fragmento de la nueva novela para Garzanti con la quinta aventura de Duca. Duca vuelve a ser médico ahora, se casará, irá de viaje de bodas a París con Livia, y allí se verá metido en otro caso difícil.

Realmente Scerbanenco no tiene la intención de detenerse. Y la prueba es este volumen de narraciones que considero su mejor libro. Duca Lamberti ha de proseguir en sus aventuras, es justo, pero estos relatos, cada uno de los cuales contiene un fulminante músculo de vida, representa un ulterior paso hacia delante. La fantasía de Scerbanenco se vuelve definitivamente negra para hablar de atrocidades, de miseria, del absurdo de este mundo. Relatos, sin personajes recurrentes pero con un autor bien reconocible, uno más cruel que otro, un abismo de abyección y atropellos, a partir de la historia inicial, con los dos sicarios norteamericanos que llegan para eliminar al hombre que impide un oscuro tráfico internacional y la muchacha ferraresa poco virtuosa, pero con un candor humano que, elegida como guía, en una Milán lluviosa y nocturna, se rebela, prefiere arriesgar la vida que ser cómplice de un asesino. Un cuento seco, insistente, feroz. Como todos los que le siguen.

La fantasía negra de Scerbanenco se extiende por la península persiguiendo una sombría sucesión de asesinatos por venganza entre las colinas de Riccione o una fuga inútil de tres delincuentes por el pinar de Tombolo, y así sucesivamente. Pero más tarde o más temprano la fantasía de Scerbanenco vuelve a Milán, tupiendo la saga de la ciudad inventada como y más que si fuese verdadera o retratada, como y más que si hubiese sido imaginada. Una ciudad llena de gente y turbia, implacable y alucinada, en la cual, sin embargo, se abren repentinos claros de ternura. Una ternura frágil, un guiño de neurótico neón en la suciedad del smog, improbable y que, no obstante, se puede tocar, un pálpito enajenado de esperanza en la oscuridad casi total.

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