La grandeza de las periferias, por Violeta Orozco

 

GRANDEZA DE LAS PERIFERIAS

 

Violeta Orozco

 

En un lejano lugar retacado de nopales

Había unos tipos extraños llamados intelectuales

Se la pasaban leyendo para ser sabios y doctos

Pues no querían seguir siendo vulgares tipos autóctonos

Rockdrigo

 

 

¿Quién fue primero, el nopal o el Águila? Cualquiera que ha hecho varios viajes de carretera por México se habrá hecho de seguro esta pregunta tan elemental. Y es que el nopal es quizá la única planta permanente en el norte, el centro o el sur del país. Desde la sierra de San Pedro Mártir, en Baja California Norte, hasta Palenque, el nopal acompaña tercamente nuestra vista por la ventana, como si no hubiera plaga o sequía que lo pudiera diezmar. No por nada, uno de nuestros más grandes roqueros fue llamado, con pompa real y circunstancia envidiable: el profeta del Nopal. Y es que por algo se pararon esas águilas mexicas en medio de un lago para comerse la serpiente. Si no fuera por el nopal, las pobres no hubieran encontrado ni una chinampa en la cual pararse a descansar de su viaje por Aridoamérica. Quizá me empeño en defender al nopal por su enorme versatilidad biológica, por su capacidad de adaptación en los entornos más inhóspitos. Me recuerda un poco al destino de los mexicanos en todo el continente. Del punto más austral hasta Canadá, uno puede encontrar un mexicano sobreviviendo entre la maleza humana. Es como si no pudieran borrarnos del paisaje. Ya José María Velasco, el paisajista oficial del Valle de México, había notado con su ojo de naturalista la prevalencia de dichos cactos en todo el territorio nacional. De Texcoco a Barranca del Muerto de Guelatao hasta Atlixco, uno puede ver sus cuadros inundados de nopales. Y no es por despreciar a los magueyes o a los saguaros, nadie se va a poner a patadas con los mezcales. Pero es que el nopal es una planta tan aparentemente hostil, que cuesta trabajo entender cómo a nuestros antepasados se les ocurrió que podía ser comestible. En la Peña de Bernal hasta el tronco solidificado del nopal, esa masa de celulosa que parece casi un tronco forma parte de los platillos más deliciosos de Querétaro. El famoso Nopal en Penca es rival digno de las gorditas queretanas. Y si bien hasta la ONU lo ha nombrado “alimento del futuro” en 2019, los gringos aún no logran comprender por qué los mexicanos estamos habituados a comer un cactus baboso con tanta complacencia.

Hasta en los polvorosos suburbios de la Ciudad de México, aquella parte del estado de México que es tan es tan industrial que desde el avión no se ven más que láminas, hasta ahí crecen los nopales. “Después del Toreo, todo es Cuautitlán”, habían dicho Efraín Huerta, a quien todavía le tocó conocer Coyoacán cuando era un pueblito, y Juan Villoro, quienes no vivieron, ni tuvieron que vivir en la zona industrial y zarrapastrosa de la Ciudad de México. Pocos le han cantado, como Rockdrigo, a las partes más marginales de la Ciudad de México, sobre todo a lo  que está al norte del Toreo: a Cuautitlán, en donde se encuentra el barroco convento de Tepotzotlán (no estoy hablando del que está cerca de cuerna, que ese es Tepotzotlán); a Tlalnepantla, esa tierra extraña de transición entre La Ciudad de México y Querétaro, a Naucalpan, en donde se halla la churrigueresca iglesia de Nuestra señora de los Remedios; a Lomas Verdes, en donde había cerros tan hermosos que los cambiaron por centros comerciales después de que quebrara el de la Acrópolis, ahí donde Café Tacuba filmó la tiernísima canción de Quiero ver. Esa canción que al salir causó revuelo porque mostraba una zona que no era una parte famosa de la Ciudad de México, sino un lugar extrañísimo que parecía un templo griego del siglo veinte en plena decadencia. El mito del centro comercial abandonado.  Algo así como una Pompeya posmoderna que en vez de presentar dibujos pornográficos mostraba grafitis dentro de las columnas agujereadas y estatuas ennegrecidas. Al centro, bajo la luz enrarecida se podía ver una cúpula en forma de estrella que era como el portal hacia una nueva dimensión. Se trataba de un recinto que había sido un centro comercial a principios de los dosmiles pero que en el video era presentado como un parque improvisado de adolescentes en donde jugaban futbol con un ladrillo. La acrópolis, la esquina que te ve cuando caminas.

  En esos cerros fue que pasé mi infancia alborotando hormigueros y desenterrando cactus para regalárselos a mi madre. Resulta extraño verlos ahora desgajados por la Cúspide, uno de los más grandes centros comerciales de la ciudad de México. Es como si ese lugar nunca hubiera existido. Al pasar por ahí me llegan de lejos las palabras del chilango mayor, el tampiqueño Rockdrigo González, como amplificadas por el tiempo:

 

Es un cometa la imagen

es un mapa de vapor;

Eran solares baldíos

Solares baldíos de amor.

 

Mientras viajo en autobús a Zacatecas miro desde lejos lo que fueron los terrenos baldíos de mi infancia. Nunca les tuve cariño. Para mí los suburbios de la ciudad eran ese sombrío territorio del que nadie escribía, nadie construía mitos de serpientes y nopales. Eran un terreno de silencio. Un lugar en donde las canchas de fútbol se construían debajo de las carreteras y al lado de las fábricas, porque no había otro lugar dónde ponerlas. El norte de la Ciudad. Ciudad Satélite. El único monumento que reconocí desde el avión. Yo los ví cambiar de color hasta que olvidé sus colores. Goeritz y Barragán tramando construir el primer suburbio de la Ciudad de México. La ciudad fuera de la ciudad. Cinco patéticos dedos de concreto abriendo su palma desolada hacia el aire contaminado. No hay manera de escapar de la ciudad, de la omnipresencia de su aridez. Por eso se hace tan largo el viaje del centro de la Ciudad hacia la salida a Querétaro. No queda muy claro cuando uno finalmente está afuera.

Recuerdo mi terror cada vez que llegábamos a la Quebrada, sentir el escalofrío al leer ese nombre en las placas verdes de la carretera. ¿Qué se había quebrado?, ¿Quién y cuándo? Mirar la autopista México-Querétaro era como entrar a un submundo en donde era natural ver los coches destripados en un depósito enorme que parecía ser más tupido que el bosque de Naucalpan. Los tiraderos de basura, las ciudades en lo alto del cerro, las tripas de las fábricas expuestas sin pudor a los ojos de los conductores. Y al lado las escuelas técnicas y las primarias desahuciadas, la violencia de los callejones escondidos. Aún era posible ver, entre todo ese metal y ese cemento, uno que otro nopal y un eucalipto polvoriento asomándose dudosos, como pidiendo permiso para seguir existiendo.

La periferia siempre está presente. Es un lugar dentro de nosotros. Querer escapar a la visión de la periferia es como querer escapar de nosotros mismos, como huirle a nuestros intestinos, añorar el largo tramo que va del norte del antiguo Distrito Federal hasta Querétaro, imaginar que las ciudades perdidas no existen, están fuera de nosotros, fuera del mundo, no son parte de la ciudad, no están colgando sobre las fábricas y el abismo. Los abedules no están llenos del polvo de las fábricas, los tiraderos de basura no existen, está fuera del reino de lo visible. Cuando uno pasa enfrente sólo hay que cerrar los ojos y no ver la mujer que espera el camión en medio de la calle, los árboles mochados y sin pájaros, las tejas de lámina, las unidades habitacionales descascaradas, los parques de cemento como jaulas.

Cómo asombra ese milagro, la persistencia de un lugar híbrido, ni completamente ciudad ni completamente campo que de un momento a otro se convertiría en el escalofriante lugar de "las afueras de la ciudad". Al mirar a las mujeres tomar el camión en medio de la avenida carretera del periférico norte, de repente me sentía como si estuviera afuera del mundo, y recordaba, de golpe, todas las periferias que había visto en mi vida. Recordaba la periferia de la Ciudad de San Cristóbal de las casas, la colonia América libre, junto a la Universidad de la tierra, cerca de las calles de Italia y Quetzalcóatl. Recordaba de pronto la mirada desconfiada de los indígenas que me vieron invadir su territorio subiéndome a un cerro en donde cultivaban y estaban construyendo sus casas, y yo pisando sus milpas sin darme cuenta de lo que eran, porque estaba desesperadamente tratando de capturar el inédito paisaje con la cámara. Perdí esas fotos, las fotos de los indígenas cargando bultos, siempre cargando y caminando cuesta arriba. Pocos volteaban a mirarme, pero me sentía aún más fuera de lugar que en el centro de San Cristóbal de las Casas, como si estuviera haciendo turismo a costa del zapatismo, inconsciente de la lucha que se libraba alrededor de mí, tomando fotos de una historia que no me pertenecía.

Así me sentí ese día, en la carretera del Estado de México que iba rumbo al norte, viajando del centro a la periferia, de mi presente hacia mi pasado, mirando cómo los peatones de fuera nos miraban, como si no fuéramos parte del paisaje y nos quisieran fuera de su campo de visión. Noté como todos poco a poco en el camión iban quitando sus ojos de la ventana, cerrando las cortinas y retrayéndose en sus celulares, avergonzados de la pobreza que veían a su alrededor, tratando de no ver los montones de basura apilados por todos lados, los espectaculares que anunciaban terrenos baratos y muchachas extraviadas, y finalmente uno de ellos dijo que sí, que le recordaba a las favelas y le pregunté si había ido a Brasil pero dijo que no, que había lugares así también en Argelia, ciudades perdidas en las montañas que no le interesaban al gobierno. Después se hizo un largo silencio porque sentimos de nuevo la mirada de los que estaban afuera del camión, que nos miraban pasar con ligero desprecio, como desafiándonos a quedarnos en esa tierra de transición en donde ellos vivían diariamente, viajando todos los días de un estado a otro para trabajar, haciendo al menos dos horas de camino en el tren suburbano, los camiones que iban de Zumpango al toreo, el metrobús que iba de Vallejo al Rosario, trabajosamente arrastrándose por las calles hacinadas y a medio construir, la autopista siempre saturada, las infrahumanas condiciones de seguridad.

Pensaba sobre todo, al pasar por Izcalli, en mi amiga de la primaria que desde hace cinco años había dejado de tomar el camión por la cantidad de mujeres que violaban y asaltaban en los camiones. Y pensaba en todas aquellas que seguían arriesgando sus vidas para ir a trabajar del otro lado de la ciudad, aquellas que habían sido asesinadas en ese limbo legal en donde las denuncias y la alerta de género eran tan vanas como inefectivas. Me volví a la cabeza la canción de Rockdrigo, macabramente reinterpretada en el estado más feminicida, el Estado de México:

 

Te han parado el tiempo

te han quitado la promesa de ser viento

te han quebrado las entrañas y el silencio

Ahora ya no brillan más.

 

Nosotros estábamos como en una pecera, inmunes a ese mundo en donde todo estaba surcado por puentes inesperados y elevaciones abruptas como la de Huehuetoca que dejaban ver sus barrancos ocasionales por un segundo para recordarnos que esta era la periferia, el límite, la herida entre norte y sur, entre aquí y allá.

 Era un lugar que por lo lejano, bien podría estar fuera del tiempo, congelado en un desarrollo tan disparejo que había pueblos que nunca dejaron de ser pueblos y nunca acabaron de ser ciudades. Como mi híbrida ciudad de Tlalnepantla, en donde el zócalo recordaba ligeramente a los de provincia pero cuyo movimiento y frenesí eran indiscutiblemente los de una ciudad activa y llena de gente.

Estaba claro que aquí, lo único que podía crecer eran los nopales. Y sin embargo este borde era la parte central del bordado, la red de seguridad que protegía al distrito Federal, que guardaba en sus brazos a la frágil nuez de la recién bautizada Ciudad De México. Los nopales y la historia de la transformación del paisaje en la Ciudad de México, que no acababa nunca de transformar espacios rurales, viejas haciendas en espacios liminales, ni campo ni ciudad, espacios fronterizos como las ciudades dormitorio y los suburbios. La extraña soledad de los suburbios. La sensación de que esto no era completamente ciudad pero tampoco era el campo. Lo sabíamos porque en Ciudad Satélite no había nopales ni establos, ni casas con gallinas o animales a menos que uno se fuera más para allá, hacia el bosque de Atizapán y la zona de Presa Madín, en donde uno iba rodeando la presa y encontrando cada vez más tierra de cultivo injertada en el centro del bosque, entre las cañadas y las veredas de bicicleta de montaña por donde bajábamos los cerros en temporada seca, perseguidos por manadas de perros salvajes que no eran completamente callejeros pero tampoco eran silvestres. Y desde arriba, el paisaje que tan verde me había parecido de cerca, era en realidad árido por la deforestación y el cultivo en reservas ecológicas, el fraccionamiento de lujo que había al lado de la presa, el agua de un verde enfermo. Un paisaje rocoso, lleno de arbustos y suculentas, agaves y nopales, en donde ocasionalmente se entrelazaban pinos y neblinas, como en el bosque de las Manzanas de San Mateo Nopala, el primer eco-trail en el estado de México, en donde a veces nos encontrábamos caballos y torres de alta tensión en nuestra eterna subida hacia el manantial del río por peñas gigantescas y resbalosas.

Las periferias y el paisaje del despojo. Las aguas negras. La invasión de las reservas ecológicas, los terrenos robados a los ejidos, los paracaidistas, los campesinos que iban perdiendo terreno y gente dispuesta a cultivar una tierra cada vez más incierta. En mi eterno peregrinaje por las afueras de la ciudad, veía algo no muy diferente a lo que había visto el paisajista José María Velasco hace más de un siglo: cómo las rocas, los nopales y los volcanes eran los soberanos de un paisaje en permanente estado de transición en donde crecían puentes, acueductos, haciendas, vías de ferrocarril o carreteras, catedrales y conventos, minas, presas, y más recientemente, fraccionamientos y fábricas, centros comerciales, ciudades improvisadas entre los cerros, colgando entre barrancas y lagunas, entre el verdor y la grisura de un paisaje híbrido, que atestiguaba que el centro y la periferia son nociones fluidas, y que las fronteras entre lo poblado y lo despoblado están meramente en función del tiempo. Lo que ayer fue pueblo, mañana será ciudad. Lo que hoy es ciudad, mañana será desierto.

Violeta Orozco (Ciudad de México, 1989). Poeta bilingue, traductora y ensayista. Egresada de Filosofía y Letras inglesas por la UNAM, Maestra en Lengua y Literatura Hispánicas por Ohio University. Ganadora del Premio Nacional Universitario de Poesía José Emilio Pacheco 2014. Actualmente realiza el doctorado en Letras Hispánicas en Rutgers University en New Jersey, donde investiga poesía y performance feministas de chicanas y mexicanas, además de traducir poetas norteamericanas. Ha publicado en revistas como Punto de Partida, La Palabra y el Hombre y en antologías de poesía de EU. Junto con la reconocida periodista peruana Claudia Cisneros, ha organizado múltiples lecturas de poesía multilingüe, feminista y activista en donde ha reunido a poetas de latitudes tan diversas como Estados Unidos, República Dominicana, Puerto Rico, Costa Rica, Arabia Saudita, Perú y Argentina. Junto con Claudia Cisneros también fundó en 2017 el colectivo feminista “Speak up Women” que tiene el objetivo de visibilizar la violencia de género a través del arte y la poesía.

Un comentario en “La grandeza de las periferias, por Violeta Orozco

  • el abril 20, 2020 a las 11:39 pm
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    Gracias a Violeta,me hizo recordar la periferia de la CDMX, a pesar de vivir en Ecatepec .

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