Nota de Presentación: La Prosa del Transiberiano, de Blaise Cendrars. Traducción de Marco Antonio Campos y Jean Portante

 

 

 

 

Nota

 

Víctor Manuel Mendiola

 

No sé si Blaise Cendrars tiene la altura o la originalidad de Arthur Rimbaud, ya que este último fue el iniciador de mucho de lo que hoy hacemos. Pero casi no me cabe duda de que Cendrars es, de algún modo, la realización feliz del desgraciado y portentoso joven de Charleville.

Como Rimbaud, Cendrars abandonó su casa siendo un adolescente; como Rimbaud, Cendrars fue un andariego; como Rimbaud, Cendrars, desde muy pronto, compartió la vida con artistas fundamentales de la época; como Rimbaud, Cendrars gustaba de los hombres peligrosos; como Rimbaud, Cendrars celebraba la realidad, pero también la criticaba; y así mismo, como Rimbaud, Cendrars sufrió una mutilación (uno perdió una pierna, otro perdió la mano). Hasta aquí llega el parecido, ya que mientras el primero desarrolló su capacidad de entusiasmo y conocimiento del mundo en un medio que no lo entendía cabalmente —incluso los poetas—, el segundo tuvo la suerte enorme de ser comprendido casi de inmediato por quienes tenía que ser comprendido. De esta forma, si pensamos que ambos son poetas sin ninguna duda de la poesía de la existencia y la acción, de la acción poética, y que ambos poseen marcas biográficas fundamentales con una semejanza apreciable, entonces quizá podríamos muy bien decir que Blaise Cendrars realizó, afortunadamente con un dichoso destino, a Arthur Rimbaud. En Blaise Cendrars podemos ver mucho de lo que debimos haber visto si aquél no hubiese abandonado París para vagar obsesionada y tristemente por los desiertos de Abisinia y morir todavía joven.

Otra cosa importante que vale la pena destacar de Cendrars es el hecho de que La prosa del Transiberiano es contemporánea del gran poema de Guillaume Apollinaire, “Zona”, ambos publicados en 1913. Este dato temporal tiene un valor signifcativo porque, 12 aunque “Zona” de Apollinaire posee su propio universo, comparte con el texto de Cendrars no pocas cosas. Por ejemplo: ambos poemas se arriesgan en la espontaneidad del nuevo verso libre; ambos poemas prescinden de la puntuación; ambos poemas exaltan —en concordancia con el futurismo— las máquinas y las ciudades; y ambos poemas están dominados por una franca alegría embriagadora, a pesar de que ambos, al mismo tiempo, comprenden la tristeza del mundo y del amor. En más de un sentido “Zona”, en su originalidad indiscutible, comparte rasgos, elementos y una parte del alma de La prosa del Transiberiano —tampoco debemos olvidar que Cendrars escribió un poema sobre la torre Eiffel, “Torre”.

No es extraño que dos de los reconocimientos más vivos de la fgura de Cendrars provinieran de dos escritores norteamericanos: John Dos Passos y Henry Miller. Ello nos revela no sólo cómo la literatura francesa moderna, y en particular Cendrars, son una fuente del cambio que representó el surgimiento de la narrativa y la poesía americana sino cómo, asimismo y secretamente, la vitalidad y el yo hecho de las cosas reales de Walt Whitman resonó en Cendrars. Hay en este poeta algo tan potente, tan enardecido, tan abarcador de la palpitación de los objetos y de los seres en su manifestación inmediata y además apresados en el instante mismo de su aparición, sin ninguna clase de barniz o compostura, que al leerlo nos hace pensar en el don de nombrar la multiplicidad de Rimbaud, pero también de Whitman. En esta afnidad estriba quizá, en buena medida, la simpatía, la pasión que Cendrars tuvo por los Estados Unidos.

Este libro ofrece una nueva traducción de La prosa del Transiberiano, realizada por Marco Antonio Campos y Jean Portante, acompañada por un ensayo de este último, que arroja luz sobre el concepto fundamental de la simultaneidad y el ambiente histórico en el que surgió el poema. Como poetas, tanto Campos como Portante, han dedicado una buena parte de su trabajo lírico a la comprensión de autores fundamentales de la tradición moderna. Campos, en especial, ha traducido a Charles Baudelaire, a Giacomo Leopardi y George Trackl, publicado por Ediciones el Tucán de Virginia en 2010. Y Jean Portante ha permitido la difusión de muchos poetas contemporáneos de habla española en la literatura francesa. De este modo, ambos han hecho de la traducción un mundo poético personal e imprescindible.

Por otro lado, esta edición ofrece la lectura de tres ensayos insoslayables para comprender la dimensión del poeta francés. El texto de Dos Passos es una visión de la primera Exposición Universal de París en 1900 y de una manera muy rápida, pero concentrada, es también una visión de la originalidad de la poesía de Cendrars. El texto de Miller, en contraste, nos permite entender la inmensa obra que escribió el autor del La prosa... y el papel esencial de libros como El oro, El hombre fulminado y La mano cortada, entre muchas narraciones más. Probablemente a Enrique Molina debemos la primera traducción de La prosa... y, en nuestra lengua, una lectura profunda del texto que a muchos nos permitió acercarnos a Cendrars.

Por último, con este volumen aparecen tres poemas notables sobre el primer transporte humano que viajó a una velocidad no humana: el tren. En Whitman vemos el asombro ante el poder animado del vapor y el acero; en Emily Dickinson —más arcaica—, la identifcación del tren con el caballo que rodea las montañas, salta cuesta abajo y regresa a su establo; y en Carl Sandburg —de modo mucho más moderno—, la asimilación de la máquina a la metafísica contemporánea con su sensación de muerte, desconcierto y nada.

 

 

 

Blaise Cendrars, cuyo nombre real era Frédéric-Louis Sauser, nació en La Chaux-de-Fonds, cantón de Neuchâtel, Suiza, el 1 de septiembre de 1887. A los 16 años de edad huyó de la casa paterna. Viajó por Alemania y llegó a Moscú en plena efervescencia revolucionaria. Viajó en el Transiberiano y trabajó con un joyero suizo en San Petersburgo. En la biblioteca imperial, un bibliotecario de nombre Sozonov lo animó a ser escritor, razón por la que adquirió el hábito de tomar notas de sus lecturas, pensamientos y vivencias. En esa época escribió La Légende de Novgorode, que el propio Sozonov tradujo al ruso y del que imprimió catorce ejemplares. Entre 1908 y 1909 cursó estudios de filosofía y medicina en Berna. De vuelta a San Petersburgo, escribió su primera novela, Moganni Nameh, publicada en 1922, en cuatro entregas, en la revista Les Feuilles libres. Posteriormente, reanudó sus viajes por Europa y Estados Unidos, donde ejerció diversos oficios y escribió Les Pâques à New York. En junio de 1912 regresó a París y fundó la revista Les Hommes Nouveaux junto a Emil Szyttya. En ese mismo año publicó Séquences en su propia editorial. En París entabló amistad, entre otros, con Apollinaire, Chagall, Fernand Léger, Léopold Survage, Modigliani, Csaky, Oleksandr Arjípenko y Sonia Delaunay con quien publicó en 1913 su Prose du Transsibérien et de la petite Jeanne de France. Avec des couleurs simultanées de Sonia Delaunay-Terk. Tras enlistarse en la Legión Extranjera, participó en la Primera Guerra Mundial. El 28 de septiembre de 1915, herido en Champagne, pierde el antebrazo derecho. Posteriormente fue condecorado con la Cruz de Guerra y la Medalla Militar. El 16 de febrero de 1916 adquiere la nacionalidad francesa. A partir de entonces, intensifica su actividad literaria. Publica La Guerre au Luxembourg (1916), Le Panama ou les aventures de mes sept oncles (1918) y Anthologie nègre (1921), entre otros. También escribió el guión para cine La fn du monde flmée par l’ange Notre-Dame y, junto con Fernand Léger, el ballet La Création du monde (1923). En 1924 aparece su último libro de poesía: Kodak. Ese mismo año viaja a Brasil y escribe la novela Feuilles de route. En los años siguientes publica, entre muchos más, L’Or (1925), Moravagine (1926) y Petits contes nègres pour les enfants des blancs (1928). Como reportero, recorrió Norte y Centroamérica y cubrió la Guerra Civil Española. En 1939, al estallar la Segunda Guerra Mundial, trabajó como corresponsal para el ejército británico. Sus reportajes, publicados en Paris Soir, fueron compilados en el libro Chez l’armée anglaise (1940). Durante la ocupación nazi se refugió en Aix-en-Provence y durante tres años no escribió nada. Posteriormente, surgen los libros L’Homme foudroyé (1945), La Main coupée (1946), Bourlinguer (1948) y Le lotissement du ciel (1949). En 1950 regresó a París donde publicó sus últimas obras. En 1961, poco antes de morir, recibió el Grand Prix Littéraire de la Ville de Paris.

Víctor Manuel Mendiola. Nació en la Ciudad de México en 1954. Ha publicado, entre otros, los libros de poesía: Vuelo 294 (1997, FCE); Papel revolución (2000, Ediciones sin Nombre); Tan Oro y Ogro (antología, 2003, UNAM); Tu mano, mi boca (2005, Editorial ALDUS); y Selected Poems (Shearsman Books 2008). Los ensayos: Xavier Villaurrutia: la comedia de la admiración (2006, FCE); El surrealismo de Piedra de Sol, entre peras y manzanas (2011, FCE); y “El ángel que acompañó a Tobías” (ensayo histórico literario sobre “La suave Patria” de Ramón López Velarde) en La suave Patria de Ramón López Velarde (2013, Ediciones el Tucán de Virginia). Fue becario del Centro Mexicano de Escritores bajo la dirección de Salvador Elizondo y Juan Rulfo. Fue escritor residente en el Centro de Artes de Banff, Canada, 2001. Es editor de Ediciones El Tucán de Virginia. Ha sido becario del Sistema Nacional de Creadores. Obtuvo el Premio Latino de Literatura 2005 por el libro Tan oro y Ogro, que otorga el Instituto de Escritores Norteamericanos de New York. En el año 2010 obtuvo el Primer lugar en el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz con la novela 4 para Lulú, reeditada por Alfaguara en 2012. Actualmente escribe la columna “Poesía en Segundos” del suplemento Laberinto del periódico Milenio.

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