Ensayo mexicano: sobre Rafael Delgado

 

Cuentos y Notas de Rafael Delgado

 

Por Alejandro Arras

 

A David Noria

 

 

 

Las décadas que forman el puente entre los siglos XIX y XX estuvieron nutridas de relevantes narradores cuyos libros se pueden adquirir hoy a bajo costo en la mayoría de las librerías de viejo. Autores que el polvo de sus portadas y la humedad de sus lomos obliga a que solo unos cuantos se aproximen a sus páginas. Me refiero a nombres como los de Emilio Rabasa, Ángel de Campo y, particularmente, al veracruzano Rafael Delgado. La insondable librería de Coyoacán, “Las Tres Cruces”, por poner un ejemplo, ofrece la obra más destacada de estos autores a solo veinte pesos, es decir, a menor costo que un café en cualquier establecimiento. Reditados en 1953 por Porrúa, en la colección Escritores Mexicanos, su modesto diseño a dos tintas, negro y rojo —parentesco no creo que involuntario con la Librairie Gallimard— los distingue entre las montañas de títulos. Recomiendo estos autores para repensar su valor en la literatura mexicana, porque el pensamiento crítico debe conversar con el pasado y con el presente. Ángel de Campo, mejor conocido como Micrós, es un sobresaliente antecedente de la mejor cuentística mexicana que ha llegado, quizás involuntariamente, hasta nuestros días a través de la prosa de Gabriel Rodríguez Liceaga o Guadalupe Nettel; Emilio Rabasa sirvió como punto de encuentro entre el romanticismo patriótico y el realismo que conllevaría a la llamada novela de la revolución, fue el novelista decimonónico preferido de Emmanuel Carballo, quien dijo: "Como ninguno sabe contar las peripecias de la anécdota; asimismo, sabe explicar con malicia y humor el por qué de las acciones. Sus personajes son más sueltos, más convincentes, más posibles”; Rafael Delgado renovó la prosa mexicana, supo combinar magistralmente las tradiciones naturalista y realista —sus flaquezas probablemente son la insistencia en el tono católico—, abriendo paso a nuevos aires que tendrán cúspides posteriores en Martín Luis Guzmán o Juan Rulfo.  No creo exagerar al decir que las novelas y los cuentos, en memorables casos — Dostoievski, Azuela—, tienen la capacidad de enseñarnos la historia desde otros provechosos ángulos e incluso a veces con mayor claridad. Carlos Fuentes recomendaba a los estudiantes de abogacía que para entender derecho mercantil debían leer Cesar Birotteau de Balzac. De modo similar pienso que Cuentos y Notas de Rafael Delgado es otra manera de aproximarse a las cotidianidades de aquel siglo XIX, por medio de las anécdotas que nos cuentan sus variados personajes: caballerangos, veteranos de guerra, arrieros, acólitos o amas de casa. Publicado por primera vez en 1902, con prólogo de Francisco Sosa, y reeditado en 1942 a estancias de Francisco Monterde —fundador de la generosa Biblioteca del Estudiante Universitario—, es una recopilación de textos aparecidos en periódicos del Estado de Veracruz y la Ciudad de México. Su propio autor los calificó como “hijos de mi corto entendimiento, y nacidos todos ellos en horas de amargura y en días nublados, casi al mediar de mi vida”. En este interés quiero destacar siete de los cuentos[1] con la intención de seleccionar los que pienso más relevantes, para que el lector reconozca en Cuentos y Notas el cuadro estupendo y solemne del México de diligencias, de cabalgatas, de pulque y aguadores; de bandidos y mineros quijotescos; de mujeres “coronadas de azhares” y cuchicheos al acabar la misa; de borrachos que desde entonces predican la conspiración; de hacendados y campos silvestres; de coloquios llenos de palabras como “arrear” o “encachándosela”, que echan sus “zarambecos” y de “mona” en “mona”, de “turca” en “turca”, de “jurria” en “jurria”, son huellas de un español en perpetua mutación. Una prosa barnizada por el culto a los poetas del siglo de oro e influenciada por los grandes narradores de aquella centuria: Pereda, Bazán, Daudet, Dickens, citados numerosamente en las propias páginas. De largo aliento, a veces desmedido, dedicado a los paisajes silvestres de su añorado Veracruz, la nostalgia por la tierra de la infancia es uno de sus principales temas. Escribió buena parte de su vida desde un exilio forzoso, práctica tan común cuando sólo era posible escribir desde la capital, que se agudizará en el siglo XX y cambiará por completo en el XXI: así el Jalisco de Yáñez, el Veracruz de Pitol, etc. En Cuentos y Notas, Rafael Delgado evoca continuamente la flora y fauna de Córdoba, de Río Blanco. Siempre refiriéndose con mayor devoción a su Pluviosilla, apodo cariñoso que le dio a su adorada Orizaba y que perdura entre algunos parroquianos jarochos en peligro de extinción. Atendiendo directamente las tramas y la carne literaria, enumero a continuación los siete cuentos de los cuales haré una muy breve sinopsis que deje entrever las tramas sutiles y penetrantes de Rafael Delgado, quien Mariano Azuela calificó no sólo como el mejor pintor “de la vida semipiadosa de los pequeños centros de población de la era porfiriana, sino su más sincero y leal panegirista”.

1.- Amistad

Estamos al interior de un salón: olores entre tabaco, hedores gástricos, alcohol y frutas recién cortadas. Los cantineros van de un lado a otro. Por allá las conversaciones de los corredores de minas y el murmullo de la puntualidad de los borrachos. De la calle, el sonido de los carruajes, el ir y venir de los caballos y bicicletas. Dos hombres aparecen en escena. Entran a la cantina y se sientan en una de las mesas de junto. El narrador acecha en primera persona, presta suma atención a cada uno sus movimientos. Uno de los dos, cabizbajo y derrotado, deposita un revolver sobre la mesa; el otro lo priva del arma discretamente. El narrador, que vigila desde la mesa contigua, deduce que se trata de un intento de suicidio y festeja el heroísmo del amigo por haberle confiscado el medio para lograrlo.

 

2.- En legítima defensa

Un viajero pernocta en una hacienda a orillas del Citlalteptl. El patrón del lugar —rico terrateniente, pero modesto en su vestir y modales— le da la bienvenida y le ofrece pasar a su casa. Conversan sentados en la sala sobre lugares comunes: la faena agrícola, el ganado y los sembradíos. Cae la tarde y surge una conversación en torno a las guerras civiles por las que ha atravesado México. Comienza a obscurecer en los párrafos. La columna vertebral del relato aparece de pronto: el viejo habla a propósito de la guerra de reforma, época central, por cierto, de una destacada novela de Emilio Rabasa, La guerra de tres años, antecedente en estructura y tono a Al filo del agua de Agustín Yáñez y por atmosfera cristera a la obra de Rulfo: dos guerras que duraron tres años y que fueron consecuencias de la lucha del estado contra la institución católica. En esos años, soldados de distintos bandos pasaban por casa del entonces joven terrateniente. Este último los recibía con víveres, pasturas, caballos. Las mejores bestias las escondía en el monte. Todo marchaba en orden hasta que una noche, mientras “rayaba” a la gente de la hacienda, le anuncian que los hombres de la guerrilla se aproximaban a los terrenos. Esconde sus ahorros en un barril de agua —un dinero prestado que pagaba poco a poco—. Los atiende con la buena voluntad de siempre: les sirve aguardiente, pan, chocolate, todo lo que piden. Los capitanes están ya muy ebrios y despachan a las tropas para decirle al hombre que entregue las armas, que saben que es cómplice del enemigo. El ofendido niega las afirmaciones y dice que las armas se las llevaron los de la otra guerrilla. Los capitanes le gritan, le exigen que entregue el dinero. El hombre mantiene la paciencia, les pide que busquen en toda la casa. Niega tener dinero y les entrega solo lo recaudado durante ese día. Uno de los capitanes acepta; el otro, impertinente y terco, continua con los insultos y las humillaciones. El dueño de la casa, desesperado, toma una escopeta, dispara contra uno de los capitanes y corre al monte para esconderse. Se entrega luego a las autoridades, lo mantienen preso un tiempo y lo absuelven milagrosamente. La narración devuelve al lector de regreso a la sala, frente al huésped del inicio a quien le sirve otro trago. El hacendado justifica que mató defendiendo su honor, sus ahorros, su hacienda, su fama de hombre de bien. Mientras siguen conversando dice que el dinero escondido no valía nada comparado a la vida de aquel hombre. Termina contando: los hijos del capitán un día regresaron a cobrar su venganza. Lo amarraron, lo volvieron a insultar, lo llevaron al monte y pretendieron fusilarlo. El hacendado pensó que sería el final y les confiesa que disparó a su padre en defensa propia. Les explica sus motivos: que comenzaron a ofenderlo, que lo atacaron bajo su propio techo. Los descendientes del capitán lo perdonan. Nunca vuelve a ver a los vengadores. Supo más tarde el desenlace del par: uno muerto de vomito en Veracruz, el otro caído en la intervención francesa.

 

3.- El caballerango

De igual forma que en “Amistad” y “En legítima defensa” este cuento destaca por su testimonio oral y una detallada narración desde la perspectiva de dos hombres que beben y charlan. Se trata del perfil de los caballerangos quienes durante muchos siglos fueron fundamentales en la vida social de México. Gentes adoptadas en “casa grande”, limados y educados por los ricos. Amantes de la equitación. Descendientes, en muchos casos, de artesanos. Su labor es servir al patrón, poner “guapos” a los caballos. Pasan del nombre común al honorable de El Caballerango. Tienen la confianza del amo. Llevan a los niños a los toros y a las hijas de los aristócratas de paseo. Reciben la honrosa comisión de cobrar dinero. Son irresistibles al ojo de quienes los ven desde la ventana. Esperan a su amo cuando este llega tarde, le acompaña si está de viaje. Saben todos los secretos del patrón y le guardan la espalda en sus aventuras y son partícipes en todas sus diversiones. ¿Un equivalente del chofer particular o el chalán contemporáneo? Aquí se detalla un tipo de caballerango: el que sirve a los jóvenes ricos y solteros, y que posteriormente, cuando su amo se casa o sucede alguna tragedia, busca aventuras por otros rumbos, no sin perder las buenas costumbres, los hábitos de lujo y pulcritud. Unos terminan dedicándose al toreo, otros a la venta de ganado, algunos se enganchan en la gendarmería rural. A pesar de ello la devoción por los tiempos de servir como caballerango sobrevive ante lo demás.

 

4.- El asesinato de Palma Sola

El arranque se podría definir como policiaco, resuena en autores posteriores como S.S. Van Dine o las escenas típicas del Film Noir. Un juez conversa con su secretario sobre el caso de un homicidio. En la siguiente escena Casimiro camina en medio de la noche. Piensa en la oferta que negó de vender una mula suya, la Diabla, por la que siente especial afecto. Va por el camino triste y asustadizo, bajo una noche negrísima, como premeditando una tragedia. De un lado el llano, del otro el bosque. Se oyen los silbidos de serpientes, ronquidos de sapos, estruendos de árboles viejos y un aguacero que vuela “con un tropel de cien escuadrones a galope”. Los truenos iluminan súbitamente el campo. Ya muy cerca del hogar, la Diabla se detiene sin motivo. Para las orejas y deja de andar. Casimiro gruñendo y desesperado obliga a la bestia a seguir, propinándole un par de latigazos. No sabe que entre la milpa hay un hombre oculto sosteniendo una escopeta. Al entrar a la casa su esposa, Margarita, lo espera junto al fuego de la leña. Casimiro la saluda, comenta sus tribulaciones, y sale a desensillar a la Diabla, pero antes dice que “los animales a veces ven visiones”. Por la madrugada, mientras el matrimonio duerme, se oye un ruido en el techo: un piedrazo. Espantada, Margarita despierta a Casimiro y le pide que vaya a ver lo que sucede. Sin pistola y amodorrado, Casimiro sale arropado con zarape y machete en mano. Afuera, la noche despejada y la luna con una triste claridad. Súbitamente, el sonido de un disparo y luego un lamento. El campo vuelve a enmudecer y una voz se acerca a la puerta y le dice a Margarita una sola palabra: Ya. El cuento, siguiendo el hilo de la tradición policiaca, culmina con la entrega voluntaria de Margarita, ocho años después del suceso.

 

5.- El desertor

Similar a los preámbulos de Balzac o Flaubert, el inicio es una descripción del paisaje. La narración, como ave que vuela por los cielos y luego entra por la ventana, aterriza en cierta casa: las mujeres en la cocina, un perro sueña adormilado, un loro que no para de parlotear. En uno de los cuartos, la señora Luisa —jefa del hogar— piensa con nostalgia en el tío Juan. Se pregunta de qué sirve tanto dinero y tantas tierras si un asesino acabó súbitamente con su vida. Llora quedito. En esa misma casa, trabaja y vive un hombre generoso al que todos llaman El desertor, siempre agradecido por la hospitalidad de esta familia que lo recibió. Entre ellos se siente seguro, protegido por esas gentes que lo tratan con tanto cariño. Dice que es de Sonora, que fue arrebatado de su casa, que allá tenía una familia con hijos, que desertó porque estaba harto de la esclavitud del regimiento y que si lo llegan a descubrir seguro que lo fusilan. Al decir esto la señora Luisa lo tranquiliza, diciéndole que aquí no le pasará nada, que si eso llegara a suceder tiene caballo y dinero para el viaje. El desertor con los ojos llorosos les da las gracias. Un día imprevisto llega a la casa el Teniente de Justicia, en compañía de los suyos, buscando a un hombre. La anciana dice que el hombre que buscan sí estuvo ahí, que lo cuidó y alimentó, pero que ya se fue. Dice sentir mucha compasión por casos como el de él, sin embargo, el teniente le contesta que el hombre que buscan no es un desertor del regimiento militar sino uno de los autores del asesinato del lamentado tío Juan. La señora voltea a ver los cafetales, el desertor se esconde ahí. No lo delata. En una siguiente escena los trabajadores de la casa planean la fuga del desertor. Preparan los caballos, discuten sobre cómo ayudar al próximo fugitivo. Mientras la familia espera la huida de El desertor, la señora Luisa confiesa a su gente que el hombre que ven a lo lejos es el asesino del tío Juan. Antonio, el hijo, después de escuchar esta declaración toma su rifle y apunta hacia el jinete, pero Doña Luisa lo detiene con la frase “no tires, hijo. Dios te está mirando”. El desertor cruza un puente, sube una cuesta y se pierde en la espesura.

 

6.- “El retrato del Nene”

A Inés se le ve pocas veces. Sale en las mañanas a lavar la jaula del canario. Se pasa el día cosiendo y atendiendo a un anciano. La tía Carmen hace sus quehaceres por otra parte. Todos dicen de Inés: qué bonita muchacha, qué hacendosa, qué buena. Vive con los dos viejos. Un día un tal Julio la descubre y la sigue hasta la colonia Guerrero. Se enamora al instante. Otro día la espera en un zaguán y le entrega un papelito con una declaración de amor. Inés le responde con otro papelito y el amor se da por recíproco. El romance no tarda en pasar a las intimidades. Los primeros encuentros se dan a escondidas, cerca de la casa de ella. Piensan en su futuro, en una boda modesta, una casita sencilla, en el cariño y en la familia. Hartos de los discretos cuchicheos en las escaleras, Julio le propone que vayan a su pieza. El aposento del estudiante de provincia resulta desagradable, húmedo, lóbrego, ventajoso porque ahí nadie los vigila. Pasan noche tras noche en ese cuarto. Transcurren meses y el romance con Inés produce que baje el desempeño escolar de Julio. Inesperadamente, la familia de Inés muda su domicilio y muere el viejo a causa de una enfermedad pulmonar, produciendo esto un cambio radical en la relación de los dos jovencitos. Vuelven a sus citas e Inés luce triste y abatida. La situación empuja a Julio a las cantinas y sitios poco admirables. Una tarde, sale de paseo con Inés a un panteón y el fúnebre sitio trastorna y afecta aún más a la pareja. La gente que los ve paseando piensan que son hermanos. En otra ocasión, en el mismo panteón, Inés le confiesa que está embaraza. Julio reacciona emocionado y confuso. Al retornar Julio a su cuartucho, medita la situación, se da cuenta del lío en el que está metido: sin dinero, sin haber terminado la escuela; piensa que le encantaría regresar al principio de todo. Maldice el día en que conoció a Inés. Ella le escribe todos los días pidiéndole una resolución, sin embargo, el jovencito se rehúsa empleando el silencio. Se aparta de los amigos, deja de asistir a la escuela. Se va al teatro y a la cantina. Desesperada, Inés le escribe una frase definitiva: “si hoy no resuelves, mañana lo sabrá todo mi tía. Pero no diré tu nombre. Quiero hacerte el favor de evitarte molestias”. Julio otra vez se rehúsa con sus silencios. Ella no vuelve a insistir. Pasan varias semanas, Julio se detiene delante de la casa que fue de su querida. Está vacía. Nadie sabe nada de doña Carmen y de Inés. Después de unos meses, recibe una carta con el retrato de un simpático bebé. Al reverso de la fotografía se lee: “Tu hijo. Se llama como tú”.  Manda a ampliar la imagen y la cuelga en su cuarto con un marco dorado. Cuando le preguntan quién es aquel bebé él responde triste y con los ojos humedecidos: ¡un sobrinito!

 

7.- “Pancho El Tuerto”

El viejo dice que fue compañero de “El Nigromante”, entrañable de Lucas Alamán y discípulo de Rodríguez Puebla. Siempre está en todas partes y es conocido de igual forma en las tertulias literarias como en las cantinas y pulquerías de la Ciudad de México. Borracho incomparable. Cierto día cae al suelo de tan ebrio. Las gentes de la barbería lo recogen de la calle y le juegan una broma pesada: le cortan el pelo con un cerquillo de monje y lo visten con una mortaja. Después lo acuestan de vuelta en la calle y la ronda del barrio lo recoge sin saber quién es el pobre padrecito. Entre tres lo cargan y se lo llevan al colegio apostólico de San Fernando, con la idea de que puede pertenecer allá. ¿De dónde será este religioso desventurado?, se preguntan quienes ven al moribundo. Al siguiente día, un guardia entra a la celda de Pancho y le dice:  Alabado sea Dios, hermano. ¿Cómo se llama su reverencia? ¿De qué colegio viene?, Pancho no contesta. Mira asombrado, con un punzante dolor de cabeza; crudo, aún embriagado. Cuál es su nombre, responda, insiste el guardia del colegio. Pancho explica que seguro que le jugaron una broma, que hasta tiene esposa. Pide un espejo y al verse reacciona sobresaltado: ¡Ya soy fraile! Da su dirección al guardia. Que pregunten por Pancho el tuerto, dice. “Si no está, ese soy yo. Y si está entonces el diablo sepa quién soy yo”.

No me queda más que decir que mientras escribo esto me gana la curiosidad por buscar al autor de “Cuentos y Notas” en YouTube. Hay casi nada, pero descubro un video milagroso en el que un grupo de niños interrogan a los habitantes de un pueblo: ¿sabe usted por qué se llama aquí Rafael Delgado? La respuesta es negativa en todos los casos. Conocen más bien aquel municipio como San Juan del Río y les incomoda que los graben, se chivean y les chispan los ojos de nervios nomás de estar frente a la cámara. En esa misma serie, titulados “El escritor olvidado”, surge un niño parado junto a una tumba y micrófono en mano. Inclina la cabeza para leer el epitafio en voz alta: Rafael Delgado (1853-1914) Maestro, novelista, poeta. Duerme para siempre en Pluviosilla.

[1] Denominados cuentos, pero que en realidad son un conjunto de textos breves, híbridos entre el relato, el cuadro de costumbres, la crónica y el cuento como se entiende hoy. Recomiendo a los interesados consultar el estudio de Lourdes Franco Bagnouls, Tientas a la narrativa breve, compilado en Literatura mexicana del otro fin de siglo (Colegio de México, 2001).

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