Delirio y magia en la poesía de Óscar Oliva. Por José Natarén

 

 

 

 

 

Delirio y magia en la poesía de Óscar Oliva

 

Por José Natarén

 

 

La escritura del poeta Óscar Oliva (1937) sugiere (¿revela?) verdades de un orden no racional, poético, mítico, imaginario. Certezas del lenguaje, cuya solución no está en la lógica de la razón. Con sabiduría, dicen las brujas en el primer acto de Macbeth: “Lo hermoso es feo y lo feo, hermoso”. Al ritmo de las tautologías y paradojas, al modo de los koan del mundo zen, danza y se canta lo grotesco como lo bello, como se ha hecho desde la antigüedad. Oliva dice en “Caja de herramientas” de Lascas[1]:

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¡Vaciar cada uno de nuestros cerebros para volver a rellenarlos con larvas de mosquitos para rabiarnos!

23

¡La pulpa arrugada y fea, un trébol de 4 hojas!

24

Mientras cagaban y orinaban, se pasaban la pipa con figura de Démeter, una muerte a des

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tiempo. Jamás imaginé que pudiera acariciar a la diosa que no ha sido devuelta su pedestal.

Movimiento de las pasiones, del afecto básico, como la cólera en el hígado de las ratas del delirio (si como chillan, odian); danza el gusano monstruoso que tiene la virtud de ser diminuto, “doméstico”, de lo contrario sería como los Hecatónquiros, titanes de cien brazos hermanos Cronos. ¿Y danzará Satán, doliente y velludo, en el lago de hielo al fondo del Tártaro o Gehena, según el pueblo que lo evoque?

Estampas del espanto, como la imagen brujos y vidente, inquilinos del cuarto recinto del octavo círculo del Infierno de Dante, con la cabeza al revés, ciegos al futuro. El poeta, es vate, “vidente del roble” y ha visto más allá, como el hechicero, profeta del espíritu secular, sin cielo ni infierno, sin ombligo de los ángeles, ni reencarnación, solo reintegración de la materia orgánica en otras formas de vida. Oliva canta en tercetos de espesos versículos[2]:

¿Seré el hígado de una rata o las patas de un ciempiés?,

realmente me lo pregunto intrigado, con ganas de que sea cierto,

para habitar y recorrer otros mundos hasta ahora inaccesibles,

esos que se suceden unos a otros, entre tú y yo, mientras dormimos,

apenas vislumbrados cuando veo pasar a las ratas, manifestación de otra

espiritualidad, no tan lejana a la mía, o a los ciempiés domésticos,

que me atraen por su singularidad, al desarrollar automimetismo,

al quedarse sin la parte frontal y trasera, sin estómago ni lomo,

tal como yo, con 50 patas en el infierno, con 50 patas en el paraíso,

frente al espejo con cabezas de Hidra, con olor a huevos podridos,

en el lago fingido, con un par de ojos abiertos y otro par cerrados

me doy cuenta de que camino hacia atrás, con la cabeza en la espalda

La perfección no es una categoría estética, además, sino más bien jurídica, moral y hasta religiosa. Sin abstracciones, cielos, ni infiernos, como en los “años de terror, de demonios y de monstruos extraños, para que el pueblo piense en el castigo divino”, como en “El Jardín de las Delicias” de Hieronymus Bosch. Solo paraísos perdidos, infancias, orígenes. La poesía no es “perfecta virtud”, sino excelencia, “tercera naturaleza, ajena de todo cuerpo, ajena al vacío”. Leemos en Lascas:

No existe la belleza perfecta ni la imperfecta ni la que busca un segundo nacimiento. Existe la demencia de los cerrados a la belleza de este tiempo. La que busca un tercer nacimiento[3].

Óscar Oliva, el integrante de la “Espiga Amotinada” que padeció más enfermedades, es ahora el más longevo, destacó don Jaime Labastida en la Feria Internacional del Libro de Tuxtla Gutiérrez 2021. A este punto, cabe recordar a Nietzsche: <<en lo que concierne a mi larga enfermedad, ¿no le debo indeciblemente mucho más que mi salud superior, le debo una salud superior, una salud tal que ante todo lo que no la mata, se hace más fuerte!>>[4].

Poesía desde la enfermedad del ser. Poesía en la que se conjuran las salvajes técnicas de la medicina medieval, como la lobotomía, técnicas de la clínica para los disidentes del sentido. Oliva escribe en Lascas:

 

Una operación quirúrgica para extirparme la piedra de la Locura. Yo soy el hombre que mira hacia ustedes, aunque en realidad lo que se me está extirpando es una flor, un tulipán[5].

En el caso de Áyax, sus signos clave para nuestra lectura, son dos: delirio, como el rey Lear, y en menor grado, transformación, de su sangre en un jacinto. Áyax, aunque grande para la lucha, pero no tan astuto y ni de muchos recursos de ingenio en la urdimbre de sus lances, como Ulises divino. Áyax muestra, en la Metamorfosis, furiosa indignación por la concesión a Ulises mañanero, el de fingida locura, de las armas de Aquiles. En un arrebato, tras constatar su deshonra por matar animales al confundirlos con sus compañeros aqueos a causa del episodio maníaco inducido por Atenea. Sabemos también del episodio de locura de Áyax por la tragedia de Sófocles, en la que Tecmesa, su esposa, cuenta al corifeo.

Como parte del diálogo dentro sueño compartido por Hervás y el Dr. Debayle, ambos alucinados, sin arreos ni cencerros, sin control ni instrumento para ser hallados, como bestias, locos, en el Lascas de Oliva, leemos:[6]

...nos metemos en las cañadas, gruñendo, cacaraqueando, abrimos zanjas con mellados cuchillos, mientras cagamos y orinamos…

…como Ayax libres de aparejos y esquilones…

Y, más adelante, Oliva dice en Escrito en Tuxtla[7]:

Áyax está perdido, bebió el agua salada del malvado tesoro de su corazón

Locura, jardín de las delicias en el palacio de la muerte. El misterio del delirio, de la proximidad de la muerte, del verdadero enigma originario. Y esta vecindad de la existencia, conjunto abierto, poroso, colindante con la nada, se experimenta como espanto, como horror, tan a la mano en nuestra época, la época también de la muerte del arte, de la obra de arte en el “tiempo de su reproducción técnica”, como reza el clásico de Walter Benjamin, el célebre pensador judío, presente a lo largo de todo el poemario Estratos. Respecto a este título, Oliva dice: <<Lo que yo he podido hacer en Estratos es decir el horror, más que denunciarlo, más que tolerarlo, más que estar dentro de ese remolino que por supuesto nos toca a todos, y dentro de ese remolino también estamos viviendo>>.

A propósito de horror y locura, resuena, la visión de Antonin Artaud en el poema “Los enfermos y los médicos”, en la versión del poeta Aldo Pellegrini:

Pero, enfermo, no significa estar dopado con opio, cocaína o morfina.

Y es necesario amar el espanto de las fiebres,

la ictericia y su perfidia

mucho más que toda euforia.

El delirio y las atmósferas del mundo indígena de México son dos temas inevitables al pensar en Artaud. Vivió en la comunidad originaria tarahumara, en los años 30, en una de sus estancias al norte de nuestro país, cuya experiencia incluyó lisérgicos viajes con peyote, para culminar las exploraciones a las oscuras regiones del inconsciente que había iniciado con los fármacos prescriptos para sus ataques de nervios por su amigo, protector y médico, el poeta Elías Nandino. Artaud decide concretar en la realidad, uno de los motivos centrales de la poesía occidental, el viaje al inframundo, al reino de Hades, la historia de Orfeo, de Eneas y de Dante. Desde la poesía, Oliva dice a través del bisabuelo Ladislao (¿o es al revés, puesto que los muertos hablan entre sueños?) en Lascas:

Nos pasamos de mano en mano la pipa con la figura de Démeter, para someternos a una incubatio una muerte a destiempo, atentos al carruaje que se balancea en el abismo

Humeante, delirante, psicoactiva, la experiencia de aproximación a la otra orilla, transcurre en la región entre el sueño y la vigilia, entre la realidad y la imaginación, entre la embriaguez y la alucinación, siempre cerca de la muerte, la gran cigarra. Leemos en Estado de Sitio[8]:

medio borracho,

bullente de grifos y géyseres,

dando la impresión de un cometa desgarvado.

Me descuelgo del perejil

por un bejuco de luciérnagas:

quedo a la altura de los topos,

embarrado de luciérnagas

El poeta, desciende al fondo de sí, como Prometeo, raptor, como Hermes, del fuego; la estrella de la mañana y de la tarde, Venus, Vesper, el Lucifer que otorga la luz del conocimiento. Esta experiencia límite, iniciática, de vuelta a la caverna, a la oscuridad primigenia, la matriz universal, se sitúa al centro de los cultos mistéricos, oficiados con ritos mágicos, impensables sin las plantas de poder que inducen el delirio, el salto a “la otra orilla”, la experiencia enteógena.

Hablar de magia es hablar de correspondencias y analogías, de una visión propicia para la religión y, para el caso, la poesía. Y, a la vez, referirse a las iniciaciones en la antigüedad implica pensar en raíces y setas alucinógenas, tan bien estudiadas por el etnomicólogo Gordon Watson, a partir de sus encuentros en la sierra mazateca con María Sabina. La antigüedad no solo grecolatina o sumeria, sino la de los pueblos precolombinos, toda vez que en América florecen la ayahuasca, el floripondio, el toloache y la salvia, además de los hongos, los niños santos, expresión de la sacerdotisa oaxaqueña.

El delirio espiritual o furor del alma, auspiciado por plantas y licores, persiste al paso de los siglos, no solo entre iniciados, místicos y círculos esotéricos; también los artistas, como los simbolistas franceses en el siglo XIX y los surrealistas en el XX, hasta llegar a la experiencia psicodélica de los hippies en los 60, posible a partir de la síntesis de la dietilamida de ácido lisérgico (LSD), de los alcaloides del cornezuelo de centeno, por el Dr. Albert Hoffman, el Dr. Robert de la canción de The Beatles.

La flora iniciática, como símbolo de la percepción de la realidad desde otro estado de conciencia, alterado, aumentado, como el del santo y el poeta. Especies como la datura y la belladona, la acacia y el muérdago, asociado a la zarza (¿la zarza ardiente del Sinaí?), y hasta las semillas de granada, instrumentos del encantamiento de Perséfona, la primavera, reina del inframundo. Como la argyreia. A esta flor, en particular, el poeta le canta, la nombra, conjura, como lleva al paraíso terrenal interior, cuya última frontera es el propio cuerpo, nuestra materialidad[9]:

Argyreia

flor lisérgica

en la palma de mi mano

con entrada al Edén.

 

Sin salida a la otra mano.

 

Una mella leve lejos del ojo del germen

iluminado en el delicado equilibrio

del hielo puro y transparente de mi mano.

 

Esa flor de nadie, con entrada al Edén.

Nadie me ha dicho por qué existes

en el punto pequeño que está al final de esta frase.

 

El Silencio, la experiencia inefable, el numen. La voz de la otredad del otro, de la mujer que viene desde el Hades, una especie de Perséfona, habla, en cursivas, claro. Así como la Argyreia, el asfódelo, flor iniciática del Hades, alimenta la imaginación, alienta al poeta, que dice:

 

Detengo la lectura y escritura,

 en otra edad levanto la cabeza,

a los 98 años cumplidos despierto en la sala de recuperación,

mi alma ordinaria ha regresado del campo de los asfódelos,

flores que fueron mi comida predilecta sin estar muerto,

no recuerdo cuál era mi comida segunda:

 ya sin el éter de Llull

comí otra vez asfódelos, y también comí agapantos y aspálatos,

no por gula, sino por la inmensa necesidad de comunicarme con mi familia

exterior, vislumbrarla entre esas flores fecundas, de luz eterna, soñolientas. [10]

La flor mágica de los Campos Elíseos, permite al poeta escuchar a los muertos, enlaza estadios de la existencia, a los insomnes y a los durmientes, lo que crecen en la memoria pura, indistinguibles. El asfódelo es un símbolo que indica el diálogo de Oliva con los poetas modernos norteamericanos, con e.e. Cummings y William Carlos Williams.

Más allá de las plantas de poder, la diferencia del delirio en la poesía de Artaud y la de Oliva: uno parte de su experiencia, real y extrema de la locura; el otro se restringe a la escritura, a su creación, al yo poético, el que inhala los vapores alquímicos de Raimundo Lulio, el sabio medieval que concibió un rudimentario robot la máquina de pensar, una suerte de gólem tan eficaz como la linterna mágica del padre Athanasius Kirchner. Oliva retoma a estos hombres religiosos, soñadores en extremo, cuya imaginación en búsqueda del ars magna participa del pensamiento protocientífico y ¿por qué no? del delirio, la voluptuosidad de la imaginación.

Por su parte, la atmósfera de los ritos, rituales, celebraciones, los símbolos, cromáticas y ritmos del mundo indígena, mágico y vivo, aparte de las camisas de fuerza de la civilización occidental, resuena con la escritura a este punto ya no delirante, sino onírica de Oliva. Pero al padecimiento acompaña el deseo de exorcizar la enfermedad. En una imagen de catarsis, el poeta bebe y vive, se embriaga de sonido y de color, adormece el dolor, se desprende de sí y conjura[11]:

Que comience la fiesta, con el querreque, con un graznido suave, primero,

        luego fuerte, al ponerme a beber, al bailar empotrado en otro cuerpo,

trepado en otro cuerpo, cargando muchos cuerpos, para sacar el espíritu

       del cuerpo, perder el tino, beber como si el mezcal fuera medicina,

en ninguna parte están bien mis brazos, mis pies, bien desmayado está mi cuerpo

   Como en el libro Estratos, el estruendo dionisiaco de las plantas de poder, en Escrito en Tuxtla, tiene presencia como fiesta del pueblo, con el desenfreno de las celebraciones del mundo antiguo, de los indígenas, antiguos mexicanos y de la reciedumbre del mestizo, con la hosquedad del Valiente del juego de lotería:

escandalizando, con tambores, matracas, chinchines,

con el discursante de la fiesta, o sea yo, quemando cohetes, bebiendo más,

        hablo conmigo mismo, también recio y hosco, doy de coces, saco el cuchillo,

entiendo las cosas al revés, agito el sombrero, zapateo al son del guitarrón,

       con mi hermano en estado postraumático, pisoteando la planta

de la adormidera, la que acalambra los sentidos, con mi hermana mayor

         la nube, con mi hermana menor la flor del cardo, hinchado de altanería:

sé de excesos

El narrador de Escrito en Tuxtla se encrapula, como dionisíaco, o infame, como maldito, como Villon, pero también como Rimbaud, señalado por el propio Oliva al aceptar el Premio Chiapas, en relación con el fundamento y sentido de la poesía como fuerza de transformación de la realidad:

hay algo más grande que la poesía, que se necesita pensar en algo más grande que la poesía para poder escribirla, por ejemplo (perdonen mi ingenuidad) pensar y soñar en el advenimiento de un hombre y una mujer nuevos, lo que no sería más que el desarrollo de todas las capacidades de imaginación y de vida, y para que, después de amarse, sentaran a la Belleza en sus rodillas y la injuriaran y la encontraran amarga, como Rimbaud la encontró en 1871, en las barricadas de la Comuna de Paris.

A la par de la poesía manifestada como videncia, se puede concebir, en el sentido de Hölderlin, como la más inocente y a la vez riesgosa de todas las ocupaciones. Relación y cuestionamiento. La inocencia continua del poeta, inquiere a la realidad, aunque con cólera. Más que respuestas, indagaciones al fondo de la realidad como en “Alucinación antes del despertar”, de Estado de Sitio[12]:

Difícil es querer deponer el odio de repente.

Más difícil es tratar de arrancarlo con un arado,

O de un jalón,

O con los dientes.

Difícil y absurdo

¿Pueden las manchas de la alucinación

vivir sin el leopardo de la porfía?

Todo es deslumbramiento

de rata erizada

frente al fantasma

de una voz que alguien,

hace tiempo,

dejó en el sótano entre tratos rotos

y ropas gastadas.

Imagen áspera, coloquial y a la vez, escalofriante y húmeda, insalubre, con la vida humana, una suerte de plaga, de bacterias y fiebre, en la historia de la Tierra. No sabemos si las imágenes, nuestro modo de comprender los flujos de información que componen el mundo, son consecuencias o causas. Si tienen existencia por sí mismas o no. Secuelas y síntomas de algo que no es, que, a lo más, fue. El hartazgo y la pesadez, la náusea:

¡Alucinaciones! ¡Alucinaciones!

Porque la vida tiene muchos días.

Y haber despertado de esta alucinación

Ha sido para ti tan doloroso como dormirte.

¡Maldita sea!

Escritura desde el delirio, antesala de la muerte. De acuerdo con Sofía Ugena Sancho, delirio y poesía manifiestan sentidos opuestos de un mismo movimiento. El significado de “delirio”, alejarse del surco, con raíces etimológicas, de-leis, se asocia con lírica por la homofonía de lira con lyra, el instrumento. <<En el caso del que delira y escribe a un mismo tiempo se trata del que empuña la lira y a la vez escapa de ella>>.[13] En “Los muertos” de Áspera Cicatriz, el joven poeta, de 28 años, con imágenes en una atmósfera no muy distinta a la que crean las películas de David Lynch, dice:

 Vienen con silabas de espuma bajando por tiesas

Cicatrices

La furia huele entonces a hojarasca quemada

(¿Quiénes son? ¿Qué buscan?

Semejan abrigos alarmantes en actitud de fuga)

Se oyen raras esquinas gemir dentro de un huevo

Se escuchan latidos como un pez de cabeza

    (…)

El delirio

Todo va a desbordarse

El maíz en un granero

Rama sin hondura

Atravesada avispa

El mirar del aire sujeto a tablones podridos

El arroyo creciendo como un hombro

¡Antorchas, antorchas!

Al filo del polvo agonizante

Precipitados hacia la inconciencia dúctil

        del acero

Y al delirio, la ruptura frente al gran miedo, le anuncia, su heraldo, la angustia, motivo del poema “La Casa Sola”[14], publicado en 1960, como parte de La Voz Desbocada, uno de los libros del volumen colectivo La Espiga Amotinada, cuya reedición permanece pendiente. La velocidad de la escena disminuye, se desacelera hasta ralentizar la atmósfera en un espeso suspenso de reposo.

Viene la angustia.

Pequeño miedo,

como una hoja das y das vueltas

en el corredor de la noche.

Vienen las hormigas

a levantar mi cuerpo.

Llegan las horas en un lento

murciélago de sombra.

—¿Quién toca?

Son los golpes

de las campanas en el viento.

“La poesía no es para los jóvenes”, ha dicho el poeta, un tanto en broma, un tanto en serio. Salvo excepciones como Rimbaud, Bécquer, Lautremont o López Velarde, muchos poetas escriben lo perdurable hasta más allá −mucho− de la mitad camino de su vida, más cerca de Ítaca que de Ilión. ¿Es este el caso? Aunque Estado de Sitio fue escrito a partir de 1967, cuando el poeta apenas cumplió 30 años de su edad. Si bien, en 1960, a los 23, apareció su ópera prima, La voz desbocada, el primero de esta época, la etapa de la “velocidad de los acontecimientos planetarios”, Lienzos transparentes, se publicó al cumplir 66. Escrito en Tuxtla, el libro del poeta más joven del país, cuya voz se escucha en un crescendo acelerado, al compás de las vertiginosas realidades del 2022, aparece ahora, cuando sobrepasa los 85 años.

¿Escrito en Tuxtla es la magna obra, el canto del cisne, el culmen del autor de Estado de Sitio o es el primer movimiento de la composición que concluye con la lectura de “Estos minutos” (1953) a la luz de siete décadas?

¿Cómo es posible, a los 85 años, ser el poeta más joven y moderno de su generación, y de las dos o tres posteriores, en México? Aún más, ¿Cómo puedo alguien abofetear la enfermedad y mostrar que la voluntad de conocerlo todo, de iluminarse con lo inmenso, con la poesía, en este tiempo, en este mundo en el paroxismo del absurdo?

No lo sé, pero aguardo indicios con la lectura de su obra, estrato por estrato. Óscar Oliva está listo para concentrar de nuevo, antena de la especie, el espíritu de la época, tal vez para un siguiente libro. Lo que sí sé, es lo dicho por Eraclio Zepeda:

Desde nuestra escuela común recuerdo su palabra, su aliento, sus tonos. Óscar Oliva es el poeta de mi tierra, de mi tiempo, de mi edad. Nacidos en el mismo sitio, el mismo año, hemos compartido el mundo.

En aquellos días, la poesía llegó a nosotros en la voz de Óscar: sin saberlo cabalmente, sólo escuchamos algo semejante al viento.

Muchas alegrías y también desgracias han sucedido. Los años construyeron y destruyeron casas y países. Pero cuando de las manos de Óscar Oliva brota la poesía, el tiempo vuelve, regresa, acomodándose en las ruinas[15].

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

ÓSCAR OLIVA

 

  1. “La voz desbocada”, en La espiga amotinada. México: FCE.
  2. “Áspera cicatriz”, en Ocupación de la palabra. México: FCE.
  3. Estado de sitio. México: Editorial Joaquín Mortiz.
  4. Trabajo ilegal (poesía 1960/1982). México: Editorial Katún.
  5. Lienzos Transparentes. México: Aldus.
  6. Estratos. México: Aldus.
  7. Lascas. México: Aldus.
  8. Escrito en Tuxtla. Chiapas, México: Aldus-ITAC.

 

-HOMERO. Ilíada, Trad. Rubén Bonifaz Nuño, (1979). Bibliotheca Scriptorum R Graecorum Et Romanorum Mexicana. 450 p. UNAM.

Odisea. Trad. José Manuel Puón. Prol. Carlos García Cual. Gredos. Barcelona 464 p.

-NIETZSCHE, Friedrich. Obras Completas. Nietzsche I. (2009). Estudio Introductorio de Germán Cano. Grandes pensadores. Gredos. Barcelona. 350 p.

-OVIDIO. Metamorfosis, Trad. Rubén Bonifaz Nuño: (1980), Libros VIII-XV. Bibliotheca Scriptorum R Graecorum Et Romanorum Mexicana. UNAM. México. 805 p.

PAZ, O., Chumacero, A., Pacheco, J., y Aridjis, H. (1985). Poesía en movimiento.  México 1915- 1966. México: Siglo XXI.

UGENA Sancho, Sofía. Razón poética y vaciamiento del sujeto. Tesis doctoral Universidad Complutense De Madrid. España. 566. p.

[1] Ibidem. Lascas. p. 140.

[2] Escrito en Tuxtla, p. 13.

[3] Ibidem. Lascas. p. 105.

[4] Nietzsche, citado en el estudio introductorio de Germán Cano, p XXIV.

[5] Ibidem. Lascas p. 106.

[6] Ibidem. Lascas p. 96.

[7] Ibidem. Escrito en Tuxtla. p. 64.

[8] Ibidem Estado de sitio p. 36.

[9] Ibidem. Escrito en Tuxtla. p. 46.

[10] Ibid. p. 60.

[11] Ibidem. Escrito en Tuxtla. p. 72.

[12] Ibidem. Estado de sitio. p. 119.

[13] Sofía Ugena Sancho p. 473.

[14] Ibidem. Iniciamiento. p. 28.

[15] Eraclio Zepeda. presentación del fonograma “Poesía voz viva de México”, en Iniciamiento. p. 730.

 

 

 

 

 

 

José Natarén. Promotor cultural y secretario técnico del Instituto Tuxtleco de Arte y Cultura. Estudió física y matemáticas en la Universidad Autónoma de Chiapas. Ha trabajado en proyectos de investigación documental de carácter literario y filosófico. Colaboró con el Sistema Chiapaneco de Radio y Televisión (2006-2012) y con la Radio de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (2017). Colabora en diarios de circulación local.