Ensayo

Olavo Bilac: el cisne blanco. Prólogo, selección y traducción de Rodolfo Alonso

 

 

 

 

 

 

Este ensayo fue publicado originalmente en Alforja. Revista de Poesía.

 

 

 

 

Olavo Bilac: el cisne blanco

 

Prólogo, selección y traducción de Rodolfo Alonso

 

 

En muchas circunstancias me he sentido obligado a aclarar que el legendario modernismo brasileño, nacido en São Paulo en 1922, paradigma de la originalidad de las vanguardias latinoamericanas porque es tan renovador en lo esencial como auténtico en lo nacional, constituye exactamente la antípoda de su homónimo hispanoamericano, el modernismo de lengua castellana que concluyó dilapidando —e incluso malogrando—, por exceso e hinchazón, lo que había de legítimo y logrado en la poesía de Rubén Darío (1867-1916).

Al ocuparme ahora de Olavo Bilac (1865-1918), siento que me toca realizar un movimiento inverso, envolvente quizás. No sólo porque fue el modernismo brasileño —cuyo desencadenamiento cuatro años después de su muerte él no habría podido imaginar— el que vino a modificar de raíz la práctica de la poesía y de la cultura en su país, borrando de paso gran parte de la influencia y predominio social de las generaciones anteriores, incluido Bilac, sino porque —a mi modesto entender— es precisamente Darío, después de todo su exacto contemporáneo, aquel con quien intuyo resulta posible y provechoso relacionar la obra y la figura de Bilac.

No pocas veces —y generalmente por desdicha— las vidas de los grandes creadores se han visto entreveradas con la historia. Pero en contadas ocasiones ella le ha ofrecido un marco tan favorable como ocurrió con la existencia de Olavo Bilac. Nacido en Río de Janeiro el 16 de septiembre de 1865, hijo de un padre ausente porque fue médico militar en la guerra de Paraguay —a quien sólo iba a conocer a sus cinco años—, después de haber abandonado los estudios universitarios para entregarse de lleno a la literatura y de haber iniciado una fulgurante carrera paralela (y entrelazada) como periodista, su primer libro publicado, Poesias (1988) —que iba a conocer una pronta y sostenida consagración, especialmente con su reedición ampliada de 1902—, coincide con un acontecimiento memorable para la vida social y política brasileña: la justiciera y bienvenida abolición de la infame esclavitud que pesaba sobre su gran población negra, dolorosamente arrancada de África y que tan ricamente nutritiva iba a ser para la cultura nacional.

Y al año siguiente se producía la caída —por cierto incruenta y en gran medida negociada— del régimen imperial para ver instalada la República, generadora de tantas esperanzas y de tantas frustraciones. (De estas últimas iba a dar claro testimonio también en 1902 un libro fundacional, Los sertones, del lúcido y ejemplar Euclides da Cunha, con lo que comienza otra gran corriente de la literatura brasileña, en cierto modo enfrentada con la de Bilac.) Por cierto, y aunque ellos en gran medida determinaron su destino, Olavo Bilac parece no haber actuado de forma directa en ninguno de los dos acontecimientos. El conocido estudioso Alceu Amoroso Lima lo dice muy claro: “Como hijo fiel de la generación parnasiana no participó activamente de ninguno de ellos y más bien quedó al margen de ambos.” Y sin embargo, como el hombre de orden que ya era, más pronto que tarde se lo vio reaccionado, mediante poemas satíricos publicados en la prensa, contra lo que él visualizaba como tendencias no sabemos si más jacobinas que dictatoriales. Así conoció la prisión y el “destierro” a Minas Gerais, en 1892 y 1894, durante el gobierno del Mariscal Peixoto. Y ya en 1896, asumiéndose como profesional de la literatura, es uno de los miembros fundadores de la Academia Brasileña de Letras.

Pero los dados no iban a cesar de rodar, en lo público y en lo privado. Consagrado como el poeta de la pasión y el exuberante lujo verbal, dueño de una métrica impecable y de una envolvente musicalidad, con poemas que se leían en los periódicos y se repetían de boca en boca, iba a ser también el hombre de un solo amor: Amélia, la hermana de su colega Alberto de Oliveira, que al romper el noviazgo en 1888, el mismo año en que también rompe con su padre, se convierte en su Beatrice, la amada distante e imposible que es la otra cara, idealizada, de la sensualidad desbordante y contagiosa de su palabra y de su estro.

Un viaje a Argentina con el nuevo siglo, en 1900, formando parte de la comitiva oficial de Presidente Campos Salles, lo revela como orador y lo convierte definitivamente en hombre público. Se suceden los altos cargos, al mismo tiempo que el 3 de octubre de 1907 es elegido “príncipe de los poetas”, algo hoy absolutamente inimaginable, en el marco de un gran banquete ofrecido en el Palace Teatro y dentro de una competencia promovida por la revista Fon-Fon.

Pero la historia no iba a cesar de cortejarlo. Y él de aceptarla. Estalla en Europa la trágica Primera Guerra mundial y, en el clima beligerante que también se vive en estas playas, el poeta sensual y hasta atrevido, el creador de mundos verbales tan perfectos y cincelados como seductores y embriagantes, que de un modo acaso inconsciente enlazan, enhebran la rica organicidad de la bellísima naturaleza que lo envuelve con el no menos esplendoroso e irresistible resplandor concreto del cuerpo femenino, semioculto entonces —y tal vez por eso mismo— aún más sugestivo, sin duda realzado contra el gris apagado de una moral pacata, este poeta se convierte en un ardiente nacionalista, defensor del Estado, de la educación pública y del servicio militar obligatorio, para él entrelazados y al servicio del cual se pone con armas y bagajes, incluyendo su demostrada y no menos exitosa capacidad de autor de libros pedagógicos, de texto. Así se encuentra entre los fundadores de la Liga de Defensa Nacional, así recorre el país entero en ardientes campañas cívicas, que sólo iban a concluir con su temprana muerte, a los 53 años, por insuficiencia cardiaca y edema pulmonar, el 18 de diciembre de 1918.

Como Darío, entonces, conoció los halagos —las añagazas y las trampas— de algo inimaginable para literatos de estos tiempos: la aureola del poeta consagrado, del poeta oficial, del poeta nacional, del poeta-hombre público. Como Darío, logró hacer de un erotismo legítimo pero potenciado por su entorno de naturaleza exuberante y de sociedad reprimida, una obra de lenguaje no menos sensual y seductora.

Como Darío, fue príncipe coronado (y consagrado y aceptado) de los poetas de su tiempo, pero supo sobrevivir, no obstante, como escritor, en sus mejores textos, tanto a los excesos de sus panegiristas y herederos como a los posteriores movimientos renovadores, heterodoxos, vanguardistas, que se ensañaron con las consecuencias no siempre deseadas de su genio de escritor o sus posiciones de hombre público para borrarlas acaso definitivamente del imaginario cultural y estético.

Aunque no todos fueron siempre tan tajantes (había de qué aferrarse). En su História da literatura brasileira (2ª ed., 1940, p. 186) dice Nélson Werneck Sodré:

Olavo Bilac iba a estar más cerca del alma popular, traduciendo, en sus versos, las ansias comunes de nuestra gente, la elocuencia, la atormentada sensualidad, el gusto de la sonoridad. Su poesía, donde el pensamiento ora se eleva en busca de la perfección, ora desciende a la vulgaridad, conservó las cualidades sensibles para el espíritu brasileño, dominándola la nota del casi erotismo. Sus pinturas no quedan circunscritas a la moldura exigua del soneto, a las iluminaciones, aunque él haya sido un príncipe de esa forma de expresión… De su obra, si mucho decayó hacia la banalidad, hacia el puro efecto verbal, hacia la imagen vacía, subsisten páginas que pueden ser leídas con encanto.

Para Afranio Peixoto, en cambio, en O Cruzeiro, del 23 de junio de 1956, y aunque intente sugerirlo como manifestación de una carencia, como una imposibilidad de realizar: “Nunca en nuestra lengua, en más bellos versos, fueron dichas y proclamadas expresiones de amor, no amor subjetivo, sino amor real, amado, que en Bilac.”

Y nada menos que Manuel Bandeira, bautizado por el ínclito Mário de Andrade como el San Juan Bautista del modernismo brasileño, pudo decir en su Apresentação da poesia brasileira (1945, pp. 108-113), enfocándolo en el marco de su generación, la parnasiana: “Al contrario de sus gloriosos compañeros, que tantearon con indecisión la ciudadela de la Forma, Bilac, al estrenarse con su volumen Poesias a los veintitrés años, se presentaba con el mayor rigor de la nueva escuela, y al mismo tiempo, con una fluencia en el lenguaje y en la métrica, una sensualidad a flor de piel, que lo volvían mucho más accesible para el gran público… El éxito del libro fue inmediato.” Para encararlo luego en plenitud, cuando en reedición 1902 —¡el mismo año de Los sertones, prácticamente su antípoda!— da una ampliada, popularísima, de aquel libro inicial: “El calor de la obra resulta más de la abundancia y énfasis de las palabras, que no de las fuentes profundas del pensamiento, de la vocación épica, inexistente en Bilac…” Para evocarlo finalmente, siempre sin complacencia alguna pero no sin respeto, en el preciso momento de su muerte, mientras se imprimía su último libro, Tarde, que no llegaría a conocer: “Se nota en la forma de esos sonetos una involución hacia la rigidez parnasiana, hacia la lógica de la llave de oro, hacia la solemnidad del vocabulario. Desearíamos menos clangor de metales en esa grave sinfonía de la tarde.” Lo que, viniendo de quien viene, no es sólo un límpido ejemplo de exigencia y rigor en el trabajo crítico, sino también un homenaje implícito y explícito al arte de un gran orfebre, a otro miglior fabbro de quien puede esperarse, sin complacencia alguna pero fraternalmente, lo mejor.

Hubo también cuestionamientos —por cierto fecundos— de generaciones posteriores, que se rehuían a la inefable seducción y al prestigio acumulado para encarar una tarea crítica más extensa y cuestionadora, no sólo cultural sino incluso política y social, que no aísla a la obra de arte de su entorno concreto, histórico, social y nacional. Uno de uno de los mejores ejemplos de esto es ese libro honrado y poco complaciente, pero a la vez fruto de un decidido amor por el país y por su gente, que es Usos e abusos da literatura na escola. Bilac e a literatura escolar na República Velha, que Marisa Lajolo publicó en 1982. En este libro se ejerce con inteligencia y honestidad un espíritu crítico que bien nos gustaría volver a ver circular entre nosotros, argentinos: “Republicano y abolicionista, fue poeta de éxito, periodista consagrado y, como consta en el currículo de cualquier intelectual brasileño, funcionario público. Ocupó cargos ligados a la educación y, asumiendo su nueva personalidad de guardián de virtudes cívicas, renegó de gran parte de su obra —exactamente aquella que nos presentaría a un intelectual pícaro, irónico, cercano a la poesía obscena y circunstancial.” Y ahora llegamos al punto. Porque si bien se acepta, en forma nítida, que: “Fue idolatrado por los contemporáneos, execrado por los modernistas y reposa, hoy, en el limbo reservado a aquellos sobre los cuales la crítica ya se pronunció en definitiva”, nadie se obstina —o, digamos, no lo hace Marisa Lajolo, punzante pero sensata— en un maniqueísmo absoluto, por lo menos irreal: “Desmitificado el mito, en el pedestal, ahora vacío, los textos nos esperan. Comprender la obra de Bilac es comprender, en primer lugar, que el poeta fue siempre un hombre solicitado por la palabra, envuelto por ella, viviendo de ella. En tales circunstancias, el acto de escribir no se encierra en sí. Es un acto de comunicación más que un acto de expresión.”

“Un hombre solicitado por la palabra”. Es cierto. Y también preciso, y justo. Por nuestro lado, entonces, y salvando las distancias, nos descubrimos preguntándonos, por ejemplo, si en la euforia provocada por la resonancia incluso popular de sus Poesias, ¿habrá llegado a percibir Bilac, el cisne blanco —a pesar del silencio general con que fue entonces recibido— la trascendencia no sólo artística que iba a alcanzar Broquéis, publicado cuatro años después, en 1893, por Cruz e Sousa (1861-1898), el cisne negro, que mucho más tarde iba a ser tanto o más valorado por la crítica posterior? No lo sabemos. Pero, en cambio, sí sabemos que como bien dijo, no sin cierta inocencia, nuestro José Pedroni (coincidiendo de esa forma, acaso sin saberlo, con una línea similar, claro que en otro diapasón, de René Char): “La gloria es un verso recordado.” Más allá de todo lo que podemos sin duda ahondar y ampliar en su biografía y en su contexto, en su significación cultural y hasta política y social, más allá del referente y del concepto, como bien dice Marisa Lajolo: “los textos nos esperan”, hay en los muchos y mejores momentos de la obra lírica de Olavo Bilac una devoción por la palabra como belleza soberana, como música del sentido que, más allá de la inteligencia y del razonamiento, pero también más allá de los riesgos del formalismo y la retórica, como lo intuyó firmemente el pueblo brasileño, cuando lo logra tiene en sí misma su verdad y su evidencia. A esa presencia encarnada del misterio y la luz de la palabra humana, de la poesía, queremos dedicar el otro servicio de esta antología, bilingüe para que esa música viva no se pierda.

 

 

 

Nuestro lector puede leer una selección de poesía de Olavo Bilac en el siguiente enlace:

 

 

Olavo Bilac (Brasil). Traducción de Rodolfo Alonso

 

 

 

 

 

Olavo Bilac (Brasil, 1865-1918). Poeta, ensayista y periodista brasileño nacido en Río de Janeiro en 1865. Dedicado desde muy joven al ejercicio periodístico, fundó las revistas A cigarra y Meio. Es considerado como el más importante poetas parnasiano de su país, al lado de   Alberto de Oliveira y Raimundo Correia. Su primer libro, "Poesías" fue publicado en 1888, seguido en los años siguientes por crónicas, conferencias literarias, libros infantiles y didácticos.  Ejerció varios cargos públicos, fue uno de los fundadores de la Academia Brasileña de Letras y formó parte de diversas delegaciones diplomáticas de su país.
En 1907 fue elegido Príncipe de los poetas brasileños en el célebre concurso auspiciado por la revista Fon-Fon. Su libro póstumo "Tarde", publicado en 1919, resume gran parte de su obra poética.

 

 

 

 

 

Rodolfo Alonso (Argentina, 1934-2021). Es un poeta y traductor. En su adolescencia quedó fascinado con la obra de César Vallejo y de Roberto Arlt, que representan la base de su desarrollo como escritor. Comenzó a la edad de diecisiete años a colaborar en la revista de naturaleza vanguardista Poesía Buenos Aires, y en esa época publicó sus primeros versos. Luego de una interrupción de sus actividades a causa del servicio militar, que en aquel entonces era obligatorio en Argentina, se inscribió en la carrera de arquitectura, la cual abandonó algunos meses más tarde. Trabajó durante muchos años para el diario tucumano La Gaceta, específicamente en su suplemento cultural, y tuvo la oportunidad de viajar y conocer a muchas de las personalidades más prominentes de la literatura del momento. Se trata de un hombre con una carrera intensa, que ha cultivado la escritura en sus distintas facetas y que ha recogido premios internacionales en muchas ocasiones. La obra de Alonso es muy extensa; podemos mencionar sus poemarios "Salud o nada" y "El arte de callar", y su traducción al español de "El banquero anarquista", de Fernando Pessoa. El poema "Cantar no consuela" da comienzo a nuestra selección de su poesía.