Ensayo

El haiku en la vida japonesa. Por Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala

 

 

 

 

El presente estudio forma parte del estudio realizado por Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala en su libro El haiku japonés. Historia y traducción. Evolución y triunfo del Haikai, breve poema sensitivo, pp. 124-128, editado por la Fundación March.

 

 

 

El haiku en la vida japonesa

 

Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala

 

 

Para dar una valoración del fenómeno histórico-literario que supone el haiku japonés, tenemos que contar con inevitables presupuestos. La poesía no significa lo mismo en el mundo occidental que en el Japón. Tampoco es lo mismo la actitud estética del que se acerca a ella; en cada caso está condicionada por un mundo distinto de vivencias.

 

 

Significado de la poesia en la vida japonesa

 

Poesía e historia

 

El haiku es la poesía que todo el mundo escribe en Japón. Precisamente por su brevedad y sencillez formal invita a cualquier persona que sepa escribir —y recordemos que en Japón no hay analfabetos — a tomar el lápiz o el pincel para componerlo. Será difícil encontrar en el Japón de hoy alguna persona que, al menos durante sus años de estudio, no haya intentado componer algún haiku. En la literatura y en la historia japonesa podemos fácilmente encontrar testimonios de esta universal atracción que el haiku posee. Sin ir más lejos, en una novela del Premio Nobel de Literatura Yasunari Kawabata, El clamor de la montaña (Yama no oto), que ha sido traducida al español, el protagonista Shingo Ogata afirma como la cosa más natural que en su juventud escribió algunos haiku sobre las truchas.[1] En la obra Esplendor y caída del Imperio Japonés, de Gary Gordon, se nos dice que en un momento de euforia a bordo del portaaviones japonés «Akagi» en 1941, ante la esperanza de aplastar Pearl Harbour, alguno de los marineros «daba libre salida a sus poéticos sentimientos escribiendo haikai».[2] Más adelante, en la misma obra, el emperador Hiro-Hito para expresar sus deseos de paz saca de su bolsillo un papel arrugado, un haikai sobre la paz compuesto por su abuelo el emperador Meiji, y lo lee ceremoniosamente ante sus ministros y su consejo privado.[3]

La poesía en Japón ha sido por siglos la manera universal de expresar toda emoción. Lafcadio Hearn nos cuenta que desde tiempos muy antiguos los poemas cortos se componían en Japón más como deber moral que como simple arte literario.

«La antigua enseñanza ética contenía los consejos siguientes:

 

¿Estás disgustado? Entonces no digas nada malo; componen seguida un poema.

¿Tu persona querida ha muerto? No te abandones a una desesperación estéril; trata de calmar tu espíritu componiendo un poema.

¿Estás preocupado porque te hallas a punto de morir dejando tantas cosas inacabadas? Entonces sé valeroso, y compón un poema sobre la muerte.

Cualquiera que sea la injusticia o la desgracia que te turbe, renuncia cuanto antes a tu resentimiento o a tu pena y escribe, como ejercicio moral, algunas líneas de versos sobrias y elegantes».[4]

 

Innumerables leyendas y relatos nos hablan de los guerreros que empleaban sus ratos de ocio en cantar la belleza del cielo o la fragancia de las flores. Es típica la anécdota de Tadanori como se nos cuenta en el prefacio del Cerezo de Zuma.[5] «Este samurai había recibido de su sobrino el príncipe Atsumori la orden formal de penetrar en un sitio ocupado por fuerzas enemigas. Antes de cumplir su deber fue a visitar a su maestro de prosodia, y le dijo:

— La guerra me ha impedido venir más a menudo a vuestra casa. Todos los días pensaba que pronto podría disponer de algunas horas, y así el tiempo iba pasando; pero hoy estoy seguro de que no volveré nunca más del sitio a donde me mandan, y he querido venir a traeros mis últimas poesías.»

 

Han sido muchos los emperadores poetas en la historia del Japón. En el siglo VIII, siglo de oro de la poesía, todos los caballeros y damas de la buena sociedad escribían versos. Se cuenta que en el siglo X el emperador Daigo se vio obligado a establecer un ministerio de la poesía, para seleccionar poemas y publicar antologías, y para organizar juegos florales.

La práctica del renga ha desarrollado en el pueblo japonés el sentido de composición conjunta de la poesía. Bashoo, Buson e Issa eran, al mismo tiempo que poetas de haiku, maestros de renga. A partir de Shiki el haiku se ha independizado del renga, pero la práctica de la composición poética en reuniones sociales ha llegado hasta nuestro siglo. Hearn nos habla de reuniones en que los invitados componen cada uno un poema, y después los van colgando de los árboles en flor. En nuestra era industrial tales reuniones tienden a desaparecer, pero aún queda el festival de Tanabata, en honor de las divinidades ancestrales, en el que se escriben poemas en papeles de colores y se cuelgan luego de las cañas de bambú. Aún es posible ver poesías escritas con esmerada caligrafía en los abanicos, en las servilletas de papel, o pendientes de los «fuurin» — campanitas que anuncian el viento— , y por supuesto como decoración en el «tokonoma» — lugar de honor en la casa japonesa— , o sobre el dintel de alguna puerta en el hogar japonés. En el Japón todo el mundo siente, lee y tal vez compone la poesía. Los más célebres haiku, por su extremada brevedad, están atesorados en la memoria de todo japonés instruido, y afloran en miles de ocasiones.

 

 

El poeta japonés ante la naturaleza

 

Una de las mejores definiciones de lo que significa la poesía para el pueblo japonés la encontramos en los albores de su literatura, en el prólogo del Kokinshuu (colección de poesía antigua y moderna), del 905 d. de C. Son palabras de uno de sus compiladores, Ki no Tsurayuki: «La poesía japonesa tiene por semilla el corazón humano, y crece en innumerables hojas de palabras. En esta vida muchas cosas impresionan a los hombres: éstos buscan entonces expresar sus sentimientos por medio de imágenes sacadas de lo que ven u oyen. ¿Quién hay entre los hombres que no componga poesía al oír el canto del ruiseñor entre las flores, o el croar de la rana que vive en el agua? La poesía es aquello que, sin esfuerzo, mueve el cielo y la tierra y provoca compasión en los demonios y dioses invisibles; lo que hace dulces los lazos entre hombres y mujeres; y lo que puede confortar los corazones de fieros guerreros».[6]

La poesía inspira, pues, a dioses y hombres igualmente, y está al alcance de todos los humanos. El poeta no necesitará volverse a los dioses, o a un concepto personificado de alguna musa pidiendo inspiración. La frase de Tsurayuki «¿Quién hay entre los hombres que no componga...?» contrasta abiertamente con nuestro ambiente cultural occidental, donde más bien parece palpitar la pregunta: «¿Quién habrá que componga...?»

El hombre japonés canta en poesía, como una muestra más del canto universal que se eleva de la naturaleza. «El ruiseñor que canta entre las flores, la rana que habita en las aguas, ¿no son ambos compositores de poesía?», se pregunta Tsurayuki en el mismo prólogo.

La poesía comenzó, pues, cuando la vida fue creada, para animar el cielo y la tierra. El poeta japonés no se cree de otra esencia que el resto de la creación. Trata de ponerse al ras del alma primitiva de animales y plantas. Por su herencia cultural budista o shintoísta, siente una profunda simpatía por todo lo animado, una compasión universal. Por esto puede dialogar con todas las cosas de este mundo, captar el mensaje de los seres más insignificantes. El japonés ve crecer la vida sobre un trasfondo animista, que le hace descubrir jirones de su propia existencia en cada objeto natural. Chouchoud dice expresivamente: «El gladiolo, la gavanza, la anémona, la escabiosa, tienen su alma naciente. Y esta alma se apega a la nuestra y la fuerza a amar. Las hierbas de las landas se abandonan al viento como nuestro corazón a la pasión. Los cardos y los cominos sienten mejor que nosotros la próxima llegada del otoño. Las violetas callan en su interior la alegría de la primavera».[7]

En el Hoojooki (notas de un recluso), obra escrita en 1212, a modo de diario, por Kamo de Choomei, se nos da ya este sentimiento de la naturaleza como interlocutora del poeta: «En primavera me gusta ver ondear las glicinas que, al abrirse como nubes purpúreas, nos envían desde el oeste el dulce perfume de sus flores. En verano oigo el 'hototogisu’, cuyos tristes la mentos nos invitan a seguir el rudo sendero que conduce a la otra vida. En otoño el canto del ’higurashi’ (una especie de cigarra) llena nuestros oídos y parece deplorar la vanidad y la irrealidad de la vida humana. En invierno admiro la nieve que al acumularse cada vez con más espesor y al desaparecer en seguida, es un símbolo exacto de nuestros pecados».[8]

Aquí tenemos esbozados ya todos los elementos que inter[1]vienen en la composición del haiku: sensación concreta de la naturaleza, cristalizada en torno a una estación del año. La poesía como una voz más en el concierto del mundo. El paisaje, la naturaleza, como una llamada a la intimidad.

Una vez que hemos esbozado lo que significa la poesía para el hombre japonés, podemos tratar de los valores que representa concretamente el haiku: valores de contenido, dentro de la estética japonesa, y valores de forma.

 

 

 

[1] Kawabata, Yasunari: El clamor de la montaña. Plaza & Janes (Barcelona, 1969). Trad. directa del japonés por Jaime Fernández y Satur Ochoa, p. 361).

[2] Gordon, Gary: Esplendor y caída del imperio japonés. Ediciones G. P. Libro Documento. (Barcelona, 1967), p. 27.

[3] Ibid., p. 187.

[4] Hearn, Lafcadio: Au Japon Spectral, p. 176.

[5] Gómez Carrillo, E.: El Japón heroico y galante, pp. 200 y 201.

[6] Cf. Keene: Japanese Literature, p. 22.

[7] Chouchoud, o. c., pp 67 y 68.

[8] Del Hoojooki, cap. XII. Citado por Ishikawa en Étude sur la Literature Impressioniste ou Japon, pp. 118 y 119.

 

 

 

 

Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala (Sevilla, 1937), graduado en Lengua y Cultura Japonesas por la Universidadde Sophia de Tokio en 1965 y profesor titular de Filología Hispánica en la Universidadde Sevilla de 1975 a 2006, es uno de los más reputados traductores de haiku y de literatura japonesa en español. En 1996 recibió el Premio Internacional NOMA de Traducción del Japonés al Español por su traducción de El rostro ajeno, de Kobo Abe, y en 2006 el Gobierno japonés le otorgó la Orden del Sol Naciente por su labor de difusión de la cultura japonesa. Es autor del libro El haiku japonés (Hiperión) y numerosas traducciones de poesía y literatura japonesas. Como poeta ha escrito obras como Una silla de astros (1989), Un haiku en el arco iris (2007) y A zaga de tu huella (2011).