La crisis del verso: Stéphane Mallarmé

La crisis del verso

Stéphane Mallarmé

 

Traducción: Maribel Roldán

 

Justo ahora, en abandono de gesta, con el cansancio que provoca el desesperante mal tiempo, una tarde tras otra, retrocedí otra vez, sin curiosidad alguna, pues pareciera haberlo leído todo hace ya veinte años. La franja estrecha de perlas multicolores que platean la lluvia, aún, en el tornasol de las encuadernaciones de la biblioteca. Vastísima obra, bajo el abalorio de la cortina, alineará su propio centelleo: amo como en el cielo maduro, contra el cristal de la ventana, para seguir destellos de tormenta. Nuestra fase, reciente, si no cerrada, toma aliento o, tal vez la conciencia: alguna atención libera la relativamente segura y creadora voluntad.

Incluso la prensa, cuya información se aleja de los años, aborda el tema, repentinamente, con precisa data.
La literatura enfrenta, aquí, una crisis exquisita y fundamental.

Quien concede a esta función un lugar o primer espacio, reconoce, en ello, el hecho de la actualidad: se presencia, como el final de un siglo, y no como lo fuera en el pasado, a perturbaciones; sin embargo, fuera de la plaza pública, a una inquietud de velo en el templo con significativos pliegues y un algo de usura.

Un lector francés, sus hábitos interrumpidos a la muerte de Víctor Hugo, no puede sino desconcertarse.
Hugo, en su labor misteriosa, abandonó toda prosa, filosofía, elocuencia, historia en verso y, como él era el verso en persona, confiscó a quien piensa, discute o narra, casi el derecho a enunciarse. Monumento en tal desierto, con el silencio de lejos; en una cripta, así la divinidad de una idea inconsciente, majestuosa, a saber: que la forma llamada verso es simplemente literatura misma; que existe el verso apenas se acentúa la dicción, el ritmo desde que hay estilo.

El verso, creo, esperó respetuosamente hasta que el gigante, que lo identificaba con su mano tenaz, y siempre más firme herrero, faltara; para, él, quebrarse. Todo el lenguaje, ajustado a la métrica, cubriendo sus pausas vitales, escapa, de acuerdo a una disyunción libre de mil elementos simples; y, lo indicaré, no sin cierta similitud con la multiplicidad de los gritos de una orquestación, que permanece: verbal.

La variación data, de ahí: aunque por debajo y por adelantado, inesperadamente preparada por Verlaine, tan fluida, de vuelta a primitivos deletreos.

Testigo de esta aventura, en la que se me deseaba asignar un papel más eficaz, pese a que a nadie conviene, dirigí, al menos, mi ferviente interés; y, es tiempo ya de hablar, a distancia preferentemente, tal como ello fuera, casi anónimo.

Concordará que la poesía francesa, debido a la primacía encantatoria dada a la rima, durante la evolución hasta nuestros días, se atestigua intermitente: brilla en un lapso; consume y espera. Extinción, o más bien, usura para mostrar la trama, las repeticiones. La urgencia de poetizar, a diferencia de varias circunstancias, hace, ahora, tras uno de los orgiásticos excesos periódicos de casi un siglo, comparable al Renacimiento único, o el giro impuesto a la sombra y al enfriamiento, ¡para nada! que el resplandor difiere, continúa: el temple, tan siempre oculta, se ejerce públicamente, mediante un casi delicioso.

Creo discriminar, bajo un triple aspecto, el trato del canon de hierático verso; gradualmente.
Esta prosodia, reglas tan breves, intratables aún más: notifica tal acto de prudencia, tal el hemistiquio, y una estatua de menor esfuerzo, para simular la versificación, a la manera de los códigos según los cuales abstenerse de hurtar es la condición,  por ejemplo, de la rectitud. Justo lo que no es importante aprender; como no haberlo adivinado por uno mismo y principalmente, no haber establecido la inutilidad, restringirlo.

Los fieles al alejandrino, nuestro hexámetro, aflojan internamente este rígido y pueril mecanismo de medición; la oreja, libre de un contador ficticio, conoce el placer de discernir, sola, todas las combinaciones posibles, entre ellos, de doce timbres.

Juzgue el tan moderno gusto.

Un caso, no menos curioso, intermedio; - es el siguiente.

El poeta de agudo tacto que considera aún a este alejandrino como la joya definitiva, empero, surgiendo, espada, flor, sólo de vez en cuando y según algún premeditado motivo, lo toca modestamente o lo juega en torno a acordes vecinos, antes de darla soberbia y desnuda: dejando su tacto fallecer contra la undécima sílaba o propagarse, repetidamente, por decimotercera vez. M. Henri de Regnier sobresale en estos acompañamientos de su invención, yo sé, discreta y orgullosa como el genio que instaura y revela la perturbación transitoria entre los intérpretes ante el hereditario instrumento. Otra cosa o simplemente lo contrario, se revela un motín, expresamente, en la vacante del viejo y cansado molde, cuando Jules Laforgue, iniciando por el comienzo, nos introdujo al cierto encanto del verso en falso.

Hasta ahora, tanto en uno como en otro de los modelos antes mencionados, nada más que la reserva y el abandono, debido a la laxitud por el abuso de la cadencia nacional; cuyo uso, así como el de la bandera, deberá permanecer excepcional. Con esta peculiaridad graciosa, sin embargo, tanto ofensas voluntarias, como disonancias académicas apelan a nuestra delicadeza, ¡en el lugar en donde hace apenas quince años, el preceptor, que siguiéramos, exasperado, como ante un cierto sacrílego ignaro! Diré que la reminiscencia del verso estricto, su memoria, atormenta estos marginales juegos y les brinda un beneficio.

Toda la novedad está establecida, relativamente al verso libre, no como el siglo XVII lo atribuyó a la fábula o a la ópera (era solo un arreglo, sin la estrofa, de los varios metros notorios) mas, nombrémosle como corresponde, "polimorfo": y consideremos ahora la disolución de un número oficial, en lo deseado, hacia el infinito, siempre que se reitere allí un placer. A veces una eufonía fragmentada, de acuerdo al asentimiento del lector intuitivo, con una precisión ingenua y preciosa: tiempo atrás el Sr. Moreas; o un gesto, lánguido, pensativo, sobresaltante, de pasión, que empera: M. Viele-Griffin; previamente el Sr. Kahn con una muy diestra notación del valor tonal de las palabras. No doy ningún nombre, no hay otros típicos, los de los Srs. Charles Morice, Verhaeren, Dujardin, Mockel, y todos, como pruebas de mis palabras; con el fin de referirnos a las publicaciones.

Lo notable es que, por primera vez, durante la historia literaria de pueblo alguno, al mismo tiempo en que los grandes órganos generales y seculares, donde, según un teclado latente, la Ortodoxia, cualquiera que tenga su propio juego y su oído puede componer un instrumento, tan pronto como respira, roza o golpea con ciencia; a usarlo por separado y dedicado también a la Lengua.

Una gran libertad, adquirida, la más nueva: no veo, y sigue siendo esta mi intensa opinión, ninguna eliminación ha sido bella en el pasado; sigo convencido de que en amplias ocasiones obedeceremos
siempre con la solemne tradición, cuya preponderancia es de genio clásico: solamente, cuando no haya habido lugar, debido a un soplo sentimental o por una historia, para perturbar los venerables ecos, veremos cómo hacerlo. Cada alma es una melodía, cuya cuestión es retomarla; y para ello, es la flauta o la viola de cada cual.

En mi opinión, una condición u oportunidad real emerge tarde, no solo para expresarse, sino para modularse a voluntad. Las lenguas imperfectas, tal como varias, extrañan lo supremo: pensar en escribir sin accesorios, ni susurro, sino tácitamente la palabra inmortal, la diversidad, en la tierra, de las lenguas, impiden que nadie pronuncie las palabras que, si así fuera, por una cuña única, serían materialmente verdad. Esta prohibición es de naturaleza expresa (se empeña con una sonrisa) que no es digna de razón para considerarse Dios; pero, al momento, tornado a la estética, mi sentido lamenta que el discurso no exprese los objetos mediante toques que responden a ritmos o colores, que existen en el instrumento de la voz, entre las lenguas y a veces en alguien. Al lado de la sombra, opaca, la oscuridad poco se oscurece; qué decepción, frente a la perversidad que confiere a la noche como al día, contradictoriamente, timbre oscuro por aquí, claro por allá. El deseo de un término de esplendor brillando o apagándose, marcha atrás; en cuanto a alternativas luminosas : solamente así no existiría el verso: él compensa filosóficamente la falta de lenguas, completamente superior.

Extraño arcano; y, de no menos intenciones, generó la métrica a los tiempos de incubación.

Que un promedio extenso de palabras, ante la comprensión de la mirada, se clasifica en rasgos definitivos, con tal: el silencio.

Si, en el caso francés, la invención privada no supera el legado prosódico, el descontento estallaría, sin embargo, si aparte un cantor no lo conociese y en el paso de la infinidad de las pequeñas flores, sea donde su voz encuentre una notación, recoja... El intento, justo ahora, se llevó a cabo y, salvo eruditas indagaciones en tal sentido una vez más, acentuación, etc., anunciadas: conozco un juego, seductor, se lleva a cabo con los fragmentos del antiguo verso reconocible, para eludirlo o descubrirlo, en vez de un hallazgo repentino, total, extraño. El tiempo que uno destensa las restricciones y reduce el celo, donde falsificó la escuela. Muy preciadamente, pero a partir de esta liberación se especula aún más, para bien, que cada individuo trae una nueva prosodia, participando en su aliento -también, ciertamente, en algo de su ortografía- la broma se ríe a carcajadas o inspira el caballete de los prefacios. La similitud entre los versos y las viejas proporciones, una regularidad que durará porque el acto poético consiste en ver de repente que una idea se divide en un número de razones iguales por valor y agruparlas; riman: por el sello externo, su medida común parece el golpe final.

Para el tratamiento, tan interesante, por la versificación sufrida, del reposo y del interregno, yace, menos que en nuestras vírgenes circunstancias mentales, la crisis. Escuchar las características indiscutibles del rayo- como el dorar y desgarrar de algunas trazas a un meandro de melodías: o cómo la Música se une al Verso para formar, desde Wagner, Poesía.

Ni uno ni otro elemento se desvía, con ventaja, hacia una integridad aparte triunfante, como un concierto silencioso si no se articula y el poema, enunciador de su comunidad y temple, ilumina la instrumentación a la evidencia bajo el velo, como el discurso desciende por la tarde de las sonoridades. Los meteoros modernos, la sinfonía, a gusto o espaldas del músico, se acercan al pensamiento; que ya no reclama solo la expresión corriente. Alguna explosión del Misterio en todos los cielos de su magnificencia impersonal, donde la orquesta no debía influir en el antiguo esfuerzo que por mucho tiempo pretendía traducirse solo por boca de la raza.

Doble índice por lo tanto -

Decadentes, Místicas, las Escuelas se declaran o etiquetan apresuradamente por nuestros medios de comunicación, adoptan, como punto de reunión, el punto de un Idealismo que (cuales fugas, sonatas) rechaza los materiales naturales y, como brutal, rechaza un pensamiento exacto los ordene; para guardar nada que lo sugerente. Establecer una relación entre las imágenes exacta y de ello, se desprende un tercer aspecto fusible y claro presentado a la adivinación... Abolida, pretenciosa, estéticamente un error, rige pese a ello obras maestras, para incluir en el papel sutil del volumen algo que no sea, por ejemplo, el horror del bosque, o el trueno silencioso esparcido por el follaje: no la madera intrínseca y densa de los árboles. Algunos arrojos de orgullo íntimo, proclamados con sinceridad, despiertan la arquitectura del palacio, la única habitable; fuera de toda piedra, en la que las páginas se cerrarían mal.

"Los monumentos, el mar, el rostro humano, en su plenitud, nativos, conservan una virtud atractiva que de otro modo no velaría una descripción, evocación a decir, alusión que sé, sugerencia: esa terminología poco azarosa atestigua la tendencia, una muy decisiva, quizás, que el arte literario ha experimentado, la limita y exime. Su hechizo, para sí, no es liberar, de un puñado de polvo o realidad sin encerrar, para el libro, incluso como texto, la dispersión volátil es el espíritu, que no tiene nada que ver, mas que con la musicalidad de todo". [pasaje de La Musique et les Lettres]

No se habla de la realidad de las cosas sino comercialmente: En la literatura, basta con hacer una alusión a ella o distraer su calidad para incorporar alguna idea. Con esta condición, se eleva el canto, una alegría aligerada.

Este objetivo, digo Transposición - Estructura, otro.

La obra pura implica la desaparición elocutoria del poeta, que cede la iniciativa a las palabras, por el enfrentamiento de su desigualdad, movilizada; se iluminan con reflejos recíprocos como un rastro virtual de fuegos sobre piedras preciosas, reemplazando la respiración perceptible en el aliento lírico antiguo o la entusiasta dirección personal de la oración.

Una orden del libro de poesía innata o en todas partes, elimina el azar; requerida aún, para omitir al autor: ahora, un tema fatal implica, entre las piezas juntas, tal acuerdo en cuanto al lugar, en el volumen, que corresponda. Susceptibilidad, puesto que la voz posee un eco: los patrones del mismo juego se equilibran, balanceados, a distancia, ni el sublime incoherente de la puesta romántica, ni esta unidad artificial, antiguamente medida como un bloque en el libro. Todo se convierte en suspenso, disposición fragmentaria con alternancia cara a cara, contribuyendo al ritmo total, que sería el poema mudo, a los blancos, únicamente traducido, en cierto modo, para cada pendiente. Instinto, quiero, columbrado para publicaciones y, si tal tipo, no permanece como exclusivo de complementarios, la juventud, por esta vez, en poesía, donde se impone una fulminante y armoniosa plenitud, tartamudeó el mágico concepto de Obra. Alguna simetría, paralela, que, desde la situación de los versos en pieza se relaciona con la autenticidad de la misma en el volumen, roba, además del volumen, inscribiendo a varios, en el espacio espiritual, las iniciales amplifican el genio, anónimo y perfecto como una existencia de arte.

Quimera, haberlo pensado, atestigua, en el reflejo de sus escamas, cuánto el presente ciclo, o último cuarto de siglo, experimenta tal relámpago absoluto — cuyo apuntalamiento de aguacero en mis cristales despeja el trastorno rutilante, hasta iluminar éste — que, más menos, todos los libros contienen la fusión de algunas contadas repeticiones: incluso entonces sería sólo uno — en el mundo, su ley —, biblia como la simulan las naciones. La diferencia, de una obra a otra, ofreciendo tantas lecciones propuestas en un inmenso concurrir en pos del texto verídico, entre las edades llamadas civilizadas o — letradas.

Por cierto, nunca me siento en las graderías de los conciertos sin catear entre la oscura sublimidad tal bosquejo de alguno de los poemas inmanentes a la humanidad o a su original estado, tanto más comprensible cuanto callado y que para determinar su vasta línea el compositor experimentó esa facilidad de suspender hasta la tentación de explicarse. Yo me figuro por un, sin duda, indesarraigable prejuicio de escritor, que nada queda sin ser proferido; que estamos en ello, precisamente, indagando, ante un quiebre de los grandes ritmos literarios (del que se ha hecho alusión más arriba) y su desperdigamiento en articulados estremecimientos cercanos a la instrumentación, un arte de finalizar la trasposición, al Libro, de la sinfonía o lisa y llanamente de retomar lo nuestro: pues no es de las sonoridades elementales de los cobres, cuerdas, maderos, innegablemente, sino de la intelectual palabra en su apogeo que ha, con plenitud y evidencia, de provenir, en tanto conjunto de las relaciones existentes en el todo, la Música.

Un deseo innegable en mi tiempo es separar, como en vistas a atribuciones diferentes, la doble estancia de la palabra, brutal o inmediata aquí, por ahí esencial.

Narrar, enseñar, describir incluso, ocurre y aún que a cada uno le bastaría tal vez para intercambiar pensamiento humano, tomar o poner en la mano de otro, en silencio, una moneda, el empleo elemental del discurso desengasta el universal reportaje que, exceptuada la literatura, comparte todo entre los géneros de los escritos contemporáneos.

¿A qué tanto, a fin de cuentas, la maravilla de trasponer un hecho de natura en su, casi, desaparición vibratoria, según el juego de la palabra, con todo, si no para que de ello emane, sin la molestia de un próximo o concreto llamamiento, la noción pura?

Yo digo: ¡una flor!, y, fuera del olvido en que mi voz relega algún contorno, en tanto que otra cosa que los cálices consabidos, musicalmente se eleva, idea incluso y suave, lo ausente de todo bouquet.

Al contrario de una función de numerario fácil y representativo, como lo trata de entrada la multitud, el decir, antes que nada sueño y canto, reencuentra en el Poeta, por necesidad constitutiva de un arte consagrado a las ficciones, su virtualidad.

El verso que, de más de un vocablo, recompone un término total, nuevo, ajeno a la lengua y como encantatorio, acaba con este aislamiento de la palabra: negando, por un rasgo soberano, el azar demorado en cada término, pese al artificio de su retemple alternado en el sentido y la sonoridad, y les (os) causa esta sorpresa de no haber oído jamás tal pasaje ordinario de elocución, al mismo tiempo que la reminiscencia del objeto nombrado chapotea en una atmósfera nueva.

Maribel Sánchez Roldán. (1997, Puebla). Se ha iniciado en la literatura, traducción y enseñanza de las lenguas a edad temprana, lo que llevó a su primera publicación y colaboración poética en “Causalidades: Antología de poesía poblana” (2013) y posteriormente en “Antología viva de la poesía volcánica” (2018). Ha participado a su vez en proyectos literarios nacionales e internacionales, tales como las revistas de difusión poética “Arroba Textos” (2012) “Fractalario” (2015) “Página en Blanco” (2017), “Círculo de Poesía” (2018), “Prosa” (Colombia, 2018) y traducido para las editoriales “Visor” (México, 2018) y “Electrón Libre” (Marruecos, 2018). Entusiasta de la filosofía, el arte, la guitarra, el canto y el dibujo. Actualmente, directora y docente en “Etymos” Estudio de Lenguas Extranjeras.

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