Década y caída de la poesía en México

 

Década  y  caída  de     la  poesía     en  México

Por Adolfo Castañon

 

 

Al preguntarse ¿Qué es la literatura? Sartre distingue dos tipos divergentes, aunque complementarios de expresión: las letras de la soledad y las letras de la comunión, como diría Octavio Paz.

Soliloquio, diálogo consigo mismo, con Dios o con el lenguaje, la expresión poética suena y sueña en la soledad. Ventana ambulante, espejo vagabundo, luz pública sobre el foro interno, la prosa es de los hombres en el mundo: comunica, relaciona, da a entender, allana las dificultades que suscita entre los hombres toda empresa. Rousseau representa en su Ensayo sobre el origen de las lenguas un aleccionador ancestro de estas concepciones: el canto, la poesía es la lengua del placer, gratuito, sin propósito; más que comunicar, inspira, potencia los potenciales de la Voz. La palabra llana escribe en cambio preocupada por la información, quiere poner de acuerdo a los hombres y, por así decir, lleva de la lengua hacia un futuro común –un futuro consumado y muerto en el caso de las letras mercenarias. Caminan los que hablan en prosa: danzan los que cantan. Y aun hay quienes –Alfonso Reyes, un ejemplo- ensayan una andadura danzarina: esquivo e incomunicable contagio del trabajo en el ocio. De ahí que ciertas prosas, aunque logren la faena informativa, remitan siempre hacia un fuero irreductible. Aquí interesa, por supuesto, el caso opuesto: los bailarines que salen al paso, cansina ilustración de cuán objetiva es la subjetividad. Pellicer dijo “prosa en columna”, pero el rótulo, si bien dice, dice poco. Desconcierto, exceso de información, sustitución progresiva de la iniciación (en el sentido mágico o religioso) por la confusión de la política cultural con la cultura, proloferación lírica de la crítica o al menos de las expresiones discursivas, identificación de la modernidad con la impersonalización y la desaparición del sujeto, presunta ruptura del lenguaje dominante mediante la recreación de las hablas dominadas, indecisión, criptocentrismo, son algunas de las recurrencias literarias de una década lírica que bien podrá llamarse de la crítica. Ese falso o por lo menos discutible auge literario contrasta con la ausencia de formulaciones simbólicas compartibles: parvifundistas del espíritu, los poetas-escritores jovenes cultivan y capitalizan sus pequeñas propiedades intelectuales, se aluden y murmuran entre sí sin que ninguno sea capaz de tomar la palabra por todos nosotros. ¿Cuáles son los posibles motivos de que los poemas y las obras de estos jóvenes y prometedores autores sólo envuelvan el silencio, la perplejidad? ¿Les falla la ciencia del lenguaje precisamente porque son tan sabios?

Al menos comparten un rasgo: llevan inscrito el discurso, no el verso, en el corazón. Habitan una piel que es cada vez menos suya y se han recluido en un rincón de sí mismos: basta saber cuál es ese poeta. En apariencia indiferentes al peligro de convertirse en ejemplo de psicoanalistas y sociólogos, lo cierto es que suelen llevar al psicoanalista y al socíologo dentro de ellos mismos. Como no quieren embotarse en las descripciones literales, ni hacer de la poesía un chiste o un diálogo con los amigos o los muertos, se ven precisados a crear reflexiones complejas, deliberadamente evasivas. ¿ya no son hombres de rimas astutas e ideas tímidas? Buena fe no les falta. Encarreran sus hablas individuales acometidos por una suposición: descubrir en el lenguaje es descubrir en el mundo: y el hallazgo verbal es encuentro generacional, perversa, pervertidamente, se trasladan a gatas a una neutra impersonalidad para poder hablar sin rubores de sí mismos ante los demás. Aunque no lo parezca, la operación contracultural prolonga a la cultura: de nuevo el lenguaje como un espacio neutro, el vehículo que permite salirse del mundo para acotarlo con permitida libertad. Se trata de una palabra impersonal que construye personas de una despersonalización impostada que conduce a la diferenciación y a la singularidad; es el contagio de que todo es lenguaje y, también, el tono neutro, la tercera persona que naturaliza el lirismo y la universalidad: esto no me pasa a , le pasa al ello humano del que yo soy apenas un gajo, pues los nombres son intercambiables y nadie es nunca verdaderamente él.

La voz impersonal funciona como una metáfora de la empresa entera: el poeta ha cedido la palabra a eso que habla en él. Pero eso es ése, el qué es quién, aunque la competencia entre tradición y talento individual haya sido resuelta en beneficio de un automatismo que se quiere purga y búsqueda de nuevas asociaciones gramaticales, léxicas y sintácticas.

Una suma de construcciones verbales que son como el afanoso tatuaje de un cuerpo inaprehensible. Una suma de jóvenes líricos a quienes la vida se les ocurre de entre las manos pues aceptaron que todo escritor es Caín, que la letra mata. Saben cómo la historia personal se deshace a sí misma para no saberse historia social. Sus poemas son construcciones que desamparan la arquitectura y la rima para mejor transmitir unidades mínimas de experiencia, astillas y fragmentos heteróclitos diseñados para reflejar a tiempo los rostros oportunos. Muchas veces las astillas de sus experiencias, ultraordinarias pero extras, vagan en el pajar de una especulación donde lo único que cuenta es el deseo del poeta para reemplazar al mundo con su propia palabra. No se preguntan si la inspiración recita en bruto sus verdades. Mímicos desarmados de silencio en las cárceles de la locuacidad, ciudadanos vacuos esperando la llegada del “tú”, victorugas de la nativa podredumbre, rosáceos sacerdotes de lo irracional, bomberos incendiarios, decoradores de la maleza, otoñales, asteriscos de los brumarios mexicanos, locos sin la cordura de la rima, casandras sin profecías, Penélope plural que destejió el telar, extraen provecho de la confusión procurando convencernos de que es poética, despliegan su mantelería de ideas hechas sentimiento (el poeta: un pensador estremecido) y dan golpes sin abuso en el peque ajeno. Involunterios reclutas del espíritu, cambian monedas de un nuevo e indigesto chocolate (shock-dislate: la crítica de los nombres) pues enseñan en propia carne que el oropel institucional es causa de las personalidades obesas.

Capitalismo de las cigarras, dice la hormiga que quisiera cantar. En los jóvenes de un tono, de una voz: el impulso, el hallazgo de una manera convincente para decirlo todo.

Acaso celebren, pero sólo unos pocos se preguntan por sus pensamientos, como aquel animal perplejo que se convirtió en esfinge, y convierten las propias dudas e incertidumbres en el instrumento con el cual interrogar al mundo. Otros escriben capitalizando la crisis, criticando los nombres para hacerse un nombre. Quisieran ser los abuelos pródigos de pasado mañana.

 

 

Arbitrario de literatura mexicana; Castañon, Adolfo, Vuelta, 1993, pags 387-390.

Adolfo Castañón. (Ciudad de México, 1952). Narrador, ensayista y poeta. Estudió en la FFyL de la UNAM. Ha sido gerente editorial y director de la Unidad Editorial del FCE; codirector de la serie Periolibros (FCE/UNESCO); fundador de Cave Canem; investigador del IIFL. Tradujo a George Steiner, Luis Panabière, Juan Jacobo Rousseau y Gil Vicente. Colaborador de Cuadrivio, Imagen Latinoamericana, La Cultura en México, La Gaceta del FCE, Letras Libres, Nexos, Novedades, Plural, Revista Universidad de México, Sábado, Siempre!, Vuelta. Académico de Número de la Academia Mexicana de la Lengua a partir de 2003 y miembro honorario desde 2005. Premio Diana Moreno Toscano 1976. Premio Mazatlán de Literatura 1995 por La gruta tiene dos entradas. Premio Xavier Villaurrutia 2008 por Viaje a México. Ensayos, crónicas y retratos. En 2009, fue ganador del Premio Nacional de Periodismo José Pagés Llergo por su programa Los maestros detrás de las ideas, transmitido por TV UNAM. Premio Limaclara Internacional de Ensayo 2015, otorgado por la editorial argentina Limaclara. Premio Internacional Alfonso Reyes 2018. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al francés y al japonés.

Un comentario en “Década y caída de la poesía en México

  • el febrero 12, 2020 a las 2:30 am
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    ” los poetas-escritores jóvenes cultivan y capitalizan sus pequeñas propiedades intelectuales,” ¡éste es el problema! los creadores sin conciencia, sin haberse educado en que “la poesía es la lengua del placer, gratuito, sin propósito;” se han visto aplastados por la ficción propietaria y las ficciones capitalistas, ni siquiera es válida la coma que separa ‘placer’ de ‘gratuito’ en la cita anterior. Si lo literario “debe ser” vendido y comprado el placer de su creación deja de existir.

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