Prólogo a Hospital Británico, de Héctor Viel Temperley, por Enrique Molina

 

Publicamos el prólogo de la edición Hospital Británico, editado por Ediciones del Dock a cargo de Carlos Pereiro.

 

 

Prólogo a Hospital Británico de Héctor Viel Temperley

 

Enrique Molina

 

El Hospital de Maqroll el Gaviero está en medio de pantanos, en lo tórrido, el de Viel el Legionario (otro prófugo) es, como lo sugiere su nombre, un ámbito de reclusión en medio del tráfago de la multitud, el tumulto y la indiferencia. Pero en ambos alcanza su mayor intensidad el conflicto esencial de la conciencia entre la realidad sensorial y la intuición de otra realidad trascendente, la confrontación entre la muerte o la nada y el esplendor, por eso mismo absurdo, de la vida. En esos recintos los planos se entrecruzan, se alternan continuamente, la tierra y el cielo se desubican, cambian de signo, la lucidez y el sueño crean una atmósfera ambigua en la que el ser pasa a otra dimensión, caracterizada por una especie de intensidad que de pronto ilumina las cosas y los seres con una luz casi sobrenatural.
¿Dónde está el pabellón Rosetto? ¿En el cielo o en el infierno? ¿En Buenos Aires o en el delirio? Por un instante es el cielo, una larga esquina de verano, una armadura de mariposas impenetrable a lo temporal, donde la tenuidad y la delicadeza de las mariposas adquieren el temple del acero. Una especie de cielo personal que esa armadura defiende y en el cual el recluso está instalado con sus afectos y su dolor. Pero justamente es la enfermedad —Tengo la cabeza vendada— lo que lo instala en el paraíso, Me han sacado del mundo, y lo que abre la posibilidad del milagro: Mi madre vino al cielo a visitarme. Así también la realidad de la muerte, A veinte cuadras de aquí yace muriéndose, se transfigura, se convierte en una gloria espiritual: Soy feliz. Para el recluso el pabellón del Infierno Rosetto es también la paz, pero una paz alcanzada por la conciencia trágica de la condición humana ahora recostada en el pecho de la Luz y en la gracia de la fe, que cambia todos sus valores, en una especie de epifanía que anuncia la verdad, en la que todo comenzará de nuevo, más allá de la miseria y el drama confuso de la existencia. En torno a esta temática se desarrolla todo el texto. Del fondo del drama humano, de la confrontación con la muerte, se alza el resplandor de la fe que transforma todo el poema en una batalla del espíritu, en una desesperada experiencia de la intuición de lo Absoluto, vivida concretamente en ese centro del mundo que es el Hospital, en el que la realidad inmediata, con su intensidad sensual crea, paradójicamente, el sentimiento de una irrealidad total. “La verdadera vida está en otra parte”, como decía Rimbaud.

Enrique Molina. Poeta argentino nacido en Buenos Aires en 1910. Su espíritu aventurero lo llevó a vivir una vida intensa como tripulante de barcos mercantes en el Caribe y Europa, experiencia que le sirvió para dotar con un carácter universal su expresión artística tanto en la poesía como en la pintura. Identificado con las ideas y los fines del movimiento surrealista, fundó en 1952, con Aldo Pellegrini, la revista A partir de cero. Considerado como uno de los más importantes poetas de Latinoamérica, obtuvo importantes galardones, entre los que merece destacarse el Gran Premio Fondo Nacional de las Artes 1992. Su obra está contenida en las siguientes publicaciones: «Las cosas y el delirio» en 1941, «Pasiones terrestres» en 1946, «Costumbres errantes o la redondez de la tierra» en 1951, «Amantes antípodas» en 1961, «Fuego libre» en 1962, «Las bellas furias» en 1966, «Monzón Napalm» en 1968, «Los últimos soles» en 1980 y  «El ala de la gaviota» en 1985.

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