Más de 500 años de resistencias y reincidencias. Por Roberto López Moreno

 

 

 

 

 

 

MÁS DE 500 AÑOS: DE RESISTENCIAS Y REINCIDENCIAS

 

Roberto López Moreno

 

 

En el juego de espejos -lo que finalmente viene siendo el rostro del tiempo- esta historia no se inicia en el momento en el que Colón pisa tierra americana, abriendo con ello la llave de un imparable torrente de sangre. No se inicia siquiera en los atroces empeños de los Cortés, Pizarro, Alvarado... para quienes estas tierras fueron largo, ancho y adolorido escenario.

 

 

Esta historia da principio con las declaraciones del español Felipe González, con motivo de la denonada defensa de Cuba a su territorio y sobre ese hecho, y enfocadas desde esta óptica nuestra, tales declaraciones son calificables de “gran inmoralidad”, y aquí, en este punto, es en donde entroncan las imágenes de los espejos encontrados que reproducen a los mismos personajes con diferentes nombres Aznar, Felipe VI, etc..

La historia contemporánea se asoma al espejo, y en un contrarreflejo que se reproduce hacia el infinito se encuentra con el viejo rostro (siempre el mismo) con el que se manifiesta el poderoso reclamando su derecho a agredir y saquear a  los pueblos de menor desarrollo tecnológico. A Cuba , la parte en pie de América Latina, se le reclama la obstinada defensa de su territorio y soberanía; esa es su gran afrenta para los poderosos, y éstos reaccionan con espíritu de club – de pandilla, sería el término más exacto--, definiendo una vez mas la eterna vesania del Norte contra el Sur, ahora es Venezuela la que está en la mirilla, confrontación del despojo que se inició hace siglos y que aún en nuestros días mantiene idénticas características, apenas alteradas durante el breve lapso de una confrontación Este-Oeste que, al cesar, deja en mayores desventajas a esa extensa zona de pobreza marcada con la humillante designación de Tercer Mundo, vastísimo paraje de despojo y muerte.

La llegada de las naves españolas a los mares del Caribe se repite una y otra vez, y en ésta corresponde a los españoles de ahora gritar “Tierra a la vista”, en función y beneficio de la unipolaridad de la que, en papel de servilismo, ellos también forman parte.

Ésta no es una historia muerta. Está más viva y actual que nunca. Acción es que produce, igual, una resistencia que no ha cesado y que ensaya cada vez formas más difíciles de sobrevivencia. Son más de 500 años de resistencia que se iniciaron desde el momento mismo en que tocó la primera nave suelo americano, para no levar anclas desde entonces, clavadas en esta tierra, incrustadas insaciables en lo más profundo de la vena amarga. Desde entonces se ha establecido un perenne mecanismo en donde, por un lado, la pandilla voraz impone su juego de saqueo y crimen, y, por el otro, un largo cuerpo inerme acumula en las entrañas la acción continua de destinos adversos.

La pandilla jamás renunciará a su “derecho” al hurto y al asesinato, siempre dispuesta a unirse para preservarlo. Se ha visto en casos como los de Las Malvinas,  Granada, Panamá, o apoyando con  el silencio la guerra de baja intensidad contra Nicaragua o el bloqueo económico a Cuba o las inmundicias con las que atacan en estos momentos a Venezuela. Ante ella, la pandilla, los pueblos pobres no tienen derecho a defender lo suyo, a alegar por su dignidad. Las naciones débiles, despojadas de su historia a cada segundo que pasa, tienen asignado un solo papel: el de acatar; si no, la venganza del club es terrible. ¿No fue la guerra del Golfo Pérsico una contundente demostración de la alianza de los poderosos? Toda la gavilla atacó en forma coordinada, reclamando con santa ira su parte en la masacre. Todo el mundo civilizado, el Primer Mundo, el Norte, dejando caer su peso sobre un país pobre, el Tercer Mundo, el Sur. Ellos, los del poder, queriendo todos participar en la lección que se administraba a la humanidad para que quedara perfectamente esclarecido, una vez más, quiénes son los que mandan en el planeta.

 

 

Ricos contra pobres

 

La lucha de resistencia iniciada hace más de 500 años persiste en nuestros días, dado que los pueblos se niegan a morir por aplastamiento, pero en esa resistencia, vista desde las características que nos impone la actualidad, no se trata de ser antiespañol –sería un absurdo-, sino antiimperialista, y aquí sí  habría que admitir que los gobiernos españoles se obstinan en pertenecer a la malhadada cohorte imperial, aunque sea en calidad de hujieres. Su espíritu es ése, y no se resignan a abandonarlo; es su esencia, su sustancia, es el Norte necio y prepotente, reafirmándose en su insistencia antinatural.

Pero esta actitud se argumenta a cada paso, como si hubiera argumento válido para justificar la antinaturaleza, y en el juego de espejos propuesto al principio de estas líneas vemos a Rajoy tratando de convencer a Cuauhtémoc y a Túpac de la criminalidad que encierra el que una altanera isla del Sur trate de defender su dignidad y su soberanía. La misma lucha de hace más de 500 años: el abuso del Norte y una cada vez más precaria resistencia del Sur.

Las épocas provocan singularidades. Cuando las tropas de Hernán Cortés avanzaron hacia México-Tenochtitlan (el mismo fenómeno se dio en la conquista de los Chiapa), fueron recogiendo la suma de los pueblos agraviados, vencidos en la guerra y expoliados con asfixiantes cargas tributarias. Había odio, que fue militando al lado de la causa española, ensanchando el ejército, proporcionándole información topográfica y valiosos recursos estratégicos. La conquista de México se logró con la propia sangre autóctona. El odio entre los propios originales de éstas tierras hizo caer el Estado más poderoso de Mesoamérica.

En las gestas de hace cinco siglos una serie de insalvables rivalidades internas minó indefectiblemente la resistencia bélica de los mexicas, quedando solamente el recurso de una resistencia pasiva, mantenida a través de muchos años de dolor. Esas rivalidades hicieron posible que el poder extranjero destroncara al poder local. Fue un encontronazo violento entre dos poderes, un combate a muerte entre el poder interno y el que venía de fuera, tocándole al primero asumir el terrible cargo de la derrota.

A 500 años de tales sucesos, desde el campo de la resistencia se delinean otras perspectivas. Si bien es cierto que el poderoso Norte continúa en el ejercicio de su bárbaro saqueo en detrimento del Sur, también lo es que ahora los poderosos internos se unen al sojuzgador externo, dentro de un cuadro en el que las políticas nacionalistas ceden cada vez mayores terrenos, ya por medio de entreguismos groseros, ya mediante la instrumentación de mecanismos comerciales y económicos que le dan a la entrega un rostro de cálculo político, de análisis técnicos en pro de supuestos beneficios y desarrollos.

Si antes los sojuzgados se unieron a los invasores para tomar venganza, ahora son los mismos poderosos de adentro lo que se asimilan –en plan de sirvientes- a los poderosos de afuera, para seguir gozando en esa forma de su situación de privilegio. Esto arroja, entonces, un ineludible marco simplista que nos remite a la misma vieja lucha de siempre, a la lucha de ricos contra pobres. Las burguesías internas aliadas a los poderes externos, a los intereses del club, sirven en muchos casos de uña que saca las castañas del fuego y ayudan a configurar la misma actual historia de la conquista y el hurto, llevando a los pueblos como víctimas.

El poder del Norte y de sus aliados criollos en los diferentes países crece cada día más, y es a los amplios sectores proletarios a quienes toca formar el bloque de resistencia. En una transportación de valores, identifiquemos el valor Norte con el valor ricos y el valor Sur con el valor pobres. Solamente que en el Norte, que no conforma un bloque homogéneo, se da también la división ricos = financieros, industriales, detentadores del poder económico y político; y pobres = las enormes masas de asalariados que si bien gozan de niveles superiores de vida con relación a los pobres del Sur, que de alguna manera financian a los primeros, son también marginados de las esferas de decisión. Entre estos sectores suman también, y en gran medida, las minorías étnicas.

Por lo que respecta al Sur, la división entre ricos y pobres se da entre criollo, solidificado desde las luchas de Independencia, y las masas de trabajadores que desde su miseria patrocinan un estándar de vida más elevado a sus hermanos trabajadores del Norte

 

 

El canto del tecolote

 

Es innegable que entre los batallones de pobres del Sur son los grupos indígenas los que ocupan el renglón más bajo de la escala social, y todos juntos vienen a ser doblemente victimados; lastimados plenos por los poderes de adentro y de afuera.

En México, la expresión más aguda de la miseria se encuentra repartida en 10 millones de seres. En América, llega a 50 millones la población indígena. Según algunos lingüistas, los grupos étnicos son clasificables de acuerdo con el uso de lenguas; en México, no sin discusiones al respecto, se acepta por lo general la existencia de 56 lenguas indígenas. Las principales son: náhuatl, maya, mixteco, zapoteco, otomí, tzeltal, tzotzil, purépecha, tarahumara, mixe, mayo y chol, entre otras. La suma de estas etnias arroja aproximadamente 20% del total de la población. En países como Bolivia, Guatemala, Ecuador y Perú, el porcentaje se eleva a 40%. Después de la gran opresión colonial, el liberalismo del siglo XIX tomó a los grupos que arrojan estos porcentajes como colonias del nuevo poder.

Al triunfar las luchas de Independencia en el  continente, la criollada que las encabezó ascendió al poder y se mostró aún más cruel con los indios. El abandono fue grande en un principio, y cuando las leyes del liberalismo los tocaron fue para hundirlos más en la miseria como sucedió en lo relativo a la tenencia de la tierra, que produjo  figuras como Emiliano Zapata, producto reivindicador del lejano y desmembrado calpulli. Los criollos liberales requerían una identidad que los respaldara históricamente. La buscaron en la grandeza del pasado indígena. Los viejos mitos de la ancestral cultura fueron la principal fundamentación para un nacionalismo que tremoló, apasionada, la nueva burguesía. Peor esto para el indígena, sólo significó un doble saqueo: por un lado, la utilización de sus antiguas expresiones culturales y, por el otro, la rapacería y el desprecio para quienes, ya en lo personal, afeaban, iban mal, con las pretensiones europeizantes de la criollería nacionalista, es decir, con las pretensiones de formar parte, de alguna manera, del Norte avasallador.

Sin embargo –ubicándonos en nuestros días-, después de haber sido víctimas por tanto tiempo de las aves de rapiña, los diferentes grupos étnicos del continente subsisten, ya relegados a montañas inhóspitas, ya remitidos a junglas devoradoras, ya arrojados a terrenos desérticos. Subsisten, con todo en contra, con las adversidades que les instrumentó la legalidad del liberalismo; están aquí, de cuerpo entero sobre el continente, conservando su pluralidad cultural, su propio ser en cada caso. Están ahí, resistencia de 500 años acumulados con sangre y amargura.

 

 

La memoria de González. La memoria de Aznar

 

Pero los 500 años de resistencia, no sólo han sido sostenidos por la población indígena, sino por todos los pobres del continente, vasto organismo lacerado del que los indígenas también forman parte. Durante el mundo precortesiano, hubo invasiones de pueblos sobre pueblos y de culturas sobre culturas, pero la invasión europea impuso una modalidad que transformó diametralmente el hecho, cambiando las características que se conocían hasta entonces, al apropiarse los invasores del manejo de los recursos y su explotación con el nuevo criterio de la propiedad privada. Andando los siglos, los despojados de los recursos y su manejo iban a terminar siendo los campesinos y los obreros, en el concepto que de estos estratos sociales se tiene.

La Conquista impuso a los pueblos autóctonos un sistema bárbaro de explotación basado en impuestos, diezmos, encomiendas y repartimientos, y una devastación humana que el sólo imaginarla provoca escalofrío. Barón Castro, en su libro La población de El Salvador, asienta que, para 1524, la población indígena salvadoreña era de 130 mil habitantes y que para 1551 ésta se había reducido ya a 60 mil. Tanto vandalismo aplicado originalmente a indígenas y mestizos se ha extendido en la actualidad a las mayorías pauperizadas. Son los pobres del Sur, sin distingos de etnias ni nacionalidades, los escarnecidos. Ése es el problema real. Así que tendremos que considerarlo: el abuso del Norte = rico. La resistencia (500 años) del Sur = pobre. Felipe Aznar, el hujier español del Norte, entre otros, está para recordárnoslo.

Al Sur no le queda más que sumarse, configurando un mismo frente de los pobres en busca de los necesarios caminos al futuro, pasando de una resistencia pasiva a otra activa. En tal empeño una tarea fundamental sería la de integrar a las diferentes etnias del continente, no con el criterio del liberalismo, que sólo las ha ultrajado, sino con una actitud de respeto a sus diferencias, pero con una meta común en los órdenes político y económico.

La población de América Latina es mestiza, y por lo tanto también su cultura. Nadie podría pensar en el absurdo de volver al mundo indígena de antes; de la conquista para acá, el mundo ha tenido una trayectoria de 500 años. En estas circunstancias, un enemigo mortal sería la segregación de las minorías. Éste por el contrario, es el momento de sumarse, sin racismos de ninguna especie, configurando un mismo frente de los pobres, dispuestos a convertirse en los dueños de su propia historia.

En una de sus páginas, nos dice el poeta Luis Cardoza y Aragón: “es el pensamiento contemporáneo no racista el que rescata al indígena y lo indígena, no con nostalgia del futuro, de retorno al futuro”. Y más adelante se pregunta: “¿No sería adelanto que dejaran estructuras de castas y participaran con noción de clase?”. En todo caso, el encuentro Norte-Sur que se viene presentando desde hace 500 años es la historia de explotadores y explotados, o sea, asunto que habría que ver desde la perspectiva de confrontación de clases y no de razas. Muchos capataces indios fueron efectivos aporreadores de su clase, y se les llamó capataces, mayorales, caporales, abogados fiscales y hasta presidentes de la república.

 

 

La vaca y la pata

 

Algunos estudiosos sostienen -no sin razón- que lo que se dio en América Latina no fue mestizaje, porque la mezcla no se produjo tras un acto amoroso, por el encuentro de dos energías complementarias la una de la otra, mediante una bilateralidad de fusiones amorosas, sino por el contrario, hubo el abuso sexual, el sometimiento de la mujer india a la brutalidad europea, la violación sin más, el poderoso extranjero imponiendo su voluntad sobre la nativa desvalida.

En todo caso, y fuera de estas consideraciones genético-morales, hay un producto carnal y cultural que se viene a robustecer con la mezcla, negra y de otras sangres –como la hindú y la china, por ejemplo, importadas a Belice por los ingleses como mano de obra (siempre, la eterna relación antinatural Norte-Sur)-. En esa forma, América Latina ha terminado siendo uno de los crisoles más grandes del mestizaje en el mundo. Desde esa realidad debemos reorganizar nuestra estrategia.

Al criollo, representante del Norte trasterrado (se adecua a la tierra india, se apodera de sus simbologías en busca de una identidad, pero siente un infinito desprecio por el indio), a ese criollo le toca heredar la riqueza y el poder en las nuevas tierras; al mestizo le toca heredar la pobreza. En esta América mestiza, el mestizo es el pobre, el sometido al trabajo forzado y a la mala paga.

Dentro de este aspecto Rigoberta Menchú, fundadora del guatemalteco Comité de Unidad Campesina, en el exilio, razona de la siguiente manera: “Es claro también la lucha y el esfuerzo contra la marginación y la inhumana explotación, no son sólo nuestros (habla de la etnias de su país), sino de todos los oprimidos de ayer y hoy”. Y puntualiza aún más su visión: “La injusticia sufrida desde hace 500 años nos ha ido hermanando a indios, mestizos, negros, obreros, campesinos, técnicos, profesionales. Y en este proceso de unidad también hemos ido encontrando hermanos de todo el mundo –del que llaman Primer Mundo-, que se han resistido a identificarse con una historia de opresión y se han comprometido con un futuro distinto para nuestros pueblos”. De toda esa amalgama acabada de mencionar habla Rigoberta Menchú, y no nada más de la etnias, cuando dice: “Hemos mantenido nuestros pueblos, sus culturas y luchas desde nuestras comunidades destruidas; y hoy, finalizando el siglo XX, estamos en medio de esfuerzos y sacrificios, llevando adelante nuestra lucha y gestión por mejores salarios en las fincas de agroexporatción, por el derecho al trabajo, a la organización. Ofrendamos lo más rico de nosotros mismos a la construcción de la democracia, de la paz y de la justicia en nuestros países”. Es decir, estamos en la plena lucha de resistencia. Esa energía y esa visión son las opuestas al neoliberalismo fallido, en el que se insiste en nuestro perjuicio por  parte del criollismo de políticos, tecnócratas e intelectuales inconsistentes, defeccionantes estos últimos, que ayudan a amarrarle la pata a la vaca.

 

 

Libertad a fuerzas

 

De los orígenes de este liberalismo en América Latina, ahora llamado neoliberalismo, James Petras recuerda:

La libertad universal proclamada por los liberales significaba en la práctica la libertad de enajenar tierras de los indios y de la Iglesia, iniciando así un nuevo ciclo de gobierno enclavado en las plantaciones de exportación relacionadas con el mercado mundial. La libertad de la autoridad tradicional, predicada por los intelectuales liberales, se convirtió en la base para imponer la tiranía de los terratenientes propietarios sobre los indios sin tierras y los pequeños propietarios. Esta revolución liberal dio lugar a esas perversiones del lenguaje tan comunes en el siglo XX: la gente fue forzada a ser libre.

La pregunta inquiere qué pueden esperar nuestros pueblos –ya hay además una experiencia anterior- de una ideología basada en una competencia feroz, con definidas formas de egoísmo en su estructura, que pelea por la libertad de tener y que ésta obviamente se inclina a favor de quienes detentan la fuerza del dinero y de las armas. Para que la libertad del individuo sea real –dice el pensamiento clásico liberal-, se requiere la vigencia plena de la propiedad privada, buena propuesta que se pasea frente a las narices de quienes desde hace siglos fueron despojados, no sólo de sus bienes materiales, sino hasta de sus creencias religiosas.

Si para Adam Smith la desigualdad en la riqueza y la injusticia en las relaciones sociales son inherentes al sistema económico liberal, reconocimiento al calce de la acción capitalista, para Hayek, dentro de este liberalismo ya maquillado con la palabra neo, esa desigualdad y la miseria que le resulta, tanto en el orden material, como en el moral, se circunscriben a un fenómeno estrictamente privado, igual que sus posibles soluciones en las que el Estado, por respeto a la libertad, al libre juego de mercados, no debe intervenir, es decir, el cordero abandonado a su suerte en las garras del león.

 

 

“¡Aguas, a’i viene el Norte!”

 

“¡Aguas, a’i viene el Norte!”, advertiría en su giro popular la voz de algún habitante de las zonas marginadas de México. ¡Cuidado, la tragedia se nos viene encima una vez más! ¿Cuál es la libertad que el neoliberalismo podría proponer a los pueblos de América Latina, pobladores atribulados de esta basta y trasijada expresión del tercermundismo? Si el liberalismo original se plantea con base en la libre empresa, el neoliberalismo, como fase superior, trabaja ya con el capitalismo de los grandes monopolios; la competencia es entre los trusts. ¿Qué resquicio posible le queda entonces a los pueblos? “El capitalismo -sostiene Heinz Dieterich- ha enriquecido al 15% de la humanidad –el Primer Mundo- a costa del empobrecimiento del 85% restante. ¡Aguas! Los capitales transnacionales serán los que operen. A los pueblos empobrecidos quedará el papel de acatar.

Propugnar por la libertad de apropiación y de empresa es propugnar por la libertad de explotar las minorías a las mayorías; sólo la revolución industrial inglesa -por ejemplo- provocó en las postrimerías del siglo XVIII una sangría sobre sus trabajadores, que posteriormente fue permutada por la fatiga y la muerte de los pobres de las colonias. El sistema colonial salvó a aquel primer liberalismo, porque hubo una gran masa de desheredados, de la que se pudo echar mano exprimiendo su fuerza de trabajo y los recursos naturales de su medio ambiente. A esta masa  le tocó pagar las fallas y las injusticias del sistema; para ella, e incluso mucho después de los movimientos independentistas, el liberalismo ha significado la libertad de fallecer en medio del hambre, de la miseria y de la insalubridad.

 

 

No hablaré del terror

 

Hay un sol oscuro que rige sobre este ya largo y difícil horario nuestro. El signo bajo el cual se mueven nuestros pueblos (América es un crisol de etnias) ha sido hasta hoy el de la ineficiencia, con un dramático saldo de violencia y miseria.

El modelo liberal en el que hemos fincado nuestra vida diaria ha sido incapaz de superar los tradicionales cuadros de discriminación y sobreexplotación de seres y de recursos naturales que llevan forzosamente a la pobreza, a la ignorancia y a la insalubridad, elementos que se traducen en un solo y terrible hecho: muerte.

Desde esta perspectiva, el neoliberalismo enarbolado actualmente no puede ofrecer más que el refrendo –con nuevos maquillajes- del antiguo rostro descarnado que sigue estando ahí, más allá de la máscara. Este neoliberalismo de hoy levanta la bandera de una democracia en la que subexisten 185 millones de pobres, en una región en la que 40% de los hogares no alcanza a consumir el número de calorías necesarias para una vida sana y 88 millones de indigentes se encuentran confinados en el más absoluto abandono.

Hay otras cifras que por su parte también ilustran el horror. Éstas proceden de la CEPAL: en 1986, en América Latina, con 409 millones de habitantes, existía un 36 % de población urbana en la pobreza, 40 % de ella en extrema marginalidad; 61% de campesinos pobres y, de ellos, 37% absolutamente miserable, lo que arrojaba una cifra de 270,9 millones de pobres, números que es fácil comprender, se han incrementado a la fecha.

Cualquiera de estas cifras que se prefiera dibuja a sangre y sombra el magro paisaje de nuestras democracias.

 

 

Sí, Dios estaba enfermo

 

César Vallejo nació un día en el que Dios estaba enfermo, grave. El sino del poeta también fue heredado por la parte de continente que nos toca. La adversidad es pan cotidiano. El modelo aniquila en vez de favorecer. Sus posibilidades están agotadas. Entonces, en medio de tanto deterioro, surgen los nuevos proyectos para intentar la permanencia. Se habla de integración entre los modelos nacionalistas, que lo han sido de ineficiencia hasta la fecha, pero la integración que se propone es estrictamente comercial. Se habla del establecimiento de tratados de libre comercio, pero se pasa por alto la realidad de las asimetrías entre países con problemas de indigenismo, con déficit propios de tercermundismo del que proceden, y países altamente industrializados, beneficiarios tradicionales de la explotación irracional de hombres y mujeres y entornos geográficos.

Quizá la unipolaridad a la que ha llegado el mundo de hoy cierre toda opción para erradicar en definitiva el modelo de la ineficiencia (por otro lado, el proyecto socialista en América se encuentra más isla que nunca). La acción en esas condiciones habrá de consistir en dotar de humanismo, en lo más posible, a ese liberalismo que hasta el momento ha tutelado la tragedia.

Es falso hablar de modernidad cuando se habla desde la cúpula y sospecho que son falsas también las soluciones que se den desde la mesa del tecnócrata, desde las fórmulas del estratega, es decir: desde la cúpula también. Seguiremos, en todo caso, en los empeños del maquillaje. Buscar soluciones desde las teorías economicistas del neoliberalismo significa seguir empedrando los caminos del infierno. Los Estados Unidos, Europa y Japón bien nos ayudan en ello. Nuestra democratización empieza con el voto atado, cuando se emite, y concluye con el retorno de epidemias propias de siglos pasados, como el cólera.

Sólo en América del Sur la deuda externa en 1990 fue de 432 mil millones de dólares. En el hemisferio norte, México es uno de los países más endeudados del mundo. ¿Qué democracia puede ser posible con esa guillotina sobre la nuca? Se puede afirmar con total certeza que de esa manera pierde operatividad cualquier redefinición del papel del Estado que pretendiera abolir la ineficacia burocrática impulsando los procesos de privatización. Si lo que se planee fuera de estas especulaciones copulares cae en los terrenos de la utopía, entonces habrá que trabajar sobre la utopía hasta convertirla en realidad, y por lo tanto en proyecto viable.

Es práctica usual de nuestras esferas rectoras relegar los hechos culturales a los últimos planos. La luz es veneno (parecen discernir), y por ello nuestros países han carecido siempre de una verdadera política cultural, y los programas educativos deambulan en nuestros planos tan ineptos como el sistema que les ha dado vida.

Es claro que la educación y la cultura constituyen la semilla de la humanización que debemos instaurar. Siempre he sostenido que el procedimiento se inicia con la liberación de los sindicatos; las organizaciones de los trabajadores deben responder plenamente a los intereses legítimos de la población, y para ello se requiere que sean regidos por los verdaderos interesados.

Dentro de esta óptica, el planteamiento es el siguiente: la recuperación de los sindicatos, para asegurar una educación real y humanista (para alcanzar la cultura) que atienda tanto las necesidades nacionales como las etnias. Por medio de una educación adecuada, crear aptitudes para la defensa de la vida social y de la ecología, su casa; anular el aislamiento impuesto al socialismo americano, que, aunque ha demostrado ser un sistema más justo dentro de la realidad regional, no se le ha permitido desarrollar su potencialidad; prepararnos, entonces sí, para arrancarle al futuro un necesario y definitivo cambio de modelo.

Solamente así podemos escapar o por lo menos darnos mayor posibilidad de superar un futuro viejo, como el que se nos propone, incapaz de dar más de lo que nos ha dado: muerte y explotación, bajo el espejismo de ese mito en el que tanto se nos insiste en estos tan duros días nuestros: la democracia.

 

 

Amarrando a la loca de la casa

 

Fortalecer nuestra cultura significa reconocer, de principio, la reafirmación de un sincretismo basado en las más variadas expresiones humanas del conocimiento y de la sensibilidad creadora. La Conquista dio, finalmente un entrelazado de valores indígenas, judíos, moriscos, chinos, africanos. La resistencia pasó a fincarse en estas aleaciones, pasó a formar cuerpo con este conjunto de mezclas que pudo dar en el terreno de las artes, por ejemplo, una expresión tan vital como el barroco americano.

Nuestro mestizaje cultural es un valor ganado en medio de la barbarie, una energía creadora que nos dota de identidad y de inagotables recursos para nombrarnos como hecho histórico. La acumulación de culturas ha dado a los pueblos de América, en la práctica de su resistencia, una gran fuerza imaginativa y creadora. Asevera un conocido escritor nuestro que América Latina es el continente de la imaginación. En lúcida expresión, afirma Lezama Lima que en nuestro ámbito “la imaginación ha dejado de ser la loca de la casa”.

En el momento en el que se gestan en América Latina corrientes como el romanticismo, el modernismo y la vanguardia, irrumpen éstas aquí con una fuerte carga del paisaje y de las antiguas raíces siempre vivas, y es así como se crea el lenguaje que entra al terreno de las denominaciones con una savia fresca, llena de posibilidades y significados propios. Revueltas, Villa-lobos, Ginastera, Siqueiros, Torres García, Lam, Rulfo, Carpentier, Cortázar, como parte de un río interminable, son lo más nuestro y lo más universal al mismo tiempo.

Así es como hoy la principal fuerza de este Sur violentado es su cultura; de ella habrán de surgir la fortaleza de la identidad y los elementos históricos que conviertan el estado de resistencia en acto de liberación. La cultura es lo más poderoso y vital que tenemos, es lo que hasta el momento nos ha dado un rostro ante el mundo y, aunque mínimamente, ante la ceguera y el odio del Norte un argumento que reclama nuestro derecho a seguir viviendo. Es por ello que el mayor ataque del Norte está enderezando contra la cultura, combatiéndola por todos los medios, incluyendo principalísimamente la impresionante tecnología puesta al servicio de losmass media, los que han actuado como caballo de Troya en eso de minar la conciencia histórica latinoamericana.

 

 

El gringo culto

 

A través de los medios  de comunicación, de la entrega de intelectuales nativos en pos de privilegios personales, de la total indolencia de los gobiernos del Sur  y hasta de las organizaciones de izquierda de la región con relación a la cultura, de la creación de organismos oficiales que nacen siendo auténticos elefantes blancos al servicio de los intelectuales más entreguistas de cada país –que detienen a toda costa el verdadero desarrollo cultural y libertario que nace en el seno de los países, por medio, por ejemplo, de un corrupto sistema de becas y de pícaros metidos a críticos de las artes-, al Sur se le está golpeando de muerte en el centro de su fuerza, en el eje fundamental de su resistencia.

El ataque ha sido sistemático:

 

En la década de los cincuenta se consolida un movimiento de reacción en contra de la Escuela mexicana, apoyado desde afuera, desde los Estados Unidos en concreto, y que tenía en sus raíces en una corriente inmediatamente anterior encabezada por Manuel Rodríguez Lozano y apoyada por un grupo de poetas conocidos como los Contemporáneos, quienes sustentaban la universalización del pensamiento, junto con la despolitización del arte. Entre la década de 1950-1960, los pintores en reacción contra la Escuela Mexicana son favorecidos al abrirse para ellos un gran mercado de arte en el extranjero, especialmente en lo Estados Unidos, mientras el Pan American Union logra penetrar en el país e imponer sus directrices estético-políticas. Frente a las corrientes realistas, surgen las del arte abstracto o bien las de un arte figurativo basado en la expresión existencial del individuo. La OEA apoya desde Wáshington las nuevas proposiciones. (Benito Messeguer en Chiapas.)

 

Leticia Ocharán recuerda en su texto El arte en México después del muralismo, publicado en Moscú, cómo entre 1952 y 1953 la galería La Prisse, más que una galería, fue el centro de reunión cultural más importante de aquellos años, porque el ideal individualista como inspirador de lo creativo obedecía mejor a su concepción romántica del arte y del artista, y, por supuesto, contraria a los ideales del muralismo.

Una campaña estadounidense muy bien organizada acabó prácticamente, no sólo con el muralismo, sino con casi toda pintura de contenido en México y en América Latina. “De hecho”, afirma el maestro Antonio Rodríguez, “se combatió el nacionalismo mexicano en la misma medida en la que se exaltó el nacionalismo artístico del Norte”, representado en el expresionismo abstracto. En 1964 fue inaugurado en México por el entonces presidente López Mateos en el Museo de Arte Moderno, que vino a representar el espaldarazo final a todas éstas corrientes. Fue cuando se produjo el escándalo del Salón Esso, precisamente en las instalaciones del nuevo museo.

La compañía petrolera estadounidense Esso, de tan nefasto historial para América Latina patrocinó en el continente una serie de concursos (“semifinales”) en apoyo a las nuevas corrientes. El realizado en México (seguramente los hechos fueron similares en las demás naciones) estuvo rodeado de graves inmoralidades por parte del jurado. Uno de los actos que provocó mayor repulsa en esos días fue que uno de los premiadores, el escritor Juan García Ponce, fuera hermano del premiado, Fernando García Ponce –por otra parte, magnífico pintor dentro de las nuevas corrientes-. Finalmente, los triunfadores de la “semifinal” de México fueron rechazados en la “final” de Nueva York. El Primer Mundo accionaba el freno. Los tenebrosos petroleros, beneficiarios y columnaria de un sistema que ha masacrado a nuestros países, había realizado su concurso internacional de pintura. Los torvos habían lavado su rostro en el arroyo de la cultura.

 

 

Talento no impecable, sí implacable

 

Se tendrá que reconocer un valor sustancial. En las actitudes de la Pan American Union, de la galería La Prisse y de las que vinieron después con el mismo estilo; de la rama cultural de la petrolera Esso, del dinero empleado por los organismos culturales de los Estados Unidos –muchos de ellos manejados por la Agencia Central de Inteligencia-, de los apoyos financieros y de diversa índole proporcionados por la OEA de aquellos años, iba implícita una promoción a fondo en contra del arte de contenido, pero la realidad histórica y geográfica en la que se ha desarrollado el artista latinoamericano es poderosa, y aun desde el abstraccionismo o el expresionismo esa historia y esa geografía están presentes siempre, como un poder que por encima de los deseos externos impone su verdad. Eso quedó demostrado por parte de los excelentes artistas surgidos de estas corrientes promovidas desde el extranjero.

Dentro del abstraccionismo, y desde el expresionismo, muchos creadores de genio han sido grandes artistas latinoamericanos. En uno de esos momentos José Luis Cuevas afirma: “sí existe un arte latinoamericano, que consiste en un rechazo voluntario al arte europeo y al norteamericano... Me repugna la actitud de esos artistas que parecen ir a Nueva York a mendigar el favor de los críticos locales como para lograr un doctorado en pintura”.

 

 

Cuando nos quedamos sin palabra

 

Pero las calidades que se han dado en las artes plásticas no tienen parangón ni remotamente, en la literatura. Aquí las malas artes del Norte sí han alcanzado un efecto mayor; la enorme mediocridad de corrientes –la conocida como de la onda, por ejemplo-, con todo el apoyo que recibió de los críticos literarios, principalmente estadounidenses, se encuentran a años luz con relación a lo alcanzado por los artistas plásticos.

La misma violencia fue empleada, el mismo apoyo de crítica fue accionado, si acaso con una mínima diferencia de años, para acabar con la era de los gigantes, y desgraciadamente se podría admitir que lo han logrado en gran medida. A la era de los gigantes (se podría hablar de los grandes: Revueltas, Rulfo, Gorostiza, Castellanos, Arreola) ha sucedido la era de los enanos. Y todos contentos. Los críticos, inmorales en gran mayoría , sumandose a este juego atroz que mina identidades y grandezas, tienen que estar repitiendo a toda hora, como forma de autoconvencimiento , que la narrativa y la poesía actuales en México gozan de cabal salud. Hay que convencerse y convencer con base en la repetición constante del dicho.

Contra los grandes, la onda; y lo que ha venido después, ensalzado en las universidades estadounidenses y diseminado desde ahí hacia otras esferas receptivas. Una literatura menor ha sido ésa, sin hondura, de superficialidades sin fin, de una filosofía clasemediera, desnacionalizada y despreocupada, alejada de los profundos asuntos que movieron a nuestros grandes autores latinoamericanos, plagada de frases en inglés como uno de sus recursos estilísticos, con propuestas a favor del mal gusto musical y de otros malos gustos, nos invade –salvo muy honrosas excepciones- desde hace algunas décadas. Las culpas se pagan. Aquella generación o alguno de aquellos quisieran ser ahora la Generación Mester, pero seguirán siendo, aunque no lo quieran ya, la generación de la onda, porque para eso trabajaron, por ello fueron lo que llegaron a ser, por ello recibieron a su debido tiempo los elogios de Menton, Brushwood y muchos otros.

Algunos de aquellos, a tantos años de distancia, han pretendido empatarse con figuras como la de Cuevas, como reconociéndose en el tiempo, arrojados al mundo por una misma matriz, pero no hay empate posible entre estos escritores y aquellos pintores, dado el tiempo transcurrido y la abismal diferencia de calidades. Ninguno de la corriente literaria mencionada podría equipararse con el talento de los Cuevas, los Felguérez, los Héctor Cruz y tantos más. Aquí sí el hoyo de la resistencia fue de grandes, muy grandes, dimensiones.

 

 

La derrota de la música

 

Pero en donde la derrota amenaza con ser total y definitiva es en la música. En un continente en el que nacieron Revueltas, Villa-lobos, Ginastera, Ponce, Roldán, García Caturla, Camargo Guarnieri, Cordero y demás grandes, la música de concierto constituye, para nuestra vergüenza, el mundo del abandono. Los atropellos y las omisiones que sobre este renglón se registran a diario en nuestro continente forman una lista de ignorancia forman una lista ignominiosa. La falta de apoyo para esta forma de arte, que requiere de manera forzosa el subsidio de los estados, constituye otra frase de la agresión a las más genuinas expresiones de la identidad, situación de la que sólo se salva con su programa de educación y difusión musical la república de Venezuela.

Fuera de la sala de concierto, en el ámbito de la música popular, lo que cantan y bailan las mayorías en las calles, en los salones públicos, en el interior de los hogares, es la debacle. Los medios electrónicos y discográficos, han jugado a la perfección su papel corruptor. Si toda obra de arte solamente puede ser posible mediante la existencia de un emisor y de un receptor, la dimensión del daño se delinea en el mal gusto musical que se ha impuesto a los escuchas del continente, que de alguna manera es el mal gusto que los dueños del capital y la industria le han impuesto a los pueblos del mundo, como parte del suicida salto hacia atrás que ha dado el planeta en nuestros días. La elementalidad más ruin, el cavernario retroceso disfrazado de modernismo sólo porque es elevado a demenciales decibeles, la más grosera monorritmia, apoyada en el switch y la clavija, ha constituido una de las más arteras armas en contra de la conciencia latinoamericana, en contra de nuestra música original, tan llena de sapiencia, poesía y magia.

En este sentido, el daño ha sido tan grave que hasta los más doctos disertadores de las ciencias y los humanismos, en el momento de hablar de sus gustos musicales exhiben el deterioro. Un estudioso serio y profundo puede discernir doctoralmente sobre sociología o literatura, pero a la hora de hablar de la decadencia cultural, jamás mencionará el renglón de la música, porque él mismo está sumergido en esa bancarrota, muchas veces sin haberse percatado de ello. En este sentido, la alevosía y el mal gusto del Norte han ganado la partida estrepitosamente.

 

 

La traición de los intelectuales

 

Es opinión de los pensadores sinceros, no sólo de América Latina, el que la humanidad pareciera puesta a dar marcha atrás, como si hubiera llegado a un punto de fatiga en el que lo más fácil es el retorno a la elementalidad. Los músicos, desde Perotin a Bach, desde Handel a Stravinski, desde Shoemberg a Varése, llegaron a tal grado de evolución que es imposible desarrollar más (pareciera), y entonces, como manera de desahogo para los creadores presionados, se les conecta electricidad a los instrumentos para dar impresión de modernidad, es decir, se deforma la magia de la acústica y se regresa estridentemente a los planos más primarios, como si la mente humana no hubiera acumulado tantos siglos de experiencias y sabidurías. Pero tal parece que esto estuviera sucediendo también en las demás materias y en las demás artes. Lo que sucede es que se está dando un ataque sistemático en contra de la cultura por parte de los gobiernos del Norte, con la abierta complicidad de los gobiernos del Sur. Cierto es: los monopolios ciegos y voraces que dominan el orbe están en contra de la cultura, ésa es la forma más eficaz que han encontrado para mantener desunidos y mejor seguir explotando a los pueblos.

En el desleal empeño cuentan con la traición de los intelectuales. La anticultura mina, y ellos están dispuestos a ayudar a minar; a cambio, hay todo un sistema de premios internacionales que dan dinero y prestigio. La traición está en marcha. El mundo continúa en el funesto periplo: el resurgimiento del racismo en Europa, retornando a estadios políticos y sociales que se creían superados por la historia; la increíble añoranza por el retorno de antiguas monarquías; el regreso de violentas burguesías nacionales, desangrándose entre sí; destrucción y fascismo por todos lados. En América, una inconsciente derechización de gobiernos e intelectuales, el retorno a la privatización y a neoliberalismos que ya desde el siglo pasado habían demostrado su fracaso; la vuelta a devastadoras epidemias, cómo el cólera, el paludismo y la tuberculosis, con la misma fuerza con la que diezmaron a los latinoamericanos de los siglos XVII, XVIII y XIX, epidemias prohijadas en el vientre de la miseria.

Pero en el momento en el que más se requiere fortalecer la resistencia, los intelectuales hacen su trabajo; ellos están en contra de la cultura, porque la cultura es peligrosa para quienes detentan el poder. Existe toda una confabulación de los poderosos y su alcahuetes en contra de la cultura, es decir, existe toda una confabulación contra la humanidad, incluyendo la parte de ésta que, aun viviendo en Europa, Japón o en Estados Unidos, forma parte también del Tercer Mundo. En una de  sus últimas actividades, el poeta Octavio Paz se presentó en la Residencia de Estudiantes, en Madrid, lugar en donde se reunían García Lorca, Alberti y otros distinguidos escritores de aquella generación. El poeta mexicano, ante un lleno total, leyó parte de su libro más reciente y de otro que aún estaba inédito. Lo leído fue de una simplicidad que ni siquiera como burla a la poesía se puede tomar, por lo anodino de los textos.  Aún así, el escritor, a quien yo en lo personal he considerado como el más grande poeta mexicano después de López Velarde, comentó frente a su atiborrado auditorio que estaba leyendo la parte más importante de la obra escrita por él en su vida. La traición de los intelectuales en vivo. La desculturización del mundo en punto. El golpe a la resistencia en la forma más artera. Advierte esa gran mexicana Aurora Reyes, en un poema dedicado precisamente a López Velarde: “ya vienen, Patria Suave, ya vienen otra vez los mercaderes”.

 

 

La era de los elefantes blancos

 

Y sin embargo, el dinero de las naciones pobres se gasta a manos llenas en nombre de la cultura. Para complementar la traición, se crean macroorganismos culturales en países en los que, por esencia, se carece de un programa cultural de gobierno. De esa manera, para impedir el acceso del pensamiento independiente, los ríos de millones de pesos se ponen en manos de funcionarios ineptos, con la orden de favorecer y fortalecer aún más a los intelectuales de la traición.

Recordemos aquel ridículo pasaje, en el que uno de esos funcionarios, Víctor Flores Olea, encabezando el macroorganismo cultural por excelencia de México, utilizó el dinero de un pueblo empobrecido para beneficio de un grupo de intelectuales prepotentes, cuyas posiciones dañaban precisamente el desarrollo cultural de ese pueblo. Después de que estos intelectuales todo lo obtuvieron del servil funcionario, ellos mismos promovieron su caída, ridiculizándolo ante la opinión pública. Éste es el lamentable funcionamiento de los millonarios microorganismos, mientras el índice de analfabetismo está ahí, presente, recordándonos que en la única nación nuestra en el que ha sido enfrentado de manera efectiva es en la bloqueada y calumniada isla de Cuba, a la que estos intelectuales abusivos tanto han atacado, así como han pretendido minimizar a nuestros mejores hombres de letras: Huidobro, Vallejo, Carpentier, Onetti, queriéndoles hacer pagar por su digna filiación de izquierda.

Los criollos mentales siempre resultan favorecidos con la creación de los elefantes blancos de la cultura. Aparte, el Norte colonizador también pone en juego sus procedimientos, mientras se despoja a la sociedad de sus valores de identidad. La iguana pare al colibrí nace con el espacio clausurado, con las alas encarceladas  entre las paredes de la muerte. Por delante están los negocios del Norte, y parece que eso fuera lo único que importara en el planeta. Cuando se creó el boom latinoamericano, fue el mercantilismo, y nada más, de libreros españoles el artífice de su existencia. Después los vientos del mercado cambiaron (ellos mismos los hacen cambiar para seguir engordando la bolsa), y, en la actualidad, esos mismos libreros de España, como por arte de magia, no volvieron por mucho tiempo a publicar un solo libro de autor latinoamericano. Algo muy sucio, que ya sabemos lo que es, subyace en todo esto.

 

 

Felipe, Rajoy, Aznar, en nombre de Dios y el rey

 

La Conquista no ha terminado, Felipe González, a bordo de su carabela de ignominia, llega a costas cubanas y desenvaina su espada en nombre de Dios ( la Comunidad Económica Europea) y en nombre del rey (Estados Unidos). Su furia sagrada de conquistador está tan presente como siempre; atrás de él, como una terrífica sombra, se yergue el árbol del que será colgado Cuauhtémoc.

Ante tales circunstancias, en esta innegable lucha de ricos contra pobres, a nosotros no nos queda más que reorganizar nuestra resistencia, desde lo cultural hasta lo político, e impulsarla a un cambio cualitativo que la transforme de pasiva en activa. La nueva organización requiere, como ya antes se había planteado, la liberación de los sindicatos, para hacer real la preservación de nuestra cultura, y una sólida alianza con la porción del Tercer Mundo que vive y es sojuzgada en las entrañas mismas del Norte. Debemos ver el hecho como es, como una confrontación entre ricos y pobres; con sentido de clase, no de raza. Los latinoamericanos debemos integrarnos plenamente para enfrentar esta lucha, en una integración  de etnias y de clases sociales, pero visualizando el problema desde una perspectiva global de pueblos saqueado, y no desde una negativa visión racista. Cuando el saqueo indiscriminado de los recursos naturales causa graves estragos en la ecología, el hecho bárbaro no agrede nada más a las etnias, sino a todos los habitantes del continente. El nivel de vida del Primer Mundo lo paga el Tercer Mundo, íntegro.

Debemos evitar con todas nuestras fuerzas (con la fuerza de nuestra cultura, fundamentalmente) ser arrastrados hacia el abismo por un Norte que ha dado un impresionante salto al pasado, en lo cultural y en lo político, minado por sus internas depresiones económicas, por su fanatismo y su racismo, por el choque de sus propias economías del poder, que nos ponen en peligro de una nueva guerra mundial que nos haga pagar otra vez necedades de las que no somos responsables.

 

 

“La cantidad hechizada” / Volará el Colibrí

 

Mientras tanto, los elementos que dieron lugar a la conquista, con las transformaciones lógicas del tiempo, siguen en pie. Sí existe la unipolaridad en el planeta, integrada por una multinacionalidad hegemónica –aún con sus diferencias entre sí-, a la que se viene a sumar, en plan de sirviente, el poder criollo de nuestros países. Nuestros pueblos, por su parte, han ido acrecentando la “cantidad hechizada”, una nueva cultura que brota de las multietnias, asediada pero que será la mayor defensa en la resistencia y la mayor fuerza para la liberación.

La traición de los intelectuales alistados en contra de la cultura, así como los marxistas de circunstancia, que cambiaron bandería en función del trasnochado liberalismo que desde el pasado tantos perjuicios nos abona, ha representado un fuerte golpe en esta lucha de resistencia; pero como dice Petras:

...las clases trabajadoras, las mujeres que trabajan y los pueblos indígenas y campesinos saben lo que son la explotación y condiciones locales; no necesitan intelectuales que les enseñen sus condiciones cotidianas. Lo que piden de los intelectuales es que les den explicaciones del contexto mundial más amplio, de los cambios estructurales y configuraciones de poder que actúan sobre su mundo, así como soluciones y estrategias viables para tratar con sus adversarios y poder transformar la sociedad en un orden social más equitativo a igualitario. En una palabra, piden que los intelectuales promuevan el liderazgo político e intelectual responsable, que rinda cuentas a los movimientos populares, democráticos y socialistas.

La traición de los intelectuales de la pasada generación, de los exmarxistas neoliberales, no es factor definitorio. Existe en estos momentos una nueva generación de intelectuales leales inmersos en el estudio y la reflexión acerca de pasados errores, adecuando el pensamiento teórico a las nuevas realidades políticas, a las nuevas necesidades sociales, en el trabajo de un nuevo lenguaje marxista que sigue siendo la única respuesta viable a los requerimientos de la actual era.

Mientras tanto, el Continente de la Imaginación, esta mestiza franja del planeta, no morirá en esta lamentable vuelta al pasado. Enfrentará la hegemonía como desde hace 500 años, pero dentro de su realidad multiétnica. Y tendrá que ser así. Lo demás es dividir. La disculpa que se les solicite, entiéndase como una invitación a que reconozcan sus crímenes de siempre.

En nuestra inmensa mayoría no somos indios ni europeos, como tampoco africanos ni asiáticos. Somos mestizos latinoamericanos, fuerza presente, lastimada hasta los huesos, pero de pie; realidad ineludible acrecentando su espacio vital en este periodo de vida. La resistencia de la Iguana lo sabe. El Colibrí alcanzará su vuelo.

 

 

 

 

 

 

Roberto López Moreno (Huixtla, Chiapas, 1942). Poeta, narrador y ensayista. Estudió en la Escuela Normal de Maestros. Ha sido profesor de la Escuela Carlos Septién García y la FES Acatlán, UNAM; colaborador de los programas radiofónicos “Buenos Días Noticia” en Radio ABC Internacional y “Una Voz en la Tarde” XEDF. Colaborador de El FinancieroEl Universal, Excélsior, Novedades, y Unomásuno. Es autor de más de una treintena de títulos de poesía, narrativa y ensayo. Premio de Cuento Tomás Martínez 1969 por A la hora del rosario; Premio de Poesía Rodulfo Figueroa 1974 por En el sur de la nostalgia. Premio del Concurso de Poesía Infantil La Edad de Oro 1980 y 1981, Cuba.