El poeta en la memoria de su tierra, por Carlos Monsiváis

 

Este breve ensayo aparece en el libro El poeta en su tierra. Diálogos con Octavio Paz (2014) una serie de charlas-entrevista que el periodista Braulio Peralta tuvo con el nobel de literatura, editado por la Legislatura LXII Cámara de Diputados, Consejo Editorial de la Cámara de Diputados

 

 

El poeta en la memoria de su tierra

 

Carlos Monsiváis

 

 

Un domingo de 1996, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, se presentó El poeta en su tierra. Asistieron Octavio Paz y su mujer, Marie-José. Al final de los comentarios del libro, Paz habló refrendando una convicción antigua: su diálogo continuo, primordial, había sido con la izquierda. No otra cosa afirma en su diálogo con Braulio Peralta:

 

[Me he considerado un interlocutor de la izquierda] Porque nací con la izquierda. Me eduqué en el culto a la Revolución francesa y al liberalismo mexicano. En mi juventud hice mía la gran y prometeica tentativa comunista por cambiar al mundo. La idea revolucionaria fue y es un proyecto muy gene- roso. Mis afinidades intelectuales y morales, mi vida misma e incluso mis críticas, son parte de la tradición de izquierda. No olvide que lo que llamamos izquierda, comenzó en el siglo XVIII como un pensamiento crítico…

Paz le confía reiteradamente a Peralta su disponibilidad: “A pesar de que mi diálogo con la izquierda se ha transformado con frecuencia en disputa, nunca se ha interrumpido. Al menos por mi parte. En mi fuero interno, converso y discuto silenciosamente con mis adversarios. Son mis interlocutores”. ¿Por qué la insistencia? Por un motivo evidente: la pasión por las ideas, tan esencial en Paz, suele hallarse en algunos círculos de izquierda y es prácticamente inexistente en la derecha. Aunque a momentos Paz localiza en la izquierda política, más bien negada a las ideas, a la izquierda realmente existente, tiene en mente a la izquierda social y cultural, donde sí abundan los lectores y críticos. Por eso le insiste a Peralta: “Siempre creí —y creo— que mi interlocutor natural era el intelectual llamado de izquierda”. Incluso cuando Paz ya no le hallaba razón de ser a las divisiones entre izquierda y derecha, que en Europa sentía casi desvanecidas, se atuvo a ellas porque la fuerza, la arrogancia y el analfabetismo moral de la derecha constituyen el desafío que vuelve imprescindible a la izquierda. Y es, según creo, la constancia de la interlocución con la izquierda (en muy diversos temas), lo que le imprime su sentido último a las conversaciones con Braulio Peralta, interesado obstinadamente en saber el porqué de los enfrentamientos ideológicos. En el caso de la izquierda mexicana y Paz, el diálogo fecundo se dio de modo indirecto o transversal. Fue escandalosa la incomprensión de la izquierda políticamente, la crítica de Paz al socialismo real y los regímenes de Cuba y Nicaragua especialmente, y fue excesiva la generosidad de Paz al calificar las intenciones y realidades de los gobiernos priístas (en especial el de Carlos Salinas de Gortari). Pero si hubo una dimensión abrupta y rijosa en los acercamientos, también es claro que la izquierda social y cultural, aunque fuera a destiempo, leyó provechosamente a Paz y por eso sus distanciamientos con él fueron los de lectores parcialmente formados por el poeta, no los de enemigos acérrimos. Y en el caso de Paz su convicción se transparentó a lo largo de su obra: la cultura, las artes, la poesía, requieren para su asimilación, además de un entendimiento teórico y técnico, de la disposición moral que sólo por excepción se encuentra en la derecha, que al negar por principio la justicia social y la democracia para todos, es radicalmente mezquina.

Entre las características de Paz se halla su exactitud descriptiva. A Peralta le dice: “Creo que el país está destinado a convertirse en una democracia moderna, pluralista y éste con las implicaciones de orden social, cultural y económico que lleva consigo la democracia moderna. No en- tender esto es cerrar los ojos ante la realidad, no sólo de México sino del mundo entero”. Por desdicha para México, quienes más enconadamente cerraron los ojos ante la realidad fueron los gobernantes priístas, que en 1998 o en 1999 han intentado conservar el poder a casi cualquier precio, y no conciben el pluralismo, como exhiben patéticamente en Chiapas y Guerrero. Pero siguen siendo muy justas las demandas de Paz. Si Reyes pidió el latín para las izquierdas, Paz les exigió el respeto a su propia tradición crítica. En rigor, esto dijo sin tregua: “Pido el pensamiento de izquierda para las izquierdas”.

Peralta conoce a Paz después de 1968, cuando el poeta es ya, a un tiempo, lectura esencial, admiración unánime, referencia moral y organizador cultural. Es complicado el diálogo con un escritor que, lo quiera o no, es una institución y es una literatura. Y por eso Peralta, forzosa- mente, se acerca a Paz a través de sus temas canónicos: la poesía, el erotismo, la literatura como forma de vida, el peso de la historia, las artes plásticas, el fracaso del marxismo, la cerrazón de la izquierda ante las dictaduras, las amistades literarias, la India y la cultura oriental, el budismo, la Revolución mexicana (“Y el mantel olía a pólvora”). También, el quehacer periodístico de Peralta lo impulsa a indagar en las opiniones de Paz sobre los temas de coyuntura, es testigo y divulgador de sus filias y querellas, y es cronista de la apoteosis internacional en 1990 al recibir Paz el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo. En este proceso, el periodista tiene una ventaja noticiosa: en rigor, Paz nunca fue neutral, aunque sí se propuso ser objetivo, y por eso, como es fácil observar en El poeta en su tierra, observó con atención incesante la que le rodeaba. Y a su mirada la determinó el afán de ser preciso, al resultarle la imprecisión un pecado, la perversión del análisis so pre- texto de la vaguedad.

En una parte del libro, la tensión se sostiene con ayuda de la crítica y el señalamiento sin cortapisas. Paz se interesó por todo lo que le rodeaba (salvo los deportes y la industria del espectáculo), y su curiosidad múltiple iba de la política a la vida amistosa, de la suerte de los poetas jóvenes a las represiones en Cuba o en el Chile de Pinochet. Procedió a través de exigencias porque no conocía de momentos muertos en el diálogo o de complicidades, y sus batallas las libró con frecuencia desde el afecto y la admiración. Era tan demandante en la poesía como en la política, y por ejemplo, le irritaba en Pablo Neruda su estalinismo y deploraba su hinchazón poética ocasional, pero reconoció invariable- mente su grandeza: “Los ojos del sonámbulo nos miran a través del tiempo”.

Peralta trabajó en La Jornada en el periodo cubierto por El poeta en su tierra. Conviene señalar esto, porque, además de la relación personal con Peralta, Paz, invariablemente al día, debatió a través de Peralta con el sector de izquierda y de centro-izquierda que lee La Jornada. Y por eso en sus respuestas, Paz mezcla el comentario intelectual con el mensaje. Verbigracia: su desconfianza perenne de los intelectuales como grupo o “clase”. En ese sentido, fue a veces impreciso:

—¿Hay neocolonialismo hacia América Latina?

—No. Pero América Latina debe profundizar, reflexionar el papel que la clase intelectual ha jugado en estos tiempos de crisis. Porque la clase intelectual tiene una responsabilidad muy grande de lo que ocurre en nuestros países. Intelectuales que han sido irresponsables y lo siguen siendo.

—Los intelectuales no han gobernado en México.

—No, pero han opinado, han aconsejado, y lo han hecho mal: ahí está su error. Ahí es donde se debe profundizar, reflexionar...

A estas alturas, por irresponsables que sean y hayan sido los intelectuales, y por absurdos o necios que sean o hayan sido sus consejos, su responsabilidad aparece minúscula, sobre todo si se le compara con el papel realmente protagónico de gobernantes, grandes empresarios, altos clérigos. Ningún intelectual en funciones, es decir, dedicado a su trabajo específico, ha presidido el empobrecimiento de su país, ni ha practicado el ecocidio por afán de ganancia, ni ha reprimido salvaje- mente, ni ha predicado la explosión demográfica o el rechazo al condón en acatamiento de la Santa Doctrina. Y Paz, el intelectual más destacado del México del siglo XX, es un gran ejemplo de responsabilidad, lo que explica por qué su influencia es la más pronunciada entre los que juzgan y examinan la vida pública. Debe admitirse: Paz, además de poeta, fue profeta en su tierra. La clase gobernante lo leyó con avidez, sus opiniones y juicios se discutieron y hasta donde es posible se asimilaron, su visión del socialismo resultó la más persuasiva, y sus pronunciamientos sobre democracia se siguieron apasionadamente. Otros intelectuales han influido en el siglo XX mexicano en el examen de la vida pública: Luis Cabrera, José Vasconcelos, Jesús Silva Herzog, José Re- vueltas, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, pero ninguno ha tenido la presencia de Paz en la prensa, los libros, la televisión. Y lo más seña- lado: ninguno ha estado tan presente en el debate cotidiano. Peralta le indica su carácter de “interlocutor muy incómodo para la izquierda”, y Paz responde:

No he sido ni soy más incómodo que León Trotski. El revolucionario ruso nunca dejó de ser de izquierda y, sin embargo, fue visto como un verdade- ro demonio. No oso compararme con Trotski sino que subrayo, con su ejemplo, la incapacidad que ha demostrado la izquierda para soportar a sus críticos.

A mediano plazo no ha sido así. Pasadas las refriegas verbales sobre Cuba y Centroamérica, en donde Paz acertó, y ya con firmes perspectivas para apreciar la situación política mexicana, en donde el PRI y sus defensores no han tenido palpablemente la razón, y despejado convenientemente el horizonte, se advierte la provechosa lectura de Paz efectuada por la izquierda, y el sedimento radical que llevó a Paz a la crítica del mercado libre como religión destructora.

“La avidez plural: la vida y los libros”

A Peralta, Paz le refiere algunas de sus innumerables amistades literarias: Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, José Bianco, Julio Cortázar, Severo Sarduy, Pablo Neruda, Carlos Pellicer, André Breton, y al hacerlo revive el proceso que se inicia en la ciudad de México en los años treinta, el periodo formativo que ha revivido en Itinerario:

Avidez plural: la vida y los libros, la calle y la celda, los bares y la soledad entre la multitud de los cines. Descubríamos a la ciudad, al sexo, al alcohol, a la amistad. Todos esos encuentros y descubrimientos se confundían in- mediatamente con las imágenes y las teorías que brotaban de nuestras desordenadas lecturas y conversaciones… Leíamos los catecismos marxistas de Bujarin y Plejánov para, al día siguiente, hundirnos en la lectura de las páginas eléctricas de La gaya ciencia en la prosa elefantina de La decadencia de Occidente...

Para Octavio Paz, el amor al lenguaje lo es todo, y esto alcanza felizmente a las entrevistas. No hay delito mayor en la penalización íntima del poeta que expresarse con descuido y pensar sin orden ni concierto. En sus años finales, Paz se concentra en su análisis de la historia y la política, comprueba su razón ante la ilusión del Progreso, examina el papel de las dictaduras ideológicas y el sentido de la caída del socialismo real, rechaza las construcciones de la posmodernidad (“Los hombres nunca han sabido el nombre del tiempo en que viven y nosotros no somos la excepción a esta regla universal. Llamarse pos- modernos es una manera más bien ingenua de decir que somos muy mo-dernos”), y vuelve siempre a la poesía y al elogio de la poesía, la otra gran vertiente de las pasiones y las visiones. Rubén Darío llamó a los poetas “Torres de Dios, pararrayos celestes”; Paz ve en los poetas a los po-seedores de la voz del comienzo, dentro de la historia pero no sujeta mecánicamente a sus cambios.

En La otra voz. Poesía y fin de siglo (1990), Paz afirma: “Toda reflexión sobre la poesía debería comenzar, o terminar, con esta pregunta: ¿cuán- tos y quiénes leen libros de poemas?” La situación actual de América Latina conduce al pesimismo. De entre la minoría que lee poesía, la mayoría son escritores, y de esa mayoría casi todos son poetas. Paradoja que no lo es tanto: al iniciarse el siglo XX en América Latina, la poesía es el género reinante en las letras; al acabar el segundo milenio de la era cristiana, la poesía es un hábito cada vez más restringido.

Xavier Villaurrutia escribió: “A todos, a condición de que todos sean unos cuantos”. De esta elección que puede ser condena algunos se exceptúan sobradamente. En América Latina se ha leído de manera amplísima a Neruda, César Vallejo, Borges, Nicolás Guillén, Octavio Paz, Jaime Sabines, que, al trascender el círculo especializado, influyen en el lenguaje público. A Paz lo leen los poetas, los participantes en movimientos contraculturales, los académicos, los estudiantes, los empeñados en restablecer el trato cotidiano con la poesía.

La poesía de Octavio Paz, un gran momento del idioma español, es una reflexión intensa sobre la poesía. En ella, el vértigo, el amor, las certezas sobre el Yo que duda, la descripción del efecto de la luz sobre el paisaje, son instantes memorables del cuerpo y de la palabra que lo nombra y perfecciona.

En El poeta en su tierra, Peralta dialoga eficaz y cálidamente con Paz sobre algunos de sus múltiples temas. El resultado está en las manos del lector, al que sólo le queda incorporarse a la conversación.

Carlos Monsiváis (1938-2010) es uno de los autores más innovadores e influyentes del siglo xx mexicano. Su obra, extendida en un número inabarcable de páginas –muchas de ellas aún por recopilar–, representó una ampliación y redefinición de la noción misma de literatura en México y América Latina. El núcleo de su obra consiste en su trabajo en el género de la crónica urbana o “crónicas-ensayos”. Monsiváis expande las posibilidades de la escritura literaria en México al integrar a ella elementos e ideas provenientes de formas culturales tradicionalmente consideradas liminares o menores, como el periodismo, los registros mediáticos y populares y el humor.

De esta manera, la obra de Carlos Monsiváis apuesta por una forma de escritura que registra la cultura mexicana y latinoamericana desde una pluralidad que se manifiesta en la forma, a través de recursos retóricos (como el discurso libre indirecto) que le permiten captar una diversidad de voces sin cooptarlas del todo, a la vez que la voz crítica e identificable del intelectual público convive a través de una escritura capaz de emitir juicios intelectuales y de intervenir en los debates de la sociedad civil. A partir de aquí, la obra de Monsiváis participa de conversaciones referentes a la tradición literaria mexicana, el cine, los movimientos sociales y la cultura popular, permitiendo a la literatura un rol inusitado de participación en los temas generados por la vertiginosa modernización que consume a México desde los años cincuenta en adelante.

Un comentario en “El poeta en la memoria de su tierra, por Carlos Monsiváis

  • el febrero 19, 2020 a las 4:50 pm
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    Querido Braulio:
    Hace pocos días hablaba con un joven de morena y le pregunte si había leído a Octavio Paz, y su respuesta fue que no, que si sabía digamos como cultura general que es el único mexicano premio Nobel de literatura, le conté que independientemente a sus posturas políticas que sostuvo de viejito ya en el salinato, para mi es El Poeta, la voz universal que nos comunica con la divinidad, la espiritualidad. Que hasta la fecha “libertad bajo palabra” sigue cerquita en el librero, al alcance del alma. Y que por supuesto fue uno de los críticos más acertados sobre del socialismo real, en tiempo y forma. Hace un par de mese leí una compilación de unas entrevistas y conferencias donde abundaba sobre su relación con la cultura japonesa y me fascinó. Besos y abrazos

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