Homenaje a T. S. Eliot. Por Alejandra Pizarnik

 

 

 

 

 

 

Este breve comentario apareció publicado originalmente en la revista El Corno emplumado, número 14, abril de 1965, p. 89.

 

 

 

 

Homenaje a T. S. Eliot

 

 

Alejandra Pizarnik

 

 

 

Buenos Aires, 8 de febrero de 1965

 

 

 

Vengo leyendo los poemas de T. S. Eliot desde mi adolescencia. Conozco de memoria buena parte de los “Four Quartets” y de “The Waste Land”. En cuanto a los ensayos de este poeta, los encuentro admirables excepto cuando su voz comienza a legislar, cuando se torna en la de un Papa de la poesía. Hay siempre un momento en que Eliot comienza a escamotear y es allí que de súbito se me vuelve lejano y extraño. Existen otras voces, otras vidas, que se llaman Dostoyevski, Blake, Nerval, Baudelaire, Kierkegaard, Kafka, Artaud, etc., que para mí siempre dicen la justa verdad. Claro que son voces y vidas subversivas, que en última instancia sólo conducen al caos y a la muerte. “La casa arde y el árbol se desmorona” y estas voces lo dicen y al decirlo se desmoronan con la casa o bajo el árbol. En cambio Eliot, si bien me advierte que la casa se incendia, me señala la conveniencia de comprarme un castillo medieval en donde guarecerme y encontrar paz y seguridad. Del mismo modo, cuando me señala al árbol que cae, observo que él está lejos de ese árbol. Por eso, la lectura de Eliot no me ha sucedido más que estéticamente. Es un gran poeta, pero ante todos sus libros son libros, son letras (no muertas) que no intervienen en mi vida. Sus libros están en el estante de los libros que guardan la belleza desligada del pan y del vino: está junto a Góngora, a Flaubert (el de las novelas, no el de la “Correspodencia”), a Valery. En fin, está junto a los magníficos calculadores del arte.

Esto no significa que para mí Eliot sea solamente un poeta descarnado y artificioso. En gran medida lo es, pero también, en una medida mucho mayor, es, sobre todo, un gran poeta. Luego, es injusto acusarle de no haber sufrido como Baudelaire y no sólo es injusto sino que es una ingenuidad imperdonable. Y sin embargo, se nota que no ha sufrido como los poetas que nombré, quiero decir, se nota un poquito demasiado.

He de releer a Eliot toda mi vida, en tanto dure mi amor por la poesía. Pero mi vida no será nunca alterada por las palabras de Eliot. Una sola frase de Kafka, por ejemplo, es eficaz para permitirme el acceso a algo a modo de lugar de origen o de tierra prometida. En cambio, todas las nociones sobre tradición que Eliot enuncia no me salvan de ningún exilio, no me consuelan nunca del sufrimiento de mi falta de tradición, si bien cuando las leo admiro los razonamientos y admito su perfecta lógica y su necesidad. Pero la lógica es melancolía, y los razonamientos también, pues nunca convencen del todo, uno quisiera convencerse pero algo más fuerte lo impide: la conciencia del escamoteo.

En suma, a pesar de ser profundamente sensible a la magia verbal de los bellísimos poemas de T. S. Eliot, la obra de este poeta no ha influido ni en mi vida ni en mi obra.

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *