Francisco de Quevedo y Villegas. Un poeta en intrigas políticas. Por José Vicente Anaya

 

 

 

Este ensayo aparece publicado, originalmente, en Poetas en la noche del mundo, Difusión Cultural UNAM, 1997, pp. 195-202.

 

 

 

 

Francisco de Quevedo y Villegas. Un poeta en intrigas políticas

José Vicente Anaya

 

 

 

Francisco de Quevedo y Villegas tenía 23 años de edad cuando escribió su poema satírico más conocido “Poderoso caballero es don Dinero”, en el que da cuenta burlona de la falta de dignidad y el abuso de poder con la riqueza:

 

Madre, yo al oro me humillo;

él es mi amante y mi amado,

pues, de puro enamorado,

de continuo anda amarillo;

que, pues, doblón o sencillo,

hace todo cuanto quiero…

 

En este poema hace ver cómo el alquímico dinero transforma personas: “Y pues quien le trae al lado / es hermoso aunque sea fiero…” Denuncia los mecanismos de corrupción ante los poderosos: “Pues que da y quita el decoro / y quebranta cualquier fuero” Y en relación con lo anterior, el soborno: “Y pues él que rompe recatos / y ablanda al juez más severo…”

Si de conocer las intrigas políticas y morales de la realeza se tratara, Quevedo empezó desde muy joven, ya que su padre, Pedro Gómez de Quevedo, fue secretario particular de la reina doña Ana de Austria, y ésta tuvo como dama de compañía a María de Santibáñez, la madre del poeta. Conocer los mecanismos de corrupción dentro del poder no sólo dio datos a Quevedo para la sátira, sino que hasta permitió ejercer el soborno, tal vez con cierto cinismo. Fue así que, habiendo hecho amistad desde 1612 con Pedro Téllez Girón (más tarde duque de Osuna), en un momento determinado colabora con este político en servicios de espionaje y comprando influencias a los altos funcionarios del momento.

Diez años después de haber escrito “Poderoso caballero…”, es decir en 1613, don Francisco se encuentra viviendo en Palermo al servicio del duque de Osuna. Al año siguiente está en Niza espiando al duque de Saboya, para conocer sus intenciones de dominio ya que hacía poco tiempo había invadido Monferrato. En 1615 Quevedo llega a la corte de Madrid como embajador de Sicilia, le lleva “donativos” al rey Felipe III y a otros nobles con altos puestos políticos como el duque de Lerma, pidiéndole a éste que influya a favor de entregar el virreinato de Nápoles a su señor, el duque de Osuna, lo cual logra.

En esto de sobornar poderosos, durante aquel momento de 1615 en Madrid el poeta le escribe a Téllez Girón sobre las “untadas” (sobornos) que ha dado: “Señor, según yo veo, adelante ha de haber tiempo de untar esos carros para que no rechinen, que ahora están más untados que unas brujas”. Y a propósito de este tema, en la letrilla satírica “La pobreza. El dinero”, el poeta escribió:

 

¿Quién los jueces con pasión,

sin ser ungüento, hace humanos,

pues untándoles las manos

los ablanda el corazón?

¿Quién gasta su opilación

con oro y no con acero?

El dinero.  

 

Después de que Osuna es nombrado virrey de Nápoles en 1616, Francisco de Quevedo recibió la Orden de Caballero de Santiago.

El parlamento de Nápoles envía otra vez a Quevedo, ahora en 1617, como embajador a Madrid llevando “donativos” para Felipe III, y la petición de extender por tres años más el virreinato de Osuna, lo cual concede el soberano. En este año el poeta también cumplió la misión de espía del Vaticano, buscando planes políticos que sobre España y Venecia tenía el Papa Paulo V.

El duque de osuna cayó en desgracia en 1618, y con él Quevedo, al ser acusado  aquél ante el Consejo de Estado de participar en la “Conjura de Venecia”. Osuna fue encarcelado. A Quevedo se le investigó por ser muy conocida su relación con el duque, pero habiéndose demostrado que durante la “conjura” el poeta estaba en Madrid, se le dejó libre. No obstante, Quevedo se autoexilió en su casa del poblado de Torre de Juan Abad sonde se dedicó a escribir. De este tiempo su libro Política de Dios.

¿De dónde llegaba el dinero a España y cuáles eran sus logros?

 

Son sus padres principales,

y es de nobles descendientes,

porque en la vena de Oriente

todas las sangres son reales;

y pues es quien hace iguales

al duque y al ganadero,

poderoso caballero

es don Dinero

Sus escudos de armas nobles

son siempre tan principales,

que sin escudos reales

no hay escudos de armas nobles…

 

 

El moralista satírico

 

El Quevedo convertido en espía político y en sobornador no ejercería esas “gracias” por mucho tiempo. No se sabe qué tanto creía el poeta en el proyecto político de Pedro Téllez Girón o si lo había apoyado ejerciendo la corrupción sólo por amistad, o si tan sólo se trataba de una característica más de una personalidad “maldita” de poeta, o si tan sólo era una forma de demostrar que su genio lo podía llevar del oprobio  a la redención “poniéndole trampas a la realidad”. El caso es que don Francisco de Quevedo y Villegas se arrepintió de la vida cortesana de antes y después de sus acciones intrigosas en la política. También, conocido como crítico de los tiranos, llama la atención que el poeta en su libro España defendida, de 1609, alabará al poderoso; y en Política de Dios, de 1619, deificará la monarquía. Por sobre todos esos hechos, parece ser que fue una sólida formación filosófico-humanista lo que marcó una personalidad consistente en Quevedo.

De su decepción de la vida cortesana Francisco de Quevedo escribió: “Cansado estoy de la corte, / que tiene, en breve confín, 7 buen cielo, malas ausencias, / poco amor, mucho alguacil…” Con el anterior tema leemos este otro fragmento: “Entre no me encojo / que, según dice una ley, / si es de buena sangre el rey, / es de tan buena su piojo”.

Ya por 1613, cuando acude a las primeras intrigas políticas con el duque de Osuna, Quevedo se arrepentirá de lo que había hecho y haría, pues en la introducción a los salmos de Heráclito cristiano… se dirigió al lector con estas palabras.

Tú, que me has oído lo que he cantado y lo que me dictó el apetito la pasión o la Naturaleza [de refería, por su puesto, a anteriores poemas procaces] oye ahora, con oído más puro, lo que me hace decir el sentimiento de todo lo demás que he hecho: que esto lloro porque así me lo dicta el conocimiento y la consciencia, y esas otras cosas canté porque me lo persuadió así la edad.

 

Esos salmos, por cierto, son de  una gran profundidad religioso-filosófica y lenguaje poético inigualable. En un fragmento del “Salmo XI” leemos: “…mi mayor tesoro / es no envidiar la púrpura y el oro, / que en mortajas convierte / la trágica guadaña de la muerte…” Y el “Salmo IX” empieza con el desengaño:

 

Cuando me vuelvo atrás a ver los años

que han nevado la edad florida mía;

cuando miro las redes, los engaños

donde me vi algún día,

más me alegro de verme fuera dellos,

que un tiempo me pesó de padecellos…

 

Pensando en la época y personalidad de Quevedo, la estudiosa de este poeta, Esther Bartolomé Pons, escribió:

 

…un hombre afectivamente desgarrado por incitaciones de signo opuesto, que esconde avergonzado un corazón tierno y susceptible de un caparazón de procacidades, como autodefensa –él, tan acomplejado por sus defectos físicos y tan descontento de sí que teme el desprecio ajeno- frente a una sociedad cruel y despiadada que se mofa de todo lo humano y lo divino. Su agresividad descontrolada, su máscara bufonesca, la virulencia de sus ataques, responden a una hipersensibilidad que sufre la constante amenaza de la herida…

 

Sobre la vena satírica de nuestro poeta, Miguel Ángel González Muñiz nos dice: “la vena más destacada y fecunda de Quevedo es la satírico-burlesca. Muchos de los temas de esta poesía repiten, en tono irrespetuoso, procaz a veces, los de su poesía seria. Quevedo se burla del amor, de la vida, de la muerte, del poder, del dinero, de la hipocresía, de las ambiciones, de los demás, de sí mismo…”

Desde luego que Quevedo no fue el primero ni el único que ha utilizado la sátira política para criticar los defectos humanos, pero sí es de los pocos que en su tiempo supieron ejercer la inteligencia que ve y hace ver los errores de los que gobiernan. Su contemporáneo Lope de Vega lo llamó el “Lipsio de España en prosa; y Juvenal en verso”.

A Quevedo le queda muy bien otro breve título, el que Jorge Luis Borges le dio como “sentidor del mundo”.

 

 

Tiembla, escondido, en torres el tirano

 

¿De dónde heredó México esa forma de corrupción que se llama “mordida” sino de España misma? La ejerció y la satirizó el poeta don Francisco de Quevedo desde ya hace casi cuatrocientos años. Este tipo de soborno llegó directamente de la “Madre Patria” a la nueva España como una práctica política  no sólo tolerada sino “necesaria”, pues los funcionarios públicos pagando “mordidas” conseguían favores y puestos, y cobrándolas se autopagaban sus salarios (aunque también mucho más)… Por cierto, la famosa frase de ir a “hacer a América” que todavía hace poco algunos españoles proferían en su decisión de llegar a este continente para enriquecerse, Quevedo ya la satirizaba en su tiempo, aunque en esta forma “Indias hace / quien, como yo, / con nada está contento”.

A manera de consejo y advertencia para quien quiere tener puestos políticos, augurándole el futuro de “infame”, Quevedo escribió lo siguiente: “Si gobernar provincias y legiones / ambicioso pretendes, ¡oh Licino!, / procura que el favor y el desatino / aseguren de infames tus acciones”.  En el mismo poema, más adelante satiriza la riqueza malhabida (existen muchas dudas de que exista la riqueza “bienhabida”): “Felices son y ricos los pecados: / ellos dan los palacios suntuosos, / llueven el oro, adquieren los estados”.

El político enriquecido por medio de la corrupción es retratado por Quevedo así: “Sóbrale tanto cuando falta a Roma; / y no nos puede ver, porque le vimos; / lo que fue esconde; lo que usurpa asoma”. Y una personalidad tal “No tiene paz; no sabe hallar hartura; osa llamar a su maldad justicia; / arbitrio, al robo; a la dolencia, cura”.

En El parnaso español, la primera recopilación poética de Quevedo que se publicó posmortem, en el poema titulado “Describe la vida miserable de los palacios…”, habla de la entrada en la vida política: “Para entrar en el palacio, las afrentas / ¡oh Licino, son grandes, y mayores / las que dentro conservan los favores…”

¿Cuál es la cualidad moral de los políticos en la corte? Quevedo pregunta: “Quién al mayor delito se resiste? / ¿Qué cortesano habrá que no se afrente / de que le exceda en vida delincuente / el que a los ojos, que pretende, asiste?” La hipocresía del político que alaba se corresponde con la del que es alabado:

 

Yo conocí al caballero

que nunca se conoció,

y jamás armas tomó

sino en sello o dinero.

Después le he visto guerrero.

y sin ver Flandes, pregona

más servicios que fregona

a las diez en la noche oscura.

Pícaros hay con ventura

de los que conozco yo,

y pícaros hay que no.

 

En la famosísima novela satírica que Quevedo escribió en 1604, la Historia del Buscón llamado don Pablos…, el personaje principal, de un oportunísimo instantáneo y permanente reflexiona sobre su deseo de escalar las altas esferas del poder, tan corruptas y con igual delincuencia que otras: “Con  estas vilezas e infamias que veía yo [en la corte], ya me crecía puntos el deseo de verme entre gente principal y caballeros…”

El abuso del poder, las acciones injustas, lo que los políticos mexicanos en el poder han llamado “enriquecimiento ilícito” (para taparle el ojo al de complejos de robos de la nación), para Quevedo fueron cosas ejercidas por personas concretas: los tiranos. Y cuando el poeta se aleja de la corte escribe: “…hozo blanda paz tras dura guerra, / al inicio poder de la riqueza, / al lisonjero adulador tirano…”

A la gran avaricia de acumular más poder y riqueza Quevedo la llamó “sed hidrópica de oro”. Y de esta sed nunca saciada ¿qué se llevarán? “¡Cuán raros han bajado los tiranos, / delgadas sombras, a los reinos vanos / del silencio severo / con muerte seca y con el cuerpo entero!”

Según Quevedo, el que ejerció con tanto abuso el poder se esconde de miedo ante el descontento y posible rebelión popular: “…tiembla, escondido, en torres el tirano…”

 

 

 

 

 

José Vicente Anaya (Villa Coronado, Chihuahua, México, 1947-2020). Poeta, ensayista, traductor y periodista cultural. Fundador del movimiento infrarrealista. Ha publicado más de 30 libros, entre ellos: Avándaro (1971), Los valles solitarios nemorosos (1976), Morgue (1981), Punto negro (1981), Largueza del cuento corto chino (7 ediciones), Híkuri (4 ediciones), Poetas en la noche del mundo (1977), Breve destello intenso. El haiku clásico del Japón (1992), Los poetas que cayeron del cielo. La generación beat comentada y en su propia voz (3 ediciones), Peregrino (2002 y 2007), Diótima. Diosa viva del amor (2020), Mater Amatisima/Pater Noster (2020) y Material de Lectura (poesía Moderna, UNAM, 2020), entre otros. Ha traducido libros (publicados) de Henry Miller, Allen Ginsberg, Marge Piercy, Gregory Corso, Carl Sandburg y Jim Morrison. Ha traducido a más de 30 poetas de los Estados Unidos. Ha recibido varios premios por su obra poética. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores CONACULTA-FONCA. Formó parte de la Sociedad de Escritores de México y Japón (SEMEJA). En 1977, funda alforja. REVISTA DE POESÍA. Desde 1995 ha impartido seminarios-talleres de poesía en diferentes ciudades de México. Ha asistido a encuentros internacionales de poesía y dado conferencias en varios países como Italia, Estados Unidos, Colombia y Costa Rica. Colaboró en la revista Proceso.

 

 

 

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