La Treceada, o la implacable primavera, por Takeshi Edmundo López

 

 

La Treceada, o la implacable primavera

 

Takeshi Edmundo López

 

 

…Y la libélula cruje.

Ars Motora

La Égloga es una de las estructuras poéticas más antiguas, se remonta al siglo IV A.C. en el Imperio Romano, acuñada por el poeta Teócrito en su obra Idilio que sirvió de inspiración a otros poetas como Mosco, Bión de Esmirna, Virgilio, Nemesiano, Calpurnio y Ausonio. La égloga estaba compuesta por 30 estrofas denominadas “estancias” constituidas de doce versos endecasílabos y heptasílabos. En el Siglo de Oro español la Égloga es experimentada por varios poetas entre los que destacan Lope de Vega, Juan Boscán, Garcilaso de la Vega entre otros. Recordemos que también en esta época llega el Soneto desde Italia de la mano del Marqués de Santillán quien escribió entre 1438 y 1453 su obra 42 Sonetos fechos al itálico modo. En 1588 el poeta Francisco de la Torre solicita una licencia de impresión para su cuarta obra la Bucólica del Tajo, en la cual está incluida la Égloga VI. Galatea. En esta obra el poeta recurre a estrofas de trece versos (ABCACBbddEFeF)[1] para narrar el paisaje pastoril con un conjunto de imágenes dinámicas y potentes. Este podría ser uno de los primeros antecedentes de poemas de trece versos en la literatura en español.

Pocos poetas en la historia han hablado del por qué el rechazo a las estructuras de trece versos, aunque haya muestras en distintas lenguas, en español no están normatizadas, sólo como juegos poéticos o licencias para validar los poemas, que de origen no tiene la intención de marcar los parámetros para estas estructuras. Pareciera que institucionalizar esta composición no fuera importante o sólo pasó de largo ante los ojos de los poetas debido a que en estructuras como la Égloga y la Silva podían encontrarse. El soneto para su época vendría tomando el papel de la vanguardia porque se introduciría como un ente renovador que abre las posibilidades de la versificación, pero con un esquema predeterminado, aunque no invariable. En el siglo de Oro los poetas se apegaron a los parámetros del soneto, procurando perfeccionarlo y al grado de ser el emblema de la época, pero no llegaron a deconstruirlo. Sería hasta el modernismo con Rubén Darío que se retomaría el Soneto con una intención vanguardista, sufriría cambios en su estructura no sólo en sus rimas, sino en su métrica y ritmo. En su libro Cantos de Vida y Esperanza (1905), Darío nos deja un poema titulado El Soneto de trece versos, que como su nombre lo indica carece del último verso, mas está pensado como soneto, construído con la idea de trasgredir esa tradición, más no de generar una nueva composición poética. Para rematar el Príncipe de las letras castellanas usa versos eneasílabos (poco comunes para el soneto) y el último verso tiene la particularidad de estar dividido en cuatro partes, separadas por puntos suspensivos, una característica gráfica de las vanguardias. Siendo esto una ruptura fuerte, atrevida pero renovadora como lo sería en general el modernismo, Darío pone a los críticos en un debate ¿seguirá siendo soneto?, ¿Será el título el verso que falta y el poeta nos está jugando una broma? En Historia de mis libros (1916), el poeta nicaragüense comenta sobre el soneto de trece versos: “…ha hecho balbucir juicios distantes a más de un crítico de poca malicia…” y agrega: “es un juego a lo Mallarmé, de sugestión y fantasía.” Con esto nos queda claro que el poeta está consiente de estar creando nuevas posibilidades, sin perder ingenio y seguridad de su conocimiento poético. Posteriormente en 1922, el poeta peruano Cesar Vallejo volvería a trastocar al soneto en su obra Trilce, siendo este uno de los experimentos del lenguaje más radical de la lengua española. Siguiendo por este camino de la experimentación se encuentra otro peruano el poeta Martín Adán, que termina por atacar internamente al soneto, cambiando su fondo y reconfigurando su forma, dando así con el Anti-soneto[2].

De esta herencia vanguardista surge un canto órfico y estridente, un discurso poético que lleva en las entrañas la eléctrica energía de las revoluciones, de la subversión y la contracultura, la Treceada es una composición poética acuñada por el escritor chiapaneco de finales del siglo XX y principios del XXI, el poeta mexicano Roberto López Moreno, célebre por sus Decimas Lezámicas (UNAM, 1986) y una basta obra de narrativa, ensayo y poesía, que van desde la más alta tradición literaria hasta el poder creador de sus propias vanguardias como el Poemuralismo el cual vemos ejemplos en Morada del Colibrí (2004) o en este caso la Treceada que tiene su primera gran exposición en su libro A Revueltas. Treceadas.(El Ala de la iguana, 2014) un poemario homenaje al escritor José Revueltas para conmemorar 100 años de su natalicio, esta obra está compuesta de 62 artefactos poéticos que buscan mostrar el fotónico vigor de esta flor extraña de la versificación.

Por el apasionante gusto por la poesía, me he adscrito a la práctica de esta composición, que inicialmente tiene fundamento dentro de la gran tradición poética como un monumento de mármol sostenido por la estructura de la décima espinela y su ritmo sólido como el octosílabo, pero a su vez es el audaz vuelo de un colibrí con una metaforización radical y moderna. A este sugerente binomio, se le agregan tres versos (terceto) al final para darnos la columna vertebral de trece versos, que visto desde una perspectiva personal, se puede comprender también como la inserción de un par de versos (pareado) y un verso final como un universo en sí mismo, que buscará ser la ruptura más provocadora y demoledora de este esquema, para distanciarse en esencia del estrambote el cual busca el remate, consecuencia de los versos anteriores del poema. Durante los doce primeros versos se trata de desarrollar un discurso interno que a través de distintos recursos poéticos tales como metáforas exóticas o poco comunes, neologismos y demás tropelías virtuosas se busque el hermetismo en las palabras y en los temas, claro está, que esto siempre es moldeable al estilo del poeta en caso de que su versificar sea ligero, dúctil y directo. Aún así el vitalismo se generará por la búsqueda del lenguaje moderno contrapuesto a la forma tradicional que se emplea. El décimo tercer verso es el elemento detonador, la ruptura total con el discurso y la rima, o como diría el poeta López Moreno: “…la verdadera culminación de la dialéctica propuesta”[3]. Dando una unidad empoderada de genialidad y astucia, que a su vez es un campo fértil como la primavera para la experimentación.

La brevedad de esta composición hace que el poeta tenga que acudir a la habilidad de la abstracción y concreción, generando un dinamismo hacia una poesía contemporánea. A diferencia de algunos pensamientos que insisten en que las formas poéticas asfixian la libertar creadora del poeta, yo abogo porque el aprendizaje de las formas no hace más que ampliar el universo de posibilidades del poeta, es el único camino verdadero hacia la revitalización de la poesía, hacia las vanguardias más penetrantes y trascendentales de la lengua. No se llega a la magistral ductilidad de un verso libre sin haber andado por los senderos de la versificación tradicional. No existiría ningún detractor moderno sino tuviera que contraponerse a una tradición. La Treceada es un destello esperanzador en el oscuro panorama de la poesía actual, donde el sencillismo y la banalización se han esparcido como serpientes en el campo. Esta forma invita a la profundización y experimentación debido a que intrínsecamente hay una veta renovadora, la cual comienza por la rima, que al estructurarse inicialmente como Décima Espinela[4] maneja un esquema (abbaaccddc), los dos versos siguientes serían de rima consonante entre ellos (ee) y la estocada final, el decimo tercer verso sin hacer rima con ninguno de los doce versos anteriores ni de manera asonantada (f), dándonos un esquema (abbaaccddceef), siendo esta la propuesta original pero no definitiva, el amplio margen sonoro que da el poder variar el juego en la rima nos da posibilidades como estas: (abbaacacddeef), (ababbccbbbdde), (abbaaccaadade), (abbaaccadedef), (aaabcccbdddbe), sólo por nombrar el mínimo de ejemplos, prefiero dejar para un poeta curioso y agudo el poder descubrir más opciones.

En cuestiones del metro, el octosílabo fue elegido por la amplia popularidad y su larga tradición en la lengua española, pero el esqueleto de hierro de trece versos es tan sólido, que permite toda la incursión de alternativas silábicas como el fugaz y concreto heptasílabo, el raro eneasílabo, el alto y cadencioso endecasílabo, y el fino y aletargado alejandrino, sin olvidar que al ampliarse el metro, el ritmo también se ve afectado de manera positiva al permitir los distintos juegos acentuales utilizados desde la métrica grecolatina (yámbicos, sáficos, dactílicos, melódicos, enfáticos).Y si aún hubiera duda de la amplitud de esta forma, he de agregar que la posibilidad de encadenar Treceadas nos abre un túnel a la obra de largo aliento y da un sustento a la diferencia con los poemas en verso libre que estén hechos de trece versos.

La fuerza creadora de los tiempos nos ha traído a este momento empapado de misterio e incertidumbre del futuro, sin tregua alguna los ríos cósmicos, nos han mostrado la nueva revolución de la palabra, un vuelco a la médula de la antiquísima poesía, poder mojarte el rostro en el agua de los espejos sonoros y la brisa erizante de la metáfora. Este es el bramido metálico para el advenimiento de las juventudes afiladas de la aurora, a esta tierra henchida de oportunidades. Convoco al poder creativo y combativo del espíritu de los nuevos poetas, a que siendo atraídos por las resonancias profundas de esta vanguardia, se sientan libres de tomar esta causa poética como suya, para el florecimiento de la nueva poesía ante los persistentes intentos de un mundo moderno por desaparecerla o desvalorizarla, pero como diría Neruda: “Podrán cortar todas las flores pero no podrán detener la primavera”.

México, junio 2020

 

 

 

[1] Soledad Pérez-Abadín. La Bucólica del Tajo de Francisco de la Torre como poemario pastoril: visión de conjunto. CRITICÓN. Núm. 105 (2009).

[2] Lauer Mirko. La polémica del vanguardismo: 1916-1928. Cap.El Anti-soneto / José Carlos Mariátegui. Lima: UNMSM, Fondo Editorial, 2001.

[3] Roberto Lopez Moreno, A Revueltas. Treceadas. México, El Ala de la Iguana, 2014. Pag. 7

[4] ibíd.

 

 

 

 

Takeshi Edmundo López. (México D.F., 1984), poeta, articulista, gestor cultural, locutor. Ha publicado poemas en revistas como Primera Dama, La Peste, Efecto Pigmalión, Radiador Magazine, Los bastardos de la uva, El Humo, Revista Anomalía, Revista Revarena, Monolito, entre otras, colaborador en distintos blogs Juntavesos, Ágape de luces, Cultural Vox, Pluma Cincel y en medios digitales de comunicación como Nofm radio, Expansión Radial, Homo Espacios. Incluido en las antologías Pájaros negros (Colombia, 2012). Árbol en llamas (Sediento ediciones, 2013), Poetas del tercero milenio volumen bilingüe Italiano-español, (Lo spazio internacional art & literature editions, Fondi, Italia. 2014), 43 poetas por Ayotzinapa (El canguro bolsón coedición con el Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia, 2015) y Conjura de Cuentos (Ácribus Ediciones, 2016). Ha participado en lecturas poéticas, entrevistas, presentaciones de libros en distintos espacios culturales como en la Feria del libro de Minería, Centro Cultural Jose Marti, Centro Cultural Xavier Villaurrutia, Casa del Poeta Ramón López Velarde, entre otros.

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