Escritores y Literatura: El oficio proscrito. Porfirio Salazar

 

 

 

 

 

ESCRITORES Y LITERATURA: EL OFICIO PROSCRITO

 

PORFIRIO SALAZAR

 

 

 

La página habla. El silencio se destierra, y la palabra toma su sitio y explora: arde el entendimiento de quien escribe. El hombre frente al espejo soy yo, un poco más joven gracias a la literatura y al poder de las palabras que me hacen denunciar, desarmar la realidad como pequeños trozos de barro y luego recomponerla, recrearla para que muestre al hombre que soy y fui, su imagen verdadera. De pronto, una idea por aquí, otra idea que vuela y llega en forma de proyecto: ya estoy empezando el acto creativo que inicia en una chispa diminuta y luego es incendio por obra y gracia del afán que me deslumbra: escribir. La obra está lista. Unas cuantas correcciones, luego de la supresión de más silencio. Pero: ¿cómo hacer que llegue al público?, ¿qué respaldo tendrá cuando adquiera la forma de libro?

Escribir, ¿para qué?; ¿quién gana con lo que escribo?, y si escribo: ¿cómo publicar en un país con tantos analfabetos funcionales, que no leen porque tienen otras preferencias, más fugaces, signadas ideológicamente por los mass media?

Enseguida justifico mi oficio y me digo, ¡no, hombre, lo importante es la obra, lo vital es escribir, ya el libro saldrá solito! Este examen suscita una serie de divagaciones sobre el hecho de escribir en esta parte del mundo, en mi casa, en Panamá, patria a la que amo, porque ha sido mi casa, mi máquina de escribir, mi barrio, la cerveza del domingo, el arrullo de mi madre, la cebolla morada de la rutina, la hoja en blanco inundada de palabras cada vez que quería decir, a cada tiempo y piedra, asuntos que, a la larga, atañían a la condición humana.

La función de la literatura es, entre otras, desnudar esa humanidad y registrar la realidad desde la ambigüedad de los afectos. La realidad comporta necesidades sistémicas y hace su resistencia para no amoldarse a esquemas cerrados cuando crea lo que destruye.

La literatura se justifica por cuanto revela rastros de identidad, que atañen a todos por el hecho de vivir y compartir el mundo. Furibunda, apasionada y rabiosa no cuelga de carteles para existir ni requiere de modelos de revista para enseñar su mejor cara. Siempre amotinada entre el sueño y la realidad, quiere escapar del silencio y ser libro: objeto que hizo posible el registro de la civilización.

La literatura en forma de libro permite registrar la vida que intentamos descifrar desde la historia, precisamente, porque la historia de la civilización ha venido gestándose dentro del proceso histórico, en el que ha cabido casi todo: desde un paisaje al óleo hasta el mármol renacentista; desde la intolerancia hasta los gritos intensos de misericordia y compasión; desde la Inquisición hasta las primeras ediciones acaecidas en la Edad Moderna; desde el telescopio hasta la imprenta en serie; desde la poesía beat hasta el jazz y el hip hop. Todo ha sido parte de nuestra civilización que, no pocas veces, chocó con otras, pero la literatura pudo enseñarnos algo más que la nostalgia del paraíso perdido. Pudo, sin temor, y valiéndose de algunas imágenes y símbolos, mostrar el otro rostro de la condición humana; aquel que focaliza la necesidad de crear y soñar.

Sea la literatura en cualquiera de sus géneros (poesía, cuento, relato, dramaturgia, novela y ensayo) si es que somos partidarios de su clasificación burguesa y canónica o, bien, si estimamos otras clasificaciones del hecho literario, en el que se defiende la idea de géneros abiertos (por ejemplo, un cuento diseñado sin conflicto, con lenguaje poético o un poema que tenga el poder de relatar una historia argumental), siempre han surgido los problemas relacionados al “por qué” escribimos, y al “por qué” y “cómo” publicamos.

En el tema de la cultura y de su ausencia en la agenda de quienes detentan el poder ha incidido un factor de trascendencia o, para ser exacto, una inexistencia: a nadie se le ha ocurrido la creación del Instituto Panameño del Libro, que siga pautas editoriales indispensables en la promoción de obras, a fin de que el libro conserve sus dos naturalezas: como objeto de conocimiento y como objeto de consumo. Esta salida institucional crearía las bases para que la carrera de escritor profesional no sólo sea simple necesidad emocional e íntima de despertar ángeles adentro y expulsar demonios artífices de la ruptura de los lazos humanos, sino también ayudarían a consolidar la idea del arte de escribir como oficio rentable. Se hace impostergable la concepción y ejecución de planes, a corto plazo, de políticas inclusivas del libro dentro del proceso educativo.

En Panamá, hasta la fecha, la literatura de creación no ha constituido el arma didáctica por excelencia. Los estudiantes leen sumarios de obras extraídas del computador y los maestros se niegan a propiciar la lectura de la buena literatura, no sólo por desidia y carencia de una auténtica formación humanística, sino porque han incidido factores económicos concretos, en forma de impuestos y altas tributaciones, las cuales han edificado la barrera de la incultura, muralla que nos alejó del entendimiento inicial con que los libros propiciaban una serie de acercamientos vitales en la comprensión de nuestra realidad histórica.

Cincuenta millones de personas -en este instante- atestan las tiendas de comida rápida y nosotros, los istmeños, no somos la excepción al programa de alienación, milimétricamente, trazado para despojarnos del ser, de nuestra manera particular de sentir la vida, de comer, de soñar y de amar. Hay un fantasma que hace supermercado los domingos,  con ojos de lobo o de lechuza y garras que ascienden los muros y las fronteras mentales, empeñado en la desfiguración de lo que somos. Pero, ¿qué somos y qué hemos sido? Diría que somos una nación, cuyo mestizaje hizo posible nuestra diversa riqueza cultural. Americanos y universales, los panameños despertamos al mundo abriéndonos a las demás naciones, por obra y gracia del Canal de Panamá, empresa alícuota: pusimos la tierra, el ancho mar, las costas amuralladas de arena y los norteamericanos la herramienta y la máquina. Seres de muchas partes de la tierra fueron construyendo, grano a grano, el camino de aguas por donde transitaron lenguas, comercios, amores y desvaríos de tantos siglos y cenizas insepultas e ensimismadas en un solo sueño: atravesar los dos océanos. Una empresa compartida, entre una nación que empezaba a ver el sol de su destino y otra que tenía el camino marcado por guerras, con una historia complejísima atenazada por sueños de libertad y barracas de esclavos; música rock y viajes espaciales casi al mismo tiempo. Tal dilema nos enseñó a pelear y a afirmar nuestra identidad: cuantas veces fuimos invadidos, siempre supimos levantar la bandera y navegar hacia adelante. Cultivar la literatura, y en especial la poesía, es escuchar los ruidos del mundo y convenir –convertir-, en nuestro itinerario, esos ruidos en fuente de palabras que describan nuestra ración de luz y oscuridad.

Los escritores panameños hemos sido, a pesar de nuestras falencias, auténticos atrevidos de carne y hueso. Hemos escrito la vida y el amor, y también hemos hecho un registro minucioso de la nación verdadera (no de la nación puritana y falsamente patriótica). Hemos dicho y hemos sido, porque queríamos ser la página que habla, la palabra despierta y musical, aquel eco de la voz nocturna que indicaba por dónde debíamos ir haciendo el camino para que nuestros hijos despertaran, de pronto, en una patria libre, no sólo de cadenas imperiales, sino de ataduras culturales que oprimían nuestro ser nacional, que ya iba dibujándose desde la colonia y a pesar de ella. Sí, los escritores, en la gruta de la indiferencia, hemos continuado para seguir registrando la noche oscura de la patria y aquello que nubló los ojos. Hemos tenido el valor de coexistir con un sistema educativo que avergüenza, moviéndonos en una sociedad que desacredita a los valores esenciales, insistiendo en su afán de afirmar contravalores fugaces y falsarios.

Nuestras carencias son producto de nuestra naturaleza polivalente, que alienta su propia cosificación y también son el resultado del desconocimiento y la ignorancia. Gracias a la ignorancia nuestro país pudo ser tallado, ideológicamente, en torno a una idea mediática de libertad, por una clase dominante autoproclamada “constructora” de la patria sin serlo. En pleno siglo XXI un grupo minúsculo desprecia la cultura popular, regatea derechos sociales, aumenta tributos a los pobres, aminora a la clase media y gana elecciones intercambiando votos por promesas. Este grupo se resiste a la función social de la propiedad privada y al Estado social de Derecho: garantías de ajuste en un sistema de justicia igual para todos. Sus desaciertos podrían abrir la puerta al germen totalitario, alternativa peor que todas las demás.

La concurrencia de atavismos ideológicos es el resultado alarmante de aceptar el statu quo, de manera acrítica. La sociedad de clases ha logrado construir un imaginario en la conciencia del hombre común, preocupado por la inmediatez de privilegios y ganancias. La gracia de la literatura le es dada, porque es un hecho profundamente humano. No proviene del vacío el talento de escribir. Casi todos los buenos escritores, aquellos que han puesto al hombre y a la mujer en el epicentro de su discurso han mantenido contacto con los libros. Jorge Luis Borges, Virginia Wolf, Julio Cortázar, Nicolás Guillén, V.S. Naipaul, Camus, Doris Lessing y Sábato, son ejemplos de mi afirmación. El mundo como biblioteca (la idea es borgiana) recorre y reconoce el sendero que marcan los libros en nuestra vida. Su uso nos ha ayudado a abjurar de lo deleznable para conceder alas a nuestra libertad mental.

Muchos escribidores buscan ser reconocidos mediante el uso malintencionado de la farándula, pero no tienen resultados, precisamente porque los ruidos del mundo sirven a la literatura para formarla y concebirla, no para fomentarla. La literatura se reconoce en los valores que defiende y en la forma en que se usan las palabras dentro de las diferentes escalas discursivas, en las se debe preservar y transformar el idioma como fuente común dotándolo de la expresión necesaria para lograr el sello inconfundible, tan difícil de obtener, que es la originalidad: cualidad que da deje y peso a la escritura como extensión de la persona, quien toma la página en blanco y quiere que hablen las palabras por los hechos describiendo mundos imposibles y realidades tangibles a la vez.

Lejos, la obra se esculpe; cerca de nuestros semejantes, la obra adquiere el carácter humano que la identifica por ser, muchas veces, un retrato, una recreación a color de los diversos ropajes de la humanidad: su generosidad, su grandilocuencia, su crueldad y su olvido. En las gavetas polvorientas de mis colegas, escritores de ayer y hoy, dormita, en silencio, alguna obra maestra, pero la desesperación invade hasta las lágrimas y la obra no encuentra su salida. Las editoriales nos ignoran (¿cómo se le ocurre publicar un libro así?) Otras serán más sutiles: ¡su libro es excelente, pero no está acorde con nuestra línea editorial!, y otras cosas por el estilo. El escritor sigue en su empeño, insiste y se pasa la vida insistiendo (tanto da la gota que abre hueco), porque la literatura representa el eje de su pasión y la pasión mueve el eje de su vida. Sin literatura no soy, soy otro, el lejano olvidado, la sombra de los ojos perdidos y la huella solitaria entre tantos desconsolados que no han encontrado su destino. Así, publicar un libro se convierte en asunto de vida o muerte. Cambia el ánimo, aumenta la preocupación y crece la ansiedad, y si amanecemos con lluvia los ojos perderán su asombro. Es la tragedia diaria de tantos escritores infortunados, sin suerte, que no tienen –no tenemos- disponibles los mecanismos usuales de la industria editorial, a veces bien distante del talento y la inventiva.

Exotismo, corrupción, amores contrariados, magia, demonios enfurecidos y dioses redivivos, brujería, pobreza y opulencia, nos asedian, a diario, en esta parte del mundo que se ha empecinado en buscar su destino de libertad: ojos sobre el cuerpo de la historia que quiere despertarse cuando le cierran puertas a la participación democrática que implica respeto a las minorías sociales, étnicas y sexuales, y también respeto al individuo.

Las luchas reivindicativas en América Latina constituyen un vivo ejemplo de cuánto idealismo moral y mística revolucionaria pueden inspirar a las masas en la consolidación de un sistema de inclusión que abogue por libertades políticas y justicia social. La experiencia histórica nos enseña que el solo anhelo de libertad ha aglutinado a diversos actores sociales y que dicha convocatoria emergente ha procurado títulos de propiedad a campesinos, construcción de escuelas y programas nacionales de salud. Sin embargo, al lado de logros evidentes, se ha levantado la incomprensión por parte de centros imperiales de poder, los cuales no han sentado las bases cognitivas para poder diferenciar entre cambio social y simple revuelta, ni tampoco trazar distancia entre avanzada social y comunismo. Esta falta de visión ha tenido entre sus consecuencias: la radicalización de movimientos que, al principio, fueron heterogéneos, lo cual condujo, además, a la polarización de países y a la corrupción en cierto sector de esas dirigencias.

El libro ha sido promovido y también la poesía, pero muy tímidamente, simplemente porque la poesía al integrarse a un discurso del hablante lírico que indaga sobre su devenir emocional y traza, desde el idioma como estructura formal del pensamiento, una crónica personal, deviene oficio muy sofisticado del espíritu, resistente a la comercialización, de manera que la poesía actúa como herramienta liberadora de atavismos religiosos y demás oscuridades mentales en los estados que luchan por alcanzar su desarrollo.

En América Latina la cuestión es más seria por la fuerza que ha cobrado la derecha religiosa, ya no en el contexto de la guerra fría: confrontación que dividió a una buena parte del mundo, sumergido -desde entonces- en la ilusión de los falsos ideologismos, de uno y otro lado, sino más bien, en el contexto de una lucha por homogenizar, moralmente, a las diversas identidades sobre el principio de una idea religiosa al margen de la ciencia. Otro problema ha sido aquel relacionado con cierto sector de la izquierda más estalinista en su afán de choque contra el imperialismo difuso, que ha hecho una transición ideologizada hacia la izquierda chatarra, dispuesta a hacer causa común con todo aquello que sea antiestadounidense solo porque sí, sin entender que algunos movimientos políticos pudieran contener el germen fundamentalista o, bien, ensayar la implantación de un sistema institucional basado en el género. La pleitesía de Estados Unidos a Arabia Saudita no es menos terrible que el concordato de Rusia postsoviética con Irán.

La realidad ofrece la oportunidad de dictaminar sobre su fracaso y permite, sin miedo, alumbrar la buena nueva de los tiempos, si es que queda un sol para encender la oscura noche de los días. Ofrece, asimismo, la posibilidad de discernir sobre su diversidad, siempre y cuando el escritor se atreva a denunciar y a decir la verdad de su tiempo, a pesar de enemigos siniestros como la basura televisiva y la mentira que venden los medios de comunicación como noticia.

La literatura se abate en una suerte de lucha pretoriana: la buena literatura aburre, dicen los armadores de espectáculos. En cambio, la literatura que se adapta a las nuevas realidades del cine y la televisión, por muy mediocre que sea, adquiere relevancia porque vende. La poesía dejó de ser un hábito postmoderno hace muchas décadas y solo se la ve como fenómeno en vías de extinción, pero no porque no haya poetas ni porque no exista el gusto por su lectura. La razón de su ostracismo es la misma razón de su grandeza: es irreductible a lo banal. Espiritual y mundana a la vez, interpreta el corazón humano y le da una razón para seguir a pesar de la pobreza libresca, del extremismo religioso, de la carrera nuclear, entre otras circunstancias demoniacas del mundo actual.

La civilización occidental que aglutina, a su vez, a tantas y variadas subculturas, merece la oportunidad de un renacimiento cultural como ajuste en una época de crisis, en la cual el gusto ha cambiado para mal: un video en vez de un libro; un montaje en vez de un cuadro o una escultura. Lo que antes era motivo de desprecio, hoy adquiere la forma de falsa reivindicación y avanza hacia el reconocimiento. Se trata de una época muy particular, en la que existe un quebrantamiento de los valores artísticos: la crítica literaria y los lectores han disminuido porque los mass media ofrecen la oportunidad de manifestaciones superficiales, en muchos sentidos. Además, muchos escritores desean, con denuedo, adaptarse a las rutinas mediáticas actuales, desconociendo que la literatura se contextualiza en el libro y que el libro, una vez convertido en objeto cultural, adquiere relevancia en la lectura. La literatura siempre será un motivo, aunque no aparezcan en el horizonte más oportunidades que las que el propio escritor encuentra, para centrarse en la diatriba que nos plantea la vida: ser o no ser.

En la era actual, una cosa es provenir de un país en el que la democracia funciona, más o menos bien como forma de gobierno, expresión de institucionalidad, y otra, muy distinta, es provenir de democracias tercermundistas, que patrocinan el clericalismo absoluto, el oscurantismo intelectual y la hipnosis virtual: adormecidos en un sueño herido a ratos de insomnio, las imágenes de la realidad se ven como episodios televisivos. Los mass media ejercen el poder que la cultura crítica, echada a un lado y suplantada, ejerció mucho antes del derrumbe del mundo comunista. La superchería, la sensiblería de estante, los melodramas apocalípticos en forma de malas historias de éxito sacralizan la pobreza y libran a la riqueza de impuestos.

Mientras escribía y corregía textos sueltos y dispersos, cierto día me asaltó una idea, antes comentada en pasillos y al amanecer, en conversatorios de café, la cual constituía un buen tema (los temas abundan, pero las razones no) para exponer una serie de reflexiones sobre la justificación del escritor y el compromiso de la obra con la vida que se entrega a una causa y marcha con ella. La vida desvía su mirada sobre sí para clavarla en el mundo que se le ofrece como espectáculo al que debemos aproximarnos con cautela, detenidamente, como quien ve un río sin saber bien su hondura o su profundidad, calculando el peligro antes de tomar la iniciativa del clavado. La justificación de la literatura es un tema alentador, porque si sé que soy uno entre tantos puedo advertir que muchos esperan que mi voz diga y traduzca el sentimiento por medio de la escritura que define la dignidad para luchar contra todo aquello que destruye nuestra felicidad. El hombre es su acción, dijo Sartre, y en cierta medida nos relata que el hombre es el conocimiento del mundo en movimiento. Volcado sobre sí, el hombre no existe; sólo vive cuando es junto a los demás; cuando la literatura tiene el poder de denunciar y decir, sin cortapisas, lo que la gente necesita escuchar para seguir creyendo en la vida, en el futuro o en la patria.

De alguna manera ser es indicar un camino. La literatura nos indica el camino que se ha trazado desde la historia y gracias a las obras humanas. La literatura acompaña a la historia y en cierta forma es su única medida. Muchas novelas de Asturias y de Carpentier son una invitación al conocimiento de nuestra historia, desde la palabra contada y cantada, no desde los hechos que narran, fríamente, una crónica histórica.

La voz que da esencia a las palabras del discurso literario debe estar signada por cierta organicidad (no sistematicidad) para forjar un mensaje desde el acto escritural, herramienta de la libertad. Ya la literatura ha dejado de ser silencio y se dispone a convocar, a abrir puertas, a despertar amaneceres y a encender luces en donde quiera que haya penumbra. La necesidad de la iluminación siempre justifica la noche; la noche no justifica la ausencia de la luz. Asimismo, ocurre con la literatura: inevitable destino de libertad y comunión.

El joven despreocupado y egoísta, falto de cultura, alentador de su propia ilusión desde el conocimiento parcial de alguna que otra tecnología es el resultado del fracaso de los grandes sistemas de pensamiento, de su interpretación y de su aplicación a la realidad como organismo vivo de la cultura, en la que es posible procurar la fe en el futuro siempre que se integren las distintas manifestaciones espirituales del arte, la tecnología y la expresión de la religiosidad no oficializada. Ese joven que vive sin compromiso y sin luz en el camino es el resultado de la no incorporación, en el sistema educativo, de las humanidades. El enfoque reduccionista que expande las virtudes de la tecnología en países pobres, de escasa formación educacional, y en pueblos sin historia o con historia forjada desde la piedra de fundación de metrópolis, ha incidido en la creación del hombre desalentado e inmerso en lo pasajero de su fugacidad. Muchas tecnologías al servicio de tantas corporaciones (más poderosas que cualquier dictadorzuelo del tercer mundo) han condenado a las masas a la trivialidad y a la miseria. La opción al capitalismo salvaje fue el comunismo impuesto con las armas. Fracaso total, ilusión de bobos en la que nadie cree.

La respuesta debe ser un sentimiento de comunidad que brote naturalmente de las masas, de los minorías y del individuo a fin de establecer las bases de una democracia comunitaria verdadera, sin desvanecer la iniciativa privada ni el servicio social que ésta debe prestar, bajo el entendimiento de que no debe impedirse el desarrollo colectivo ni arruinar los planes de crecimiento individual en base a talentos y capacidades óptimas, a fin de que resurja, nuevamente, el tema olvidado de las competencias, sin que la rivalidad entre profesionales y profesiones sea, necesariamente, el precio que deban asumir quienes desean mejorar su propia vida.

Así como el existencialismo fue la otra manera de escribir afianzada en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) con la derrota del nazismo, otros movimientos artísticos se han conectado con la dinámica de los hechos históricos. El simbolismo fue el resultado estético de la Guerra Franco-prusiana; el Novecentismo, de la guerra de España, y tantos movimientos literarios que no han traicionado una verdad axiomática: la literatura emerge de la vida. La literatura moldeada a favor de los proyectos humanos en la línea del tiempo. Lo mismo podría decirse de aquellas magníficas literaturas que coincidieron con las revoluciones de independencia y que fueron de doble arraigo, porque se debatieron entre la renuncia al neoclasicismo y la afirmación del romanticismo, lo cual mantuvo estrecho vínculo con la realidad independentista de América y su proyecto nacional (piénsese en seguida en poetas como Heredia y Andrés Bello).

La poesía es el cántaro del hombre, su vacío y plenitud de gozo; la novela es el hombre que se cuenta como hecho en forma del tiempo regulado por las maniobras de la historia y su travesaño, por eso la poesía es auxilio de la novela; la enriquece siempre que se proponga fundir quimeras con las palabras de los personajes que son, casi al mismo tiempo, rebelión y libertad en el corpus de la novela. Así, poesía y novela, por ser géneros en los que, más o menos, casi todo cabe (no ocurre lo mismo con la estructura dificultosa del cuento, género que plantea un conflicto con intensidad o con el ensayo, que siendo un discurso asistemático debe contener reflexiones lógicas, pero atrevidas y originales) conservan su capacidad de presentar la agonía, el destierro, la semblanza de la espera y la luz de la esperanza. La literatura, aunque marcha entre sombras, se propone iluminar el paisaje del hombre y el sitio donde funda y combate su agonía.

La poesía y los demás géneros literarios oficiales y no oficiales (como la epístola, el guión, el melodrama y la letra de las canciones) siempre ofrecen la oportunidad de encender una discusión, bien dinámica, sobre fondo–forma, que deja de ser bizantina cuando reconocemos el compromiso del escritor con su mundo y la correspondencia, si es que debe existir o no, entre el discurso formulado creativamente y la realidad que se intenta descomponer reviviéndola, recreándola tal si fuera un mundo nuevo, con sus apartados originales y sus premisas primitivas. El mundo que inventa la literatura debe estar justificado, pero: ¿qué lo justifica? Hemos visto que no halla, en el tema, su justificación, y que, en la forma, puede encontrar su sustento, siempre que se conserven las propiedades del discurso que continúa una tradición, crea una nueva o rompe la existente reemplazándola por otra.

La literatura se justifica por ser ejercicio de la mente y ser ejercicio del lenguaje que usa la mente para comunicarse y transportarse, cada vez que el hombre crea, sueña, descree en el destino y vuelve a empezar. Pero ese hombre creativo, que ve en la acción y el compromiso de una causa el propósito de su escritura, ¿por qué escribe y qué lo justifica?

Se reconoce a la cultura como unidad y su asimilación es entendida tal si fuera una galaxia de imágenes y estilos difusos y divergentes, en la cual lo real y lo verdadero coexisten en constante pugna. Por otra parte, el reconocimiento social, algunas veces, impone otra realidad, porque requiere de demostraciones. La necesidad de comprobación y verificación se ha hecho extensiva a la literatura en forma de galardones y premios. Se ha desvirtuado, tantas veces, el objetivo del reconocimiento literario, fenómeno que parece ser propio del siglo XX (en tiempos de Lope o Bécquer no existían los premios tal como hoy los conocemos). “Es la época de la cámara”, dirán los convencidos. “Es la distopía del capitalismo salvaje”, clamarán los resignados y escépticos.

La otredad vista como encuentro posible y fecundo constituye una idea reveladora: la necesidad de asimilar lo desconocido y darle un lugar digno en nuestro espacio. El desarrollo de las tecnologías, su expansión en forma de aldea global, no ha servido para desmitificar el andrajoso lastre del racismo. Ha justificado, no pocas veces, que una condición étnica avasalle a la otra basada en el consumismo, en la superioridad racial y en el prejuicio. El desarrollo de las comunicaciones debe integrarse a la propagación y educación en derechos humanos. El anochecer de la marginación debe ser superado por un sol de intensa humanidad y creencia en las posibilidades de un ideal adscrito al avance humano. El reconocimiento a la literatura, y no quiero ser incauto, es necesario para afirmar y dotar al escritor, sobre todo aquel que proviene de un país como Panamá, de posibilidades de edición de sus libros como objetos de la cultura.

Cuando el reconocimiento -difuso en la notoriedad o en la fama del libro y de su autor- desecha a la crítica, o, bien, desconoce el hecho de que el libro coloca al hombre y a la mujer como razones para descifrar las claves secretas de la condición humana, hemos entrado al estadio oscuro de una proyección ilusoria respecto al rol que debe jugar el escritor y la función del libro.

La cultura no actúa como organismo vivo y oficial, dotado de uniformidad. En realidad, lo que llamamos “cultural nacional” no obedece a un canon, porque las obras de los hombres son diversas y complejas, y porque esas obras, en apariencia, también hace su resistencia para no unificarse: “cultura nacional” algunas veces resulta ser un concepto útil para el discurso, la arenga y un buen espacio para el desarrollo de la propaganda (Hitler y el ayatolá Jomeini, para citar a dos hombres fuertes, la usaron con enorme ventaja sobre las masas enfurecidas, las cuales no se detuvieron a examinar el adefesio político que les caía en forma de poderes mesiánicos, con diferentes discursos, pero albergando dos ideas terribles: la superioridad racial y el cadalso teocrático, según la realidad de cada caso).

El asunto de la valía de la obra y del reconocimiento al escritor no es tarea fácil. Es un hecho conocido que gracias a muchos premios legítimamente obtenidos se han dado a conocer –mundialmente- escritores importantes, cuyo valor hoy resulta inobjetable. Los ejemplos abundan en la historia de la literatura, pero he de citar a dos, en el ámbito de la novela: La casa verde y Cien años de soledad obtuvieron el Premio Rómulo Gallegos convirtiéndose, con los años, en obras de culto, en tesoros indiscutibles de la narrativa latinoamericana. Por su complejidad argumental y destreza técnica han sido aportes decisivos y no simples representaciones de la industria editorial. Los premios pueden ser estímulos, pero también pueden constituir espejismo de un instante, resta y no suma a la labor del escritor. Algunos premios han enterrado a los escritores y a sus obras.

El libro se ha situado en el santuario de la mercancía y en los bazares del espíritu. En igual sentido, y al lado de los premios, la crítica como manifestación de libertad, que marcha al lado de la obra, representa el contrapeso ideal contra la dictadura de los premios, los cuales pueden ser estímulo y reconocimiento o, bien, constituir laureles de celofán si se premian: el mal gusto, la alocada experimentación, el caos resultante de la incapacidad en presentar mensajes con apego a la belleza y a la fidelidad de hechos y sentimientos.

El asunto de la legitimidad literaria podría estar relacionado al alcance de la obra en el tiempo y a la posición del escritor en su siglo. No ha de depender de cuántos lectores son sus seguidores, aunque aceptemos que los reconocimientos son falibles y deben ser objeto de revisión periódica. Las competencias literarias están sometidas a una multiplicidad de criterios, por ejemplo: el peso de la inspiración y el uso de la lengua con autenticidad, para hacer coincidir, desde la estética en actitud transformadora, el tema con la forma, sin traicionar la propiedad del mensaje; la riqueza y extensión de la imagen y su encuentro con el mundo, sin pretermitir el tono de la música y la belleza que hemos construido en esta parte del mundo y en esta zona especial de la lengua.

El hombre nace y vive, carga su luz de libertad como el cuerpo lleva su sombra. Ser humano es ser fuerza de libertad. Así, comienza la caminata: primero, uno y la familia; luego, uno y la escuela, tutela que hace posibles la socialización y el sentido de permanencia. Y al final de esa caminata: uno frente al Estado, el cual existe como institución política fundamentada en normas que permiten la libre asociación y la convivencia humana. Pero el Estado, noción que integra una abstracción mayor, llega a ser la bestia concreta que aniquila si la sociedad civil y el individuo no toman conciencia de su poder y estadía en el mundo como presencias indispensables para procurar la materialización de nuestras aspiraciones. El Estado debe ser fortalecido en el apoyo que debe brindar a las artes de forma abierta, sin convertirse en patrocinador de ninguna forma de arte oficial, conveniente a un partido, a una religión, a una determinada didáctica. El Estado debe incorporar la literatura al sistema de enseñanza nacional. Ello no significa alineación política, más bien debe interpretarse como la posibilidad de un Estado Benefactor de la Creatividad.

La libertad fue aspiración, más que nada, del pueblo frente al soberano. El Estado reconocía, como única, la libertad de aquel. Luego, con las distintas disertaciones de índole literaria y doctrinal sobre el contrato social y la democracia como sistema político, llegaríamos por fin al conocimiento útil, por su carácter instrumental, de la separación de poderes, garantía de la cooperación armoniosa que abrió camino al funcionamiento de las facultades ejecutivas, judiciales y legislativas.

Al lado de una conquista, como lo fue la consolidación del sistema democrático que dividió el funcionamiento del Estado en poderes, se mantuvo la sociedad fragmentada y no se resolvió el problema de la sociedad de consumo postindustrial, que abandonó el proyecto de una educación integral y proclamó, a pierna suelta, los conocimientos especializados de las fábricas y los oficios a mano de las trasnacionales. El mundo en la plenitud de sus inventos y su técnica justificó su división entre países ricos y paupérrimos, según la lógica de la división de clases. La guerra, el campo de batalla, la ballesta y el arco fueron reemplazados por la tecnología, la globalización, los tratados de libre comercio y las imposiciones culturales, cuyo escenario invisible y fantasmagórico es el mercado y cuya suite de lujo son los centros comerciales, en los que la gente vende el alma al diablo.

Un primer compromiso con la libertad del escritor será afirmar su independencia frente al Estado y sus tentáculos: iglesias, medios de comunicación, partidos. Pero, ¿cómo hacerlo? La sociedad civil en torno a la idea de cerotolerancia a la corrupción será un paso adelante. También debemos consolidar un sistema educativo que no desdeñe las humanidades en favor de las tecnologías. De esta manera, tendremos profesionales integrales, no sólo obsesionados con la idea de lucro. El trabajo habrá recobrado sus cualidades primigenias: eficiencia y efectividad en la construcción de una sociedad más justa. La no puesta en práctica de ese propósito perpetuará la dominación del poder en favor de formaciones sociales, de mentalidad agraria, estacionadas, irónicamente, en rascacielos mientras el libro, la creación y el espíritu son despojados del espacio en el que deben estar.

En muchos países la libertad del escritor no ha sido posible por causa de sistemas religiosos que, invocando la salvación, han cercenado posibilidades personales al proscribir el arte y la cultura. En otra dirección, hay estados que sustentaron el sueño de su realización en base a colectivismos policiacos. Creer que el socialismo es un método para alcanzar el desarrollo y no un estadio más avanzado de sociedades altamente industrializadas constituye otra mentira de las ideologías en el siglo XX. Marx jamás pensó en el socialismo como método para alcanzar el desarrollo ni mucho menos lo concibió como herramienta idónea para la paz y la seguridad. Desde la desconstrucción de ese falso paradigma   debemos aceptar que los procesos sociales surgen espontáneamente y que la realidad marca la vitalidad de su vigencia. No es un líder, una horda armada o una idea política las que hacen transigir la realidad. La realidad cambia siempre y cuando esté guiada por la necesidad.

La libertad del escritor marcha en lucha permanente contra los diversos extremismos que niegan la oportunidad de ser y seguir. Además, el escritor mantiene una responsabilidad con el mundo natural. La libertad de empresa sin regulación ha sido, muchas veces, la libertad de los poderosos en su afán de destruir ese mundo natural, desde sus inicios, sin la debida equivalencia entre ese mundo y su preservación. Hasta ahora nos hemos preocupado por la libertad del hombre pensante, destinatario de derechos, pero: ¿adónde ha quedado la defensa del mundo natural y sus criaturas?

El tema suscita un debate circular, por cuanto, desde la revolución industrial, el confort de la vida y las comodidades han sido metas de desarrollo. Además, se continuó la actividad minera que, no pocas veces, ha reñido con el orden originario de la naturaleza. En el extremo de la discusión, unos se han opuesto, cerradamente, a la explotación de metales, olvidando que es tan antigua como el hombre. En el otro lado, algunos han querido sacrificar la salud del mundo y la sobrevivencia del planeta gracias a una minería irresponsable, que ha reproducido un modelo de opresión: nada para los pueblos aledaños o periféricos, que sufren las consecuencias de la industria y mucho menos para el país en general, salvo para unos cuantos bolsillos de la clase encomendera en los negocios transnacionales y supranacionales.

Esa defensa del mundo natural es una nueva realidad para la literatura de creación. Si antes la literatura, específicamente la novela desentrañó la realidad histórica mezclando el poder de la imaginación con la historia misma de nuestros pueblos, conviene detenernos en defender a la naturaleza de los graves peligros que la acechan. La destrucción del mundo natural se deriva de la incomprensión del hombre hacia ciertas criaturas que no conoce ni comprende. Un desconocimiento pernicioso, por ese acaba exterminándolas.

La preservación del mundo natural desde la literatura debe afirmar el equilibrio entre preservación y desarrollo. El desarrollo debe estar validado siempre por la distribución. Si no es así estaremos frente a un sistema que alienta las ganancias de unos cuantos. Una minoría irresponsable que insiste en la mala idea de no hacer posible el cambio necesario: pasar de la sociedad de consumo a otro orden internacional, con políticas claras de planificación de los recursos naturales. Tengo una propuesta: la libertad humana debe extenderse y comprender el entendimiento de la libertad del ambiente, siempre y cuando en esa libertad se procure una legislación que no niegue el avance ni enerve el mantenimiento de la riqueza natural. El camino del equilibrio nos conducirá a conformar una comunidad de concordia entre humanos, tecnologías, desarrollo, distribución de la riqueza y mundo natural.

Desentrañar la identidad nacional desde el acto creativo ha sido tema constante para los escritores panameños: las señas de identidad han estado presente en la búsqueda de una definición del ser nacional. La literatura y sus escritores han redefinido la identidad nacional y han pautado aquellas claves para entenderla. No han sido la música ni la pintura las regentes en la interpretación de nuestro ser nacional. La poesía (tanto la décima en tarima como la poesía de barricada), la novela, el cuento y la canción (en primer lugar, Rubén Blades) han definido el ser social panameño. Siempre en busca de descubrir el invierno de su identidad y darle alas a su libertad.

La libertad es la respuesta a nuestra condición de seres pensantes, por eso se escribe y se deletrea -cada día- en lo que soñamos, en lo hacemos y vivimos. Roca de fundación para seguir adelante en nuestro plan personal y social: las sociedades libres (no me refiero sólo a las que practican el liberalismo económico) tienen más oportunidades de desarrollo. La libertad debe incluir la oportunidad de escoger nuestro destino, sin interferencias religiosas, clasistas o políticas. La libertad será aquello que nos permita ser uno y a la vez otro cuando queramos huir de las imposiciones que han ido gestándose desde el principio de la historia, en forma de reglas y usos asumidos de manera inconsciente.

Las diversas etapas históricas han presentado el drama de la condición humana, dialécticamente, a manera de dualismo por resolver: la discusión razón-fe de la Antigüedad y de la Edad Media, no es menos compleja que el debate razón-experiencia, suscitado en pleno apogeo de la Edad Moderna. Pero siempre se ha intentado examinar la condición humana desde conocimientos reduccionistas y no desde la verdad que implica asumir nuestra espiritualidad. De tal conocimiento se ha ocupado la literatura, siempre alerta al drama del hombre, que se debate entre diversos sistemas de pensamiento de muy variada forma, marcados por la necesidad de descifrar la luz y oscuridad en la caminata del tiempo y la memoria. La poesía se ocupó de darnos una explicación cósmica del entorno, es cierto, pero también mantuvo la misión de ofrecernos la posibilidad de concebir una conciencia más integradora: la llama viva del lenguaje hizo posible la integración de cosas que antes no podían juntarse: arte y ciencia.

La facultad de hablar y de expresar ideas constituye una pericia de nuestro cerebro, cuyo funcionamiento se ha perfeccionado gracias al movimiento de unos cuantos neurotransmisores encargados de que la idea se abra paso, incluso, socialmente. El habla es lo natural; el idioma, lo cultural, y la poesía, lo espiritual íntimo y expuesto del hombre como justificación de su existencia. ¿Por qué no ha habido una lengua que nos uniforme como especie y nos acompañe desde nuestro nacimiento, si la facultad del habla existe en todos, potencialmente? Todos podemos hablar, pero no desde un único idioma, porque el idioma -particularidad del lenguaje- es producto de la evolución cultural. La cultura y la naturaleza se han enlazado por vez primera: ha nacido –naturalmente- el acto de la comunicación en el contexto de la cultura.

Cuando el acto de la comunicación requiere de otros contenidos que descubran y describan el andamiaje y la aventura humanos, entonces el lenguaje se estiliza, se enriquece y crea otras reglas y otros requerimientos. Hemos entrado al reino misterioso de la literatura.

Dentro del drama humano, la cultura ha sido, desde el inicio, el gran ajuste de la naturaleza. Salvajes y rudimentarios al principio del tiempo, fuimos evolucionando por el espacio histórico y nos hicimos pensantes, sujetos de la Historia: principiamos la construcción de la cultura humana. La cultura era el reloj que marcaba el tiempo de la naturaleza y la poesía usaba la bitácora de palabras y silencios, anverso y reverso de una sola verdad: la comunión de la lengua.

La poesía aborda lo humano e intenta decodificar la condición humana esclareciéndola, aunque a veces se le acuse de oscura. No, no es oscura la poesía, como sí lo es el alma humana, que intenta descubrir para dar respuestas vitales a los problemas de la existencia: la poesía clarividente e iluminada siempre comienza desde la claridad, pero a medida que atraviesa el alma se refracta: es el juego de la luz a través del cuerpo del agua. La penetración de la poesía sobre el alma de las cosas y sobre el alma de las cosas del hombre es su primordial misión.

La luz clarificada en la tiniebla es la poesía en la oscuridad del alma: la poesía empieza por encenderse con el día y a medida que va y viene sobre el sitio donde funda el hombre su drama y el drama de su lenguaje (que crea otra filosofía, la de la comunicación y la del ruido), entonces debe atravesar las formas de la sombra e ir dejando la huella de su iluminación. No hay poesía barroca ni poesía oscura, que no sea poesía del hombre y honda preocupación por descubrir su alma. Modernismo, barroquismo, poesía pura, poesía coloquial, en realidad son los ropajes que usa para averiguar por dónde anda el Hombre; qué hizo de su noche y su tiniebla; adónde habrá anochecido cuando le faltaron fuerzas para seguir la travesía.

Acepto que el título de este ensayo podría dejar perplejo a más de uno. Escribir literatura de creación significa y denota un estado, un acontecer, una plenitud. Entonces ¿a qué tipo de escritor me estoy refiriendo? Otra perplejidad acabo de desatar y requiere de precisiones conceptuales. Al escritor que me refiero lo define su obra de creación: poesía, narrativa, ensayo y teatro. Los guionistas son escritores y los letristas podrían serlo. En ambos casos, se usa el idioma nativo como sistema de signos para expresar un conocimiento y también un sentimiento vital sobre la vida, el tiempo, las experiencias personales. Sin embrago, escribir define una conducta, una clase de obra, una actitud, incluso editorial y también un mercado: aquellos que compran el libro y lo leen. De esta conceptualización el ser escritor queda contextualizado en un país: Panamá y es aquí, precisamente, cuando la duda se desata. País multiétnico cuya lengua oficial es el español. No obstante, existen pueblos indígenas que no hablan ninguna de las lenguas cultas de Occidente: español, italiano, francés, alemán o inglés, entre otras varias más. Esos pueblos originarios habitan en comarcas, cuya definición y vigencia está signada mediante ley formal. Entonces son una realidad en el tiempo y constituyen una realidad jurídica. Asimismo, dichos pueblos, a no dudar, tienen magníficas literaturas, en las que se destaca la tradición oral que trasmiten los viejos a los jóvenes: cuentos, fábulas y relatos. La poesía oral de estos pueblos es otra cosa: transita por parajes crepusculares donde la naturaleza es objeto de conocimiento en medio de la selva tropical. Esa conjunción de vida y naturaleza va acorde con la visión que ellos mantienen sobre el medio ambiente y los hace ser fieles a una forma de vida muy distinta a la de nosotros. Como su universo literario me es ajeno, debo ser honesto y expresar que el título: Escritores y literatura: el oficio proscrito hace referencia directa a aquellos intérpretes del tiempo y del espacio, cuya lengua es el español y cuya actividad literaria se desarrolla en el istmo, porque han nacido en esta tierra o han sido naturalizados. Esta definición, lo sé, entraña una dificultad aún más grande que todas las demás a la hora de delimitar un concepto, porque una condición jurídica (antes era el ius soli o ius sanguini) no debe definir una activad espiritual y artística. Podríamos encontramos con panameños que escriben en español literatura de creación ajena al ser nacional, lo cual tampoco los hace menos escritores ni los excluye de la designación en este texto, o bien tratarse de extranjeros que han podido definir el sentido identitario panameño proviniendo de otro país. No obstante, el sentido del título es claro: Escritores y literatura: el oficio proscrito designa a aquellos creadores-escritores en español que han nacido o han adoptado como suya la República de Panamá y que, por lo menos, han publicado un libro de creación en español.

El tema de las literaturas originarias debe ser desarrollado, así como también qué relación, si es que existe, hay entre esos continentes lingüísticos y el nuestro. Es un tema complicado y requiere de acuciosa investigación, que debe partir de dos conocimientos: el de la lengua originaria de cada pueblo integrado en comarca y el conocimiento de esa realidad social: su arqueología, su gastronomía, sus artes plásticas, los materiales que usan a la hora de pintar o esculpir, la necesidad de expresarse e incluso la vitalidad de esas creaciones que siempre va aparejada con la dificultad propia de todo medio artístico. Estimo conveniente puntualizar lo siguiente: si bien he podido finiquitar, con mediano éxito, la actividad del escritor, su lengua y su espacio, surge otra problemática con el título, ya no relativa a los géneros literarios, sino al lugar que ocupan determinadas obras. En los últimos quince años se ha avivado una literatura light, cuyo oficio no está cerca de las grandes obras de panameños en prosa y poesía del siglo XX. Por otra parte, es difícil establecer gradaciones de calidad entre obras y autores, porque cada escritor es un mundo aparte. Creo que el estudio de la literatura por etapas y generaciones es de gran utilidad a la hora de comprenderla en términos de siglos y movimientos estéticos. El siglo no necesariamente determina el carácter, el influjo o el contenido de una obra y las escuelas son invenciones de la crítica. Ese es el problema de la literatura cuando se le ve en manada y no con lente que solo mire a individuo y obra.

Volviendo a nuestro punto central, las dificultades del escritor panameño quedan recalcadas en la idea que se tiene de la literatura: se lee porque se asignan lecturas escolares, no porque la literatura forme parte del acervo de cada persona, de cada familia, de cada corregimiento, distrito, provincia, barrio, comunidad, parroquia, diócesis. La problemática de la literatura se manifiesta en la, cada vez más precaria, existencia de librerías. Casi todas han cerrado y han sido reducidas a puestos o puntos de venta, farmacias, supermercados. Esta situación integra otra dificultad conque tropiezan los escritores al mercadear su obra: como no hay espacios para hacerlo o los que hay no reúnen los requisitos mínimos para pensar que estamos frente a un mercado del libro, el escritor termina vendiendo su libro como buhonero, de persona a persona, de salón en salón en el aula escolar. Un verdadero dilema, porque los creadores no somos agentes de nuestra propia obra ni mucho menos comerciantes, ni mantenemos ninguna influencia a la hora de distribuir, promocionar y vender la obra. Los comercios que lo hacen, lo hacen con reserva y desgano: la mitad para el escritor, la otra mitad de la venta para el dueño del negocio y si la obra no despunta, es retirada inmediatamente.

El Estado debe, cuanto antes, tomar las medidas necesarias e integrar la literatura al debate nacional. Arma de enseñanza, sin duda, pero también una de las bellas artes que debe ser parte del día a día de toda persona con cuatro dedos de frente: los beneficios de la literatura de creación están validados por las neurociencias. Más poesía y novelas, menos pantallas con imágenes, nos darán las claves para el entendimiento de un mundo cada vez más anclado en el desprecio libresco, la lucha por el poder, las apropiaciones culturales y la desintegración de todo lo que se nació y se logró en el Renacimiento: abandonar la idea del hombre como objeto de la creación deífica y situarlo en el lugar más próximo posible para su entendimiento como creador y responsable de su historia, capaz de concebir la ciencia y también su método en contra del clericalismo, la oscuridad intelectual y la fisonomía de una sociedad oscura, a medio camino entre la revelación y la hoguera.

La desaparición de escritores que den su visión de la realidad, escribiendo en periódicos, encendiendo polémicas -siempre saludables en la comprensión de nuestra realidad- es tan lamentable como la proliferación de poetas. Y todos se creen con derecho a llamarse así: la poesía dejó de ser aposento y ahora es mesón donde el vino es gratis. Todo intento, en Panamá, de hacer una crítica honesta sobre escritores en sus obras termina siendo un dictamen malicioso y malsano, polvo de unicornio que abonará una terrible enemistad. Cuando un país carece de crítica, de diálogos y acercamientos se inaugura el clima de las revueltas sin sentido: no se produce el cambio que nos mejora a todos, solo una rotación azarosa o, peor aún, el cambio violento de un estadio a otro alentado por la convergencia de diferencias, muchas veces poco definitorias de una realidad de contrarios.

Cuando en una sociedad la pasión reemplaza a la verdad (noción problemática de definir y delimitar, lo acepto) vale la pena poner las barbas en remojo y empezar a temer por el advenimiento del fascismo vestido de civilidad y la barbarie con brillo de computadora. La razón exige un cambio en el estadio de cosas y valores. La literatura panameña, su gran poesía y narrativa, está servida. Solo falta avivar el proceso para que su lectura y distribución sean eficientes y efectivas.

 

 

 

 

Porfirio Salazar nació en la ciudad de Penonomé, provincia de Coclé, el día 5 de marzo de 1970. Es Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas (1993) y Máster en Derecho Procesal (2006), ambos títulos por la Universidad de Panamá. Ha sido docente universitario, asistente de magistrado, juez civil y penal, y actualmente labora como Defensor Público del Sistema Penal Acusatorio de Coclé desde 2011. Hizo estudios de lengua inglesa en Saint Petersburgo, Florida, Estados Unidos, (1998-1999). Primer lugar del Premio Municipal de Poesía “León A. Soto” en 1992, 1993, 1997 y 2005. Municipio de Panamá. Premio Único de la Universidad de Panamá “Demetrio Herrera Sevillano” en 1993. Premio para poetas Jóvenes “Gustavo Batista Cedeño” en 1994 y 1995, convocado por el Instituto Nacional de Cultura de Panamá. Premio Único “Luis Andersen” en 1997.Radio KW Continente. Primer lugar del Concurso “Esther María Osses”, auspiciado por el Instituto de Estudios Laborales, Ministerio de Trabajo, en 1996, 1997 y 2001. Premio Único “Stella Sierra”, Fundación Cultural Signos, en 1998 con la obra: “Canto a las espumas del Reino”. Premio Nacional de Poesía “Ricardo Miró” (el más importante reconocimiento de las letras panameñas) en 1998 con la obra: “No reinarán las ruinas para siempre”, y en 1999, con la obra: “Ritos por la paz y otros rencores”. Con el libro Animal, sombra mía obtuvo el Premio Centroamericano de Literatura “Rogelio Sinán” 2007-2008, convirtiéndose en el primer panameño que logra tal distinción, como poeta, entre autores de toda Centroamérica. Premio Ricardo Miró, ensayo, año 2009, con el libro La piel en la llama. Premio Nacional de Literatura Infantil 2018 Hersilia Ramos de Argote, con la obra: La piña María y otras canciones. Será presentado en septiembre de 2019. Con el libro Animal, sombra mía ganó el Premio Centroamericano Rogelio Sinán 2008 (el más importante de la región), convirtiéndose en el primer panameño que logra tal distinción entre 48 autores de Centroamérica.