Más que palabras. Sesenta años de poesía en España: 1939-2000. Primera parte: La poesía existencial y la poesía social. Por Josu Montero

 

 

 

 

 

El ensayo aparece publicado en Alforja. Revista de Poesía, número XIV, otoño, 2000, pp. 10-26.

 

 

 

 

Más que palabras. Sesenta años de poesía en España: 1939-2000

(primera parte)

 

 

Josu Montero

 

 

 

Antes de comenzar este repaso a lo que ha sido la poesía española desde el final de la guerra civil hasta ahora mismo, quisiera hacer cinco breves aclaraciones.

Al ser este un trabajo muy general y regido además por unas precisas coordenadas temporales —1939-2000—, quizá se tienda a remarcar en él las circunstancias históricas como elemento clave en el devenir poético. Obviamente la poesía no es ajena al ámbito social, político, cultural, económico en el que se desenvuelve; pero muy probablemente en el desarrollo de la poesía estas condiciones pesen al fin mucho menos que la singularísima historia personal de cada poeta; y la naturaleza de este trabajo no permite atender a este último factor.

Mucho se ha escrito sobre el concepto literario de “generación” o “grupo”. Estoy de acuerdo con quienes hablan de perversa simplificación académica con efectos homogeneizadores, dogmáticos, discriminatorios y “normalizadores” de las “anormalidades”. Al describir las características de una generación se realiza una “idealización”, una “abstracción” en la que en puridad no se puede reconocer a ninguno de sus pretendidos poetas. En el mejor de los casos ese “momento generacional” corresponde a un punto de partida en el que se comparten unas premisas iniciales que normalmente se diluyen pronto en la singular trayectoria de cada poeta.

Este recorrido poético no ha sido abordado desde el punto de vista del teórico ni del crítico, sino desde la posición del simple lector de poesía, y a lo sumo desde las premisas del periodista divulgador.

Este trabajo denomina poesía española a la poesía escrita en castellano en el estado español. Las poesía en catalán, euskera, gallego u otras lenguas peninsulares quedan fuera de él, aunque guarden sus inevitables paralelismos con lo aquí descrito.

Si costosa ha resultado la absurda pretensión de objetividad en el trabajo, más aún lo ha sido a la hora de realizar la breve muestra de poemas de la que este texto es complemento. En la elección de un puñado de poetas entre tantísimos de calidad han pesado motivaciones de representatividad, de prestigio y de gusto personal. El único poema elegido por autor no pretende evidentemente ser representativo de su obra. De ahí que en algunos casos, al corresponder el poema a ese punto de partida generacional, pueda resultar representativo de la poesía de la generación; mientras que en otros, al corresponder a evoluciones personales posteriores no lo sea en absoluto. En este sentido se señala el libro del que procede el poema y su fecha de publicación, así como los datos básicos del poeta.

 

 

Primera generación de posguerra.

La poesía existencial y la poesía social

 

Sumida en la oscuridad de un tiempo de miseria, la poesía española fue sin duda quien primero alzó la cabeza y miró alrededor tras el desastre de la guerra y el asesinato de las esperanzas republicanas. Y lo hizo, cómo no, para lanzar un perfecto grito de desesperación. Fue uno de los pocos poetas de aquella Generación del 27 que tras la contienda habían decidido quedarse en España, Dámaso Alonso, quien en 1944, quinto año de la cruel posguerra franquista, publicó el demoledor Hijos de la ira, confesión existencial estremecedoramente dramática en un lenguaje cotidiano y duro. Lo dijo posteriormente el poeta Carlos Bousoño: “Hijos de la ira fue un libro de protesta cuando en España nadie protestaba”; pero el libro rebasa las precisas fronteras para convertirse en un grito de protesta universal que influyó hondamente en la poesía de aquellos primeros momentos.

También en 1944, otro de los poetas del 27 que se habían quedado y que ejercía un largo y callado magisterio en muchos jóvenes poetas, Vicente Aleixandre —premiado con el Nobel en 1977— publicó un libro de significativo título: Sombra del paraíso, en el que es palpable la amarga filosofía que considera el dolor como algo inseparable del hombre, un hombre desterrado del Edén en una tierra de sufrimiento y muerte. Ambos libros estaban sin duda marcados por la terrible experiencia de la guerra.

Pero es preciso detenernos y echar la vista atrás. La guerra truncó trágicamente una segunda edad de oro de la poesía española que había comenzado a finales del siglo XIX. Acabada la guerra la mayoría de aquellos poetas se habían convertido en exiliados o habían muerto, y la comunicación entre los de fuera y los de dentro era imposible. Repasemos brevemente cuál ha sido el destino de los principales poetas. Tras una confusa postura política final, Miguel de Unamuno murió en Salamanca unos meses después del levantamiento franquista. Antonio Machado murió nada más salir de España tras la derrota de la República, en 1939, agotado, en el pueblo fronterizo francés de Collioure, donde escribió su último verso: “Esos días azules y ese Sol de la infancia”; tenía 64 años. Juan Ramón Jiménez dejó España comenzando un largo peregrinaje por América hasta establecerse definitivamente en Puerto Rico, donde murió en 1958, dos años después de recibir el Nobel. Juan Ramón Jiménez siguió construyendo en el exilio una poesía exigente, sólo conocida en España mucho tiempo después y que aún no ha ejercido influencia alguna. León Felipe se exilió en México donde vivió hasta su muerte. En lo que a los poetas del 27 respecta, el panorama es igualmente desolador. García Lorca fue asesinado en Granada en 1936. Rafael Alberti se exilia primero en Argentina y después en Italia, regresando a España tras la muerte de Franco donde fallece en 1999. El destino de Pedro Salinas y de Jorge Guillén fueron las universidades de Estados Unidos. Un doloroso periplo lleva a Luis Cernuda a Inglaterra y Estados Unidos hasta instalarse en México, donde muere en 1963; como veremos, su poesía será, pasada la primera etapa de posguerra, una de las que más profundamente influirá en el devenir de la poesía española. Los únicos poetas del grupo que permanecen en España tras la guerra son los ya citados Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso, y el único que se había ubicado del lado franquista, Gerardo Diego, quien nada más terminar la contienda, en 1941, publica Alondra de verdad.

Pero ya entre el grupo del 27 y el estallido de la guerra hay críticos que señalan la irrupción de otro grupo de poetas, que algunos llaman Generación del 36. Frente al ideal de “deshumanización del arte” propugnado por Ortega y que los poetas del 27 representan, al menos teóricamente en sus primeros momentos —el primer libro del propio Dámaso Alonso se titulaba Poemas puros—, estos poetas del 36 propugnan una rehumanización de la poesía, una revaloración del sentimiento, del vitalismo y de la intimidad. Desempeño un papel importante en la conformación del espíritu de este grupo la estancia en España, en 1935, de Pablo Neruda, artífice entonces de la revista Caballo verde para la poesía, y su concepción social e ideológica del arte. En esta opción por la poesía impura y la búsqueda de la cercanía humana, se sitúan los primeros pasos de poetas que más tarde profundizarán en ella como Gabriel Celaya, Victoriano Crémer o Miguel Hernández, pero también de otros como Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, Leopoldo Panero o Luis Felipe Vivanco, cuyas obras tomarán otros derroteros. Ni qué decir tiene que la guerra desbarató la evolución normal de estos poetas, así como la de los del 27. Bien conocido es el trágico desenlace vital de Miguel Hernández, quien se decantó ferozmente por la causa republicana publicando en el 37 Viento del pueblo; Hernández fue encarcelado al año siguiente, muriendo cautivo en 1942, a los 32 años. En la cárcel escribió su último libro, de significativo título: Cancionero y romancero de ausencias. La guerra llevó también a algunos poetas del 27 a la poesía de combate dirigida a las masas; el mejor ejemplo es Alberti. En el otro bando se situaron algunos poetas de aquella Generación del 36: Ridruejo, Panero, Rosales, Vivanco… miembros activos algunos de ellos de la Falange, lo cual no es óbice por ejemplo para que el granadino Luis Rosales intentara ayudar hasta el último momento a su paisano Federico García Lorca, o para que L. F. Vivanco dedicara uno de sus libros a Dámaso Alonso. Estos poetas se decantarían pronto, tras la guerra, del régimen que ellos habían contribuido a establecer.

Un año después de la muerte de Miguel Hernández se conformó el primer movimiento poético puramente de posguerra en torno al poeta José García Nieto y al grupo Juventud Creadora, quienes fundan en 1943 la revista Garcilaso, en cuyo primer número se rechaza toda vinculación con la llamada “poesía impura”, en clara alusión a Neruda y a su manifiesto “Sobre una poesía sin pureza”; rechazan también el vanguardismo y el surrealismo del 27. La revista propugna un neoclasicismo estetizante; dos datos más: el nombre elegido para la revista, Garcilaso, no quiere recordar sólo al poeta sino también y sobre todo el arquetipo de figura militar y al caballero del Imperio; es significativo el hecho de que el primer número se cerrara con un poema del mayor de los Machado, Manuel, entonces fervientemente franquista. Un poco después surge otra revista con reminiscencias imperiales: Escorial, que en esta ocasión se queda casi en el título pues representa un talante poético abierto a voces plurales, cercano a ese espíritu de los poetas de la Generación del 36 como Rosales o Vivanco. Y es en 1944 cuando Hijos de la ira hace estallar el mortecino hábitat de la poesía hispana. En ese mismo año, un grupo de poetas leoneses: Eugenio de Nora, Victoriano Crémer y Antonio G. de Lama crean la revista Espadaña, que editará 48 números hasta su cierre en 1951. Espadaña supone una réplica al modo de entender la poesía de Garcilaso. El centro de sus preocupaciones es “el hombre que vive y vibra”, propugnando una poesía vinculada a su entorno social y a su compromiso histórico, y vinculada formalmente al verso libre. En la revista colaboran poetas jóvenes como Ángela Figuera, José Hierro, Carlos Bousoño, José Luis Hidalgo, Gabriel Celaya, Blas de Otero… poetas que conectan con esa poesía desazonada, angustiada, desesperanzada y doliente de Dámaso Alonso. Tenemos por tanto una poesía existencial, de estilo directo y bronco, una poesía desarraigada (J. Hierro ha escrito: “El poeta vive en un medio que es su tiempo histórico. Los poetas de la posguerra teníamos que ser fatalmente testimoniales”), y otra poesía más o menos arraigada o que, al menos, intenta guardar las formas, el “buen tono”; ese “buen tono” que será definitivamente roto por la gran protagonista de esta primera generación poética de posguerra: la poesía social. Tenemos así un proyecto que va de la orteguiana poesía “deshumanizada” de las vanguardias de los años veinte y de la primera Generación del 27 a una poesía de motivaciones e intenciones sociales, a través del puente de una parte de la poesía del 27, la inevitablemente vinculada a la realidad histórica, y de esa “rehumanización” de la Generación del 36. Pero antes de llegar a la eclosión dela poesía social tenemos a muchos de sus protagonistas creando poesía existencial, poesía desarraigada. El paso del yo existencial al nosotros social se va consolidando poco a poco. Por otra parte esa poesía desarraigada se convirtiendo en una corriente de neorromanticismo en la que participan poetas que serán luego también arrastrados por la marea social: Vicente Gaos, C. Bousoño, Rafael Montesinos, Leopoldo de Luis, Ramón de Garcilaso… Los poetas del 36 seguirán una evolución personal relativamente al socaire de las corrientes dominantes con frutos espléndidos como La casa encendida de Luis Rosales en 1949 y Los caminos de L. F. Vivanco.

Si en 1943, con Sombra del paraíso, y adelantándose incluso a Hijos de la ira de Dámaso Alonso, Aleixandre había anticipado lo que iba a ser la poesía existencial, en 1953, con Historias del corazón, prefigura esa concepción del poeta como conciencia solidaria puesta en pie junto a los demás hombres: el hombre ya no está solo. Eso sí siempre desde su personalísima y rigurosa poética. Pero la verdadera eclosión de la poesía social se produce dos años más tarde, en 1955, con sendos libros de dos poetas vascos: Pido la paz y la palabra, de Blas de Otero, y Cantos iberos, de Gabriel Celaya. En su complejidad, el caso de Celaya es un buen ejemplo del trayecto de la poesía de esta primera generación de posguerra. Parte el poeta donostiarra de unas primeras experiencias surrealistas, sigue su interés por lo primario y lo elemental, que conduce su poesía a las grandes interrogantes; se resuelven éstas en una postura existencial, angustiada, desde donde se rebela vitalmente el poeta por medio de un humor que rompe con el pesimismo y desemboca en una poesía revolucionaria que quiere ser un arma para transformar el mundo: “La poesía es un arma cargada de futuro”. Del yo desarraigado de Ángel fieramente humano (1950) o de Redoble de conciencia (1951), Blas de Otero se entrega al nosotros social en Pido la paz y la palabra (1955), En castellano (1959) —libro editado en México— y Que habla de España (1964). Un verso de este poeta bilbaíno dice: “Definitivamente cantaré para el hombre”; él, como todos los poetas sociales, quiere escribir para “la inmensa mayoría”. José Hierro teoriza: “El poeta es obra y artífice de su tiempo. El signo del nuestro es colectivo, social. Nunca como hoy necesitó el poeta ser tan narrativo. Quien no vibre con su tiempo, renuncie a crear.” Y Ramón Garcilaso: “No se trata exclusivamente de  un problema de justicia social, sino de devolver el alma a los hombres, su condición humana, para que el mundo no carezca de sentido.” Y Leopoldo de Luis: “Para cumplir con mi verdad, escribo: perdón si soy molesto.” Ángela Figueroa, Eugenio de Nora, Rafael Morales, Gloria Fuentes, Eladio Cabañero… la lista sería interminable e incluiría como luego veremos a los miembros de la generación siguiente, la segunda generación de posguerra o Generación del 50, que en sus inicios no fue en absoluto ajena a la poesía de compromiso social. Y es que ésta, hoy tan denostada, surgió inevitable, necesaria, como exigencia del momento histórico y del acontecer político-social; como escribió L. de Luis: “Siempre que se ha ejercido un poder tiránico e injusto sobre los pueblos, la voz de los poetas ha sonado rebelde.” La poesía social pretendió ser una poesía realista, con intención testimonial —y por tanto, con tendencia autobiográfica— y denunciadora, con preocupación eminentemente ética; una poesía cuyo fin era la comunicación, por lo que utilizó un lenguaje cotidiano prosaico y enérgico; una poesía comprometida con la realidad, con el aquí y el ahora: escasez, pobreza, hambre, injusticia, ignorancia, represión… Innegable es el papel desempeñado aquí por la “inteligentsia” del clandestino y activo Partido Comunista, al que pertenecían muchos de estos poetas, si bien se abordó también la poesía social desde otros presupuestos, los cristianos por ejemplo. Aquellos poetas debieron cumplir una función social en un momento histórico preciso; de hecho muchos de ellos, tras poner su granito de arena en que las circunstancias históricas cambiasen, han seguido elaborando una obra personal muy valiosa. Un buen ejemplo de ello es, por su actualidad, José Hierro, quien con su último libro, Cuaderno de Nueva York (1998), está logrando cosas impensables de ventas para un libro de poesía, las mayores de la poesía española en estos últimos 60 años. Otra curiosidad relativa a los índices de ventas; el segundo libro de poesía más vendido hoy en España —tras el de Hierro— es desde unas cuantas semanas una nueva reedición del libro de Blas de Otero Ancia, donde el poeta reunió los dos libros “existenciales” a que nos hemos referido: Ángel fieramente humano y Redoble de conciencia.

La influencia de Neruda y Vallejo en la poesía social es evidente. Y entre los poetas españoles la de Antonio Machado, la del Rafael Alberti a partir de su Elegía cívica de 1930 —considerado por algunos de estos poetas el kilómetro cero de ese camino de poesía comprometida construida con elementos impuros y antipoéticos—, y sobre todo Miguel Hernández, para quien la poesía comprometida es biografía y vida; por razones obvias, tras la guerra, Miguel Hernández no fue editado en España hasta 1951. Tampoco era conocida en España la obra que en ese momento creaba en su exilio mexicano León Felipe, libros como Español del éxodo y del llanto, y que tantísimas cosas comparte con la poesía social. Algo parecido sucede con otro exiliado, éste en Estados Unidos; de la exaltación vital de su obra anterior, Cántico, Jorge Guillén pasa en Clamor a la repulsa de las fuerzas negativas que ensombrecen el mundo. Está también presente como ya hemos visto en los poetas sociales el magisterio de Alonso y de Aleixandre.

Pero, circunstancias históricas mandan, la legitimación de esta poesía era más de carácter moral que poético, más ética que estética; y si bien produjo obras de indudable valor y tuvo consecuencias positivas, como las normalizaciones en el uso del lenguaje coloquial frente a un lenguaje más retórico y convencionalmente poético entre otras, la avalancha de repetidores, imitadores y epígonos hicieron de la forma fórmula y del tema tópico, y terminaron por hacer de la poesía un ejercicio de vacía retórica cargado en el mejor de los casos sólo de sinceridad y de buenas intenciones. Eso de ser poeta social se convirtió casi en una moda; y la falsa profundidad, el arrebato sin aroma, la banalización de temas, la pobreza expresiva, el tremendismo, el excesivo dogmatismo… acabaron desacreditando a la poesía social. A esta situación quizá también contribuyó esa fe tan ciega en el poder revolucionario y transformador, aquí y ahora, de la palabra poética a la que muchos poetas se habían entregado. Tamaña ingenuidad se pagó cara y la poesía comprometida tardaría décadas en levantar la cabeza.

Algunos críticos señalan el declive de esta tendencia en torno de 1965; las circunstancias históricas empujaban hacia otros derroteros. En 1970 Blas de Otero publica Historias fingidas y verdaderas, donde encontramos patente su desengaño y su cuestionamiento acerca de la eficacia de la poesía social. Y es que el pueblo sufriente por el que tanto se habrían preocupado estos poetas no parecía estar en absoluto interesado en eso de la poesía.

 

 

 

 

Josu Montero (BaracaldoEspaña1962) es poeta, dramaturgo y crítico literario español. Desde su fundación, en 1983, pertenece a La galleta del Norte, colectivo que ha realizado múltiples actividades literarias, entre las que se incluye la edición de revistas y una colección de libros. Ha sido crítico literario del diario Egin y de las páginas culturales del diario Gara. Sus poemas, trabajos de investigación, reseñas y críticas se han publicado, además, en revistas como La Galleta del NorteZurgaiPérgolaArtezAullidoEkintza ZuzenaLa factoría valencianaVenenoCuadernos del matemáticoPalimpsestosÍnsulaMenú o la mejicana Alforja.

 

 

 

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