En la cumbre del oxígeno hermoso: acercamientos a César Vallejo. Por Marco Antonio Murillo

 

 

 

En la cumbre del oxígeno hermoso: acercamientos a César Vallejo

 

Marco Antonio Murillo

 

 

 

1.- César Vallejo y la poesía

 

Siempre que me acerco a César Vallejo, y en particular a Trilce, me pregunto qué es la poesía de Vallejo, y en general qué es la poesía. Las respuestas, indagadas en otros autores de similar tamaño, sobrevienen: Una conversación en la penumbra (Eliseo Diego), Mirar la rosa hasta pulverizarse los ojos (Alejandra Pizarnik), La unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo algo así como un misterio (Federico García Lorca). Todas estas afirmaciones sobre la poesía serán válidas e inválidas de acuerdo a la manera en la que nos relacionemos con el poema, es decir, conforme a lo que querramos ver en él.

Por mi parte, hallo latentes las tres definiciones en la poesía de Vallejo: sombra     a     sombra su poesía conecta nuestro yo superficial con nuestro yo más profundo y desconocido. Centrífuga que sí, que sí, su poesía ahonda las palabras hasta querer transformarlas, y cuando lo logra ocurre una metamorfosis en el lector: las cosas cotidianas del mundo ahora son bellamente extrañas. Pero, además, su quehacer poético no esconde su “truco de mago”, nos lo deja ver a simple vista.

De todos los poetas latinoamericanos de su generación, Vallejo es el que tiene la mayor conciencia sobre las capacidades del lenguaje, y no duda en ponerlas en práctica: inventa palabras, las retuerce, o bien, le da la razón a Lorca. Escribe el poeta peruano en Trilce LV: Vallejo dice hoy la Muerte está soldando cada lindero a cada hebra de cabello perdido, desde la cubeta de un frontal, donde hay algas, toronjiles que cantan divinos almácigos en guardia, y versos antisépticos sin dueño.

Mis anteriores reflexiones no me han dejado del todo satisfecho ¿Qué es eso de la poesía?, me vuelvo a preguntar. De hecho pienso que tras cada poema que leo me lo estoy cuestionando. Todo el tiempo recreamos nuestro mundo con lo más simple que tenemos a mano: nuestra lengua materna (luego esta se encuentra mediada por órganos, sentidos, ideas, sueños, intuiciones). El viejo Roman Jakobson hablaba de funciones de lenguaje para realizar esta tarea. Todo lo que yo pueda decir, no importa el idioma que utilice, es una función de lenguaje. Hay, sin embargo, una llamada “función poética” que busca romper con las barreras cognitivas que tiene el lenguaje: es como si estuviéramos en el borde de un abismo y esa función nos dijera que del otro lado, incluso adentro de la negrura, hay más cosas que no podemos ver, pero sí intuir.

La función poética bien llevada a puerto, es decir, bien aprovechada, no será todo el poema, sí una parte medular, esa que tiene la capacidad de asombrar al lector. Más allá de los límites formales a los que Jakobson la sometió, la función poética es uno de los pocos descubrimientos que tenemos, junto con la meditación y el uso de sustancias psicoactivas, para escapar de nuestro mundo eternamente referencial, extenderlo fuera del conocimiento que nos regalan nuestros sentidos y la objetividad con la que pretendemos relacionarnos con él.

Vallejo escribe en Trilce XV: En el rincón aquel, donde dormimos / juntos tantas noches, ahora me he sentado / a caminar. La cuja de los novios difuntos / fue sacada, o talvez que habrá pasado. Hay dos imágenes que me interesan: me he sentado a caminar y La cuja de los novios difuntos. La primera me parece más poderosa que la segunda, la cual se refiere a un féretro (no cualquiera, sino uno donde la pareja descansa sencillamente como un tierno objeto al que se le ha devuelto a su caja de origen). Me parece más poderosa, decía, porque los dos elementos: sentarse y caminar, que juntos se cumplen en paradoja, dan cuenta de un tercer elemento del que no podemos hallar su equivalente exacto en la realidad, pero sí intuirlo: ¿qué es sentarse a caminar? ¿Sentarse en una silla y mover los pies nerviosamente?, ¿acomodarse en una silla y reflexionar?, ¿pedalear sobre una bicicleta?. O bien, ¿es la manera muy particular en la que César Vallejo se refiere al acto de escribir poesía?

Todo Trilce, y buena parte de la poesía de Vallejo, está repleto de momentos de este calado. No importa cuál sea la respuesta, todas son válidas y ninguna. Lo importante es qué hace el lector con lo que acaba de descubrir. En lo personal, estos momentos, a los que yo llamo hallazgos poéticos, nos recuerdan que la realidad no es cuadrada, tiene profundidades y es mucho más rica de lo que creemos.

 

 

2.- César Vallejo y Gonzalo Rojas

 

Cuenta el dicho que el demonio está en los detalles. Uno de los aportes de Vallejo es la tremenda conciencia que tiene sobre el uso del lenguaje para construir su hallazgo poético. Dicho hallazgo inventa palabras, las retuerce o encuentra la relación de elementos aparentemente incompatibles. La lección lingüística que dejó su poesía fue aprendida por una gran cantidad de poetas que lo leyeron por toda Latinoamérica. Dice Américo Ferrari: En la encrucijada de los años veinte-treinta, y entre la estridencia y los manifiestos de la vanguardia, es quizá Vallejo quien encarna de la manera más cabal la libertad del lenguaje poético: sin recetas, sin ideas preconcebidas sobre lo que debe ser la poesía, bucea entre la angustia y la esperanza en busca de su lenguaje y el fruto de esa búsqueda es un lenguaje nuevo, un acento inaudito.

La poesía de su casi paisano Gonzalo Rojas llevó esa experiencia lingüística al terreno de la musicalidad del idioma, y tramó un verso libremente extraño, que si lo leemos desde la costumbre del tímpano, nos parecerá ocioso, deliberado en sus cortes. En ese sentido, Rojas propuso un verso rápido que intuía las velocidades del siglo XX, capaz de acelerar sus sílabas o frenarlas de golpe según el dictado de su oído. Ello, por ejemplo, le permitió hacer encabalgamientos extremos como estos en “Diálogo con Ovidio”:

 

(…) ¿dónde está el cuerpo?,

la nariz que fuiste ¿dónde?, y tú sabes de nariz, ¿la oreja

de oír dónde?, ¿el ojo

de ver y de transver? No hay visiones

a lo Blake sino hoyo

negro, Publio

 

Ovidio, ¿me oyes, estás ahí en

la dimensión del otro exilio más allá del Ponto (…)

 

El fragmento, de hecho todo el poema, está plagado de encabalgamientos. Hay dos que destacan por su ambición, el primero parte las dos estrofas y el nombre completo del autor de Las metamorfosis; el segundo, más repentino, corta la oración mientras transcurre la preposición en el paladar del lector. La forma también se refleja en el fondo, ningún encabalgamiento es gratuito, ambos tienen su propia narrativa: el uno crea la sensación de que estamos “dialogando” ante dos personajes poéticamente gemelos: a Publio se le pregunta por los sentidos; a Ovidio por la muerte, por el lugar físico de la muerte. El otro encabalgamiento ayuda a esta última pregunta creando una atmósfera de suspenso; como si Gonzalo Rojas dudara sobre las cuerdas de su voz cómo preguntar por la muerte (¿me oyes, estás ahí en) y en seguida recapacitara y definiera la muerte como un lugar físico, un exilio mayor al sufrido por el romano en el Ponto Euxino, sitio que marca la tradición al que fue desterrado.

La muerte es una forma de destierro. Ya desde esta metáfora descubro la fuerza de la imaginación de Gonzalo Rojas, una fuerza, como decía párrafos arriba, heredada en parte por la poesía de César Vallejo. La muerte es una forma de destierro. Para la poesía la muerte no existe, es sólo un tópico siempre frecuentado por los poetas, como el de la luz. Es más, para la poesía, todo se encuentra imbricado: tiempos, autores, lecturas. El científico Carl Sagan decía que Para crear una tarta de manzana hay que crear primero este universo de armonía, donde los elementos de la receta se funden para generar una nueva realidad igual de armónica. En el poema pasa lo mismo: para lograrse se necesita la fuerza de todo un idioma. Igual podemos decir que en un poema bien hecho late toda la poesía del castellano, porque para realizarse tuvieron que hacerse innumerables “descubrimientos poéticos”.

Hablando de descrubrimientos hay un poema de Gonzalo Rojas que me interesa, “Por Vallejo”. Más que un homenaje a la obra del peruano, es un lugar de encuentros, un sitio en donde dos maneras muy particulares de mirar el mundo se dan cita. Lo transcribo íntegro:

 

Por Vallejo 

 

Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: —Todavía.

Y le arrancó esta pluma al viejo cóndor

del énfasis. El tiempo es todavía,

la rosa es todavía y aunque pase el verano, y las estrellas

de todos los veranos, el hombre es todavía.

 

Nada pasó. Pero alguien que se llamaba César en peruano

y en piedra más que piedra, dio en la cumbre

del oxígeno hermoso. Las raíces

lo siguieron sangrientas cada día más lúcido. Lo fueron

secando, y ni París pudo salvarle el hueso ni el martirio.

 

Ninguno fue tan hondo por las médulas vivas del origen

ni nos habló en la música que decimos América

porque éste únicamente sacó el ser de la piedra más oscura

cuando nos vio la suerte debajo de las olas

en el vacío de la mano.

 

Cada cual su Vallejo doloroso y gozoso.

    No en París

donde lloré por su alma, no en la nube violenta

que me dio a diez mil metros la certeza terrestre de su rostro

sobre la nieve libre, sino en esto

de respirar la espina mortal, estoy seguro

del que baja y me dice: —Todavía.

 

 

3.- Vida de César Vallejo

 

El motor más importante del poema anterior es la palabra Todavía. Casi todas las repeticiones, salvo una, se encuentran en la primera estrofa. Claro, es la introducción del poema, de la que partirán todas las ideas que se irán construyendo en las siguientes tres estrofas. Todavía es un adverbio que, entre otras cosas, indica que una situación persiste en el presente, o bien, que puede cambiar en el futuro. Esta segunda acepción es la que envuelve al poema de Gonzalo Rojas.

El primer verso despliega una historia: a principios del siglo XX, cuando el Modernismo (ese viejo cóndor / del énfasis) guiaba las plumas de los poetas latinoamericanos, la poesía de César Vallejo irrumpió en la escena literaria dando un giro de tuerca sobre el agotamiento de la imaginación creadora, y propuso una nueva manera de relacionarse con el lenguaje. Aún había mucho qué decir, mucho qué escribir. Las siguientes repeticiones del adverbio todavía acompañan distintas imágenes en torno al tiempo, la poesía (identificada con la rosa) y el ser humano. Cuando César Vallejo, parece decirnos Gonzalo Rojas, innova en las letras iberoamericanas, también cambia la concepción del tiempo, de la poesía, y, por ende, del ser humano.

Vallejo fue un poeta vanguardista, su signo más característico, tal y como he indicado en anteriores apartados, es la innovación en el uso de la palabra. Esta innovación no se trata de un mero “matar al padre”, sino era algo necesario. El siglo XX fue el siglo de los grandes inventos, de la tecnología, de las altas velocidades que definieron a las ciudades y al modo de vida de las personas. El viejo aparato poético castellano que tuvo su clímax en el Modernismo, no podía con todos esos cambios repentinos, había que hacer algo, pero no desde la superficie, sino desde las profundidades del lenguaje mismo. César Vallejo con su Trilce se tiró a la espalda esa piedra de Sísifo. Los límites del lenguaje, entendió Wittgenstein, son los límites del mundo. Por eso al cambiar el lenguaje, cambia el tiempo, el hombre y también la poesía.

Los primeros versos de la siguiente estrofa son una reiteración de la primera, a medida que la poesía de César Vallejo dio en la cumbre / del oxígeno hermoso, es decir, dio un respiro vital al castellano. Me llama la atención una imagen: César en Peruano. Individualiza el nombre del poeta. César, que es un nombre de origen latino, es atravesado por las marcas de la peruanidad. Ya no denota un significado heráldico tradicional, sino más bien uno poético, a medida que está sujeto a un territorio, contexto y circunstancias muy específicas.

Lo que sigue es una imagen térrea armada a partir del sustantivo raíces. Estas se pueden referir a una gran gama de cosas: las raíces del idioma (la poesía de Vallejo lo retuerce porque indaga y cuestiona sus componentes), la tradición de la poesía en castellano, las raíces del propio quehacer poético, u otra cosa. Sea cual sea el camino que tomemos nos llevará a destinos un tanto diferentes. Yo prefiero quedarme con el quehacer poético, porque, además, pienso que se relaciona muy bien con la última parte: (las raíces) lo fueron / secando, y ni París pudo salvarle ni el hueso ni el martirio.

Al visitar la biografía de Vallejo es ineludible enterarnos sobre las penurias que vivió en París, penurias cuyo tono quedó plasmado en poemas como “Piedra negra sobre piedra blanca” y “Hoy voy a hablar de la esperanza”. Es difícil indagar en la relación entre lo que sufre un autor y la potencia de su obra, pero me parece que Carl Jung, que ya desde el trilciano 1922 había hecho estudios sobre psicología y arte, puede aportar algo. Escribe en “Psicología y poesía”:

 

Su vida (la del artista) está necesariamente llena de conflictos, pues en él luchan dos fuerzas: el hombre común con sus justificadas reivindicaciones de felicidad, satisfacción y seguridad vital, por una parte, y, por otra, la pasión despiadada y creadora que puede incluso dar al traste con todos sus deseos personales. De ahí que el destino vital personal de tantos artistas sea tan decididamente insatisfactorio, e incluso trágico, no por una oscura disposición, sino a causa de cierta inferioridad o de una insuficiente capacidad de adaptación de su personalidad humana. Rara vez un ser humano creativo no tiene que pagar cara la chispa divina de su grandiosa capacidad.

 

Pareciera que Jung romantiza la vida del artista al relacionarla con un destino trágico. En realidad, lo que hace es resaltar que el artista tiene conflictos interiores, mismos que por su impulso creativo no suelen resolverse (ya por falta de tiempo o interés) en el plano social, sino en el plano de la obra de arte; de allí que Jung concluya que a menudo se desangra lo humano a favor de lo creativo. Regresando al poema de Gonzalo Rojas, las raíces de la creatividad de César Vallejo, lo siguieron sangrientas cada día más lúcido, pero el poder y el tiempo que exigen la creatividad y el arte lo fueron secando. De tal manera que ni París pudo salvarle el hueso ni el martirio.  

La tercera estrofa le hace justicia a la poesía de Vallejo. No los poetas del Modernismo (ellos lograron una versión latinoamericana del Romanticismo europeo), sino César Vallejo fue quien le dio un uso al castellano muy cercano a nuestra realidad sincrética, cruzada por lo indígena y lo hispano. Su poesía, en ese sentido, ahonda en las médulas vivas del origen, de tal forma que pudo realizar una obra donde resuena la música que decimos América.

Desde la publicación de Los heraldos negros hallamos una filiación indígena en algunos de sus poemas, como “Huaco”, filiación que no seguirá de lleno (al menos no en el terreno de la poesía), pero que la explorará en algunas expresiones como: Cuzco moribundo, colchas de vicuña, relincho andino, aparecidas en Trilce. Sobre ese mismo poemario se ha resaltado en varias ocasiones que César Vallejo compartió con los indígenas del Perú la pobreza, la miseria, la soledad y la injusticia, que desde la Conquista han sido el pan de cada día. En “César Vallejo: semejante mendigo”, el poeta español Félix Grande escribió que debemos sospechar que en el habla de César hay millones de incas susurrando su pétrea y firme ausencia a través de los siglos desde su vano enterramiento, en otras palabras, mediante su poesía Vallejo sacó el ser, nuestro yo latinoamericano, de la piedra más oscura.

Finalmente, nos hallamos ante la última estrofa, la más personal de las cuatro. Hay tantos Vallejos como lectores de poesía, nos dice Gonzalo Rojas. César Vallejo no está en el cementerio de Montparnasse, donde descansan sus huesos, tampoco en las alturas de la poesía, sino que se encuentra en su legado. Cada que leemos un poeta nuevo y vemos la filiación vallejiana, o incluso, una palabra que nos hace el guiño a la poesía del peruano, allí encontraremos el carácter de la poesía de César Vallejo. Por eso, Gonzalo Rojas confía en el poeta que baja y le dice Todavía. O sea, aún hay aportes que pueden nutrir al idioma y el imaginario del castellano.

No es verdad que la poesía salve, pero sí puede proponer un importante cambio desde el lenguaje. Al cabo de los años, el lenguaje, que es el único “órgano” humano que nos vincula con la realidad externa a nosotros, empezará a acomodarse en la realidad. Esta, entonces, es la enseñanza que deja César Vallejo para sus lectores: ante el agotamiento de la vida, del lenguaje, de nuestro yo cotidiano, las reflexiones que encarna el quehacer poético es una buena opción para replantearnos la manera en la que nos relacionamos con la realidad. Ya lo dijo el propio Vallejo: Confianza (…) / en el destino, no en los dados de oro, / y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

 

 

 

 

Marco Antonio Murillo. Poeta y ensayista mexicano. Licenciado en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán uady. Maestro en Escritura Creativa por la Universidad de Texas ut El Paso. Autor de tres libros y coautor de uno. Ensayos suyos forman parte de dos antologías.

Ha sido ganador del Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos 2009; el Premio Estatal de la Juventud 2014 en artes; y el Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2020. Ha sido beneficiario del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico pecda 2009; de la University Grant (ut) 2013-2016 y de la Fundación para las Letras Mexicanas flm.

Ha sido editor de la revista bilingüe Río Grande Review y parte del Consejo de Redacción de la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea.

 

 

 

 

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