Mío Cid Campeador de Vicente Huidobro. Por María Ángeles Pérez López (Valladolid, España)

 

 

 

 

 

Publicamos íntegramente la “Presentación” que acompaña a la edición de Mío Cid Campeador de Vicente Huidobro (Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco, 1997), pp. 5-17.

 

 

 

Mío Cid Campeador de Vicente Huidobro

 

María Ángeles Pérez López

Universidad de Salamanca, España

 

 

 

Cuando en 1929 la Compañía Ibero-Americana de Publicaciones dio a conocer la primera novela del poeta chileno Vicente Huidobro (1893-1948), titulada Mío Cid Campeador, la respuesta de algunos lectores destacados enfatizó la sorpresa que les inspiraba el texto.

Así, el novelista cubano Alejo Carpentier[1] señaló su desconcierto ante una obra que, narrando "las andanzas prodigiosas del Cid", surgía de la misma pluma que había "creado" los poemarios Horizon carré (1917), Poemas árticos, Ecuatorial, Tour Eiffel y Hallali (todos ellos publicados en Madrid en 1918, junto a la segunda edición de El espejo de agua -Buenos Aires, 1916-).

Huidobro, para la fecha de 1929, era valorado por su contribución a la lírica, en particular por los títulos señalados y por las declaraciones programáticas del creacionismo, que toma cuerpo en el manifiesto "Non serviam" (1914) y en los recogidos en Manifestes (1925), así como en la conferencia dictada en 1916 en el Ateneo Hispanoamericano de Buenos Aires -donde Huidobro insistió en la importancia del verbo "crear" como clave de la actividad lírica- y en el poema "Arte poética" con el que se abre El espejo de agua:

 

Por qué cantáis la rosa,

¡oh Poetas! Hacedla florecer en el poema,

sólo para nosotros

viven todas las cosas bajo el Sol.

 

El poeta es un pequeño Dios.

 

La importancia del creacionismo en el contexto de la vanguardia histórica en lengua española resulta indudable. Sin embargo, ha sido mucho menos valorada la contribución de Vicente Huidobro a otros géneros que cultivó con asiduidad, en particular el narrativo. Con Mío Cid Campeador iniciaba su dedicación a un género en el que van a incluirse cinco novelas más: Cagliostro (1934), La próxima (Historia que pasó en poco tiempo más) (1934), Papá o El diario de Alicia Mir (1934), Sátiro o El poder de las palabras (1939) y Tres inmensas novelas (1935), que escribió en colaboración con el escritor, pintor y escultor dadaísta Hans Arp.

Entre las novelas que conforman la producción narrativa huidobriana, Mío Cid Campeador resulta una de las más destacadas. Y no sólo por haber sido la que más atención despertó entre sus coetáneos, sino fundamentalmente por el vuelo lírico de sus páginas. El protagonista, ese Rodrigo Díaz de Vivar que procede de una larga y prestigiada tradición literaria, encarna una de las características que Huidobro subrayó de la creación poética: la capacidad para "inquietar, maravillar, emocionar nuestras raíces" pues he aquí "lo propio de la poesía".[2]

El texto se presenta como una hazaña del héroe castellano de la Alta Edad Media que subraya sus aspectos extraordinarios; de hecho, el título completo de la obra huidobriana era justamente ése: Hazaña de Mío Cid Campeador. En una nota introductoria a la primera edición, la de Madrid de 1929, explicaban los editores que la "hazaña'" podía definirse como "'especie de novela épica o más bien una serie de tapices heroicos sin más argumento o hilo central que el nombre del mismo personaje que sirve de tema a la obra y los episodios tejidos en torno a la vida de dicho personaje".

Este nuevo modo de novelar, que Huidobro habría propuesto organizar en tres ciclos -el de las "hazañas'" de los Paladines, que contaría con las figuras de Henán Cortés, Colón, Lautaro, y quizá Bolívar, añadidas a la del Cid; el de las "hazañas " de los Magos, ya con un protagonista, el mago italiano Alessandro Cagliostro; y el de las "hazañas" de los Poetas (Góngora, Cervantes y San Juan de la Cruz) —se situaba en la órbita trazada por el novelista francés Joseph Delteil, que, en su Jean-ne d'Arc (1925), La Fayette (1928) y Napoleón (1929), usaba de todo el vigor vanguardista para contar la vida de sus personajes.

Pero sería la exaltación poética que produce una vida "superior", la que se convertiría en columna vertebral de los textos proyectados y, por tanto, la que justifica su pertenencia al subgénero "hazaña". Para el chileno sólo lo inhabitual, lo sorpresivo por superior o extraño es objeto del arte: su Mío Cid resulta ser, en esta línea, una individualidad totalizada. Encarna hiperbólicamente todos los atributos del héroe tradicional,[3] por lo que termina adquiriendo dimensiones cósmicas (“Él solo es toda la fauna y toda la flora", en "A Valencia"):

Así el nombre Cid brota repentino de los poros de la tierra y se encuentra instalado sobre todos los labios cantante como un árbol de luz. Nace, crece, sube al cielo, se multiplica, se hace selva, invade las llanuras, cruza los ríos, traspone las cordilleras, cubre a España, salta las fronteras y los mares, llena a Europa, desborda del mundo, crece, crece, asciende, asciende, y se para arriba en el cenit, hinchado de esperanzas. ("Campeador Cid")

 

Son varias las razones que permiten entender la construcción mítica llevada a cabo por Huidobro. Por un lado, la tradición textual en la que se inserta su Mío Cid.[4] Por otro, la valoración de la dimensión heroica que arranca de Thomas Carlyle y, tras recorrer algunos momentos destacados como la teoría de los "'hombres representativos" de Emerson, la del superhombre nietzscheano o la del aristocratismo sabio de Renan (esa oligarquía omnipotente de hombres sabios) que suscribe Rodó, desemboca en la noción de los "'fervores mesiánicos" de los que surge la idea de vanguardia tal como la señala Matei Calinescu.[5]

Ahora bien, si la dimensión del protagonista resulta deliberadamente excesiva, a lo largo de la novela se producen destacadas modificaciones de la caracterización del Cid como "'héroe mítico"[6] pues en ocasiones el tratamiento del personaje se vuelve claramente lúdico, a partir fundamentalmente de una apropiación paródica de la tradición literaria. Cuando, en el capítulo "Jimena", la sombra de Mío Cid se aparece ante la mesa del "Poeta" como voz autorizada que reclama por la anodina descripción de Jimena, lo hace porque las palabras del narrador resultan expresivas:

 

Jimena era una estatua griega. Tenía un cuerpo de palmera, un cuello de cisne, unas manos de lirio. Tenía una nariz perfilada, perfecta; unos labios de coral, unos ojos inmensos y profundos como dos lagos en la noche. etc. Después de haber cumplido con todos los ritos de la mala poesía, Jimena entraba de lleno en la belleza. (El subrayado es nuestro)

 

Tal carnavalización de la tradición —no sólo literaria, sino de un modo más amplio, cultural— pasa precisamente por la reescritura de aquellos textos de mayor peso para cada cultura.[7] Hunde sus raíces, por tanto, y de modo necesario, en la tradición literaria hispánica, que Huidobro siente como propia aunque sin el lastre que pudiera tener semejante legado histórico-literario, claramente magnificarlo en algunos momentos.[8] O sea, se apropia de una tradición a la que puede vincularse, pero de la que puede, igualmente, distanciarse, a través del humor en forma de carnavalización tanto de los personajes como de las coordenadas espacio-temporales en las que se desenvuelven.

Al haber elegido como protagonista al paladín castellano, Huidobro lanza una mirada al pasado y con ello evidencia que las raíces del "hoy" fueron plantadas en el "ayer": así en la manzana —fruto prohibido—, reposa esa maldición que el tiempo ha ido haciendo explícita, y por ello es precisamente una manzana la que llevó el nuncio a la corte de Castilla para sembrar la discordia, y la que escondía celosamente las leyes de la gravitación universal ("Campeador Cid"). Luego es la mirada que lanza el escritor, desde su tiempo, hacia el tiempo de la historia (entendida como pasado), la que puede explicarla en toda su dimensión. En este sentido, Rodrigo Díaz, el protagonista, aparece como anticipo de todos los sportmen actuales, ha batido el récord de todos los Juegos Olímpicos de la historia, es el centro de un momento universal insuperado, de modo que contiene en sí y en su máxima perfección el largo lapso de la historia humana. El anacronismo resulta evidente, como cuando antes de batir uno de esos récords, Rodrigo piensa en el Cantar, en el Romancero, en la Gesta, en Guillén de Castro, en Corneille y en el propio Huidobro que está escribiendo su "'hazaña" Tal como señala Hans Rudolf Picard, "no es la conciencia y la mirada del público lo que constituye el personaje heroico, sino al revés", él mismo contiene, "en su conciencia, en una anticipación imposible",[9] su tratamiento posterior.

Pero si ese camino arranca del pasado y concluye en el presente, se advierte que las raíces del hoy están deterioradas, han sufrido la degradación que conlleva, para el texto, el paso del tiempo, contraponiéndose así a la noción temporal occidental, que tiende a situar, por su esencia fundamentalmente cristiana, el fin perseguido fuera o al final de la historia. El contraste entre los tiempos "bárbaros" y los "'actuales'" va en detrimento de estos últimos, que son tiempos infames, porque en ellos la muerte del conde Lozano habría sido entendida como vileza, y no como gesto trágico y profundamente noble, tal como lo valora el narrador ("Justicia"). Son, por tanto, tiempos empequeñecidos.

La época del autor aparece entonces como hija degradada de su pasado. Al presentar el hoy y el ayer encarados de este modo, asistimos a la negación del pensamiento perfectivo que arranca de la Ilustración y conduce a las revoluciones sociales posteriores. De modo principal, frente a la confianza en el futuro como portador de cambio y como imagen del paraíso por ser el lugar de elección del deseo, en las palabras de Octavio Paz,[10] el narrador rememora el pasado medieval como una edad áurea que por otra parte será reescrita paródicamente: no estará exenta entonces de la burla, es decir, de la crítica a la misma crítica.

En tanto que Huidobro elige a una de las figuras fundadoras de su tradición, a cuya sombra describe algunas de las limitaciones del presente en el que se mueve, plantea como posible una constante utópica —con el significado de eutopía— como vertebradora de la novela, sacudida a su vez por otro modo de ejercer la crítica: el humor que saquea la tradición literaria hispánica, en una apropiación particular de un pasado histórico y cultural que es sentido también como propio.

Tan es así, que uno de los elementos que conforman la novela es la relación que se establece entre el autor y su personaje, en términos de participación enfática del narrador con respecto a su protagonista. Cuando Huidobro escribe las páginas que introducen la novela, nos cuenta de su parentesco con Rodrigo: uno de los últimos descendientes de Alfonso X el Sabio, tataranieto del Cid, sería, según habría documentado Huidobro, su abuelo materno Domingo Fernández Concha. Planteada así la conexión genealógica con el Rodrigo histórico, Huidobro se propone ofrecer a sus lectores parcelas aún inéditas del complejo fenómeno Cid, del que dice ser, en una nueva licencia poética, heredero legítimo. Para cerrar las palabras que prologan la "hazaña", nos brinda, entonces, la "verdadera" historia del Mío Cid Campeador, "escrita por el último de sus descendientes".

Este tratamiento hiperbólico del vínculo que une al autor y a su personaje, y que Huidobro plantea como derecho de la sangre, significa, en cualquier caso, que la del autor es la máxima autoridad de lo que se cuenta: en las páginas del libro incluso corregirá el rumbo ofrecido por el romancero a propósito de doña Elvira y doña Sol, pues, ni tales eran sus nombres ni es cierto que fueran humilladas en el robledal de Corpes. El autor se inmiscuye en el texto, y al introducir el humor en la historia, la rebaja y desmitifica finalmente:

 

...no se explica que nadie se hubiera atrevido a azotar a las hijas del Cid, ni que éste lo hubiera tolerado y no hubiera lomado mucha mayor venganza de la que reza la leyenda. (...) Si fuera cierto lo sabríamos en la familia y ya veríais cómo yo habría hecho añicos en estas páginas a ese par de infames. El hecho de que apenas me ocupo de ellos os probará que la tal afrenta es una ridícula mentira.

 

Bajo estas constantes, Huidobro se propone en su "hazaña" reescribir la biografía de Mío Cid Campeador. El tiempo de la historia se circunscribe a la vida del protagonista: comienza en el momento en que es engendrado y concluye en el de su muerte. De este modo se explicita su papel como motor y sentido de la historia. La novela se despliega, así, como una sucesión cronológicamente ordenada de aquellos momentos que marcan los hitos del camino vital que está recorriendo Rodrigo.

Su carácter aventurero fue, sin duda, uno de los mayores atractivos de Rodrigo Díaz de Vivar a los ojos de Huidobro. De hecho, éste pensó su "hazaña" como una novela-film en la línea de los filmes de aventuras que protagonizara el actor norteamericano Douglas Fairbanks, que se había interesado por la figura del Cid Campeador y al que Huidobro le dirige la carta que sirve de prefacio a su novela.

Huidobro se sintió atraído, ya en la década de 1920, por el cinematógrafo, de modo similar a muchos otros escritores vanguardistas, porque el cine le daba la posibilidad de unir movimiento, tiempo y espacio. Por esto, Huidobro, uniendo sus esfuerzos novelescos y cinematográficos, creó una novela fílmica dentro de la cual se inscriben Mío Cid y Cagliostro, en las que destacan, como procedimientos cinematográficos, la trama veloz, la caracterización rápida de los personajes, el lenguaje y el estilo visual, la difuminación, la sobreimposición y el fundido encadenado.[11] La conciencia huidobriana de sus propios esfuerzos en este sentido resulta relevante:

 

Al día siguiente por la mañana, que es el último del plazo, parten más rápidamente que nunca. Galopan, galopan. Pasan los llanos y los montes debajo de las oriflamas al viento, con una velocidad cinematográfica. ('"'La puerta del destierro")

 

El interés de Huidobro por su personaje no concluye, sin embargo, con la edición de su Mío Cid Campeador en 1929. En la segunda edición de la novela, la publicada en Santiago de Chile por la editorial Ercilla en 1942, la revisión que Huidobro lleva a cabo de la editio princeps resulta fundamental. Ambas, la de 1929 a cargo de la madrileña Compañía Ibero-Americana de Publicaciones y la chilena de 1942 son las únicas ediciones de Mío Cid en vida de Huidobro. De ahí que resulte fundamental señalar las modificaciones que tienen lugar en el texto en la fecha de 1942 con respecto al primer original, pues en esa fecha se recogen todas las aportaciones que el poeta hizo para su personal hazaña del Mío Cid Campeador.

La revisión de la primera edición es cuidadosa y comprende la grafía, la morfosintaxis y el léxico. Por otra parte, puede destacarse la importancia de algunas de las modificaciones realizadas por Vicente Huidobro si se atiende a su organización en campos semánticos o ejes de sentido, en concreto los siguientes: “La narración”, “Espacio”, “Tiempo”, “Los malos consejeros”, “Jimena Díaz”, “Mío Cid Campeador”, “Amor”, “Guerra”, “España del siglo XI”, “Patria” y “Dios”, Las modificaciones efectuadas en la segunda edición de Mío Cid Campeador con respecto a la edición príncipe, muestran de modo inequívoco que la relectura que Huidobro hizo de ,su primera obra narrativa, fue detenida, concienzuda y relevante, lo que abunda en el interés que Huidobro sintió por su personaje.

No en vano había señalado en el artículo Espagne,[12] publicado en París a fines de 1923, que entre los admirables aventureros dinámicos producidos por España debía re saltarse, junto al gran Capitán, Hernán Cortés, Pizarro, Almagro, Valdivia o los Pinzones, el nombre de Mío Cid Campeador, a cuya historia dedicó algunas de sus más destacadas y espléndidas páginas en prosa.

 

 

 

[1] Alejo Carpentier: ""El Cid Campeador de Vicente Huidobro". Social [La Habana] 10 (octubre de 1930), p.24.

[2] Vicente Huidobro: "'Manifiesto de manifiestos... . Obras completas de Vicente Huidobro, prólogo, edición y recopilación ampliada de Hugo Montes. Santiago de Chile. Andrés Bello, 1976, pp. 722-731; p. 730.

[3] Como enfatiza el narrador. este Rodrigo es justo, noble, sencillo y majestuoso. fiel a la palabra propia. a la mujer amada, a la familia y a la tierra. sabio y humilde, bravo y sereno. pero sobre todo. generoso con los dones recibidos de Dios, el destino o el fondo vivo de un pueblo que exige su plenitud histórica y poética. Es el "hombre que paseará sobre el amor de su raza hasta el fin de los tiempos” (“Paréntesis”) porque es un hombre capaz de domeñar  las constelaciones.

[4] El Cid ha ido convirtiéndose en un mito a lo largo de las distintas épocas. a partir de varias obras: el Cantar de Mío Cid (s. XIII), Los romances (ss. XIY-XVI), Las comedias de Guillén de Castro y Coneille (s. XVII), la de Hartzenbusch (s. XIX), los poemas de La légende des siècles (1859-1881) de Hugo, los Poèmes barbares de Leconte de LisIe (1872), La leyenda del Cid (1882) de José Zorrilla, Las hijas del Cid (1908) de Eduardo Marquina, así como, entre otros. el poema "Castilla" de Manuel Machado. Un caso particularmente destacable lo constituyen los modelos franceses para la "hazaña" huidobriana: como ha demostrado Germán Sepúlveda Durán en la Hazaña de Mío Cid Campeador, Huidobro acomodó el método que Joseph Delteil utilizó en Jeanne d’Arc (1925) y la prosificación del Romancero del Cid hecha por Alexandre Arnoux en Légende du Cid Campeador (1922). En "Tradición e innovación en la hazaña de Mío Cid Campeador de Vicente Huidobro (indagación de fuentes literarias)", tesis doctoral. Universidad Complutense de Madrid. 1972.

Véanse también sus artículos “Jeanne d’Arc y Mío Cid Campeador”, Atenea 435 (diciembre de 1977), pp. 59-84; "Vicente Huidobro y el Romancero del Cid", Occidente (Santiago de Chile) 287 (julio-agosto de 1980). pp. 45-50 Y "Antecedentes hispano-franceses de la Hazaña de1Mío Cid Campeador de Vicente Huidobro", Anales de la Universidad de Chile 5 (1984). pp. 299-315.

[5] Matei Calinescu: Cinco caras de la modernidad. Modernismo, vanguardia, decadencia. Kitsch y posmodemismo. Madrid. Tecnos, 1991.

[6] Son palabras de Raymond L. Williams en su "Lectura de Mío Cid Campeador”, en "Vicente Huidobro y la Vanguardia", Revista Iberoamericana 106-107 (enero-junio de 1979), pp. 309-3 14; p. 3 11.

[7] En este sentido, resulta iluminador el trabajo de Viviana Gelado: “La apropiación como operación de la cultura: El Mío Cid Campeador de Vicente Huidobro", Revista de Crítica Literaria Latinoamericana 35 (enero-junio de 1992). pp. 21-3l.

[8] Respecto a esa tradición que acreciento el tamaño del héroe. basta recordar. como botón de muestra, el esfuerzo de Felipe II por lograr la canonización del de Vivar.

[9] Hans Rudolf Picard: "La reinterpretación de un tema medieval: Mío Cid Campeador (1928) de Vicente Huidobro o la identificación enfática con un mito"'. Actas del VIII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, edición de A. David Kossoff, A. David, José Amor y Vázquez, Ruth H. Kossoff y Geoffrey W. Ribbans, Madrid, Istmo, 1986, vol. 2. pp. 455-459; p. 458.

[10] Octavio Paz: Los hijos del limo. Del romanticismo a la vanguardia. Barcelona. Seix BarraL 1974.

Véase también "Poesía y modernidad", en "Poésie Hispano-Américaine contemporaine: Vicente Huidobro et Octavio Paz", América [La Sorbonne Nouvelle] 6 (1989), pp. 9-24.

[11] Cfr. René de Costa: Huidobro: los oficios de un poeta, México. F.C.E., 1984.

[12] Yicente Huidobro: “Espagne”, L’Esprit Nouveau 18 (noviembre de 1923).

 

 

 

 

 

María Ángeles Pérez López (Valladolid, España 1967). Poeta y profesora titular de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Salamanca, donde coordina la Cátedra Chile. Es autora del prólogo a una edición de Mío Cid Campeador de Vicente Huidobro (Universidad Autónoma de México, 1997), de la monografía Los signos infinitos. Un estudio de la obra narrativa de Vicente Huidobro (Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos, 1998), de la introducción a Páginas en blanco de Nicanor Parra (Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional, 2001), de la coordinación del monográfico Juan Gelman: Poesía y coraje (La Página, 2005) y de la edición e introducción de la antología Oficio ardiente de Juan Gelman (Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional, 2005), además de la edición de Hidrógeno enamorado de Ernesto Cardenal (Universidad de Salamanca y Patrimonio Nacional, 2012). Ha publicado numerosos artículos sobre poesía hispánica. En 2015 se publicó Letras y bytes: escrituras y nuevas tecnologías (Reichenberger), del que es coeditora. En 2018 se ha publicado la poesía completa de Francisca Aguirre en Calambur, de cuya edición se ha encargado. Acaba de publicar en Trotta la Poesía completa de Ernesto Cardenal, de cuya edición y estudio preliminar se ha ocupado.

Como poeta, ha publicado nueve libros y dos plaquettes. Ha obtenido varios premios literarios. Antologías de su obra han sido publicadas en Caracas, Ciudad de México, Quito, Nueva York, Monterrey y Bogotá. Recientemente han aparecido las antologías bilingües Algebra dei giorni (Álgebra de los días) -en Italia- y Jardin[e]s excedidos -en Portugal-. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, hija adoptiva de Fontiveros y miembro de la Academia de Juglares de Fontiveros, el pueblo natal de San Juan de la Cruz. Ha sido jurado de varios premios literarios, entre otros, el Premio Cervantes y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

 

 

 

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