Más que palabras. Sesenta años de poesía en España: 1939-2000 (Segunda parte): Dos movimientos excéntricos y la Generación de posguerra. Por Josu Montero

 

 

 

 

El ensayo aparece publicado en Alforja. Revista de Poesía, número XIV, otoño, 2000, pp. 10-26.

 

 

 

 

Más que palabras. Sesenta años de poesía en España: 1939-2000

(Segunda parte)

 

Josu Montero

 

 

 

 

Dos movimientos excéntricos:

La poesía vanguardista y el Grupo Cántico

 

Existe en la poesía española de aquellos años una línea “soterrada”, como la definió Max Aub, condenada a los márgenes; una poesía viva y abierta al riesgo y a la renovación, despreciada por la cultura oficial con su vertiente poética esteticista, pero también incomprendida por la opuesta a ésta, la poesía existencial y social que, como hemos visto, terminará por triunfar. Esta vía soterrada, olvidada por casi todos los teóricos, críticos e historiadores de la poesía, se propuso la búsqueda de nuevas formas expresivas siguiendo la libertad imaginativa de unos presupuestos afines a los de las vanguardias. De ahí surgió precisamente el Postismo, como su nombre indica, el primer movimiento de vanguardia después de las vanguardias, que contó con revista, manifiestos, actos, veladas, provocaciones… Renovación total del lenguaje, libertad de creación, ceremonial festivo, preponderancia absoluta de la imaginación; en el postismo se unieron los poetas Carlos Edmundo de Ory —quien creará más tarde un Taller de Poesía Abierta—, Eduardo Chincharro, Silvano Sernesi, Gabino Alejandro Carriedo, Miguel Labordeta, y su Oficina Poética Internacional, o Antonio Fernández Molina.

Otro grupo radical en el que tuvieron cabida los poetas fue el catalán “Dau al Set”, en el  que participaron Joan Brossa y Juan Eduardo Cirlot. Y estaban también las posturas individuales como la del castellano Francisco Pino. Todos ellos querían romper con un panorama poético que algunos calificaban de miserable y estrecho, y abrir la poesía española a las corrientes artísticas más modernas y libres. Ellos introdujeron con rigor el irracionalismo o la poesía experimental, anticiparon la poesía beat, el happening y la performance, la poesía concreta… Ellos enlazaron con el grupo Pánico de Arrabal y con la generación experimental posterior de los grupos ZAJ o NO.

Este heterogéneo grupo practicó, por una parte, una vertiente lúdica: el humor desbocado, el absurdo, las transformaciones inverosímiles, la transgresión del lenguaje por medio del juego: rupturas sintácticas, fragmentarismo, invención de palabras, libre asociación de vocablos, juegos fonéticos múltiples, participación de azar… Y por otra parte, cultivar también una vertiente llamésmola apocalíptica, que utiliza la alegoría, el simbolismo, el expresionismo, las tradiciones místicas y visionarias, l sagrado, el eterno femenino, la obsesión por la muerte, el sueño, la locura… En ocasiones ambas vertientes se dan juntas, y casi todos los poetas participan en ambas.

La libertad y la imaginación colocan a veces a esta poesía en el límite del alfabeto, en el reino mismo de la letra —simbolismo fonético de Cirlot—, e incluso salta de ella y se apropia de la realidad, por ejemplo en los poemas-objeto de Brossa,  se confunde con la pintura o con la música. Estos poetas no se consideran vanguardistas, sino simplemente hombres de su tiempo. Algunos de ellos siguen realizando una poesía que se escapa de los estrechos cánones convencionales; es el caso de F. Pino que, a fecha de hoy y desde hace veinte, sigue trabajando y publicando, tanto en el ámbito de la poesía “textual”, pero siempre experimental, como en otras más “libres”, también el caso de Carlos Edmundo de Ory o de A. F. Molina, y hasta hace bien poco de Joan Brossa, quien falleció en 1998. También fallecieron, ambos tempranamente, Juan Eduardo Cirlot y Miguel Labordeta. Todos ellos han tenido por supuesto descendencia creativa en las generaciones posteriores: Antonio Gómez, Eduardo Escala; Fernando Millán… De cualquier forma, el hábitat poético hostil lleva siempre estas experiencias a la estricta marginalidad, antes y ahora, por lo que estos poetas optan casi siempre por una especie de exilio interior —profundad soledad— cuando no por el exilio exterior u otras formas de inconformismo.

Desde una estética radicalmente opuesta a esta vía vanguardista e igualmente a contrapelo del dominante realismo social y existencial —“náusea del existencialismo, le llaman— se sitúa el grupo Cántico. Alejados de la gesticulación retórica, de la exclamación altisonante y del avulgaramiento del lenguaje, estos poetas apuestan por la contención, la serenidad y la belleza. La revista Cántico inicia su andadura a principios de los años cincuenta en Córdoba —ciudad estrechamente unida al grupo. Pablo García Baena (Antiguo muchacho), Ricardo Molina (Elegía a Medina Azahara), Julio Aumente (Los silencios), Juan Bernier (Una voz cualquiera), Mario López (Universo del pueblo) y Vicente Nuñez (Los días terrestres) son también exiliados interiores. Ellos fueron los primeros —y únicos— en homenajear aún en vida a un poeta del 27 exiliado y olvidado entonces en España, Luis Cernuda, reivindican sólo el magisterio de Aleixandre, pero sobre todo su obra tiene ecos inconfundibles de la poesía latina: Horacio, Virgilio, Ovidio… y de la cultura árabe-andaluza. Su poesía es una constante y serena exaltación de la tierra y del hombre, teñida frecuentemente de tonos elegiacos, pero cuyo componente básico es la omnipresente sensualidad. La vida rural, el campo, las faenas agrarias, las festividades religiosas, una fe fuertemente pagana, la barroca imaginería del catolicismo andaluz… Y el cuerpo, que se puede transformar simbólicamente en el Corpus Christi, como sucede en un espléndido poema de García Baena. Algún crítico ha hablado de “dar vida al tiempo y al espacio del mito”. Evidentemente, estos poetas tuvieron una existencia subterránea, al igual que sus obras, hasta que fueron reivindicados y reconocidos en los ochenta.

 

 

La segunda generación de posguerra.

La generación del 50

 

La segunda generación de posguerra, conocida como Grupo del 50, había llegado como de puntillas, sin hacer apenas ruido. Contradiciendo esa norma que indica que cada generación se afirma oponiéndose ruidosamente a la precedente, para los del 50, los poetas sociales no son oponentes, sino fraternales hermanos mayores con los cuales coinciden ética e ideológicamente —todos ellos son antifranquistas y muchos de ambas generaciones marxistas—; la disidencia es estética y además subterránea, no manifiesta en declaraciones ni actitudes, únicamente presente en los poemas. Y es que estos poetas del 50 no se rebelan contra el padre; ellos también hicieron en un primer momento poesía de contenido social, pero eso sí, nunca cayeron en la trampa de creerse “poetas del pueblo”, ni de considerar a la poesía un arma de combate. Como escribió el narrador, antólogo y panegirista de este grupo, Juan García Hortelana: “Su educación humanista y su talento poético les permitirá atravesar, apenas chamuscados, las llamas del infierno de la poesía social. Perdieron algún girón en el empeño: sus peores poemas”

En 1943 se había fundado el Premio Adonais, un galardón que a lo lardo de las décadas descubrirá a importantes poetas. Silenciosamente, en la década de los cincuenta, varios poetas de este grupo habían sido reconocidos por él: Claudio Rodríguez, Goytisolo, Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, José María Valverde, Alfonso Costrafreda —estos cinco conforman la llamada “Escuela de Barcelona”—, José Manuel Caballero Bonald y Francisco Brines para completar lo que algunos críticos  han considerado el núcleo del grupo, pero al que pertenecían también otros muchos poetas: Antonio Gamoneda, Carlos Sahagún, Manuel Padorno, Luis Feria, Ángel Crespo, Manuel Mantero, María Victoria Atencia… Todos ellos nacieron unos años abajo o unos años arriba de 1930, lo que quiere decir que vivieron en la infancia el desastre de la guerra civil, por lo que también se conoce a este grupo como el de los niños de la guerra. Otra característica es la profunda amistad que ha unido a muchos de ellos.

Existe una serie de características que diferencian y singularizan a este grupo, compartidas en mayor o menor grado, durante más o menos tiempo, por todos ellos. Quizá la principal de ellas sea el escepticismo frente a las tendencias utilitaristas de la poesía, entre las que ellos crecieron. Ellos practican el distanciamiento —incluso de sí mismos—, la ironía —incluso la autoironía— para relativizar sus mundos poéticos; enfrentan las realidades sociales, históricas, los males de la patria e incluso las peripecias personales con las armas del humor, de la sátira, de la burla; sus recursos expresivos así absolutamente desdramatizadores, huyen del patetismo y por supuesto del doctrinarismo; sujetan con sabiduría poética las riendas del sentimiento y evitan el desgarro verbal; persiguiendo siempre la forma equilibrada que atempere la turbulencia emocional. Se sitúan en definitiva en una línea antiretórica y ética, en esa difícil intersección entre lo personal y lo colectivo. El ya citado García Hortelano les considera por todo ello la primera generación de lo que él llama “sensibilidad contemporánea”, ya que “rompen radicalmente con la tradición romántica que se habí adueñado de nuestra poesía durante siglo y medio”. Esa ansia de equilibrio formal les lleva a desdeñar todo experimentalismo, renegando incluso de cualquier intento de quebrantar los usos estéticos convencionales. Igualmente ese rechazo de la moral de circunstancias y ese ideal de equilibrio ético ha colocado a algunos de ellos en ocasiones en el filo del elitismo, señalando algunos críticos el peligro del conservadurismo. De cualquier forma hablamos de un momento generacional “ideal”, falsamente uniforme; existe una base coincidente, pero el resto del vaso se llena obviamente de particularidades y hasta de oposiciones, y el tiempo cada vez separará más sus obras, aunque se sigan manteniendo en muchos casos las relaciones de fraterna amistad, aunque también los distanciamientos.

En este Grupo del 50 aparece una influencia básica que marcará la poesía española de la segunda mitad del siglo XX. Nos referimos a Luis Cernuda, poeta del 27 exiliado en México donde muere en la marginalidad y en el olvido en 1963. En cierto modo, de las diferentes y hasta opuestas lecturas que los miembros del Grupo del 50 hacen de Cernuda nacen las dos grandes corrientes que aún siguen nutriendo la poesía española: la poesía como comunicación y la poesía como conocimiento. El único homenaje celebrado en España a la muerte de Cernuda es el que realiza la revista valenciana La caña gris, en 1963. En él escriben curiosamente tres poetas del 50: J. Gil de Biedma, F. Brines y J. A. Valente. El primero lo contempla desde una perspectiva ética, señalando su coherencia y la persistencia de sus ideas y de su posición en tanto figura pública. El segundo resalta el carácter confesional de su poesía, su vertiente de comunicación. El tercero, relacionando la poesía de Cernuda con la de los metafísicos ingleses del siglo XVIII, habla de ella como ámbito de meditación y de conocimiento. Más adelante veremos cómo ese debate alcanza de lleno la poesía español actual.

Costrafresa, Barral, Valverde, Gil de Biedma, Goytisolo, Rodríguez y Valente ya no están entre nosotros, murieron todos ellos más o menos prematuramente. Para bien y también para mal —cosa de las lecturas erróneas, superficiales o del abuso— Gil de Biedma es el referente principal de la poesía española en este fin de siglo. Él murió de sida en 1989 dejando una obra breve pero compacta recogida en el volumen: Las personas del verbo. Publicó en México, en 1966, una de sus obras principales: Moralidades, y en 1977 realizó la edición de dos de las últimas obras de Cernuda: Ocnos y Variaciones sobre tema mexicano. El mayor del grupo, Ángel González, es autor de una amplia obra con libros como: Sin esperanza sin convencimiento (1961) o Tratado de urbanismo (1967). A mediados del año 2000 la editorial Visor ha publicado 101+19=120 poemas, antología de su obra que incluye 19 inéditos. Desde 1973 trabaja en la Universidad de Albuquerque (Estados Unidos). Además de poeta, Carlos Barral fue un audaz editor que tuvo mucho que ver con el boom de la novela latinoamericana; su poesía es la menos coloquial del grupo. J. A. Valente está hoy considerado como uno de los mayores poetas españoles en activo ya que ha sido uno de los que ha llevado más lejos su trabajo, huyendo siempre de la repetición de fórmulas. Los poetas próximos a esa vía de la poesía como conocimiento o a la llamada poesía del silencio, metafísica e incluso mística deben mucho a la audacia de Valente. En ese camino ha coincidido, siempre en solitario, con otro poeta del 50, Antonio Gamoneda. Valente es autor de libros como La memoria y los signos (1966) o Material memoria (1974), y hace poco ha sido editada su obra completa en dos gruesos volúmenes. J. A. Goytisolo—el mayor de los tres hermanos escritores— murió en 1999; es autor de una obra amplia con libros como: Algo sucede (1968), Bajo tolerancia (1973), Palabras para Julia (1980) o La noche le es propicia (1992). Claudio rodríguez ha sido uno de los poetas más singulares del grupo; murió dejando unos pocos pero espléndidos libros como Don de la ebriedad (1954), Alianza y condena (1965) o El vuelo de la celebración. Sería muy prolijo para este trabajo echar un somero vistazo a todos los poetas del grupo, pero por su relevancia no nos hemos podido resistir a hacerlo con estos seis.

La trascendencia de los poetas del 50 durante los años cincuenta, sesenta o setenta no es grande; como veremos será en las dos últimas décadas del siglo cuando, reivindicados por los poetas, los críticos y los profesores cercanos a lo que será entonces corriente dominante, la llamada “poesía de la experiencia”, van a ser reconocidos, premiados, homenajeados y celebrados. De hecho, la famosa antología de García Hortelano ala que nos hemos referido en varias ocasiones es de 1978, por lo tanto a toro pasado. Por su parte, en la antología Poesía social, de Leopoldo de Luis, que data de 1965, se incluye a varios poetas de 50: González, Crespo, Goytisolo, Valente, Gil de Biedma, Mantero y Sahagún, y en el prólogo afirma De Luis que frente a la actitud más bien romántica —extremista, desgarrada— de los autores de la primera generación de posguerra, éstos del 50 representan una actitud que califica de “clásica” —contención, frialdad. En el prólogo a la segunda edición de esta antología, 1968, De Luis detecta el declive del realismo cuando habla de “la reinvención del esteticismo y del nuevo gusto suprarrealista, y de su resurgimiento a instancias de los jóvenes poetas”. Tras unas décadas de absoluto, y para muchos asfixiante, predominio del realismo social, los poetas más jóvenes apuestan por la ruptura.

 

 

 

 

Josu Montero (BaracaldoEspaña1962) es poeta, dramaturgo y crítico literario español. Desde su fundación, en 1983, pertenece a La galleta del Norte, colectivo que ha realizado múltiples actividades literarias, entre las que se incluye la edición de revistas y una colección de libros. Ha sido crítico literario del diario Egin y de las páginas culturales del diario Gara. Sus poemas, trabajos de investigación, reseñas y críticas se han publicado, además, en revistas como La Galleta del NorteZurgaiPérgolaArtezAullidoEkintza ZuzenaLa factoría valencianaVenenoCuadernos del matemáticoPalimpsestosÍnsulaMenú o la mejicana Alforja.

 

 

 

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