Ensayo

El Ulysses de James Joyce, una revolución literaria. 100 años de una obra maestra. Por Gabriel Jiménez Emán

 

 

 

 

 

 

 

 

El Ulysses de James Joyce, una revolución literaria.

100 años de una obra maestra

 

Gabriel Jiménez Emán

 

 

James Joyce viene a representar a veces ese tipo de escritor cuya obra oculta, de alguna manera, la personalidad humana de su autor; una obra que casi devora la humanidad de quien la creó, que existe porque se alimentó a expensas de su autor, quien debió sortear penurias, limitaciones materiales, fracasos y enfermedades para poder alcanzar la expresividad aun a costas de la posible felicidad de quien la concibió. En cierto modo James Joyce y otros escritores de su generación, aparecen en la escena literaria de Europa y los Estados Unidos signados por una serie de circunstancias históricas y culturales que los impulsaron a construir un nuevo modo de asumir el mundo y, sobre todo, de expresarlo. Aquí entonces la literatura recobra su función de recrear la vida humana frente al mundo, buscando plasmar voces que puedan trascenderla en el tiempo. En este sentido, la literatura viene a cumplir una función mayor, al moverse con el lenguaje de la ficción o la poesía, la literatura integra en si (sin proponérselo muchas veces) a las demás ciencias sociales, en ella convergen los mejores momentos del arte o la filosofía, para convertirse en una de las artes más completas de las creadas por el ser humano, pues puede integrar a otras disciplinas hacia su centro: la música, la pintura y el cine se contemplan tantas veces en el espejo de la literatura, asumen la responsabilidad de captar aquellos lenguajes particulares para incorporarlos a su cauce significante, convirtiéndolos en matrices generadoras.

En cierto modo, James Joyce fue un escritor que vivió para la literatura; sacrificó todo por ella. En ese sentido fue ambicioso, hollando un territorio pocas veces frecuentado. Así lo entendieron sus compañeros de generación Ezra Pound, T.S. Eliot y John Madox Ford, Silvia Beach o Wallace Stevens, entregados a sus obras creadoras como pocos, alcanzando una expresividad inédita hasta entonces.

Su obra gravita ciertamente sobre su ciudad natal, Dublín, sus ambientes, personajes e instituciones, tomando pronto conciencia de cuanto le ocurre y rodea: familia, escuela, iglesia, situación social y guerras permanentes, y todos estos se convierten para él en fuentes de conflictos creadores, que van juntándose en un dédalo de experiencias. Este laberinto personal de latencias se convierte, poco a poco, en obsesión y él va dedicando su minuciosa atención de absorber los conflictos que le dominaron a lo largo de su vida. El nombre de su personaje más conocido, Stephen Dedalus, intenta acopiar toda una serie de intuiciones, sensaciones, ideas y creencias compartidas con otros personajes también harto conocidos como Poldy, Buck Mulligan, Molly y Leopold Bloom.

Joyce tomó parte de un movimiento de vanguardia moderna anglosajona y americana que compartió con muchos contemporáneos suyos, e intentaron abrir nuevos caminos para la literatura desde una perspectiva surgida del conflicto de las dos guerras mundiales, llevando consigo un cúmulo de concepciones cristianas, católicas, medievales o renacentistas, o bien recogiendo fragmentos del romanticismo visionario, lo cual proveyó a la vanguardia europea de elementos transgresores, menos amoldados al canon clásico, y al mismo tiempo replantea las mejores vetas del romanticismo, para salirle al paso a un realismo que, dicho sea de paso, constituye con seguridad la principal tradición novelística de Occidente. Las vanguardias históricas se permiten, entonces, abrir compases de innovación para no perecer frente al realismo y a las nuevas crisis surgidas en la sociedad industrial. Mientras T.S. Eliot muestra en su Tierra baldía una versión despojada (y despiadada) de la poesía inglesa de su época --ofreciendo una visión desolada de la sociedad moderna-- y Ezra Pound en sus Cantares conducía a la poesía inglesa a nuevos territorios parodiando formas, idiomas y lenguas occidentales, James Joyce hacía lo suyo desde la prosa de ficción.

Retrato del artista adolescente, su primera novela, es una obra perteneciente en cierto modo a las novelas de formación (Bildungsroman) pero con un toque distinto en la forma, mucho más festivo y humorístico. El artista adolescente, personaje inmaduro que se siente poseído por el genio, portento en estado puro, se reconoce en la obra inicial de Joyce, donde se advierte su peculiaridad transgresora, mediante un poder verbal poco frecuente en el momento de abordar el tema de la formación interior del ser humano en su proceso de alcanzar la madurez, debiendo antes atravesar la fase problemática de la adolescencia, tema central de la Bildungsroman europea.

 

 

Dublín, centro del mundo

 

Joyce se propuso profundizar en su voluntad de experimentación que ya había mostrado en Dublineses y Retrato del artista adolescente y se volcó por completo en el Ulises (1922), donde lleva a cabo una de las parodias más ambiciosas de la literatura moderna. En efecto, se propuso imitar los estilos del periodismo, los cánones clásicos, los poemas, cartas, informes, narraciones orales o radiales, jergas, juegos fonéticos del habla cotidiana presentados en toda su frescura y naturalidad, y a los personajes haciendo sus cosas de todos los días. Al mismo tiempo, debe dotarlos de profundidad simbólica, y entonces se da a la tarea de tener como modelo al héroe más célebre de la literatura occidental: Odiseo. El personaje debe cumplir su periplo por la vida, un viaje completo; pero ese trayecto no es tan dilatado en el tiempo, pues también puede ser el trayecto que el personaje cumple en su interioridad en un solo día, en una ciudad. Y esa ciudad es Dublín; ni siquiera se propone recorrer toda la ciudad sino apenas una parte de ella, el centro, sus bares, calles, cafés, lupanares, barrios; viejas casas; sus héroes no llevan atuendos militares ni armas ni artimañas para atacar o defenderse; son personas del común con sus ropas de diario; solo van a enfrentarse a su cotidianidad, a sus habitaciones, sus fiestas, sus charlas, sus dudas, sentimientos, afectos, traiciones, juegos, y sobre todo a sus conversaciones. Van a estrechar sus sentimientos de amistad, de deseo o de sexo, van a hablar, a conversar, a intercambiar palabras y diálogos, quieren retar a la realidad, ponerla a tope, hacer bromas y chanzas, jugar con el lenguaje, divertirse con las palabras.

Joyce se enfrenta a la realidad de Dublín y a la realidad de Irlanda, que es a su vez la realidad de Europa y posiblemente la realidad de su tiempo, a la situación política de Irlanda frente a Inglaterra y frente al mundo. Joyce se había esmerado en estudiar en la Universidad y de instruirse en bibliotecas para indagar sobre lenguas e idiomas. Ha descubierto la infinita riqueza del idioma inglés y debe incluir la mayor parte de esa fuerza verbal en su libro, teniendo el cuidado de narrar una historia. Pero esa historia no es sólo una historia de acciones o procederes, sino también la historia de lo que piensan o desean aquellos personajes, incluso de aquello que dejan de hacer. Debe incluir en esa historia sus presentimientos, intuiciones o pesadillas. Piensa dejar allí plasmado no sólo un fresco social o intelectual, sino también un fresco de la cotidianidad del hombre corriente, justamente para probar que tal hombre no es tan corriente como se ofrece a primera vista, que los seres humanos ejecutan odiseas cotidianas en medio de guerras constantes, enfrentados a nuevos monstruos y peligros, nuevos azares y nuevos tipos de represión. El héroe de Joyce es un héroe corriente (no un antihéroe existencialista), ni tampoco un héroe absurdo como el de Kafka, sino un héroe más sensual, un hombre libertino y apasionado.

Pero este héroe no es uno solo. Ese Ulises es Leopoldo Bloom y es Stephen Dedalus y es incluso Molly Bloom y Poldy y es Buck Mulligan. Son todos ellos héroes que buscan cosas distintas, pero convergen en las mismas calles. El héroe joyceano es un héroe múltiple o multiplicado. Es a la vez un héroe hecho de lenguaje, de aquello que dice y de aquello que no dice (es decir, de su silencio) y sobre todo un héroe hecho de aquello que piensa o presiente, y de aquello que sueña. El llamado flujo de la conciencia se incorpora al lenguaje literario como elemento de primer orden: el lenguaje en Joyce pasa a configurar a los personajes más que sus propias acciones, y de este modo la escritura se enriquece como nunca antes. Con ello, Joyce inaugura una serie de técnicas narrativas, multiplicando su influjo en otros modos de contar que serán decisivos para el desenvolvimiento de la prosa en la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, pues en lugar de verse empobrecida por las expresiones visuales o musicales de su tiempo, la prosa Joyce se vuelve a poner a la vanguardia de las experimentaciones lingüísticas y de las infinitas posibilidades del lenguaje oral.

Hay dos elementos implícitos en la narrativa de Joyce. La ambigüedad y la significación progresiva. En Joyce la realidad visible está cuestionada por el lenguaje (como lo está en Portugal por un contemporáneo suyo, Fernando Pessoa, también acechado por las utopías del lenguaje) y éste a su vez funciona como una herramienta para re-semantizar la realidad, es decir, para ubicarla primero en un plano fantasmagórico, luego trascenderla y otorgarle un rango cómico o trágico, para dotarla de sentidos, no para explicarla o analizarla. La realidad en Joyce no admite conclusiones; está ahí para aparearse a ella, para disfrutarla en toda su inescrutable magnitud. En cierto modo, la realidad no es tan real como parece; más bien se parece a una suerte de enciclopedia de consulta, para regocijarse en ella, sin más ni más.

A su vez, Joyce multiplicó su influjo en las narrativas de los países de lengua inglesa, además de Inglaterra, Irlanda o Escocia, también en Estados Unidos y los países del caribe angloparlante y luego también en la literatura de lengua francesa, italiana, alemana o castellana; pues las técnicas de Joyce se universalizaron y sirvieron para dar frescura a los diversos lenguajes orales de cada país. Los discípulos más visibles de Joyce sean tal vez Samuel Beckett, Flann O`Brien, William Faulkner, Virginia Woolf, Carlo Emilio Gadda, Ítalo Calvino, y en la prosa hispanoamericana del siglo XX es visible su influjo en escritores como Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y todas las narrativas experimentales europeas, sobre todo francesas, Joyce cumplió un papel de venero de formas.

La resonancia de James Joyce se extendió también al cuento y al cine, donde las narraciones interruptas, fragmentarias o yuxtapuestas son requeridas para plasmar la complejidad de la experiencia humana. Desconozco cuales son en verdad los héroes literarios de James Joyce, pero desde mi personal punto de vista creo que puede haber estado influido por Laurence Sterne, Marcel Proust, Fedor Dostoievski y Henry James, aunque esto no lo puedo demostrar ahora. No me atrevo a aludir en este caso al genio de Honoré Balzac o al de Gustave Flaubert, quienes influyeron en prácticamente todos los narradores del siglo XX, incluso por oposición o contraste, querámoslo o no, todos le debemos algo a estos genios irrepetibles. Refiero estos posibles influjos sólo de manera indirecta, apelando a la acertada noción expuesta por Harold Bloom sobre la angustia de las influencias, cuya idea central es que los grandes escritores siempre ocultan o disfrazan sus verdaderas influencias citando a otros autores, y no a aquellos que los han influido directamente  Por supuesto, a los lectores hispanoamericanos nos resulta complicada una primera lectura del Ulises debido a la comprensión previa que debemos poseer de sus contextos históricos, culturales o religiosos, que son los contextos de la Irlanda de Joyce; importa, en todo caso, la manera de captar y expresar la vida humana en estos contextos: es un asunto de forma, no de fondo, para ponerlo más sencillo; podemos “aplicar” las técnicas de Joyce a nuestros propios contextos para transmitir al lector la sensación de vida que respira esta obra maestra, al hacer de la ficción un vehículo importante para comprender la existencia humana y sus avatares, razón última de toda obra literaria que se precie de tal. Las obras que conozco más directamente influidas por Joyce son, como ya anoté más adelante, La boca pobre y En nadar-dos-pájaros de Flann O`Brien; Desciende Moisés de William Faulkner; El zafarrancho aquel de Via Merulana de Carlo Emilio Gadda; y en la narrativa en castellano la novela Larva del español Julián Ríos, Rayuela de Julio Cortázar (que, según la opinión del cubano José Lezama Lima es “el Ulises de América”) y en la novela del venezolano Luis Britto García Abrapalabra pueden observarse ecos de la técnica joyceana.

 

 

Estructura del Ulises

 

El Ulises es un libro magmático, un libro implosivo que vierte fluidos verbales en varias direcciones gracias a su recurso central: el sentido del humor; como si en el fondo se tratara de un juego o una broma, de un acertijo producto de un azar, no de una filosofía preconcebida. Su autor se resiste a hacer críticas sociológicas o indagaciones psicológicas expresas y no acude a la historia para someterla a una crítica conceptual, sino para hacer de ella un territorio de placer, aun cuando su trasfondo pueda ser terrible o dificultoso. El libro está constituido por 18 episodios (se resiste a llamarlos capítulos) y estos episodios se corresponden con varias historias del poema narrativo de Homero, de su Odisea por el mar egeo, definidos cada uno de ellos: 1. Telémaco; 2. Néstor; 3. Proteo; 4. Calipso; 5. Lotófagos; 6. Hades; 7. Eolo; 8. Lestrigones; 9. Escila y Caribdis; 10.  Las rocas errantes: 11. Las sirenas; 12. El cíclope; 13. Nausica: 14. Los bueyes del sol; 15. Circe; 16. Eumeo; 17. Ítaca; 18 Penélope.

En cada uno de ellos, entresacados de la Odisea, Joyce toma aquella obra clásica fundadora de la tradición occidental, la trae al terreno moderno de las vanguardias; le anuncia al lector que está parodiando expresamente la obra de Homero para insertarla en el siglo veinte sin más ni más, trasladando personajes y contextos antiguos al presente, a objeto de revitalizarlos, ironizarlos y ponerlos a vivir en la segunda década de ese siglo. En la Odisea homérica Ulises debe cumplir una aventura de muchos años en diferentes circunstancias y luchas con tentaciones, monstruos, hechizos y traiciones, tropiezos y caídas que simbolizan la aventura del existir humano, antes de volver otra vez a su humilde Ítaca a encontrarse con su hijo Telémaco y su esposa Penélope.  Todos aparecen en esta maravillosa estampa del regreso, que es a la vez un símbolo de la existencia de un ciudadano de Grecia enfrentado a sus realidades cotidianas, pero también a sus realidades míticas y trascendentes. No es un guerrero en sentido estricto –como si lo fue Aquiles en la guerra de Troya en la Ilíada, el gran poema épico de Homero—dispuesto a vencer todos los obstáculos a objeto de conocer la verdad, la compleja y simple verdad de la vida.

Estos dieciocho capítulos del Ulises pueden leerse también como la aventura de Leopold Bloom junto a sus amigos Dedalus, Poldy, Mulligan y Molly en un solo día en Dublín, lo cual al final sintetiza también la odisea cotidiana del hombre moderno, es decir, del hombre surgido de la modernidad industrial, técnica o liberal, debiendo atravesar un laberinto urbano que, en este caso, es el de Dublín y el de Irlanda, un laberinto, si se quiere, de la nacionalidad y de su propio origen; pero también puede ser el laberinto de cualquier ciudad de Europa o del mundo en ese momento. Por supuesto, también se trata del laberinto del lenguaje, en este caso del idioma inglés hablado en Dublín, pero también puede ser el de un ciudadano inglés en Londres, de un francés en Paris; de un español en Madrid o de un italiano en Roma, y a la postre, de cualquier ciudadano del siglo XX en cualquier urbe del mundo.

Joyce se propone crear aquí el arquetipo moderno del Ulises homérico, y esto lo logra enfrentándose a varias realidades superpuestas y simultáneas, valiéndose de recursos osados de la vanguardia como las superposiciones textuales, la ausencia de puntuación, el uso de la prosa lírica (en la que es verdadera maestra la gran escritora inglesa Virginia Woolf) y otros numerosos recursos retóricos, periodísticos, musicales y plásticos otorgan a esta obra el calificativo de nuevo clásico. Éstos, a su vez funcionan como un arsenal técnico-instrumental, si se lo prefiere así— para afrontar las posibilidades mismas de la prosa de cada idioma, según sea el caso.

En cuanto al personaje en sí mismo, yo he visto siempre al Ulises joyceano como un personaje frágil, cotidiano, carnal, vulnerable, dubitativo, contradictorio, festivo, amoroso, juguetón, azaroso y sarcástico. Dedalus es sin embargo, un hombre adicto a los libros y de una inteligencia libresca, siempre en la biblioteca leyendo y citando a autores como Shakespeare, especialmente a Hamlet. Su aventura de un día sintetiza la historia de la vida de un hombre “corriente”, que a su vez lleva dentro de sí los códigos de la humanidad entera, un ser paradójico de naturaleza cambiante. Un elemento que siempre me ha llamado la atención en este libro han sido sus permanentes alusiones escatológicas, las referencias constantes a los actos de defecar, orinar, sonarse las narices, eyacular, escupir, decir groserías, articular insultos, muchos de estos actos descritos de manera directa, sin ambages, se nombran necesidades físicas humanas, enfermedades, males, y logrando con ello efectos insólitos.

 

 

Versiones al castellano, y una película inglesa

 

Percibo que el Ulises es prácticamente intraducible, debido a la característica jerga irlandesa manejada por Joyce, la cual se ubica en los extremos. En primer lugar, estaría la conocidísima traducción del argentino José Salas Subirats que circuló desde los años cuarenta del siglo veinte en Buenos Aires y en toda América, la cual comporta un fenómeno bastante curioso, pues su autor no es precisamente un intelectual, un erudito o un experto traductor, sino una persona que ejercía varios oficios: vendedor de seguros, fabricante de juguetes, escritor de libros de autoayuda y traductor ocasional de obras literarias, quien asumió la traducción de esta novela como si se tratara de cualquier obra literaria, e hizo la tarea de manera tan natural, como un trabajo más que le iba a ser gratificado. No se dejó amedrentar por el monstruo que tenía al frente y lo asumió de la manera más natural posible, empleando los modismos del habla corriente argentina o bonaerense para adaptarlos a sus necesidades expresivas, y pudo así dotar de frescura y naturalidad al texto; logrando una comunicación efectiva con el lector, aun permitiéndose un cúmulo de licencias y libertades que pudieran reprochársele.

En el otro extremo, está la traducción del profesor, erudito, ensayista y crítico catalán José María Valverde, la cual incurre muchas veces en la literalidad y en la falta de ritmo o encanto, sin que podamos decir tampoco que se trata de una traducción fallida, aun sin poseer ese dejo de encanto o de vuelo necesario que deben poseer las traducciones literarias inspiradas. Hasta ahora es una de las más aceptadas.

Otra de las traducciones castellanas de inmensa reputación del Ulises la efectuaron en España dos catedráticos de la Universidad de Sevilla, quienes por añadidura son especialistas en la obra de Joyce. Se trata de María Luisa Venegas y Francisco García Torrosa, quienes han dado a conocer su valiosa versión mediante una edición realizada por Cátedra en Madrid. Todas estas versiones han sido dadas a conocer Luego se han realizado muchas traducciones de esta obra, más o menos buenas, regulares o infames, pero que cumplen sus funciones con desniveles. Sea como fuere, las traducciones del Ulises siempre van a estar signadas por esa limitación lingüística del traslado a otra lengua, con tantos detalles intraducibles de la jerga original.

En el género cinematográfico destaca una versión del Ulysses realizada por el director inglés Joseph Strick en 1967, protagonizada por Milo O’ Shea como Leopold Bloom; Maurice Roeves en el papel de Stephen Dedalus; Barbara Jefford como Molly Bloom; T,P. McKenna como Buck Mulligan y Sheila O’ Sullivan como May Golding Dedalus. Fue rodada en Dublín y no recrea la obra a inicios del siglo XX, sino durante la década de los años 60. Dicha cinta obtuvo una nominación al Oscar de la Academia de Hollywood en 1968, por llevar a cabo la proeza de un guión adaptado, escrito por Fred Haines en colaboración con Strick, que bien pudiera ser considerado una pieza literaria. Cuando un grupo de amigos estudiantes de letras y escritores vimos anunciada la proyección de la película en el cine “Tibisay” de la ciudad venezolana de Mérida en el año 1974, acudimos a la cita junto a varios profesores, entre los cuales destacaba la figura de nuestro profesor Domingo Miliani, lo recuerdo bien.

Como sabemos, James Joyce tenía una obsesión con la coincidencia de fechas y de cábalas, e hizo publicar el Ulises el mismo día en que cumplía los cuarenta años. El proceso de edición de su famosa novela fue poco menos que un enredo, para lo cual se contrataron innumerables redactores, correctores, amanuenses, secretarias. Continuamente Joyce agregaba, tachaba o suprimía párrafos y palabras, creando un caos en la imprenta y en la editorial, y Silvia Beach le permitió todo aquello no solo porque era su amiga y lo admiraba como escritor, sino también porque sabía que esto redundaría en publicidad y éxito para su librería, y ella como editora aumentaría su fama. En aquella época, se invitó a uno de los más célebres traductores y críticos franceses a presentar el Ulises en París: Valery Larbaud lo haría frente a un gran auditorio expectante, con lo cual el clima de publicidad de la obra se multiplicó y los enredos aumentaron, pues Joyce le entregó a Larbaud el esquema personal que él tenía para la construcción de su novela, y ello quizá develaría los misterios necesarios de la novela, por lo cual estaba aterrado.

 

 

Valoraciones

 

En cuanto a ponderaciones y valoraciones sobre el Ulises, éstas se mueven entre los denuestos y los elogios, debidos muchos de estos a críticos de renombre como Edmund Wilson, Ezra Pound, T.S. Eliot, Anthony Burgess o Leonel Thrilling, entre muchos otros. Thrilling, por ejemplo, nos dice que el Ulises es como una epifanía, es decir, conforma un mundo que se nos revela sólo mediante destellos, a través de fogonazos de la belleza. Cuando la vida humana está en peligro o envuelta en un halo de sordidez y humillación –nos dice el ensayista, entonces la belleza acude al hombre para salvarlo sirviéndose de una suerte de revelación: la epifanía. En el fondo, el hecho humano no domina por sí mismo nuestra existencia, pues el hecho humano está subordinado al mundo de las circunstancias, al mundo de las cosas que le rodean. No tenemos, en verdad, control sobre nada en asuntos esenciales; todo cambia o se vuelve otra cosa, y el ser humano sólo puede percibir solamente destellos de verdad o de belleza. Se trata en realidad de una hermosa y profunda valoración de esta obra.

En un breve ensayo del estupendo crítico y cronista inglés Cyril Connolly con motivo de la muerte de Joyce en 1941, éste escribe que el crítico Edmund Wilson, en las cuarenta páginas que le dedica en su libro El castillo de Axel “lo ha hecho de manera insuperable”. De hecho, Wilson estaba considerado el mejor critico literario de su época, (consagró a Hemingway, por ejemplo): agrega Connolly: “Leí el Ulises con pasión, es en gran medida un libro para jóvenes, lleno del derrotismo y la culpa de la juventud, con su soledad, cinismo, pedantería, y estallidos de obscena actividad anarquista, culpas acerca de una madre agonizante, aburrimiento de un padre real, búsqueda de un padre espiritual, confianza en amigos más fuertes, húmedas y lascivas ansias de chicas, horror y entusiasmo por el fracaso, horror y fascinación por la grosera calma, insidia e invencibilidad de los principios femeninos, personificados por Molly Bloom, “la reina de la rocosa montaña de Calpe, la hija de Tweedie de cabellos color azabache; era y siempre será algo totalmente diferente a lo que uno ha leído antes”.

Sobre la personalidad humana de Joyce anota: “Técnicamente revolucionario, pero conservador en todo lo demás; su vida tan mortalmente respetable, sus escritos tan temerariamente sensuales; tan torturado por la culpa del católico no practicante, el “Agenbite of Inwit” tan obsesionado por su propia juventud que su reloj parecía haberse detenido literalmente el 16 de junio de 1904, y sin embargo tan decidido a crear un universo mítico propio. Nunca tendremos en nuestras vidas el tiempo, la seguridad y la paciencia para escribir como él. Sus armas, “el silencio, el exilio y la astucia, no son las nuestras.”, culmina.

Casi no conozco bibliografía venezolana sobre la obra de Joyce. Destaca especialmente un ensayo titulado “La tentativa desesperada de James Joyce” de Arturo Uslar Pietri, incluido en uno de sus primeros libros de ensayos, Las nubes (1951) donde el escritor caraqueño dedica un brillante trabajo al irlandés, dotado de ese estilo claro y casi pedagógico que suele ostentar Uslar cuando dice, por ejemplo: “Ulises, que es un ejemplo de reconstrucción total del hombre y que por eso hace su periplo por la temerosa geografía de los reinos perdidos, lanza al abismo astrolabio y brújula. La transmutación de la vida en mito es la tentativa de Homero. La dilución, la traza del mito en lo cotidiano, el eco y la forma del antiguo heroísmo en la existencia de la burguesía, el reflejo de las vastas soledades pobladas de oscuras armonías en la estrecha soledad del habitante de nuestras ciudades, es la tentativa de Joyce. (…) Ulises y sus compañeros llegan a la tierra de los lotófagos, “agentes que, sobre no hacerles ningún mal, los regalaron con lotos para que comieran. Tan pronto como hubieron gustado el fruto, dulce como la miel, se olvidaron de sus diligencias y ya no pensaron en tornar a la patria; antes bien llenos de olvido querían quedarse con los lotófagos”. Ulises Dedalus llega a la tierra de los libros. Son los grandes alimentos de la evasión y del olvido. (…) Ulises, su primer gran ensayo sinfónico, es un vasto poema informe, medio Ramayana y medio novela naturalista y psicológica, que agoniza en la creación de un ambiente, de una técnica, de una sustancia y de un lenguaje exclusivamente poéticos. El tema es el de cualquier novelista del siglo XIX. Las formas más corrientes de vida de la clase media en una ciudad irlandesa. Sin embargo, ya desde el esbozo mismo de la obra asoma la audacia de la concepción y de la técnica escogida. En un millar de páginas se narran los ordinarios sucesos que en las veinticuatro horas de un día cualquiera ocurren a un miembro de la baja burguesía. Caminatas, charlas, encuentros, lecturas, monólogos, comidas, defecación, recuerdos, sueño. El libro está narrado con la poderosa libertad e imprevisión de la vida. La rica materia fluye, se condensa, pasa y se dispersa como el más elaborado canto épico. Así como el dato real y el suceso ordinario se transmutan en epopeya fabulosa, también la lengua se sale de sus ataduras sempiternas para empezar a ser otra cosa, libre de la sintaxis y de la ortografía para transformarse en un eco, una huella, en una evocación de vocablos conocidos, pero ya no son ellos mismos y pueden, por lo tanto, cargarse gratuitamente con todas las significaciones”, escribe Uslar.

También Uslar Pietri, al final de su ensayo, evoca al reverendo John Conniee, de la iglesia de San Francisco Javier, saliendo a la calle a protagonizar una “aventura” de sucesos inagotables que no será posible desentrañar totalmente. El padre Conniee caminando por las calles de Dublín, llenas de acontecimientos interiores infinitos, citando luego un párrafo del Ulises: “Bajo los árboles del paseo de Charleville, el padre Conniee vio una barcaza de turba amarrada, un caballo de sirga con la cabeza baja, un hombre a bordo con un sombrero de paja sucio, fumando, mientras fijaba una rama de álamo sobre su cabeza. Todo muy pintoresco y el padre Conniee pensaba en la bondad del Creador que había puesto la turba en los pantanos para que los hombres pudieran extraerla, distribuida en los ciudades y aldeas y dar calor en el hogar de los humildes.”

Joyce venía armando conscientemente su novela con ideas tomadas de otros libros suyos, del Stephen Dédalus de El Artista adolescente y de Dublineses y de Esteban el héroe, así va complementando su visión del mundo, integrándola cada vez más, hasta configurar una filosofía de vida. Comienzan a mezclarse en ésta conflictos diversos de distinto origen, los cuales conforman núcleos conceptuales en el Ulises. Bloom, por ejemplo, rescata a Stephen Dedalus de un burdel y se lo lleva, pero éste se rehúsa a ir con él; ello conforma ya una mitología urbana: los tragos, el burdel, el sexo, alternan con la escuela, la familia, la iglesia. Los esquemas sociales asumidos desde distintos estilos literarios, como ya dijimos, toman elementos de los diarios y los noticieros, catecismos, narraciones populares, fantasías surreales, la historia, la filosofía, entretejidos con paralelos homéricos, en los cuales Bloom vaga por las calles como el Odiseo de Homero embarcado en su aventura por el mar egeo, irradiando así efectos duales.

 

 

Héroes cotidianos

 

Esta visión dual, doméstica y heroica a la vez, está rigurosamente codificada en el Finnegan’s Wake, cuya pluralidad de significados fónicos y de juegos verbales permiten realizar referencias a varios mundos simultáneos. Están las alegorías tomadas de varias capas de la realidad; se ha hablado incluso de una dimensión cosmológica, escatológica y épica dentro de la cual esta novela simboliza nuestro mundo, y donde el hijo (Shem) no es sólo el eterno artista, sino también el Joyce autor del “Libro Azul” mencionado en el Eclesiastés. Por supuesto, se ha hablado también de la personalidad de Bloom identificable con la de Joyce, hijo de padres judíos emigrados de Irlanda, mientras que Stephen Dedalus vendría a representar el genio, el talento puro, el hombre cultivado y letrado. En este libro campea todo el tiempo el dilema espiritual de Joyce, su formación en colegios jesuitas donde estudió idiomas y literatura comparada, al tiempo que leía los clásicos de la literatura inglesa e irlandesa. Sin embargo, Joyce reaccionó siempre contra la iglesia católica y sus prejuicios; tanto Ulises como otras obras suyas están pobladas de estas diatribas y burlas al catolicismo.

Poldy, por otra parte, es un personaje fascinante, transgresor, que se gana la vida en una agencia de publicidad, un hombre de inmensa voluntad e inteligencia, un tipo simpático que al mismo tiempo puede proyectar visiones extraordinarias de la existencia, de gran capacidad especulativa, cuyas proyecciones mentales pueden llegar a ser asombrosas. Poldy no posee ambiciones; en el fondo es un pesimista, pero es prudente y discreto, gentil y generoso, incapaz de odiar, es un soñador que vive en la realidad, como bien anota el gran crítico estadounidense Harold Bloom: un autorretrato del Joyce interior.

Me gusta mucho esta última frase pues en ella, en cierto modo, cabe buena parte de la estética joyceana: la aventura íntima del personaje, uno de los grandes retos de la novela experimental, ubicada frente a la tradición de la novela realista. Pongamos por caso a dos narradores axiales de este tipo de ficción no realista, sino más bien alucinante: Fedor Dostoievski y Franz Kafka, donde la acción en la novela se ejecuta en el interior de los personajes, más que en el mundo que les circunda.

Las parodias efectuadas por Joyce en su Ulises tienen un valor universal, como las de Dostoievski o Kafka. Joyce hace detonar el lenguaje inglés en todo su poder: por eso es posible afirmar que las parodias de Joyce en su Ulises tienen un valor universal, como las de Dostoievski o Kafka. Mientras Kafka, por ejemplo, dirige su búsqueda hacia el interior de lo humano, mediante la construcción de un laberinto interno procreado por la alienación de un aparato burocrático, creado por el Estado para enajenar al ser[1], Joyce hace detonar su lenguaje en todo su poder liberador. Es posible, incluso, afirmar que Joyce mismo parece ser una mezcla de Stephen, Bloom y Poldy. En otro caso, el personaje femenino Molly Bloom se encarga de asumir la sensualidad y la feminidad, encarnando a una nueva Penélope y empapando a toda la obra de este sentimiento, convirtiéndose a la vez en el primer referente sensual de la gran novela moderna; una sensualidad que Joyce descubrió y revolucionó traspasándola a la ficción posterior y liberando, de una vez por todas, a la mujer de los prototipos fabricados por el realismo, en novelas tan importantes como Madame Bovary de Flaubert;  Ana Karenina de Tolstoi, o Emma de Jane Austen, los cuales serían reinterpretados en las novelas americanas de Edith Warton o Villa Carter, por ejemplo.

Molly Bloom despliega, en el capítulo final del Ulises, un erotismo que empapa a toda la obra, y se convierte en referente ineludible de una novela que Joyce reconfiguró para la ficción, y éste elemento no está en Beckett (por cierto, uno de los amigos más fieles de Joyce en Dublín) ni en Kafka, aunque talvez sí en Dostoievski, pero sí aparece luego en la novela hispanoamericana del siglo veinte, como es el caso de un personaje como La Maga, en la Rayuela de Julio Cortázar.

Hay dos elementos implícitos en la narrativa de Joyce. La ambigüedad y la significación progresiva. En Joyce la realidad visible está cuestionada por el lenguaje (como lo está en Portugal por un contemporáneo suyo, Fernando Pessoa, también acechado por las utopías del lenguaje) y éste a su vez funciona como una herramienta para re-semantizar la realidad, es decir, para ubicarla primero en un plano fantasmagórico, luego trascenderla y otorgarle un rango cómico o trágico, para dotarla de sentidos, no para explicarla o analizarla. La realidad en Joyce no admite conclusiones; está ahí para aparearse a ella, para disfrutarla en toda su inescrutable magnitud. En cierto modo, la realidad no es tan real como parece; más bien se parece a una suerte de enciclopedia de consulta, para regocijarse en ella, sin más ni más.

 

 

Datos biográficos

 

James Joyce nació en Dublín en 1882. Fue educado en el Clongowes Wood College, en el Belvedere College y en el University College de Dublín. En el Belvedere comenzó a distinguirse académicamente, ganando varios premios como estudiante; por esa época, bajo el tutelaje jesuita, consideró ingresar a la congregación como sacerdote. Se alejó de la iglesia católica y también desde ese momento, decidió dedicarse a la carrera artística y literaria, sintiendo también mucha inclinación por la música. En 1900, antes de graduarse, publicó un extenso estudio sobre Heinrich Ibsen y algunas piezas teatrales, aparecidas en Londres en varias revistas. Comenzó publicando obras teatrales breves, traducciones, crítica literaria y poemas en prosa a los que llamó “Epifanías”, así como los poemas que luego tomarían el título de Chamber music (1909), Música de cámara, sin duda su más notable libro de poesía. En 1902 Joyce vivió en Paris; durante esta época colaboró con trabajos críticos en periódicos de Dublín, y en 1903 regresó a su ciudad natal para atender la enfermedad de su madre. En octubre de 1904 dejó de nuevo el continente, esta vez para casarse con Nora Barnacle, una muchacha de Galway que había conocido durante un verano en Dublín, con quien se casaría mucho después en 1931 para proteger los derechos legales de sus hijos. Desde 1905 hasta 1915 la familia Joyce vivió en Trieste, y James trabajó ahí como profesor de inglés; en Trieste terminó de escribir las primeras versiones de muchos de los cuentos de Dublineses, una colección relatos que había comenzado en Dublín en 1904. En 1912 hizo dos viajes a Irlanda para acordar la publicación de Dublineses (1914), editada en Inglaterra. También por esa época había concluido la primera versión de su Retrato del artista adolescente, obra de la cual ya habían circulado capítulos en la revista “The Egoist”, con la intermediación de su amigo el poeta Ezra Pound. En 1915 publicó su única obra teatral Exiliados. En esos años comenzó a acariciar la idea una novela de proporciones “épicas” con el título de Ulises. La guerra lo obligó a trasladarse a Zurich, donde trabajó intensamente en su novela, la cual fue finalmente editada en Paris en 1922 por Silvia Beach en su editorial Shakespeare and Company, obra que lo consagraría como escritor. También en esa época recogió los poemas breves dispersos de varios años bajo el título de Pomes Penyeach (Pomelos a penique le he traducido al castellano)[2], editado también por Silvia Beach en 1927. Joyce tuvo una salud muy frágil; padecía de enfermedades de la vista y hubo de operarse varias veces de un ojo, padeciendo de ceguera progresiva; además sufría de males estomacales e intestinales, alcoholismo y frecuentes ataques de pánico. Su hija Lucía sufría, por si fuera poco, de esquizofrenia. En 1939 publicó su última novela, Finnegan’s Wake en la que trabajó por diecisiete años. Los Joyce tuvieron que viajar a Suiza nuevamente, donde Joyce fue aquejado de una dolencia estomacal e intestinal. Ahí en Suiza, James fue ingresado de urgencia en una clínica, debido a una grave úlcera duodenal, en medio de cuya intervención falleció en 1941.

Aparte de estos datos escuetos, habrá que decir que los padres de Joyce fueron John y May (quedó encinta quince veces) de la clase media de Dublín. James fue el mayor de sus cinco hermanos, y siempre mantuvo una actitud de aristócrata respetuoso de la casa, pese a haber tenido una adolescencia disoluta a la cual siempre idealizó como la mejor época de su vida. Después de la muerte de su madre, se dio a la bohemia díscola por los tugurios de Dublín. Una muchacha llamada Eileen fue su primer gran amor adolescente y, por cierto, sale con este nombre en varias de sus obras; sentía fobia hacia los perros por haber sido mordido por uno cuando niño; sufría de fobia hacia las tormentas y truenos, influenciado por la idea de la furia de dios que le habían inculcado en la escuela; sentía afición por las palabras indecentes y los juegos con ellas. Era cantante tenor y también ensayista, habiendo ganado un premio literario con un ensayo -El nuevo drama, (1900)- sobre Heinrich Ibsen que le valió una carta de agradecimiento del gran dramaturgo alemán. Su famosa novela fue inspirada por personajes reales como Alfred Hunter (modelo de Bloom), y otro amigo, John Goggarty, quien fue prototipo para su Buck Mulligan novelesco, lo golpeó mientras compartían habitación en la Torre Martello; al parecer su esposa Nora mostraba constante indiferencia hacia sus éxitos literarios. Mantuvo una cercanía permanente con su hermano Stalisnaus; de sus dos hijos, Giorgio y Lucia, esta última sufrió de una esquizofrenia que la llevó a la demencia. James sufrió de una ceguera progresiva y de alcoholismo; un grupo de amigos hicieron un falso montaje para convencerlo de que su esposa Nora le había sido infiel con otras personas y que por lo tanto su hija no resultaría suya, cuestión que luego se aclaró; hubo de trabajar como profesor y periodista mal pagado para poder sobrevivir, siempre asistido por su hermano Stalisnaus. En fin, su ficha biográfica no es precisamente un catálogo de virtudes y éxitos permanentes.

 

 

Interpretaciones creativas

 

En cuanto a mis interpretaciones literarias creativas intentadas como homenajes a Joyce, me atreví a hacer una en mi novela Mercurial (1996), donde varios capítulos de mi obra están construidos con la estructura de algunos del Ulises. Al final del libro también imito el episodio de Penélope, es decir, el monólogo de Molly Bloom, realizando una versión venezolana del asunto y ubicando a Joyce en el barrio de La Candelaria en Caracas, donde yo lo voy a encontrar en un café para celebrar con él su cumpleaños. Mi obra, por su carácter experimental y transgresor, fue poco valorada por la crítica y pasó casi desapercibida, pese a haber obtenido mención honorífica en el Premio de Novela “Miguel Otero Silva” de la editorial Planeta venezolana.

Concluí el año pasado un relato de un personaje que vive la odisea de un día en Caracas, cuidando de sus hijos mientras su mujer está visitando a sus padres en Barquisimeto, y él mantiene frecuentes reuniones con sus amigos en bares de la ciudad, mientras hablan de sus años revolucionarios y se preparan políticamente para asumir el país desde una nueva perspectiva ideológica; Ulises maneja un viejo Volkswagen que se la pasa averiado, hace miles de cosas en un solo día, mientras lee también La Odisea de Homero. El relato no lo he publicado aún por razones de cábala.

Toda la obra de Joyce aparece entonces cumpliéndose dentro de un permanente proceso de cohesión, desde sus primeros poemas y cuentos hasta concluir en sus dos grandes novelas; un proceso tremendamente complejo y fascinante, que describe el arduo trayecto interior de un ser humano que debió sortear tantas calamidades sociales y personales, guerras, enfermedades suyas y de su familia; padeciendo de la incomprensión de tantos editores de su tiempo, quienes no reconocieron  en su mayoría el alcance o el genio de Joyce, la dimensión universal de su obra. Pero él se empecinó, como nadie, en su proyecto de revolucionar la literatura hasta puntos sorprendentes, logrando con ello una de las obras más admirables de cualquier tiempo o país. (Coro, Venezuela, marzo 2022)

 

 

 

 

[1] Véase mi libro Gabriel Jiménez Emán, El laberinto ensimismado de Franz Kafka, Fábula Ediciones, Coro, estado Falcón, Ilustraciones de Franz Kafka y Robert Crumb, Venezuela, 2021.

[2] James Joyce, Pomelos a Penique, Poemas. Seguidos de El Santo Oficio. Prefacio y versión castellana de Gabriel Jiménez Emán, Fábula Ediciones, Coro, estado Falcón, 2022. Edición con motivo del centenario de Ulises.

 

 

 

 

Gabriel Jiménez Emán es narrador, ensayista y poeta. En el campo del microrrelato ha publicado obras consideradas referentes del género en Hispanoamérica, como Los dientes de Raquel (1973), Saltos sobre la soga (1975), Los 1001 cuentos de 1 línea (1982), La gran jaqueca y otros cuentos crueles (2002) y Consuelo para moribundos (2012) e Historias imposibles (2021) y entre sus libros de cuentos más conocidos están Relatos de otro mundo (1988), Tramas imaginarias (1990) y La taberna de Vermeer y otras ficciones (2005), entre otros. En el campo de la ciencia ficción son conocidas sus novelas Averno (2006) y Limbo (2016) y dentro de la novela histórica Sueños y guerras del mariscal (1995) y Ezequiel y sus batallas (2017), y varias novelas cortas como Una fiesta memorable (1991), Paisaje con ángel caído (2002), El último solo de Buddy Bolden (2016) y Wald (2021). Ha publicado numerosos ensayos, algunos de los cuales se hallan en sus libros Provincias de la palabra (1995), El espejo de tinta (2007), Mundo tórrido y caribe. Cultura y literatura en Venezuela (2017), y sendos estudios sobre César Vallejo, Elías David Curiel, Franz Kafka, Armando Reverón, Rómulo Gallegos, y un ensayo sobre filosofía moderna, La utopía del logos (2021). Su obra poética se encuentra reunida en los volúmenes Balada del bohemio místico (2010), Solárium y otros poemas (2015), Los versos de la silla rota (2018) y Hominem 2100 (2021). En 2019 recibió el Premio Nacional de Literatura por el conjunto de su obra.