El libro vacío de Josefina Vicens. A los 111 años del nacimiento de su autora. Por Juan Vadillo

 

 

 

 

 

El libro vacío de Josefina Vicens

A los 111 años del nacimiento de su autora

 

Juan Vadillo

 

 

Es decir nada, que no es lo mismo,

que es todo lo contrario, que no decir

nada.

(José Bergamín)

 

 

El libro vacío (1958) de Josefina Vicens es sin duda una de las novelas experimentales más interesantes de nuestra literatura mexicana del siglo XX. Su temática explora con profundidad las posibilidades y los límites de la escritura. José García, el protagonista, es un contador de clase media que a los 56 años intenta escribir su primera novela. Para lograrlo sigue un método muy particular: tiene dos cuadernos, en el cuaderno número uno va a anotar todo lo que se le ocurre, mientras que el cuaderno número dos (el cuaderno vacío) está reservado solamente para lo que él considera digno de su novela, algo que nunca se va a conseguir. Esta idea se alegoriza en el libro mediante la imagen de un hombre borracho que espera en “El gran vals” (un centro nocturno) a una mujer que jamás va a aparecer, no obstante, aunque lo sabe, sigue esperándola. Entendemos que esa mujer es la literatura. La ausencia de ella (la mujer y la literatura) va a quedar expresada por la máxima intensidad de la palabra: el silencio, la hoja en blanco. El cuaderno número dos “está vacío –advierte José García-, lo sé muy bien, no dice nada. Pero yo sé, yo únicamente, que ese vacío está lleno de mí mismo.”

Llenar el cuaderno vacío, entonces, implica -para el escritor- el hecho de ser plenamente sincero, lo cual es imposible, pues no puede haber mayor sinceridad que la hoja en blanco. Por eso -entre otras razones- el cuaderno número dos va a quedar intacto.

Ahora bien, para que el silencio del cuaderno número dos alcance en el libro su máxima expresividad tiene que entablar un diálogo con el cuaderno número uno. Se trata del diálogo entre la crítica y la escritura respectivamente. A primera vista parece que la crítica supera a la escritura, porque al final el escritor no consigue escribir nada en el cuaderno número dos, no obstante, ese silencio que queda está expresando lo que sí se escribió en el cuaderno número uno, se trata del silencio que sucede a la música de la palabra.

El libro vacío entraña una poética implacable. José García va a experimentar -en el cuaderno número uno- con una diversidad de procedimientos, preceptos y fórmulas que –en algún momento- él considera necesarios para escribir; no obstante, en todos ellos siempre encontrará alguna falla. Ésa es otra de las razones por las que el cuaderno número dos permanece vacío, porque, invariablemente, todo lo que se escribe siempre será perfectible. Esta capacidad de autocrítica tan rigurosa y profunda de José García consigue que el personaje se vaya convirtiendo en un gran escritor, aunque él nunca se dé cuenta.

En las páginas del cuaderno número uno, José García demuestra la destreza de su pluma generando un diálogo entre su propia preceptiva y la belleza literaria: traza un magnífico retrato de su abuela, pero se queja de haber apuntado solamente las características, y no la “impresión exacta, conjunta, de lo que se desprendía aquel porte;” reflexiona sobre la dificultad de crear personajes ficticios, ya que, al subrayar algún rasgo de éstos, se acaba con la expresión total del hombre; considera que sus palabras son sólo burdas aproximaciones a lo que realmente se quiere decir. Fracasa siempre en su objetivo de escribir la verdad, ya que está condenado a escribir lo que él quisiera que fuese la verdad. En este sentido algunas reflexiones de José García van a coincidir con el perspectivismo del Quijote: la verdad está conformada por diversos puntos de vista que van a entablar un diálogo unos con otros. Entonces José García sólo puede aspirar a escribir con honestidad lo que es suyo, sus recuerdos, “los opacos sucesos” de su vida diaria. Para él, lo único que se puede expresar es lo que verdaderamente se comprende. El personaje va todavía más lejos con su crítica, cuando advierte que todo lo que escribe -incluso lo que verdaderamente comprende- tiene “un fondo de interés y soberbia.” La escritura verdadera y desinteresada es imposible.

En el capítulo IX de la primera parte del Quijote, el narrador heterodiegético se vuelve homodiegético, es decir que encarna en un personaje para poder participar en el mundo narrado; de esa manera va a encontrar en Alcaná de Toledo unos cartapacios aljamiados que contienen el resto de la novela, esto le va a permitir continuar con su narración. En Niebla, el narrador omnisciente se vuelve personaje al encarnar en el escritor de la nivola[1], don Miguel de Unamuno (rector de la Universidad de Salamanca). De esta forma, don Miguel se va convertir, él mismo, en uno de sus personajes, a cuya oficina (la real y la de ficción) acude el protagonista de la nivola, Augusto Pérez, quien se sale de libro y se vuelve de carne y hueso para suplicarle al rector que no lo mate. Ambas novelas cobran vida dentro de la ficción, en la primera el texto comienza a hablar de sí mismo en cuanto el narrador nos dice que la novela está escrita en aljamía, en unos cartapacios que existen sólo en el mundo narrado. En la segunda -en una suerte de simulacro-, nos salimos de la ficción para ubicar la nivola en el escritorio de don Miguel de Unamuno, en su oficina de la Universidad de Salamanca, donde el escritor y narrador es capaz (como si fuera un cabalista) de dar vida humana a un personaje, que -por lo tanto- puede acudir a la misma oficina a suplicarle que no lo mate. Este sentido metatextual se encuentra en el fundamento de El libro vacío, la novela está constantemente hablando de sí misma, de su imposibilidad, que paradójicamente se va desplegando, se va convirtiendo en escritura.

Podríamos decir que el tema de El libro vacío es escribir sobre la imposibilidad de escribir, y ésa es su gran aportación: reflexionar en torno a esta imposibilidad. Pensemos un artículo de Mariano José de Larra, “El duende y el librero,” donde El Duende Satírico del Día, el mismo Larra, discute con el librero justamente sobre la imposibilidad de escribir; al final el Duende accede a escribir algo, dejándonos imaginar que eso que escribió es el mismo artículo que el lector tiene en sus manos. Lo mismo sucede -de una manera más sofisticada- en El libro vacío; se trata de un juego de espejos entre los dos cuadernos, de tal suerte que El libro vacío, que el lector tiene en sus manos, es justamente el cuaderno número dos que se va llenando conforme se va leyendo.   

Cuando José García confiesa que nunca podrá escribir algo importante, y que, sin embargo, siente la necesidad vital de seguir escribiendo, pensamos también en el poema  “El otro tigre” de Borges, donde el poeta bonaerense (usando la retórica de la concesión) reconoce que nunca podrá expresar con palabras la vitalidad de un tigre verdadero, y, sin embargo, siente la necesidad de seguir buscando esa vitalidad; el resultado -irónicamente- es que el tigre imaginario llega a ser más bello que el tigre verdadero. Del mismo modo que en “El otro tigre,” la escritura del cuaderno número uno podría llegar a ser -irónicamente- más bella que la hoja en blanco del cuaderno número dos, entre otras cosas porque -igual que Borges con su tigre- José García insiste en que esto es imposible.

Podemos concluir que el cuaderno número dos representa la crítica literaria más profunda, llenarlo sería el reto de la literatura contemporánea, superarlo requiere sobre todo una profunda sinceridad, acaso imposible. Escritores como la misma Josefina Vicens o Juan Rulfo han podido sortear este reto de manera virtuosa, escribiendo muy poco, solamente lo necesario.

José García advierte que escribir es una batalla, que sólo se puede ganar si no se participa en ella; y esa es la paradoja que enfrenta la literatura contemporánea, el cuaderno número dos, El libro vacío, el silencio.

 

 

 

 

[1] En la novela de Miguel de Unamuno, Niebla, la nivola es una suerte de novela que tiene sus propias características, al final resulta que la propia novela Niebla, cumple con todas ellas.

 

 

 

 

 

Juan Vadillo. Obtuvo el diploma de composición de jazz en Berklee College of Music, Boston. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y ganó la Medalla Gabino Barreda. Obtuvo los grados de Maestría y Doctorado en letras españolas en la UNAM, con dos tesis dedicadas al estudio de La poesía y el flamenco. En ambas obtuvo mención honorífica. Realizó una Estancia Posdoctoral en El Colegio de México, sobre el Romancero gitano, asesorado por el Dr. James Valender. Su principal línea de investigación es la relación entre la música y la poesía. Entre sus artículos destacan: “El delirio frente a la razón en el Quijote” en Acta Poética, y “La pica y la pluma”, en Nueva Revista de Filología Hispánica. Ha colaborado con ocho artículos a lo largo de 4 años, publicados en la revista de musicología española Sinfonía Virtual. En 2016 Ediciones Sin Nombre publicó su poemario El paisaje es un verso de olvido. En 2020 se publica su libro de crítica literaria, El Romancero gitano, de la tradición a las vanguardias, coeditado por Bonilla Artigas Editores y la Coordinación de Humanidades de la UNAM, donde analiza la manera en que el poeta granadino va a transformar la lírica tradicional hispánica para crear imágenes vanguardistas. Actualmente es profesor de literatura española en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.