Cuba y novela negra a la hora que mataron a Lola, por Rafael Grillo

 

Cuba y novela negra a la hora que mataron a Lola

 

Rafael Grillo

 

Eran las tres de la tarde

cuando mataron a Lola…

y dicen los que la vieron

que agonizando decía:

yo quiero ver a ese hombre

que me ha quitado la vida

yo quiero verlo y besarlo

para morirme tranquila.

Canción popular.

 

 

Como el criminal que elige la fecha y hora precisas para cometer un asesinato, así mismo no me entrego ahora al azar y escojo voluntariamente las 3 de la tarde, el instante del pico de calor, el más tórrido en el trópico y el de peores evocaciones, porque fue cuando mataron a Lola en el colofón de un intenso drama pasional, según la canción recordada por varias generaciones de cubanos.

Tampoco es fortuito el día en que disparo estas líneas, un 9 de agosto, pues 6 años justos han transcurrido desde la jornada sabatina en la sede habanera de la Unión de Artistas y Escritores de Cuba (Uneac), cuando pronuncié una conferencia bajo el título “Se buscan autores «negros»”.1

Esa intervención en 2014 se enmarcó en un evento asaz curioso, que llevaba el nombre de Segundo Coloquio de Literatura Policial. Recalcaré lo de “curioso” por varias razones. Resulta, por ejemplo, que entre los participantes (siendo algunos personajes tan notables del género negro en la isla como los novelistas Leonardo Padura y Lorenzo Lunar) existía una ignorancia absoluta acerca de la celebración de un encuentro primero y antecesor. Y tampoco se llegaría a efectuar después un Tercer Coloquio, a pesar de que tal acuerdo quedó fijado en un documento final.

Insólito ya, de por sí, fue el lugar de reunión, puesto que la Uneac no suele mostrarse a menudo cual cónclave favorable para atender a los cultores de este “subgénero menor”.

Para rematar la singularidad de aquella cita, cabe señalar que su principal instigador y entusiasta organizador era el autor de una saga de novelas titulada Semana Santa en San Francisco, quien comenzaba a ser conocido acaso entre lectores fervientes del policiaco nativo, pero cuyo nombre, Agustín García Marrero, nada resonaba en los oídos del gremio literario nacional y ni siquiera está inscrito en la clamorosa institución.

Fueron un puñado de autores «negros» y algún que otro simple aficionado los que escucharon aquel día mi disertación, donde pugnaba por una mayor membresía de escritores cubanos militando en el policial y describía el panorama nacional en franco contraste con el auge internacional cobrado por el género. De paso enunciaba un montón de incidentes causales para tal situación:

 

—La persistencia en el mundillo editorial cubano de una visión elitista y de discriminación de los subgéneros populares, donde los intereses de los públicos lectores no son tomados en cuenta.

—La inexistencia de sellos particulares para esa clase de libros y de revistas especializadas. En cuanto a publicaciones periódicas, ninguna ha surgido desde Enigma, de vida breve y surgida hacia fines de los 80's cuando un grupito de escritores del patio participó en la fundación de la AIEP (Asociación Internacional de Escritores Policiacos). Mientras que escasas colecciones (como el caso de Impacto, por ejemplo, dentro de la modesta Editorial Extramuros) y de esporádica producción se encargan actualmente de reunir y ofrecer visibilidad a una literatura negra autóctona. Atrás quedó la época de la Colección Radar de la editorial Letras Cubanas (décadas de los 70's y 80's), extinguida cuando estalló la crisis económica de los 90's nombrada Período Especial; y hoy el principal promotor de libros policiales es el Capitán San Luis del Ministerio del Interior (Minint), sello dirigido exclusivamente a los títulos premiados en un concurso convocado por dicha institución donde se ensalza, todavía, una forma de entender el género superada por las realidades del presente, anclada en el esquema policía intachable-pueblo colaborador vs. delincuente-contrarrevolucionario, que es nostalgia o imaginación utópica de una sociedad cubana que ya no es (y acaso nunca lo fue del todo).

—La falta de becas y concursos nacionales que estimulen su creación, con excepción del arriba mencionado premio del Minint y el concurso Luis Rogelio Nogueras (en honor al autor de Y si muero mañana), que convoca en la categoría policial solamente una vez cada cuatro años.

—La desconexión del entorno editorial de la isla con su equivalente internacional y sus tendencias, así como la falta de contacto por razones tecnológicas (y también del hábito de dependencia respecto a las editoriales nativas) de los escritores cubanos con las empresas del libro extranjeras.

En tono de suspicacia lancé, además, esta pregunta: “¿No es sospechoso que en las épocas más felices del país (décadas del 70 y 80) fue cuando más literatura del género tuvimos, mientras que del 90 hacia acá, cuando la gente se oculta tras rejas y miedos, en medio de tantas dificultades económicas y aumento de la violencia —que podían ser una inspiración para los autores— ha sido prácticamente inexistente?”.

Despertaba así la posibilidad de una especulación desde lo político, que ahondara en el análisis sobre esta situación calamitosa y los prejuicios y recelos hacia el género con la sugerencia de un apartamiento institucional deliberado, a consecuencia del realismo a rajatabla y la voluntad de crítica social predominantes en el neopolicial iberoamericano.

De hecho, el suceso de fin de siglo más importante para la novela negra made in Cuba fue el destape del “fenómeno Padura”, con el lanzamiento de las primeras novelas protagonizadas por el investigador Mario Conde agrupadas como Las Cuatro Estaciones, que salieron bajo la etiqueta de la catalana editorial Tusquets. Y justo arrancando el nuevo milenio despuntó Amir Valle con Las puertas de la noche publicada por la española Malamba Ediciones y seleccionada en 2000 mediante encuesta de varios medios como la mejor novela negra latinoamericana de ese año, ya con el singular dúo detectivesco integrado por “el alcalde de la marginalidad” Alex Varga y el investigador de la policía Alain Bec, que continuaría en otras cuatro novelas hasta conformar una pentalogía titulada El descenso a los infiernos. A continuación aparecerá Lorenzo Lunar, creador de la serie El barrio en llama con el policía Leo Martín, cuyas publicaciones iniciales ocurrieron también en España, gracias al prestigio alcanzado con un Premio Novelpol y el Premio Brigada 21 logrado dos veces.

Pero aquel día obvié, para no lucir digresivo, revelar una paradoja sobre el devenir de la narrativa de la isla que, a continuación, sí pretendo anunciar: A contrapelo de lo presumible, la falta de novela negra no evitó, sin embargo, que las temáticas de la violencia y el crimen llegaran a infiltrarse en la producción literaria cubana del momento. Por el contrario, se insertaron en su corriente principal, tal y como lo describe una lúcida autora de ese período, Ena Lucía Portela:2

 

«A comienzos de la década de los 90's, empero, lo que se desata en ese departamento es una suerte de zafarrancho. La marginalidad, por increíble que parezca, se torna centro o, cuando menos, referencia obligatoria. Se acumulan así páginas y más páginas sobre jineteras y pingueros, proxenetas, vividores, traficantes de todo lo traficable —incluyendo personas—, curdas empedernidos, mariguanos irredentos, pastilleros, cocainómanos, ludópatas, apuntadores de la “bolita” o lotería clandestina, camajanes, tahúres, garroteros, promotores de riñas de gallos o de perros, “balseros” y otros fugitivos que tratan de colarse a como dé lugar en la celebérrima base de la US Navy allá en Guantánamo, veteranos de la guerra de Angola que padecen de estrés postraumático, locos desorbitados, policías corruptos, presidiarios, chivatos, pordioseros, pedófilos y otros especímenes que en otras sociedades quizás no serían tan marginales, verbigracia: los travestis, los enfermos de sida, los “santeros” o practicantes de la Regla de Ocha, los “paleros” o seguidores de la Regla de Palo Monte o Palo Mayombe y los espiritistas. Como quien dice, Alí Babá y los cuarenta ladrones».3

 

Más allá de esta supervivencia pese a los obstáculos de asuntos «negros» en la literatura cubana, y volviendo a 2014, toca apuntar que para ese entonces en el cielo del policial empezaban a brotar algunos rayos de luz. La propia celebración de ese Segundo Coloquio de Literatura Policial era un signo promisorio. Dos años atrás se había concedido a Padura el Premio Nacional de Literatura, por la obra de su vida y, aunque se argumente que para ese lauro pesaron especialmente las obras históricas La novela de mi vida y El hombre que amaba a los perros, no puede obviarse que el grosor de su producción literaria está compuesto por las nueve novelas del detective Mario Conde.

Ya en 2010 ese mismo galardón había recaído en el uruguayo nacionalizado cubano Daniel Chavarría, que fue Premio Hammet 1992 (con Allá ellos), Premio Edgar 2002 de la Mistery Writers of America (Adiós muchachos) y afortunado para ganar también concursos importantes dentro de la isla con obras de estirpe policial, como el Casa de las Américas 2000 (El rojo en la pluma del loro) y el Alejo Carpentier 2004 (Viudas de sangre). Hacia 2015 ocurriría, insólitamente, que el prestigioso Premio Uneac de Novela se entregara a una pieza de auténtico género negro como La navaja suiza de Jorge Luis Sánchez.

La atención al género desde la perspectiva de la crítica literaria, igualmente diezmada, con la excepción de la recopilación de ensayos de Padura titulada Modernidad, posmodernidad y literatura policial sacada en 2000, comenzaba a revivir con la singularidad de que serán los propios autores del negro quienes la protagonicen. A la publicación en 2013 de una investigación de Lorenzo Lunar, El que a hierro mata. Apuntes sobre la literatura policial cubana, la precedió en 2011 una antología preparada por él mismo en contubernio con su esposa Rebeca Murga (Premio de Relato en la Semana Negra de Gijón 2004), nombrada Confesiones. Nuevos cuentos policiales cubanos. Otro volumen recopilatorio aparecía en 2014, Isla en negro. Historias de crimen y enigma, fruto igualmente de la confabulación de dos escritores, Leopoldo Luis García y Rafael Grillo (Premio Luis Rogelio Nogueras 2009 con la novela Asesinos ilustrados).

Desde el título del prólogo: “El nuevo cuento policial cubano. ¿La aguja en el pajar?”4, el dúo Murga-Lunar hacía explícita la necesidad de hurgar en el heterodoxo corpus literario de la isla para entresacar los dieciocho relatos que conformaron sus Confesiones. Aun así se arriesgaban a pregonar sobre un movimiento de narrativa breve de talante policial, con rasgos identificativos que presentaban así:

 

  1. “La desacralización del héroe”: Exhibida en “la intención de alejarse de la imagen del policía perfecto” y apoyada en “un trabajo de prospección psicológica más profundo”. Habría, además, “una tendencia a la búsqueda del héroe individual”. Características todas que significarían un desapego rotundo respecto a los dogmas de la producción literaria del género en los 70's y 80's.

  1. “La introducción de personajes novedosos en la literatura cubana”. Referido a “figuras inusuales en el imaginario de la cuentística nacional como son el asesino en serie o el tratante”.

  1. “Exploración a diversos niveles de la realidad”: Constatado en que si bien “las historias del más reciente relato policial cubano tienen, en la mayoría de los casos, su referente en la realidad social inmediata”, algunos, sin embargo, han “incorporado figuras propias del relato fantástico”.

 

  1. “El uso de recursos lúdicos”: Puesto en evidencia con la abundancia de juegos literarios. Se hacen comunes "la intertextualidad, la parodia, la construcción y deconstrucción de la historia”.

  1. “La visión del otro”: Alude a que, en lugar del punto de vista del héroe y la “voz de la ley y la justicia”, se dejan escuchar otras voces como la “del criminal” o “la del perdedor”.

  1. “La libertad creativa”: Advierte que no hay un encasillamiento de estos autores como representantes exclusivos de literatura negra.

 

Serviría esta misma topología aportada por Confesiones para inspirar al binomio Leopoldo Luis-Rafael Grillo en la selección de los veinticinco relatos insertados en su Isla en negro. Pero, a propósito justamente de ese sexto rasgo, en el texto introductorio titulado “Diez negritos apuntes desde la isla”5 se siembra una duda porque “¿pueden establecerse las fronteras de una corriente o movimiento sin que haya un autor o autores de cabecera, un modelo propio y un rastro de continuadores (como sí ocurrió en el policial setentista)? ¿Sin que exista tampoco una suerte de “conciencia de clase” en que los creadores se registren como miembros de una legión específica? ¿Sin una visión programática, un proyecto de definición, en línea de continuidad o de ruptura, con respecto a los predecesores (como sí ocurrió en los noventa)? ¿Sin organización en grupos ni espacios aglutinadores, ya sea informales o formales?”

Se ponía en cuestión aquí el hecho de que en ambas compilaciones, salvo algunas excepciones (como los veteranos Rodolfo Pérez Valero y María del Carmen Muzio), un segmento importante lo constituían “policiacos involuntarios”, provenientes de ese núcleo “realista sucio” de los 90's (Ángel Santiesteban, Félix Sánchez, Marcial Gala, Nelton Pérez) al que antes se aludió aquí; o miembros de la corriente ecléctica del nuevo siglo en la literatura cubana conocida como Generación 0 (Anisley Negrín, Michel Encinosa, Jorge E. Lage, Ahmel Echevarría).

No obstante, Isla en negro acaba defendiendo la etiqueta de “Nuevo Cuento Policial Cubano”, como un “gesto fundante”, que “sirve de acicate para un resurgimiento del policiaco nacional, en mejores condiciones para el autoreconocimiento del escritor y la estima del género” y una provechosa “mirada crítica” que “se tropieza con textos semilleros, con autores en camino a la maduración y conjuntos textuales emergentes, con procesos en movimiento”.

El empeño personal de ahondar sobre las vicisitudes del género en Cuba, me llevó de nuevo en un agosto, pero de 2016, a escribir el ensayo “Se buscan detectives para el policial cubano”6, cuya tesis central exponía que en las cubanas historias de crimen y enigma “descubriremos la exigua presencia de aquel elemento que es tan consustancial del género negro como el famoso 'muerto en la página primera'. O sea: el detective. El investigador. La contraparte del oculto villano. El que revela. El que trae la luz. El restaurador del orden perdido. Tenemos, sí, argumentos de literatura negra, pero no detectives. Ese es el otro grandísimo problema”.

Se explicaba ahí que en la época del “policial revolucionario”, con el “prototipo de investigador que estas obras enseñaban: nunca sujetos aislados que se tomaran la justicia por su mano ni imaginarios agentes privados, sino que — a tono con el carácter realista del género — el papel recaía sobre quienes verdaderamente personificaban el orden interior y el cumplimiento de la ley, los miembros de instituciones como la Policía Nacional Revolucionaria, el DTI y la Seguridad del Estado”. Pero al acaecer a nivel de país el cambio en las condiciones socioeconómicas que significó “la desaparición del mundo que tales obras literarias pretendían mostrar”, la fórmula del intachable agente del orden había devenido en lastre propagandístico.

Comenzó entonces una era de la “desacralización” del héroe, iniciada por Padura con la “humanización” de su personaje detectivesco Mario Conde, y secundada por Amir Valle y Lorenzo Lunar, a los que no se le avizoraron, sin embargo, claros sucesores. Situación que generó un posicionamiento crítico internacional, visible en la reseña a Los aprendices (2012) de Rebeca Murga, donde se afirma que ese libro “pertenece a la corriente literaria 'Nueva Novela Negra Cubana', en la que el eje central de la trama es el retrato psicológico de sus personajes”.7

Tal etiqueta luce aplicable realmente a esa novela en la que un círculo de niños planea la ejecución de un adulto y a Crimen sin castigo (2017) de la propia escritora, reunión de cuentos a la manera de un prontuario de psicopatología criminal; a otras novelas del momento como La pelirroja de Roberto Estrada Bourgeois (originalmente salida en Barcelona, 2003, y no editada en Cuba hasta 2013), Mundos de sombras (2012) de Lorenzo Lunar, o la ya mentada La navaja suiza (2015); y a los cuentos “Ellas quieren ser novias” de Frank D. Frías Rondón, “Mientras recuerdo al secretario del Partido” de María Matienzo y “Sexo, best seller y falsas entrevistas” de Luis A. Vaillant; o a la noveleta Asesinos ilustrados (2010) y varios relatos del volumen Revolicuento.com (2020), concebidos por el autor del presente ensayo. Lo común a todas estas piezas es su carácter introspectivo y la indagación en la fase a priori del acto criminal y sus motivaciones más que en la resolución detectivesca de un misterio.

Empero, hay que señalar cómo al mismo tiempo que se proponía la clasificación anterior y yo publicaba mis llamadas de alerta sobre las carencias del género, se estaban produciendo fenómenos puntuales que amplificaban ya el diapasón de autores, estilos y temáticas, de oportunidades editoriales y hasta el enriquecimiento del personaje detectivesco. Toda una constelación de circunstancias que anuncian acaso la llegada de una buena y nueva hora para la literatura negra en Cuba. Describamos ese panorama:

 

Si en 2004 el mundialmente reputado autor de Trilogía sucia de La Habana, Pedro Juan Gutiérrez publicó Nuestro GG en La Habana, con un misterio inspirado en aquel británico Graham Greene que hacía novelas de espías; más reciente es que Daína Chaviano, célebre por sus novelas de ciencia ficción y fantasía, incursionó en el thriller histórico con Las hijas de la diosa Huracán (2019); y que el reconocido como poeta y narrador infantil, Alexis Díaz Pimienta, escribió El huracán anónimo (2020), con la novedad, además, de que sus detectives son un director de escuela y una periodista. Radicados estos dos en el exterior y habituales en sellos extranjeros, se unen a otros casos de escritores emigrados a considerar en el corpus actual del género negro de origen cubano.

 

Rodolfo Pérez Valero, pionero del policial de los 70' con No es tiempo de ceremonias, hoy desde Estados Unidos elabora la serie Misterios (4 títulos hasta el momento), donde una mujer periodista y sus cuatro hijos adoptivos resuelven casos al estilo de la novela juvenil de aventuras. Uno que inició carrera en la Cuba de los 80's con tres novelas negras ambientadas en la Cuba prerrevolucionaria, José Latour, ha continuado desde Canadá, con obras escritas en inglés como Habana Best Friends (2002, sacada en español por Planeta con el título Mundos sucios). Proveniente del núcleo de narradores llamado Novísimos en los 90's, Amir Valle logró el Premio Rodolfo Walsh con los dramas de “jineteras” recogidos en Habana-Babilonia y aunque había escrito su serie noir nombrada El descenso a los infiernos antes de partir al exilio en Alemania, aquellos títulos (con la excepción de Si Cristo te desnuda) no recibieron atención de las editoriales nacionales y terminaron viendo la luz en sellos europeos entre 2000 y 2008.

Varios más han desenvuelto su trayectoria en el género luego de salir de la isla, como la asentada en Nuevo México, Teresa Dovalpage, primero en español con Muerte de un murciano en La Habana (2006) y a partir de 2018 en inglés con la serie A Havana Mistery, cuyo investigador es nada menos que un “santero” (sacerdote de la religión afrocubana). En México, Yamilet García Zamora publicó la intriga histórico-policial Del otro lado, mi vida (Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo 2008). Otro que escribía ciencia ficción, Vladimir Hernández, tras radicarse en España sorprendió al alzarse con el Premio Internacional de Novela Negra L'H Confidencial 2016, mediante Indómito; y a seguidas firmó con Harpers Collins para publicar Habana Requiem (2017), donde la trama transcurre en la Mazmorra, ficticia unidad de policía ubicada en La Habana Vieja.

Y mientras, la acentuada precariedad económica de las casas editoriales del patio en los últimos años, junto a su falta de previsión comercial o de interés respecto a las cualidades del policial, ha desembocado en un filón que aprovechan, para servir de refugio a las nuevas plumas del género, sellos independientes como Atmósfera Literaria, asentado en España. Allí debutó Alex Padrón con Matadero (2018) y su personaje de un ex científico devenido por su mala suerte en un investigador privado de los bajos fondos habaneros; publicó Reynaldo Cañizares una novela negra tan “sucia” como culterana, Los vándalos (2016), con un protagonista que confiesa: “me gustan las lesbianas porque me hacen recordar que ser policía es el oficio más solitario del mundo”; y sacó Johan Moya Ramis, en 2019, La puerta roja, cuya intriga sobre crímenes cometidos por una secta es investigada por un teólogo y profesor universitario. Por su parte, la mexicana Nitro/Press ha lanzado en su colección noir las novelas ¿Dónde estás corazón? de Lorenzo Lunar (2018), La chica del lunar de Manuel Quintero Pérez (2019) y prepara actualmente una reedición de la antología Isla en negro.

De todos modos, hay dentro de las fronteras de la isla varios títulos publicados, los cuales conviene mencionar para dar cuenta, especialmente, de la diversidad que está alcanzando el policial nativo. Un aporte singular, al sacar el crimen de las calles para volcarlo en el recóndito ambiente rural de Ríos de Primavera, es La tierra del cebú (2012, reeditada en 2013 por Atmósfera Literaria) de Mario Brito. En la tradición Wilkie Collins del “objeto valioso perdido” encaja la monumental Un toque de melancolía (2013) de Germán Piniella Sardiñas; al tiempo que Rafael Grillo domina la vertiente paródica en sus Historias del Abecedario (2010). Como ejemplo de que hasta existe ya un weird a lo cubano, Joel Sequeda publicó en 2018 su Carro fúnebre: la pesquisa sobre un asesinato del pasado donde intervienen espíritus, casa embrujada y la hechicería de la africana Regla de Palo. Y en la esquina opuesta, la no ficción con argumentos del negro tiene su representación en el Insólito ser (2017), donde Luis Cabrera Delgado obtiene el escalofriante testimonio de un criminal verídico. Sin embargo, el persistente Jorge Luis Rodríguez Aguilar, creador de la saga humorística del policía Hilario, no ha podido ver editado aún ni uno solo de sus ocho títulos concebidos hasta hoy.

Neopolicial, hibridación de géneros y apropiación posmoderna, parodias y thrillers, historia y no ficción, humor y new weird, detectives variopintos… Luce que la literatura negra cubana ya se está ampliando lo suficiente como para asemejarse a los derroteros del género a nivel mundial. Si en algo todavía quedaba en falta, tras la promesa incumplida de aquel Segundo Coloquio en 2014, era con la ausencia en territorio nacional de alguna de las tan de moda Semanas Negras. Pero esto, a la postre, ocurrió.

Cantará el argentino Carlos Gardel que veinte años no es nada; más el cubano que escribió La vida es un tango, Lorenzo Lunar, resolvió que su aspiración, nacida a comienzos de la década, de fundar en Santa Clara —su ciudad natal, al centro de la isla— un evento nombrado Agosto (en homenaje a la novela del brasileño Rubem Fonseca), íntegramente dedicado al género negro y de alcance nacional y hasta internacional, pudiera tomar forma hacia 2017, fecha en que celebró su primer Fantoches.

Con paneles y un premio incluido, que recayó en la novela Muerte en la campaña del chileno Eduardo Contreras, el evento soñado por Lunar se desarrollaba finalmente bajo el título de la primera novela policial cubana —escrita de manera colectiva por 11 autores y publicada en 1926—. Incluso, se comprometió a tener secuela… Y lo cumplió al año siguiente el novelista de Miénteme más, en eficiente tándem (otra vez) con su esposa Rebeca Murga, al ofrecer una continuación del Fantoches y de su lauro de novela, alcanzado esa vez por un nacional radicado en Suiza, Manuel Quintero Pérez, con La chica del lunar.

Fantoches volvió a ocurrir en noviembre del 2019 y a ese III Encuentro Internacional de Escritores de Novela Negra, además de la participación nacional (Lunar-Murga, Piniella Sardiñas, Grillo, Brito, Cabrera Delgado y Quintero Pérez), se aseguró la presencia de una tropa exquisita llegada desde México: el autor de Yo soy el Espaiderman, Carlos René Padilla; y el de Perros de ataque, Darío Zalapa; dos naturalizados, uno de origen vasco, Imanol Caneyada (Tres cruces blancas) y otro argentino, Roberto Bardini (Un hombre de ley); el joven teórico Atzín Nieto (quien hoy realiza una curaduría de cuentos negros latinoamericanos para la revista Taller Igitur); y los editores Lilia Barajas y Mauricio Bares, que ofrecieron su sello independiente Nitro/Press para garantizar el lanzamiento de los libros ganadores en el certamen. De paso, también el concurso aportaría relieve, pues el premio recayó en Kike Ferrari, un novelista argentino de auge internacional.

Ahora, la cita de Fantoches 2020 está en vilo. Aunque es agosto, todavía; pero difícil es predecir cuándo llegará el fin del tiempo de la pandemia. Emprendo las últimas líneas en una jornada donde dejé pasar las 3 de la tarde tan fatídicas para Lola, y escogí, en cambio, una hora más cercana a la nocturnidad y su favorable predisposición para el crimen en cualquier época y lugar. Seis años después del evento descrito al inicio, tengo razones para un mayor optimismo. Quizás no hay que buscar en Cuba más autores «negros» y sus detectives. Andan ya por ahí, fundando enigmas.

 

Agosto de 2020

 

 

NOTAS

 

  1. Un resumen de aquel Segundo Coloquio de Literatura Policial y citas de mi conferencia se puede leer en este artículo disponible en internet: https://www.isliada.org/se-buscan-autores-negros/

 

  1. Una interpretación interesante sobre esta autora representativa de la llamada “Generación de los Novísimos” (emergente en la década del 90) la ofrece Iraida H. López, en su prólogo a la edición crítica (Stockcero, Estados Unidos, 2010) de Cien botellas en una pared, al juzgar esta novela de Ena Lucía Portela como una “novela policial posmoderna”.

 

  1. Esta descripción del núcleo temático de la literatura cubana de los 90's, tan alucinante como verdadera, la expone Ena Lucía Portela en “Con hambre y sin dinero”, su ensayo dedicado a la obra de Pedro Juan Gutiérrez, el autor de El Rey de La Habana y más connotado de los escritores del “realismo sucio” a lo cubano. Acerca de Pedro Juan Gutiérrez es pertinente señalar que este incursionó de lleno en la literatura negra con su novela Nuestro GG en La Habana, publicada por la española Anagrama en 2004.

  1. Disponible en internet: https://www.isliada.org/el-nuevo-cuento-policial-cubano-la-aguja-en-el-pajar/

 

  1. Disponible en internet: https://www.isliada.org/diez-negritos-apuntes-desde-la-isla/

 

  1. Disponible en internet: https://cachivachemedia.com/literatura-policial-cuba-db71b85f3c53

 

  1. Disponible en internet: https://www.universolamaga.com/rebeca-murga-los-aprendices/

 

 

 

Links:

 

https://www.isliada.org/

 

https://www.amazon.co.uk/Revolicuento-com-Spanish-Rafael-Grillo-ebook/dp/B0891VQ9ZB

 

 

 

 

Rafael Grillo (La Habana, 1970): Escritor y periodista. Jefe de Redacción de la revista El Caimán Barbudo y fundador de la web literaria Isliada. Premio Luis Rogelio Nogueras de Novela Policial 2009 con Asesinos ilustrados. Tiene publicados, además, la novela Historias del Abecedario, los libros de ensayo Ecos en el laberinto y La revancha de Sísifo y el volumen de crónicas Las armas y el oficio (Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2008). En 2020 publicó la recopilación de relatos Revolicuento.com. Incluido en la antología Confesiones. Nuevos cuentos policiales cubanos (2011) y en revistas del género negro de México, Argentina, Colombia y España. Ha sido él mismo responsable de varias antologías; entre ellas, Isla en negro. Historias de crimen y enigma, de 2014. Imparte cursos de Técnicas Narrativas para periodistas en la Universidad de La Habana.

 

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