La Divina Mímesis (Fragmento): Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-1975)

 

 

 

 

El 21 de noviembre de 1975, la editorial Einaudi editó La Divina Mímesis, justo tres semanas después de que Pasolini fuera asesinado. Esa obra había sido planeada por el autor bajo el carácter absoluto de la autobiografía. Este fragmento aparece publicado en Alforja. Revista de Poesía, número VII, 1999, pp. 139-143.

 

 

 

La divina Mímesis

Pier Paolo Pasolini

 

 

¿Dónde había visto yo algo parecido a aquel jardín lleno de poetas, que ahora tenía ante mis ojos? Desde luego que lo había visto: y si no me equivoco, si la memoria no miente por algún impedimento que no conozco, se trata de la villa de S., a unos kilómetros de Praga. Era una villa del Dieciocho, construida por príncipes bohemios: no conozco otros datos, ni lo daría si los supiera, porque creo que en este caso la exactitud real consiste precisamente en la ambigüedad. Aquel era en efecto un lugar ambiguo: podía ser bohemio, como realmente lo era, y como lo declaraba el triste campo, todo él un enredo de delgadas ramas precozmente secas, pero también podía ser parisiense, o italiano del Norte. Había una alta, elegante, pero anónima tapia, hacia la carretera nacional, en la cual, más adelante, se levantaba uno de aquellos pueblos agrícolas a los que el hecho, precisamente, de encontrarse en un camino de mucha circulación, ha transformado desde hace siglos en un lugar de parada: arrancándolo a la melancolía de las extensiones campestres y a su doloroso olor a hielo. Más allá de esta tapia y de su cancela, había primero un gran patio (cubierto por parterres simétricos de un verde intenso pero pálido), cuyo color general era rojizo descolorido, el de los pequeños ladrillos que fueron de color sangre de buey, y que ahora están desteñidos en un color sanguinolento, ligero y sensual –sueño esculpido en las córneas de los siervos. En el fondo de este patio, se levantaba con su lujo profundamente atenuado por quién sabe qué timidez (arraigada en los corazones del quela había pagado y del que la había proyectado. Aunque era una casa de campo, tenía la severidad de una especie de convento: y detrás de sus altas paredes de civilización ilustrada parecía esconder oscuridades de almas exacerbadas por misteriosos dolores procedentes de la riqueza).

Más allá de la villa se extendía el jardín propiamente dicho: cuyos límites eran el campo desierto y el cielo.

Ese jardín consistía en un infinito juego geométrico de parterres redondos y ovalados, y de plantas rizadas, quizás enebros, entre arbustos perennes nudosos y recogidos en sí mismos como en un espasmo tranquilo.

Aquellos senderos, aquellos parterres estaban llenos de poetas, que, aprovechando un poquito de sol, se paseaban y charlaban dulcemente y sin compromiso, en espera de sentarse a la mesa.

Eran poetas checos y poetas eslovacos y, entre ellos, algún poeta italiano huésped de la villa: que era, precisamente, una villa de poetas.

En un lugar italiano análogo (por lo menos según mi personal experiencia) una reunión parecida habría tenido un aire, en su fondo, profundamente vulgar. Con sus trajes buenos de empleados –obligados a este segundo trabajo para ganarse la vida- los poetas italianos habrían tenido, en una reunión parecida,  más apariencia de empleados que de poetas.

También allí su condición de pequeños burgueses les habría determinado fatalmente; y habría tenido todas las timideces, los miedos, las avaricias, las ansias, los humores, buenos y malos, de las personas económicamente parecidas a ellos. Y, puesto que la pequeña burguesía es vulgar, tampoco ellos habrían podido ser sino vulgares. Además, en una reunión parecida habrían sentido –y especialmente los eventuales poetas comunistas- que habían alcanzado una meta mundana, aunque modesta: y así su vulgaridad, inconsciente, habría oprimido el corazón.

Aquí, en cambio, entres estos poetas bohemios o eslovacos, la piedad, si la había, era distinta. Sus figuras económicas eran las de los poetas y basta, porque el Estado los consideraba tales, y tales los calificaba. Su sociedad no les obligaba a hacer otro trabajo para ganarse la vida. Tenían la seguridad necesaria para la vivienda y la comida, para los gastos extraordinarios y las enfermedades. Y sin embargo, también esas figuras económicas eran míseras: ellas también, pues, “oprimían el corazón”. En cuanto un hombre representa –con su propio físico- y su modo de ganarse el pan, suscita piedad. Y entonces él se defiende de eso, y para defenderse busca otras metas que no sean el pan. Metas humanas que le salven de su condición de productor de mercancía, que, valorada en oro, le hace vivir siempre, como en las pesadillas,  los detalles deleznables de sus géneros de consumo, su chaqueta, sus pantalones, sus zapatos indefensos ante las miradas dirigidas  sus pies prosaicos, que ninguna poesía podrá nunca rescatar, su corbata, su camisa, ay, ligeramente rozada en el borde del cuello y comprada en alguna tienducha snop de la ciudad, o en algún gran almacén luminoso igual para todos (lo que es una crueldad intolerable). La pobreza pequeñoburguesa hace vulgar así al pequeño poeta, y también al gran poeta todavía no reconocido y celebrado.

La verdad que no se consigue decir (como los antiguos no conseguían contar los sueños porque los creían algo distinto de lo que son en realidad) es esta: cada uno de nosotros es físicamente la figura de un comprador, y nuestras inquietudes son las inquietudes de esta figura (así como nuestros pánicos son los pánicos de nuestros sueños). El mundo de los hombres tal como nosotros lo conocemos en nuestra vida moldeada por la mayoría, es un mundo de compradores. Todo lo que necesitamos para manifestarnos es comprado. Pero la verdadera mirada que nos observa a nosotros los compradores no es la mirada de otro comprador. Sólo en algunos momentos esa mirada es también nuestra mirada: pero entonces se trata de una adivinación, cuyo valor no es ni establecido, ni reconocido por nadie. Por eso nuestra experiencia vital sigue siendo la experiencia del que se revela a través de su humilde compra. En los casos mejores, sin embargo, conseguimos hacer de esta experiencia de ilusos, una experiencia real: esto es, conseguimos identificar la experiencia de la figura del comprador que vive en nosotros con las experiencias de aquella figura irrealizada que se llama hombre. A menos que la figura del comprador no se sirva también de esa presunta identificación –a través de una maniobra que conocemos bien- para seguir viviendo en paz en ella. Las leyes que nos rigen han tomado forma en otro mundo que no pertenece a nadie. Porque somos siempre nosotros los que, si queremos, nos volvemos primero sicarios y catecúmenos, y luego maestros en la producción de aquellas mercancías de las que somos compradores. Al hacer esto experimentamos que no existe ninguna solución de continuidad entre súbdito y amo, entre trabajador y capitalista. Ningún ascenso borra nunca el estado anterior: así como el hecho de ser adultos no borra el hecho de haber sido muchachos. Al contrario, en cualquier caso son los estados primeros, los más importantes y definitivos. También el que participa en la producción tendrá siempre los caracteres del consumidor. Volverá a sus primeras inquietudes. A su no pertenecer. No es suya la mirada que mira a quien está presente y se expresa comprando sus mercancías.

El poeta vive el ansia de comprar en estado puro. ¿Por qué, aquí, en este Jardín, no hay ni sombra de vulgaridad? Porque las figuras económicas son destrozadas por su ansia. El poeta, en realidad, quiere vivir todas las figuras económicas posibles, quiere a la vez la miseria y la riqueza. ¡Él no es un comprador! ¡Él es un productor que no gana! ¡Él es alguien que produce una mercancía que puede y no puede consumirse! ¡Peor que el plástico o el alquitrán o los detersivos! Comprador sin aspiraciones (su expresarse en verdad se basta a sí mismo) y productor sin compradores, o cuando menos sin consumidores, se pasa la vida viviendo las ansias –que permanecen en él- del que quiere comprar y del que quiere vender: pero en cierto estado inclasificable. No pueden objetivarse porque ya no son históricas. Cosa de la que no está dicho que los poetas tengan que darse cuenta. Ellos manifiestamente viven en ese caos. En una farsa en la que cada cual tiene su papel.

Hacer degenerar las ansias de la compra y de la producción de algo que es su pureza y su falta de función, este es el papel del poeta.

Si lo sabe, mucho mejor. Si no lo sabe, sabe otras cosas. De repente ves a un hombre distinto de los demás, que grita: “curas, profesores, amos, os equivocáis entregándome a la justicia. No he sido nunca de este pueblo; soy de la raza de los que cantan en el tormento; no comprendo las leyes; no sentido moral; soy un bruto…” esas afirmaciones negativas son la exaltación negativa de la imposibilidad de poseer una figura económica. Por eso él va por las calles en las noches de invierno, sin asilo, sin vestidos, sin pan: y quiere otro. Y se tiene a sí mismo, sólo a sí mismo, por testigo de su gloria y de su razón. Ese testimonio, en cuanto es recibido y percibido por los demás, se vuelve naturalmente impuro: esto es, un pretexto para justificar  los consumidores normales ante sí mismos, tranquilizándose sobre la posibilidad de libertad (realizada por un poeta que ellos, por si acaso, persiguen o corrompen).

Igual que si es un mendigo que si es un señor, el poeta no pertenece ni a la figura económica del mendigo, ni a la del señor. No debe tener figura económica estable. Repito: ora tiene una, ora otra, ora todas a la vez. ¡Y naturalmente las sufre todas! Puede muy viene escribir unos poemas hermosísimos de dolor íntimo y civil, sólo por el dolor real de no tener en el bolsillo un poco de dinero para cenar, o peor todavía, para comprarse un coche; cuando no es por el dolor de tener demasiado dinero de un padre rico.

La degeneración de su estado social hace que sus deseos lleguen todos a realizarse. Si sueña con ver muertos a sus coetáneos pequeñoburgueses, conformistas, seguro de sí mismos  cobardes, débiles, abismos de imperfección y de monstruosidad, chantajistas, feos, ignorantes de una fe tonta, de un Cristo idiotizado y de una Patria de mierda –he aquí que su deseo se cumple, en un tiempo disonante y no cronológico, enseguida o cincuenta años después. Ciertos viejos burgueses –enamorados injustamente de la buena música- o propietarios de palacios dignos de la antigua Grecia, etcétera, de monstruos infames se transforman en gusanillos inocentes, aplastados, pisoteados, desnudos, hediondos; o al contrario, ciertos inocentes jóvenes rubios, ya no obreros y aún no pequeñoburgueses –y aún con toda la cruel integridad del muchacho- se vuelven torturadores miserables  verdugos.

Otras veces, en cambio, ocurre que las palabras de odio del poeta sean realizadas por una revolución, la que él soñaba.

Pero después naturalmente esa revolución es otra cosa: degenera, porque en realidad el sueño del poeta era impuro, nacía de abismos de dolor injustificado, digno del dolor de los burgueses entre los que había nacido, y se transformaba injustamente en un ansia libidinosa de acción.

Sin embargo aquí, en este Jardín, no hay vulgaridad. La primera calidad del poeta es la elevación de su estilo, la pureza de su palabra. En eso consiste su testimonio de la Realidad. Y eso no tiene que parecer contradictorio con lo que he dicho, porque la Realidad está hecha también de Irrealidad (la Irrealidad horrenda de los pequeñoburgueses). La poesía es la  única comunicación que se sustrae, no a las determinaciones económicas, a las que nada se sustrae, sino a toda determinación determinada: ya desde el momento en que el poeta, como he dicho, no se identifica con ninguna figura económica.

No pertenece a las cosas de las que se pueda hablar el prever, por lo demás, cómo, cuándo y por qué un ansia económica no se limita a hacerse –no digo conciencia revolucionaria- o misteriosa ansia de vida –y por lo tanto pensamiento y filosofía-, si no ansia de expresión. La Realidad se revela cuando le parece.

Aquí en este jardín no hay literatos –porque los literatos están todos en el Infierno, y, como verás, sobre todo en los Círculos donde se castigan los pecados más típicamente burgueses y pequeñoburgueses. Sin embargo, aunque poetas, ninguno de los que están aquí ha tenido nunca miedo a la literatura. No se tiene miedo de las cosas cuando se es mucho más fuerte que ellas.

 

 

 

Pier Paolo Pasolini. Bolonia, 1922-1975. Director de cine e intelectual comprometido con la izquierda, fue asesinado por un adolescente en la playa de Ostia. Detenido por las tropas de ocupación alemanas por pertenecer al partido comunista, en 1943 escapó de un campo de prisioneros y se refugió en la campiña de Friuli. En 1950 se trasladó a Roma, donde escribió poemas, ensayos e historias influidas por Antonio Gramsci. Algunas de las películas que dirigió son: Teorema (1968), El evangelio según San Mateo (1964), Medea (1974), El Decamerón (1971), Los cuentos de Canterbury (1972), Edipo rey (1967). Su primer libro de poemas, escrito en friulano, fue Poesie a Casarsa (1942). Luego vendrían Le neceri di Gramsci (1957) y La nuova gioventú (1975).

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