Ensayo

Literatura portuguesa contemporánea. Un mosaico fluido: Fernando Pinto do Amaral

 

 

 

 

Este ensayo aparece publicado íntegramente en Alforja. Revista de Poesía, número XXVI, otoño, 2003.

 

 

 

 

Literatura portuguesa contemporánea. Un mosaico fluido

 

Fernando Pinto do Amaral

 

Traducción de Miguel Ángel Flores

 

 

1.- Siempre que se abordan las tendencias contemporáneas, cualquiera que sea la perspectiva elegida, se corre el riesgo de la distorsión, ya que muchas obras se encuentran aún en una fase evolutiva cuyas coordenadas permanecen fluidas y susceptibles de alteraciones. Apuntado lo anterior, convendría recordar que tal vez el aspecto más importante de las transformaciones sufridas por la literatura portuguesa en los últimos años (o sea, desde la instauración de la democracia en 1974/1976) consista en la pérdida de importancia de la idea de vanguardia y en la progresiva desaparición de los grupos y movimientos literarios que marcaron el siglo XX hasta los años sesenta/setenta (modernismo, neo-realismo, experimentalismo, etc.). De hecho, cada escritor se presenta hoy no como el portavoz de un mensaje colectivo, sino sencillamente como el dueño de una mirada personal, que expresa y da forma a un universo singular.

 

2.- Ahora que se encuentra ya completamente reconocida la sombra tutelar de Fernando Pessoa, el paisaje poético está constituido por un mosaico de obras individuales en el cual se destacan, desde luego, dos autores que empezaron a escribir en los años cuarenta —Sophia de Mello Breyner Andersen y Eugenio de Andrade—, quienes cultivan una depuración, una limpidez y una luminosidad que auscultan lo real y traducen un conocimiento poético de la existencia. Otros nombres fundamentales de nuestra poesía en este inicio de milenio son algunos de los sobrevivientes de la década de los cincuenta, que pueden dividirse en varios grupos: por un lado, lo que pretenden revalorizar la lengua poética, como Pedro Tanem (que juega de forma inventiva, lúdica y lúcida, con las palabras), Fernando Guimaraes (cuya poesía abre una dimensión auto-reflexiva y simbólica) o Fernando Echeverría, permeable a un sobrio llamado de la metafísica en la figura barroca de sus versos, en otros poetas se acentuó una conciencia trágica de la existencia (Antonio M. Couto Viana, Raúl de Carvalho, José Bento); en lo que se refiere al lirismo erótico surgió, por ejemplo, un Alberto de Lacerda o el recientemente fallecido David Morao-Ferreira, cuya fuerza emocional sobrepasa con mucho la faceta amorosa con la que en general se le asocia.

En cuanto a la herencia del surrealismo (tardío en Portugal), además de los ya desaparecidos Natalia Correia y Alexandre O’Neil (quien retrató con una ironía corrosiva, pero con ternura, las peculiaridades portuguesas), debe subrayarse el nombre de Mario Cesariny, aún activo como escritor y artista plástico, que oscila entre el sarcasmo ante las convenciones sociales y un lirismo amoroso de corte bretoniano. Ya sin estar ligado a este movimiento se sitúa la magnífica obra de Herberto Helder (en este movimiento reconocido como uno de nuestros mayores poetas vivos), cargada de una energía metafórica que corta el aliento del lector, dejándolo a merced de un lenguaje simultáneamente alquímico y volcánico.

A partir de los años sesenta fue posible identificar tres grandes líneas en la poesía portuguesa: una de ellas adquirió cuerpo en la lucha política y estudiantil contra el régimen de Salazar (sobresalen las obras de Manuel Alegre y Fernando Assis Pacheco); la segunda corriente (“Poesía Experimental”) proclamaba la necesidad de una investigación lingüística y formalista a nivel fonético, morfo-sintáctico o incluso gráfico (es el caso de los poetas Ana Hatherly, E. M. Melo e Castro o Alberto Pimenta); finalmente, sobresale el conjunto de publicaciones “Poesia-61”, influenciado por la obra de Carlos de Oliveira y por otro autor aún muy activo, Antonio Ramos Rosa, cuya poesía corresponde a una poética y se define por una constante interrogación de las relaciones entre lo real y el lenguaje. De cualquier modo, la actitud de los poetas del 61 (Gastao Cruz, Fiama Hasse Pais Brandao y la malograda Luiza Nato Jorge, además de Casimiro de Britp y Maria Teresa Horta), que inicialmente hacía gran hincapié en el trabajo del lenguaje, acabó por evolucionar, tal como la de otros poetas cercanos a ellos (Armando Silva Carvalho), y desembocó en estilos fluidos. La mayor renovación se comenzó a gestar a partir de la década de los setenta, cuando algunos poetas sintieron la necesidad de regresar a una efusión lírica más próxima a una experiencia humana compartible con el lector. Tal regreso que había sido ya anticipado por Ruy Belo (muerto en 1978), en sus largos textos, al mismo tiempo sabios e ingenuos, fueron algunos poetas más jóvenes quienes recogieron un aliento discursivo capaz de lidiar con los grandes temas del amor, del tiempo y de la muerte y, por otro lado, un gusto por lo coloquial ligado a las emociones de lo cotidiano.

Ante la multiplicidad de valores desde entonces divulgados, parece tarea ingrata cualquier esquematización de valores o motivos atribuibles en conjunto a los poetas. En todo caso, comenzaría por citar la revelación tardía y discreta de Antonio Osorio (cultor de un estilo humilde y apegado a las cosas naturales y humanas), así como las obras de Nuno Júdice (el más traducido poeta de esta generación, cuyos textos reintegran de modo muy creativo numerosas tradiciones literarias), Miguel Fernández Jorge (que fluctúa al sabor de una memoria dispersa y circunstancial), Vasco Graca Moura (que encarna la realidad bajo un velo de ironía apta para recuperar una actitud manierista y cargada de referencias culturales), Joao Manuel Magalhaes (que, además de intenso poeta lírico, ha sido una voz crítica de renombre), Antonio Franco Alexandre (portador de la inquietud de una habla en el umbral de su propia mudez) o incluso el ya desaparecido Al Berto, cuyo pathos narcisista homosexual se extiende sobre una fecunda imaginación onírica en que el exceso alterna con la más profunda melancolía.

Se podrían trazar diversas directrices en la poesía más reciente (alguna ya revelada en las décadas de los ochenta y noventa): una de ellas asume contornos neoexpresionistas en que lo esencial tiene que ver con la intensidad del sentido en el texto (véanse los lacerantes recorridos eróticos Luis Miguel Nava, Isabel de Sá, Eduardo Pitta, Fátima Maldonado o Fernando Luis Sampaio); una tendencia más suave tiende a evocar memorias de un pasado afectivo ya cicatrizado, y que se expresa en obras como las de Helder Moura Pereira, Joao Camilo o Miguel Serras Pereira, y también en el alcance elegíaco que recorre la poesía de Paulo Teixera, ocupada en el “iinventario” de la herencia cultural de Occidente.

Un regreso brillantemente logrado a las formas legadas por la tradición lírica portuguesa es el que se verifica en la obra de Luis Felipe Castro Mendes, mientras que Antonio Pina realiza, a su vez, la reactualización de un laberinto reflexivo de corte post-pessoano, mientras que Agostinho Baptista da un eco a su voz mágica y deambulatoria por un espacio onírico de corte madereise y mexicano. Ana Luisa Amaral y Maria do Rosario Pedreira (dos de las mejores voces femeninas más recientes), nos muestran sus miradas tiernas, sin embargo lúcidas, sobre una cotidianidad por lo general banal o familiar. Otra sensibilidad, en fin, encara, la poesía como reacción satírica a la sociedad, utilizando un humor y una ironía sorprendentes u a veces próximos al absurdo (Adilia Lopes o Jorge de Sousa Braga).

La diversidad de estos nombres no agota, ni mucho menos, un panorama en el que resaltan autores tan diferentes como Manuel Gusmao (con su discurso tenso y nodal), Carlos Pocas Falcao, Jorge Fazenda Lourenco, Antonio M. Pires Cabral, Eduardo Guerra Carneiro, José Augusto Seabra, Gil de Carvalho, Teresa Rita Lopes, Ines Lourenco, Jorge Velhote, Laureano Silveira, Antonio Cabrita, Antonio Mega Ferreira, Francisco José Viegas, Jaime Rocha y las recientes revelaciones de la nueva generación que abre nuestra poesía del siglo XXI, como Luis Quintais, Rui Pires Cabral, Paulo José Miranda, José Tolentino de Mendoca, Pedro Mexia, Joao Barreto Guimaraes, Jorge Gomes Miranda o Manuel de Freitas.

 

3.- En el dominio de la prosa narrativa, uno de los datos más curiosos de la situación portuguesa corresponde al número de poetas que se dejan seducir por la ficción alcanzando a veces excelentes resultados. Desde ya los clásicos Mau tempo no canal (1944), de Vitorino Nemesio, Finisterra (19789), de Carlos de Oliveira, y Sinais de fogo (1979, póstumo), de Jorge de Sena —tres novelas inolvidables— hasta la relativamente reciente Um amor feliz (1986), de David Mourao-Ferreira, muchos son los casos en que el género lírico se prolonga en lo narrativo: fue lo que sucedió, por ejemplo, con los magníficos cuentos de Sophia de Mello Breyner o las obsesivas prosas de Herberto Helder, pero también con Yvette Centeno, Ana Hatherly y otros poetas más jóvenes, como Nuno Júdice, Vasco Graca Moura, Joao Miguel Fernández Jorge, Armando Silva Carvalho, Al Berto, Luis Felipe Castro Mendes o Fernando Assis Pacheco. El problema de la separación entre los géneros literarios aparece en algunos textos contemporáneos difíciles de clasificar según los modelos tradiconales. Si recordamos a un escritor un tanto hermético como Rui Nunes o la obra de Maria Gabriel Llansol, verificamos que hacen estallar cualquier frontera entre los que designamos por ficción, ensayo, diario, poesía, memorias, etc, como si la escritura adquiriera vida propia.

Tal vez menos innovadores en cuanto a la escritura, pero sin duda fascinantes y dueños de una terrible lucidez son las novelas de una figura central de nuestros días, Agustina Bessa-Luís, atraídos por atmósferas y personajes presos de un destino misterioso: tejiendo una tela sin fin, casi sin rumbo cierto, su prosa se desdobla en luminosos aforismos, llenos de un genio muy especial, un espíritu que observa y analiza el lado trágico pero al mismo tiempo irrisorio de las relaciones humanas. En un plano diferente se colocan los libros de un autor desaparecido en 1996, Vergílio Ferreira, que, partiendo de las preocupaciones existencialistas de los años cincuenta, encontró su camino gracias a una escritura traspasada por una angustia universal y metafísica. La situación límite de las obras de Ferreira nos coloca ante la vida y la muerte, ante el monólogo de un hombre en el umbral de esa transfiguración, en el absoluto de esa evidencia, cara a cara consigo mismo y con su memoria afectiva.

Habiéndose revelado hace ya varias décadas como poeta, dramaturgo y narrador, José Saramago constituye un caso aparte en nuestra novela contemporánea, que culminó con el Premio Nobel de Literatura en 1998. Fue sobre todo a partir de 1982, con Memorial del convento, que su escritura ganó un impulso decisivo, expandiéndose en líneas de fuga y de subversión en los datos históricos, en un proceso en el cual ciertos personajes comunes en apariencia adquieren papeles o poderes relevantes cargados de magia o de un extraño magnetismo. Las novelas de Saramago parten generalmente de ideas originales o bizarras en donde la verosimilitud realista fluctúa hasta sumergirse  en lo fantástico, con un ritmo que mezcla elementos coloquiales y casi barrocos, muy peculiares de su estilo.

Otro autor que ha obtenido éxito ante un gran público portugués y mundial es Antonio Lobo Antunes, cuyos textos reflejan una amplia gama de experiencias sexuales, políticas o sencillamente humanas, recogidas en la memoria por el recuerdo de la guerra, de la práctica psiquiátrica o en una imaginación que se afirma con exuberancia metafórica, consiguiendo a veces alcanzar una brillante penetración psicológica de los personajes, generalmente pertenecientes a mundos de corte celiniano, degradados o viciosos.

Oriundo de los años cincuenta, Urbano Tavares Rodríguez se encuentra en el cruce de influencias de la filosofía existencialista y de la orientación marxista que modeló su visión del mundo, mezclando en su obra pulsiones políticas y eróticas, mientras que Augusto Abelaira explora las mil y un circunstancias de la vida cotidiana gracias a un sutil humor y  a un agudo sentido reflexivo. Incluso en el ámbito de esta generación, deben apuntarse  dos autoras importantes a partir de los años cincuenta: Maria Judite de Carvalho (muerta en 1998), con su arte personalísimo para dar cuenta de un universo femenino que melancólicamente saborea el sufrimiento íntimo, casi silencioso; y Fernando Botelho, orientada más hacia el exterior y hacia un análisis a veces implacable de ciertas máscaras o hipocresías sociales.

Uno de los mayores escritores de la segunda mitad del siglo XX fue José Cardoso Pires (desaparecido en 1998), quien construyó una obra multifacética que alía a una técnica desenvuelta de montaje, de diálogos y de la elaboración novelística una fulgurante capacidad para retratar con fino sentido de humor ciertos comportamientos o cambios sociales de las últimas décadas. En un terreno no muy alejado se situó la obra prematuramente interrumpida de Nuno Braganca, cuya novela A noite e o riso (1969) nos proporciona el itinerario de una generación marcada por el cuestionamiento del catolicismo, poco antes del 25 de abril.

Dos casos notables de prosistas surgidos en los años sesenta y aplaudidos por la innovación de su escritura, que rechazaron obedecer los cánones de la tradición realista, son Almeida Faria y Maria Velho da Costa: en el primero hay que fijarse en la exploración de densos monólogos interiores y de ángulos de visión de personajes, que intenta repensar algunos mitos portugueses, como el sebastianismo; en Maria Velho da Costa ocurre una compleja elaboración textual intensificada en diferentes registros del lenguaje, llevando la escritura hacia zonas ciegas y alucinadas en la percepción del Universo y de su aparente absurdo. Habiendo publicado con esta última las célebres Novas cartas portuguesas (libro que en 1972 provocó escándalo al constituir la afirmación de una actitud feminista). Maria Teresa Horta ha dado a la imprenta textos marcados sobre todo por el erotismo, mientras que Maria Isabel Barreno (tercera autora de este grupo) se mueve en un territorio situado más en el campo de la observación sociológica, en ocasiones con asomos de lo fantástico.

En la secuencia de algunos narradores más antiguos que han funcionado como precursores (Maria Ondina Braga, Natalia Nunes, Graca Pinto de Mprais, Isabel da Nóbrega, Luisa Dacosta), es importante señalar la aparición de  diversas escritoras a partir de los años ochenta, que se mantienen activas desde entonces: resaltan, por ejemplo, la intensidad del discurso de Lidia Jorge, que obtiene parte de su fuerza en los mitos populares, la riqueza simbólica inherente al ángulo de visión femenino de Teolinda Huerazo, el mundo mágico y ritualizado de Helia Correia, que recupera las vivencias de una ruralidad misteriosa, o incluso dos autoras muy prolíficas —Clara Pinto Correia y Luisa Costa Gomes: mientras la primera va sumando obras científicas (biología, embriología), libros infantiles, crónicas periodísticas o ficciones, Luisa Costa Goes (ficción y teatro) se individualiza por el tono escéptico, irónico y algo desprendido con que describe pensamientos y emociones, vividos casi como juegos de lenguaje, en una actitud que parece filosóficamente próxima a Witttgenstein—.

En el diversificado panorama de la narrativa actual deben tenerse presente el denso trabajo literario de Mario Claudio, empeñado en conciliar el virtuosismo de la escritura y la fidelidad a los datos históricos de que se sirve, así como a la memoria de la guerra en las excolonias africanas y de la realidad azoriana (dentro y fuera de las islas) recuperada por Joao de Melo, o el interesante recorrido de Mario de Carvalho, en un dominio donde mezcla talentosamente la reflexión filosófica, lo fantástico, la parodia y una eficaz dimensión satírica ante las contradicciones de la sociedad contemporánea. También empeñados en dibujar un cuadro de la evolución de la sociedad portuguesa están las novelas de Álvaro Guerra, Baptista-Bastos, Julio Moreira o Alexandre Pinheiro Torres, así como las experiencias narrativas de Antonio Alcada  Baptista, cuya escritura ilumina un aprendizaje interior con vestigios autobiográficos. Podría incluso citarse el impulso contestatario radical de Eduardo Dionisio, la interrogación de la identidad nacional y de la “saudade” llevada a cabo por Fernanod Dacosta, el universo regionalista de Bento da Cruz, las novelas históricas de Fernando Campos  o Joao Aguiar, la elegancia cosmopolita de Paulo Castilho, Amadeo Lopes Sabino o Antonio Mega Ferrara, por medio de algunas tardías florescencias neo-realistas (Mario Ventura o Manuel Tiago), sin olvidar los textos de Mafalda Ivo Cruz, Silvina Rodríguez Lopes o Amaro Dionisio, que perturban los códigos narrativos más comunes.

Para terminar, puede decirse que la ficción portuguesa permanece lo suficientemente pujante como para permitirse una buena entrada en el tercer milenio. En los últimos años se ha asistido asimismo a un enriquecimiento de coordenadas y perspectivas: así, hay quien ha regresado a las simples ganas de contar historias verosímiles y compartidas con los lectores (Helena Marques, Rosa Lobato de Faria), a veces volcadas al gusto más amplio del público (Rita Fero, Domingos Amaral, Margarida Rebelo Pinto), otros autores destilan un humor corrosivo cargado de erotismo (Rui Zink, Miguel Esteves Cardoso), destacándose, en fin, algunas nuevas voces a veces oriundas del periodismo o de la publicidad, que a lo largo de los años noventa han renovado nuestra literatura: Pedro Paixao —con un estilo antiretórico, semejante a la reciente ficción estadounidense—, Inés Pedrosa —que dibuja un mapa de los afectos contemporáneos y revela una intuitiva sabiduría del alma humana—, Ana Teresa Pereira —obsesivamente encerrada en un universo pleno de emociones, presagios y secretos—, José Rico Direitinho —reactualizando experiencias de un mundo rural perdido—, Francisco José Viegas —resucitando con sutileza la novela policiaca— e incluso José Luis Peixoto (una fulgurante revelación del final de siglo), Teresa Veiga, Abel Neves, Jacinto Lucas Pires, Francisco Duarte Mangas, Leonel Brim, Maria de Fátima Borges, Catarina da Fonseca, Laura Gil, Miguel Miranda, Luisa Beltrán, Julieta Monginho, Ana Nobre de Gusmao, Cristina Norton, etcétera.

 

4.- Al no tener espacio para abordar el ensayo literario —en el cual se destaca el nombre de Eduardo Lourenco—, me gustaría subrayar la vitalidad actual de la literatura portuguesa: en la multiplicidad de sus voces, continúa expresando los desafíos, las seducciones o los problemas de una sociedad que cambió mucho en las últimas décadas, aunque ahora muestre índices de lectura comparativamente bajos en el contexto europeo. Sea como fuere, es penamente integrada en ese contexto que ella se abre al tercer milenio, con esa especie de verdad incierta que de vez en cuando sabe trasmitir a los que la leen y que corresponde, al final, a su aparentemente irracionalidad razón de existir.

 

 

 

 

Fernando José Branco Pinto do Amaral (Lisboa, Portugal, 1960). Escritor. Es Licenciado en Lenguas y Literaturas Modernas, tiene un doctorado en Literatura Portuguesa y lecciona desde 1987 en la Facultad de Letras de la Universidad de Lisboa. Ha colaborado en las revistas literarias LERA PhalaColóquio/LetrasRelâmpago e hizo crítica en los periódicos portugueses Público y JL. Ha traducido Las Flores del Mal (Premio del Pen Club), los Poemas Saturnianos, una antología de Gabriela Mistral y toda la obra poética de Jorge Luís Borges. En febrero de 2008 ha recibido, en Madrid, el Premio Goya, en la categoría de Mejor Canción Original, por su Fado da Saudade, interpretado por Carlos do Carmo, en la película Fados, de Carlos Saura. Ha sido comisario del Plan Nacional de Lectura de Portugal desde 2009 y hasta 2017. En España han sido publicados dos de sus libros - Exactamente mi vida (antología, 2009) y La luz de la madrugada (2010).

 

 

 

Miguel Ángel Flores (Ciudad de México, 1948-2018). Ensayista y poeta. Estudió Economía en el IPN. Fue profesor en la UAM–A. Colaborador de Casa del Tiempo, Comunidad, Diálogos, El Gallo Ilustrado, La Cultura en México, La Gaceta del FCE, La Vida Literaria, Proceso, Punto de Partida, Revista de la Universidad de México y Unomásuno. Becario del CME, 1972. Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 1980 por Contrasuberna, poemario que se incluye en las compilaciones Veinte años de poesía en México: el premio Aguascalientes, 1968-1988 (Joaquín Mortiz, 1988) y en el Premio de Poesía Aguascalientes: 30 años, 1978-1987 (Joaquín Mortiz/Gob. del Edo. de Aguascalientes/INBA, 1997). Otros libros donde aparece su obra son: Cinco poetas jóvenes (colectivo, UAM, 1978); Poetas de una generación 1940-1949  (pról. de Vicente Quirarte, selección y nota de Jorge González de León, UNAM, 1981); Palabra nueva, dos décadas de poesía en México (compilación, prólogo y notas de Sandro Cohen, Premià, Libros del Bicho, 1981); En torno a la literatura mexicana (coord. Óscar Mata), UAM–A, 1989; Los contemporáneos en el laberinto de la crítica, El Colegio de México, 1994.

 

Foto: Rogelio Cuéllar | CNL-INBA