Cinosargo. Los sabios cínicos de Grecia. (La utopía que dio nombre a la revista alforja), por José Vicente Anaya

 

 

 

 

 

 

Este ensayo se publicó originalmente en Alforja. Revista de Poesía, número VI, 1998, 142-146.

 

 

 

 

Cinosargo.

Los sabios cínicos de Grecia

(La utopía que dio nombre a la revista alforja)

José Vicente Anaya

 

 

Antes de convertirse en el simple adjetivo que hoy conocemos (desprovisto de la inteligencia, imaginación y poesía de sus fundadores), a las largas despectivo, el cinismo fue una corriente de filósofos-poetas griegos que tuvo expresión a lo largo de más de 900 años (del 300 a. C. al 600 d. C.). Poner en duda la “certeza” de las normas sociales y de las leyes del Estado, desenmascarar las hipocresías, derrumbar ídolos de sus pedestales, predicar la libertad ejerciéndola, creer que todos los humanos son capaces de pensar (filosofar) sin que importe el sexo ni la clase social, y vivir fuera de formalidades y convenciones, es tal vez lo que principalmente caracteriza a los cínicos griegos. Características que nos deberían remitir a la franqueza, mas no a los consabidos adjetivos de desvergüenza, impudicia, procacidad, etcétera (como apuntan los diccionarios).

Las leyendas y la historia se entremezclan con lo que se sabe o se inventa de los cínicos clásicos. Sus detractores de antaño, para desprestigiarlos (y los detractores nuevos, por ignorancia) divulgaron que cínico venía de la voz griega kyon (o de la latina canis) que significa perro, y en algunos textos se refieren a ellos como “la secta del perro”. Además, la asociación con el perro viene de una frase del cínico más famoso, Diógenes (sí, aquel que en plena luz del día andaba con una lámpara encendida en actitud de búsqueda, entre la muchedumbre, y cuando le preguntaban qué andaba buscando, respondía: “a un humano”), y la frase aquella “Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”. Y por esto, sus discípulos pusieron sobre su tumba la escultura en mármol del perro del maestro.

El término cínico se refiere a “los que se reúnen en el cinosargo”. Y así fue en sus prígenes, pues Antístenes (c. 455-360 a. C.), el fundador de esta corriente filosófica, se reunía  estudiar con sus discípulos en ese lugar que era “el gimnasio de los hijos ilegítimos”. Estamos hablando de un tiempo en que Grecia socialmente, sólo se les permitía ser filosófos (valga decir “seres pensantes”) a los “hombres libres legítimos”, es decir que automáticamente se excluía a las mujeres, esclavos y bastardos. Antístenes encabezó, entonces, el derecho que estos seres humanos tenían de pensar y ejercer sus ideas sin que importara su condición social ni su sexo, y por esta reivindicación tenían prohibido reunirse en la academia de los prestigiados. Dicen que el fundador del cinismo era un hijo ilegítimo. Pronto, los discípulos y continuadores de Antístenes serían aquellos rechazados, que no sólo demostrarían poder pensar, sino que socavaron la imagen monolítica de una sociedad que se consideraba correcta y esplendorosa.

Más tarde, a las huestes del cinismo arribarían hijos e hijas de la clase poderosa, quienes descreídos de normas y verdades oficiales, renunciarían a los privilegios de la riqueza. Un ejemplo es el de Crates de Tebas (c. 365-285 a. C.), quien renunció a una gran herencia., demostrando así que el ser humano podía prescindir de todas las comodidades y privilegios que otorga la riqueza. Otro ejemplo es el de la primera mujer cínica, Hiparquia, quien también de familia muy rica, enamorada por cierto de Crates, prefirió la pobreza con amor y una vida coherente con las prédicas del cinismo.

 

 

Esplendores del cinismo

 

Los cínicos predicaban que el Estado no tenía ningún derecho sobre los individuos y se negaban, por ejemplo, a ir a las guerras, pues no encontraban razón alguna de morir ni matar a sus semejantes por el capricho de unos cuantos poderosos, por lo demás de dudosa moralidad, que sólo pretendían el beneficio particular con el matadero de los otros al obtener el botín de cada batalla y dominios territoriales.

Uno de los primeros ejemplos de oponerse a las leyes del Estado lo puso Diógenes (c. 400-325 a. C.) al acuñar monedas (“falsificar dinero”, en el lenguaje de la legalidad) argumentando que nada justificaba que los poderosos sí pudieran mandar hacer dinero a su antojo y a los demás les estuviese prohibido. Por este atrevimiento desafiante, Diógenes fue expulsado de Sinope, su lugar de nacimiento.

Antístenes (c. 455-360 a. C.), fundador del cinismo, despreciaba los honores y predicaba que lo más importante en los humanos eran las virtudes propias. También enseñaba a sus discípulos que un gran valor era que los individuos supieran gobernarse y bastarse a sí mismos y que, siendo así, nadie necesitaba autoridades externas que dirigieran sus vidas, a esto lo llamó autarquía (gobernarse a sí mismo, ser autogestivo, autónomo).

Crates de Tebas (c. 365-285 a. C.) tenía la costumbre de tocar la puerta de cualquier casa y ponerse a platicar con sus habitantes, sin preámbulos, y al poco rato la gente le contaba sus problemas teniendo en todo momento, Crates, algún buen consejo que sus oyentes agradecían complacidos. Por este proceder, se ganó el apodo de “El Abrepuertas”, y cuentan que en su época, en muchas casas había letreros que decían: “En este lugar es bienvenido Crates, el Buen Demonio”. Fue así una especie de psicoterapeuta que no cobraba las consultas.

Zoilo (siglo IV a. C.) y Menipo de Gádara (siglo II a. C.) se distinguen por haber escrito burlas sobre filósofos o poetas que aún hoy pueden estar endiosados como intocables. Zoilo escribió libros atacando a Homero, y si bien sus argumentos se pierden en detalles, no dañan las virtudes de la gran poesía homérica y hoy podemos verlos como disquisiciones divertidas que tumban de su pedestal ala fría estatua de Homero que se empeñan en mantener los académicos de todos los tiempos. Después, Zoilo sería tomado como el prototipo del “criticón”, y se convertiría en adjetivo para designar a aquellos que se extralimitan con ataques verbales sobre asuntos literarios o filosóficos. Menipo escribió críticas a Epicuro y Homero.

Peregrino (siglo II d. C.), su nombre propio pasó al sustantivo y verbo que hoy conocemos, y esto se debe, precisamente, por la conducta andariega de este filósofo, aunque él no fue el único viajero permanente entre los cínicos, más bien todos ellos vivieron viajando; esto les permitió conocer y adoptar filosofías y costumbres de otras culturas, y si algo le desagradaba a sus enemigos académicos, era que fueran demasiado cosmopolitas.

 

 

La utopía cínica de alforja

 

La palabra utopía aparece en 1518, cuando Erasmo de Rotterdam edita en latín el libro de su amigo sir Thomas More (Tomás Moro), De optimo republicae statu deuqe nova insula Utopia. Su autor, por desacato al rey Enrique VIII (al negarse de aceptar la iglesia anglicana y los caprichos del soberano) fue decapitado en 1535, y 16 años después su libro aparecería traducido al inglés. Utopía, por su etimología griega, sería traducido como “ninguna parte”, “sin lugar”, “no-lugar”, (“no hay tal lugar” sería la versión del poeta Francisco de Quevedo, cuando comenta la primera edición española de 1637), es decir, un lugar que no tiene cabida entre las sociedades existentes. Así a la utopía como un sueño de los humanos de antes y después de Tomás Moro. “La utopía es la verdad del mañana”, escribiría Víctor Hugo. Los utopistas, soñadores de lo que no existe pero que debe existir, son muchos a lo largo de la historia, algunos de ellos: los chinos Sui Hung (570 a. C.) y Men Tsé —Mencio— (372-289 a. C.), Platón, Campanella, Rabelais, Fourier, Robert Owen.

Entre los utopistas antiguos podemos contar al cínico Crates quien, en el siglo III antes de Cristo, describió una ciudad idea de individuos que no necesitaban de gobernantes, a la que bautizó con el nombre de Alforja (traducción de la palabra griega pera, que después pasó a ser bolsa, alforja o morral). En la ciudad Alforja de Crates, los humanos creen y ejecutan los principales preceptos de los filósofos cínicos: son individuos que practican la autarquía enseñada por el maestro Antísitenes (es decir que se desenvuelven como seres autónomos y autosuficientes, de aquí que no necesiten ser gobernados) y, por consiguiente, actúan con plenas libertades; además, en esa ciudad no existe la corrupción por la avaricia pues nadie acumula más de lo que necesita para resolver necesidades materiales y, sobre todo, la gente vive en completo tiempo libre al no tener que trabajar en tanto que la naturaleza provee los alimentos. “Alforja, la ciudad del cínico, se eleva sobre los enrojecidos humos de la soberbia, y en ella no tienen cabida los parásitos. En Alforja hay abundancia de tomillo, higos y pan, de tal modo que los hombres no se matan por la comida”, escribió Crates.

Ya habíamos hablado de que los cínicos despreciaban los honores y se inclinaban por el pacifismo, asuntos muy importantes en la Alforja de Crates. Y por cierto, en su Utopía, Tomás Moro dice: “Tienen los utópicos (aquí como gentilicio) la guerra por cosa bestial —aunque sea menos frecuente entre las fieras que entre los hombres—, la abominan y, al revés de la mayor parte de los demás pueblos, estiman que no hay cosa más despreciable que la gloria de la guerra”.

La Utopía de Moro fue inspirada, en parte, por algunas esperanzas imaginadas a partir de las exploraciones de nuevas tierras y pueblos en el continente de América, por ejemplo, en el de Américo Vespucio: “…los indios viven según la naturaleza, no poseen nada particularmente, pues todas las cosas son en común, viven sin rey, no conocen metal alguno, y el oro no cuenta para nada y los naturales lo desprecian.” Una descripción que podría trasladarse a la imaginación de Alforja.

El cosmopolitismo a los cínicos les venía de los largos viajes por el Asia Menor hasta la India, de donde no sólo habían aprendido algunas ideas con los sabios de los diferentes lugares por los que pasaron sino que, incluso, habían adoptado prendas de vestir que eran extrañas para la población griega. Una de esas prendas fue un morral o alforja cargado al hombre, tal vez como lo habrán visto en algunos místicos indios, en el cual cargaban los únicos y pocos objetos que necesitaban para vivir: algún libro con enseñanzas fundamentales para el espíritu, más algunos higos y pan para mitigar el hambre.  En tanto que Crates había descrito su utopía de Alforja como un lugar en el que no se necesitaba trabajar para tener “abundancia de tomillo, higos y pan”, los filósofos de la academia se burlaban de los cínicos, apuntando con un dedo al morral que cargaban, y decían: “Mira, ahí trae su alforja”.

Por lo que hemos visto, encontramos en el cinismo griego interesantes rasgos que podríamos considerar como antecedente de varias expresiones humanas, que más tarde se conocerían como bohemia, anarquismo, jipismo, vida contestaría, etcétera.

 

 

José Vicente Anaya (Villa Coronado, Chihuahua, México, 1947-2020). Poeta, ensayista, traductor y periodista cultural. Fundador del movimiento infrarrealista. Ha publicado más de 30 libros, entre ellos: Avándaro (1971), Los valles solitarios nemorosos (1976), Morgue (1981), Punto negro (1981), Largueza del cuento corto chino (7 ediciones), Híkuri (4 ediciones), Poetas en la noche del mundo (1977), Breve destello intenso. El haiku clásico del Japón (1992), Los poetas que cayeron del cielo. La generación beat comentada y en su propia voz (3 ediciones), Peregrino (2002 y 2007), Diótima. Diosa viva del amor (2020), Mater Amatisima/Pater Noster (2020) y Material de Lectura (poesía Moderna, UNAM, 2020), entre otros. Ha traducido libros (publicados) de Henry Miller, Allen Ginsberg, Marge Piercy, Gregory Corso, Carl Sandburg y Jim Morrison. Ha traducido a más de 30 poetas de los Estados Unidos. Ha recibido varios premios por su obra poética. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores CONACULTA-FONCA. Formó parte de la Sociedad de Escritores de México y Japón (SEMEJA). En 1977, funda alforja. REVISTA DE POESÍA. Desde 1995 ha impartido seminarios-talleres de poesía en diferentes ciudades de México. Ha asistido a encuentros internacionales de poesía y dado conferencias en varios países como Italia, Estados Unidos, Colombia y Costa Rica. Colaboró en la revista Proceso.

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