Principales características de la literatura rusa. Por Nikos Kazantzakis. Traducción Guadalupe Flores Liera

 

 

 

 

 

El presente artículo aparece publicado originalmente en Alforja. Revista de Poesía, número 30, otoño, 2004.

 

 

 

 

 

Principales características de la literatura rusa

 

 

 

Nikos Kazantzakis

 

Traducción del griego de Guadalupe Flores Liera

 

 

 

La literatura rusa, por razones geográficas y raciales, por necesidades históricas y económicas, se conformó de manera totalmente peculiar y adquirió características particulares, las cuales le otorgan profundidad universal y encanto especial. Las principales características de la literatura rusa pueden resumirse en las siguientes siete:

 

1.- La literatura rusa persigue, más allá de la simple belleza, fines religiosos, éticos y filosóficos. El literato ruso se conmueve siempre ante los grandes problemas de la vida y la muerte, indaga por fin y por el sentido de la Tierra, por qué vivimos, trabajamos y sufrimos. La finalidad del ruso que escribe no es el juego brillante del arte, la desinteresada alegría de la creación poética; su finalidad es encontrar y dar a su lector el decálogo de los derechos, las obligaciones y las esperanzas del hombre.

 

2.- La literatura rusa es democrática. El pueblo ruso es analfabeto, fatalista indolente; está lleno de fuerzas oscuras y de supersticiones: la europeización de Rusia por Pedro el Grande hizo todavía más profundo el abismo entre los intelectuales y el pueblo. El escritor que puede expresar por escrito sus reflexiones siempre es una rara excepción y considera su obligación emplear esta fuerza “mágica” no solamente para crear obras de lujo y belleza, sino para instruir y alumbrar a su pueblo analfabeto y atrasado. Incluso los escritores y poetas rusos más aristócratas sintieron y continuaron esta obligación: unos descienden al pueblo para ser entendidos, otros se esfuerzan por hacer subir al pueblo, pero todos buscan sin descanso el contacto con las masas.

 

3.- La literatura rusa es liberal y revolucionaria. Comprendió que la tiranía política y económica es el origen del mal. De esta tiranía proceden en gran medida la miseria del pueblo, el analfabetismo, la esclavitud psíquica.

El escritor ruso lucha por elevar el nivel intelectual y moral del pueblo, por enseñarle sus derechos así como el amor por la libertad. La del escritor fue la única voz que se dejó oír en Rusia para oponerse a la presión despótica y a la injusticia. No había periodistas, políticos ni sociólogos libres; el escritor los reemplazó a todos. Únicamente él defendía a los que sufrían injusticias, a los esclavos, a los hambrientos, porque sólo él se atrevía, a través de las obras de su imaginación, a expresar su conciencia. Era el dirigente y al mismo tiempo el confesor espiritual del pueblo. A él se dirigían los lectores y preguntaban con desesperación: ¿Qué hago? ¿Cómo aprendo? ¿Cómo nos salvaremos? Por eso, en ningún otro país la literatura adquirió, como en Rusia, tanta fuerza y valor; la historia de la literatura rusa es identifica necesariamente con la historia de la civilización rusa.

 

4.- La literatura rusa tiene un carácter heroico y mártir. Toda su historia es un incansable martirologio heroico. Tiene que enfrentarse con oscuros enemigos todopoderosos: a) con el régimen despótico: zar, censura, policía; b) con la sociedad culta más elevada: superficial, indiferente, hedonista, cobarde; y c) con la gran masa del pueblo: perezosa, ignorante, fatalista. Por esto, en ninguna literatura del mundo hay tantos intelectuales que mueran tan jóvenes, que sean perseguidos, desterrados, muertos, enloquecidos. Los escritores rusos no solamente proclamaron la santidad del sacrificio, la necesidad de que el yo se perdiera para poder salvar el conjunto, sino que fueron los primeros en dar el ejemplo sangriento.

 

5.- La literatura rusa une, de forma única, el más agudo análisis psicológico con la observación más exacta y con la descripción de la vida exterior. Ninguna otra literatura penetró tan hondo, con una hipersensibilidad a menudo patológica, pero además con la compasión más cálida, en los oscuros sótanos del alma humana; y al mismo tiempo, nunca fue descrito con tantos detalles y con tanta exactitud el mundo cotidiano exterior. Idealismo y realismo puros se unen.

Nunca se pierden los escritores rusos en vacías teorías abstractas, ni tampoco en simples descripciones embellecedoras de la vida real, siempre persiguen obstinadamente su principal objetico: la proclama. ¿Qué hacer? ¿Cómo vivir? ¿Cuál es la misión del hombre? Por esto, la literatura rusa, que tan profundamente arraigada se encuentra en el territorio ruso, sobrepasó tan pronto sus fronteras locales y se volvió universal.

 

6.- La literatura rusa se halla exenta de una tradición pesada. Es jovencísima, apenas tiene cien años. Carece de un gran pasado al cual mirar con respeto y el cual gravite sobre sus pasos; es más libre que el resto de las literaturas y, por lo tanto, más capaz de encontrar nuevas formas y de abrir caminos nuevos más atrevidos. Por esto, puede lanzarse con inexorabilidad impetuosa hacia teorías radicales, obviar la forma, sacrificar la claridad arquitectónica al contenido. No puede tener aún experiencia, equilibrio y mesura. Posee todas las virtudes y corre todos los peligros de la juventud.

 

7.- El último periodo soviético de la literatura rusa constituye el intento de creación de un nuevo arte. Nuevo contenido: no más en contra del zarismo ruso, sino en contra de la tiranía mundial del capital. Nueva forma: no más los acuciosos análisis psicológicos, sino la parca expresión estridente de las realidades interna y externa. Influencia del espasmódico despedazamiento cinematográfico de la vida y de la fiebre y la prisa esforzada vida actual de Rusia.

Ninguna otra literatura del mundo ejerció con tanta intensidad en tan poco tiempo una influencia tan productiva en el hombre como la literatura rusa. Ella nos ayudó a sentir el mundo más extensamente, a inclinarnos más profundamente en la oscuridad de nuestra alma, a ver con mayor dramatismo el dolor y la alegría terrenos. La literatura rusa agitó fértilmente nuestro corazón, nos liberó de los estrechos moldes románticos y clásicos de la literatura europea y nos empujó hacia un nuevo enfrentamiento más rico y más trágico con la vida.

 

 

1917 – 1930

 

A la revolución política y social de Rusia no siguió la revolución literaria: ésta había sucedido ya con los simbolistas, primero, y luego con los futuristas.

La revolución soviética no trajo ninguna técnica nueva, simplemente continúo e intensificó todas las innovaciones básicamente futuristas que habían irrumpido ya desde 1910. Marinetti visitó Rusia en 1913 y una porción de la juventud recibió con entusiasmo su proclama en contra de toda tradición, en contra de los museos y las bibliotecas y comenzaron a loar las máquinas y las grandes ciudades.

Cuando estalló la revolución, un pequeño grupo de comunistas —algunos futuristas y otros bestialmente analfabetos— quiso beneficiarse y quemar todo lo antiguo que pesaba sobre el alma del artista: museos, libros, obras de arte: Maiakovski le gritó al Ejercito Rojo: “¿Han colgado a los blancos de la pared / y se olvidaron de Rafael? / ¡Fuego, fuego a los museos! / ¿Por qué no se lanzan contra Pushkin?”

Esta locura vándala fue ahogada muy pronto, la nueva idea, apena pasó la primera fiebre, apoyó como ningún estado capitalista al arte, a los museos; las bibliotecas se centuplicaron, nuevos horizontes se abrieron al escritor; la revolución obligó a poetas y prosistas a abandonar su “torre de marfil” y acercarse al pueblo, a que no expresaran más sentimientos personales, insignificancias,  amores tristes y dichas sensoriales que les proporciona la Naturaleza, sino los grandes ímpetus y necesidades de las masas, el anhelo por una nueva convivencia social, más natural y más justa.

Sobre todo, la gran influencia que tuvo la revolución soviética no se debe a sus teorías, sino a la vida que obligó a vivir a quienes escribían o habrían de escribir. A todos estos escritores, viejos y jóvenes, los arrastró a una vida rica y dramática. La mayoría de los jóvenes que escriben hoy en Rusia antes de tomar la pluma sostuvieron el rifle por años, sufrieron, vieron y aprendieron en tres o cuatro años lo que en toda una vida no hubieran podido si hubieran vivido en otras épocas. Todo joven que escribe hoy en día en Rusia posee una experiencia tan rica y tan dolorosa que su alma y su producción artística no puede tener ninguna relación con sus contemporáneos europeos que estudiaron en paz. Sólo pueden tener parentesco con los escritores que participaron en la Primera Guerra Mundial y que adquirieron una idea —débil, en comparación con los rusos— de la desdicha humana.

Durante los primeros años de la revolución rusa los jóvenes carecían no nada más de tiempo sino hasta de papel y tinta para escribir, hasta de tipografías para imprimir. Por esto, sobre todo hacían poesía y la recitaban en los campamentos, en los círculos obreros o en las manifestaciones. Por supuesto, estas poesías tenían un contenido revolucionario: odio contra el capitalismo mundial y contra los rusos reaccionarios, dicha por liberarse de Rusia y porque pronto liberaría al mundo entero. Los medios expresivos eran simples y estridentes para que los sintieran las masas.

En recintos helados miles de hombres hambrientos, andrajosos, enfermos, escuchaban los versos con entusiasmos, con ojos ardorosos.

En Moscú predominan los futuristas que desdeñan toda tradición y que ambicionan renovar el mundo; sin embargo, en Petrogrado comprendieron el valor de la tradición y de la forma y amaron el equilibrio y la medida.

Estos años fueron terribles incluso para los escritores. Hambre, frío, ninguna relación con el mundo exterior, todos los literatos para poder vivir se habían convertido en empleados, daban conferencias, corrían de concentración en concentración, se agotaban por cansancio excesivo. El régimen no permitía el arte libre: la poesía y la prosa fueron reclutadas y obligadas a servir a la nueva Idea. Muchos se fueron, como Balmont, Kuprín, Bunin, Rémizov, etc., pero otros permanecieron luchando contra dificultades inimaginables.

Después de la nueva política económica de 1921 las condiciones mejoraron: abundante papel, fiebre editorial sin precedentes, millares de libros, periódicos y revistas, cierta comunicación empieza con Europa; la literatura se desmoviliza, ahora los escritores pueden escribir con libertad relativa, basta que no proclamen ideas reaccionarias.

La actual literatura posrevolucionaria rusa no está formada únicamente por los escritores proletarios, que colocaron su arte el al servicio de la ideología comunista, sino de los llamados “paputsik” (compañeros de viaje) que ven, con mayor o menor simpatía, al nuevo régimen, pero que no se interesan en absoluto por la política, viven y procuran escribir libremente desde la literatura del proletariado.

 

 

Poesía contemporánea

 

1.- Poesía proletaria. Miles de obreros y campesinos a partir de la revolución ambicionan convertirse en poetas. Muchos de ellos son dignos de tomar en consideración porque mostraron al principio una cierta ingenuidad, sinceridad y originalidad, se entusiasmaron con las máquinas, cantaron la guerra, la liberación del hombre y la alegría de vivir. Beymenski, Kazin, Yarov loaron la juventud, la fuerza, la libertad. Sólo que la alegría no es una fuente inagotable de poesía y la vena poética de estos proletarios pronto se agotó. Lo mismo les sucedió a Utkin, a Svietlov y a muchos otros, cantores incansables y monótonos de la hoz y el martillo.

2.- Compañeros de viaje en independientes. Los únicos poetas verdaderos de la Rusia actual pertenecen a las clases de los compañeros de viaje y de los independientes. De ellos, dos campesinos de gran valor lírico poseen el primer lugar: Klúyev y Esenin.

 

 

 

 

 

 

Nikos Kazantzakis. (Candía, 1885-Friburgo, 1957) Narrador, poeta y dramaturgo griego cuyas novelas gozan de gran popularidad. En 1906, fecha en que escribió la primera de ellas, La serpiente y el lirio, y su primera obra teatral, Apunta el día, se doctoró en derecho en la Universidad de Atenas. En 1907 obtuvo un premio literario concedido por la misma universidad. En los dos años siguientes estudió filosofía en París en los cursos de Henri Bergson.

Posteriormente estudió también sociología en Berlín e historia del arte en Roma. Por esta época escribió otra obra dramática, El albañil, y la novela Almas rotas. Viajó luego ampliamente por España, Inglaterra, Rusia, Egipto, Palestina y Japón, estableciéndose en la isla de Egina antes de la Segunda Guerra Mundial. Desarrolló una amplia y variada obra que incluye, además de su producción novelística, ensayos filosóficos como Ascesis (1927), libros de viajes, traducciones al griego moderno de clásicos de la literatura universal como la Divina Comedia de Dante y el Fausto de Goethe, y obras dramáticas: Nicéforo Focas (1927), Ulises (1928), Cristo (1928), Melisa (1953) y Teseo (1953). Escribió también poesía: La Odisea (1938) es un extraordinario poema épico en 33.333 versos que retoma la historia de Ulises donde la dejó Homero.

Pero su fama se debe principalmente a sus novelas, ampliamente traducidas a diversos idiomas. Hasta 1946 no se publicaría la más célebre de todas ellas, Zorba el griego, retrato magistral de un extraordinario personaje real que el autor había conocido años antes, llamado Georges Zorba.

Otras de sus obras son Libertad o Muerte (1950), una pintura de la lucha del pueblo de Creta contra el dominio turco en el siglo XIX; Cristo de nuevo crucificado(1954), considerada la más importante de sus novelas; El pobre de Asís (1956), dedicada a San Francisco de Asís, donde expuso su concepción del cristianismo; y La última tentación de Cristo (1959), estudio psicológico revisionista sobre Jesús de Nazaret. El cinematógrafo adaptó varias de sus novelas: El que debe morir (Jules Dassin, 1958), adaptación de Cristo de nuevo crucificadoZorba el griego (Michael Cacoyanis, 1964, con Anthony Quinn en el papel protagonista), y La última tentación de Cristo (Martin Scorsese, 1988).

 

 

 

 

 

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