Nuestra vanguardia estridentista. Por Carlos-Blas Galindo

 

 

 

Autor: Carlos-Blas Galindo

Título: Urbe en proceso. Año: 2021. Técnica: fotografía digital. Colección del autor.

 

 

 

 

Nuestra vanguardia estridentista

 

Por Carlos-Blas Galindo

 

 

Pareciera existir un consenso generalizado, si no es que unánime, acerca del carácter vanguardista del Estridentismo. Quienes protagonizaron los movimientos artísticos de avanzada que fueron practicados durante la primera mitad del siglo XX y que son los denominados como vanguardias históricas o simplemente vanguardias, hicieron explícita su filiación vanguardista. Mas allá de su autoadscripción a las vanguardias cabe confirmar o, en su caso, replantear tal filiación. Como se sabe, en cada época y lugar existen requerimientos culturales que demandan ser satisfechos, y que es competencia de quienes son artistas ensayar respuestas para tales necesidades hasta dar con aquellas que las satisfagan, ya sea en parte o en su totalidad. La existencia de tales requerimientos está vinculada con la noción de Zeitgeist o espíritu del tiempo. Y, como también es sabido, las respuestas a las citadas necesidades están diferenciadas, en cada ámbito geopolítico, por el genius loci o marca del lugar. El ímpetu vanguardista, entonces, constituyó una respuesta a tales necesidades. Empero, ninguno de estos dos aspectos escapa de la ideología, por lo que tanto las necesidades culturales como las propuestas que las subsanen estarán indefectiblemente vinculadas con todo aquello que en cada época y en cada lugar resulte propicio para la clase en el poder, la cual en tiempos vanguardistas (y en la actualidad, por supuesto) es la burguesía.

Con las vanguardias, el arte de Occidente −o la noción occidental de lo artístico− resultó entronizado como el único posible, al ser impuesto como si fuese el de mayor valía, a la vez que le fueron incorporados múltiples componentes originarios de artes no occidentales, con lo que resultó apuntalado. El Estridentismo no solamente no cuestionó la hegemonía artística visual occidental que fue la imperante en su momento, sino que la auspició e, incluso, con su existencia misma la reforzó. A la vez, el Estridentismo nutrió al arte de Occidente al incorporarle componentes iconográficos de nuestro medio cultural. Otro aspecto concordante de la vanguardia estridentista con los demás movimientos de su tipo lo constituyó su aceptación acrítica del patriarcado. El carácter patriarcal de las vanguardias consistió no únicamente en evitar el ingreso de mujeres artistas a sus movimientos −despótica prolongación del androcentrismo−, ni en invisibilizar los aportes de las artistas vanguardistas, sino que constituyó un ejercicio impune de represión, imposición, dominio, conquista (ocupación indebida), autoritarismo y arbitrariedad al interior del campo artístico en Occidente. Contribuyeron de manera notable al Estridentismo: Nellie Campobello, Tina Modotti,  Nahui Ollin y Dolores Velásquez Cueto; empero, no siempre fue suficientemente enfatizado el reconocimiento a sus destacables participaciones.

Algo en lo que coincidieron la totalidad de quienes protagonizaron las vanguardias fue su afán por el progreso, tanto al interior del campo artístico mismo como en el contexto de las sociedades en las que se desenvolvieron. Quienes se afiliaron al Estridentismo compartieron el anhelo vanguardista de participar en la consecución del progreso; quienes fueron artistas vanguardistas abrazaron la idea de que el progreso era algo fundamental para el arte y para el resto de las actividades humanas en Occidente. Tuvieron la convicción de que, afiliándose a alguno de los movimientos de vanguardia, intervenían directa y favorablemente en la consecución del progreso artístico y del de la humanidad en su conjunto. Se trató de una especie de llamado de la modernidad al que acudieron de manera presta y solícita quienes fueron vanguardistas (recuérdese, por ejemplo, el clamor estridentista contra la “momiasnocracia nacional”). Si bien es cierto que las vanguardias coincidieron con hechos históricos extra artísticos que caben ser considerados como progresistas, también es verídico que fueron contemporáneas de otros más que no lo fueron.

Durante la etapa de vigencia de las vanguardias ocurrieron grandes conflictos armados de liberación que generaron transformaciones inéditas e irreversibles para la historia de la humanidad: la primera revolución democrático-burguesa en Rusia (1905-1907), la guerra civil conocida como Revolución mexicana (1910-1924), la segunda y breve revolución democrático-burguesa en Rusia (1917), la Revolución Socialista de Octubre (1917), la Guerra Civil española (1936-1939) y la Revolución china (1948-1952), las cuales fueron convocadas con el propósito de derrocar a los regímenes que impedían el progreso. En aquella época existieron asimismo conquistas políticas fundamentales para el avance de la humanidad: la fundación del Partido Laborista en el Reino Unido (1906, considerado de izquierda), el establecimiento de la III Internacional (1919) o la fundación del Partido Comunista Mexicano (1919), por ejemplo.

Sin embargo, y en hechos diametralmente opuestos a los citados, las vanguardias fueron asimismo contemporáneas de la imposición de la base naval estadounidense en Guantánamo, Cuba (1901), de los asesinatos en Texas de 5 mil personas mexicanas y de origen mexicano cometidos por la nefasta división Ranger y por civiles estadunidenses blancos armados (1910-1920), de la ocupación estadunidense de la ciudad y puerto de Veracruz (1914), de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), de la invasión estadunidense a México (1916-1917) −focalizada contra la División del Norte y, en lo específico, contra su comandante, el general Francisco Villa−, del fascismo italiano (1922-1945), de la expulsión de un millón 800 mil mexicanos y estadunidenses de origen mexicano de Estados Unidos hacia México durante la década de los 30; del régimen nazi alemán (1933-1945), de la dictadura de Francisco Franco en España (1936-1975), de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), así como del belicismo del imperio japonés (1941-1945), hechos que de ninguna manera constituyeron algún progreso para la humanidad.

La provocación, dirigida a los públicos conservadores, fue una práctica que caracterizó a quienes se afiliaron a las vanguardias. Y este ímpetu no les fue ajeno a quienes fueron estridentistas. Las personas que se afiliaron a las vanguardias basaron su quehacer, con diferentes grados de intensidad, en la provocación cultural. Y, de manera consciente o no, parecieron dirigir sus acciones de provocación hacia la burguesía. El afán de muchas de esas personas continuó siendo el de épater le bourgeois, el cual fuera propuesto, en la centuria antepasada, en la etapa del arte fin-de-siglo. Incluso, quienes practicaron el realismo socialista dentro y fuera de la URSS, si bien se propusieron transmitir sus ideas directamente a los públicos de los Estados socialistas, consideraron asimismo a la burguesía de otras regiones geopolíticas como posible receptora de sus propuestas, toda vez que no podían ignorar su papel histórico como artistas, pero tampoco la existencia de esa clase social ni su poderío. El dadaísmo, del que quienes fueron estridentistas estuvieron informados, fue altamente provocador en sus obras objetuales, así como en su interacción con quienes acudían a sus eventos de participación pública −en los que recurrían al arte sonoro, a la danza con vestuarios realizados exprofeso, a lecturas y a la música−, lo mismo que en sus acciones políticas.

El fuerte vínculo que existió entre vanguardias y racionalismo resulta evidenciado al constatar que en esta etapa de la historia del arte proliferaron los manifiestos y los escritos que acerca de su propio quehacer escribieron y enarbolaron quienes fueron artistas. Los Tres llamamientos de orientación actual a los pintores y escultores de la nueva generación americana (mayo de 1921) publicados por David Alfaro Siqueiros en la ciudad de Barcelona y, en el caso del Estridentismo, Actual No. 1, Hoja de vanguardia (diciembre de 1921), hoja volante de Manuel Maples Arce y los manifiestos y publicaciones estridentistas ulteriores, son prueba del mencionado vínculo. Una proclividad al purismo estilístico caracterizó al arte de vanguardia y desde luego que al Estridentismo. Tal orientación estuvo relacionada estrechamente con el afán de originalidad del que estuvieron imbuidos quienes fueron vanguardistas. Asimismo, caracterizó a quienes se afiliaron a las vanguardias una conciencia respecto a las bondades de la suma de esfuerzos en beneficio de los lenguajes colectivos que practicaron, tanto como un claro orgullo por su pertenencia a alguno de los movimientos artísticos de avanzada de la primera mitad del siglo XX. El afán por lo colectivo y el asumir su pertenencia al Estridentismo caracterizaron a quienes formaron parte de este movimiento.

Fue algo muy característico de las vanguardias su carácter urbano. Muchas de ellas tuvieron como sede fija la ciudad de París, en tanto que otras fueron desarrolladas en otras urbes europeas. Quienes hicieron posible el Estridentismo remontaron la imposición colonialista de trabajar en Europa y procedieron de un modo del todo extremo al proclamar la existencia de Estridentópolis. Asimismo, escaparon del dominio de lo territorial, incluso dentro de México, al trabajar en varias ciudades mexicanas (como Puebla o Zacatecas) y al trasladar su movimiento a la ciudad de Xalapa. El estrecho vínculo entre las convicciones utopistas y el quehacer vanguardista fue una más de las constantes que caracterizaron a quienes fueron estridentistas y también a aquellas personas que se afiliaron a las vanguardias. Otras coincidencias lo fueron tanto el afán por restablecer los nexos entre el arte y la vida cotidiana, como la socialización de sus planteamientos y de sus obras. La mayor parte de los movimientos de las vanguardias, así como la mayoría de quienes los practicaron, contaron con un compromiso social, con una conciencia política de avanzada, al igual que con una orientación a favor de las causas libertarias. Estas posturas también caracterizaron al Estridentismo y a quienes se afiliaron a este movimiento.

Las vanguardias, que tuvieron sus fases de vigencia durante la primera mitad del siglo pasado, fueron fundamentadas en una serie de paradigmas: el apuntalamiento de la idea occidental de lo artístico, la falta de cuestionamiento al orden patriarcal (que de suyo está indisolublemente vinculado con el capitalismo), la convicción de la existencia del progreso durante la fase histórica de la modernidad, la provocación como constante, la subversión como divisa, el apego al racionalismo (incluso en los casos del surrealismo o del dadaísmo, que lo ponen en duda en los procesos creativos), el purismo estilístico, el afán por la originalidad, la aceptación de la utilidad de lo colectivo, la exaltación de la pertenencia, las sedes fijas para irradiación de las propuestas, la aceptación de lo territorial, la filiación utopista, la búsqueda del restablecimiento de la dupla arte-vida, la socialización de las ideas y las obras, el compromiso social, la filiación política y la participación a favor de las causas libertarias. El Estridentismo coincidió plenamente con la mayor parte de estos 18 paradigmas, pues eludió al colonialismo europeo y a su imposición territorial. No cabe ninguna duda, entonces, de que el Estridentismo fue una vanguardia histórica del arte del siglo XX. Una vanguardia nuestra.

 

 

 

 

 

Carlos Blas-Galindo. Nació en 1955 en la Ciudad de México. Estudió Artes Visuales en la UNAM, y posteriormente hizo estudios de maestría en la misma Universidad. Ha sido profesor a nivel posgrado en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, UNAM, en la Escuela de Diseño, INBAL y en la Facultad de Artes de la UACh, además de profesor a nivel licenciatura en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado del INBAL. Desde 1994 es miembro de la College Art Association, con sede en Nueva York, EUA y desde 1995 integrante de la Convención Metropolitana de Artistas y Trabajadores de la Cultura. Es también miembro de la Asociación de Escritores de México y del Comité Mexicano de Historia del Arte. Formó parte de la sección nacional mexicana de la Asociación Internacional de Críticos de Arte y fue director del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas del INBAL entre 2004 y 2012, centro donde es profesor titular de tiempo completo y al que ingresó en 1998.

Es autor de los libros Enrique Guzmán. Transformador y víctima de su tiempo (1992) y Reynaldo Velásquez. Penilunio (2007); de los folletos Elementos estéticos, temáticos y artísticos: un método para la crítica de las artes visuales (2005), y coautor de diversas obras especializadas. A lo largo de su trayectoria profesional ha participado en más de 100 exposiciones colectivas en  Argentina, Brasil, Catalunya, Chile, Eslovaquia, España, Estados Unidos, Grecia, Puerto Rico y Québec. Ejemplos de su trabajo artístico se encuentran en las colecciones del Museo Nacional de la Estampa, INBAL, el Museo de Arte Moderno, INBAL, el Museo Internacional de Electrografía en Cuenca, España; la Facultad de Artes y Diseño, UNAM y el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca.

Ingresó a la Academia de Artes el 26 de septiembre de 2007.

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.