Gerardo Diego: renovador de la tradición española. Por Carlos Sánchez Ramírez

 

 

 

 

Gerardo Diego: renovador de la tradición española

Carlos Sánchez Ramírez

 

 

Inicio este ensayo explicando que el título tiene dos perspectivas: la primera, Gerardo Diego como renovador de la tradición española a partir de su creación poética; segunda, Gerardo Diego como renovador de la tradición a partir de su labor de catedrático, difusor, antólogo y editor.

Diego es conocido esencialmente por dar a conocer y formar parte de aquel afamado grupo de jóvenes que homenajearon a Góngora en 1927; no obstante, la fama posterior sólo le llegó a algunos de ellos y, me atrevo a decir, no solo por cuestiones meramente poéticas. Muchas veces cuando hablamos de Generación del 27, los primeros que se nos vienen a la mente son Federico García Lorca, Rafael Alberti y, últimamente también, Luis Cernuda. Esto no es extraño, más allá de su poesía, el mito que hay alrededor de ellos los catapultó a la trascendencia en el mundo de las letras. Sin embargo, se debe decir que quizá al menos uno de estos tres no lograría esa fama sin el trabajo intelectual de Gerardo Diego.

Cuando menciono la importancia de la renovación de Diego en la tradición lírica española a través de su poesía, es por una simple razón: Gerardo tuvo la habilidad necesaria de revitalizar las formas clásicas del siglo de Oro, desde el romance hasta el soneto, sin dejar atrás el poema de largo aliento al más puro estilo gongorino. Ciertamente no todo en la obra de nuestro poeta es clasicismo y tradición, existe también esa faceta, a veces más reconocida, de poeta vanguardista y creacionista; no obstante, aquí me enfocaré solo del poeta tradicional, entendiendo la palabra en la mejor de sus acepciones; aunque es destacar que en no menos de una ocasión logró unir la vanguardia y la tradición en armónicos términos.

En primer lugar, he de mencionar que Gerardo Diego fue, en cierto modo, la cabeza de los homenajes a Góngora en el año de 1927. No sólo comandó una serie de invitaciones a los grandes poetas de ese tiempo en España para que participaran en tan magno evento, desde Juan Ramón Jiménez hasta Unamuno, sino que, además, hizo una de las obras más interesantes que se han hecho en honor a Góngora: “La fábula de Equis y Zeda”, donde recupera la sextina real, y ocupa el estilo barroco gongorino: el estilo es llevado más allá del magisterio del autor cordobés y lleva el poema a una cumbre vanguardista. Revisemos el siguiente fragmento dedicado a quién más sino al gran poeta barroco:

 

Amor

Góngora 1927

Era el mes que aplicaba sus teorías

cada vez que un amor nacía en torno

cediendo dócil peso y calorías

cuándo por caridad ya para adorno

en beneficio de esos amadores

que hurtan siempre relámpagos y flores

 

A qué no gongorino no le recordarán estos versos al inicio de la Soledades: “Era el año de la estación florida/ en que el mentido robador de Europa”. Y la cuestión no queda ahí, Gerardo Diego fue un buen aprendiz de Don Luis a la hora de hacer sus sonetos. Sus sonetos al igual que los del cordobés son bimembres, esto quiere decir que cada verso consta de dos partes evidentes, dando al verso un ritmo peculiar, ya hay una ligera cesura dentro de él. Con un fragmento del siguiente poema, “El ciprés de Silos”, quedará más claro:

 

Mástil de soledad, prodigio isleño

fecha de fe, saeta de esperanza.

Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,

peregrina al azar, mi alma sin dueño.

 

Pero no todo es Góngora para Diego, él aprende de todos los poetas del siglo de Oro: les dedica composiciones, los imita, los homenajea a través de sus poemas. Por los distintos poemarios de Gerardo escuchamos el susurro de Lope de Vega, del muy olvidado Conde de Villamediana y, también, no se debe olvidar, de Sor Juana Inés de la Cruz. Con esto, nuestro poeta revitaliza el soneto, que fue el motor de nuestra primer gran vanguardia en español: El siglo de Oro, de la mano de Boscán y del dulce Garcilaso de la Vega. Por eso no es exagerado decir: “Gerardo Diego era el sonetista de la generación del 27”.

Gerardo Diego, por otra parte, también practicó, de buena manera, otras estructuras poéticas tradicionales. Tal es el caso de la glosa, la oda y, de muy excelente manera, el romance; insertó el Romance en la modernidad antes que García Lorca y su Romancero Gitano. Pues su Romancero de la novia apareció en 1920, mientras que el Romancero gitano en 1928. Aunque el Romancero de la novia fue un libro que pasó casi desapercibido, uno de los más importantes críticos, Angel Lacalle, reseñó el poemario diciendo: “En romances acabadísimos, en los que demuestra su conocimiento absoluto de los mismos, y sobre todo un conocimiento perfecto del ritmo (…) Con un dejo romántico y con una delicadeza admirable”. Era su primer libro y el joven de 24 años ya se ponía en la esfera de la literatura española. Con lo anterior, expresó el profundo conocimiento que tenía sobre las formas tradicionales y la habilidad que tuvo para ponerlas en el ojo de la modernidad.

En un párrafo anterior mencionaba que Gerardo Diego también fue un gran vanguardista y que se incorporó al creacionismo del chileno Vicente Huidobro. Sin embargo, como también mencioné, esa faceta de Gerardo no la profundizaré aquí. Esto lo traigo a cuenta sólo porque, en más de una ocasión, tuvo la capacidad de unir vanguardia y tradición, el siguiente poema lo mostrará, que está escrito en alejandrino; es decir, en verso de catorce sílabas. El metro alejandrino, desde su nacimiento, está allegado a lo culto y lo formal, recodemos ahora a la cuaderna vía, usada por el Mester de Clerecía. Lo asombroso, es que el poema, a pesar de su meticuloso cuidado del conteo silábico, usa la imagen surreal y la combinación extraña de campos semánticos, además de la anulación de la puntuación:

 

No está el aire propicio para estampar mejillas

Se borraron las flechas que indicaban la ruta

más copiosa de pájaros para los que agonizan

Se arrastran por los suelos nubes sin corazón

y a la garganta trepa la impostura del mundo

 

Hasta ahora, he explicado las maneras en que nuestro autor logra revitalizar la tradición a través de su poesía. En la siguiente parte del texto explicaré cómo logró esto más allá de su labor creativa. Gerardo Diego no fue la revelación joven de la poesía española, aunque es cierto que desde muy joven escribió, discretamente, unos cuantos sonetos; su primer acercamiento real fue debido a la Academia y es ahí donde empezó a hacerse de renombre. Ya como universitario en 1919 da una conferencia, la cual tendría gran relevancia sobre la nueva poesía, esto un año después de conocer e iniciar amistad con Vicente Huidobro. Es a partir de sus conferencias como inicia su desenvolvimiento en la poesía. Su trabajo como catedrático y académico, posteriormente, le ayudarían para el homenaje de los trescientos años de Don Luis de Góngora. Es interesante que un año después de su conferencia sobre nueva poesía dé una nueva sobre poesía barroca. Gerardo Diego, hasta en cuestiones formales y académicas, supo apreciar tanto a la tradición como a la vanguardia. Pero lo realmente importante aquí es su trabajo como reunidor de aquellos jóvenes poetas que darían a la lengua española una nueva vieja manera de comunicarse, una nueva manera de expresar el presente y los descalabros de la modernidad. Así es como iniciará poco a poco lo que hoy llamamos Generación del 27. Dice Diego que el grupo se empezó por parejas, o al menos el núcleo: “Salinas y Guillén, Aleixandre y Dámaso Alonso, Gerardo Diego y Larrea, y, finalmente, los jovencísimos Lorca y Alberti”.

¿Cómo logró unir estas grandes voces en un homenaje a un poeta y después reunirlos en una antología? Gerardo tuvo la astucia de encontrar en Góngora un poeta rebelde, distinto, además de que tenía otra particularidad: era un poeta odiado por muchos académicos de la época, en general, y odiado por ciertos miembros de la generación del 98, generación precedente a esta, en particular. De este modo, Gerardo tenía un pretexto perfecto, sin dejar de lado que Góngora era un autor muy querido y estudiado por él y por los más vitalistas poetas de la generación en ese momento: Rafael Alberti y Dámaso Alonso; sobre esto dice el santanderino: “Me reuní con los gongorinos y procuré reanimar su catalepsia. Los únicos que han trabajado con entusiasmo son Alberti, y sobre todo, Dámaso Alonso”.

Aunque muchos de los colaboradores y poetas de sus proyectos eran desorganizados y flojos, él confío, en la mayor medida de lo posible, en ellos; un ejemplo claro es cuando sale el primer libro de Cernuda Perfil del aire, el cual tuvo muy malas críticas; Diego salió a defender la obra y al autor, y no solo eso: viendo la calidad de los poemas de Luis, le pidió que colaborará en la revista que él dirigía en ese momento: Carmen.

Nuestro autor logró catapultar a su generación gracias al gran trabajo editorial con su revista Carmen, donde aparecieron autores jóvenes, hoy ya de gran importancia, ahí aparecieron sin excepción los ya susodichos de la generación, además de incluir a los que no he mencionado: Prados y Altolaguirre. Entonces, ya para 1927, en Carmen y en el homenaje a Góngora, la lista de los que hoy conocemos como Generación del 27 ya estaba lista: Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Juan Larrea, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. La labor extrapoética se vería concluida con su Antología en 1932. Después de esto cada poeta siguió su camino, sin embargo, Gerardo Diego a los más jóvenes ya los había puesto en un buen camino.

 

 

 

 

Carlos Sánchez Ramírez (Ciudad de México, 1998). Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas por la FFyL UNAM. Ha sido dos veces becario del Curso de Creación Literaria para jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas. Forma parte de la revista Taller Ígitur, de Crítica y Pensamiento en México y de Diótima.

 

 

 

 

 

 

 

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