Ensayo

Los círculos del mal de Gabriel Jiménez Emán: La gran jaqueca y otros textos crueles. Por Carmen Ruiz Barrionuevo (Universidad de Salamanca)

 

 

 

 

Los círculos del mal de Gabriel Jiménez Emán:

La gran jaqueca y otros textos crueles

 

Carmen Ruiz Barrionuevo

Universidad de Salamanca

 

 

La larga obra de Gabriel Jiménez Emán (Caracas, 1950), excelente narrador, pero también poeta y ensayista, presenta una exploración del relato en sus varias dimensiones, novelas, cuentos y microrrelatos. Sin embargo, a pesar de esta diversidad que demuestra sus dilatadas cualidades, su obra está ligada en mayor medida a los textos más breves en los que se lo considera maestro indiscutible. Ello se justifica en una colección como La gran jaqueca y otros textos crueles[1] en la que, aparte de mostrar un manifiesto dominio en las varias posibilidades de la extensión de la escritura, se puede observar al mismo tiempo la intención de sobreponer una temática, el ejercicio del mal, con el propósito de homogeneizar y ofrecer un paso más en la presentación y definición de un mundo propio. En este sentido, esta colección puede servir bien para analizar la poética de autor, y aunque cualquier poética tiene mucho de inasible, se puede advertir su empeño por presentar las ficciones como proyectos de escritura, como una opción en la que la palabra se impone y toma las riendas, como iniciativa personal de la imaginación. Por tanto, en la lectura de estos textos hay que tener en cuenta dos elementos, la variedad de su dimensión formal y la confección de la anécdota, la homogeneización temática que sin duda repercute en la escritura y en la exposición de su concepción del mundo.

En relación con el tema que envuelve el libro, la  inserción del mal o la crueldad, es evidente que resulta un reto, por repetido, el incorporar en estos tiempos tales aspectos, que, sin embargo, no han perdido atractivo para los lectores, pero que implican un esmero de trazo y de razonamiento. Resulta visible que, con esta temática como eje, los relatos logran una tensión y una distancia que los convierten en un eficaz instrumento frente al lector. Es imprescindible tener en cuenta las palabras que, al comienzo del libro, justifican la iniciativa, con lo que el autor justifica y dota de trascendencia a cuanto de superficial y hasta frívolo pudiera desprenderse de las anécdotas tratadas:

 

 Los textos que siguen no son, evidentemente, una apología de la crueldad. No me atrevo a decir qué son, pero en todo caso intentan indagar en zonas grises de la naturaleza humana, sobre todo en aquellas en que el dolor es elemento principal. Digamos que se trata de un dolor extremo, un dolor que a primera vista puede parecer brusco, pero en realidad no es sino una metáfora de la condición de existir, tocada por una serie de matices que desean cubrir un vasto espectro de situaciones: amores, enfermedades, vicios, obsesiones, comportamientos, pasiones, anhelos truncos o insatisfechos y, por supuesto, la muerte[2].

 

De este modo, para el lector, la crueldad y el mal se tornan en expectativas de la mayor parte de estos textos que, por entero, forman parte de esa modalidad que se suele denominar minificción, subgénero consolidado en la segunda mitad del siglo XX, aunque también cuestionado al mismo tiempo en esas mismas décadas, pero que ha ido adquiriendo fuerza y significación dentro de la literatura contemporánea. Es perceptible que la obra de Jiménez Emán se ajusta a las pautas que Violeta Rojo llegó a fijar como características del género: la brevedad, “no llegan por lo común a las dos páginas impresas, aunque lo más frecuente es que tengan una sola página”; “Pueden o no tener un argumento definido” pues su característica es la “estructura proteica”, por lo que pueden participar de los rasgos de otros géneros como el ensayo y la poesía. Aspecto fundamental es que presentan un lenguaje cuidado, al adoptar las palabras justas acudiendo a temas o referencias culturales conocidas, lo que propicia presentar la anécdota con rapidez y eficacia al lector. Es habitual el uso de la intertextualidad y la práctica frecuente de la metaliteratura[3]. La concisión y la sugerencia son armas fundamentales para el escritor de estos textos breves que suelen esbozar rápidamente el espacio de representación,  y en eso el autor que nos ocupa exhibe una total maestría. Al respecto del narrador venezolano Wilfredo Illas comenta:

 

El relato minificcional estaría caracterizado por la economía del lenguaje, lo fragmentario, el alto poder de sugerencia, predominio del absurdo en una relación lúdica, surrealista, paródica y onírica; y, por la dimensión abismal, fantasiosa e insólita que mueve todas las piezas del texto minificcional, atrapando desde el asombro, la sorpresa y lo desconcertante, la expectativa y curiosidad del lector[4].

 

Como venimos diciendo, la estructura minificcional se combina en este caso con la temática del mal y su representación, amparadas desde siglos pasados por las concepciones filosóficas de autores como Friedrich Nietzsche y Antonin Artaud, cuyos planteamientos fueron ganando terreno en las últimas décadas del siglo xx como desafío y denuncia de la intolerancia, sin olvidar que en su representación estética se insertan también la ironía y el sarcasmo. Camille Dumoulié ha hecho notar que “el fin de la crueldad es lo real” y que

 

Hay ante cualquier acto de crueldad una especie de fascinación (a menudo horrorizada) que revela que ahí se manifiesta algo relacionado con lo esencial. La crueldad fascina y la mirada se deja atrapar [porque] la crueldad introduce a la experiencia de la intimidad  dolorosa que sería el contrario exacto de la piedad y que, en un solo acto, hace participar a la víctima y al verdugo de la misma violencia[5].

 

De cualquier modo este acto implica al lector y, al convertirse en estética, ha acabado imponiéndose en la representación del horror, muy en especial como consecuencia de las guerras mundiales que asolaron el pasado siglo y de cuya reflexión se ha ido consolidando una concepción del mundo pesimista, en la que se contempla al hombre y a la humanidad como epicentro de un único destino, su final, la extinción, la muerte. Se puede deducir también que el mismo horror se ha ido convirtiendo, a fuerza de representación, en una estética del espectáculo, que no solo persigue esos efectos estéticos sino que ha servido como denuncia de la injusticia. La estrategia de lo cruel visibiliza lo que está oculto y pretende borrarlo para reconstruir otra realidad más real. De ahí la manipulación de las imágenes y el exceso que se observa en su exposición. Todo ello responde a la presencia del mal en el mundo, pero también es consecuencia de la libertad del ser humano, que puede llegar incluso a producir la negación del otro, su  cosificación y destrucción. Bien y mal se articulan e interactúan de forma dialéctica como ha expresado Jean Baudrillard, “El Mal consiste en la denegación de esta dialéctica, en la desunión radical del Bien y el Mal y, por consiguiente, en la autonomía del principio del Mal. Mientras que el Bien supone la complicidad dialéctica del Mal, el Mal se basa en sí mismo, en la plena incompatibilidad”, con lo que el principio del mal como antagonista triunfa y se enseñorea en el mundo y por consiguiente, en las estéticas que lo representan[6].

Para plasmar la estética del mal en un texto es necesario deshumanizar o cosificar a los cuerpos, degradar lo humano. En este principio se basa el procedimiento de los narradores que utilizan el tema del mal. Jiménez Emán tiene en cuenta ese principio y trabaja un tipo de relato que se podría clasificar dentro del género de lo neofantástico[7] con el deseo de construir otra realidad nueva o un mundo ficcionalizado en el que sus personajes actúan para presentar una nueva percepción de lo real, o pudiéramos decir el envés de esa realidad. Porque en definitiva no sabemos qué es la realidad, tampoco si existe o no. Con sus relatos se tambalean ambos conceptos. El resultado es un producto estético que delinea una poética propia, que existe en sí mismo.

La obra del escritor venezolano apostó hace décadas por la brevedad, como afirma Wilfredo Illas, que ha estudiado bien su obra. Con Los dientes de Raquel (1973), “Gabriel Jiménez Emán no solo inaugura lo que sería su carrera de escritor, sino que además exhibe, como búsqueda narrativa, una pasión por la brevedad. De allí que este libro constituya una obra representativa y fundacional de la minificción venezolana y es que, la cortedad es auxiliada además por el humor, la fantasía y lo absurdo”[8]. De hecho el autor es reconocido como gran representante de la minificción venezolana, dentro de la cual se pueden contar varios escritores que, con mayor o menor constancia, desarrollan este tipo de textos, entre otros, Armando José Sequera, Wilfredo Machado, Luis Britto García Ednodio Quintero y Eduardo Liendo.

Dado que la extensión en la escritura minificcional es rasgo fundamental, me parece que en la revisión del conjunto que nos ocupa es importante observar, no solo esa dimensión del texto, sino también la disposición y la estructura del mismo, con el hábil inicio y el final que puede contener la sorpresa o la paradoja que cierran los textos[9]. Porque el objetivo de un escritor de minificciones es siempre componer con muy pocas líneas un espacio o un razonamiento insólito o absurdo que solo toma su sentido dentro de lo onírico o nos deja un espacio en el aire, en la ambigüedad de lo incierto o misterioso que solo puede completar imaginariamente el lector.  Me parece que este libro de Jiménez Emán, La gran jaqueca y otros textos crueles,  puede servir como ejemplo de una parte representativa de sus minificciones, no solo por el aspecto formal, las varias extensiones que los textos adoptan, sino también porque a través de esos personajes se nos presentan aspectos y procedimientos de una concepción personal que ha ido delineándose desde Los dientes de Raquel, hace ya medio siglo: el sueño, la pesadilla, la soledad, la alteridad, la incomunicación, la metamorfosis, la ironía o la crueldad.

Los textos más breves de este libro, que constarían de una a cinco líneas, son catorce. En ellos son evidentes la síntesis y la economía verbal. Dada la brevedad que los condiciona, en su mayoría no pretenden ser cuentos, salvo la sugerencia que pueda surgir en la imaginación del lector, en cambio abundan las reflexiones y la agudeza de pensamiento. Este rasgo es característico de las minificciones, cuyas fronteras textuales oscilan entre los géneros narrativo y de pensamiento. Este sentido se aprecia en algunas de estas brevedades que incluyen la intertextualidad con autores de la literatura fantástica como Borges o Cortázar, en claro homenaje a los grandes maestros, de sus libros y lecturas; práctica de la metaliteratura en suma. Es el caso de “El método deductivo” en el que se observa la continuidad espacial del lector y su lectura asesina. Por tanto es una ficción brevísima en la que se incluye el ingrediente de la sorprendente crueldad. La misma intertextualidad aparece en “Crónica de Gregorio Estévez” en claro homenaje a La metamorfosis de Kafka. Escritura y escritores aparecen en las dos líneas de “La importancia de ser autor según Gabriel Kraus”, en la que el humor se enseñorea en la boutade. Quizá la culminación de estas brevedades metaliterarias pueda residir en “Homenaje a Monterroso”: “Cuando el tiranosaurio rex despertó, el dinosaurio ya no estaba ahí”, en el que juega con una especie de variante del original que prolonga el efecto del autor primero.

Como bien señalan los críticos, estos textos breves o muy breves se nutren también de pensamientos y reflexiones que no llegan a desarrollar ficciones, pero que aguzan los sentidos y expanden las posibilidades de las minificciones a través del diálogo con otros textos, porque “la minificción es un artefacto literario experimental, lúdico, intertextual, extraviado del canon, elíptico, necesario de participación”[10]. Es perceptible que estos textos brevísimos están próximos a los aforismos, a las sentencias o hasta las greguerías. Algunos ejemplos pueden verse en títulos como “La responsabilidad del bebedor”, donde la paradoja infinita se establece entre obligaciones y placeres propios, con lo que se extrae el sentido  cruel y extenso que la vida impone; “Todo está como es” cuyas dos líneas constituyen una reflexión sobre la consecuencia inesperada de la premisa, “Cada vez que muere alguien en algún sitio, nace un ser humano en otra parte”; como también “El laberinto” que establece la dificultad de penetrar en la propia interiorización. “La prueba irrefutable” nos habla del sueño como única realidad o prueba de vida, por lo tanto, incierta, inasible. Un apartado especial, porque incide en las preocupaciones del mundo actual, es la reflexión desplegada sobre la tecnología en la que abunda el humor y el sarcasmo. Puede  verse en títulos como “En línea” que discurre sobre el progreso de las comunicaciones con un inesperado final: “Puesto que ya no le hacía falta hablar personalmente con nadie se hizo un implante telefónico cerebral que lo mantiene todo el día hablando consigo mismo en la sala del psiquiátrico”, o en “Encuentros lejanos”, donde expresa las paradojas del funcionamiento de los ordenadores y la complicada red de conexiones. Con ello abunda en la deshumanización agobiante del mundo que nos rodea. A pesar de la brevedad de estos textos importa mucho observar en ellos el esbozo de ficciones fantásticas: “El hombre que inventó el ajedrez” o “La mujer más bella”. En este último el misterio envuelve la presencia de la mujer haciendo imaginar un principio implícito de ficción: “Se esforzó en mirar a la muchedumbre: todos la veían, pero ella no veía a nadie”. En parecida línea “Suicida”, que se inicia como un cuento popular (“Érase un hombre que siempre quería suicidarse”) y traza una paradoja acerca de la propia vida humana, en la que se implican la vigilia y el sueño fortalecedor de la vida.

Los textos que superan la extensión de la brevedad de los anteriores y abarcan hasta las diez líneas casi igualan en número a los ya citados, pero, como era de esperar, la tendencia al relato y la posibilidad de ficción es más evidente. Cuentos muy breves podemos ver cómo se constituyen en microrrelatos, es el caso del acertado “Fetiches”, que se apoya en la sorpresa del desenlace, porque la descripción que ocupa casi todo el texto oculta el género de la persona que expresa su deseo amoroso. Con un preciso y bien calculado desarrollo, solo al final se descubre el lesbianismo de Susana, el personaje central que contempla con arrobamiento el afiche de Marilyn Monroe. Son ya más frecuentes en estos textos de mayor longitud las anécdotas en las que el mal aparece o se sugiere, como en “Bulimia”, con la estremecedora anécdota que evoca un misterioso origen, tal vez el maltrato físico y psíquico de alguien próximo. Y lo más impactante es que termina en la aceptación de la enfermedad: “Ahí mismo se dio cuenta de que acababa de ocurrírsele una idea genial”

La crueldad o el mal aparecen en varios títulos, como en “Eterna juventud”, que más que un relato es un texto reflexivo acerca de las singularidades de la existencia. El humor delinea a ese padre casi centenario que ve morir a los hijos jóvenes de enfermedades terribles. Es un texto que evidencia la crueldad del vivir, la paradoja que conlleva el transcurrir de las vidas de los seres humanos. Casi sarcástico en el manejo del mal es “La gran jaqueca”, que da nombre a la colección. En este caso es un minicuento con características propias y ejemplares que incluye como tema la presencia de un dolor insoportable que reclama el deseo de muerte. El final, que añade el dato más cruel con la idea de la decapitación, sugiere el mal y el dolor como connaturales para todos los vivientes.

Con estas imágenes se traza en el libro una armazón textual de rasgos malignos que funda su base en un sentir existencialista y en la que la exhibición de la crueldad responde al antídoto cauterizante y revulsivo para enfrentar la vida. Son, por tanto, cuentos de factura fantástica que promueven una poética propia en la que el humor en sus muchas variantes está muy presente. En una entrevista realizada por Lidia Morales Benito el autor explica esa mirada que es connatural en su trabajo:

 

el humor es siempre un arma crítica en sus diferentes graduaciones, que pueden ser: un humor leve, poético, nostálgico, cruel, negro --o cualquier color que se le ponga--, irónico, mordaz, satírico… en cualquier caso, sirve para desmontar las convenciones literarias, sociales, humanas, así como las instituciones, el humor sirve para eso. Sin ese humor, mis relatos no tendrían una motivación literaria. Sin él, mis relatos serían convencionales, clásicos, sin ninguna provocación. Porque en el fondo, yo lo que deseo es provocar y asombrar, yo no puedo escribir una narrativa donde no haya asombro, donde no haya interacción del ser metafísico, donde no haya crítica a las hipocresías del estatus…[11].

 

Con todo, varios de estos textos impregnados de humor se debaten entre la reflexión y la ficción, sin excluir la crueldad como pantalla de la ficción. Un ejemplo sería “El futuro lo es todo” que toma como centro al personaje de Arévalo, apasionado de la ciencia ficción y de todo lo que tiene que ver con el futuro. Como paradoja, será arrollado por un auto al salir de ver una película fantástica, y al no quedar nada de su cuerpo, no se supo ni siquiera si había existido. Otros podrían incluirse en este apartado, como “Pequeño cielo”, que plantea la permanencia de las conexiones familiares después de la muerte hasta con la sorpresa final de la vuelta al útero materno. El mejor aprendizaje” que conecta la justificación del suicidio con la escritura para terminar con la paradoja de que el infierno no tiene que ver con la literatura, sino con la fe. La presencia metaliteraria sigue presente y aparece en varios textos como “Byblos” donde se funde esta transtextualidad y la necesidad del libro. La paradoja condensa la actitud de quien ve quemarse su biblioteca pero se siente reconfortado por el mayor placer de rehacerla. También en “Manías del pensamiento”, donde se inserta el tema de la página en blanco y la llegada de la inspiración. Los temas de la tecnología y la ecología como constantes siguen presentes en estos textos de mayor amplitud, así la ironía que impregna La nueva droga” con la televisión como sustituto de la vida y la consiguiente manipulación de los ciudadanos. “Supervivencia” es una reflexión ecológica situada en el futuro y cuyo final permite ver que la humanidad se ha desplazado a Marte y contempla con nostalgia la tierra desde el abismo. Como se puede ver, algunos de estos textos pueden contener el esbozo de un desarrollo ficcional, incluso hasta con sugerencias intertextuales, cosa no tan necesaria, en el caso de las minificciones más breves, de las que se asume su carácter intergenérico y rompedor de barreras. Porque como ha hecho notar Lauro Zavala “las minificciones modernas son antinarrativas o ajenas a una intención narrativa dominante, si bien en cualquier material textual de carácter secuencial es imposible erradicar todo sentido narrativo. Para decirlo de manera programática, siempre se narra. Pero lo que distingue a la minificción moderna es que sus componentes textuales son opuestos a la minificción clásica”[12]. Los textos de Jiménez Emán asumen esta característica.

Muy próximos en extensión a estos relatos son la media docena de textos que ocupan alguna extensión mayor, como media página, y en los que aparecen esbozos de ficción sin excluir el tono más reflexivo. En algunos ensaya el tema policial como “Almuerzo” en el que la esposa del asesinado se cobra la venganza envenenando al abogado que aparentemente había resuelto del caso. “Dolores”, en la misma línea, es un cuento en el que la protagonista traspasa su cáncer al médico abusivo y cínico. En otros textos domina el tono reflexivo acerca de la vida y sobre todo de la muerte.  “La vida” traza el círculo del existir apoyándose en la inconsciencia de los actos vitales, desde el nacimiento a la muerte, un círculo que se sugiere en el comienzo de la primera y última línea, al repetir: “Fue engendrado y no se dio cuenta”. En “Fobia” se ejemplifica el horror a los hospitales. El final se resuelve en paradoja “Siguió fumando y salvó su vida”. “Inmortalidad” también traza el tema de la paradoja de la vida en el desarrollo de las enfermedades: “La señora vivió sana sin operarse hasta los 99 años, hasta el día en que dijo que se sentía de maravilla, tenía sueño, y se acostó a dormir”. El tono alcanza matices fantásticos en “El viejo Félix”, donde la sorpresa aparece está al final, con la crueldad de la muerte que combina lo familiar y lo fantástico. “El cuerpo del viejo se fue desinflando, hasta que de él solo quedaron en la tierra los calzones, la franela y las alpargatas, medio tapados con el viejo sombrero oloroso a cambur pasado”.

Como se puede apreciar la mayor parte de los textos que hemos citado son breves o brevísimos, aunque hay dos que destacan por su extensión sin dejar de ser también minificciones.  Ambos superan las dos páginas, y por tanto son los que más se acercan a las dimensiones normales de los relatos. Su sentido y desarrollo son casi opuestos, porque “La verdadera historia de María Lionza” toma como tema esa historia legendaria, uno de los grandes mitos orales venezolanos, frente a “El hombrespejo”, más onírico y vanguardista. El primero aborda el tema controvertido de la leyenda de María Lionza, incluyendo en su comienzo la figura de uno de los escritores que más contribuyó a la leyenda, Elisio Jiménez Sierra, autor de La Venus venezolana (1971). El propio Jiménez Emán es autor de un ensayo sobre este autor con el título “Elisio Jiménez Sierra: Tres facetas de su obra literaria” en el que pretende rescatar su obra para el presente[13]. El relato combina el testimonio personal, la reflexión y el final sorprendente que viene a canalizar una apropiación de este mito rural y sincrético sometido a la polémica por su origen y permanencia. El segundo texto más amplio, supera las dos páginas, lleva por título “El hombrespejo”. En él la imaginación tiene una gran visibilidad. De hecho el propio Gabriel Jiménez Emán aclara en una entrevista a Eloi Yagüe: “Mis cuentos parecen realistas por la ambientación y el manejo del tiempo, pero en la mayoría de ellos está presente la materia imaginaria del inconsciente: sueños, recuerdos permanentes, flash backs, historias cruzadas. Mis personajes no tienen dirección del ser, viven una especie de nada, de vacío existencial, en contextos urbanos, Caracas aunque no se nombre”[14]. Tal vez este cuento puede ser el mejor ejemplo de este planteamiento. El motivo central parece presentar alguna similitud con la idea que lanzó el chileno Vicente Huidobro al referirse en sus manifiestos a la creación pura: “En una conferencia que di en el Ateneo de Buenos Aires, en julio de 1916, decía que toda la historia del arte no es sino la historia de la evolución del Hombre-Espejo hacia el Hombre-Dios, y que al estudiar esta evolución uno veía claramente la tendencia natural del arte a separarse más y más de la realidad preexistente para buscar su propia verdad”[15]. En todo caso la idea central es habilidosa al presentar a un hombre que refleja las cosas del mundo y por tanto carece de personalidad, escondiendo una gran tragedia por carecer de profundidad: “No expresa nada mío, no refleja nada de lo que yo siento, sino de lo que sienten los demás”. Después de sucesivos avatares, la alegría del encuentro con un amigo ocasiona un final en el que “el resto de su cuerpo iba adoptando la forma brillante del azogue”.

Sin embargo, una buena parte de los textos que se incluyen en este libro presentan una extensión de una página, más o menos, y en ellos puede observarse la misma pauta que en los anteriores. Tal y como sucede en las minificciones más breves, los textos se reparten entre los temas reflexivos y los de tema ficcional. Entre los primeros se pueden ver los que entrañan un toque metaliterario como “Juan Coronel lector”, que se fundamenta en un elogio de la lectura: “Vivió entonces del recuerdo de lo que había leído, y cuando la memoria comenzó a fallarle para atraer con precisión versos, fragmentos, ideas, imágenes o personajes, entonces empezó a acordarse de la vida real que había llevado antes del fatal accidente donde había perdido a toda su familia”. En parecida línea “Monólogo de Gabriel Kraus”, de tono reflexivo y de sarcástico egocentrismo, en una línea metaliteraria. Otros desgranan meditaciones filosóficas, “Diálogo en un bar”, el sinsentido de la vida y el sinsentido del diálogo: “A lo mejor ese sea el mejor sentido de la vida: el de notar su sinsentido”. Y el texto que cierra el libro, “El reloj hechizado”, fantasía que acompaña el maleficio que imprime el reloj, símbolo del tiempo y de lo inexorable que acecha toda vida.

Varios de estos textos de una página presentan una mayor tendencia a la ficcionalización, muy en especial en el tema de la crueldad en seno de la familia o de las relaciones personales. Entre ellos podemos ver algunos impactantes como los que toman el tema de las relaciones de pareja. Es el caso de “Amor natural”, en el que con exacerbada ironía se centra en la vida del hombre de ciudad que se instala en el campo y corteja a su vecina Viviana en contra de la opinión familiar. En el final, próximo a un drama rural, un antiguo pretendiente, que los padres le habían acordado, lo mata de un machezazo al abrir la puerta. El cruel sarcasmo se abre en las últimas líneas: “Le enterraron en la cristiana paz de los campos andinos, y todos los años el matrimonio, que vive en la antigua casita de Arturo, le lleva flores a la tumba, en el cementerio municipal”. En situación muy similar tenemos “El secreto de la inmortalidad”, de corte policíaco, en el que marido trama el cambio de las pastillas envenenadas para conseguir marcharse con su amante y, como en el anterior, el mal triunfa. Son cuentos de gran crueldad referidos a las relaciones de pareja: “Nadie puede conseguir el secreto de la inmortalidad. Pero tengo el consuelo de que a mí la muerte tuya alargará lo que aún me queda de vida. Ya lo sabía todo, por supuesto: Cambié la píldora en el último momento”. La crisis se manifiesta en “Acuerdo matrimonial” mediante signos gráficos de jitanjáforas que traducen la incomunicación. Igualmente la ironía deriva en parodia y sarcasmo. En todos estos casos se expresa la fractura de la realidad, con una verosimilitud conseguida, necesitada también de la participación del lector. Son estos siempre textos abiertos que rompen la lógica que rige el mundo, en los que lo inexplicable aparece dando paso a la irrupción del mal. En otro sentido la relación de pareja aparece en “Los labios de Diana”, con un sorprendente y bien llevado desenlace. El mal asoma en esos besos que embrujan y que al final provocan el propio suicidio: “Fue hasta su habitación, se sentó frente al espejo y besó a su propia imagen en los labios largamente, hasta que fue perdiendo fuerza, desvaneciéndose y quedando sin vida en la tibia alfombra de su cuarto”. El simbolismo aquí se traduce en la fusión del bien y del mal; el beso, manifestación del bien, es al final un instrumento del mal.

Textos ficcionales que se ambientan en el seno familiar podemos leer varios. Es muy gráfico “El hambre” que, dentro de una estética de la crueldad que recuerda “La carne” de Virgilio Piñera, hace referencia a la necesidad de comer carne humana ante la carencia de sustento. Claro que en este caso el matrimonio se come a la sirvienta, lo que evidencia la desigual relación social y la sumisión de clase: “Laura no resistió y le mordió un muslo. La muchacha se quedó quieta, disfrutando de las nuevas mordidas de la señora a sus jugosas piernas morenas”. En cambio la relación paternofilial subyace en “La mano” que toma el tema de “Orlak, el infierno de Frankenstein”, película mexicana de 1960. Orlak es el monstruo creado por Frankenstein, eso explica la crueldad del cuento: “Si no te ponía ese nombre estaba condenado a tener para siempre una mano asesina, que en cualquier momento podía estrangularme”. La implicación de vida y ficción (la película) es patente en este cuento, algo que goza de las preferencias del autor en más de uno de estos textos. La ficción condiciona a los personajes causando perjuicios en sus vidas. El final es sorprendente y sangriento, la mano izquierda corta a la mano derecha. Tras este gesto cruel se simboliza el autoritarismo paterno que aparece también en algunos de los textos del libro. La culminación de esa relación paternofilial se produce en su rango más alto en “La pelota en el blanco” donde la hija venga el incesto del padre del que es fruto la supuesta nieta-hija. Constituye una estremecedora y calculada historia.

Algunos de estos textos de una página podrían incluirse en lo que definiríamos paradojas de la vida, o los azares concurrentes. Es el caso de “Adiós a las armas” en el que se desarrolla un cuento con todos los elementos: el hombre que una vez cumplida la carrera militar renuncia a su uniforme y a las armas. La ironía reside en que al final le falta el arma que pudiera haberle salvado de la agresión y en la que no muere pero queda inútil, para continuar su vida trabajando en un almacén militar. “Por fortuna la bala no le mató. Se recuperó más pronto de lo pensado, solo quedó un tanto atolondrado de por vida, y le han conseguido un empleo como organizador de mercancía en el almacén militar”. En parecida línea vemos “El fin del mundo”, en el que el personaje encuentra la propia muerte en un abismo. Otros pueden citarse como “Había llegado al fin del mundo” o “La cirugía del otro” sobre el tema del doble, ingeniosa confusión de personalidades.

Una valoración general de La gran jaqueca y otros textos crueles implica observar la poética del autor que manifiesta una visión de la vida como un contraste dialéctico entre el bien y el mal. El mal o la crueldad siempre como desorden y antídoto ficcional que esconde el deseo de un bien que entrañaría el orden social. Lo anormal, el mal y la agresión física y psíquica, toman la delantera en estas ficciones para hacer ver la atrocidad de este mundo. El bien queda oculto, el mal triunfa y produce sorpresa y hasta conformidad, y es que esta visión del entorno solapa una concepción existencialista en la que la muerte toma la delantera de la vida. De ahí que esta mirada cruel resulte subversiva pues se permite presentar lo inevitable, que es la muerte, muy presente en sus textos, hasta alcanzar el sinsentido o el azar que gobierna la vida. Sin olvidar el tema metaliterario, siempre recurrente en estos textos, que es el único que supera esta posición permaneciendo por encima del mal, pues tanto la lectura como la escritura plantean la intromisión de otros mundos más vivibles y mejores. Estas son, tal vez, el único escape de un mundo que asedia la vida y la condena.

 

 

 

[1] Citamos por Gabriel Jiménez Emán, La gran jaqueca y otros textos crueles, San Felipe, Estado Yaracuy, 2002. Contiene 53 textos a los que preceden un “Prólogo del autor” y “Carta a Steven Spielberg”.

[2] La cursiva es de Jiménez Emán.

[3] Violeta Rojo, Breve manual para reconocer minicuentos. México, Universidad Autónoma, Unidad Azcapotzalco, 1997, pp. 8-9.

[4] Wilfredo José Illas Ramírez, “Los dientes de Raquel de Gabriel Jiménez Emán: Un abismo en miniatura” en Revista Noesis, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, 27, 54, jul-dic. 2018, p. 116.

[5] Camille Dumoulié, Nietzsche y Artaud. Por una ética de la crueldad. México, Siglo XXI Eds. 1996, pp. 22 y 24.

[6] Jean Baudrillard, La transparencia del mal. Ensayo sobre los fenómenos extremos, Barcelona 1991, p. 149.

[7] Ello significa que se incluye en la corriente renovadora de lo fantástico que se produce en el siglo xx en narradores como Julio Cortázar. Lidia Morales Benito analiza este aspecto en varios de sus textos: “Estudio de lo neofantástico en La gran jaqueca de Gabriel Jiménez Emán” en  VV. AA. Gabriel Jiménez Emán, Literatura y existencia. Valoración Múltiple de su obra. Alejandro Sebastiani Verleza (prol),  San Felipe, Estado Yaracuy 2012, pp. 124-134.

[8] Wilfredo José Illas Ramírez, “Los dientes de Raquel de Gabriel Jiménez Emán: Un abismo en miniatura” en Revista Noesis, loc. cit., p. 107.

[9] Nos apoyamos en la opinión de Wilfredo Illas: “La aproximación a los textos del libro Los dientes de Raquel, que se ha planteado para este trabajo, se enfocará en tres dimensiones: a) el inicio como enganche del lector, b) el desenlace como golpe final; y, c) el suspenso como atmósfera del relato minificcional (Ibid. 107). Hay que añadir que Wilfredo Illas es autor de una tesis sobre el tema presentada en la Universidad de Carabobo en 2008, El minicuento y el microrrelato como estrategias discursivas de la ficción minimalista en Los dientes de Raquel, Saltos sobre la soga y 1001 cuentos de 1 línea de Gabriel Jiménez Emán.

[10] Violeta Rojo, “Esto no hay quien lo entienda”. La minificción como forma literaria intertextual” en Pilar Couto Cantero y otros (Coord.), 10th World Congress of International Association for Semiotic Studies, Culture af Communication, Universidade da Coruña, 2012, p. 1633.

[11] Lidia Morales Benito, “Literaturizar la vida. Entrevista a Gabriel Jiménez Emán” en VVAA., Nueva valoración crítica de la obra de Gabriel Jiménez Emán. Santa Ana de Coro, Eds. Fábula, 2019 pp. 221.

[12] Lauro Zavala, “Hacia una semiótica de la minificción”. En  MicroBerlín: de minificciones y microrrelatos. Coord. por Ottmar Ette, Dieter Ingenschay, Friedhelm Schmidt-Welle, Ferran Valls i Taberner. Madrid, Iberoamericana/Vervuert, 2015, p. 13.

[13] Fue publicado en la revista electrónica Crear en Salamanca, 1 de septiembre de 2017.

[14] Citado por Carmen Quintero “Presencia del elemento onírico en los cuentos de Gabriel Jiménez Emán” en VVAA., Nueva valoración crítica de la obra de Gabriel Jiménez Emán, op. cit. p. 126

[15] Vicente Huidobro, “La creación pura” en Obra selecta, selección, prólogo, cronología bibliografía y notas Luis Navarrete Orta. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1989,  p. 298.

 

 

 

 

 

 

Gabriel Jiménez Emán es narrador, ensayista y poeta. En el campo del microrrelato ha publicado obras consideradas referentes del género en Hispanoamérica, como Los dientes de Raquel (1973), Saltos sobre la soga (1975), Los 1001 cuentos de 1 línea (1982), La gran jaqueca y otros cuentos crueles (2002) y Consuelo para moribundos (2012) e Historias imposibles (2021) y entre sus libros de cuentos más conocidos están Relatos de otro mundo (1988), Tramas imaginarias (1990) y La taberna de Vermeer y otras ficciones (2005), entre otros. En el campo de la ciencia ficción son conocidas sus novelas Averno (2006) y Limbo(2016) y dentro de la novela histórica Sueños y guerras del mariscal (1995) y Ezequiel y sus batallas (2017), y varias novelas cortas como Una fiesta memorable (1991), Paisaje con ángel caído (2002), El último solo de Buddy Bolden (2016) y Wald (2021). Ha publicado numerosos ensayos, algunos de los cuales se hallan en sus libros Provincias de la palabra (1995), El espejo de tinta (2007), Mundo tórrido y caribe. Cultura y literatura en Venezuela (2017), y sendos estudios sobre César Vallejo, Elías David Curiel, Franz Kafka, Armando Reverón, Rómulo Gallegos, y un ensayo sobre filosofía moderna, La utopía del logos (2021). Su obra poética se encuentra reunida en los volúmenes Balada del bohemio místico (2010), Solárium y otros poemas (2015), Los versos de la silla rota (2018) y Hominem 2100 (2021). En 2019 recibió el Premio Nacional de Literatura por el conjunto de su obra.

 

 

 

Carmen Ruiz Barrionuevo. Catedrática de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca. Anteriormente, fue profesora de la Universidad de La Laguna en las Islas Canarias. Es autora de más de un centenar de artículos acerca de las literaturas cubana y venezolana, así como de poesía y prosa contemporáneas.