Pedro Páramo: El nombre del Padre, por Lucía Izquierdo

 

 

Pedro Páramo: El nombre del Padre

Lucía Izquierdo

 

Cuando pensamos en el significado de la palabra padre, nos remitimos a aquel que ocupa un lugar de poder, no siempre importando la consanguinidad; pensamos en el proveedor, el protector, es el jefe de la familia, el que ejerce la ley, el que cuida, enseña y busca el bienestar de la estirpe. Sin embargo me pregunto: ¿Realmente es eso lo que significa ser padre?

Juan Rulfo me dio la posibilidad de plantearme esa pregunta al leer Pedro Páramo, y mi intención ahora es descifrar el significado que tiene la posición de Juan Preciado ante la imagen del que debería ser su Padre. Pedro Páramo fue publicada en 1955, pero con una absoluta vigencia simbólica. Creo entonces que analizar la imagen del padre a través de la trama de dicha novela, puede ayudarnos a observar la trascendencia de esta obra que no sólo estilísticamente es admirable, sino también temáticamente por el problema de la tríada familiar (padre-madre-hijo) que plantea.

Sin afán de psicoanalizar al autor o a sus personajes, creo que los matices biográficos de Juan Rulfo nos ayudan a entender los móviles en la novela. En primer lugar, Rulfo fue huérfano de padre desde los seis años, y de madre desde los siete, por lo que quizá sea a partir de esta condición que Pedro Páramo es la lucha por encontrar la forma de representar sus ilusiones, él mismo lo expone así en una entrevista: “Entonces supuse o supe que en ese pueblo estaban enterrados mis deseos, no sé de donde salió esa idea, tal vez sólo sea algo que imaginé alguna vez, algo que soñé. Y construí a Pedro Páramo alrededor de mi ilusión y alrededor del pueblo. Más bien alrededor del pueblo”[1]. En segundo lugar, cuando el autor nos presenta a Juan Preciado, nos dice que es hijo de Pedro Páramo aunque no lo conoce y no lleva su apellido. A pesar de ser diferentes circunstancias, es interesante descubrir que Juan Rulfo y su personaje, Juan Preciado, comparten la imposibilidad de conocer a sus padres.

En psicoanálisis lacaniano, un padre es el que tiene “la función protectora y la función prohibitiva”[2], desde este punto podemos decir que la familia consiste en una tríada, en donde el hijo y la madre están inicialmente unidos hasta que interviene el padre y ejerce su función de ley; entonces separa al niño de la madre, rompe la dualidad y le muestra que la madre le pertenece.

Dylan Evans define la tríada en el complejo de Edipo de la siguiente manera:

“ […] un conjunto inconsciente de deseos amorosos y hostiles que el sujeto experimenta con relación a sus progenitores; el sujeto desea a un progenitor y entra en rivalidad con el otro […] La función clave en el complejo de Edipo es entonces la del Padre, el término que transforma la relación dual del hijo y la madre en una estructura triádica”[3].

Es decir, el hijo odia a su padre, debe odiarle por impedirle un acceso directo a la madre, pero al mismo tiempo lo ama y admira por el poder que éste posee. Según el diccionario de Evans, Lacan divide el complejo de Edipo en tres tiempos:

En el primero: el niño descubre que tanto él como la madre están en falta. El niño asume que su madre desea algo que él no tiene y al mismo tiempo desea ese algo que la satisface. El elemento faltante en ambos casos es el falo[4]. El único modo que tiene el niño de escapar a la angustia que le provocan esos deseos es que el padre intervenga en las siguientes etapas.

El segundo tiempo: es en donde ‘el nombre del padre’ adquiere su significación, pues idealmente interviene el padre privando a la madre de su completud aparente; muestra al niño que es él quien tiene el poder sobre ella (acto que sólo puede ser realizado si la madre le da el poder al padre). Si ella “obedece” la ley del padre entonces el niño entra en competencia con él por el amor y la obediencia de la madre, es aquí en donde el niño entiende que el padre tiene ese algo que le falta a la madre y que él no posee.

Durante el tercer tiempo, el padre “vence” al niño en esa lucha, pues le muestra que él tiene el poder sobre la madre, que es él lo que la completa y no da ni intercambia esa facultad; deja al niño ante la imposibilidad de ser todo para ella. Entonces sobreviene la identificación del hijo que quiere ser como su padre, pues éste tiene el poder al que el hijo buscará acceder a sabiendas de que puede intentar usar ese poder con cualquier mujer, menos con su madre.

En Pedro Páramo, Juan Preciado va a Comala en busca de una imagen de padre que no tuvo, pero que no habría buscado si su madre no le hubiera mostrado que esa imagen le hacía falta a ella como mujer y a él como hijo:

“ ‘Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.’ Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría […] ‘No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio.’ ”[5] ¿Qué detona la madre al pedirle eso a Juan?¿Cuál es la imagen que le crea Dolores a Juan alrededor de la efigie de Pedro Páramo como padre?

“No son las palabras de rencor de la madre, sino los sueños, las ilusiones, la esperanza que se le crea en torno a este mundo, lo que finalmente lo impulsa a ir.”[6], según Yvette Jiménez de Báez, Juan Preciado asume los deseos de su madre como propios, pero sólo podrá advenir como ʽsujeto deseanteʾ cuando empiece a anhelar tener un padre, es decir, es la prohibición, la ley que ejerce el padre lo que le posibilita al niño comenzar a buscar un satisfactor, un objeto sustituto de la imagen ideal que representa su madre, “pero si Juan Preciado puede poner en marcha la novela, si puede lanzarse en busca de su padre para encontrar sólo el primero de los imposibles que la novela encierra, es porque ese mundo sólo existía para él imaginariamente, a través de su madre Doloritas”[7], es decir, es a través de su madre, que Juan se provee de las ilusiones que pronto empezaron a llenarle la cabeza, ━recordemos que antes de que ella lo mencionara, Juan no pensaba en ir a conocer a su padre, de hecho, en un principio ni siquiera piensa en cumplir la promesa que hizo a su madre, sino hasta que la idea de algo que él nunca tuvo empiece a generarle una ilusión por conocer la razón de su carencia, cuando la falta de un padre le signifique angustia.

Juan Preciado, después de que su madre le ha hecho notar su falta, busca, durante la novela, esa figura de ley que le mencionó su madre en el lecho de muerte,  busca quién le muestre que nunca ha sido todo para ella y el motivo que la orilló a guardarse su falta hasta el último momento. Dicho por la madre misma, buscará a Pedro Páramo, padre de Comala, para (aunque él no lo sabe) poder ser escindido de su madre y advenir ‘sujeto deseante’. El aparente protagonista, detonador de la historia “va a Comala por haber sido des-preciado, al igual que Dolores, la madre”[8]. El padre ha rechazado su lugar en la tríada familiar, pero la madre busca que su hijo pueda asumir que él mismo está en falta, que le falta un padre, y no cualquiera, sino el padre de Comala, el mismo que nunca podrá ocupar el lugar paterno en la tríada de Juan.

Desde la reiteración del nombre, Rulfo insinúa una identificación con el personaje, sugiere a su vez con el apellido esta orfandad que ambos tienen en común, pues a pesar de que Juan Preciado nació en Comala y surgió del esperma de Pedro Páramo, no lleva ese apellido, como el padre, sino que lo nombra Juan Preciado, como si sólo fuera hijo de la madre; mujer que tiene otro nombre significativo, Dolores, pues efectivamente sufre su abandono. Cuando Dolores enuncia “No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio […] cóbraselo caro”[9], la madre deja claro al hijo que la deuda es, antes que con él, con ella, el adeudo es la imagen que Pedro Páramo niega en la tríada familiar a la que renuncia, y Dolores es la única en esa tríada que puede sentir formalmente la carencia.

Juan Preciado no logra conocer totalmente lo que Pedro Páramo representa. Sólo lo conoce “de oídas”, conoce lo que los fantasmas le cuentan sobre sus ha-zañas, sabe de la mercantilización a la que sometió la vida de los habitantes de Comala, de su metodología para salir de problemas, de la frialdad con la que toma decisiones, de lo desértico de su personalidad con todo y con todos, menos con Susana San Juan; el único personaje que lo deja insatisfecho porque no llega a consumarse. Esto provoca  que al final se cruce de brazos y deje que Comala se destruya. Les quita esa figura protectora; piedra angular en el páramo de sus vidas.

Pedro Páramo derriba Comala luego de que ésta ha destruido su única ilusión, pues, desde la perspectiva de Pedro Páramo, Comala hubo acabado con Susana San Juan, con su cordura y después con su vida; es decir se deslinda de su responsabilidad y se ensaña con el pueblo entero como venganza por la muerte de lo único que él creía que lo completaba.

A pesar de que Juan Preciado llega a conocer la historia de un tal Pedro Páramo, nunca llega a conocerlo como padre, porque éste nunca le representa la ley, nunca llega a ser reprendido, protegido, ni escindido de su madre por él.

Caso muy distinto al de Miguel Páramo; el único hijo reconocido formalmente por el padre de Comala. “Miguel debe morir por ser el hijo, huérfano de madre, es en quien se proyecta el padre, mientras Juan Preciado (proyección de su madre) crea una nueva alternativa histórica”[10]

Cualquier probabilidad de que Comala siguiera viva queda abolida por la muerte de ambos descendientes de Páramo. Con Miguel se pierde la posibilidad de continuar la tiranía paterna y con Juan, la posibilidad de que Comala aconteciera diferente, bajo un nuevo “régimen”. Pues como antecedente, tenemos que Pedro Páramo destruyó las ilusiones de Dolores Preciado, ésta delega la responsabilidad de esas ilusiones a su hijo Juan, haciendo que Juan vaya en busca de un futuro para las utopías que aunque ya estaban destruidas cuando pertenecían sólo a su madre, ahora Juan las asume como propias. Las ilusiones se condensan en la imagen que Dolores prefería recordar de aquel tirano. Juan Preciado ve a través de los recuerdos de su madre, él llega a Comala no a adquirir su lugar en la herencia paterna, sino a descifrar y revivir la falta que pertenecía a su madre y a asumir lo que a él le faltó y nunca podrá tener.

Pedro Páramo es la proyección de Don Lucas, su padre, quien no esperaba que éste llegara muy lejos. Del mismo modo, Pedro no espera mucho de Miguel, y procede exactamente igual que antes su padre hizo con él: le cubre sus inmoralidades, sus placeres carnales y sus delitos. Sabe que Miguel será su heredero y le consciente que haga y deshaga en un pueblo que le ha pertenecido a los Páramo desde siempre, pero Miguel muere y así, Comala muere junto con Pedro Páramo.

Pedro Páramo, por su parte “es el único personaje, porque para crearse a sí mismo en la historia, ha aplastado a los demás, los ha reducido a rumores, a ecos de su presencia que, como un símbolo del destino ineludible hacia la muerte, se levanta desde las primeras páginas”[11] es un personaje que se crea de rumores, en sí mismo él está seco. Aún si hubiera estado vivo para cuando llegó Juan, Pedro ya era un desierto contenido en las voces de personajes fantasmáticos, murió paulatinamente cuando dejó morir Comala, es decir cuando decide cruzarse de brazos y deja que todo se derrumbe. Aunque Pedro Páramo represente un orden prevaleciente en la historia, es un acontecimiento pasado que Rulfo estratégicamente narra en presente para lograr que sea hasta el final que el lector entienda la estructura cíclica de la historia ayudado del hilo de la memoria; el lector da sentido a los fragmentos históricos del mismo modo en que se da sentido a los recuerdos; llenando los espacios en blanco para resignificar la historia.

Pedro Páramo se entregó a la ilusión que le provocó Susana San Juan, la única mujer que no pudo poseer. Ella es lo que le hace falta a Pedro Páramo, lo que lo mantiene ‘sujeto deseante’, por lo tanto la única que no está atravesada por su imagen de ley. Susana San Juan es de hecho la mujer que podría considerarse la mujer idealizada de Pedro Páramo, y ni todas las mujeres de Comala pudieron llenar esa falta que Susana le provocaba, por lo que la indiferencia de ella es lo que lo hace seguir en la búsqueda de ese objeto perdido.

Rulfo nos da un atisbo de realidad y reflexión en torno al padre cuando Juan enuncia “y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquél señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre”[12], ¿Por qué enunciar a Pedro Páramo como el marido de su madre y no como su padre? Quizá porque Juan Preciado no logra ver a Pedro Páramo como su padre, objetiva las ilusiones que ese sujeto le causa, pero no puede objetivar una relación que no entiende, que nunca antes ha conocido, Juan Preciado encuentra en Comala la imposibilidad que tiene para entender el ‘significante paterno’ en Pedro Páramo, es decir, Juan Preciado nunca podrá obtener una imagen de padre en el padre de Comala, pues no está atravesado por él como ‘el nombre del padre’.

Pedro Páramo no cumple con la segunda etapa del complejo de Edipo, si bien Juan sabe que Pedro habitó en Comala, conoce su historia, y hasta sus frustraciones como hombre, para Juan no existe un Padre llamado Pedro Páramo, lo recalca cuando dice: “Me diste una dirección mal dada. Me mandaste al ¿dónde es esto y donde es aquello? A un pueblo solitario. Buscando a alguien que no existe”[13]. Así, antes de lograr ser escindido de su madre por una imagen de ley que le permita advenir un sujeto deseante, Juan Preciado muere ante la imposibilidad de encontrarse como hijo del cacique, compartiendo su sepultura con Dorotea, una mujer que no pudo completar sus ilusiones, que no se encuentra en Comala porque su deseo nunca estuvo más allá de asumirse como madre.

La única diferencia entre Juan Preciado y Dorotea puede ser que ésta, al menos en la sepultura, logró cumplir su deseo, pues Juan se vuelve para ella el hijo anhelado, mientras que él, aún después de muerto no encuentra ese detonante de ley que lo lleve a desear, es decir, Juan Preciado no logra realizarse ni siquiera en la tumba. Y si no puede representarse esa imagen que le permita advenir como sujeto dividido, y por tanto seguir en la búsqueda de ese algo que le dé completud, más le vale morir que habitar una vida sin deseo, sin impulso, un lugar en donde descubre que lo que le falta es el nombre que representaría su padre en una tríada familiar que nunca existió.

Juan Preciado nunca podrá ser hijo de Pedro Páramo o de Comala, está impedido para tener una capacidad deseante, incluso para desear a una madre porque siempre la poseyó debido a que no intervino una ley que lo separara de ella mostrándole que lo que a ella le faltaba él no lo tenía ni lo tendría nunca. A Dolores también le faltó algo, un algo que Juan nunca pudo darle, pues Doloritas sólo en el lecho de muerte menciona lo que le hizo falta toda su vida: Comala y Pedro Páramo; Dolores Preciado, la mujer que sufrió toda la vida sus deseos de realidad insatisfecha.

Rulfo enmarca la fatalidad de la naturaleza humana de los años 50 que, al ser cuestiones de índole universal, cruzan las fronteras de lo temporal. Su novela podría ser catalogada como arquetipo del costumbrismo mexicano, elevado con la utilización de técnicas narrativas que salen del modelo común. Sin caer en el melodrama, Rulfo representa en sus personajes la soledad, la melancolía sufrida desde diferentes ángulos, mismos que conoció perfectamente en el páramo de su vida.

El autor muestra diferentes facetas de la melancolía; por ejemplo, en las que aquí competen, Dolores Preciado habita en un limbo; casi no sabemos de ella, no es una protagonista en la historia de Pedro Páramo y apenas la delineamos en los recuerdos de su hijo, en las conversaciones con Eduviges, pero Doloritas, es la representación del modo en que el ser humano lee el mundo: Se crea una realidad colectiva, pero el individuo siempre se crea su propio mundo, sus recuerdos son sólo una parcialidad de la realidad, pues todo recuerdo es fantaseado y la realidad se compone de una reelaboración psíquica. Los habitantes de Comala por un lado y Dolores Preciado por otro, nos dan una parcialidad de la realidad incognoscible que es Pedro Páramo, Doloritas tiene una visión muy particular del señor Páramo, Susana otra y Juan Preciado apenas un esbozo de lo que ese señor es.

Pedro Páramo juega con la realidad subjetiva de los personajes y en un juego de espejos lo hace también con la del lector, pues cada habitante de la novela tiene una realidad que en conjunto nos crean una visión más objetiva de la obra, de las personalidades de los diferentes personajes, para al final asumir que todo lo leído sólo es una ficción a la que damos sentido a través de nuestra lectura y quizá de lo que podríamos nombrar como nuestra realidad, quizá como muestra de lo que a nosotros nos hace falta.

A Juan Preciado, en el principio de la novela, no le hacía falta la imagen del padre, no la conoce y por tanto no puede asumir que la necesita, es decir, a él no se le estaba jugando nada al ser des-preciado por Páramo, pero no podemos perder de vista a la madre, es su ilusión de que el hijo conozca a su padre la que lleva a Juan a su muerte, es ella la que posibilita que ‘el nombre del padre’ se haga efectivo, haciendo que Juan quiera encontrarlo. Dolores, como Rulfo, desde joven fue huérfana, no puede aceptar, en su lecho de muerte, que su hijo se vea privado de lo mismo que ella careció aunque haya sido ella quien se lo haya impedido durante toda su vida. No puede permitir que su hijo esté en la misma falta, por eso “cobrarle caro” a Pedro Páramo todo lo que no les dio, implica los Dolores Preciados de una mujer que ha sido des-preciada, al decidir marcharse lejos del significante de poder que era Pedro Páramo, es cobrar caro el desprecio, la falta de interés por Dolores y su hijo, es el reflejo del escritor en los recuerdos e ilusiones de una madre y su hijo que se encuentran imposibilitados para obtener lo que buscaban.

Pedro Páramo es el enigma del cacique familiar, del amor paternalista condicionado a sus deseos personales y al poder que tiene para decir que es dueño de la vida de Comala y la muerte que lo rodea; esa es la verdadera representación del “rencor vivo” que encierra Pedro Páramo como padre.

Como sujeto, sigue buscando su objeto primordial sin encontrarlo, y aún cuando cree haberlo encontrado, está condenado a perderlo. Pedro Páramo es la imagen del poder que ejerce su voluntad esperando estar menos escindido al demostrar ser la ley, pero al final no puede dejar de verse y sentirse como un sujeto dividido que se desmorona “como si fuera un montón de piedras”.

Un Padre entonces es la figura de ley, la imagen que escinde y se impone ante el hijo, es la figura que permite que el sujeto involuntariamente se divida y vaya en busca de un objeto sustituto de la madre, pero el mismo padre no deja de ser un sujeto dividido que está en busca de ese objeto que él perdió.

 Pedro Páramo es el padre de Comala, escinde a los habitantes y a Dolores; les muestra que están en falta y que sólo él pude llegar a ocupar el lugar del ley, él tiene lo que otorga completud a todos. Pero en el caso de Juan y de Susana, el ángulo es diferente, pues Juan pertenece a una dimensión externa, Pedro Páramo no le significa la ley por no pertenecerle como hijo en una tríada, y Susana tampoco ve en Pedro la ley, pues es el objeto sustituto de éste, él no busca hacerle notar su falta, sino que ella llene la falta que Pedro tiene. En el imaginario de los habitantes de Comala, Pedro Páramo es la piedra angular del pueblo, el dictador del lugar del que no pueden prescindir porque entonces Comala se desmorona y muere pero en el caso de Susana Sanjuan es al revés; pues ella es la piedra angular en la vida de Pedro Páramo

Juan Rulfo, nos entrega en Pedro Páramo,  un reflejo de anhelos encerrados en donde la trama basada en una tríada familiar no completada que se encierra en el desierto de Comala, el páramo rulfiano, ha logrado pasar a la historia con un tema que, justo por su ubicación local, se vuelve universal cuando se trata de ejemplificar la significación del padre en los seres humanos. Yo no pude dejar de sentirme identificada y empática, con la búsqueda de la felicidad que se encierra en el ideal de cada personaje y del escritor contenida en el desierto de Comala. Felicidad que al final de cada historia, resulta imposible, pues el sujeto siempre estará anhelando algo más, es decir, siempre estará en falta, pero no por ello dejamos de buscar la completud.

 

Notas

[1] Leonardo Martínez Carrizales, Juan Rulfo, Los caminos de la fama pública, FCE, México, 1998. p. 28

[2] Dylan Evans, Diccionario introductorio de psicoanálisis lacaniano, Paidós ,Argentina, p.145.

[3] Ibíd., p. 54.

[4] Prefiero usar la palabra falo, y no pene porque no me refiero al órgano genital en sí, sino a la representación fantasmática que el órgano representa.

[5] Juan Rulfo, Pedro Páramo, Planeta de Agostini, Barcelona España, 1985,. p. 7.

[6] Yvette Jiménez de Báez, Juan Rulfo: del Páramo a la Esperanza,.FCE, México, 1994. pp. 273.

[7] Leonardo Martínez Carrizales, op. cit.m p. 159.

[8] Juan Manuel Rodríguez Penagos, “Rulfo y el ensueño del tiempo” en Mal-estar e Subjetividade/Fortaleza, vol. 3, num.001, marzo, Brasil, 2003. pp.139.

[9] Juan Rulfo, op. cit., p. 7.

[10] Yvette Jiménez de Báez, op. cit., p122.

[11] Leonardo Martínez Carrizales, op. cit., p. 102.

[12] Juan Rulfo, op. cit., p. 7.

[13] Ibíd., p.11.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

—Rulfo, Juan ,“Pedro Páramo”, en Pedro Páramo. El Llano en llamas, Planeta de Agostini, Barcelona 1985

—Martínez Carrizales, Leonardo, Juan Rulfo: Los caminos de la fama pública, FCE, México, 1998.

—Jiménez de Báez, Yvette, Juan Rulfo: del Páramo a la Esperanza, FCE, México, 1994.

—Evans, Dylan, Diccionario introductorio de psicoanálisis lacaniano, Paidós, Argentina, 2008.

—Rodriguez Penagos, Juan Manuel, “Rulfo y el ensueño del tiempo”, en Mal-estar e Subjetividade/Fortaleza, vol. 3, num.001, marzo, Brasil, 2003.

—Freud, Sigmund, Totem y Tabú y otras obras (1913-1914), Amorrortu, Buenos Aires, 1997

Lacan, Jacques, La Familia, Argonauta, Buenos Aires, 2003.

—Fernández Perera, Manuel, La literatura mexicana del siglo XX,FCE, México,2008. pp. 261-310.

Lucía Izquierdo, México. 1987. Escritora, Autora del libro “Uni-verso” publicado por la editorial Fridaura. Ha sido incluida en antologías de cuento y poesía y publicada en medios de España y Uruguay. Coeditora de la antología "Poetas de Reserva", editada por CONACULTA y la editorial Fósforo. Fue docente en el Diplomado en Creación Literaria de Bellas Artes, y en los talleres de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México. Actualmente es directora de contenido y márketing de la agencia digital Passiko.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *