Enumeraciones: Autobiografía de Rojo, de Anne Carson. Por Tedi López Mills

 

 

 

 

 

 

Este ensayo está publicado en la edición Autobiografía de Rojo (2018), de Anne Carson, que forma parte de la colección “El Oro de los Tigres” de la Universidad Autónoma de Nuevo León y la Capilla Alfonsina.

 

 

 

 

 

Enumeraciones: Autobiografía de Rojo, de Anne Carson

 

Tedi López Mills

 

 

Como suele ocurrir con casi toda su obra (y el casi es una salvedad anticipada, por si alguna vez sucede lo contrario) este libro de Anne Carson contiene varios géneros: una introducción, traducciones de los fragmentos de Estesícoro sobre la historia de Gerión y el décimo trabajo de Heracles, tres apéndices, una autobiografía extrañamente en tercera persona, una novela contada en un poema, un poema ceñido por una novela y, al final, una entrevista. Yo, por mi parte, le añadiré no lo que le falta —pues no carece de nada— sino quizá lo que acabe por sobrarle: una enumeración o, clasicismo mediante, una especie de friso.

 

 

1

 

Anne Carson nació en Toronto, Canadá, en 1950. La información biográfica en sus libros es tan escueta que parece una ironía de la autora. Hay datos aquí y allá, aunque su escasez deliberada los convierte en artículos esotéricos. No es fácil, sin embargo, ocultar los hechos más convencionales de una vida. Y aun la de Carson los tiene. Sabemos que comenzó a aprender griego antiguo de modo extracurricular en la preparatoria, que luego se inscribió en St. Michael’s College de la Universidad de Toronto y que abandonó sus estudios en dos ocasiones, hasta que en 1981 obtuvo su doctorado en letras clásicas. Sus primeros poemas se publicaron en una revista de Estados Unidos en 1987. Luego empezaron a aparecer los libros: Eros the Bittersweet, Glass, Irony and God, Plainwater, Autobiography of Red, Men in the Off Hours, The Beauty of the Husband, Nox, Tha Albertine Workout. En 2013 se publicó Red Doc>, continuación de Autobiografía de Rojo. Carson, además, ha traducido a Safo, Eurípides, Esquilo y Sófocles. Cabe señalar que los numerosos premios y apoyos que se le han concedido quizá sean obstáculos adicionales a su deseo de pasar inadvertida.

 

 

2

 

Tanta discreción despierta el apetito: uno quisiera enterarse de más. Por fortuna, gracias a la misma Carson, uno termina por hacerlo, pues paradójicamente en sus libros siempre hay una intimidad compartida donde Carson nos cuenta no de ella pero sí, por ejemplo, de su padre, de su hermano y de su madre. En cada caso, la contemplación es el testimonio de un secreto en cierto modo arquetípico, de una tristeza ejemplar por ser tan común. Y el desenlace es una sentencia.

En Plainwater, en el preámbulo a la sección “The Anthropology of Water”, Carson cuenta la historia de la demencia de su padre, su principio casi dichoso —quizá sea así, acertijo o broma, la pérdida inicial de la razón— y el encierro ya iracundo en un asilo. La locura de alguien introspectivo por exceso de tacto seguramente se parece a la muerte con fantasma de por medio. Carson pierde a su padre detrás de algún muro que conserva sombras; ella las ve, él ya no. “Me empecé a interesar en la penitencia. Seamos amables cuando cuestionemos a nuestros padres”.

Más adelante, en ese mismo libro, habla de la desaparición de su hermano que emprende un viaje primero por Estados Unidos, luego por Europa, y ya nunca regresa. Lo último que sabe Carson de él es que se dirige a China. Después no vuelve a haber noticias. Alguna vez su hermano le había mostrado un fragmento de cuarzo con agua “más vieja que el mar” atrapada en el centro. Ella, en homenaje, le escribe lo que llama una “joya del deseo”: un ensayo sobre nadar y no nadar. Un gato en la orilla del agua ve el reflejo de la luz y ve al nadador: “Algunos deben mirar”, aunque sean mortales.

Posteriormente, en un apéndice al final de Men in the Off Hours, Carson dice que su madre murió mientras ella escribía ese libro. La recuerda en vida, la imagina en su casa y se pregunta si su madre la imaginaba a veces a ella en su propia vida. Se percata entonces: “Ahora no tengo a nadie”. Y ésa es su circunstancia.

 

 

3

 

En el prólogo a Glass, Irony and God, Guy Davenport escribió: “No sé nada de Anne Carson, sólo conozco su obra y el dato suelto de que es una aficionada a los volcanes y que los pinta en erupción”. Esto se parece a lo que uno sabe del poeta griego Estesícoro (circa 650 a. de C.). Según refiere Plinio en su Historia natural, cuando nació Estesícoro hubo un presagio: un ruiseñor se posó en sus labios y entonó una de sus melodías más hermosas. Tisias o Teisias fue su nombre verdadero, pero se le conoció por Estesícoro, que significa “establecedor de coros”. Cuentan que vivió hasta los 85 años, que tuvo gran éxito y que está enterrado en Catania, al este de Sicilia.

Carson afirma que la distinción especial de Estesícoro era que “andaba haciendo adjetivos.” ¿Cuál sería la de Carson? Habría tres centrales.

La primera: hacer versiones. Sus traducciones de los fragmentos de Estesícoro son de hecho el principio de su novela acerca de Gerión. Las he cotejado con las traducciones de David Campbell en Greek Lyric: Stesichorus, Ibycus, Simonides, and others y sin duda las de Carson llenan a plenitud los huecos múltiples que asume con austeridad filológica Campbell. Por desgracia, sólo puedo comparar el inglés con el inglés. Del lado griego de la página en mi volumen las palabras se ven más bien colocadas en verso que en prosa. Campbell no se atrevió a reconstruir el poema; Carson, en cambio, lo hizo de tal modo que el Gerión de Estesícoro ya es el suyo desde la glosa del papiro. De acuerdo con los estudiosos de Estesícoro, una de las novedades del Geryoneis fue que el autor no asumió el punto de vista ortodoxo, que habría sido el del héroe Heracles, sino el de la víctima, el monstruo Gerión. De esta rareza inicial —un vínculo de compasión que individualiza— parten las versiones de Carson y su autobiografía. Ella cuenta una fábula inventando otra.

 

La segunda: crear visiones. Davenport, en el mismo prólogo a Glass, Irony and God, escribe:

Un poeta aburrido es aquel que ve según la moda o ciegamente lo que cree que deben ver los poetas. El poeta original ve con ojos nuevos o con una visión importada […] La mirada de Anne Carson es original. Aún no nos acostumbramos a ella y puede parecernos poco poética […] Escribe una especie de matemática de las emociones […] la verdad y la observación le parecen más importantes que el efecto lírico […] Si ocurre un buen verso, ocurre.

Pero la observación y la verdad no son sinónimos. En medio se pueden colar las historias, cuya distancia de una categoría tan aplastante como la de la verdad depende del limbo moral en el que uno las coloque. Las alegorías son tediosas porque ocultan un mensaje y las anima un anhelo urgente de comunicarlo; ahí el buen verso sí puede ocurrir de modo accidental. Las historias, en cambio, crean su propio mito, su leyenda, su resumen. Quedan los personajes, las vidas, las descripciones, el suspenso, la catarsis, la tragedia y afuera, en una esquina, las palabras que lo relatan todo. La verdad no está en ningún lugar porque está en cada una de las partes que, hasta cierto punto, fundan el principio de otra historia.

“Algunos deben mirar”, dijo la omnisciencia acerca del gato. El poder de Carson estriba en que desempeña los dos papeles: mira y pide que miremos. Nos presta sus ojos, que son nómadas, no echan raíces, divagan, rumian, se pierden e incluso a veces se pasan de listos, pues siempre saben más que nosotros; a fin de cuentas, vieron el fragmento original y en griego. El salto cualitativo que cala hondo y genera cierta angustia ante eso que Davenport llama la verdad es que Carson rellena el fragmento y nos pone a adivinar: qué puso ella, qué puso la tradición. Al inicio de Autobiografía de Rojo hay una polémica acerca de la ceguera de Estesícoro provocada por la ira de Helena y, al final, una entrevista donde Estesícoro señala: “todo lo que vio el mundo lo vio porque yo lo vi”. Menos que una solución, eso es un auténtico dilema, no teológico sino de autoría.

La tercera: pulir sentimientos hasta darles un brillo hiriente, una intensidad esencial. Suena a palabrería, a recubrimiento; no es fácil explicar lo que hace Carson con las emociones, pues se corre el riesgo de caer en una trampa conceptual que extinguiría su resplandor y su pureza. Reduzco, en todo caso, la gama: las fábulas de Carson tratan del amor y del desamor y, en especial, de ese trance difícil en que uno sigue enamorado de alguien que ya no siente lo mismo y que está ideando estrategias dulces para huir con un mínimo de daños.

El trasfondo suele ser la lectura de otro texto: en Autobiografía de Rojo, el mito de Gerión y los fragmentos de Estesícoro (con guiños paralelos a Gertrude Stein y a Emily Dickinson); en Glass, Irony, and God, las obras de Emily Brönte; en The Beauty of the Husband, algunos poemas de John Keats. El peligro del sentimentalismo merodea, pero es más nuestro que de Carson. Al rubor lo sustituye la inteligencia de saber sentir y hacernos sentir, de calcar con palabras claras, filosas, los misterios de la vergüenza, del sexo malogrado, del ofrecimiento y del rechazo. Lo que hace Carson duele nítidamente. ¿Dónde? En ese sitio legendario que se llama plexo solar. No en balde se ha dicho de ella que es la “filósofa del corazón roto”. De sus múltiples dones —ingenio, destreza narrativa, erudición, plasticidad, sentido del humor— éste me parece el más asombroso.

 

 

4

 

En mi diccionario de mitología se relata que Gerión era un gigante de tres cabezas, con un cuerpo triple hasta las caderas. Vivía en la isla de Eritea y era dueño de “rebaños de bueyes guardados por un boyero, Euritión, y un perro, Orto…” Heracles recibió la orden de robar los bueyes y viajó a Eritea para cumplir con el mandato. Se topó primero con el perro y lo mató con su mazo; luego con Euritión, al que también liquidó velozmente. “Acudió entonces Gerión en socorro de sus criados y hubo de luchar con Heracles, siendo vencido y muerto, según unos, a flechazos, según otros, bajo los golpes de mazo”. Heracles se llevó el rebaño.

Fue su décimo trabajo y el tema del Geryoneis de Estesícoro. Heródoto menciona el episodio en el Libro IV de sus Historias: “[…] cuentan que Heracles arreando los bueyes de Gerión llegó a esa tierra […] Cuentan que Gerión moraba más allá del Ponto, en una isla que los griegos llaman Eritea”. En el libro VII de la Eneida Virgilio describe a Gerión como un gigante de tres cuerpos; en la Divina comedia, en el Infierno, Canto XVIII, aparece como una “fétida quimera” y Dante lo identifica con el fraude. En esta encarnación tiene un solo cuerpo y tres naturalezas: rostro de hombre, garras de león y cuerpo de serpiente:

 

Su faz era la faz de un hombre justo

[…]

mas era reptil el resto adusto:

pelos en ambas garras le nacían,

y su pecho, su espalda y sus costados

pintados nudos, círculos lucían.

(Traducción de Ángel Crespo)

 

Dante y Virgilio se suben a los lomos de Gerión que, luego de conducirlos sanos y salvos a Malabolsas, el recinto de los rufianes y los seductores, “se alejó como flecha presurosa”.

 

 

5

 

El monstruo Gerión viene de un lugar rojo. En la versión de Carson todo en él es de ese color. Tiene alas y vive con su familia en una isla. Es nuestro contemporáneo y, cuando comienza el poema, un niño anómalo que se encamina a la escuela.

Conoce a Heracles ya de adolescente en una estación de autobuses y se enamora de él. Se hacen amantes. Heracles vive con su abuela en un extremo de la isla, en el pueblo de Hades. Es un muchacho despreocupado, poco enamoradizo; lo opuesto a Gerión. Heracles acaba por cansarse de tanta entrega y Gerión se aleja con el corazón roto. Pero la historia sigue: por Argentina y por Perú, en busca de volcanes activos, el fetiche cardinalmente rojo del peregrinaje (y una afición, sabemos, de la autora).

Gerión empieza a escribir su Autobiografía en el segundo capítulo del libro, a los cinco años, mucho antes de conocer a Heracles, y trabaja en ella hasta los cuarenta y cinco. En el capítulo XIX se explica que la historia de su vida ha adoptado “la forma de un ensayo fotográfico”. En realidad, la obra que estamos leyendo, y atestiguando, es la biografía de la autobiografía; como ya señalé, no hay primera persona. Ésa, conjeturo, le pertenece a Rojo. Lo descubrirá el lector a lo largo del libro: Rojo es yo. ¿Y yo es otro? Sería demasiado fácil, hasta banal. Con franqueza carsoneana: a saber quién es Yo a la larga en esta fábula.

 

 

 

 

Carson, Anne. Nació en Toronto (Canadá) en 1950. Su tesis doctoral sobre Safo se publicó en 1986 con el título de Eros the Bittersweet. En la actualidad enseña clásicas en la Universidad de Michigan, en Ann Arbor. Ha publicado varios volúmenes misceláneos de poemas y ensayos, entre ellos Plainwater: Essays and Poetry (1995), Glass, Irony and God (1995), Men in the Off Hours (2000), The Beauty of the Husband (2000, Premio T. S. Eliot de poesía) y Decreation (2005); así como una novela en verso, Autobiography of Red (1998), el ensayo Economy of the Unlost (2002) y un volumen con sus versiones de la poesía de Safo, If Not, Winter (2002). Además, ha sido dos veces finalista del National Book Critics Circle Award. En español se han publicado La belleza del marido (un ensayo narrativo en 29 tangos) (2003, trad. Ana Becciu) y Hombres en sus horas libres (2007, trad. Jordi Doce).

 

 

 

Tedi López Mills. Nació en la Ciudad de México, el 1º de agosto de 1959. Poeta. Estudió Filosofía en la FFyL de la UNAM y en la Universidad de La Sorbona, París, donde llevó a cabo la maestría en Literatura Hispanoamericana. Ha sido jefa de redacción en La Gaceta del FCE; asistente editorial de Poesía y Poética; traductora del inglés y del francés en el FCE y Ediciones del Equilibrista; editora del Centro de Investigación, Documentación e Información Musical; editora externa de Plaza & Janés; redactora, traductora y correctora de revistas nacionales científicas. Becaria del FONCA, 1994; de la Fundación Octavio Paz, 1998; y del Fideicomiso para la Cultura México/Estados Unidos, 1999. Miembro del SNCA desde el año 2000. Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta 1994 por Segunda persona. Mención honorífica del Premio Iberoamericano de Poesía Jaime Sabines 2009 por Parafrasear. Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 2008 por Contracorriente. Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2009 por Muerte en la rúa Augusta. Premio Antonin Artaud 2013 por El libro de las explicaciones. Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2015 por Amigo del perro cojo.