Sesenta años de poesía en España: 1939-2000. Tercera parte: Novísimos y poesía de la experiencia. Por Josu Montero

 

 

 

Imagen: Pintura Guernica, de Pablo Picasso (Málaga, España, 1881 - Mougins, Francia, 1973). Museo Reina Sofía

https://www.museoreinasofia.es/coleccion/obra/guernica

 

Fecha:  1937 (1 de mayo-4 de junio, París)

Técnica: Óleo sobre lienzo

Dimensiones: 349,3 x 776,6 cm

Categoría: Pintura

Año de ingreso: 1992

Observaciones: El mural «Guernica» fue adquirido a Picasso por el Estado español en 1937. Debido al estallido de la Segunda Guerra Mundial, el artista decidió que la pintura quedara bajo la custodia del Museum of Modern Art de Nueva York hasta que finalizara el conflicto bélico. En 1958 Picasso renovó el préstamo del cuadro al MoMA por tiempo indefinido, hasta que se restablecieran las libertades democráticas en España, regresando la obra finalmente a nuestro país en el año 1981.

Nº de registro: DE00050
Expuesto en: Sala 206.06

 

 

 

 

 

 

 

 

El ensayo aparece publicado en Alforja. Revista de Poesía, número XIV, otoño, 2000, pp. 10-26.

 

 

 

 

Más que palabras. Sesenta años de poesía en España: 1939-2000

(tercera parte)

Josu Montero

 

 

 

La tercera generación de posguerra: Los novísimos

 

Pere Gimferrer edita Arde el mar en 1966 y La muerte en Beverly Hills en 1968; Amor peninsular de José Miguel Ullán aparece antes, en 1965; y en el 67 lo hacen Teatro de operaciones de Antonio Martínez Sarrión, Dibujo de la muerte de Guillermo Carnero y Una educación sentimental de Manuel Vázquez Montalbán; en el 68 Los pasos perdidos de Marcos Ricardo Barnatán, Cepo para nutria de Félix de Azúa y Preludios a una noche total de Antonio Colinas; en el setenta Así se funfó Carnaby Steet de Leopoldo María Panero —hijo de Leopoldo Panero. A estos primeros libros hay que sumarles también en esos años o en los inmediatamente posteriores los de Jaime Siles, Ana María Moix, José Luis Jover, Antonio Carvajal, Aníibal Nuñez, Luis Antonio de Villena, Luis Alberto de Cuenca, Jesús Munarriz, José María Álvarez, o César Antonio Molina; nacidos todos terminada la guerra civil, éstos son esos jóvenes poetas a que se refería Leopoldo de Luis. Aquí sí existe una voluntad evidente de dar la vuelta a la tortilla poética. Frente a la primacía otorgada al fondo, al contenido, en las dos generaciones anteriores, estos poetas vuelven la vista a la forma, de ahí las acusaciones de esteticismo; ellos tienen claro que el ámbito de la poesía no es la realidad —a diferencia de nuevo de las generaciones precedentes— sino el lenguaje, y que es en él donde deben plantear su trabajo. Así la ruptura defendida por estos poetas se produce en el único ámbito en que una ruptura poética pueda producirse: en el seno del trabajo lingüístico. Una ruptura con la poesía social y con la del 50, que para estos jóvenes poetas no era sino un realismo retórico y moralista de corte tradicional.

Un avispado crítico, José María Castellet, edita a bombo y platillo en 1970 Nueve novísimos poetas españoles, en el que tras un combativo prólogo recoge poemas de nueve de los poetas citados más arriba; algunos de ellos ni siquiera tenían un libro publicado entonces. Aquella fue una exitosa operación propagandística, el grupo pasó a ser el de los novísimos y sobre ellos comenzaron a llover las acusaciones de culteranismo, esteticismo, vacua palabrería… y los desprecios. En un primer momento la poesía de los novísimos tiene un marcado carácter vanguardista, surrealista, barroco, moviéndose en un amplio y radical concepto de experimentación, y encontrándose entre ellos poéticas muy variadas y singulares. Algunas características comunes son: avidez y curiosidad por las vanguardias, tanto las históricas tanto como las que en aquellos momentos se desarrollan en Europa; atracción por la cultura popular y sus mitos: canción popular, jazz, rock, televisión, cine, publicidad, comic…; abandono de las formas tradicionales; gusto por la referencialidad, el collage, la yuxtaposición de materiales diversos, la ruptura del discurso lógico, los ingredientes exóticos; abierta interrelación entre poesía y artes plásticas o música; conciencia de la artificiosidad del poema y de su autonomía frente a la realidad; y en algunos casos ironía corrosiva, escepticismo extremo, deseos de epatar.

Estos poetas novísimos, conocidos también como Generación del 68 y, despectivamente, como “Venecianos”, eran indudablemente un movimiento romántico, al menos en un primer momento. Algunos críticos señalan una quiebra, una inflexión en su trayectoria. Entre el 68 y el 77 se encontraría una primera etapa radical en lo que a sus planteamientos lingüísticos respecta; Gimferrer, Carnero, Talens, Ullán, Martínez, Sarrión, Panero o Nuñez serían los principales sustentadores tanto con su poesía como con su trabajo teórico-crítico. Bien porque sus planteamientos habían llegado a un punto de no retorno, o bien porque fueron arrojados por otros compañeros a la periferia del grupo, el caso es que a partir del 77 se produce un relevo teórico estético de la mano de poetas de muy distinto signo como Antonio Colinas, Luis Antonio de Villena o Luis Alberto de Cuenca, reacios a toda ruptura y empeñados en “encauzar” las aguas novísimas a través de una vuelta al altísimo tendiente al tono elegíaco y al prosaísmo culto. En el texto “La generación del lenguaje”, Luis Alberto de Cuenca señala esa disidencia interna frente a la radicalidad del primer movimiento novísimo; De Cuenca reduce a simple pensamiento formal lo que era lenguaje ontológico, profunda reflexión metalingüística. Poemarios de esos años como Sepulcro de Tarquinia de Colinas o Hymnica de L. A. de Villena marcan la diferencia. La poesía vuelve a ser figurativa, de raigambre tradicional, “clásica”; las vías abiertas por los primeros novísimos, insólitas en la poesía española, quedan cegadas. Algún crítico ha señalado el carácter no sólo estético sino ideológico de esta operación: “Esta perseguida ‘normalización’ dejaba el control de la poesía española en manos del pensamiento débil”, se ha escrito. En 1978 R. M. Pereda y C. García del Moral editan una amplia muestra de la estética novísima en: Joven poesía española. Algunos críticos afirman que a pesar de que se ha escrito tanto, y tan tópica y desacreditadoramente, sobre ellos, la verdadera lectura de los Novísimos aún está por ser hecha.

 

 

La iv generación de posguerra:

Poesía de la experiencia y poesía del conocimiento

 

En 1980 el crítico José Luis García Martín publica la antología Las voces y los ecos. En 1986 es el propio Luis Antonio de Villena quien publica otra antología de significativo título: Postnvísimos; se trata de buscar entre los jóvenes poetas a aquellos que estén recogiendo el testigo de esa segunda etapa novísima. Así, poco a poco va surgiendo el cabo de la madeja. García Martín, De Villena y De Cuenca hacen el papel de puente entre algunos poetas del 50—y a través de ellos Cernuda—, la poesía novísima de la segunda época y los jóvenes, algunos jóvenes, claro. Y eso se va consiguiendo tanteando el panorama mediante sucesivas antologías: Después dela modernidad (1987), de Julia Barella, La generación de los 80 (1988) y Selección nacional, de J. L. García Martín, Fin de siglo. El sesgo clásico en la última poesía española (1992) —significativo subtítulo— de L. A. de Villena o Poetas del 90 (1998) de J. L. Piquero.

A mediados de los ochenta, L. A. Cuenca publica dos breves poemarios —La caja de plata y El otro sueño— que suponen en cierto modo un enganche con un grupo de jóvenes poetas; mejor dicho, con dos grupos. Por una parte, con el grupo granadino conocido, por el título de un libro colectivo, como “la nueva sentimentalidad”, del que forman parte: Luis García Montero, Javier Salvago, Álvaro Salvador, Javier Egea y Benjamín Prado. Y por otra parte, con los poetas congregados en torno a la joven editorial sevillana Renacimiento—en la que habían sido publicados los dos libros citados de L. A. Cuenca—: Abelardo Linares, Juan Lamillar, Francisco Bejarano, Felipe Benitez Reyes, Carlos Marzal, Vicente Gallego, Julio Martínez Mesanza, Miguel D’Ors, Jon Juaristi, Andrés Trapiello, Leopoldo Sánchez Torre, Luis Muñoz, José Luis Piquero, Álvaro García… Se establece así una línea poética que une a estos poetas jóvenes con tres poetas del 50: Jaime Gil de Biedma—cuyo magisterio se reclama—, Francisco Brines y Ángel González, y con los ya mentados novísimos De Villena, De Cuenca y Colinas; al fondo Cernuda o una determinada lectura de Cernuda. Es la denominada “poesía de la experiencia”, que se ha enseñoreado de la poesía española de los últimos quince años del siglo, monopolizando en medida premios, crítica, ediciones, antologías, cursos, reconocimientos oficiales… produciendo un efecto obturador sobre el resto de la actividad poética.

La poesía de la experiencia es realista, figurativa, urbana; reivindica la tradición, olvidando, eso sí, su pluralidad; utiliza un lenguaje coloquial y un tono que quiere ser cercano, íntimo, como quien habla de tú a tú con un buen amigo, a media voz; la sintaxis y el ritmo son prosísticos per buscan casi siempre el apoyo de la métrica tradicional; los contenidos son igualmente cotidianos, anecdóticos muchas veces, lo que da a esta poesía en ocasiones la sensación de ser un mero divertimento; la evocación del pasado y el paso del tiempo son temas recurrentes que acercan a esta poesía a una especia de esteticismo elegiaco desencantado; la poesía de la experiencia es antivanguardista, antitrascendente y, en teoría, antiretórica; tiene ramificaciones neoimpresionistas, neosimbolistas y neotradicionalistas. Los poetas de la experiencia no están incómodos con la realidad, sino más bien integrados, complacientes y complacidos con ella. Pero ante todo a este movimiento le ha caracterizado una voluntad excluyente según la cual la suya era la única poesía que lógica y razonablemente—porque la de la experiencia es una poesía muy lógica y razonable—, podía  ser escrita en este momento histórico; en la presentación a una antología poética de Felipe Benítez, Reyes, Luis García Montero llegó a hablar de “poesía después de la poesía”, vinculando la historia de la poesía a la teoría del fin de la historia de Fukuyama. Esta actitud les ha llevado a descalificar e incluso a ridiculizar cualquier otra estética; de hecho, las poesías distintas han desaparecido del canon de la poesía española. Voces personales surgidas en la década de los ochenta, década de formación de esta estética experiencial, han sido condenadas al silencio; valgan los nombres de Blanca Andreu, Andrés Sánchez Robayna, Julio Llamazares, Julia Castillo o Pedro Casariego. Autora la primera de ellas de un primer libro que alcanzó un éxito inusitado: De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall (1981), un poemario de honda raigambre surrealista y visionaria que enlazaba con algunos novísimos como Gimferrer o con el Lorca de Poeta en Nueva York. La poesía del segundo enlazaba con la tensión metafísica del silencio de Valente. El parentesco de la poesía de Llmazares con la de otro poeta del 50, A. Gamoneda, es evidente… El caso es que se había abierto la veda del diferente, y el poder poético que se establecía descargó sus rifles sobre ellos. Y sobre otros muchos.

De cualquier forma, y a pesar de los obstáculos, zancadillas y prepotencias, los poetas de la experiencia no son los únicos representantes de ésta que podríamos llamar Cuarta Generación de posguerra. El trabajo de otros dos poetas del 50, aún en plena actividad: Valente y Gamoneda, había conectado con algunos de esos novísimos radicales de la primera etapa: J. M. Ullán o J. Talens, estableciendo una corriente que alcanza de lleno en los 80 y 90 a una serie de poetas jóvenes. Por una parte, al grupo de poetas castellanos que se une en torno a las revistas Un ángel más y El signo del gorrión: Miguel Casado, Olvido García Valdés, Miguel Suárez, Carlos Ortega, Ildefonso Rodríguez, Esperanza Ortega, Juan Carlos Suñén, Tomás Salvador González… Por otro lado los jóvenes poetas de la Unión de escritores del País Valenciano, creadores del colectivo crítico Alicia Bajo Cero, que además de su labor poética han realizado una rigurosa y demoledora actividad crítica de la estética dominante en libros como Las ruedas del molino, Poesía y poder, Poesía y utopía o Las prácticas literarias del conflicto; dos de sus más destacados miembros son Antonio Méndez Rubio y Enrique Falcón. También el citado Miguel Casado ha desarrollado un incansable trabajo crítico, recuperando en ediciones críticas las obras arrojadas a la periferia y olvidadas de poetas como Gamoneda, Ullán o Aníbal Nuñez.

J. Talens ha hecho lo propio con L. M. Panero, amén de ser un riguroso analista. “Basta obviar cuantas formas de práctica poética no se acomoden a sus marcos de referencia para que los criterios cuadren”, ha escrito Talens refiriéndose a la actividad de los teóricos y críticos de la experiencia. Además de los grupos castellano y valenciano, hay otros poetas jóvenes alejados de las estéticas dominantes: Jorge Riechmann y Concha García son buenos ejemplos. Riechmann practica una poesía comprometida políticamente, “social”, pero alejada de los presupuestos estéticos de la poesía social hispana. Uno de aquellos poetas sociales, José Hierro, prologa un libro de Riechmann y escribe: “Uno, que viene de La Berza, del realismo vigente en nuestros años mozos, dela famosa poesía social, tiene que sentir forzosamente admiración no exenta de envidia ante poetas como éste (lo mismo que los padres sienten satisfacción y envidia cuando comprueban que sus hijos son más altos), de un acento más universal. Siente también envidia porque sea capaz de enfrentarse críticamente a la sociedad, como hicieron tantos de hace casi medio siglo, con finura mayor supliendo con la ironía lo que era, entonces, desmelenamiento e ira: “Y Riechmann ha abierto una fértil brecha por la que ya le acompañan unos cuantos poetas.

Como vemos, esta segunda tendencia de la poesía española actual es plural, heterogénea. Algunas de sus peculiaridades son: antirrealismo o búsqueda de un realismo otro menos atado a las convenciones perceptivas, sentimentales y lingüísticas; confianza en la capacidad cognoscitiva del proceso creativo y del lenguaje poético para trascender tanto la comunicación como la representación; inclinación a la abstracción, apertura a las vanguardias y a las más diversas tradiciones; apertura a lo lúdico y a lo experimental; desconfianza del lenguaje de uso como medio idóneo para la comunicación y la descripción de la realidad; tendencia a la obra abierta, a la indeterminación del sentido, a la sintaxis rota o fragmentaria; querencia por el expresionismo y por la “razón poética” de María Zambrano; poesía en ocasiones intelectual, metafísica, trascendente. Para estos poetas, el lenguaje no sólo reproduce la realidad, también la crea, de ahí ese empeño, muchas veces fuertemente político, porque el lenguaje deje de mostrarnos lo que el poder quiere que veamos para abrirnos a nuevas formas de acercarnos a la realidad. Esta obra heterogénea corriente viene a denominarse “poesía del conocimiento”. En 1994 se publicó la antología La prueba del nueve, que recoge a poetas de esta tendencia.

Dentro de la propia “poesía de la experiencia” se han alzado últimamente voces críticas contra el abuso y la trivialización, formas que se convierten e fórmulas huecas y autocomplacientes. Ni Cernuda ni Gil de Biedma son obviamente responsables de los excesos que se han cometido en sus nombres. Los poetas son cada vez menos personales y más clónicos. Como una posible válvula de escape de la olla de presión de este realismo retórico, unos cuantos poetas jóvenes han optado por llevarlo a sus últimas consecuencias, hacia un realismo extremo, si no sucio sí al  menos turbio. Roger Wolfe fue el primero en transitar ese camino por el que le han seguido otros: Pablo García Casado, David González, Jesús Llorente o Violeta Rangel. Evidentemente las intenciones sociales no están ausentes en esta vía.

En 1998 se publicó una antología de poetas jóvenes titulada Feroces, en la que la también poeta Isla Correyero mostraba por dónde podían ir los tiros en el futuro; en ella aparecían bastantes de los poetas a los que nos hemos referido en esta última parte. Las dos líneas principales en las que se podía encuadrar a la mayoría de los 23 poetas presentes eran: por una parte, el “realismo sucio” y, por la otra, la “poesía comprometida”, mayoritaria y curiosamente esta última de carácter formalmente experimental.

 

 

 

 

Josu Montero (BaracaldoEspaña1962) es poeta, dramaturgo y crítico literario español. Desde su fundación, en 1983, pertenece a La galleta del Norte, colectivo que ha realizado múltiples actividades literarias, entre las que se incluye la edición de revistas y una colección de libros. Ha sido crítico literario del diario Egin y de las páginas culturales del diario Gara. Sus poemas, trabajos de investigación, reseñas y críticas se han publicado, además, en revistas como La Galleta del NorteZurgaiPérgolaArtezAullidoEkintza ZuzenaLa factoría valencianaVenenoCuadernos del matemáticoPalimpsestosÍnsulaMenú o la mejicana Alforja.

 

 

 

 

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