Lo heroico en la historia de las revoluciones de Cuba y Bulgaria. Por Adriana Vasíleva

 

 

Lo heroico en la historia de las revoluciones de Cuba y Bulgaria

 

Adriana Basíleva

 

 

Al otro lado del Atlántico, aislada del mundo moderno y de sus nuevos y cada vez más finos y pomposos valores, intentando fundir lo que traspasa el océano en su propia cultura, América Latina nunca llega a perder la memoria de sí misma, a diferencia de tantos otros pueblos que viéndose a salvo bajo la tutela de los mayores y más respetuosos pueblos dan por inútil y tiran a cualquier lado su identidad.

Nunca existió un método más fácil para sobrevivir que el de copiar las acciones que resultan fecundas y seguir los caminos seguros y rectos. Pero la vegetación salvaje de las selvas no conoce los caminos rectos, la sencillez de la naturaleza no entiende las leyes escritas. La arena cálida de los desiertos es incapaz de obedecer al molde y nunca un páramo fue casa del orden. Los pueblos latinoamericanos crearon sus propias rutas por entre todas las culturas que se sincretizaron en sus tierras y su viaje fue único en la historia. Ningún otro pueblo caminó como ellos, ya arrodillado, ya bailando con pasión, y ningún otro pueblo habló como ellos, contando entre verdad y fantasía su anécdota de dolor, de alegría, de crisis y de poesía. Estas rutas marcadas por la sangre derramada y por el oro fundido, por la ceniza de los códices e ídolos quemados y por los rosarios rotos, estas rutas que embriagan al viajero confundido con un olor a ron y cachaza y enloquecen su oído con ritmos diabólicos y angélicos de tambores, de flautas y guitarras, estas rutas atraen a cualquier extranjero, quien en busca de los misterios de estas rutas, sea en los libros, sea en las mismas tierras, revela su incapacidad de buscar por debajo de lo que sus sentidos le ofrecen, pues nunca una raza pudo con lo que otra creó. De modo que estas rutas quedan impermeables a las ansias y conocimientos ajenos y siguen su serpenteo autónomo por entre los suspiros y las maldiciones sin descubrir los puntos débiles de su esencia. El principio y el fin de estas rutas se pierden en una niebla de muchos colores, la homogeneidad hipnotiza al bisoño y hace más curiosas las mentes lúcidas. ¿Cuál es la fuerza que hace la ruta cambiar de dirección? ¿Cuál es la fuerza que mueve el tiempo? Pregunta tras pregunta las rutas se alargan. Y el tiempo pasa. Los héroes clavan sus banderas en los recodos y se sacrifican haciendo las rutas más firmes. Y así vivimos, aspirando el aire de los antepasados, espirando el aire para los que están por llegar, respirando un aire que es siempre el mismo y nunca es nuestro.

Las rutas latinoamericanas son únicas y al mismo tiempo son universales: tienen recodos y bifurcaciones, tienen motivos y efectos, sobre todo, tienen historia. Y si tienen historia es porque los hombres estaban allí para esculpirla de las piedras y pulirla con su sangre y lágrimas. Las lágrimas... desde siempre que los hombres lloran, pero no hay nada que sepa a lo que saben las lágrimas de estos pueblos. Y la sangre... desde siempre que los hombres la derraman, pero no hay sangre de tal procedencia y que de tal modo chorree por las escaleras de las pirámides y empape las camisas como la sangre de estos pueblos. Y he aquí el secreto de estos pueblos, escondido en una pregunta simple: ¿por qué lloran y por qué derraman su sangre y cómo?

Los débiles solo lloran y los que gobiernan a los débiles derraman la sangre de los que gobiernan. Un único tipo de hombres lloran y no lloran por ser débiles, sino por los débiles, y por ellos mismos derraman su propia sangre. Este único tipo de hombres son los héroes, quienes desde que existe el mundo son los únicos que dirigen según su propia voluntadр sus lágrimas y su sangre.

Los héroes rara vez nacen en los pueblos grandes en triunfos. Donde se los necesita es en los pueblos humillados a los que les fue robada y prohibida la voluntad de decidir su destino. Allá es donde nacen los héroes valientes - entre los más débiles y asustadizos. Y se encuentran con las rutas de la Humanidad en la formidable y todopoderosa madre de cualquier lucha - la Palabra. Este encuentro es tan poético como terrible. Y es que casi siempre los héroes mueren para fundirse en la fuerza de las palabras.

 

 

 

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En un parque pequeño que da el inicio de la avenida “Konstantin Shtárkelov”, muy cerca de la embajada de Cuba, en la bonita ciudad de Sofía, se eleva el busto de quien fuera el apóstol de la Independencia de Cuba y uno de los máximos representantes del modernismo. Un día cualquiera, al llegar la primavera (y es que la primavera es la estación más apropiada en su simbolismo para el contexto de los hechos que serán contados), un profesor joven de carácter y melena fogosos se dedica a transmitir el recuerdo de otro joven profesor (no sé si las palabras “educador” y “maestro” serán mejores para el caso) a sus alumnos de 10 y 11 años.
Es la memoria colectiva, la fuerza que mueve el mundo. Es el año 2009, pero el joven profesor parece dar una lección de lo que sucedió hace más de unos 100 años. “…Martí fue el mentor de nuestra Revolución a cuya palabra había que recurrir siempre para dar la interpretación justa de los fenómenos históricos que estábamos viviendo, y el hombre cuya palabra y cuyo ejemplo había que recordar cada vez que se quisiera decir o hacer trascendente en esta patria… porque José Martí es mucho más que cubano; es americano, …su voz se escucha y respeta no solo aquí en Cuba sino en toda América”. Con estas palabras se dirigió el joven Comandante Che Guevara hacia un grupo de entusiastas jóvenes que lo aclamaban el 28 de enero de 1961, aniversario del natalicio de José Martí. Parece que todo se repite (o al menos las cosas lo suficiente dignas para que ocurran una segunda vez) porque nuestro profesor joven les explicó casi lo mismo a los niños que tenían los ojos llenos de estrellas y quién sabe de qué cosas más y no recordaron bien esas palabras importantes. Él dijo:”José Martí fue un poeta y revolucionario cubano que murió en nombre de la Libertad”. Son palabras tan sencillas y bonitas a la vez. Palabras cargadas de la energía de mil héroes. ¿Pero qué hilitos de la historia universal crearon este momento tan prosaico, tan diminuto, tan humano aquel día insignificante, en aquel parque pequeño que estaba tan lejos de las malezas prosaicas de la zona de Dos Ríos, desde la que los tres disparos de los españoles alcanzarían a José Martí que se inmoló en nombre de la que sería el valor más grande de la Humanidad? ¿Tendrán los héroes la recompensa de ser proclamados por las generaciones de hoy cuyos ojos solo ven “las estrellas, delante de sí ellos no ven nada”? ¿Será la pluma liviana y frágil más poderosa que la espada afilada y pesada? Pregunta tras pregunta el modernismo se extiende por el mundo, el pensar otra vez se vuelve vital. Una nueva época empieza, las primeras flores de la primavera ya han florecido, nada puede neutralizar su aroma rehabilitador y sus colores vivos, su aviso de la metamorfosis tan esperada ya se ha extendido por los campos. Los pueblos se despiertan de su sueño invernal. “Me parece que me matan un hijo cada vez que privan a un hombre del derecho de pensar”, diría el joven revolucionario. Hoy en día casi todos los hijos de Martí están vivos.

 

“Esparciendo a las nubes/ La esencia humana,/ Que en lento giro asciende/ De la batalla”[1], la palabra a veces genera mitos y venera a personalidades ilusorias. Parece que es la debilidad más grande del ser humano. Lo es porque no hay cosa más humana que ella. La palabra hace soñar al hombre tanto despierto como dormido, ella lo hace tener fé, ella lo hace amar (y aveces odiar), ella lo hace elegir sus ídolos y caudillos, en resumen, ella lo hace vivir porque conserva su memoria física y espiritual. La evolución, la característica eterna del mundo natural, no tiene necesidad de las palabras, ella ocurre por sí sola desde siempre. Pero la revolución, esta prolongación de la indignación y la lucidez humana, ella sí necesita las palabras porque las palabras divulgan los ideales (haciéndolos a veces más espléndidos de lo que son), dinamizan la lucha y el pensamiento y mecen las cunas de los futuros héroes. La palabra-saber vale siempre más que la fuerza, es lo que nos enseña Meñique del cuento de José Martí de “La edad de oro” y es porque la palabra-saber da el derecho de elegir, haciendo libres a los que la llaman.

Palabra tras palabra las decisiones que hacen los héroes se multiplican. Ellos no son dioses, tienen sus responsabilidades, y su naturaleza humana a modo de base de sus hazañas los hace lucir aún más audaces. Una de las elecciones de los héroes es luchar, no quedarse inertes en manos de la fortuna. Es la lucha como camino hacia la libertad, el camino de los héroes revolucionarios José Martí y Hristo Bótev.

“El arma es para herir, y la palabra para curar las heridas”, escribe José Martí en el primer número del periódico “Patria”. Él y Hristo Bótev comparten destinos muy parecidos. Sus caminos históricos no son los mismos, pero sus ideales son comunes:”libertad o muerte” – lo que pone en las banderas de los revolucionarios búlgaros, “patria o muerte” – el lema de Cuba.

Desde jóvenes los dos exponen en sus obras los valores que van a dirigir su futuro: el amor, la misericordia, la honradez y la nobleza. Sin embargo, el camino hacia esos valores supremos y hacia el autoconocimiento está lleno de dificultades y el Yo lírico difícilmente encuentra a alguien con quien compartirlo. Eso destruye su paz interior, mata sus esperanzas y deseos y lo llena de dudas – su vida se gasta “con tontos que nada comprenden”[2] (“Mis años jóvenes, madre, se secan / y, malheridos, ay se marchitan.”[3]). De manera semejante, a través de una metáfora, Martí expresa el tragismo del hombre en su poema “Dos patrias”:

 

....Está vacío
mi pecho, destrozado está y vacío
en donde estaba el corazón. Ya es hora

de empezar a morir.[4]

Aquí, a semejanza del poema de Bótev “A mi madre”, es mejor elegir la muerte ante el vivir sin sentidos o sentimientos, ante la marchitez del alma. El verso que mejor resume esta única alternativa honorable es el primero de la última estrofa del poema “Hierro” de Martí:” Grato es morir, horrible, vivir muerto.”

Pero los héroes auténticos nunca se quedan mucho tiempo bajo el poder del aislamiento y la desesperación. Ningún patriota verdadero es capaz de resignarse y de aguantar a los tiranos de la patria. Es la fórmula según la que vive el esclavo, el ciego, pero no el lúcido: “...y el pecho madre no puede/ mirar que el turco asuela/ la que es mi casa paterna”.[5] En uno de los poemas del poeta cubano, en el cual también descubrimos la imagen de la madre, el patriotismo está visto de una manera semejante a la de en “Despedida” de Bótev:

 

El amor, madre, a la patria
no es el amor ridículo a la tierra,
ni a la yerba que pisan nuestras plantas;
Es el odio invencible a quien la oprime,
es el rencor eterno a quien la ataca[6]

 

En ambas obras encontramos los idénticos valores morales del Yo que niega la filosofía de la resignación y se opone al mismo tiempo contra el enemigo y contra la pusilanimidad del esclavo: el Yo ama fuertemente la patria y odia fuertemente a los opresores. De esa manera el hombre encuentra en la Obra de la Revolución la continuación de su revuelta, la revuelta que le da sentido al camino.

Pero la Misión del protagonista lírico no es solo la de oponerse contra los opresores, sino también inspirar a sus compatriotas a identificarse con esos arrebatos suyos, encontrar a personas que luchen al lado suyo. Y es aquí donde nos tenemos que acordar del papel importante de las palabras en la Obra de la Revolución. “Mi verso es como un puñal”, señala el hombre lírico de Martí. Y es que la palabra-mente y el arma-mente puesta en acción son los recursos más importantes en la lucha contra la esclavitud.

Y entonces, cuando ya todo se ha hecho, las salidas son dos: libertad o muerte, porque “en una revolución se triunfa o se muere, si es verdadera”[7]. Y si la Obra de la Revolución se hace exitosa, la madre será la primera en recibir al luchador: tanto en “Despedida” de Bótev (“tú, madre, ven junto a mí,/ acércate, madre, abrázame,/ bésame la frente...”), como en “El enemigo brutal” de Martí (“Me viene a buscar mi madre. (...) “Y después que nos besamos/ Como dos locos...”[8]). Y si los héroes mueren en la lucha por la Libertad, ellos nunca serán olvidados y nunca morirán de verdad, porque también la Libertad es inmortal. Porque como escribe el poeta cubano en el periódico “Federalista” en 1876:” La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”.

Y entonces, cuando ya todo se ha hecho, y la salida es un hecho consumado, queda el recuerdo, queda la canción de los que sacrificaron sus vidas en nombre de la patria:

 

Un niño lo vio: tembló

De pasión por los que gimen;

Y, al pie del muerto, juró

Lavar con su sangre el crimen.

 

La idea de estos versos finales de “El rayo surca, sangriento...” de José Martí es analógica a la idea de “Despedida” en los siguientes versos:

 

que recuerden y me busquen,

blanco mi cuerpo entre las rocas,

entre las águilas, blanco,

negra mi sangre en la tierra

 

Es la idea de que la Obra y los deberes hacia la Patria tienen que ser recordados y continuados por la futuras generaciones. El mejor ideal de cualquier patriota, de cualquier hombre, tanto cubano, como búlgaro – la Libertad – será conservado.

Ambos Martí y Bótev mueren jóvenes en los campos de batalla. Pero su muerte es únicamente el inicio de su inmortalidad, de la inmortalidad de sus valores. Porque los valores verdaderamente importantes que dirigen los hombres lúcidos no pertenecen a los límites del tiempo y del espacio. Porque para Bótev y para Martí “no hay alternativa sino la libertad/ No hay más camino que la libertad/ No hay otra patria que la libertad”[9].

 

 

 

[1] “A la Palabra”, José Martí, http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/ha/marti/a_la_palabra.htm

[2] “A mi hermano”, Hristo Botev, 2008, “Eternidad”, editorial “Bulgarski pisatel”

[3] “A mi madre”, ibid.

[4] http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/ha/marti/dos_patrias.htm

[5] “Despedida”, ibid.

[6] http://espaciolaical.org/contens/30/6163.pdf

[7] Che Guevara

[8] http://www.damisela.com/literatura/pais/cuba/autores/marti/sencillo/xxvii.htm

[9] Por esta libertad (Fayad Jamís)

 

 

A partir de la lectura de este ensayo hemos elaborado una selección de algunos de los poemas de José Martí que la autora menciona. Pueden leerse en el siguiente enlace o en nuestra sección de Poesía.

 

Adriana Vasíleva. Nació en Sofía, Bulgaria. A los 10 años empezó a estudiar español y a partir de entonces su vida está estrechamente relacionada con la lengua, la literatura y la cultura del mundo hispanohablante. Como estudiante de secundaria en el Instituto Bilingüe de Bachillerato “Miguel de Cervantes” empezó a asistir a las clases de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Sofía “San Clemente de Ohrid”: aventura a la que le inspiró la lectura de “Pedro Páramo” a los 13 años y de “Cien años de soledad” a los 15. Se graduó en el 2016 e ingresó como laureada de la Olimpiada Nacional de Español en la misma universidad, donde estudia Filología Hispánica. Fiel amante de la escritura y los idiomas, considera que el mágico don de la palabra es el mejor don con el que el hombre fue dotado. Sus temas predilectos son la muerte, la locura, los sueños, los recuerdos y el amor. Además de poesía, compone relatos cortos tanto en español como en búlgaro y actualmente está escribiendo su primera novela “Anamnesis”.

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